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Category:
Fandom:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 17 of Antología de lo Paranormal
Stats:
Published:
2025-06-14
Words:
2,750
Chapters:
1/1
Kudos:
2
Hits:
25

Invitados Especiales

Summary:

Genzo Wakabayashi, Karl Heinz Schneider y Gino Hernández tendrán una velada en el Día de Muertos que muy seguramente recordarán por siempre.

Work Text:

Invitados Especiales.

 

Hacía muchas horas ya que la obscuridad había caído en un pequeño poblado mexicano que se hallaba a las faldas de la una de las más impresionantes montañas del país y a pesar de ser inicios del mes de noviembre, el ambiente era bastante agradable para estar al aire libre; las noches de otoño en estas longitudes y latitudes del planeta jamás eran tan frías como lo podían ser en Europa, por lo que para Gino Hernández la temperatura al exterior era más que agradable, siendo que además, esa noche el cielo estaba totalmente despejado dejando ver a la luna, sus estrellas y constelaciones. El portero se hallaba tranquilamente sentado en una poltrona de mimbre en color café claro con cojines beige que formaba parte de un pequeño juego de sala de estar del mismo estilo, el cual se situaba en uno de los amplios corredores que la hacienda, convertida en el nuevo hotel De Angelis, tenía.

 

El joven italiano se encontraba acompañado por dos colegas suyos: el japonés Genzo Wakabayashi y el alemán Karl Heinz Schneider, con quienes conversaba animadamente sobre temas futbolísticos, su gran pasión, al tiempo en que disfrutaban tomando unas cuantas cervezas; los jóvenes deportistas se hallaban sentados a las afueras de uno de los salones de la hacienda, el cual habían sido convertido en un bar y que a esas horas tan avanzadas de la noche ya estaba cerrado, siendo que sólo el personal del área se encontraba limpiando en su interior. Este salón-bar daba vista a uno de los jardines más amplios de la hacienda el cual terminaba, en su otro extremo, en una hermosa reja de herrería que se hallaba sobre la barda perimetral de la propiedad, siendo que a través de dicho acceso se podía alcanzar a ver una callejuela empedrada que pasaba a un costado de la hacienda. La plática fluía de lo más natural y amena cuando de pronto, a Gino le pareció escuchar un ruido bastante extraño a las afueras del lugar.

 

— ¿Escucharon eso? —comentó Hernández, algo sorprendido, por lo que se puso en alerta.

 

— ¿Qué? Yo no escuché nada —respondió Wakabayashi, sin inmutarse, dándole otro sorbo a su cerveza.

 

— Yo tampoco escuché nada —comentó a su vez Schneider, tomando un poco más de botana—. Creo que ya te hicieron efecto las cervezas.

 

— No, para nada —respondió Gino, riendo y decidiendo restarle importancia al asunto—.  Quizás sólo me lo imaginé.

 

Una vez que el joven descartó los ruidos, los futbolistas continuaron con su plática, pero cuando el italiano estaba por olvidar el asunto, se volvió a escuchar el ruido; éste sonaba como si un grupo de personas anduvieran caminando por la empedrada, pues a lo lejos se escuchaba una especie de golpeteo rítmico sobre las piedras como si fueran pasos o como si llevaran algo a cuestas que fuera golpeando en el suelo; además, se logró escuchar una especie de rumor o murmullo como si se trataran de voces que estuvieran platicando entre sí o que fueran cantando en voz baja o rezando.

 

— Ahora sí lo escuché —dijo Karl, poniéndose también en alerta.

 

—Yo también —comentó a su vez Genzo, igual de intrigado que los otros dos.

 

— ¡Qué raro! —exclamó Gino, bastante extrañado por la situación—. La gente de por aquí no suele salir una vez que anochece o por lo menos no lo han hecho desde el día en que llegué, ¿quién podría andar afuera a estas horas? —se preguntó con bastante curiosidad.

 

Al parecer, los sonidos que habían escuchado los jóvenes se iban acercando cada vez más lugar en donde ellos se encontraban, pues los murmullos y ruidos que en un principio se habían percibido a la lejanía estaban incrementando de volumen, y a pesar de que parecía que quien sea que estuviera afuera hablaba en voz queda, los jóvenes lograban alcanzarlos a oír cada vez más fuerte; sin embargo, desde el sitio en donde ellos estaban sentados no lograban ver la calle por lo que no sabían qué podría ser.

