Work Text:
Jo despertó a las 7:14, como siempre.
No porque el despertador sonara —el despertador había dejado de sonar hacía mucho, aunque seguía encendido—, sino porque su cuerpo ya conocía la coreografía. Era un pequeño temblor en la espalda lo que lo traía al mundo. Algo apenas molesto, como una nota mal afinada.
En la cocina, su madre tenía el noticiero encendido. Una mujer hablaba con voz monocorde sobre el tránsito en la autopista, mientras detrás de ella una imagen de archivo mostraba autos moviéndose en cámara rápida. No era nuevo. Jo ya sabía que a las 7:17 la mujer se iba a equivocar al nombrar una zona, y que su madre frunciría el ceño, distrayéndose justo el tiempo suficiente para que el pan se quemara.
Así que masticó su tostada negra sin hacer comentarios. Era parte del libreto.
El cielo estaba de un gris lavado. El mismo gris que todos los días. Jo a veces intentaba ver si las nubes formaban alguna figura nueva, pero no lo hacían. O si lo hacían, lo olvidaban al día siguiente.
Al salir, los perros de la señora Ito ya lo esperaban. Eran dos: uno blanco y enérgico, el otro más viejo, como si le hubieran pintado las cejas con marcador. Siempre se le cruzaban delante justo cuando doblaba la esquina, como si jugaran a empujarlo hacia la calle. Jo ya no se sobresaltaba. Les decía “buen día” con tono diplomático, casi institucional. Los perros, obedientemente, ignoraban el saludo.
Al llegar a la escuela, ahí estaba Harua. Como siempre. Como nunca.
Con la mochila a un solo hombro, el uniforme mal abrochado y ese gesto blando de quien todavía no termina de despertar. Harua lo saludaba con la mano alzando los dedos, como si tocara un piano invisible.
Jo alzaba la mano también. Siempre con un segundo de retraso. Siempre con el mismo hueco extraño en el pecho.
Harua sonreía.
Jo seguía su camino.
La paloma chocó contra la ventana durante la segunda hora.
Un thump sordo que ya no lo asustaba. Los demás dieron un respingo, incluso la profesora. Una alumna gritó. Jo giró la cabeza con lentitud estudiada, como si observara un cuadro que ya había visto demasiadas veces.
El ave se sacudía en el suelo del patio, luego se quedaba quieta. No sangraba. No volaba. Solo estaba ahí.
A Jo le gustaba pensar que la paloma también estaba atrapada.
Esa noche, cenaron arroz con curry. El mismo arroz que su madre preparaba todos los lunes. Aunque Jo sabía —lo había probado en la lengua de la repetición— que en realidad era miércoles.
“¿Cómo estuvo la escuela?”, preguntó su padre.
“Bien.”
“¿Harua sigue con el pelo rubio?”
“Sí.”
Su padre asintió.
A las 20:04, encendió la tele para ver el partido. Jo no miró la pantalla. Ya sabía quién ganaba. Podía repetir los puntos antes que el relator.
A las 22:11, apagaron las luces. Jo se metió en la cama.
Y justo cuando estaba por cerrar los ojos,
llovió.
No una lluvia tranquila.
Una tormenta feroz, con gotas que golpeaban como si alguien lanzara piedras pequeñas contra el techo.
Jo no se movió.
Sabía que iba a pasar.
Sabía que iba a pasar.
Sabía que iba a pasar.
Cerró los ojos.
Y al día siguiente, despertó a las 7:14.
Como siempre.
La luz era la misma.
Ni fría ni cálida.
Una luz tan neutral que no podía ser otra cosa más que fabricada por el tiempo.
Pensó: hoy también.
Se quedó acostado un minuto extra, solo para comprobar si algo cambiaba por no levantarse al instante. No cambió nada. La tostada siguió quemándose a las 7:17, exactamente cuando la mujer del noticiero decía “Tokyo” en vez de “Kyoto”.
Jo se preguntó si alguna vez se corregiría.
En la mesa, masticó sin ganas. No porque el pan estuviera malo, sino porque ya lo conocía de memoria. Cada bocado tenía un mapa propio, una textura idéntica a la de ayer, y a la de antes de ayer. La manteca, siempre un poco dura. El cuchillo, siempre torcido.
A veces pensaba en probar con mermelada. Pero nunca lo hacía.
La mermelada no formaba parte del guión.
Y él era, en cierto modo, su propio actor.
La señora Ito tenía los mismos perros. Los mismos collares. La misma voz que les decía “no lo molesten, chicos” como si esa frase tuviera algún efecto.
Jo ensayó mentalmente las palabras exactas que usaría si esta vez los perros sí lo mordían.
Algo como: “No se preocupe, entiendo que fue una reacción animal.”
Aunque ya sabía que no lo morderían.
Lo sabían todos, salvo los perros. O tal vez ellos también sabían. Solo que fingían.
En la entrada de la escuela, Harua estaba encorvado, escribiendo algo en su cuaderno.
Jo lo observó desde lejos un instante más de lo necesario.
Se dijo a sí mismo que era porque estaba esperando el saludo. Pero también era porque Harua tenía un mechón que se le escapaba del peinado y le caía sobre la ceja. Ese mechón existía igual en todos los días. Era su detalle favorito.
Harua levantó la mirada justo cuando Jo estaba por pasar. Sonrió, con esa forma abierta y despreocupada que tenía, como si siempre fuera viernes por la tarde y no importara nada.
“Buen día, Jo.”
Jo asintió. Dijo algo que no escuchó ni él mismo.
“Buen día, Harua” era lo que debería haber dicho.
Lo había dicho ya incontables veces.
Pero a veces se desconectaba, incluso de sí.
Empezaba a ansiar verlo ahí, en la entrada. Nunca se había fijado en él antes del bucle. Tal vez porque antes del bucle, Harua era solo un compañero, un vecino. Ahora era la única cara que brillaba. La única mirada que parecía genuinamente contenta de verlo.
Pensó en seguirlo hasta su aula. Solo para romper la costumbre.
Pero no lo hizo.
La paloma golpeó la ventana.
Jo ya tenía el sonido en la cabeza antes de que ocurriera.
Un impacto sordo, algo hueco. Como si el aire mismo se quebrara.
Pensó: puedo cronometrarlo.
Pensó: el ala izquierda está un poco rota, como siempre.
Pensó: hoy tampoco sangra.
Pensó: me estoy volviendo una persona que piensa en palomas muertas.
Cuando se apagó el murmullo de la clase, Jo se sintió levemente desorientado. Como si alguien hubiese cambiado una silla de lugar sin avisarle.
Esa noche, su madre sirvió arroz con curry.
Jo sonrió.
