Work Text:
Todo estaba listo. Las palomitas seguían calientes en un tazón, su manta favorita estaba en el sillón y en su pantalla se veía la imagen de la primera película de Star Wars —su saga preferida por sobre cualquier otra cosa— preparada para reproducirse en cuanto toque un simple botón.
Alex soltó un suspiró por pura satisfacción. No había nada más gratificante que quedarse solo en casa disfrutando de horas de entretenimiento pegado en el sillón, atascándose de palomitas llenas de mantequilla y bebiendo litros de soda sin pensar en las consecuencias a futuro.
Su tan ansiada tarde de chill estaba por comenzar, así que se dejó caer en el sillón y estiró sus músculos una última vez antes de alcanzar el control sobre la mesa de centro. Estaba a punto de presionar el mágico botón cuando el sonido de alguien tocando la puerta le detuvo.
Por un segundo creyó haber escuchado mal, subió sus hombros para restarle importancia y volvió a acomodarse para ver la película cuando más golpes se hicieron sonar.
—¡Alexby, soy yo! —Mierda, era Amidala—. ¡Abre ahora!
Rodó los ojos sin poder evitarlo. Esto no podía estar pasando justo ahora.
—¡Ya te dije que no te pienso acompañar al centro comercial! ¡Fuera de aquí!
No le importaba ser grosero, así se llevaba con ella; además, él ya le había dicho desde mucho antes que no quería ser molestado ese día, no es su culpa que Amidala decidiera ir a su casa de todos modos. Sin importar cuánto suplique su amiga, nadie interrumpirá su tarde de maratón.
Esperó unos segundos y no se oían ruidos al otro lado de la puerta, tal vez ganó por esta vez. Sonrió para sí mismo, volvió a acomodar su trasero en el suave sillón y le dio al play. La música empezó con fuerza, tanto que el golpe de su puerta abriéndose de la nada casi le hace chillar del susto.
—¿¡Pero qué cojones!? —Alex veía con pavor a la chica en la entrada de su departamento—. ¿Cómo es que…?
Amidala le mostró la llave de su casa, aquella que esconde bajo una maceta porque a veces se le olvida o la pierde. Ahora se arrepiente de haberle dicho ese secreto a su amiga.
—No tienes escapatoria de mí, querido —dijo junto a una sonrisa traviesa.
Así fue como Alexby terminó ahí, sentado en contra de su voluntad sobre una banca de madera mientras su querida —ya no tanto— mejor amiga se metía en todo tipo de tiendas para comprar quién sabe qué cosa.
Estaba muy fastidiado, le había arruinado sus planes de pasar el día entero viendo sus películas favoritas sin levantar el culo más que para ir al baño, ¡era perfecto! Lástima que Amidala no pensara lo mismo.
Y ahora estaba de muy mala hostia, el aura oscura que lo rodeaba no hacía más que asustar a la gente y hacer llorar a los niños. Nadie se atrevía a acercarse por temor a incluso perder una extremidad, con excepción de esa chica con larga cabellera trenzada que le veía como si fuese un ser inferior.
—Quita esa asquerosa cara —le regañó, dándole un buen golpe en la cabeza—. Mejor ayúdame con esto.
Dejó caer sobre las piernas de Alex todas las bolsas que estaba cargando, sacándole un bufido de dolor al no esperar tanto peso.
—¿Qué cojones llevas aquí, tía? Parecen rocas.
—Ten cuidado, son cosas muy delicadas. Las chicas y yo tendremos una pijamada y a mí me tocó llevar todo lo necesario para la sesión de belleza —se agachó a su altura, teniendo las cejas fruncidas como amenaza—. Así que no vayas a romper nada.
—Sí, claro, mamá.
Eso fue suficiente para Amidala, quien solo se dio la vuelta y caminó a paso rápido hacia la siguiente tienda. Alex tuvo que seguirla desde atrás, sus piernas cortas no ayudaban a seguirle el paso a su amiga, pero mientras lo hacía se fijó en el contenido de las bolsas: un montón de empaques con maquillaje, mascarillas, exfoliantes y cosas que nunca había visto en su vida.
