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En cuestión de días, de pronto Lucerys había cambiado, era como de la noche a la mañana que el chico se juntaba con Aemond, más de lo habitual cuando en realidad hacía lo posible por encontrarse menos con él, según el informe de Jacerys entregado a Daemon.
—Lo sabía, algo anda mal en todo esto —decretó Daemon sentado desde su sillón individual favorito frente a la fogata encendida.
La madrugada era algo que le gusta mirar en tanto pensaba respecto a su vida en lo laboral como familiar porque ambas partes le eran importantes, por supuesto, su prioridad siempre había sido su familia, la que no contempló tener y que después obtuvo y la ama, cualquier cosa que haga… un sacrificio siempre le ha valido la pena con tal de verlos bien.
Y, entonces, estaba algo preocupado porque Lucerys salía mucho de casa cuando a dudas penas accedía con sus amigos o incluso se la pasaba mucho en su teléfono celular. Lucerys no era así, su niño —favorito en secreto no tan secreto— cambió de repente.
Daemon consideraba que quizá se trataba de los efectos hormonales de la adolescencia o algo así, pero hizo memoria recordando que Jacerys incluso hacía algo similar, solo que aproximadamente a los veinte años y de la nada dijo que estaba enamorado de Aegon.
¿Acaso había algo con esa familia?
Lo único que se le podía ocurrir era que había una especie de brujería en todo eso.
—Tengo una leve sospecha al igual que contigo.
Jacerys arqueó una ceja mostrando curiosidad por averiguar a qué se refería su padre. Tan evidente y siente que no debería porque si fuese algo simple Daemon lo hubiese dicho sin más.
—¿De qué se trata? —Conocía bien a Daemon, pero no se pudo evitar que le ganará la boca antes que su pensamiento para razonar.
—No te va a gustar la respuesta. Mejor ve a dormir —sugirió sin vacilo. —Tienes clases mañana.
—¿Y qué voy a hacer con este chisme sin resolver? No voy a dormir con la duda.
Jacerys se acercó para interferir entre Daemon y la chimenea encendida teniendo sus manos enlazadas en la parte trasera.
Claro Daemon lo vio venir porque Jacerys siempre fue un chico curioso y algo insistente cuando de plano algo era de su interés. Más que nunca deseaba saber la conclusión a la que había llegado antes que él, a lo que posiblemente a él jamás se le hubiese ocurrido.
—Acércate —indicó el hombre mayor. A lo que el chico hizo caso acercando su oído al rostro de su padre, ya que de ninguna manera se iba a quedar con la duda y no le importaba si debía pasar toda la madrugada ahí insistiendo.
Daemon le susurró con la intención de que ni siquiera las paredes fuesen testigos.
Jacerys no estaba tan contento por saber, pero tampoco decepcionado ni enfadado, simplemente sorprendido.
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El primer hijo de Rhaenyra tenía un aspecto poco presentable a lo común. En su rostro se figuraban ojeras y daba la impresión de que pensaba todo el tiempo en algo particular. Lucerys no fue el único que se preocupó por ello, sino su madre y sus primas también, pero Daemon repetía que no debían preocuparse.
Claro se sentían excluidos porque les estaban ocultando algo, lo presentían y no insistieron en sacarle información a Daemon, ya que sería en vano con él. Y Jacerys no se encontraba en las mejores condiciones de momento, tarde o temprano lo harían.
Mientras tanto, desayunaban todos juntos con el intento de hacer plática su madre con sus niños, que no eran niños, más, sin embargo, para ella siempre lo serían sin importar cuántos tuviesen.
La mañana transcurrió tranquilamente hasta que finalmente tuvieron un descanso en la universidad. De esa Jacerys no se iba a escapar, Lucerys quería saber y no iba a perder el tiempo, de alguna manera iba a sobornarlo aún si debía gastar todo su dinero, total Aemond le podía comprar algo si se lo pedía, aunque no le gustaba usarlo de esa manera, pero una intriga así valdría la pena, tal vez.
