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New Dawn

Summary:

Una fría noche de invierno, la vida del pequeño Yakoff cambia por completo cuando su aldea es atacada por un grupo de monstruos hambrientos de carne humana.

Pensó que ese sería el final de su corta vida, hasta que es rescatado por dos hombres extraños que le darán una nueva esperanza.

Notes:

Esta historia ocurre años después del final de Crimson Heart, por lo que recomendaría leerlo antes de este fic. Pero si no tienen interés en CH o simplemente no les gusta que les digan qué hacer, pueden leerlo como OneShot independiente.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Pino, madera, medicina, y un poco de olor a animal. Era el aroma de su abuelo. 

Sin embargo, no era capaz de cubrir por completo el olor nauseabundo de la sangre.

Intentaba concentrarse en el aroma familiar, a sabiendas de que su abuelo cubría su escondite con su cuerpo, pero era difícil. Cubría su nariz con su brazo, haciendo todo lo posible para reprimir las arcadas. Nadie tenía que escucharlos.

Los monstruos llegaron al anochecer. Sus gruñidos hacían eco por la pequeña aldea mientras entraban a casas a comer, desgarrar, masticar. Los gritos de las personas duraron poco. En un par de horas, todos habían muerto.

Si él seguía con vida era gracias a su abuelo, quién decidió esconderlo en un hueco debajo de los tablones del suelo, apenas lo suficientemente grande para él. Sabía que su abuelo lo protegía afuera, pero ya no podía esperar a que amaneciera para que la pesadilla terminara. 

Los monstruos seguían afuera, podía escucharlos gruñir ligeramente, buscando alguna otra víctima para llenar sus estómagos hambrientos de carne humana. 

¿Sabbaths? Así las llamaban los campesinos. Grupos formados por brujas de la noche, deformes y feas. Se decía que aparecían en los cementerios por las noches, buscando los cadáveres más frescos, y ocasionalmente, cuando no lo eran lo suficiente, buscaban a los vivos. 

Pero qué importaba lo que fueran. Solo quería que se fueran.

Pasaron varios minutos en los que no escuchó ni un solo ruido. Entonces, chillidos horrorosos provenientes de la calle, como el de un animal siendo asesinado durante lo que se sintieron como horas.

La matanza se detuvo de repente. No más ruido.

¿Se habrían ido ya? 

La puerta de su casa se abrió de golpe. 

Ahogó un grito detrás de sus manos y se encogió aún más en el pequeño hueco, como si con eso las bestias se alejaran. Las pisadas recorrían la casa casi con tranquilidad, entonces, se dirigieron a su habitación, donde él y su abuelo se ocultaban.

La puerta se abrió y ya no pudo contener el pequeño sonido que emitió por el terror. Se preocupó por su abuelo, quien permanecía afuera. 

Las pisadas se aproximaron a esas tablas sueltas en el suelo. Su abuelo estaba encima. ¿Le harían daño?

—¿Abuelo?—susurró sin pensar. 

Arrastraron algo pesado, después, tocaron el suelo un par de veces, como si estuvieran tocando una puerta. Entonces, notó cómo una mano levantaba la orilla de uno de los tablones, comenzando a levantarlo.

Esa no era la mano de su abuelo. 

Su respiración se aceleró mientras comenzaba a llorar, abrazando su cuerpo con terror como si así pudiera defenderse de lo que quisiera hacerle daño. 

Pensó que unas largas garras lo tomarían por el cabello y lo arrastrarían fuera de su escondite, hasta las fauces de una bestia que apestaba a carroña. 

Pero eso no pasó. 

La mano sí cayó sobre sus cabellos, pero para acariciarlos con ternura. Él levantó la vista, con la esperanza de encontrarse con los ojos cansados y amables de su abuelo, a pesar de que toda la lógica le decía lo contrario. 