A veces se cansaba de repetir siempre lo mismo.
Excepto por el arroz con curry de su mamá.
Ese lo seguiría comiendo siempre con total alegría.
Durante la cena, su padre hizo una broma sobre el voley. Jo se rió antes del remate. No por maldad. Por anticipación. Como quien conoce el truco del mago.
Su padre lo miró, ladeando la cabeza.
"¿Ya sabías lo que iba a decir?"
Jo negó con la cabeza.
Sonrió.
Pero por dentro sintió un cosquilleo, como si algo le hubiera pisado el corazón.
A las 22:11, apagaron las luces.
La lluvia tardó siete segundos más que el día anterior.
Jo lo contó.
El gato apareció esa noche.
En la esquina del jardín.
Solo una silueta, unos ojos que brillaban brevemente entre las sombras, como si alguien hubiera dejado una linterna encendida dentro de una criatura.
Jo no se levantó.
Pensó: mañana también estará ahí.
Siempre está ahí desde hace días.
Quizá meses.
Y entonces pensó:
¿Desde cuándo dejé de contar los días?
Cerró los ojos.
Se dijo: mañana será igual.
Eso es lo bueno.
¿No?
Despertó a las 7:14.
Como siempre.
La luz de la mañana se coló por la cortina, filtrada, cálida.
Lo mismo.
Nunca diferente.
Pero hoy, mientras se estiraba, hubo una sensación leve de incomodidad. Algo en su espalda, como si su cuerpo hubiera crecido un milímetro de más. Quizás sea el colchón, pensó. Está más duro hoy.
Se levantó de la cama, a la misma hora. Como siempre.
La tostada se quemó a las 7:17.
Lo observó por un instante largo, sin mover ni un músculo, esperando que no lo hiciera. No puede ser —pensó— hoy no puede ser.
Pero la tostada se quemó, como siempre.
Se la comió.
La masticó.
Le puso manteca.
“Jo, ¿por qué no haces algo con ese pan?”, le dijo su madre sin mirarlo, siempre igual.
“Lo voy a hacer”, contestó Jo, casi sin escuchar.
Lo había dicho ya antes.
Dijo lo mismo todo el tiempo.
Y sin embargo, hoy algo en su voz sonaba distinto.
Quizás era la misma respuesta, pero sentía como si no hubiera nada detrás. Como si las palabras fueran más vacías que nunca.
Como si estuviera más lejos de la respuesta que nunca.
Salió a la calle. Los perros de la señora Ito lo esperaban, como siempre, con los mismos movimientos, con la misma coreografía inamovible.
Uno de los perros, el más viejo, se acercó y lo olfateó. Jo notó algo en su mirada, una chispa de curiosidad, como si el animal lo estuviera viendo por primera vez. Como si por fin lo notara.
No dijo nada.
Pero algo en su pecho se retorció.
Dejó que los perros lo rodearan. El de la ceja torcida volvió a ladrarle, como si todo fuera normal.
Jo no dejó de caminar.
Harua estaba allí, en el mismo lugar, a las 8:03, con la mochila ladeada y el cabello ligeramente despeinado. Jo se acercó a él con el paso firme, el mismo de siempre, y sintió, por un momento, que podía decirle algo distinto.
Hoy podría decirle algo distinto.
Pero no lo hizo. No cambió la rutina.
"Buen día, Harua", dijo.
Como todos los días.
Pero hoy, al mirarlo, notó un brillo nuevo en sus ojos. O tal vez no era nuevo, pero Jo nunca había prestado tanta atención. Tal vez en todo ese tiempo, se había olvidado de mirar bien.
Le sonrió. Y la sonrisa de Harua fue cálida, ligera, como siempre.
Pero Jo no pudo dejar de pensar que, por un instante, el gesto se alargó un poco. Como si Harua estuviera esperando algo más.
¿Por qué estoy pensando en esto ahora? pensó Jo. Nunca me había importado antes.
La campana sonó y él entró, como siempre.
Durante la clase, la paloma chocó contra la ventana, tal como Jo había anticipado.
El sonido fue igual. El mismo golpe sordo que, de alguna manera, siempre lo tranquilizaba.
El mundo sigue igual.
Eso es bueno, ¿verdad?
Pero mientras todos se asustaban, Jo no podía dejar de notar algo extraño en el aire.
Como si todos estuvieran más cerca que antes. Como si sus voces resonaran en su cabeza de una manera más nítida.
Y su mente comenzó a divagar: Si esto se repite una vez más, ¿seré yo el que cambie? ¿O seguiré repitiendo esto hasta perderme?
Cuando terminó la clase, Jo se encontró observando la ventana mucho más de lo que debía. Miró el cielo gris, la lluvia que caía del otro lado. Sintió que todo se difuminaba un poco. Como si las paredes de la escuela fueran más etéreas de lo normal.
Hoy, podría salir de aquí. Podría salir ahora mismo.
Pero no lo hizo.
La rutina seguía.
Se levantó y caminó hacia su siguiente clase.
Esa noche, la lluvia empezó a caer justo antes de que Jo se metiera en la cama.
Unos segundos antes de lo esperado. Algo en el sonido no encajaba. La tormenta se adelantó, como si el reloj se hubiera detenido un momento y luego hubiese dado un salto. Jo se quedó unos segundos mirando el techo, contando las gotas que golpeaban el cristal.
El gato apareció.
Estaba en la esquina del jardín, como siempre, pero esta vez Jo se levantó y caminó hacia la ventana. Miró más de cerca.
El gato no se movió. Solo observaba. Sus ojos brillaban con intensidad.
Hoy podría ir a verlo. Salir ahora mismo, decirle que entre, que no se quede afuera.
Pero Jo no salió.
Se quedó mirando al gato.
Esperó, como siempre. Como si todo fuera normal.
Aunque por dentro, algo decía que ya no lo era.
Se metió en la cama.
Y cerró los ojos.
Jo despertó a las 7:14.
Pero esta vez, lo despertó el reloj.
La luz entraba igual por la ventana, con la misma palidez, como un rostro que no ha dormido. Se sentó en la cama y tardó un instante más en levantarse. No por cansancio. Por desconfianza.
En la cocina, su madre ya tenía el noticiero encendido.
La presentadora se trabó en la misma palabra de siempre: “Tokyo”.
Jo esperó.
Pero esta vez… la mujer corrigió.
“Perdón, quise decir Kyoto.”
Jo dejó de masticar.
Sintió un hormigueo detrás del cuello.
Miró a su madre.
Ella seguía igual, como si nada hubiera pasado. Como si no hubieran transgredido una regla inquebrantable del universo.
—¿Desde cuándo se corrige? —murmuró Jo.
—¿Eh? —preguntó su madre, sin mirarlo.