Cuando estaban afuera del campus en las jardineras, Lucerys respiró profundo y le habló un par de veces. No respondía. No hasta que Lucerys lo sujetó de los hombros y lo empezó a sacudir como muñeca de trapo.
—Jace, reacciona.
Funcionó de momento y estando a punto de decir algo más, todo se fue a la mierda porque los ojos de su hermano mayor encontraron algo… a alguien capaz de arrebatarle toda su atención. Sí, así fue. Tan rápido como lo vio Jacerys le dijo que se verían luego y se dirigió a Aegon Targaryen, prácticamente su tío que le importó muy poco ese detalle.
—Aegon, tenemos que hablar.
Que sus oídos alcanzarán a escuchar tal cosa podía significar una cosa: Peligro.
Lucerys muy pocas ocasiones llegó a escuchar eso por parte de su hermano, pero claro estaba que era momento para ocultarse, huir o apoyarse en algo para soportar lo que se aproximaba después de esas simples palabras «tenemos que hablar». Deseaba escuchar lo que Jacerys tenía que decir, pero era notorio que lo estaba excluyendo por alguna razón. Jacerys se apartó con Aegon a quién sabe dónde.
No eran frecuentes las veces en que Aemond coincidía en tomar un descanso con los de Lucerys, pero en la salida siempre se lo encontraba a pesar de mezclarse entre tantas personas.
Aemond siempre lo esperaba y siempre lo encontraba, finalmente Lucerys un día se dio por vencido en escapar y le pareció reconfortante quedarse y caminar a su lado mientras era llevado a su casa. A pesar de que bien podía ir en automóvil siendo llevado por Jacerys y no estar caminando unos kilómetros (a su parecer).
A mitad del camino Lucerys decidió atreverse a romper el silencio que había entre ellos. No era incómodo ni desesperante, era bastante común entre ellos que algunas veces no dijeran una sola palabra y otras hablar hasta por los codos, en especial Lucerys.
—¿Sabes de qué hablaron Jace y tú hermano? Espero no hayan discutido.
A Lucerys se le hizo extraño que Aemond no hubiese suspirado para responder siquiera con un «es problema de ellos», algo similar o cualquier cosa que también pudiese ser una respuesta que resolviera la pregunta. Por lo tanto, el menor volteó a verlo y su expresión parecía sorprendida y sus músculos se mantenían rígidos. No hubiese querido alucinar, pero obtuvo la impresión de que Aemond estaba sudando.
—¿Es algo malo, Aemond?
Si Aemond podía reaccionar así, tal vez era para preocuparse. Poco a poco comenzaba a arrepentirse de preguntar tal cosa.
Después de un pesado silencio Aemond tragó saliva y giró en dirección a Lucerys para encontrar su ojo con aquellos cafés todos preciosos a su parecer.
—No, es nada. Verás que estarán como si nada.
Lucerys quiso creerle. No pudo, pero su corazón se alivió un poco y el menor continuó hablando de como había sido su día en la escuela omitiendo mencionar a su hermano mayor. Aemond le prestaba atención a cada detalle, sin duda alguna. No obstante, pensaba en otras cosas. Lucerys lo conocía lo suficiente para saber que oculta algo o que algo pasaba. Tarde o temprano lo descubriría.
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Jacerys había confirmado lo que Daemon supuso. Sin importar cuántos años haya vivido con Daemon le seguía sorprendiendo su habilidad de describir las cosas de alguna manera que Jacerys no podría, bueno, tal vez más adelante en el futuro.
Aegon estaba sorprendido y realmente estuvo a punto de llorar como una Magdalena, pero Jacerys lo amaba y le daba igual que haya sido a través de un amarre. Estaba atónito por eso, sí, pero quería seguir a su lado cuando bien sabía que desde hace más tiempo poseía sentimientos por él, más no se atrevía a exteriorizarlos por temor a sus padres o a lo que podrían decir en la escuela sobre ellos (ser juzgados).
Una vez se preguntó de dónde había sacado tanto valor para que Aegon se enterara y, por suerte, ser correspondido.
