Chapter Text
El dolor de cabeza lo iba a matar, pero fueron las náuseas las que finalmente lo hicieron abrir los ojos.
Enfocar la vista era difícil cuando el sol entraba de lleno por la ventana, cegándolo casi por completo. Lo único que distinguía era la cama en la que había dormido, y la persona sentada en la orilla, dándole la espalda.
Los rayos de sol le daban a su figura un halo casi sobrenatural, y esos cabellos rubios caían por su espalda como finos hilos de oro. Se sintió tentado a tomar uno de esos cabellos entre sus dedos, llevarlos hacia su nariz e inhalar el aroma que estaba seguro, sería extremadamente seductor.
Sin embargo, cuando la bella criatura lo miró sobre su hombro, con esos enormes y brillantes ojos de un azul tan claro que lo hicieron estremecerse… recordó.
Era ese hijo de puta.
—Vaya, al fin despiertas—habló el desgraciado.
No sabía qué era más indignante: que hubiera pensado que ese irritante tipo era un hermoso espíritu del viento, un hada hermosa y encantadora que se regodeaba en la atención de los hombres ingenuos como él… o que sabiendo que no lo era, lo llevó a su cama de todos modos.
No. Debía estar indignado con él mismo.
—¿Qué hora es?—se frotó los ojos con frustración, incorporándose en la cama mientras el otro hombre recogía su ropa del suelo.
—Casi medio día. Ya no sabía cómo despertarte.
Su cerebro adormecido comenzó a unir lentamente los puntos.
—...¿Tú abriste las cortinas?
Él jamás dejaría abiertas las cortinas, no si verdaderamente necesitaba descansar.
—¿De qué otra manera despertarías sino? Apenas podía respirar con tus brazos alrededor de mi abdomen.
Aioria sintió que sus mejillas se coloreaban por la vergüenza. Debía estar intentando fastidiarlo, porque no había recuerdo alguno de eso en su mente.
—No digas tonterías. Ni siquiera te soporto.
—¿Y apenas es que se te ocurre expresar tu disgusto por mí? Anoche parecía lo contrario.
Ah .
Ahora sí comenzaba a recordar… recuerdos tan vívidos que sentía un cosquilleo que le recorría todo el cuerpo.
—¡Basta, cállate!
Pero era demasiado tarde. No solo recordaba todo con claridad, sino que ya no podía fingir que todo se trataba de un error. No cuando el resultado parecía escrito desde el inicio.
Dos días de viaje, ni un solo penique en los bolsillos después de encontrarse con un grupo de bandidos, y una probable fisura en la rodilla… pero al fin llegaba a la maldita capital.
Enderezó la espalda tanto como pudo y echó un vistazo al letrero sobre la entrada: “Posada Campos Elíseos”. Vaya nombre tan presuntuoso para un lugar que apestaba a tabaco y cerveza de mala calidad. Inhaló profundamente, tragándose el dolor agudo en su pierna derecha antes de atravesar esas puertas. Prefería que lo partiera un rayo antes de que lo vieran entrar con una cojera evidente.
Escaneó el lugar rápidamente, desde los altos techos de madera hasta las pequeñas ventanas cerradas para mantener el calor de esa tarde de invierno. Sus ojos verdes encontraron rápidamente la chimenea junto al bar, y lo único que pensó fue en lo inconveniente que sería si alguno de los borrachos que cantaban junto al fuego se prendía en llamas. Sería difícil evacuar con tanta…
Pero se recordó que ese sería problema del administrador, no suyo.
Caminó lentamente hacia una esquina del comedor, intentando no recargar su peso sobre su rodilla lastimada, hasta llegar a una mesa apartada donde lo esperaba un muchacho que apenas parecía salir de la adolescencia. Por su olor tan fuerte a caballo, debía ser el mozo de alguna casa acaudalada de la ciudad. Era él a quien buscaba.
Tomó asiento frente al muchacho sin decir palabra, tragándose el suspiro de alivio cuando al fin pudo descansar.
—Ya estoy aquí. Dime qué necesitas.
El joven lo miraba nervioso, sintiéndose intimidado por ese ceño fruncido y esos ojos que parecían echar chispas. Pero su amo lo había enviado a encontrarse con el cazador, tenía que hablar o esa noche no cenaría.