—Oye —habló cuando por fin se detuvo un poco—. ¿Algún día me invitarás a una de tus pijamadas? Ya que dices que no tengo amigos, podría tener amigas.
—Cari, es una noche de chicas —Volteó a verle de arriba hacia abajo—. Y tú no eres una chica.
—Podría ser mejor chica que todas ustedes juntas —dijo, indignado.
—¿En serio? —Su risa solo logró cabrear más al azabache.
—Ya verás, no por nada me dicen Lely en las borracheras.
—¿Quién es Lely…? —Se vio interrumpida cuando Alexby le entregó las pesadas bolsas de golpe—. Espera, ¡¿a dónde vas?! —gritó a su decidido amigo que empezaba a alejarse.
—¡A comprar ropa!
Luego de varios minutos recorriendo las tiendas, probándose ropa y pagando, decidieron hacer una sesión de fotos con el nuevo conjunto que se acababa de convertir en uno de sus favoritos: una playera negra oversized, tenis vans con unas calcetas negras que cubrían su pantorrilla y una linda falda color crema con cuadros. Se veía espectacular y no pudo evitar presumir su nueva imagen en redes sociales, las cuales explotaron con comentarios y decenas de me gusta.
Los dos amigos reían por todo el revuelo que causó Alex al subir esa foto. En ese momento descubrió que en verdad le gustaba comportarse y vestirse así, relucir un lado femenino que además de divertirle, le hacía sentirse cómodo. Haberlo hecho sin estar ebrio le había ayudado a entenderse un poco mejor y así poder sacar a la luz ese modo diva que estuvo renegando desde hace un tiempo.
—¿Qué te parece este? —Amidala le preguntó mientras le mostraba una ombliguera amarilla.
—Lindo, pero no lo suficiente —bufó—. Necesita tener mucho más glamur—Su sonrisa juguetona junto a un leve guiño hizo reír a su amiga.
—Tienes toda la razón, ¿desde cuándo sabes más de moda que yo?
—It’s a natural talent, honey —Se encogió de hombros, luciendo soberbio.
—Bueno, en ese caso dudo mucho que encontremos algo del agrado de Lely aquí —Dejó la prenda en su lugar y luego posó un dedo en su barbilla—. Creo que hay otra tienda que sería más de tu estilo.
—¿Y por qué no hemos ido? Andando.
Salieron de ese local para dirigirse a otro entre risas y comentarios tontos, estaban tan distraídos con sus jugarretas que antes de entrar al lugar que querían Amidala empujó sin querer a una persona de cabello castaño y sudadera negra.
—Perdona, no te vi —se dio la vuelta para disculparse, perdiendo de vista al azabache que se había metido a la tienda como niño en dulcería.
—Tranquila, no fue nada.
La sonrisa amable que le ofreció fue suficiente para hacerle entender que le había perdonado sin problema, a lo que ella le devolvió el gesto para después ir tras su mejor amigo.
Mientras tanto, aquel joven de mirada tranquila cambió su expresión de golpe cuando la persona a su lado comenzó a gimotear de nuevo. Él era paciente la mayoría del tiempo, pero ese tío tenía algo que siempre lo sacaba de quicio.
—Ya cálmate, mamoncete, solo es un poco de ropa.
—Precisamente por eso, Luzu, no entiendo por qué hacen tanto escándalo solo por un poco de ropa.
—Porque pareces un vago, cabezón —le regañó un tercero—. Tienes un buen sueldo como policía y te la pasas todo el día en chándal.
Se cruzó de brazos con el ceño fruncido y un puchero molesto en sus labios. Igual que un niño siendo reprendido por sus padres.
—Me dices eso a mí y a Luzu nunca le dijiste nada por siempre traer la misma sucia sudadera.