 

Gino entonces llegó a considerar la opción de que quizás podría tratarse de algunos de los empleados que se encontraban haciendo algún tipo de labor de limpieza o mantenimiento y por esa razón se escuchaban los murmullos y ruidos tan cerca, pues al estarse moviendo por la zona podrían aumentar y disminuir el volumen de su voz de acuerdo a la cercanía o distancia de ellos. Decidido a averiguar lo que sucedía, tomó la radio que traía consigo para comunicarse con la recepción, en donde preguntó en un más que aceptable español, si había algún tipo de evento programado para esa noche, a lo que la recepcionista le respondió que no tenían nada para ese día en ninguna área del hotel.

 

—¿Hay algún problema, señor? —preguntó la recepcionista, intentando ser acomedida con su jefe.

 

—No, no es nada —respondió Hernández, para no darle mayor importancia al asunto—. Sólo preguntaba por mera curiosidad, gracias —comentó el italiano, cortando finalmente la comunicación.

 

Nuevamente los jóvenes escucharon los ruidos con mucha más claridad, por lo que esta vez el italiano se armó de valor para asomarse a través de la reja y saber de una vez por todas qué eran esos extraños ruidos y de dónde provenían, por lo que se levantó de su asiento y comenzó a atravesar el jardín; al darse cuenta de lo que pretendía hacer Hernández, tanto Wakabayashi como Schneider decidieron acompañarle por lo que de igual modo se levantaron para ir detrás de él. Los tres jóvenes llegaron a la reja y la abrieron para asomarse finalmente al callejón y ahí fue cuando vieron a un sombrío grupo de personas que caminaban a paso lento en dirección hacia donde ellos se encontraban.

 

Dicha gente iba alumbrándose únicamente con velas, veladoras o cirios, los cuales portaban en una de sus manos, mientras en la otra llevaban todo tipo de alimentos y bebidas, cargándolos en canastas multicolores hechas de cartón y papel crepé o envueltos en hojas de plátano a modo de itacate, es decir envoltorios que la gente solía llevar para almorzar en el campo; dentro de los alimentos que estas personas portaban se distinguían los tradicionales panes de muertos, que eran tan típicos de estas fechas, frutas de la temporada como eran los plátanos y las mandarinas, platillos que contenían mole, tamales o algún tipo de guisado característico de la región, así como también chocolates y muchos y variados dulces de los considerados típicos, como jamoncillos, cocadas, dulce de calabaza, ates, etc. Y por supuesto no faltaba quien llevaba también su aguardiente, tequila y cigarrillos.

 

El extraño y peculiar grupo se acercaba cada vez más al sitio en donde los tres jóvenes se encontraban parados y fue cuando ellos se percataron de un dato que en verdad los dejó sin aliento, no sólo parecía que una especia de bruma afectaba únicamente al grupo y no a su alrededor, dándoles un toque misterioso, sino además estas personas parecían ser translúcidas, pues a la luz de los faroles que se encontraban en el callejón, ellas parecían brillar y la luz se traspasaba en algunas partes de sus cuerpos. Fue entonces cuando Genzo recordó que en cierta ocasión, hablando de estas fechas, Lily y Elieth le habían contado sobre una leyenda mexicana que quedaba muy acorde con la situación.

 

— ¿Alguno de ustedes ha escuchado la historia que hay detrás de la tradición del Día de Muertos en México? —preguntó Wakabayashi a los otros.

— Sí —respondió Schneider—. Creo que Elieth y Lily me la contaron alguna vez.

 

— Yo no estoy muy seguro de saberla —comentó a su vez Hernández, quien se sentía bastante confundido y su mente no recordaba si conocía o no dicha historia, además no entendía bien la relación que podría tener ésta con lo que sucedía en ese momento—. La verdad no la recuerdo, ¿de qué trata?

 

— Se dice que la tradición del Día de Muertos radica en el hecho de que todas aquellas personas que ya fallecieron regresan a sus poblados, hogares o lugares en donde les esperan, para convivir con sus familiares y demás seres queridos durante un par de días en los cuales los vivos les preparan alimentos y bebidas que eran de su preferencia cuando ellos vivían —contó Genzo.