No respondió. Se quedó en silencio, con el pan entre los dedos.
Esta vez no estaba quemado.
La tostada estaba dorada.
Perfecta.
Jo no la comió.
En la calle, los perros de la señora Ito no ladraron.
Ni lo miraron.
Estaban dormidos.
Jo se detuvo frente a ellos. Observó sus cuerpos enroscados, tibios, con el pecho subiendo y bajando como olas suaves.
Le dio la sensación de que estaba mirando una pintura.
Esto no es parte del día, pensó.
Tocó la reja. El sonido fue distinto.
Más hueco.
Más real.
La señora Ito ni siquiera estaba afuera.
Al llegar a la escuela, no vio a Harua.
Se detuvo. Miró alrededor. Buscó con los ojos esa figura reconocible: mochila ladeada, cabello rebelde, sonrisa fácil.
Nada.
Jo sintió que algo se deslizaba dentro suyo. Una especie de vértigo sin movimiento.
No puede no estar.
Está siempre.
No es el día si él no está en la puerta.
Pasaron los segundos.
Tal vez minutos.
La campana sonó.
Y justo cuando estaba por entrar, escuchó su voz:
—¡Jo!
Giró.
Harua venía trotando desde la esquina, agitado. El uniforme mal puesto. El mechón sobre la ceja.
—¡Qué horror! Me quedé dormido —dijo, sonriendo.
Jo lo observó. No dijo nada. Lo miró como si lo viera por primera vez. Porque de algún modo, lo hacía.
—¿Estás bien? —preguntó Harua.
Jo pensó en responder. En decir “no”. En decir “esto no pasó nunca antes”. En preguntar “cómo hiciste para llegar tarde si esto no se puede cambiar”.
Pero solo asintió.
—Sí —dijo.
Y Harua sonrió otra vez. Como si eso bastara.
En clase, la paloma no chocó contra la ventana.
Jo se quedó mirando el vidrio. Esperó el golpe.
Los segundos pasaron.
Nada.
La profesora explicó lo mismo de siempre, los mismos ejemplos, los mismos diagramas.
Pero sin el sonido.
Sin el thump.
Jo giró la cabeza hacia el patio.
La paloma estaba en el borde del tejado, mirando hacia adentro. Quietísima.
Como si lo supiera.
Jo sintió que algo en el mundo respiraba distinto.
En la cena, hubo arroz con curry. Pero esta vez su madre le puso más zanahoria.
—¿Siempre le ponés zanahoria? —preguntó él.
—¿Eh? No sé, Jo. A veces. ¿Por qué?
Jo no contestó.
Su padre no encendió la televisión.
Dijo que no había partido. Que lo habían suspendido por lluvia.
Jo rió. No porque fuera gracioso. Sino porque el bucle empezaba a crujir.
No lo dijo en voz alta, pero pensó:
Este día está tratando de ser otra cosa. Pero todavía se disfraza del mismo.
A las 22:11, la lluvia no cayó.
El gato sí.
Esta vez, estaba en la ventana. Sentado sobre el alféizar, mirando hacia adentro. Como si siempre hubiera sido suyo.
Jo se levantó de la cama.
No sabía por qué lo hacía.
Caminó hasta la ventana, abrió con cuidado.
El gato no se movió.
Era gris. Pequeño. De ojos brillantes como agujeros por donde el mundo filtraba otra luz.
Jo estiró la mano.
El gato se acercó. Frotó su cabeza contra los dedos de Jo. Ronroneó.
No sé si estás soñando conmigo, pensó Jo.
O si yo estoy soñando con vos.
Lo dejó entrar. El gato dio unos pasos, se acomodó sobre su mochila y se hizo una bola.
Jo se acostó.
No podía dormir.
No sabía si quería.
La lluvia no llegó.
Jo despertó.
El reloj marcaba 7:13.
Parpadeó.
Miró de nuevo.
7:14.
El segundo exacto en que su cuerpo solía moverse.
Pero hoy, algo no encajaba.
Era la luz.
Era el aire.
Era el silencio.
La habitación estaba… distinta. No diferente en cosas obvias. Los muebles estaban donde siempre, la cortina todavía colgaba torcida en el mismo ángulo. Pero había algo. Una textura diferente en el aire. Como si el mundo hubiera sido reiniciado con una calidad gráfica distinta.
Se sentó. Esperó.
Miró hacia la puerta.
No escuchó el noticiero.
No olió el pan quemado.
Se levantó.
El gato lo observaba desde la mochila, todavía hecha cama. Sus ojos se estrecharon apenas, como si supiera algo.
Jo bajó a la cocina.
Su madre no estaba.
No había noticiero.
No había tostadas.
La cocina estaba limpia, demasiado limpia, como si nadie la hubiera tocado en días.
—¿Mamá? —llamó, apenas audible.
Nada.
Se sentó en la mesa.
Apoyó las manos.
Esperó que algo lo trajera de vuelta.
La corrección de “Kyoto”.
La manteca dura.
El crujido.
Pero no llegó.
Se levantó.
Salió a la calle.
Los perros de la señora Ito no estaban.
Ni los perros.
Ni la señora.
Ni la bicicleta oxidada contra la reja.
Ni el diario viejo en la vereda.
Ni las hojas.
Solo un silencio redondo, inmóvil, como si la calle no supiera aún qué hacer consigo misma.
Jo giró la cabeza.
No sabía si tenía que ir a la escuela.
No recordaba si era lunes, miércoles o sábado.
No recordaba si eso importaba.
Caminó.
La escuela estaba abierta. Pero no llena.
No ruidosa.
No viva.
Jo entró por reflejo. No por decisión.
Esperaba ver a Harua. Esperaba ese saludo, esa sonrisa, ese brillo.
Pero el pasillo estaba vacío.
Avanzó.
Una puerta se cerró a lo lejos.
El sonido le pareció nuevo. Crudo. Como si nunca antes hubiera escuchado una puerta cerrarse así.
Miró su reflejo en el vidrio de una vitrina.
Parecía él.
Pero sus ojos estaban más grandes.
Más alerta.
Más vivos.
Más rotos.
En el aula, nadie mencionó a la paloma.
Porque no hubo paloma.
Jo miró la ventana, se aferró al borde del pupitre. Esperó el sonido, el golpe. El pequeño accidente repetido.
Nada.
Solo el zumbido de una luz fluorescente que oscilaba, como si tampoco estuviera segura de su lugar en el mundo.
Jo se levantó antes de que terminara la clase.
Nadie lo detuvo.
Salió al patio.
El cielo no era gris.
Era azul.
Un azul pálido, húmedo, con una nube que parecía un rostro que se olvidó de formarse del todo.
