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Summary:

En 2025, antes de la reunión del G7, estados unidos y México se encuentran de la manera que no deseaban, pero que no sabían que necesitaban.

Notes:

:)

Work Text:

México y Sheinbaum habían llegado al G7. Tarde, sí. Pero habían llegado al menos.

La mujer de cabello chocolate y rostro joven bajó apresurada de los escalones del vehículo que las había transportado, ajustándose el saco. Cuando entraron al edificio y a la sala, ella se quedó quieta, pero su mirada, sin embargo, no se quedó fija mucho tiempo: se desplazó con urgencia entre los presentes, buscando un rostro en específico; buscaba al motivo por el cuál ella había asistido; a quién le pidió estar aquí.

Ahí estaban Alemania, con su eterno porte serio y su actitud robótica; Italia, saludando a todos; y Brasil, quien fue el primero en acercarse a México apenas la vió. Sonrió con calidez y por un momento su actitud dejó la formalidad.
—¡México! Pensé que no llegarías —Habló con voz cantarina, su acento era tan fuerte que parecía que estaba hablando portugués en lugar de Español. Al hablar, se inclinó hacia ella con respeto, extendiendo una mano a su hombro para luego darle un abrazo que fue cálidamente correspondido.

México soltó el típico sonido de beso en la mejilla mientras rozaba su rostro con el de él, como era la costumbre.

—Ya sabes lo que dicen por ahí... más vale tarde que nunca —comentó con una sonrisa ligera, un poco avergonzada por el retraso. Aunque su voz era firme, sus ojos la traicionaban: saltaban por encima del hombro de Brasil, buscando ansiosamente cierta silueta.

Brasil notó el desvío de atención y suspiró. Y como siempre, no se quedó callado.

—Él sí está —dijo, ahora con una voz más baja y seria— Está en la siguiente sala, hablando con Francia. Trump se fue, al parecer no le importó demasiado tu presidenta...
Hubo un matiz en su tono difícil de ignorar, como si una chispa de resentimiento, o quizá de advertencia, se colara entre las palabra.

México lo notó. Su sonrisa se desvaneció y el ceño se le frunció apenas.

—Nos lo avisó —replicó, cortante, manteniendo la compostura, fingió sonreír—. No te preocupes, Brasil.
Él alzó una ceja, pero no dijo más. Se despidieron con formalidad, y bajo el pretexto de tratar “asuntos importantes”, México se excusó. Le indicó a Sheinbaum que estaría en la sala contigua y que no tardaría. No era mentira, pero tampoco decía todo.

México avanzó y sus tacones resonaban sobre el mármol con un ritmo contenido pero firme, repitiéndose dentro de su cabeza. Al cruzar el umbral, la iluminación suave la envolvió en un ambiente más íntimo. Y ahí estaba.
Estados Unidos.
Él se encontraba de pie, ligeramente encorvado hacia adelante, hablando en voz baja con su madre, Francia, cuya piel ya mostraba las marcas del tiempo. Las manos de ella descansaban cruzadas sobre su regazo, y su expresión era la de una madre preocupada. Sus ojos, agudos como los de un halcón, fueron los primeros en notarla.
La francesa alzó la vista con lentitud, como si oliera la interrupción antes de verla. La mirada que lanzó era todo menos acogedora.

—Vaya, vaya... —musitó Francia con ese aire de superioridad que nunca abandonaba ni en los peores momentos—. La mascota de mi hijo se ha atrevido a interrumpir.

Estados Unidos levantó la cabeza al instante, y sus ojos se cruzaron con los de México. Por un segundo, ambos se quedaron quietos, como estatuas. La mirada de él expresaba sorpresa y vergüenza por las palabras de su madre. La mirada de ella reflejaba resentimiento y un dolor que se esforzaba por ocultar. No quería hacerle caso a Francia, México sabía que no era así ¿Cierto? Él y ella eran amigos, a pesar de todo. Se preocupan mutuamente el uno por el otro a pesar de las discusiones. ¿No?. Él no la usaba, eso era imposible... o al menos eso era lo que quería pensar México.

 

—No vine a discutir. —México fue la primera en hablar, rompiendo la tensión con una voz baja, pero firme— Al menos no contigo.

—No tienes ningún derecho de venir y entrar como si estuvieras en la sala de tu casa. –Argumentó altanera la mujer de mayor edad, alzando el rostro.– Tú ni siquiera deberías estar aquí, tú no formas parte del G7.

Estados unidos, quién estaba parado al lado de Francia, caminó en silencio hacia México, sus manos estaban detrás de su espalda y mantenía la mirada baja. Se colocó detrás de México, alzó su mirada hacia su madre. Se mostraba molesto, pero no era una mirada débil e impulsiva, era una que te advertía que si te atrevías dar un paso en falso, te destruiría. Era un claro y fuerte «Detente ahora mismo».