Pero en su lugar se encontró con un par de ojos tan azules como el cielo, pero aquel que veía pocas veces al año, completamente despejado. El hombre sonreía con calidez y un deje de tristeza, desencajando con la oscuridad y frialdad que rodeaba el lugar.

Solo con verlo a los ojos comprendió algo. Se asomó lentamente por el hueco, alcanzando a ver en la esquina de la habitación a otro hombre, pero este tenía cabellos y ojos tan rojos como la sangre salpicada en el suelo.

Sangre.

Gritó de horror cuando se dió cuenta de que el hombre estaba arrodillado frente a un cuerpo, cubriéndolo casi por completo con el suyo. Pero lo reconoció al instante.

Eran las botas de su abuelo. 

Salió tan rápido como pudo del agujero, siendo ayudado por el hombre de ojos azules, para correr hacia su abuelo. Pero el hombre de cabellos rojos permanecía inamovible en su lugar, impidiéndole darle un vistazo a su abuelo. 

Lloró, gritó, pataleó con tanta fuerza que le comenzó a doler la cabeza. Pero no tanto como le dolía el pecho. 

—Camus—habló uno de ellos, en un tono tan duro que tampoco correspondía con su anterior sonrisa—, déjalo verlo. 

—No lo haré—respondió con firmeza el otro, mirándolo con desafío.

—Si no lo haces, jamás lo podremos sacar de aquí. Sé lo que te digo.

Ambos se miraron durante unos instantes, luchando por ver quién cedía primero mientras él continuaba llorando en el suelo, hasta que de pronto, el pelirrojo soltó un suspiro y se movió. 

Se arrojó hacia su abuelo sin importarle la sangre ni la enorme herida en su abdomen de la que seguramente alguno de los monstruos se había estado alimentando, y lloró sobre su pecho por horas, tanto que su garganta cansada dejó de emitir sonido, tanto que su cabeza palpitaba como si fuera a estallar, tanto que pronto su cuerpo resintió el cansancio, quedándose completamente dormido al amanecer.

 


 

—¿Qué hacemos con él?—preguntó Milo, acomodando al niño inconsciente sobre su espalda.

—¿Qué más? Tenemos que buscar un lugar para que se quede. Todos en la aldea murieron.

Caminaron en silencio entre las ruinas, llegando hasta las orillas de la pequeña aldea en medio de las montañas. Allí se detuvieron a mirar hacia el horizonte, en particular, al camino que descendía entre un bosque cubierto de nieve.

—¿Y dónde diablos encontraremos a alguien? la ciudad más cercana está a varios días de viaje, aún con nuestra velocidad.

—No lo sé… pero es mejor que quedarse aquí solo. 

Ambos emprendieron el viaje mientras el sol se elevaba por el horizonte, obligándolos a cubrirse con sus pesadas capas para evitar ese ardor molesto en la piel. Caminaron por el sinuoso sendero, intentando no resbalar con la nieve y el lodo que se aferraba a sus botas, impidiéndoles ir tan rápido como querían.

—Debimos haber traído a los chicos con nosotros—dijo Milo con un poco de frustración—. Hubieran aprendido más que en esos aburridos entrenamientos.

—Quítales la responsabilidad un día y les tomará treinta poder retomarla—explicó Camus con completa seriedad—. Si quieren libertad, deben demostrar primero que saben defenderse.

—Eres duro con ellos— Milo soltó una risita—. Solo son adolescentes, un poco de libertad no les haría daño.

—Ellos decidieron que querían entrenar con la Orden. Deben responsabilizarse de sus decisiones.

—¿Es ese el verdadero motivo o es que aún no estás dispuesto a dejarlos salir a hacer misiones por su cuenta? 

Camus frunció el ceño, comenzando a cansarse de las constantes provocaciones de Milo.

—Isaac apenas tiene quince años, Hyoga catorce. Son unos mocosos. 