        

— Y se supone que por esa razón hacen altares y/o van a los cementerios a comer con ellos, para que los muertos disfruten de los platillos que en vida amaban —agregó a su vez Karl.

 

— ¿Están diciendo que esos que vemos ahí son los difuntos que vinieron a festejar? —preguntó Gino, incrédulo.

 

— Bueno, es sólo una teoría que en este momento se me vino a la mente —respondió Genzo, encogiéndose de hombros e intentando sonar convincente.

 

— ¿Y entonces, por qué estás tan tranquilo? —cuestionó el italiano—. Me estás diciendo que ésos son fantasmas y tú ni te inmutas al respecto.

 

— Porque no hay manera de comprobarlo —se obligó a responder el japonés, aunque en el fondo sentía cierta ansiedad al respecto, que no deseaba demostrarle a los demás—. Sólo son puras suposiciones, una idea que se me vino a la mente.

 

— ¿Y qué es lo que tú piensas, Schneider? —le preguntó el italiano al alemán.

 

— La verdad, yo no me siento tan escéptico como Wakabayashi —confesó Karl, después de meditarlo un poco, pues algo en el semblante de esas personas le inquietaba demasiado.

 

Los jóvenes entonces volvieron a mirar con mayor detenimiento a las personas que se les acercaban, había algo en estos seres que les hacía sentir que la leyenda de la que habían estado hablando tenía algo de verdad y que se encontraban ante la visión de gente que ya había fallecido, por lo que se pusieron realmente nerviosos al pensar en esa posibilidad; sin embargo, alguna fuerza misteriosa los mantenía anclados al sitio en donde se encontraban parados sin poder moverse para alejarse de ahí y tampoco podían apartar la vista de la callejuela. Se podía ver cómo algunos de los que se encontraban en ese grupo se veían bastante animados, cargando con mucha felicidad todo aquello que al parecer les habían puesto en sus altares, pero también era cierto que había otros que sólo portaban una simple caña de azúcar o un vaso de agua, a los que los futbolistas dieron por hecho que nadie les había puesto ofrenda, si creían por supuesto en la leyenda.

 

— Supongo que ellos son a los que no se les puso ningún tipo de ofrenda —comentó Karl, con nerviosismo y aún sin creer del todo lo que sus ojos miraban, su mente se negaba a aceptar el hecho de que estuvieran viendo realmente a fantasmas.

 

— Debo creer que así es —agregó Genzo, con un tono de voz que demostraba que se sentía igual de ansioso que el alemán.

 

El grupo comenzó a pasar a un lado de los jóvenes y algunas de las personas que iban caminando en la callejuela, al llegar a su lado, les miraron directamente a los ojos al tiempo en que les sonrieron de manera muy enigmática, lo que por alguna extraña e inexplicable razón los hizo sentir fuertes escalofríos que recorrieron sus cuerpos. De pronto, de entre la gente que caminaba, Gino pudo vislumbrar a dos siluetas demasiado conocidas para él por lo que de inmediato se puso muy pálido de la impresión, sintiendo a su vez una gran opresión que le oprimía el pecho.

 

— ¿Te encuentras bien, Hernández? —le preguntó Karl a Gino, bastante preocupado por él al ver que se presionaba el pecho.

 

Gino se había quedado en shock mirando fijamente las siluetas, por lo que tardó un poco en reaccionar a la pregunta que el alemán le había hecho, logrando finalmente articular apenas algunas palabras.

 

— Esos dos de allá… —comentó el italiano, señalando con su dedo índice en la dirección a la que se encontraba mirando fijamente, su respirar era muy agitado y sentía que sus piernas le podrían fallar en cualquier momento—. Ellos…

 

— ¿Qué hay con ellos? —preguntó Genzo, sin comprender, pero preocupándose también por el semblante del italiano.

 

—Ellos son… —Hernández continuó intentando explicarles, pero simplemente no podía debido a la impresión y la opresión que aumentaba en su pecho—. Ellos… son mis padres —finalmente balbuceó.

 

— ¡¿Qué?! —exclamaron al unísono tanto Genzo como Karl, realmente sorprendidos, pues ambos sabían perfectamente bien que los padres del portero habían fallecido hacía muchos años atrás y, aún cuando no lo estuvieran, no habría lógica alguna para que ellos participaran en una procesión en un país completamente desconocido, a miles de kilómetros de su hogar y a altas horas de la noche.