—¡¿Disculpa?! —Ese grito agudo les obligó a taparse los oídos—. Te lo he dicho un millón de veces, Fargan, no uso la misma sudadera siempre. Tengo una decena igual y me pongo una distinta todos los días, son prácticamente distintas.
—No, no lo son —le retó.
—¿Ya se callan, tontitos? —Ambos voltearon a ver la mirada fastidiada de Vegetta—. Y sí es distinto, Fargan. Por lo menos Luzu tiene más atuendos para las ocasiones especiales, mientras que tú fuiste con pants a la cena de Navidad y en Año Nuevo.
—Los trajes son incómodos —farfulló en tono bajo—. Se supone que son días para pasarlo bien, no para traer el trasero acalorado.
—Bueno, aunque no sean trajes, intenta buscar al menos unos nuevos calzones, tío.
—No necesito nuevos calzones, ¿acaso no lo entienden? Estoy siendo ecológico —dijo con obviedad—. Los que tengo están bien, tienen hoyos, pero aún sirven.
Sus dos amigos pusieron una mueca disgustada, esa era información que no necesitaban.
—Además, uso mi uniforme todo el día y cuando estoy en casa quiero estar cómodo, ¿para qué comprar ropa de lujo?
—¿Y no has pensado en, no sé, salir una noche de fiesta o algo? ¿Conocer a alguien, tal vez? —Vegetta habló sin pensar.
Hubo un silencio, de pronto el semblante de Fargan se hizo dolido y sus amigos intercambiaron miradas pues sabían el por qué.
—Mira, tío —Luzu intervino, poniendo su mano en su hombro—. Sé que aún es difícil para ti después de que Dulce te abandonara…
—No quiero seguir hablando de esto —sentenció.
—Lo que estamos tratando de decir es que queremos ayudarte, Fargan —El azabache apretó su otro hombro—. Puede que hayas creído que estamos de pesados por obligarte a venir, pero nosotros solo queríamos que tuvieras un nuevo aire, un cambio bueno que te ayude a superarla.
—No nos gusta verte encerrado en casa, sin ganas de nada —le dedicó una sonrisa suave—. A pesar de todo te queremos, sopa de veneno.
El mayor no dijo nada durante unos momentos hasta que una risa divertida se le escapó.
—¿Qué no es eso lo que hacen las chicas cuando sus novios las dejan? ¿Un cambio de look?
—Creo que ellas se cortan o tiñen el cabello —Vegetta trató de recordar.
—No me pienso cortar el pelo.
—¡Y por eso te trajimos a comprar ropa! —dijo emocionado—. Te ayudaremos, solo dale una oportunidad.
—Bien, ustedes ganan —aceptó luego de un rato pensando—. Pero eso no quiere decir que me guste algo de aquí.
Caminó hasta adentrarse en la tienda seguido de sus dos amigos, quienes ya habían empezado a mostrarle un sinfín de conjuntos distintos para buscar algo de su agrado. Fue curioso, en ese momento descubrió un lado que no había visto de ellos, aquel que se emocionaba por combinar un montón de ropa.
Y sí que se esforzó en mantenerse positivo, pero se terminó abrumando mientras iba perdiendo el sentido a lo que estaba haciendo.
Al final Fargan trató de alejarse unos segundos de sus abrumadores compañeros de compras, quería dar un vistazo por su cuenta, aunque no parecía funcionarle. Rebuscó con mala cara entre algunas camisas hasta que terminó dejándolas de lado, pensó en irse a otro establecimiento, pero al darse la vuelta su vista se fijó en la sección de mujeres en donde vio a alguien.
No supo con exactitud qué sintió al verla, solo que esa falda le quedaba malditamente bien, era pequeña al igual que sus manos y su corto cabello negruzco parecía ser muy suave. Llamó su atención al instante, igual que un flechazo de Cupido.
Esa era la idea, ¿no? Salir de su zona de confort para poder superar a su ex y seguir adelante con su vida. ¿Qué mejor forma de hacerlo que intentando cortejar a una linda chica en el centro comercial?
