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La primera vez que abrió los ojos, solo había oscuridad.
Una gota de luna cayó del cielo, pálida y brillante hasta que fue teñida de oscuridad al atravesar los espesos nubarrones que bloqueaban la luz plateada del satélite. Tocó el suelo del prado en el que las Iluminadas oraban, agradeciendo a la diosa por enviarles otra hermana. Ese fue el día de su nacimiento.
Pero la niña no tenía cabellos de plata como ellas, sino hechos de la más oscura tinta, como si hubiera absorbido las tinieblas que cubrían el cielo nocturno.
Un mal presagio.
La llamaron Pandora , “toda dotada”. La última iluminada que bendeciría al mundo con sus dones, la más poderosa de todas sus hermanas… o eso decían las estrellas. Su llegada había sido anhelada por casi un siglo en el que aquellas mujeres dedicadas a proteger a la humanidad comenzaban a desaparecer.
Pandora nació durante una era de crisis. Sus hermanas ardían en hogueras, eran arrastradas por las calles, mancilladas y humilladas. Recordaba sus miradas mientras alguna sobreviviente se apresuraba a sacarla del último refugio en el que se habían instalado, antes de que ellas tuvieran el mismo destino de las más desafortunadas. Sus ojos eran los de un cadáver, a pesar de que su corazón todavía latía.
Su joven mente, particularmente sagaz, entendía lo que ocurría: querían acabar con todas ellas. Pero no lograba entender del todo la razón. ¿Y qué si el cabello de sus hermanas era blanco? ¿Y qué si podían sanar con sus manos y hechizar con sus palabras? Usaban sus poderes para el bien, ayudaban a todo el que se los pedía… ¿Por qué las odiaban tanto? ¿Solo por los delirios de una bola de ancianos que las proclamaron “brujas”?
Pandora era de por sí diferente a sus hermanas, no solo en lo físico, pues parecía tener inclinaciones por lo macabro y lo sobrenatural, por lo misterioso y lo perenne. A veces, cuando encontraba un pajarillo muerto a la orilla del camino, le sacaba el corazón, los ojos, y le confería parte de su poder para que volviera la vida como una marioneta, tenía una colección de esos. Era un tétrico espectáculo.
También gustaba de atormentar a los humanos con ilusiones, imágenes de sus peores miedos vueltos realidad. Quizá de esa manera sentirían un poco de lo que sus hermanas sentían cuando el fuego las consumía.
Pero la gota que derramó el vaso fue cuando la atraparon recolectando la sangre de sus hermanas asesinadas por una turba furiosa. Descubrieron que le gustaba beberla para sentir que ellas vivirían dentro de ella por siempre.
A partir de eso, la vigilancia sobre ella se volvió rigurosa, su educación se enfocó en el balance natural de la vida y las consecuencias de alterarlo, y sobre todo, no querían que hiciera uso de la totalidad de su poder.
Le tenían miedo, y no tardó en darse cuenta de eso. La vigilaban, pero no se sentaban a conversar con ella. La cuidaban, pero en el fondo sabía que se sentirían más tranquilas si fuera capturada por los humanos. La necesitaban, pero le temían demasiado.
Luego llegaron los perros a masacrarlas, y si los humanos le parecían crueles, los lobos le parecían despiadados.
Al menos cuando los humanos las hacían arder en esas cruces de madera, sus cenizas podrían llegar hasta el cielo, donde serían recibidas en los brazos de su diosa. Pero el destino que les aguardaba con esas bestias era yacer en sus estómagos, entre sus vísceras, su carne y sus huesos devorados hasta que no quedaba nada más… nada más que su sangre salpicada en el suelo.
Una noche, después de presenciar cómo otra de sus hermanas era devorada por dos de esos animales del averno, sintió algo dentro de ella que hervía con la pasión de matar, una voz que la instaba a utilizar ese don con el que había nacido para algo más que curar a los enfermos y proteger a los indefensos. Quería venganza.
Sintió cómo esa energía viajaba por todo su cuerpo hasta canalizarse en la punta de sus pequeños dedos. Lo siguiente que vio fue una luz brillante seguida del horroroso chillido de esas bestias, así como el hedor de su sangre.
La encontraron bañada en sangre y vísceras de los lobos, una escena de pesadilla. La niña que había llegado para salvarlas a todas, un símbolo de esperanza, parecía más una hija de la oscuridad.
Entonces la abandonaron. No completamente, pero ya no ocultaban su temor ni se esforzaban por protegerla cuando la situación se tornaba peligrosa. Probablemente no la mataban solamente para mantener su preciado “equilibrio”.
Estaba sola, más que nunca.
