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Locura Infernal.
Yukari Nishimoto, ex asistente del equipo de fútbol de la secundaria del Nankatsu y actualmente profesora de nivel preescolar, se encontraba sentada en la sala de su domicilio leyendo nuevamente las noticias más recientes relacionadas al caso de su ex novio y ex jugador del Jubilo Iwata: Ryo Ishizaki. Para nadie era desconocido que el defensor había sido acusado de ser el autor físico e intelectual de un gran número de asesinatos ocurridos el transcurso de unos cuantos meses, siendo finalmente atrapado por la policía japonesa hacía ya casi un año atrás. Yukari no podía negar que aún quería mucho a Ishizaki y sentía mucha pena y compasión por él, una parte de su corazón le decía que él debía ser inocente, que lo habían inculpado pero luego veía en las noticias y medios de comunicación toda la evidencia que había salido para el caso y su parte racional le hacía ver una y otra vez que su corazón estaba nublado y que Ryo en verdad era culpable, le gustase o no.
Tras varios meses de encierro, por fin el juicio de Ishizaki había concluido y se le había declarado culpable de los asesinatos, gracias a lo cual tenía por delante una larga condena por cumplir; sin embargo, la defensa del acusado había alegado demencia, siendo aceptada sobre todo por la gran insistencia que el condenado tenía sobre la supuesta teoría de que un demonio lo había poseído al momento de cometer los asesinatos, por lo que el juez ordenó que se le realizaran los exámenes psicológicos necesarios para determinar su estado mental y, luego de que los médicos hicieran las debidas pruebas en la penitenciaria, se llegó a la conclusión de que el acusado estaba demente y que lo mejor era que cumpliera su condena en un hospital psiquiátrico en donde le atenderían adecuadamente.
Un par de semanas después de que el juicio finalmente terminó y que Ryo fue trasladado al hospital en donde purgaría su condena, Yukari se preguntó sobre qué era lo que debía hacer como su aún novia, cuestionándose sobre lo que sería más correcto de acuerdo a las circunstancias y siendo que al final los sentimientos por Ishizaki pudieron más que su razón, por lo que se decidió a hacerle una rápida visita para ver cómo se encontraba y dar por terminada de manera oficial su relación. Así pues, al día siguiente, después de terminar sus clases en el jardín de niños, Nishimoto se dirigió al centro psiquiátrico en donde se hallaba el ex futbolista. Luego de pasar por todas las medidas y revisiones de seguridad, finalmente fue conducida a una pequeña sala privada en donde sólo había una mesa plegable, con dos sillas colocadas en lados opuestos de la misma; Yukari, después de mirar rápidamente el lugar, tomó asiento en una de las sillas y esperó a que Ishizaki apareciera, el cual al cabo de algunos minutos atravesó la puerta, su semblante estaba demacrado, tenía grandes ojeras que le cubrían la parte baja de los ojos y estaba mucho más delgado que el día en el que fue capturado.
— ¡Yuki, amor! —exclamó Ishizaki, sumamente feliz de ver al fin una cara conocida.
— ¡Oh, Ryo! —exclamó a su vez Yukari, muy sorprendida al verle—. ¡Por dios, mírate! ¿Cómo estás?
— Esto es un infierno—comentó Ryo, bastante agobiado y al borde del llanto—. Casi no puedo dormir, ni te imaginas todo lo que sucede en este lugar, es una verdadera tortura estar aquí. Yuki, tienes que ayudarme —pidió el exfutbolista.
— ¿Ayudarte? —preguntó Yukari, desconcertada—. ¿Y cómo?
— ¡Tienes que ayudarme a salir de aquí! —rogó Ishizaki, con desesperación—. Tienes que creerme Yuki, soy inocente.
— ¡Ay, Ryo! —respondió Nishimoto, con una expresión que era una mezcla de compasión y cariño—. En verdad que quisiera creerte desde el fondo de mi corazón, pero hay demasiados videos y pruebas en tu contra, y si no estás aquí, seguramente terminarás en una prisión de máxima seguridad.
— No sé cuál sea peor —comentó Ishizaki, con mucha tristeza y decepción.
— Al menos aquí te puedo venir a visitar —agregó Yukari, con una falsa sonrisa, tratando de animarlo.