Milo soltó una carcajada que asustó a las aves que reposaban en las ramas de los árboles. El hombre parecía tener el descaro de alertar a todo el bosque de su presencia.

—Bien, te concedo eso, pero estoy seguro que aunque tuvieran treinta años, a tus ojos seguirían siendo unos simples mocosos. 

—Eso no tiene que ver con sus habilidades— intentó desviar el rumbo de la conversación—. Les falta demasiado por aprender.

Milo pasó un brazo por los hombros de Camus y lo atrajo en un abrazo tosco mientras intentaba sujetar al niño con un solo brazo. Entonces, antes de que el otro vampiro pudiera protestar, le plantó un sonoro beso en la mejilla. 

—Claro que sí, tú siempre tienes la razón.

Camus gruñó por su evidente sarcasmo.

 


 

Esa noche decidieron acampar en el bosque, aprovechando que el niño había despertado, desconcertado y muy hambriento. Por fortuna, cuando abrió los ojos ya había un conejo cocinándose en una fogata. 

—Toma— le dijo el pelirrojo mientras le ofrecía el conejo ensartado en una espada corta. 

El niño dudó unos por unos segundos, un poco intimidado por los dos completos desconocidos que lo miraban sin reservas. Pero cuando su estómago comenzó a gruñir, no pudo rechazar la jugosa oferta. 

—Ten cuidado, te puedes quemar— lo interrumpió antes del primer mordisco. 

El niño le echó una mirada curiosa al hombre de ojos rojos y brillantes, sintiendo que había algo extraño en él. Lo pensó por unos segundos, pero tenía cosas más importantes que atender, como el conejo en sus manos. 

—Tss—siseó cuando efectivamente, se quemó con su primera mordida. 

—Te lo dije. 

—Niño, ¿Cómo te llamas?—preguntó el otro hombre, sentado cerca de él.

A la luz del fuego, sus ojos azules también tenían un extraño fulgor que le parecía antinatural. 

¿Pero qué podía saber él si solo era un niño campesino? No era de su incumbencia. Se dedicó a continuar comiendo tan rápido como pudo.

—Oye, te hice una pregunta.

—Jajoff—balbuceó entre bocados.

—Traga antes de hablar, te puedes ahogar— lo reprendió de nuevo el pelirrojo.

—Yakoff—dijo con más claridad.

—Bien, Yakoff, yo soy Milo, él es Camus— se acercó al niño, notando que tiritaba ligeramente, cubriéndolo con su capa—. Te ves muy joven, Yakoff, ¿cuántos años tienes?

—Seis.

—Bueno, no tan pequeño entonces— le dió una palmadita en la espalda—. Oye, ¿recuerdas cómo es que llegaron los monstruos a la aldea?

Camus lo miró de reojo, aparentemente de forma casual, pero Milo comprendió de inmediato que no estaba de acuerdo con la forma tan abrupta en que sacó el tema. 

—No mucho— dejó de comer mientras recordaba, su mirada adquiriendo una tristeza que desgarraba en su rostro tan joven—. Ya estaba oscureciendo y yo estaba encendiendo la estufa mientras mi abuelo trabajaba con los animales, porque hacía mucho frío ayer, ¿saben?… pero entonces me asusté porque empezaron a gritar mucho en la aldea. Quería salir a buscar a mi abuelo, pero él llegó antes a casa, muy preocupado y asustado. Me ordenó que fuera a la habitación y quitara los tablones del piso -ahí guardamos nuestro dinero- y que entrara ahí. Entonces… entonces… Bueno, no recuerdo mucho más. 

—Yakoff—habló Camus con un tono sorprendentemente suave—, ¿escuchaste a alguien, o algo más, entrar a tu casa antes de que nosotros llegáramos? 

—No.

Ambos hombres se miraron nuevamente. Habían encontrado al hombre muerto cuando llegaron, y la herida era en definitiva una de un devorador. Pero no había señal de que entraran a la casa. 