Se sintió perdido.
Más que nunca.
Como si hubiera bajado de un tren que nunca supo que estaba en movimiento.
Esa noche no hubo arroz con curry.
No hubo cena.
Su madre volvió tarde, con bolsas de supermercado que no sonaban igual. Su padre no habló. La televisión estaba apagada. Nadie preguntó por la escuela.
Jo se encerró en su cuarto.
El gato estaba ahí. Dormido. Como si nada.
—¿Qué hiciste? —susurró.
—¿Dónde me trajiste?
El gato no respondió. Se estiró, le mostró la panza, y luego se volvió a enroscar.
Jo se acostó.
Pero no pudo dormir.
Se dio vuelta tres veces.
No encontró la postura perfecta.
Las sábanas estaban más frías de lo habitual.
Y cuando, finalmente, cerró los ojos, pensó:
No sé qué pasará mañana.
No sé si quiero saberlo.
El reloj marcaba 7:12.
Otra vez.
Antes de tiempo.
Antes de él.
Se quedó acostado, observando la grieta del techo que siempre le pareció una rama. Hoy ya no parecía nada. Solo era una línea. Una fisura. Una fractura sin forma.
El gato dormía sobre su mochila, patas estiradas, completamente ajeno al colapso existencial que flotaba en la habitación.
Jo se levantó.
Había decidido que hoy haría lo mismo que siempre.
En la cocina, su madre le dejó un tazón con cereal.
Sin tostadas.
Sin noticias.
Sin ruido.
—¿No hay noticiero hoy? —preguntó.
—¿Para qué? Siempre lo ignorás —respondió ella, sin levantar la vista de su teléfono.
Jo se quedó quieto.
La cucharita tembló apenas en su mano.
Tomó un bocado de cereal. Estaba frío. Demasiado dulce.
Lo odió.
Pero siguió comiendo, como quien obedece una coreografía que ya no tiene público.
Salió a la calle.
Los perros no estaban.
La señora Ito lo miró desde su jardín como si lo viera por primera vez.
—¿Pasa algo, Jo?
Jo parpadeó.
Nunca lo había saludado así.
Ni siquiera sabía que ella conocía su nombre.
—No —dijo él, casi con culpa.
—Bueno… buen día entonces —respondió, sonriendo con ternura.
Jo sintió un pequeño vértigo en el estómago.
Como si el suelo fuera de gelatina.
Siguió caminando.
La escuela era un ruido constante.
Voces. Pasos. Sonidos diferentes.
Demasiado movimiento.
La misma arquitectura, pero sin los ecos que él conocía.
Esperó.
Se quedó en la entrada.
Harua no estaba.
No llegaba tarde. No llegaba temprano.
No llegaba.
Jo miró su reloj.
8:02.
8:04.
8:07.
Entró al edificio con la esperanza de encontrarlo en el aula.
Pero ahí tampoco estaba.
Preguntó.
—¿Harua?
—¿Quién?
Jo tragó saliva.
El nombre sabía a aire mal guardado.
—Harua. Shigeta Harua. Mi vecino. Está en esta clase.
—No hay nadie con ese nombre en este curso —dijo la profesora, con tono paciente, como quien responde a un niño con fiebre.
Jo se quedó de pie por un minuto entero antes de correr a su aula.
Los pupitres estaban desordenados. Las mochilas no estaban alineadas.
El mundo era un desorden chiquito, pero insoportable.
Se sentó.
Miró la ventana.
Esperó a la paloma.
Esperó el golpe.
El sonido.
Pero hoy una bandada de palomas pasó volando.
Ninguna chocó.
Jo se hundió en la silla.
¿Era esto vivir fuera del bucle?
¿Esto era libertad?
A la salida, caminó con los brazos cruzados, la cabeza gacha.
Pasó por la plaza.
Un chico jugaba con un frisbee que voló hasta sus pies. Jo se agachó para devolverlo, pero el chico ya lo había olvidado y corría en otra dirección.
Volvió a casa.
El gato lo esperaba en la vereda.
Lo siguió hasta adentro sin que Jo dijera nada.
Esa noche, hubo sopa.
Jo no recordó cuándo fue la última vez que comió sopa.
La cucharita era demasiado ruidosa.
—¿Todo bien? —preguntó su padre.
Jo quiso gritar.
Quiso decir “Harua no existe”.
Quiso decir “el día cambió y no sé cómo se camina en él”.
Pero solo dijo:
—Sí.
A las 22:11, no pasó nada.
Ni lluvia.
Ni viento.
Ni gato en la ventana. Porque el gato ya estaba adentro.
Porque el mundo ya no tenía horarios.
Jo se acostó.
Miró el techo.
La grieta ya no era una rama.
Ni una línea.
Era solo un techo.
Y eso lo asustaba más que cualquier bucle.
Jo despertó.
7:18.
Ya ni siquiera podía confiar en su insomnio.
El gato dormía sobre su almohada, mitad encima de su cabeza, como si le absorbiera las dudas mientras soñaba.
Se levantó.
Ni miró el reloj esta vez.
Ni bajó por el cereal.
Ni saludó a su madre.
Ya no buscaba rutina.
Buscaba rastros.
Se vistió.
Y salió.
La calle estaba más viva que nunca.
Lo odiaba.
Cada movimiento era impredecible.
Un auto que frenaba donde nunca frenaba.
Una bici que cruzaba en diagonal, como si estuviera huyendo de algo.
Una niña con dos globos, uno de los cuales explotó justo cuando Jo la miraba.
Saltó del susto.
La nena se rió.
Jo no.
Así es vivir ahora, pensó. Todo explota sin aviso.
Caminó hacia la casa de Harua.
Nunca había ido.
Sabía que estaba ahí, a tres cuadras, detrás de una hilera de ligustros viejos.
La había visto mil veces desde lejos. Pero en el bucle no necesitaba acercarse.
Hoy sí.
Tocó el timbre.
Una vez.
Dos.
Nadie respondió.
Miró la ventana. Las cortinas estaban corridas. Una planta seca colgaba del marco.
Tocó de nuevo.
La puerta se entreabrió. Una mujer mayor, cabello entrecano y suéter rosa, lo miró con desconfianza leve.
—¿Sí?
Jo abrió la boca.
Nada salió.
—¿Está Harua?
La mujer parpadeó.
—¿Quién?
—Harua. Vive acá. Es... es mi vecino. Va a la misma escuela. Tiene el pelo así, medio dorado, siempre sonríe. Es amable. Existe.
Su voz se quebró en esa última palabra.
La mujer lo miró como si tuviera fiebre.
Como si el nombre hubiera sido inventado ahí mismo.
—No vive nadie con ese nombre acá, querido.