Hasta que llegó él. Una voz que la llamó y la consoló en las sombras. Un dios misericordioso que extendía la mano cuando todos le daban la espalda. Era amable, sabio y muy, muy poderoso.
El dios la tomó bajo su ala, le enseñó la belleza que residía entre las sombras, y la paz que se encontraba solamente en la muerte. Pandora se hizo más poderosa a su lado, tanto que finalmente podía defenderse y defender a sus hermanas de los peligros que las acechaban.
Es así que logró convencer a algunas de ellas para refugiarse en su reino, y aunque la idea les aterraba, la protección de un dios era lo que necesitaban desesperadamente para sobrevivir. Recibieron sus enseñanzas, se hicieron fuertes, y sobre todo, aprendieron a defenderse.
Aún le temían, mucho más que antes considerando su cercanía a su nuevo dios, quien parecía tenerle cierto afecto, pero ya no lo hacían tan obvio. Pandora lo sabía, podía sentir su hostilidad cada que pasaba a su lado, pero ya no le importaba. Quería ser más fuerte para que no la humillaran como a las demás, para derrotar a sus enemigos, y estaba en el lugar correcto para eso.
Los años viviendo de esa manera la hicieron más dura, despiadada, pero había una fracción de su corazón que aún no se endurecía por completo, una que seguía lamentando la soledad con la que había llegado al mundo.
Fue cuando una noche de invierno, lo encontró, aterrorizado, con el alma y el ala rota… su querido wyvern, su alma gemela.
Había sido perseguido por un grupo de humanos que se dedicaban a cazar criaturas como él, y siendo tan jóven, apenas pudo escapar del ataque.
Pandora se compadeció de él. Aquella criatura enorme e intimidante, con filosos colmillos, largas garras y alas intimidantes, en realidad le parecía bastante triste. Ahí, a la orilla de un lago alejado de la civilización, lucía bastante solo. Su único error había sido acercarse a los humanos.
Entendía completamente lo que sentía, ella misma había sufrido el desprecio de las personas, había visto cómo trataban a las suyas, quienes solo querían ayudarlos, todo por esas ideas que les habían sembrado en la cabeza. Eran tan estúpidos.
Al principio hacían todo por defenderse de aquello que no entendían, por un temor primigenio a lo desconocido. Pero después, parecieron encontrar cierto placer en destruir, matar, violar, humillar… Al igual que con aquellas criaturas que llamaban “bestias”, “monstruos”. Decían protegerse de ellos, pero con el tiempo, se dieron cuenta de que podían obtener dinero si eran vendidos por partes a aquellas personas que se decían practicantes de la magia.
Ya no eran solo estúpidos, también eran malvados.
Pero su wyvern la entendía, la consolaba con su presencia. Tal vez al inicio había intentado alejarse de ella —parecía temerle también—, pero conforme pasaban los días y ella permanecía a su lado a pesar de que él intentaba alejarla, se acostumbró a su presencia. Lo visitaba por las tardes para curar su ala herida, y se iba por la noche, cuando él salía a cazar. A veces quería acompañarlo, pero no se lo permitía. Tenía un carácter bastante reacio en realidad.
Había veces en que se molestaba con ella por seguirlo a todos lados. Le gruñía y le mostraba los colmillos para alejarla, pero la niña reía a carcajadas y se trepaba a su espalda para que la llevara en sus cacerías. El wyvern aceptaba al inicio a regañadientes, pero pronto le tomó afecto a la extraña mocosa.
Esos eran los momentos en que se sentía más feliz, pues cuando regresaba a casa, las cosas eran diferentes.
Por alguna razón, las hermanas que se refugiaban con ella en el reino de las tinieblas no lograban adaptarse del todo a su nueva vida. Seguían realizando su labor como se les fue asignado, pero la fuente de donde obtenían su poder parecía corromperlas lentamente.
Era como si la vida escapara de sus cuerpos mientras más tiempo permanecieran allí, y para evitar su inminente destrucción, necesitaban alimentarse de animales, y más adelante, de humanos.
Ver el dolor por el que le pasaban sus hermanas le partía el alma. No soportaba verlas de esa manera, aquellas cuyo corazón retozaba de bondad y de pronto se convertían en horribles monstruos, mientras que las que permanecieron en la tierra se ocultaban entre los humanos, perdiendo incluso sus cabellos de plata para parecerse más a ellos.
Las primeras fueron llamadas lamias , aterrorizando a los humanos con su existencia; las segundas, simplemente brujas , perseguidas hasta que se olvidaron de ellas.