Para entonces, todo comenzaba a ser coherente, sobre todo con Lucerys. Ahora que sabía tanta información, ¿qué podía hacer? Muchas cosas, pero prometió que no se lo haría saber, Aegon le hizo prometer tal cosa, así como Daemon. Doble juramento que lo mantenía ente la espada y la pared, ya que lo invadía ese nerviosismo de querer hacerle saber. Después de todo Lucerys también insistiría con que se le revelara, el detalle era cómo le podría hacer para evitarlo cuando Lucerys era conocedor de sus debilidades.
—Jace, hermano, ¿sabes que te quiero mucho? Mucho, mucho, mucho, mucho, mucho.
—Sí, lo sé. También sé que quieres saber sobre lo que hablé con Aegon y con nuestro padre, pero no puedo decirte.
—Más intriga me da —. Lucerys frunció el ceño, pero recordó un suceso y su rostro se volvió a uno maquiavélico. Jacerys podía verlo y le atemorizó lo que se le estaba ocurriendo a su hermano. —Bien, sino me dices le diré a madre de la vez en que fuiste con Aegon al supuesto cine.
Jacerys estaba en lo cierto.
—No lo harías…
—Todo depende de que escupas la sopa y sabes a qué me refiero, nada de chistes malos.
Jacerys suspiró y con mucho trabajo despegó sus labios para decir lo posterior.
—De verdad no puedo decirte, pero puedo darte información para que lo averigües por tu cuenta si tanto quieres saber, ¿de acuerdo?
Lucerys manifestó una gran sonrisa de victoria en su rostro y asintió.
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Después de unos días de tanta insistencia con que anhelaba mucho ir a la casa de su novio, lo consiguió y se encontraba ahí, en la sala. Lucerys miraba por todos lados y le gustaba la decoración y el cómo las cosas estaban ordenadas. Encontrando también varios recuadros familiares, especialmente de Aemond.
Solo estaban ellos en la gran casa, eso le hizo sentir aliviado y un poco nervioso, ante todo por la siguiente fase del plan.
—Aemond, ¿podrías hacerme un favor?
El nombrando estaba en la cocina acomodando utensilios en la estufa y Lucerys se hallaba en la entrada.
—¿Qué sucede? —Aemond seguía en lo suyo, pero era atento a lo que Lucerys decía.
—Me duele mi pierna otra vez, desde la mañana. Pensé que se aliviaría pronto, pero parece que no. ¿Me comprarías mi medicamento, por favor?
Aemond expresaba de manera transparente que estaba preocupado, así que puso todo lo que tenía en la estufa a fuego lento.
—¿Y qué haces ahí parado en vez de sentarte? Si tanto te dolía, ¿por qué no me lo dijiste?
—¿Lo harás o no? En vez de estarme regañando deberías cuidarme con mimos.
Aemond se quedó callado y Lucerys hizo caso a la sugerencia, claro que había contestado no tan agradable porque Aemond se preocupaba tanto y jamás terminaría de reclamar por su salud que le importa entre muchas cosas.
—Te doy el dinero, Aemond —ofreció Lucerys.
—Guárdalo, lo usaremos para otra cosa.
Esa era su manera de decir «No te preocupes, yo te lo pago». Sabe que Lucerys no acepta que pague todo, pero formuló esa frase y había salido victorioso.
Tras apagar el fuego en la estufa, Aemond tomó sus llaves que colocó en la mesa ubicada frente al sillón en el que Lucerys se había puesto cómodo. Lo examinó con la mirada y suspiró.
—¿Algo más que necesites?
—No, solo eso, cariño.
Las mejillas del mayor se ruborizaron por la manera en que lo llamó. A Lucerys le pareció lindo e inevitablemente sonrió.
—Bien, ya regreso.
Al escuchar que Aemond cerró la puerta, Lucerys esperó dos minutos para estar seguro de que no regresaría porque en ocasiones a Aemond se le olvidaba algo y se regresaba.
Estando seguro se levantó del sillón y se dirigió a las escaleras que lo llevarían al cuarto de su novio. Debía actuar rápido si quería averiguar aquello que Jacerys no podía contarle y que de Daemon no obtendría una respuesta.