—¿Cómo estaba tu abuelo cuando llegó a tu casa?—preguntó Camus. 

—No recuerdo…— se rascó la cabeza mientras pensaba—. Cansado… tal vez.

—¿Herido?—insistió Milo.

—Creo… creo que sí— sus ojos volvieron a humedecerse, recordando de pronto que su abuelo entró a casa con una enorme mancha de sangre en el abdomen que se cubría con su abrigo. Hasta ese momento no se le había ocurrido que podría ser suya. 

Milo acarició su espalda para consolarlo, sintiéndose un poco mal por revivir el recuerdo del incidente.

—Al menos ya sabemos que solo eran devoradores—soltó con un suspiro—. Hubiera sido más difícil si hubiera más necrófagos con ellos.

—Yakoff— lo llamó Camus de nuevo—, ¿recuerdas si recientemente ha habido accidentes en la aldea? 

—¿Accidentes?

—Sí, en el que muchas personas salieran lastimadas.

El muchacho volvió a comer lo que quedaba de su conejo mientras pensaba.

—Pues hace un mes algo pasó en las minas. Mi abuelo no me quiso contar, pero muchos de mis vecinos no volvieron de trabajar. 

—Sabía que no era el cementerio, ni siquiera encontramos uno—murmuró Camus para sí mismo.

—Debió haber un derrumbe, los cadáveres debieron atraer a los devoradores—explicó Milo.

—¿Devoradores?— Yakoff los miró con confusión— ¡No, son brujas!

—No, amigo. Las brujas pueden ser muchas cosas, algunas son buenas y otras muy muy malas— su rostro se ensombreció brevemente—, pero feas, jamás. Esos son devoradores, definitivamente.

—¿Cómo estás tan seguro? 

—Soy cazador de monstruos—confesó con orgullo.

—¡Wow! ¡¿De verdad?!— sus ojos brillaron de la emoción.

—De verdad. 

Por fortuna, la mención de su trabajo llamó lo suficiente la atención del chico para olvidar momentáneamente su pesar, comenzando a hacerle pregunta tras pregunta sobre sus aventuras como cazador, sobre todo tipo de monstruos y cómo los cazaba.

Una parte de Milo se quería pavonear con orgullo frente al pequeño que lo miraba con ilusión, pero predominaba el alivio por poder distraer a su joven mente de esos recuerdos tan perturbadores con los que estaba seguro que tendría que lidiar de por vida. 

De vez en cuando le echaba miradas a Camus cuando aderezaba sus historias para el disfrute del niño, cautivado por la forma en que su compañero disimulaba sus risas cuando algo le parecía demasiado absurdo. Dos espectadores satisfechos.

 


 

Los próximos días viajaron por el bosque sin inconvenientes, avanzando tan rápido como podían, turnándose quién llevaría a Yakoff consigo. Esto, por supuesto, despertó varias dudas en el niño quien pronto descubrieron, era bastante curioso.

—¿Cómo pueden moverse tan rápido? ¿Y por qué no se cansan? y ahora que recuerdo, nunca los he visto dormir ni comer. ¿Tiene que ver con que sus ojos brillan en la oscuridad? ¡Ah! ¡Y sus colmillos! 

Milo quería golpearse la cabeza en el tronco más cercano, sintiendo que se mareaba con tantas preguntas. Por fortuna, Camus había lidiado con ello no una, sino dos veces, por lo que fue capaz de mantener la calma.

—Somos vampiros—respondió sin rodeos—. ¿Sabes qué son?

Esta vez era Milo quien quería reprenderlo por ser tan directo, pero pronto entendió el fundamento en las acciones de Camus: no hay nada que incite más a un niño a preguntar, que una pregunta no respondida. 

—¿Vampiros? ¿De los que chupan sangre?

—Sí. 

Yakoff los miró con la boca abierta, parpadeando con incredulidad.