Se acercó con cuidado, muy confiado de que sus legendarias habilidades de ligue seguían ahí, en alguna parte. Su característica sonrisa coqueta apareció en sus labios, transmitía mucha confianza en sí mismo mientras ideaba en su mente qué decirle, debía ser delicado.
—Hola, guapa —dijo con galantería, pero al parecer no había logrado que volteara a verlo.
Fargan hizo una mueca, no se daría por vencido tan fácil. La segunda parte de su infalible plan de coqueteo consistía en recargarse en algún sitio con mirada relajada antes de usar la frase definitiva, el único problema era que al intentar recargar su peso sus cuentas mentales le fallaron y en lugar de terminar en la pared cayó de espaldas sobre unos maniquíes.
Hizo todo un escándalo, había provocado una reacción en cadena que tiró unos diez maniquíes más e hizo volar por los aires toda la ropa, además de que el golpe que se llevó en la cabeza fue tan intenso que le aturdió más que una borrachera.
Estaba tirado en el suelo en medio de su desastre, tan desorientado que no escuchó la particular risa de esa “chica” a la que había tratado de cortejar.
—Qué idiota —Volvió a reír—. ¿Estás bien, tío?
Alex quiso ayudar al hombre medio muerto, pero dos personas llegaron de la nada y lo apartaron de un empujón.
—¡Fargan! —gritaron al mismo tiempo, agachándose para examinar el cuerpo inmóvil de su amigo.
—Creo que ya se murió, Luzu.
—No está muerto, hierba mala nunca muere —Le dio un par de cachetadas—. ¡Despierta, Fargan!
Esos golpes parecían tener efecto, porque a los pocos segundos ya estaba removiéndose mientras soltaba varios quejidos.
—Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó quién parecía ser un encargado de la tienda.
—Creo que se me rompió el culo —murmuró adolorido.
—Él está bien —le aseguró Vegetta.
El trabajador se quedó extrañado, así como el resto de las personas curiosas que se habían arremolinado a su alrededor, no sonaba como que estuviese muy bien.
—Bueno, tontito, arriba —Tomó su brazo para ayudarlo a levantarse.
Con bastante dificultad pudo mantenerse en pie, pero aún debía recargarse un poco en Luzu para no dar un paso en falso y mientras Vegetta se disculpaba en su nombre, él recordó por qué se cayó en primer lugar.
Buscó con la mirada a la chica de cabello negro, mas no la encontró entre toda esa gente que se había acercado a ver su incidente. Se sintió desilusionado, ¿ni siquiera le importó cuando le vio caer? ¿Tan mala impresión le había dado?
Uno de los defectos de Fargan es que es muy transparente con sus emociones, no es tan fácil para él ocultarlas, así que su amargura se hizo muy notable por su gesto triste y esos ojos que de nuevo habían perdido su brillo, algo que Luzu captó casi al instante.
—¿Seguro que estás bien? —inquiere con verdadera preocupación.
—Sí, no es nada, una tontería —Fingió una sonrisa que nadie se creyó.
—Tontería la que acabas de hacer, cabezón —Vegetta llegó por detrás, ignorante del rostro desanimado de su amigo—. Tienes suerte de que logré convencer al gerente de no pagar nada, porque si no… Fargan, ¿qué te pasa?
Claro, en cuanto le vio la cara también se dio cuenta.
—Ya dije que no es nada, supongo que el golpe mató algunas de mis neuronas y me dejó mal.
—Tú ya no tienes neuronas desde hace mucho —Sus ojos rojizos escrudiñaron la mirada ofendida del mayor—. Esto es algo más.
—Exacto, tienes esa mueca triste de cuando Dulce te…
—¡Está bien, les diré! Solo no vuelvan a sacar el tema de Dulce —suspiró—. Fue por una tía, ¿vale? Quería pedirle una cita o algo, pero metí la pata y se fue antes de que pudiera decirle algo.
Los dos estaban realmente sorprendidos, eso era sin duda lo último que esperaban escuchar en ese momento. Luzu analizó la situación de principio a fin, tomando en cuenta lo que le acababa de decir y el desastre de maniquíes que apenas levantaban.