En ese instante la puerta del privado se abrió y a través de ella ingresó un hombre alto, fornido y vestido de blanco, quien claramente era un enfermero tanto por la indumentaria como por el gafete que lo acreditaba como parte de la institución. Este hombre comenzó a avanzar en la habitación de manera sigilosa mientras la pareja continuaba conversando ajena al recién llegado, hasta que éste se colocó a unos cuantos centímetros por detrás de Nishimoto. Fue entonces cuando Ishizaki notó su presencia y por instinto levantó la mirada para ver al intruso, el enfermero entonces le lanzó una mirada intensa a Ryo la cual iba acompañada de una sonrisa burlona, por lo que después de unos instantes en los que al cerebro de Ishizaki le tomó atar cabos, al fin identificó en este enfermero al ser demoniaco que le había metido en este lío.
— ¡Es él! —exclamó Ishizaki, saltando de pronto de su asiento para señalar con el dedo índice al hombre en cuestión, con una expresión bastante sorprendida pero también enfurecida—. Tú eres el verdadero culpable.
— ¿Qué? —exclamó Yukari, bastante desconcertada por la forma de actuar de Ryo y sin comprender lo que sucedía—. ¿De qué hablas?
En ese instante, Nishimoto se hizo hacia atrás para girarse y ver qué era lo que estaba señalando Ishizaki; sin embargo, la joven no alcanzó su cometido pues el enfermero en un ágil movimiento sacó un objeto muy pequeño de la bosa de su filipina y con otro rápido movimiento lo pasó por el cuello de la joven quien al instante comenzó a sangrar del cuello.
- ¿Pero, qué? —exclamó la joven, sorprendida, para luego llevarse la mano al cuello y sentir un tibio liquido escurrir por sus dedos.
Por su parte, Ishizaki se quedó en shock, mirando atónito como es que, en frente de sus propios ojos y en cuestión de segundos, el enfermero le había cortado la yugular a Yukari para luego lanzarle una sonrisa de satisfacción plagada de total maldad, tras lo cual salió tranquilamente del privado sin una gota de sangre en su ropa. Ryo no reaccionó hasta que escuchó cómo Yukari gemía en el suelo, con el cuello y el pecho empapados en su propia sangre, por lo que corrió a tratar de auxiliarla y la tomó entre sus brazos para tranquilizarla.
— Yuki… ¡No! —exclamó Ishizaki, perdiendo el control de sus emociones al ver que ella se desangraba—. ¡Aguanta, Yuki! ¡Por favor no te mueras! —le rogó, al tiempo en que comenzaba a llorar.
Por respuesta, ella sólo alcanzaba a emitir breves quejidos de dolor, que se ahogaban en el ruido de la sangre que borboteaba de la herida, como si de una fuente se tratase. El enfermero entonces volvió a la sala y se paró en la puerta de entrada como si apenas llegase y comenzó a gritar pidiendo ayuda, diciendo además que el paciente había apuñalado a su visitante. Al escucharlo, Ryo de inmediato se defendió, negando los hechos y echándole la culpa al demonio.
— ¡No fui yo, es el demonio el que lo hizo! —exclamó Ishizaki, desesperado.
En cuestión de segundos, la sala se llenó de tanto de personal de seguridad como de personal médico que se apresuró a ver qué había sucedido, siendo que encontraron a Ishizaki de rodillas en el suelo con Yukari entre sus brazos y a un lado de ellos yacía una pequeñísima navaja, la cual había sido el arma letal con la que se hirió a la joven.
— Ryo… —alcanzó a exclamar Nishimoto con su último suspiro, tratando de extender su brazo hacia él para después dejarlo caer inerte.
A pesar de que los médicos intentaron ayudar a Yukari, todo fue en vano pues ella ya había perdido la vida al morir desangrada en esa habitación. Con esta última expresión, los presentes dieron por hecho de que fue Ishizaki quien la asesinó y ella con su último aliento intento delatarlo. Ésta muerte fue la prueba final para muchos de que efectivamente Ryo Ishizaki era el temible asesino que se decía que era y el cual había dado muerte a la pobre chica que tanto lo había amado.