—Pero... yo...
—¿Estás bien?
Jo dio un paso atrás.
La puerta se cerró sin ruido.
Se quedó frente a la casa, clavado como un error en la programación del barrio.
Miró las ventanas.
Ningún movimiento.
Ni una sombra.
Ni un mechón.
Pasó el resto del día caminando.
Cruzó la ciudad como quien persigue un recuerdo.
Buscó en la plaza.
En la parada de colectivo.
En la biblioteca donde una vez creyó verlo en sueños.
Nadie lo conocía.
Nadie lo había visto.
Nadie sabía pronunciar "Harua" sin que sonara a eco.
Jo pensó en los días dentro del bucle.
Harua siempre estaba.
Harua siempre.
No era solo rutina. Era su ancla. Su momento tierno. El único rostro que brillaba.
Ahora no había rostro.
Solo su memoria.
Y eso no era suficiente.
Volvió a casa.
El gato lo esperaba en la entrada.
Jo se arrodilló, lo alzó como si pesara más que el mundo.
Apoyó su frente en el lomo tibio del animal.
—Existía —susurró.
—Te juro que existía.
El gato ronroneó.
Como si lo creyera.
Como si también lo extrañara.
Jo lloró un poco.
No porque Harua no estuviera.
Sino porque temía haberlo inventado para soportar el bucle.
Y ahora, sin el bucle, lo había perdido.
Esa noche, soñó con el saludo.
Con la sonrisa.
Con los dedos que tocaban el aire como un piano invisible.
Y despertó a las 7:20.
Por primera vez, se sintió tarde para todo.
Jo ya no contaba las horas.
Porque los relojes ya no servían.
Los miraba y sentía que le mentían.
Marcaban la hora como quien hace un dibujo infantil de un tren. Inexacto. Aproximado. Forzado.
Esa mañana no desayunó.
Pero se lavó los dientes. Porque el gato lo miró con desaprobación desde el lavamanos.
—Ni vos sabés cómo funciona esto, ¿no? —murmuró.
El gato bostezó. Un bostezo enorme, como si no tuviera huesos.
Y lo ignoró.
Jo salió sin mochila.
Sin útiles.
Solo con un cuaderno viejo en el bolsillo del buzo. Uno que había usado dentro del bucle. Uno que ya no necesitaba.
Pero que se negaba a tirar.
Volvió a la escuela. No por rutina. Sino por instinto.
Sabía que no lo iban a registrar. Que podía caminar por los pasillos como un fantasma.
Y eso hizo.
Se deslizó entre grupos de chicos que hablaban de cosas que no entendía.
Un parcial. Un cumpleaños. Una canción nueva.
Todo eso le sonaba como noticias desde otro planeta.
Entró al aula.
No había clase. Solo una profesora escribiendo algo en la pizarra.
Jo se sentó atrás.
En el mismo asiento de siempre.
Porque el cuerpo recordaba, incluso cuando la mente ya no quería.
Apoyó el cuaderno sobre el banco.
Y ahí lo vio.
Una palabra.
Escrita con lápiz, apenas visible, en el margen inferior.
Harua
Jo se quedó helado.
No había duda.
No era su letra.
No estaba ahí antes.
No podía estar ahí.
Pasó el dedo sobre el trazo. No se borraba del todo.
Como si estuviera incrustado en el papel. Como si no solo alguien lo hubiera escrito, sino dejado.
Abrió el cuaderno al azar.
Una hoja arrancada.
Un dibujo en el dorso de una vieja tarea: una figura sentada, piernas colgando sobre el borde de una ventana. Un mechón de pelo le cruzaba la cara.
Jo nunca había dibujado eso.
O sí.
¿O no?
Cerró el cuaderno.
Lo sostuvo contra el pecho.
Sintió un escalofrío dulce. Algo que parecía esperanza, pero también podía ser fiebre.
Esa tarde, revisó su habitación entera.
Cajones. Libretas. Papeles doblados en bolsillos olvidados.
Buscaba más rastros.
Una letra. Una fecha. Un ticket con su nombre.
No encontró nada.
Hasta que abrió su campera vieja.
La del bucle.
Y en el bolsillo interior, junto a una servilleta arrugada, había una moneda extranjera y un papelito doblado.
Lo desdobló.
Era un recibo de la cafetería de la escuela.
Fecha ilegible.
Pero al pie, había un garabato, como una firma.
H.
Jo se rió.
Una risa vacía, entrecortada.
—No es prueba de nada —dijo en voz alta.
—Pero es suficiente.
Esa noche, le habló al gato.
—Si alguna vez existió, tiene que seguir existiendo. En algún lugar.
—Quizás yo salí del bucle… pero él no.
—Quizás sigue ahí, repitiendo el mismo día.
—O… quizás ahora es él quien me busca.
—Y nos estamos pasando de largo como trenes con horarios distintos.
El gato lo miró.
Parpadeó lentamente.
Se acercó.
Le frotó la cabeza en la cara.
Y se volvió a dormir.
Jo no pudo cerrar los ojos.
Imaginó a Harua, solo. En un pasillo vacío. Esperando su saludo que nunca llegó. Repitiendo el mismo gesto. Tocando el mismo piano invisible en el aire.
Sonriendo.
Sin saber por qué estaba sonriendo.
Y Jo pensó:
Si puedo encontrar una palabra, puedo encontrarlo a él.
Jo no dijo nada. Ni a sus padres.
Solo preparó una mochila con lo básico:
El cuaderno con el nombre escrito.
El papelito con la “H”.
Dos pares de medias.
Y una manzana.
Porque eso es lo que los protagonistas llevan cuando están por cruzar un umbral.
El gato lo siguió hasta la puerta. Se estiró. Lo miró.
—¿Venís?
El gato bostezó.
Y se volvió a dormir.
Jo lo entendió como un “esto tenés que hacerlo solo”.
No sabía a dónde ir.
Literalmente.
No tenía dirección. Ni pista.
Solo una certeza que le picaba en el pecho.
Así que hizo lo que cualquier desesperado haría en su lugar:
Volvió a donde todo empezó.
La plaza.
El árbol bajo el que nunca se sentaban.
El banco donde a veces lo veía pasar, en el bucle, cuando creía que no estaba mirando.
Se sentó ahí.
Y esperó.
Como si el día pudiera volver.
Como si los pasos de Harua pudieran reconstruirse si se quedaba suficientemente quieto.
Una señora se le acercó con un panfleto religioso.
Jo lo aceptó por reflejo.
En la esquina inferior, garabateado con birome, alguien había escrito:
“hoy también te vi”
Jo levantó la mirada de golpe.
Miró alrededor.
Gente caminando. Corriendo. Pidiendo café.
