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Lo primero que vio Ryuji al despertar fue un techo alto completamente hecho de cemento e iluminado con fluorescentes que le provocaron un pinchazo en la cabeza, un pinchazo intenso que por un momento fue lo único que notó, antes de incorporarse lentamente y sentir como cada parte de su cuerpo se resentía por la labor de exorcista y las heridas ocasionadas por la pelea, pero no estaban abiertas, por el contrario, se encontraban cubiertas con vendajes y algunas suturas muy improvisadas que ardían y picaban como el infierno.
Al bajar la mirada, encontró que solo estaba usando los pantalones del uniforme, pues su torso estaba cubierto por las vendas color hueso, suaves y casi limpias si no fuera por la enorme mancha de sangre que tenían en toda la sección abdominal, aunque lentamente se tornaba de un marrón opaco.
Finalmente y tras mirar alrededor, Suguro se percató de que no sabía dónde estaba, aunque por el aspecto que tenía el sitio podía considerar que se encontraba en un edificio industrial abandonado hacia muchísimos años porque las paredes estaban resquebrajadas y casi consumidas por el verde de la naturaleza, y sin embargo, al fondo de la habitación, había una pequeña cocina conformada por una mesa alta, una hornilla eléctrica, un lavabo de metal junto al cual estaban bien ordenados platos e utensilios de cocina, y un mueble de madera con varios compartimientos que en realidad no era más alto que un niño de seis años. Además de eso, el castaño reposaba en una cama matrimonial, con mantas, afortunadamente, lavadas y agradables.
Mientras observaba el lugar, Ryūji escuchó la puerta, que estaba a un costado de una mesa y una silla de madera vieja y despintada, abrirse lentamente y, al girar en aquella dirección, descubrió una cabeza de cabellos negros asomarse entre aquel espacio, una cabecita que conocía bien.
—Veo que ya despertaste—dijo el Rey Demonio a la par que se acercaba, cerrando detrás de él y dando pasos largos pero calmados.
No hubo contestación de parte de Suguro, pues estaba demasiado pasmado como para siquiera ser capaz de concebir lo que pasaba.
Hasta hace unos segundos atrás, o lo que se sintieron como unos segundos, el dragón, joven con sus 22 años, pero experimentado, estaba peleando con el Rey Demonio luego de haberlo encontrado rondando un pueblo diminuto al este del país.
Por supuesto que el castaño no iba solo, sino que iba acompañado de otros exorcistas de alto nivel, y aun así ninguno era capaz de detener a aquel ser traído desde el mismo infierno conocido como Gehena, muy por el contrario, había ya una baja y un exorcista que había perdido ambos brazos, siendo así que tenía una hemorragia grave y era solo cuestión de tiempo para que pereciera.
A pesar de las heridas que tenía en los brazos, piernas y espalda, Ryūji se mantenía, difícilmente, en pie, con su arma en mano y sudor empapándole el cabello y las cejas. Y entonces, sin notarlo, una espada le atravesó el centro del abdomen, no tan profundo como para desgarrarle por completo los intestinos, pero tampoco tan superficialmente como para ser un diminuto raspón en la piel. De todas formas, la sangre salió a caudales de su cuerpo y, realmente cansado y adolorido, cayó al suelo con un golpe seco donde, por un instante, pudo ver las ramas de los árboles y el cielo azul que lentamente se oscurecía por la pérdida de la vista que estaba sufriendo hasta que entró en la inconsciencia.
—Tú...—finalmente soltó Suguro, falto de palabras para decir lo que sea que quería decir—. Rin.
Okumura le miró atentamente, aunque su rostro permanecía impasible en todo momento, y se sentó sobre su cama para examinar con solo la vista al otro varón.
—Pensé...—otra palabra inconexa salió de Ryūji que pronto se tornó molesto y tomó de la playera al medio demonio—. Pensé que estabas muerto, maldito imbécil.
—Eso quería que pensaran.
—¿Por qué? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué mierda se te ha ocurrido ser... esto?
—¿Qué? ¿Un demonio? Al final soy solo eso para todo el mundo.
—Rin...—Suguro jadeó—. No lo eres.
—Eso no piensa el resto de las personas.
—¿Y eso qué importa?
—¿Qué importa? — ahora fue el turno de Rin de enojarse, arrugando las cejas y mostrando los colmillos—. ¿Qué importa que me hayan encerrado medio año sin comida ni agua por lo menos durante semanas intermitentes, golpeándome y tirándome cualquier mierda encima solo por un error en una misión? Al Vaticano no le importa la gente, ni salvarla, solo le importa acabar con algo que no piensa entender. ¿Cuántos nephilims hay en el mundo a los que tratan con desdén? Si no fuera porque Shiemi forma parte del Grigori, ya la hubieran esclavizado como a Izumo y a mí.
Aquello no pudo ser refutado por Ryūji que tragó con fuerza y miró dentro de los ojos azules del otro.