—Pensé que ya no existían… ¡Asombroso! ¡¿Puedo ser un vampiro?!

—No—dijeron al mismo tiempo.

—Qué malos.

Quizá ellos eran los vampiros, pero el niño les parecía de lo más extraño por su tremenda resiliencia, impropia de su edad. Era como si fuera capaz de enfrentar una catástrofe y salir de ahí en pie con una sonrisa. 

Pero aún se le notaba demasiado triste cuando no estaba hablando o haciendo preguntas—tal vez por eso hacía tantas. Lloraba mientras dormía y despertaba atemorizado por las pesadillas, pero siempre intentaba recomponerse. Era admirable, pero bastante triste si se pensaba con detenimiento.

Era fácil compadecerse de él con esos enormes ojos verdes que los miraban con melancolía, y esa sonrisa que se rehusaba a abandonar su rostro aún cuando sus recuerdos lo alcanzaban. 

Hasta que comenzaba a hacer preguntas.

—Oigan— después de casi una semana de viajar juntos, sabían que ese “oigan” no implicaba más que dolores de cabeza—, ¿ustedes son amigos?

Camus tenía un mal presentimiento, por lo que decidió fingir que no había escuchado nada.

—Sí, podría decirse—respondió Milo un poco divertido mientras se acomodaba al niño en la espalda—. Mi mejor amigo de hecho.

Milo tuvo que reprimir una carcajada cuando escuchó a Camus gruñir por su respuesta, habiéndose alejado varios pasos de ellos. 

—¿Los amigos pueden besarse?

Camus frenó de repente. Milo chocó contra su espalda.

—¡¿Qué dices?!—soltó Camus, mirándolos sobre el hombro con vergüenza.

—Ajá, anoche te vi besar a Milo en los labios. No sabía que podía hacerse entre amigos—explicó con esa sonrisa inocente, que a los ojos de los otros dos, comenzaba a verse un poco demoníaca. 

—¡¿Qué hacías despierto a esa hora?!— lo reprendió Milo para variar, comenzando también a avergonzarse. 

—Tuve una pesadilla, ya no podía dormir. Entonces ví a Camus sentarse junto a ti y besarte en la boca.

—Debiste ver mal—intentó defenderse.

—¡No estoy mal! ¡Yo los vi!

—No. No creo.

—¡Claro que sí! ¡También lo hacen cuando creen que no los estoy viendo!

Camus lucía cada vez más indignado. Sabía lidiar con mocosos, pero ni Isaac ni Hyoga eran remotamente cercanos a Yakoff cuando se trataba de hacer preguntas descaradas. 

—Eso se llama espiar, y no está bien— lo miró con reproche.

—Solo era una pregunta— suspiró el niño—. Mi vecina, Nadia, tenía un novio que trabajaba en las minas. Cuando llegaba por las noches, los escuchaba reír afuera de mi ventana y se besaban. Mucho.

—Veo que te gusta meterte en donde no te llaman—dijo Milo, dándole un golpecito con el dedo en la frente.

—¡Eran muy ruidosos! Además, eso no responde mi pregunta. ¿De verdad los amigos se pueden besar o son “amigos especiales” como mi maestra y la mamá de Alexei?

—¡¿Ella les dijo eso?!—preguntó Camus, escandalizado.

A ese paso se enterarían de todos los chismes de la pequeña aldea gracias a la lengua floja de Yakoff. 

—Sí, cuando la atrapé con mis amigos besándose con ella detrás de la escuela—soltó una carcajada—. Pero no le dijimos a Alexei.

—Ya veo…—murmuró Milo, sorprendido—. Sí, somos amigos, pero más que eso.

—Ah… entiendo—dijo el niño, pareciendo finalmente satisfecho.

Milo miró a Camus con confusión. ¿En verdad habían alcanzado el límite de imprudencia de Yakoff? ¿Había desarrollado un poco de sensibilidad? Era difícil saberlo, aunque unos minutos de camino después sus preguntas se respondieron. Yakoff se quedó profundamente dormido.