—Trataste de usar tu técnica —concluyó con los ojos bien abiertos.
—Espera —Vegetta levantó los brazos—. ¿Me estás diciendo que todo esto fue porque querías decirle tu frase a una chavala?
—Debió gustarte mucho, hace años que no eras tan serio con tu coqueteo.
—Sí, bueno, al final no pude hacer nada, ella se fue antes de que pudiera hablarle. De seguro la asusté cuando me caí.
El par de amigos escuchaba con cierta tristeza, al menos hasta que una idea iluminó el rostro del azabache.
—Oh, Fargan, no creo que se haya ido por eso —su voz trataba de sonar consoladora, pero tenía una oscuridad oculta—. Tal vez solo te ignoró porque pareces un vago con esos trapos que llevas puesto.
Luzu se alarmó el entender lo que el de ojos amatistas pretendía, así que antes de que pudiera decir algo más lo arrastró un poco lejos para no ser escuchados por el mayor.
—¿Piensas manipular a Fargan con eso?
—Por favor, no lo voy a “manipular” —Hizo comillas con sus dedos—. Es buena idea que intente salir con más chicas, pero tanto tú como yo sabemos que vestido así solo las ahuyentará.
—¿Matar a dos pájaros de un tiro?
—Exacto.
Cuchichearon un rato más para establecer su plan y al cabo de unos minutos regresaron con su amigo, quien se la había pasado viéndose en un espejo sin entender qué tan desaliñado se veía.
—Fargan, hemos decidido ayudarte en tu misión de conquistar a esa belleza —Vegetta le sonrió.
—¿De verdad? —La ilusión apareció en su rostro.
—Claro, tío, para eso estamos los amigos —Luzu le abrazó por el hombro—. Solo haz todo lo que te digamos y la tendrás en tus manos.
Estrecharon sus manos para formar el pacto y de inmediato el azabache lo llevó por la tienda mientras le entregaba la ropa que, a su parecer, le quedarían perfectos. Una vez atiborrados de prendas, se dirigieron a los probadores y antes de entrar Fargan vio de reojo a la chica de sus sueños andando con otra mujer.
—Miren, es ella —La señaló, seguía cautivado a pesar de no haber visto su rostro.
El de sudadera negra las vio y reconoció a la de cabello trenzado, era la que había chocado con él hace un rato, así que pensó que era el destino señalando que era la correcta para su amigo —sin saber que no era ella a quien se refería.
—Tranquilo, compañero, si quieres yo me encargo de vigilarla y si se va les aviso —prometió, se sentía de cierta forma responsable de unir a esos dos.
—Gracias, Luzu.
—Muy bien, tú metete ahí —Lo empujó hacia un probador sin cuidado—. Contamos contigo.
Se quedó solo afuera, viendo a su objetivo de la forma más disimulada posible. Era muy linda, se convencía de ello a cada segundo, pero también se llevó una gran sorpresa al ver que quien la acompañaba no era lo que esperaba.
—¿Ese es un chico? —Entrecerró los ojos para verlo mejor—. Vaya, desearía tener su autoestima para atreverme a usar una falda, supongo que no me quedaría tan mal.
Después de probarse algunos conjuntos, sus dos amigos aprobaron uno que sería ideal para la ocasión, nadie se le podría resistir con esa playera de cuello de tortuga negra, jeans y zapatos de vestir del mismo color, una chaqueta café y algunos buenos accesorios. Estaba listo, solo pagaron todo rápidamente y se prepararon para ejecutar su plan
Decidieron esconderse detrás de unas jardineras, teniendo una perfecta vista del área de comida desde donde podían ver a las dos chicas sentándose en una barra mientras platicaban. Fargan estaba algo nervioso, pero no tanto como Vegetta que no dejaba de picar su cabello castaño para, según él, que no se viera como un nido de pájaros —o búhos, en su caso.
—¿Estás listo? —Luzu volteó a verle.