—Tal vez debí haberte matado.
Nadie dijo nada más, y Okumura se levantó de su sitio para ir a la cocina donde empezó a mover cosas, a lo que Suguro supuso que estaba preparando algo de comer y vagamente se preguntó qué hora sería, pues el cuarto era hermético, sin una sola ventana que diera al exterior.
¿Por qué no lo había matado? Era otra de las preguntas que se hacia el castaño, pero, por el momento, no la hizo en voz alta.
—Puedes matarme ahora—dijo Suguro de la nada y provocando que el nephilim se quedara quieto en su sitio por un instante.
—Quizás debería.
Y aun así ambos sabían que eso no pasaría.
Luego de algunos minutos, Rin regresó a la cama con un plato de comida y un vaso de agua que tendió al otro y el cual, velozmente, acabó con todo; al finalizar, vio al pelinegro desaparecer tras una puerta adyacente que, sin saberlo, llevaba a un baño reducido de donde volvió con un cuenco lleno de agua y un trapo.
—Tendré que cambiarte la venda.
Y eso hizo el hijo de Satán, primero limpiando la herida que por suerte no supuraba y que abarcaba de costilla a costilla, estoico ante los quejidos de dolor del más alto que usaba toda la fuerza que tenía para no removerse.
—Vete cuando puedas moverte. Tardarás cuando mucho hasta mañana.
—¿Qué hora es?
—Las diez de la noche.
—¿Qué día es?
—Viernes.
Ryūji había estado dormido un día entero.
—Regresa conmigo.
Sin pronunciar un solo ruido, Okumura regresó al baño y se deshizo del agua ensangrentada y del trapo que estaba en las mismas condiciones.
—Rin, regresa conmigo.
—Creí que eras lo suficientemente inteligente para entender que, si no contesto, es un no.
—Por favor.
—Ni aunque supliques, Suguro.
—¿Por qué no?
—Esa vida no es para mí.
Desde el umbral de la puerta y mientras se secaba las manos, el nephilim vio al dragón poner una cara de tristeza absoluta que hizo a su corazón conmoverse suavemente, pero no dijo nada al respecto y se encaminó hacia la cocina para comer su porción; ya había hecho suficiente en el frente cuando vio el daño ocasionado a Ryūji que estaba tirado sobre el piso, cubierto de sangre y sudor que se mezclaba y manchaba alrededor de él, cuando lo vio moribundo y aun así no fue capaz de rebanarle la garganta o de atravesarle el corazón porque a pesar de todo no lo había olvidado, no lo había dejado de querer.
Okumura decidió ignorar al otro y se acomodó a la mesa a comer mientras goblins revoloteaban alrededor de él y el lugar. En cambio, Suguro se puso en pie lentamente, se colocó los zapatos que descansaban junto a la cama para no andar descalzo en aquel sitio repleto de escombros y caminó despacio hacia el otro.
—Podemos hacer que todo sea diferente.
—Ya lo intenté. No funcionó—aseguró el ojiazul antes de meterse otro bocado de arroz y verduras.
—Rin, volvamos.
Con un manotazo a la madera, el susodicho se alzó cuan largo era y miró furioso al castaño que simplemente pensaba en lo guapo que seguía siendo.
—Lárgate.
—Rin.
—Lárgate.
Inmediatamente, Ryūji le tomó una muñeca, sobre todo porque el más bajo hizo amago de apartarse, y lo jaló hacia sí, pero él nuevamente intentó retirarse, lanzándole miradas asesinas y temerosas.
—Rin, por favor, regresa conmigo. Rin, te extraño. Te quiero. Vuelve conmigo.
El rostro de Satán se deformó en dolencia y en ira, pronto siendo enmarcado por lágrimas claras y torrenciales que se deslizaban hasta su mentón y mojaban el suelo.
—No— gruñó el pelinegro—. No, Suguro. Déjame en paz. No voy a volver. No pertenezco ahí. Y tú no perteneces aquí. Vete.
—¿Realmente quieres que me vaya?
—Sí. No—hipeó con fuerza el más joven y sintió los dedos rugosos del otro retirarle un par de gotas que se acumulaban en sus pestañas—. No lo hagas más difícil.
Entonces, Ryūji se acercó un poco más y rozó delicadamente los labios húmedos del otro que lloriqueó por lo bajo.
—Vuelve conmigo—susurró el castaño y sintió al ojiazul negar con un movimiento de cabeza.
—Vete, Ryūji.
Con la mano libre, Rin tomó la del otro varón y dejó en ella una llave, pequeña, pero estrafalaria.
—Te llevará a la sede.
Suguro miró aquel objeto, luego los ojos llorosos de color azul y de nuevo a sus manos que sostenían la llave.
—Te quiero.
—Vete, por favor.
Derrotado, el castaño obedeció, aunque atrás dejó su corazón, con Rin.