Ambos suspiraron aliviados.

 


 

Dos días después, finalmente alcanzaron a divisar una ciudad. El humo de las chimeneas y el sonido de las campanas de la iglesia fueron un alivio para ellos, pasando días en medio de la nada. 

Claro que disfrutaban viajar, después de todo, Camus había pasado más de un siglo prácticamente encerrado en un castillo, y aun cuando Milo entró a su vida, no podían salir demasiado mientras hubiera dos niños que dependían por completo de ellos. Ahora que ambos eran lo suficientemente grandes y pasaban su tiempo en el campamento de la Orden, finalmente podían conocer un poco del mundo.

Pero Yakoff era un compañero de viajes… complicado. Hablaba todo el día, tenía un hambre voraz y se detenía a jugar con cualquier animal que se le cruzara en el camino. El día anterior incluso tuvieron que salir huyendo cuando el niño regresó con un cachorro de oso entre los brazos cuando se suponía que solo iba al baño. A la mamá del cachorro no le gustó la idea.

También tenían que cazar el doble, no solo porque necesitan su dotación constante de sangre animal, sino para alimentar al niño. Por lo menos no era quisquilloso con la comida, y parecía que sin importar lo que comiera, nada le caía mal.

—¿Cómo crees que su abuelo pudo lidiar con él solo?—preguntó Milo durante la que sería su última noche juntos.

—Es un buen chico—respondió Camus con una ligera sonrisa mientras avivaba la fogata—. Una vez que te acostumbras al flujo constante de palabras y preguntas, te das cuenta de que en realidad no causa muchos problemas. 

—Bueno… es un niño de campo, a esta edad saben hacer casi todo lo que hacen los adultos— miró al muchacho que dormía sobre sus piernas y no pudo evitar sonreír con un poco de melancolía—. Me recuerda un poco a los chicos.

—Es gentil como Hyoga, firme como Isaac.

—Se llevarían muy bien.

Ambos observaron el fuego en silencio. 

—No—soltó Camus.

—¡Yo no dije nada!

—Conozco esa mirada.

—¡¿Cuál mirada?!

—La mirada de que ya te encariñaste con él.

—¿Tú no? Es adorable. 

—Milo— lo miró con seriedad—, somos vampiros, no podemos darle una vida normal.

—Eso decías antes y de todos modos criaste a Isaac y Hyoga. 

—Porque no había otra opción.

—¿Y ahora la hay?

Camus se cubrió el rostro con las manos, gruñendo con exasperación.

—Los chicos están creciendo muy rápido—confesó—. No me gusta. 

“Con que de ahí viene…” 

Milo extendió un brazo hacia Camus, invitándolo a sentarse a su lado. 

—Así funciona la vida humana, querido. 

—Pero seguirán creciendo y entonces…

—Y entonces tendremos que disfrutar cada minuto que nos permitan estar a su lado— abrazó al hombre sentado junto a él, notándolo cada vez más decaído—. Si eligen vivir la vida como mortales, no podemos hacer nada al respecto, y tampoco puedes elegir dejar de quererlos. 

—¿”Si eligen”?— apartó el brazo de Milo de su hombro—. No estarás proponiendo…

—Solo ellos lo decidirán.

—No.

—Solo ellos lo decidirán—repitió con firmeza—. Se me ocurren un par de opciones, no necesariamente la que tienes en mente. 

—Estábamos hablando del niño.

De nuevo cambiando la conversación. Milo suspiró —hacía eso mucho con Camus. Esa noche no tenía ganas de jugar con su paciencia. 

—Coincido en que quiero lo mejor para él, y espero de corazón que lo encontremos— Milo miró de nuevo a Yakoff, quien parecía estar en una pesadilla de nuevo—... por el bien de él.