—Eso creo, hace mucho que no hago algo como esto, estoy fuera de práctica.
—Tranquilo, hombre, saldrá bien —dijo el azabache mientras palmeaba su espalda—. Además, si empiezas con tu frase seguro cae, hasta yo lo haría.
—¿De verdad? Pues tal vez me gustaría intentar algo contigo —comenta con tono coqueto.
—Menos palabrerías y más acción —Lo empujo fuera del escondite con una patada—. Ahora ve, sopa de veneno.
Mientras Fargan iba caminando con paso decidido, los otros dos se mantuvieron observando desde lejos, esperando que todo saliera bien. Todo normal hasta que la mujer con trenza se levantó de su lugar y fue a alguna tienda de comida, pero el castaño no la siguió, sino que continuó yendo hacia la chica de cabello negro.
—¿A dónde va? —Luzu empezaba a inquietarse.
—Pues va con la chavala que está ahí sentada, ¿no?
—No puede ser… —Jaló algunos de sus mechones con desesperación—. No es una chavala, es un tío con ropa femenina.
—¿En serio? —Rio con burla—. Bueno, eso le pasa por tontito y no fijarse bien. Se llevará una gran sorpresa.
—No, Vegetta, no lo entiendes —Lo sujetó de la camisa—. Estamos hablando de Fargan, un cabeza hueca que de seguro soltará alguna barbaridad y hará sentir mal al chico.
—Ostras —Sus ojos se abrieron al entender a qué se refería—. Hay que detenerlo.
Pero era demasiado tarde, Fargan ya había llegado junto a la “chica” y a pesar de que parecía ignorarlo al estar volteando al otro lado, él no dio marcha atrás. Se recargó en la barra —está vez se aseguró de que estuviese estable—, cruzó los brazos, puso una sonrisa ladina y con una voz atrevida le preguntó:
—Hola, guapa. ¿te han dicho hoy lo bonita que eres cuando no estás intentando impresionar a nadie?
Cuando Alexby escuchó esa voz se asustó un poco, no había sentido cuándo se le había acercado tanto, así que se dio la vuelta bruscamente para encarar a ese extraño con sonrisa tonta, la cual se fue desvaneciendo al admirar bien el rostro del menor.
—Ah, eres el tío que se cayó sobre los maniquíes, ¿cierto? —Sonrió, revelando un par de hoyuelos en sus mejillas—. Espero que estés bien, te diste un buen golpe.
—Yo…
Se quedó mudo. No encontraba forma de expresar lo que sea que estaba sintiendo así que solo se mantuvo así, inmóvil y con una cara de estúpido que empezaba a incomodar al otro.
—¿Seguro que no te pegaste muy fuerte en la cabeza? —Se alejó un poco, terminando en la orilla de su banco.
—No… ¡Digo sí! Espera, no, es que… —titubeaba sin control—. Eres, tú, eres un chico.
—Sí, ¿algún problema con eso? —Cruzó los brazos mientras su ceño se fruncía.
—¡No, para nada! Es solo que, bueno, estás usando una falda muy sexy y yo…
—Oh, entiendo, claro —Su mirar se endureció, luciendo cada vez más intimidante—. Te molesta que un hombre se vista como le salga de los huevos y viniste solo para insultarme, ¿verdad, gilipollas?
—Pero…
—¡Disculpa! —Luzu llegó de quién sabe dónde, interponiéndose entre los dos—. Ignora a mi amigo, sigue ebrio.
—Exacto, el cabezón es todo un alcohólico —Vegetta lo tomó por los hombros—. Lo sentimos, ya nos vamos.
Y antes de permitir que alguien replicara ellos ya se habían llevado a rastras a su amigo anonadado, regresando al escondite secreto que tenían. Lo sentaron de golpe y se colocaron en frente de él, con los brazos cruzados.
—Sin duda eres un tontito.
—¿De verdad no habías visto su rostro?
—Un impulsivo y enorme tontito —Apretó el puente de su nariz.