Nadie lo miraba.
Podría haber sido para cualquiera, pensó.
Pero también podría haber sido para mí.
Se levantó.
Y caminó sin rumbo.
Horas más tarde, estaba en la terminal.
No sabía cómo había llegado ahí.
O sí.
Pero no sabía por qué se había dejado llegar.
Caminó entre los carteles de destinos:
Shizuoka. Ishikawa. Toyama. Niigata.
Y uno que decía simplemente:
“Nagano”
Jo no sabía si ese lugar existía.
Pero el nombre le hizo cosquillas detrás de los ojos.
Lo anotó en el cuaderno.
Así, sin pensar.
Y compró un pasaje.
El viaje duró cuatro horas.
Suficientes para que el sol se fuera y la noche empezara a lamer los vidrios.
En el asiento de atrás, una chica escuchaba música con los auriculares tan fuerte que a veces la letra se filtraba.
Una canción que Jo no conocía.
Una letra que decía:
"hay nombres que se esconden entre los días / hay caras que uno recuerda antes de haberlas visto"
Jo tragó saliva.
Apretó el cuaderno contra su pecho.
Al llegar, bajó sin expectativas.
El pueblo era chico.
Unas pocas calles.
Casas bajas.
Gente que saluda sin conocerte.
Y en la plaza central —porque todos los pueblos tienen una— había un cartel tallado en madera:
“Bienvenidos a Nagano”
Y justo al lado, pintado a mano, en una pared de ladrillos:
un dibujo.
Dos figuras.
Una de ellas…
con el pelo así, medio dorado.
Con la sonrisa fácil.
Con los ojos brillantes.
La otra figura estaba difusa. Borrosa. Como si el pintor no hubiera sabido terminarla.
Jo se acercó.
Pasó la mano por el mural.
Sintió que temblaba.
Y abajo, con letra blanca:
“si alguna vez me encontrás, recordame”
Jo cerró los ojos.
El corazón le latía como un pájaro encajonado.
—Estoy acá —dijo.
Aunque no había nadie.
Aunque no sabía si alguien iba a responder.
Pero por primera vez…
Sintió que estaba más cerca.
Esa noche, Jo se acostó en un hostal barato que olía a humedad, lavanda y finales.
La ventana no cerraba bien.
El colchón hacía un ruido raro cuando se movía.
Y el ventilador giraba como si dudara de cada decisión.
Pero Jo no podía dormir.
No por incomodidad.
Sino por expectativa.
Se quedó mirando el techo, el cuaderno apretado contra el pecho, como si pudiera absorberlo en los pulmones.
Y eventualmente…
Se durmió.
El sueño no empezó como todos los sueños.
No hubo bruma.
No hubo caída.
No hubo esa sensación de flotar entre realidades.
Fue directo.
Seco.
Concreto.
Estaba en una estación de tren abandonada.
Los rieles oxidados.
La cartelería rota.
Un letrero colgando:
“Última llamada”
Jo caminó entre los bancos vacíos.
El viento le hablaba al oído. Decía cosas sin idioma, pero con nostalgia.
Y entonces lo vio.
Harua.
De espaldas.
De pie, al borde del andén.
Llevaba puesta la remera blanca con el estampado mal impreso.
La del bucle.
La que usaba los lunes, aunque el día no cambiara.
Jo se quedó inmóvil.
No quería arruinarlo.
No quería que se deshiciera como una pompa de jabón.
Pero Harua habló sin girarse:
—Llegaste tarde.
La voz era la misma.
Pero no estaba enojado.
Sonaba… triste.
Jo avanzó.
Despacito.
Pisando como si el suelo pudiera colapsar.
—No sabía cómo encontrarte —dijo.
—Yo tampoco —respondió Harua—. Pero igual te esperé.
Jo estuvo a punto de llorar.
Pero no lloró.
Porque en ese sueño, el llanto parecía irrelevante.
—¿Esto es real? —preguntó.
Harua por fin se dio vuelta.
Sus ojos brillaban con una mezcla imposible de ternura y cansancio.
—Nada en este lugar es real.
—Pero todo es verdad.
Jo se acercó.
Estaban frente a frente.
Pudo ver el lunar que Harua tenía en la clavícula.
El que había notado recién después de diez mil bucles.
—¿Dónde estás? —susurró Jo.
—Muy lejos.
—Pero vos estás más cerca de lo que creés.
El tren llegó.
Sin conductor.
Sin luces.
Solo un sonido largo y grave, como un recuerdo que regresa malherido.
—¿Tengo que subirme? —preguntó Jo.
—Todavía no.
—Pero vas a saber cuándo.
Jo alargó la mano.
Tocó la de Harua.
Y por primera vez… sintió su piel tibia.
No como una visión.
No como un recuerdo.
Como alguien vivo.
—Prometeme que no te vas a olvidar —dijo Harua, y sus ojos estaban húmedos, pero no tristes.
—Nunca —respondió Jo.
Y justo antes de que despertara, Harua agregó:
—Si el mundo se rompe de nuevo, buscame donde el día nunca empieza.
—Ahí voy a estar.
Jo despertó con el corazón en llamas.
Y el cuaderno…
Tenía una nueva hoja.
Una que él no recordaba haber escrito.
Solo decía:
“Donde el día nunca empieza.”
Y abajo, una silueta dibujada a lápiz.
Dos personas.
Una con una remera blanca.
Jo no tenía idea de qué significaba esa frase.
Pero no podía soltarla.
"Donde el día nunca empieza."
La repitió mentalmente mientras desayunaba en silencio en el comedor del hostal. Pan gomoso, manteca fría, café que sabía a noche reciclada.
Pero nada importaba.
Porque él lo había visto.
Había estado ahí.
Con Harua.
Con el verdadero Harua, no el del bucle. No el de la costumbre. El que esperaba.
Y ahora tenía una dirección.
Aunque fuera una que solo existía en un poema.
Pasó horas leyendo mapas.
Buscó en Google “lugares donde nunca amanece”.
Le salió Noruega. Groenlandia. Una nota sobre trastornos del sueño en ciudades polares.
Lo ignoró.
Eso no era lo que quería decir Harua.
Él lo sentía.
Era otra cosa.
Un lugar más emocional que físico.
Un hueco. Una pausa. Un intersticio.
"Donde el día nunca empieza."
Y entonces lo recordó.
Una vez, en el bucle, había caminado hacia el este, fuera del barrio.
Una sola vez. Solo por aburrimiento.
Y había llegado a una estación de tren cerrada, vieja, semioculta por pasto alto.
Se quedó cinco minutos.
No volvió nunca.
Porque al día siguiente, el bucle se reinició y fue como si ese lugar nunca hubiera existido.