Pandora no les temía a las lamias, ni odiaba a las brujas, pero sentía una terrible lástima por ellas. Tal vez ninguna la quería de verdad, tal vez la querían muerta, pero ella no tenía otro lugar al que pertenecer, más que en las tinieblas, con sus hermanas.
Pero a veces no soportaba los sentimientos que se conflictuaban: el sentirse abandonada, el rencor que sentía a veces por ellas, pero la tristeza que le ocasionaba verlas de esa manera.
Era en esos momentos que lo buscaba. Traspasaba las fronteras del Inframundo y buscaba a su amigo. Se recostaba junto a él, esperando que el sueño viniera por ella, y cuando la lluvia o la nieve aparecían para arruinar su encuentro, la cobijaba con sus enormes alas.
Con él nunca estaba sola, y aunque no pudiera hablar, sabía que él no pretendía alejarse de su lado. Pertenecía con ella.
Tan importante era para ella que, cuando tuvo la edad suficiente, decidió elegir a quien sería su familiar, compañeros eternos de las Iluminadas —eventualmente, solo de las brujas—, quienes las ayudaban a canalizar su poder y fungían como fieles compañeros. Gatos, perros, lechuzas, a veces arañas, peces o serpientes; animales inofensivos para no aterrar a los humanos.
Pero ella tenía otra idea en mente.
Después de observar una ceremonia de vinculación de una bruja con su familiar, decidió que ella podía hacer lo mismo. Pero había un problema: la ceremonia requería la presencia de al menos siete brujas más para impedir que el enlace se saliera de control al vertir su poder en quien sería su compañero. Pero ella quería hacerlo sola. Tenía que hacerlo, pues sabía que nadie le permitiría unirse a su wyvern como ella quería.
Fue así como una noche de invierno, tan nublada como en su nacimiento, realizó el ritual en el que quedaría unida para siempre a su mejor amigo, aquel que la entendía mejor que nadie. Casi la parte un rayo por el despliegue de poder que no pudo controlar, pero al finalizar la noche, su wyvern y ella eran uno solo.
Casi lloró de felicidad cuando sintió su conexión, notando que podía escuchar sus pensamientos en su mente, su voz clara y profunda como siempre la había imaginado. Era como si estuviera siempre con ella, aún si no lo estaba físicamente.
Así, los días, meses y años que pasó a su lado solo afianzaron el vínculo que tenían, así como los sentimientos que comenzaban a brotar en su no tan duro corazón.
Lo amaba. Lo amaba. Cuánto lo amaba.
Ni siquiera intentó ocultarlo, pues sabía que él escuchaba sus pensamientos. Pero él le correspondía, y eso la hizo sentir tan dichosa que parecía que flotaba cuando estaba a su lado.
Su querido wyvern también la amaba. Alguien que la entendía finalmente, que era capaz de encontrar belleza en su oscuridad. No estaba sola.
Sin embargo, también se dió cuenta de que su poder se amplificaba a niveles sorprendentes cuando tenía cerca a su familiar, y no solo eso, sino que había conferido demasiado poder al wyvern, lo que lo convertía en un enemigo aterrador para cualquiera que se cruzara en su camino.
Desde ese momento comenzó a ser perseguido sin descanso, no solo por humanos, sino por cazadores, licántropos e incluso brujas que se sentían amenazados por el poder antinatural de la criatura. Pandora, asustada de lo que podría ocurrirle, le rogó a su dios que le permitiera llevarlo con ella a su reino para protegerlo, y este accedió, con la condición de que ella lo ayudara a crear un ejército.
La vida en el Inframundo le confirió a Pandora un poder inimaginable: podía devolverle la vida a algunas criaturas, y no solo hacerlas sus marionetas; podía jugar con sus almas, modificar sus cuerpos… era imparable.
Pero además, su familiar también se hizo aún más poderoso desde su llegada al reino de las tinieblas. Quizá era un reflejo de su propio poder sobre la vida y lo material que su wyvern descubrió que tenía la capacidad de cambiar de forma. Por unos meses era una criatura amorfa que en ocasiones adoptaba extremidades humanas que no le daban más que un aspecto grotesco, pero eventualmente, logró convertirse en un humano por completo.
Pandora no cabía de la alegría. Al fin, su amado podía cobijarla no solo con sus alas, sino con sus fuertes brazos. Al fin podía escuchar la forma en que su nombre resbalaba de sus labios y viajaba por el viento . Al fin podía sentir la calidez de su piel debajo de esas impenetrables escamas. Al fin podía besarlo como siempre había soñado.
Fue tan feliz… al menos por unos días.
Por más que ella intentaba jugar con las leyes de la naturaleza, había algunas cosas que estaban destinadas a ser lo que eran. Su wyvern era eso, un wyvern, y aún si vertía todo su poder en él, siempre volvería a lo que era.