—Sabía que eras despistado a veces, pero tío, esto es muy estúpido —suspiró con decepción.
Y así los regaños continuaron por un buen rato, duras palabras que entraban por un oído de Fargan y salían por el otro mientras su mirada se hallaba perdida en algún punto desconocido.
—¿Al menos nos escuchaste? —En el rostro de Vegetta apareció su molestia.
No contestó por uno, dos, tres largos minutos. A Luzu comenzaba a asustarlo ese gesto inexpresivo que tenía, así que pasó una mano frente a sus ojos ámbar para tratar de hacerlo reaccionar.
—¿Fargan…?
—Creo que soy gay —susurró, pero sus amigos lo escucharon muy bien.
—¿Cómo?
—Es increíble —Frotó sus manos por su rostro con frustración—. Cuando vi que en realidad era un tío pensé que se iría este sentimiento, pero ahora no dejo de pensar en el hermoso color de sus ojos y en que es el chico más lindo que he visto en mi vida.
Los otros dos intercambiaron miradas, no entendían ninguno de los balbuceos que el mayor soltaba de forma disparatada.
—Lo estamos perdiendo, Vegetta, está muy flechado.
—Ni con Dulce se había portado así, ¿es normal que me dé escalofríos?
Mientras ellos hablaban, Fargan se detuvo. Empezó a pensar en algo, obligando a su cerebro a trabajar y así encontrar la forma de enmendar su error con ese chaval que bien podría ser el amor de su vida.
—Tengo una idea —dijo con determinación, caminado hacia una tienda sin esperar a los demás.
—¡No, Fargan! ¡Lo que sea que tengas en mente es una pésima idea! —Corrieron para alcanzarlo.
Al mismo tiempo, Amidala había vuelto a la barra con Alex, llevando consigo una charola con dos hamburguesas, papas fritas y un par de refrescos.
—Ya era hora, pensé que me habías abandonado —se quejó.
—Lo haré hasta que me robe toda tu fortuna —Ambos rieron—. Por cierto, vi que un chico muy apuesto se acercó a hablar contigo —Levantó sus cejas repetidamente, teniendo una sonrisa pícara en sus labios.
—Ah, sí…
—¿Y? ¿Qué te dijo? Si vas a tener un romance de telenovela me lo tienes que contar todo.
—Calma, mujer, yo no tendré ningún romance —Le dio una mordida a su comida—. Solo fue un idiota que quería decirme de cosas por usar falda.
—Oh, vaya…
Guardó silencio, en verdad pensó que algo romántico había surgido, no creyó que ese hombre fuera un maldito descarado. Suspiró antes de tomar su vaso y empezar a beber por el popote, qué decepción.
Estuvieron así unos minutos hasta que la vista de Amidala se desvió a un costado y de pronto casi se ahoga con su bebida. Alexby palmeó su espalda varias veces, preguntando si se encontraba bien.
—¡Sí, todo bien! —Se apresuró a decir, había una sonrisa nerviosa en su cara—. Yo… eh, olvidé traer servilletas.
—Aquí hay servilletas —señaló mientras arqueaba una ceja.
—Creo que nos faltan más —Su risa fingida le quitaba credibilidad—. Ahora vuelvo.
Ni siquiera le permitió hablar, ella solo se marchó con rapidez como si hubiese visto un fantasma y él se quedó ahí, confundido. Le restó importancia, devolviendo su atención a sus patatas hasta que vio de reojo que alguien se sentaba en el lugar de su amiga.
—Está ocupado —gruñó, pero al voltear reconoció a Fargan—. ¿Volviste? ¿No te quedó claro cuando te dije…?
—Lo siento —interrumpió, dejando sin palabras al azabache—. Nunca quise hacerte sentir mal, esa no era mi intención, ¿vale? Admito que al principio sí creí que eras mujer y quería invitarte a salir, pero cuando vi tu rostro en realidad me paralicé —Alex frunció el ceño—. ¡Pero no por lo que tú crees! Sino… porque tu cara es la cosa más preciosa que he tenido el placer de ver.