Lucerys encontró su cuarto después de abrir unas cuantas puertas e ingresó cerrándola a sus espaldas. Tan rápido como pudo empezó a buscar dónde se le cruzaba primero la idea del sitio en que podría ocultar algo importante.
Tras un largo rato buscando, comenzaba a rendirse por no encontrar nada, sin embargo, de la nada se le cruzó el pensamiento de tentar bajo su almohada y lo hizo. Encontró un artefacto extraño que poco a poco examinó.
¿Qué podía ser un trozo de canela con papel, amarrados por un listón rojo?
Como era de esperarse, la curiosidad se estampó en su mente y de inmediato buscó en internet. Los resultados lo dejaban impresionado, dudaba que se tratara de eso, no lo creía.
Y abrió alguno de los enlaces que lo llevaron a la información en que coincidía con los instrumentos en sus manos para realizar un hechizo de amor o un amarre, daba igual lo que fuese.
No quería creerlo, pero había una cosa más. Si el papel contenía su nombre, no había forma que fuese mentira y deseaba que lo fuera. Así que deshizo el nudo con mucho cuidado y, posteriormente, fue desenvolviendo el papel.
Sus ojos se abrieron en su totalidad, ya que encontraron su nombre completo.
¿Cómo debía tomarse aquello?
Comenzaba a tener sentido, de la noche a la mañana sentía curiosidad por él y se rindió de querer huir, cuando menos lo consideró quería estar con él y se empezaban a manifestar sentimientos que jamás se le cruzaron por la mente, bueno, tal vez por personajes ficticios y actores, pero luego fue por Aemond.
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La puerta fue cerrada a sus espaldas y colocó las llaves dentro de alguno de sus bolsillos. No encontró su ojo a Lucerys en el sillón dónde se había quedado antes de irse.
—Ya regresé —anunció, más no obtuvo respuesta.
Cómo alternativa ingresó a la cocina y Lucerys se encontraba ahí, mirándolo fijamente de frente en la mesa. Su mirada era extraña. Hizo que le recorriera un escalofrío por toda su columna vertebral y carraspeó, a su vez colocó la bolsa con el medicamento sobre la mesa.
—¿Sucede algo?
Aemond detestaba los acertijos, aquello que debía adivinar por obra de magia.
Lucerys quería hablar, pero su garganta parecía tener un fuerte nudo. Tragó saliva con dificultad y cerró los ojos para sacar de sus bolsillos aquello que encontró en su cuarto.
Aemond quedó perplejo. La sangre se bajaba a sus pies y sentía un sudor frío por su frente. Simplemente estaba por desmayarse y estaba como si su alma se hubiese desprendido de su cuerpo.
—Dime la verdad, Aemond Targaryen.
Mentiría si dijese que no le aterrorizó el que Lucerys lo llamara por su nombre completo.
Aemond cerró su ojo y apretó sus puños para al fin hablar, no tan fuerte, pero hacía el esfuerzo.
—Es un amarre que Aegon me pasó porque le fue efectivo con tu hermano.
La atención de Lucerys se hallaba en cada palabra y gesto proveniente de Aemond, por supuesto, arqueó una ceja.
—No creía en esas cosas… —se detuvo por unos segundos y prosiguió: —pero al ver que resultó se lo pedí y fue que lo apliqué en ti.
—Pensé que Jace se atrevió a confesarse de una vez por todas. No me extrañaba, pero veo que ahora tiene sentido al igual que lo nuestro.
—Te aseguro por los siete que…
—No, Aemond. ¿Sabes cómo estuve antes de todo esto? Tenía miedo de ti, no estaba seguro si querías vengarte y esperabas el momento adecuado o simplemente me odiabas —. Enfadado, Lucerys decía lo que pensaba. —Ya veo porque no querían decírmelo.
—¿Quién te lo contó? —Aemond exaltado no dejó pasar el preguntar tal cosa, era posible que cuando pudiese se vengaría de esto. —Si fue Aegon, juro que…
—Nadie me lo quiso decir, yo lo averigüé por mi cuenta.