 


 

Tan pronto llegaron a la ciudad la mañana siguiente, Yakoff pareció convertirse en un pequeño mono. Corría, saltaba y por supuesto, hablaba sin parar. El no haber salido nunca de su aldea hacía que todo lo que veía en la ciudad le pareciera sorprendente, desde los puestos callejeros de comida hasta las tiendas de artículos inútiles.

—¡¿Qué es eso?!— señaló hacia la calle.

—Un carruaje—explicó Camus, jalándolo por el abrigo para que no fuera aplastado por los caballos. 

—¡¿Y eso?!

—Un puesto de periódicos.

—¿Y por qué esa señora tiene un vestido tan grande y fe-?

Milo se apresuró a cubrirle la boca con una mano antes de que siguiera soltando imprudencias. 

—Es la moda, amigo, y no creo que le guste que estés hablando de ella. 

Tardaron más de lo que hubieran querido en llegar a su destino, preguntando por toda la ciudad hasta que les dieron informes sobre un orfanato cerca de las afueras. Yakoff, por supuesto, no se enteró de sus intenciones al habérsela pasado jugando todo el trayecto. 

Camus intentó ocultar la incomodidad que sentía solo con escuchar la mención del lugar, pero los locales parecían tener una opinión positiva de ese orfanato, y según las averiguaciones de Milo, no pertenecía exactamente a la iglesia. 

Sin embargo, el plan se vino abajo tan pronto llegaron al viejo edificio.

—¡No voy a ir a un orfanato!—gritaba Yakoff en los brazos de Milo mientras luchaba por soltarse para alejarse de allí. 

—¡Yakoff, tranquilo!— intentaba calmarlo Milo— ¡Solo hablaremos con ellos!

—¡Mentira! ¡me quieren abandonar! ¡Quiero irme a mi casa!

Camus lo miró con una profunda tristeza. 

Por fortuna para Isaac y Hyoga, habían sido demasiado jóvenes cuando perdieron a sus madres, por lo que no sufrieron su pérdida. Pero cuando Anya murió… no quiso más que arrancarles ese horrible dolor que aplastaba sus jóvenes corazones. Yakoff debía sentir algo similar, pero él no tenía a nadie más. 

Los gritos del niño llamaron la atención de los trabajadores del lugar, quienes salieron preocupados a ver a qué se debía tanto alboroto. 

—¡¿Qué está pasando aquí?!—exclamó una mujer mayor mientras bajaba con presura los escalones de la entrada.

—Señora, buenos días—habló Milo mientras esquivaba los manotazos de Yakoff—. Solo queríamos… pedir informes. 

—¿Es su hijo?— miró al niño con preocupación. 

—¡Sí, es mi padre y me quiere abandonar!—gritó Yakoff al borde de las lágrimas. 

La mujer lo miró con indignación. 

—¡Señor! Aquí solo aceptamos a niños sin familiares capaces de cuidar de ellos. 

—Está entendiendo mal— intervino Camus con más calma—. Él no es…

—Solo puedo hablar con el padre o la madre, señor.

—¡También es mi padre, y los dos quieren deshacerse de mí!

—¡¿Qué dices?!— incluso con el marcado maquillaje de la mujer, palideció hasta parecer un fantasma tan pronto escuchó las palabras del niño.

—¡No es nuestro hijo, su familia murió!—exclamó Milo con frustración.

Tres palabras, simples pero efectivas. Yakoff se quedó quieto como un muñeco de trapo en los brazos de Milo, comenzando a llorar silenciosamente bajo la mirada atónita de todos los presentes. 

—Disculpe por presentarnos de esta manera—dijo Camus, su voz extrañamente titubeante—, solo queremos… queremos buscar un lugar en el que pueda ser feliz.

La mujer, quien por su apariencia debía ser la directora de la institución, se agachó con ayuda de Camus hasta quedar a la altura del niño que lloraba contra el pecho de Milo.