Pero no importaba. Su imagen humana, con esos cabellos salvajes color dorado, esos ojos de un color rojizo, y esa figura que se elevaba sobre ella varios centímetros se quedarían siempre con ella, y lo atesoraría tanto como atesoraba a su hermosa criatura alada.
Con la compañía y apoyo incondicional del wyvern, Pandora logró construir un ejército para su señor, comandarlo y llevar a la humanidad a una era de terror en la que pagarían por todos los crímenes que cometieron contra sus hermanas y las criaturas que tenían el infortunio de compartir un planeta con ellos.
Fueron tiempos sombríos, no solo porque sus hermanas caían una a una bajo la espada de aquellos que se hacían llamar “la Orden de Atena”, sino porque era difícil cumplir con las demandas de su señor, quien planeaba su regreso al mundo de los mortales. Se propuso a cumplirlo, se lo debía después de su amabilidad.
Creó una nueva especie de criaturas de la noche, una más fuerte y con la suficiente inteligencia para no morir tan fácil, pero aún necesitaban alimentarse de la sangre de los vivos y no toleraban la luz del sol… los vampiros. Sabía que en ellos residía la clave para la derrota de los humanos.
Sin embargo, desde que puso en marcha su plan, fue condenada a caer en desgracia.
Eligió un par de niños, aquellos protegidos por los dioses desde la era mitológica, para contener los elementos que necesitaría su dios para resurgir. Sembró las llamas del Inframundo en el corazón de uno, calcinando al resto de su familia en el proceso, e hizo que el otro bebiera sangre envenenada después de acabar con su pueblo.
Pero todos sus esfuerzos se esfumaron cuando con el tiempo, se enamoraron.
Cuando notó su error, intentó separarlos de todas las formas posibles, pero parecía que había algo que lo impedía. Al final, solo pudo observar con impotencia cómo el escorpión acababa con la vida del vampiro, para finalmente dejarse consumir por las llamas, llevándose consigo el cuerpo que había fabricado para su dios.
La dejaron sin nada. Necesitaba iniciar de nuevo, y encontró la oportunidad perfecta en el viejo comandante, guardián de los jóvenes. Lo engañó y le llenó la cabeza con ideas de venganza, lo convirtió en vampiro y lo utilizó para destruir a la Orden desde adentro. Sin embargo, cuando pensaba utilizarlo para la siguiente fase de su plan, el mismo hombre decidió acabar con su vida, consumido por la culpa y la misma venganza con la que ella lo había corrompido.
No podía creer que sus propias piezas caían una a una, después de siglos de elaboradas maquinaciones, producto de lo único que no podía predecir: la naturaleza humana.
A partir de ese momento, su vida fue un espiral en descenso en el que su ejército era reducido a cenizas, su legado aplastado, sus hermanas eran extinguidas, y sus planes estropeados.
Pero podía tolerarlo. Se había levantado una vez, podía volver a hacerlo. Solo necesitaba encontrar otros dos recipientes para devolverle la vitalidad al dios del Inframundo.
Se levantó de nuevo y comenzó desde cero. Intentó resolver aquello que había salido mal en su plan desde el inicio, jugó todas sus cartas hasta el final, aún si el resultado parecía inminente, y lo hubiera hecho de nuevo hasta conseguir la victoria…
Pero de pronto, su wyvern ya no estaba.
Su vínculo se rompió, y con ello, su alma, su corazón y toda la voluntad que le quedaba.
De pronto, ya nada importaba, ni siquiera la espada que le atravesaba el pecho, la expresión victoriosa del hombre que quiso utilizar como un peón, ni el cuerpo de su dios que ardía a unos metros de ella. Las llamas la alcanzaron, la envolvieron, la consumieron. Pudo sentir todo, la forma en que su piel se derretía y su sangre hervía, pero ese dolor no era remotamente cercano al que sintió cuando su vínculo se rompió.
Rompió el equilibrio sin pagar nada a cambio. Tal vez quitarle a quien más había amado era una forma de hacerle pagar por sus crímenes, recordar que ni siquiera ella podía huir del orden natural de las cosas.
Por más hermosa y pacífica que considerara la muerte, no era igual que vivirla en carne propia, cuando la vida de alguien a quien amaba se le era arrebatada.
Ya no le quedaba nada, pero al final, cuando sus ojos vislumbraban sus últimos momentos antes de que también fueran calcinados, lo vió. Su cabello rubio, su expresión hosca, sus ojos de esa particular tonalidad rojiza.
Su querido wyvern.
Había perdido, pero ni en la derrota ni en la muerte la abandonó.