Aemond no podía creerlo, se descuidó un rato y ahora debía confrontarlo. En algún momento debía hacerlo, pero no estimaba que pronto.
—¿Por qué lo hiciste, Aemond?
—¿No es obvio? En efecto, al principio quería vengarme por haberme quitado el ojo, pero… —Tragó saliva y una vez más apretó sus puños para continuar con su explicación que quería llevarse a su tumba. —… pero poco a poco se convirtió en algo más que solo venganza, de hecho, perdí el interés en quitártelo. Luke, yo…
Aemond intentó acercarse, sin embargo, Lucerys interpuso su mano derecha indicando que se quedara justo donde estaba.
—Escuché suficiente.
Lucerys se levantó del sitio, lo rodeó para ir por sus cosas y tomó su mochila para retirarse de ahí.
La fuerza de voluntad de Aemond se encontraba por los suelos, no obstante, de algún modo logró que se reintegrara a su cuerpo y fue tras su amado, su preciado Lucerys.
Lo sostuvo del brazo para detenerlo.
—Lucerys, perdóname. Te… yo te… —Le costaba trabajo poder liberarlo, ya no era pensarlo únicamente cada día, sino que debía decirlo a través de su propia boca, con su voz toda patética. —Te amo.
Se había esforzado demasiado y Lucerys lo sabía.
El menor puso resistencia y agitó su brazo para zafarse de él. Lo hizo con rudeza y no dejó salir de sus labios ninguna palabra. Sino se marchó a la puerta sin voltear a verlo ni una sola vez.
Aemond se sentía fatal, su corazón parecía dolerle al igual que su pecho completo. Eso sin mencionar el fuerte dolor de estómago que se manifestó más tarde.
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Al día siguiente Lucerys no encontró a Aemond entre la multitud, esa vez salió temprano y quiso esperarlo, verlo… sin una razón en particular.
Claro que no pasó y se fue a casa con Jacerys, quien le había dado la información y en esos momentos lo que veía era a un Lucerys agotado. Se arrepintió de haberlo hecho, pero no había manera de retroceder para evitarlo. Cómo consecuencia, canceló sus planes que tenía con Aegon, claro en parte se enojó con él por haber hecho tal cosa.
Aegon debía lidiar con su hermano y su madre desesperada por ayudar a que Aemond saliera de su cuarto siquiera para comer.
—Lo siento… —murmuró con sentimiento de culpa mientras esperaba a que el semáforo cambiará de color rojo a verde.
—Está bien, yo insistí. Y creo fue lo mejor.
Jacerys notaba la voz apagada de su hermano, lo cuál le hizo apretar su pecho y quería en ese momento salir del automóvil para ir con él y abrazarlo. No era posible por el lugar y por el semáforo que después cambió de color.
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Aemond no deseaba ir a la escuela o comer, ni siquiera salir de su cuarto, no hasta que Helaena lo convenció de abrir la puerta y, como era de esperarse, también de que fuese a la escuela por sus importantes clases y sus próximas evaluaciones.
Y, bueno, Aemond regresó diciendo que se había enfermado; cierto a medias.
Lo que menos esperaba era que al abrir su casillero sus ojos percibieran una carta que se deslizó al suelo. Sin ganas la recogió y pensaba tirarla, pero primero quería leerla para saber que mierda decía.
La carta mencionaba que quería verlo en la salida detrás del campus y sus entrañas se sentían en calor, mantenía una sensación de que se estaban devorando al ver el nombre de Lucerys.
Lucerys lo había citado y estúpidamente el miedo lo recorrió por todo su cuerpo, seguro quería terminar la relación de manera formal, ya que ese día el menor solo salió de su casa sin decir algo más.
Debía afrontar las cosas, eran las consecuencias de sus actos indebidos, debió hacerlo bien y sin patrañas mediocres.
Cuando las clases finalizaron, Aemond salió del campus y conforme pasaba el tiempo más nervioso se sentía, era tan complicado de aceptar. Asimilar era totalmente distinto a hacer de frente las cosas.
No obstante, debía hacerlo.