Jo sintió un escalofrío.
Esa estación era idéntica a la del sueño.
Buscó en su cuaderno.
Revisó los márgenes.
Ahí estaba: un garabato mínimo. Una palabra escrita como al pasar.
Alba.
Una estación olvidada.
Un nombre perfecto.
Dos horas después, Jo estaba en el tren.
El paisaje afuera parecía dibujado con carbonilla: campos grises, árboles flacos, una niebla que no se decidía a irse.
El vagón estaba casi vacío.
Un hombre dormido con un libro en el pecho.
Una nena que sostenía un globo rojo atado a la muñeca.
Y una señora que tejía algo azul.
Jo no habló con nadie.
Solo sostenía el cuaderno.
Y pensaba en las palabras de Harua.
"Vas a saber cuándo."
Bajó en Alba.
La estación era exactamente como la del sueño.
Vieja.
Descolorida.
Con ese cartel de madera que parecía recién salido de un recuerdo mal archivado.
Caminó por el andén vacío.
Todo estaba quieto.
Pero no silencioso.
El mundo hacía ruiditos mínimos: ramas frotándose entre sí, un charco que se movía solo, un cuervo que pasó volando bajito.
Y al final del andén, había algo.
Una figura.
Jo se acercó.
Corazón a mil.
No era Harua.
Era una chica, sentada con una libreta en las manos.
Tenía los ojos rojos de llorar.
Cuando Jo la miró, ella le devolvió la mirada como si ya lo conociera.
—¿También la estás buscando? —preguntó ella.
Jo no pudo hablar al principio.
Se sentó a su lado.
Sintió que el mundo se comprimía en ese instante.
—Sí —dijo, por fin—. Estoy buscando a alguien que se perdió. O que nunca salió de donde yo salí.
Ella asintió.
Le mostró su libreta.
Dibujos. Nombres. Fechas.
Y una página que decía:
"No estamos solos. Solo estamos desincronizados."
Jo tembló.
La chica lo miró.
—Capaz este es el lugar donde el día nunca empieza —dijo ella.
—¿Por qué?
—Porque acá nadie sabe si lo que estamos viviendo es el principio… o el final.
Jo miró hacia el campo.
Sintió que, en algún lugar entre las nubes y los rieles, Harua lo estaba mirando.
O llamando.
O esperando.
Y dijo:
—Entonces me quedo. Hasta que empiece.
Jo se quedó en Alba.
No preguntó si podía.
No revisó el horario de trenes.
No miró su celular, que para ese punto ya parecía una piedra cara.
Dormía en una piecita arriba del bar de la estación.
La dueña, una mujer que hablaba sola y cocinaba sopa todos los días, nunca le pidió nombre ni pago. Solo le dejaba un plato en la puerta cada noche, y decía:
—No te vayas sin saludar, ¿eh?
Jo asentía, aunque no pensaba irse.
Pasaban los días.
¿O eran el mismo día?
Porque en Alba, el sol salía, pero no del todo.
Se quedaba ahí, bajito, como un testigo tímido.
Las sombras eran largas.
El viento hablaba en dialecto.
Jo caminaba.
Casi todo el tiempo.
Por los rieles. Por los campos. Por un bosque pequeño que parecía reacomodarse cuando lo perdías de vista.
No buscaba nada en particular.
Solo… esperaba.
En el segundo día (o el cuarto, o el mismo), encontró una carta tirada en el banco del andén.
No tenía destinatario.
Solo decía:
"A veces me olvido de mí. Pero nunca de vos."
La letra era parecida.
Parecida a la de Harua.
Pero también podía ser suya.
O inventada.
O una ilusión perfectamente elaborada por una mente desesperada por señales.
Jo se la guardó igual.
No porque creyera en ella.
Sino porque necesitaba creer que alguien estaba tratando de recordarlo también.
En los sueños, Harua aparecía.
Pero no hablaba.
No sonreía.
Solo estaba ahí, parado, en lugares imposibles.
Un supermercado vacío.
Un aula que flotaba en medio del mar.
Una parada de colectivo en el cielo.
Y cada vez, cuando Jo intentaba acercarse, Harua retrocedía apenas.
No como quien huye.
Sino como quien no está del todo permitido.
Despertaba siempre con la sensación de haberlo rozado.
Como una palabra que no te sale de la punta de la lengua.
Una tarde, encontró un cuaderno viejo en la biblioteca del pueblo.
Era de tapas duras, cubierto de polvo.
Lo abrió por reflejo.
La primera página estaba vacía.
La segunda, también.
En la tercera, un dibujo.
Un chico de pelo claro, tocando el aire con los dedos.
Como un piano invisible.
Jo lo cerró de golpe.
El corazón le martillaba los tímpanos.
Miró a su alrededor.
No había nadie.
Y sin embargo… sintió que algo, alguien, lo estaba mirando desde el pasillo entre estanterías.
—Si estás acá… —dijo, bajito—. Dejá que me quede un rato más.
El silencio pareció responder:
Ya estás quedándote para siempre.
Esa noche no soñó.
Y eso fue lo más extraño de todo.
Porque por primera vez, el mundo real le pareció más onírico que cualquier cosa que pudiera inventar.
Jo se miró las manos.
—¿Qué soy ahora? —preguntó, en voz alta, solo para escucharse.
Y el viento, que venía del campo, trajo algo parecido a una risa.
No burlona.
No cruel.
Solo… distante.
Como si Harua estuviera sonriendo desde el otro lado de un vidrio.
Demasiado lejos para alcanzarlo.
Pero no para imaginarlo.
Jo se despertó a las 7:00.
Exacto.
Por primera vez desde que había llegado a Alba, puso una alarma.
Se sentó en la cama.
Miró el techo.
Contó los segundos antes de pararse.
Cinco.
Como en el bucle.
Se lavó la cara.
Se puso la misma ropa de ayer.
Se sirvió té aunque no tenía hambre.
Quemó una tostada a propósito.
Tiró las migas al piso.
Y murmuró:
—Buen día, mamá.
Su madre no estaba, claro.
Pero el gato sí.
Saltó a la mesa y maulló, como si participara en la obra.
—Gracias —le dijo Jo.
El gato se quedó a su lado mientras él salía.
Caminó por la vereda de tierra.
Contó los pasos hasta la esquina.
Miró al cielo justo en el punto donde normalmente una bandada de palomas aparecía.
No aparecieron.
No importó.
La rutina no necesitaba resultados.
Solo fidelidad.
En la plaza, se sentó en el banco más al oeste.
Comió una galletita que había guardado para esta ocasión.
Esperó a que alguien pasara con un perro.
No pasó nadie.
Aun así, saludó al aire.