Francia no se movió del lugar. Aunque sus labios estaban sellados, por dentro ardía.
No iba a quedarse callada. No frente a ellos. No frente a esa imagen: su hijo, parado detrás de México, como un perro guardián que había olvidado quién le enseñó a morder. Era su hijo, ¿Cómo su hijo podría ponerse en contra de ella?

La furia le hervía bajo la piel, y su orgullo se negó a doblegarse.

Así que habló.
—Lo he dicho, y lo mantengo —soltó con voz firme, sin esconder el filo en sus palabras—. Eres de mi hijo. Un peón más.

El aire en la sala se volvió más denso.
México se quedó inmóvil por un segundo. Sus pupilas se dilataron, y el pulso en sus sienes se aceleró. Sintió cómo su espalda se tensaba bajo la mano que Estados Unidos aún mantenía en su hombro.

—¿Disculpa? —murmuró, sin poder creerlo del todo, parpadeando con fuerza varias veces—. ¿Qué acabas de decir?

—No te hagas la inocente. Siempre has estado a su sombra. Haciendo lo que él hace. Callando cuando él habla. Obedeciendo, aunque te humille. —La miró con desprecio— Puedes salir al mundo y presumir tu independencia, pero tú y yo sabemos que eres una colonia más.

—Ya basta —Habló claro EEUU, se hartó de la situación y de la voz altanera y cínica de su madre. Su mano se deslizó y abandonó a México y él se plantó en frente de francia.– Una palabra más y me olvidaré de que eres mi progenitora.

—Yo no soy de nadie –Se apresuró a decir México, colocándose nuevamente al lado de estados unidos.–
Francia alzó la cabeza con frialdad.
—¡Ja! No seas ridícula. Si no fueras de él, ¿por qué estás aquí buscándolo como una perra que perdió a su amo?
Al escuchar a Francia, México sintió que la sangre le quemaba, quería cachetearla. No era el momento, no aún, debía resistir sus provocaciones.

—No te confundas, Francia. Fue él quién solicitó verme.
Estados Unidos clavó la mirada en el rostro de su mamá
.
—Ya has cruzado la línea. No te voy a permitir ni un insulto más. Te estás comportando como una loca.

—¿Y qué vas a hacer? —replicó ella, con una sonrisa cínica—. ¿Atacarme por ella? ¿A tu propia madre? ¿Por alguien que ni siquiera puede defenderse sola? Mírala. Te necesita para que la tomen en serio.

México sintió que algo dentro de ella se rompía. Su autoestima como persona se vió herida.

—No necesito que nadie me defienda. Podría partirte tu madre en este mismo lugar, pero seria inapropiado que los demás escucharían tus gritos.

Francia se detuvo. La cabeza le ardió en coraje. Ya no soportaba a México, le parecía alguien vulgar, ordinaria; un soldadito más en el campo de batalla de su hijo. Abrió la boca, buscando encontrar alguna oración para limpiarse de esta humillación.

Estados unidos se sorprendió al escucharla dejar de hablar de manera propia para empezar a decir groserías. Él sabía que eso indicaba que Francia había logrado molestarla y herirla de verdad. Aunque últimamente había estado discutiendo mucho con México, no permitiría que la humillaran en la reunión en la que se supone que él y ella mejorarían sus relaciones políticas (y personales).

—Vete de esta sala, Francia. Ahora mismo. Y si te niegas, haré que te echen del G7.

Francia no dijo nada más, pues ella sabía que su hijo era perfectamente capaz de hacerlo. Los observó a ambos con desprecio, indignación y asco. Los arrastró con la mirada, pero ambos decidieron ignorarla. Seguido de eso, ella abandonó la sala, dando pisadas fuertes y cerrando la puerta con fuerza detrás de ella.

México dejó su expresión y semblante duro, suspirando y liberando el aire contenido, pero miraba con intensidad aquella puerta blanca. Estados Unidos la observó. Sus ojos buscaron los de ella, y los de ella lo encontraron rápido. No dijeron nada. No hacía falta. Había tensión, rabia, sorpresa… incluso miedo de que esto llegara a la prensa. Pero sobre todo, había cansancio.

Necesitaban descansar. Ambos.

El silencio se hizo presente, como tantas veces antes. Apagó el fuego en sus pechos, calmó la tormenta de pensamientos. Porque, al final, siempre había sido así entre ellos:
el silencio los curaba.

Y eso era porque fue gracias al silencio que ellos se encontraron.