Con lentitud, conforme a sus pesadas pisadas, veía una sombra y entre más cerca, mejor podía ver el cuerpo delgado y fuerte que alguna vez era suyo. Tragó saliva y miró al frente a un Lucerys completo. Lo miró de pies a cabeza con la probabilidad de que fuera la última vez en la manera que siempre lo hacía y deseaba.
Decidido, con el valor sacado de quién sabe dónde, carraspeó para llamar su atención.
Su cuerpo se puso tenso como una estatua cuando Lucerys volteó hacia él y lo miró por un corto tiempo, como si hubiese visto a un fantasma y no se lo creía de tenerlo al frente.
Aemond desprendió sus labios para hablar, pero de inmediato se sellaron al ver cómo Lucerys se acercaba rápido. Y aún más cuando corrió para terminar rodeándolo con sus brazos.
No lo creía, parecía un sueño que Lucerys lo abrazara con tanta fuerza, por supuesto, no se negó. Correspondió al abrazo porque bien no podía engañarse de que extrañaba el contacto físico, bueno, de cualquier manera, en que pudiera estar con Lucerys.
Lucerys recargaba su cabeza en su pecho como si fuese el último que podría darle, semejante a una señora despidiendo a su esposo que estaba por irse a la guerra.
Fue hermoso, cálido y necesitado, tanto para ambos que no querían despegarse, mucho menos Aemond.
Lucerys fue quien tomó iniciativa y lo concluyó. Este se despegó de Aemond y lo miró a su ojo y su parche.
—Te extrañé —comentó el chico con sus mejillas rojizas que, de hecho, ese rubor llegaba hasta sus orejas.
—Yo aún más, no creo poder seguir sin ti, por favor, perdóname.
Lucerys se ahogó en sus palabras al escuchar las de él. Su corazón se derritió, pero recordó a lo que había venido y nada lo haría cambiar de opinión.
—Aemond…
Hubo un suspenso que a ambos les generó un nudo en el estómago, pero Lucerys respiró con fuerza y retomó su palabra.
—No me importa que hayas hecho un amarre para tenerme a tu lado, lo que siento por ti es real, al menos ahora lo es. No quiero que lo nuestro termine —. Lucerys sintió como Aemond pasaba su mano entre sus cabellos rizados, lo cual le hizo detenerse por un momento y le se puso nervioso, pero siguió—. Solo no vuelvas a hacer nada de eso, ¿sí?
Aemond estaba más que exaltado de felicidad, tanto era lo que su cuerpo capturaba, que de impulso acortó la distancia entre ellos y juntó sus labios con los de su amado para darse un beso, intercambiando la pasión que había entre ellos.
Lucerys amolló y Aemond quería seguir, tanto lo deseaba, lo necesitaba para sentirse vivo, para sentirse agraciado y agradecido. Un beso acuciante.
Lo que se interpuso entre ellos fue la falta de aire por lo mismo de que lo hicieron sin importarles que fuera brusco. Solo importaba que era sincero, lo disfrutaban y lo necesitaban.
Al separarse, Lucerys notó como el ojo de Aemond brillaba y eso le hizo soltar una ligera sonrisa, la cual fue apreciada por Aemond.
—Por supuesto, tendrás que recompensarme —mencionó el chico de manera burlona, a modo que Aemond no puedo evitar sonreír.
—Lo que desees.
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Conforme pasaba el tiempo Lucerys y Aemond se hacían más compañía y eran cómplices en todo, especialmente entre las bromas ocasionales que les hacían a sus hermanos mayores, vaya que parecía una revolución contra ellos.
A Rhaenyra y Daemon les era divertido de alguna manera, mientras que a Alicent, la madre de Aemond y Aegon, se preocupaba por lo que pudiese ocurriese a su primer hijo.
Obviamente a Aegon y Jacerys no se les hacía gracia, pero complicadamente se vengaban de ellos porque eran los favoritos. Sobre todo, Lucerys que contenía de su lado al abuelo Corlys Velaryon que lo defendía a capa y espada. No obstante, disfrutaban la calidad en familia que tenían, de alguna manera.