—Yo... —Su rostro estaba completamente rojo.
—Y tranquilo, no te juzgo por usar falda —le dedicó una sonrisa—. Lo estuve pensando un poco y me gusta mucho tu idea, así que te copié.
Al levantarse reveló que en lugar de su pantalón negro traía puesta una falda muy coqueta de color rosa, la cual ondeó en el aire cuando Fargan dio una pequeña vuelta.
—Se te ventilan muy bien los huevos con esta cosa.
—Pero —No pudo terminar su frase por la risa incontrolable que brotó sin avisar. Fargan estaba seguro de que era el sonido más melodioso del mundo—. ¿Tú estás loco o qué cojones?
—Loco de amor por ti, guapo —Guiñó un ojo, provocando aún más carcajadas en el menor.
—Soy Alexby —se presentó luego de poder calmarse.
—Alesby, es muy lindo, pero ¿puedo llamarte el amor de mi vida? —Volvieron a reír—. Yo me llamo Fargan.
—Bueno, Fargan, creo que tendremos que ir de compras.
—¿Por qué?
—Porque esa falda no combina para nada con el resto de tu ropa, honey —comentó con su voz de diva, confundiendo un poco a contrario.
—Si es contigo yo voy a cualquier lado —le ofreció su mano para ayudarle a bajar del alto banco, la cual Alex aceptó gustoso.
Y así ambos anduvieron hacia las tiendas, platicando para poder conocerse mejor junto a una deslumbrante sonrisa que demostraba lo felices y cómodos que estaban con la compañía del otro.
Extra:
Mientras Fargan y Alexby deambulaban por la mayoría de los locales del centro comercial, dos pares de ojos muy curiosos los vigilaban a escondidas desde las jardineras, intentando seguirles el paso.
—No puedo creer que funcionara —Luzu se sentía orgulloso al verlos bromeando a lo lejos.
—Lo sé, es raro que los planes de Fargan funcionen —Vegetta suspiró—. Pero me alegra que haya encontrado a alguien que lo haga feliz.
—No sé qué tan feliz será al lado de ese niñato gruñón.
Ambos voltearon con espanto, no esperaban escuchar la voz de una tercera persona.
—Espera, tú eres…
—Amidala, mucho gusto —les extendió la mano—. Soy la mejor amiga del enano que está junto a su amigo.
Aceptaron el saludo con cierta duda antes de presentarse ellos también.
—Así que el galán que está con Alex se llama Fargan, ¿cierto? —Los otros dos asintieron—. Qué raro, tengo una amiga que tuvo un asqueroso novio con el mismo nombre, espero no sea el mismo idiota porque prometí que si lo conocía le patearía el trasero.
Los otros dos se miraron con pánico y Luzu fue quien se atrevió a hablar después de tragarse el nudo en su garganta.
—Disculpa, ¿cómo dices que se llama tu amiga?
—Dulce, ¿por?
Vegetta y Luzu se alejaron con mucha rapidez, parloteando quién sabe qué cosa lo más bajo posible. Amidala solo trataba de contener su risa, ella sabía que esa ruptura fue más que nada por culpa de Dulce, su exnovio había sido realmente atento con ella, así que sabía que él era una buena persona. Pero la tentación de una broma le resultó imposible de ignorar.
—Tú tranquila —le habló el de ojos morados—. Ese cabezón no le hará nada a tu amigo.
—Nosotros estaremos vigilando a esa sopa de veneno —aseguró el castaño.
—Eso me tranquiliza —Soltó una risilla por lo bajo—. Bueno, ¿les apetece comer algo? Ahora que Alex se consiguió novio me ha dejado plantada.
—Claro —dijeron al unísono.
Fueron de regreso al área de comida, aunque antes de avanzar Amidala le dio un último vistazo a la encantadora pareja de chicos que pasaba con faldas muy lindas.
Y tú querías quedarte en casa viendo películas, pensó con una tierna sonrisa adornando sus labios color durazno.