—¿Cómo te llamas?—preguntó en un tono suave, pero el pequeño solamente negó con energía. 

—Yakoff—respondió Camus. 

—Yakoff… ¿Qué es lo que quieres tú?

Milo y Camus se miraron sorprendidos. Se habían portado como unos idiotas intentando elegir el futuro de un niño sin siquiera considerar sus deseos. 

—Quiero ir a mi casa… a mi abuelo.

La directora miró a ambos hombres, quienes negaron con tristeza. 

—Y si no pudieras volver a casa, ¿a dónde te gustaría ir? ¿con quién? 

Yakoff pensó por varios segundos, tal vez procesando la idea de que lo que más anhelaba era imposible. 

—Con Milo y Camus—confesó al final. 

—Ya entiendo—dijo la directora en un suspiro. Camus la ayudó a incorporarse de nuevo, esquivando su mirada por la vergüenza—. Los niños que han vivido tragedias así… no vuelven a confiar tan fácilmente en las personas. Pero cuando lo hacen, tampoco les es fácil soltar. No entiendo la relación que tienen con él, y la verdad no tengo el tiempo para escuchar sus historias de vida, pero este es un hogar para niños que han perdido toda la esperanza, y no me parece que este sea el caso. 

—Entendemos—murmuró Milo mientras consolaba al niño.

La directora permaneció en su lugar por unos instantes, analizándolos con la mirada. 

—Parecen buenos hombres—dijo—, y no suelo equivocarme con las personas. Cuiden mucho de este niño.

—Gracias— ambos asintieron.

—Buen día, caballeros.

Las puertas del orfanato volvieron a cerrarse mientras ellos permanecían en la entrada, esperando a que Yakoff dejara de llorar. Se miraban con algo de resignación, pero con una alegría que era difícil de esconder. 

—Bien, deja de llorar— le dijo Milo—. Si sigues así, tardaremos más en volver a casa. 

—¿Casa?—preguntó confundido, despegando su rostro enrojecido del pecho de Milo para mirarlo a los ojos— ¿De verdad iré con ustedes?

—Te adoptaste solo, chico—dijo entre risas—. Además, Camus ya se encariñó contigo.

—¡¿Qué?!

La risa de Milo se le contagió a Yakoff, quien se soltó de sus brazos para correr a abrazar a un Camus bastante avergonzado. 

—¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!

Milo le acarició los cabellos con diversión.

 —Nada de gracias, cuando lleguemos al castillo tendrás que ayudarnos a ordenar tu habitación. 

—¡¿Castillo?! ¡¿Tendré mi propia habitación?!

—¡Claro! También tendrás tres perros, dos gatos, seis conejos y dos patos. ¡Ah! y dos hermanos. 

—¡Hermanos!

Milo debió haber cerrado la boca antes, pero se dio cuenta muy tarde, porque el resto del día Yakoff no paró de hacer preguntas del que sería su nuevo hogar y quienes serían sus hermanos. Para la noche, cuando el niño se durmió, ambos tenían un terrible dolor de cabeza.

—¿Qué le diremos a los chicos?—preguntó Camus con cansancio.

—¿Qué más? Que no nos cuidamos y ahora tienen otro hermano. 

Camus le dio un empujón con el hombro, abochornado.

—¿Cuándo vas a dejar de decir tantas tonterías?

—Pregúntame de nuevo en cien años.

Notes:

Esta historia existe gracias a mi amistad Mysa_macarena, quien alguna vez me dijo que no concebía a la familia siberiana sin Yakoff jajaja. Mil gracias por tu apoyo <3 ~~

Por si son nuevos aquí, suelo sacar monstruos del bestiario de the Witcher, así que aquí tienen una referencia sobre los devoradores, por si quieren saber cómo lucen.

Finalmente, el título no tiene que ver con crepúsculo, lo juro. En realidad es por una canción de Entwine, la recomiendo.

Muchas gracias por leer <<33

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