—Buen día, señora Ito.
Un niño que jugaba con un barrilete lo miró raro.
Jo sonrió.
Perfecto.
Así era también en el bucle: los otros no lo entendían. Solo Harua.
Fue hasta la estación.
Esperó en el andén a las 8:03.
Miró el mural.
Tocó la parte donde la figura de Harua debería haber estado más definida.
Se quedó ahí parado.
Y murmuró:
—Harua va a llegar.
—Harua siempre llega.
Nadie llegó.
Un tren pasó, pero no se detuvo.
Jo se quedó quieto.
Y pensó:
La primera vez tampoco llegó enseguida. Es cuestión de repetir.
A las 10:00 fue a la biblioteca.
Se sentó en la misma mesa.
Abrió el cuaderno en la misma página.
Releyó la misma frase:
"No estamos solos. Solo estamos desincronizados."
La copió en una hoja aparte.
La dobló.
La dejó dentro de un libro al azar, entre la “H” y la “J”.
Por si acaso.
Volvió al hostal.
Se acostó a las 22:30.
Justo cuando empezaba a llover.
No era una tormenta.
Era una llovizna suave.
Pero para Jo, fue suficiente.
Se acostó en la cama.
Miró el techo.
Y murmuró:
—Nos vemos mañana, Harua.
Pero al día siguiente…
Nada.
No cambió nada.
Jo repitió la rutina.
Y otra vez.
Y otra vez.
Empezó a anotar sus días.
Línea por línea.
Cada gesto.
Cada palabra.
Cada fallo en la reconstrucción.
Buscaba un patrón.
Una forma de hacerlo bien.
Si lograba replicar todo perfecto… tal vez el mundo lo recompensara con Harua.
Tal vez eso era lo que había que hacer.
Una tarde, el gato se le cruzó en el camino, justo antes de que doblara la esquina de la estación.
Jo lo miró.
—Hoy no. Hoy eso no pasa —le dijo.
El gato lo ignoró.
Se estiró.
Se acostó en el medio del camino.
Jo rodeó al gato.
Y siguió.
Un cambio mínimo. Una grieta en la coreografía.
Esa noche, soñó.
No con Harua.
Sino con él mismo.
Sentado en el banco.
Mirándose desde afuera.
Y en el sueño, se dijo:
—No estás haciendo un bucle.
—Estás haciendo un duelo.
Jo se despertó con el corazón oprimido.
Y por primera vez, no repitió nada.
Ni el desayuno.
Ni el camino.
Ni el saludo al aire.
Solo se quedó en la cama.
Con el cuaderno abierto.
Y escribió:
"Si aparecés, que sea por vos.
No porque yo lo fabriqué."
Jo no repitió su rutina.
No desayunó.
No caminó por la plaza.
No miró el mural.
No fue a la estación.
Se quedó en la cama con el gato hecho un ovillo a su lado.
Todo era silencioso.
Pero no vacío.
Había una tensión en el aire.
Como si el universo estuviera esperando que él dijera algo primero.
Jo no dijo nada.
Hasta que escuchó un golpe.
Fue un ruido leve.
Como el de un pájaro contra el vidrio.
Jo se sentó.
Miró hacia la ventana.
No había nada.
Solo el reflejo de la cortina moviéndose.
Iba a volver a acostarse cuando lo escuchó de nuevo.
Thump.
Se paró.
Abrió la ventana.
Nada.
Entonces bajó al patio.
Pisó con cuidado la tierra mojada.
Y ahí, junto al marco de una de las puertas traseras del hostal… lo vio.
Un sobre.
Doblado en dos.
Papeles adentro.
Un lazo atado en rojo.
Jo lo levantó como si pesara lo mismo que el mundo.
Temblaba.
No se animaba a abrirlo.
Pero lo hizo.
Adentro, había una sola hoja.
Y un dibujo.
Dos figuras.
Sentadas en un andén.
Una de ellas tocando el aire como si fuera un piano.
La otra mirando el cielo.
Y abajo, escrito con tinta azul:
“Yo también me acuerdo.”
Jo cayó de rodillas.
El corazón le latía con una fuerza que no sentía desde antes del bucle.
La carta no tenía remitente.
Pero la letra era inconfundible.
Jo cerró los ojos.
Por un segundo creyó escuchar una voz.
—Buen día, Jo.
Era su tono.
Su forma de decirlo.
Su sonrisa envuelta en palabras.
Y Jo respondió sin pensar:
—Hola, Harua.
No había nadie ahí.
No había cuerpo.
Ni sombra.
Pero algo se había movido.
Dentro del aire.
Dentro del tiempo.
Tal vez Harua no había vuelto.
Tal vez nunca se había ido.
Tal vez, finalmente, estaban empezando a sincronizar.
Jo miró hacia el este.
Donde alguna vez había amanecido.
Y esperó.
Pero esta vez, sin repetir.
Solo esperando que el mundo, por fin, empezara de nuevo.
Jo volvió a la estación.
Llevaba puesta la campera del bucle.
No porque creyera en su magia, sino porque ya era parte de él.
Como la cicatriz de una caída vieja.
Como una canción que no recordás haber aprendido, pero siempre supiste cantar.
Se sentó en el banco del andén.
El mismo.
El de siempre.
El de nunca.
El cuaderno en el regazo.
La carta en el bolsillo.
El sol colgando bajo, como si también estuviera esperando algo.
El gato apareció a su lado, sin previo aviso.
Se acomodó sobre sus pies.
Y maulló una sola vez, bajito.
Jo sonrió.
—Sé que no va a venir hoy —dijo.
El gato no respondió.
Tampoco se fue.
Y eso era suficiente.
En el mural, alguien había repintado los contornos.
La figura que antes era borrosa ahora tenía detalles.
No muchos.
Pero los justos:
Una línea de sonrisa.
Pelo oscuro rebelde.
Dos lunares dibujados en la mejilla.
Jo no sabía quién lo había hecho.
Pero tampoco lo necesitaba.
Alguien más se acordaba.
Cuando el tren pasó, Jo no subió.
Tampoco lo miró.
Se quedó ahí, con la cabeza gacha, los ojos cerrados, respirando el viento tibio que traía olor a campo y a recuerdos.
Y entonces…
Lo escuchó.
Una risa.
Corta.
Luminosa.
Inconfundible.
Abrió los ojos.
No había nadie.
Pero el sonido seguía en sus oídos, como si hubiera quedado colgado entre las ramas.
Jo no se levantó.
No corrió.
No buscó.
Solo murmuró:
—Si estás ahí…
está bien.
Yo también.
Y se quedó.
No esperando un milagro.
Ni un regreso.
Solo estando.
Porque a veces, eso alcanza.