 

— ¿Estás seguro de ello? —preguntó Wakabayashi, con voz temblorosa pues en su interior un miedo comenzaba a recorrer su cuerpo—. ¿No te lo estás imaginando? —cuestionó, rogando interiormente que así fuera.

 

— No me cabe la menor duda, ¿cómo podría equivocarme al respecto? —respondió Gino, quien sentía que la enorme opresión en el pecho le estaba dejando sin aliento.

 

— Jamás creí que pudieran ser ciertas las leyendas —comentó Schneider, realmente impactado, sintiendo un fuerte temor.

 

— Esta gente… ellos… no son de este mundo ya —aseguró Hernández, en un susurro.

 

Los tres jóvenes vieron entonces como las ánimas caminaban lentamente por la avenida, desapareciendo después entre las sombras al llegar a la esquina de la hacienda. Lo que confirmó sus temores, lo que acaban de ver no había sido para nada normal.

 

— Ok, a partir de hoy creeré todas las leyendas que cuentan las chicas con respecto a su país —comentó Karl, asombrado y con el miedo impregnado en su voz, el mismo temor que los demás sentían.

 

— Totalmente de acuerdo —expresó Genzo, igual de impactado.

 

Gino continuaba en shock y una vez que vio cómo sus padres desaparecían ante sus ojos, sus piernas no pudieron sostenerle más y la opresión de su pecho le cobró finalmente la factura, dando sólo un par de pasos hacia atrás terminó cayendo inconsciente sobre el césped del jardín; al verlo caer los otros dos se forzaron a reaccionar para auxiliarlo, pidiendo ayuda a los empleados del hotel. Minutos después el portero reaccionó encontrándose recostado en la cama de su habitación, rodeado por Erika y sus amigos; el italiano continuaba muy pálido y completamente desorientado, además de que los otros dos también se hallaban desencajados por la impresión de lo que acaban de pasar.

 

— ¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó Gino, intentando levantarse de la cama.

 

— No te levantes, te desmayaste —ordenó Lily, al tiempo en que le revisaba minuciosamente.

 

— ¿Te encuentras bien? —le preguntó Erika, muy preocupada al ver el semblante del joven.

 

— No te preocupes, estoy bien —respondió este, tratando de no angustiar más a su novia.

 

— Eso lo decidiré yo —refutó la mexicana, regañándolo— Y ahora guarda silencio que no me dejas revisarte.

 

— Parece como si hubieran visto un fantasma —comentó Elieth, preocupada por el semblante de los tres.

 

— Creo que precisamente eso fue lo que acabamos de ver —explicó Karl en ese momento, con una expresión muy seria.

 

Entonces Wakabayashi y Schneider les contaron a las chicas con lujo de detalle lo que acaba de sucederles en el callejón junto al hotel.

 

— ¿Alguno de ustedes sintió la misma opresión en el pecho que yo sentí? —pregunto Gino en cuanto terminaron el relato, a lo que los otros dos asintieron.

 

— Pero al parecer fue a ti al que más le afecto —dijo Genzo, meditando la situación —Quizás porque tú fuiste el único que vio a algún familiar entre esa gente.

 

— Puede ser —aceptó Hernández, recordando la imagen de sus padres, quienes le habían visto directamente a los ojos y sonreído antes de desaparecer.

 

A la mañana siguiente, los seis jóvenes se encontraban almorzando al aire libre, continuaban comentando lo sucedido la noche previa pues era algo que no podrían olvidar con tanta facilidad.

 

— Pero, ¿cómo es que los vi? —seguía diciendo Gino, sin poder creer lo que había sucedido.

 

— Dicen que tus seres queridos irán a donde quiera que te encuentres —comentó Erika, con tono dulce y consolador— Y si tú les colocas una ofrenda dedicada a ellos en el Día de Muertos —agregó, recordando el altar que habían puesto ellas hacía un par de días en donde se encontraba una ofrenda dedicada a los padres del italiano—. Ellos seguramente la encontrarán sin importar en dónde se halle, y pues al parecer así fue.

 

En ese momento, una dulce fragancia envolvió el ambiente, que a Gino le recordó de inmediato a su madre, quizás era cierto que habían venido y ésa era la manera en que ella le decía que siempre estarían con él.

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