—Mi señor necesita su ayuda—dijo con voz temblorosa.
—Eso lo sé, demonios— se pellizcó el puente de la nariz con frustración—. ¿Para qué más contratarías a un cazador de monstruos?
—¡Sí, sí! Tiene razón… yo…
—Ve al grano de una vez.
—A los alrededores de la mansión… no sabría decirle de cuánta distancia estamos hablando—murmuró—, han comenzado a desaparecer los sirvientes. Solo encontramos charcos de sangre, pero nada de sus cuerpos.
—¿Desde cuándo?
—Um… tres… cuatro semanas. Hace un mes desapareció la primera criada.
El muchacho comenzó a sudar profusamente mientras miraba hacia la ventana. Comenzaba a anochecer, y no quería regresar a la mansión mientras aquel monstruo desconocido estuviera suelto llevándose a los sirvientes.
—¿Algo más? ¿Pelo de animal, uñas, saliva, gruñidos en la oscuridad?
—No… no hay nada. Quizá solamente… no sé describirlo— miró al cazador avergonzado, notando que se molestaba a cada segundo que se demoraba en responder—. Bueno, hace una semana, mientras metía a los caballos al establo, escuché algo como un sonido hueco.
—¿Hueco?
—Sí, algo como... Como si golpearas una caja de madera vacía ¡Eso es!
Aioria no respondió de inmediato, sumiéndose en sus pensamientos mientras buscaba en su repertorio mental algún monstruo que produjera tal sonido, pero la verdad era que el cansancio y el hambre hacían difícil pensar con claridad.
—Bien, ¿De cuánto estamos hablando?—soltó sin rodeos.
El joven pareció recordar algo, buscando entre sus bolsillos hasta sacar una pequeña bolsa que dejó caer sobre la mesa. Aioria la alcanzó con la mano. Era pesada. La abrió llevado por la curiosidad, encontrándose con un par de monedas de oro y un puñado de plata.
—Mi amo dijo que solamente es la mitad. El resto se lo dará cuando acabe con el monstruo.
La paga era buena, tan buena que no pudo ocultar la forma en que sus ojos se agrandaban por la sorpresa.
—Me parece…—carraspeó— razonable. ¿Dónde comienzo a buscar?
—Pregunte por la mansión de los Coleman, al norte de la ciudad. No será difícil de encontrar.
No hubo muchas palabras más antes de cerrar el trato. El muchacho tenía tanta prisa por regresar a la mansión como Aioria la tenía por pedir algo de comer, por lo que tan pronto comenzó a anochecer, ya se encontraba gastando una fracción de su paga en el trozo de carne más grande que había visto en semanas.
Cuando terminó de comer, notó que el ambiente en la planta baja de la posada comenzaba a tornarse desagradable. Algunos huéspedes bajaban al bar para cantar con el trovador invitado de la noche, mientras que otros iban al restaurante para cenar. Era demasiado ruido para su gusto, por lo que pagó su comida y pidió que le entregaran su habitación.
El pobre criado encargado de la tarea comenzaba a arrepentirse de haberle asignado la del último piso, pues el hombre detrás de él, si bien callado, gruñía con una especie de furia contenida cada vez que se encaminaban a la siguiente serie de escalones. Solo esperaba que la experiencia no fuera tan mala como para quejarse con el dueño del establecimiento.
Cuando Aioria se cercioró de que no habría más escalones, finalmente sintió que la presión en sus pulmones se liberaba. Sabía que de seguir extenuándose de esa manera, la fisura en su rodilla se convertiría en una verdadera fractura, y eso sería bastante inconveniente cuando saliera en busca de su siguiente trabajo.
Siguió al criado a través del estrecho pasillo, sintiendo un aire frío que lo hacía estremecerse. Casi al final estaba su habitación, y frente a ella, lo que parecía una ventana abierta de par en par.
Aioria retuvo el aliento cuando vio de qué se trataba.
Un amplio balcón se abría hacia la fría noche, y mirando hacia el cielo estrellado, una mujer de largos cabellos que resplandecían como la plata a la luz de la luna, el viento jugando con ellos en una escena majestuosa que parecía sacada de un cuadro.
—Disculpe— se dirigió a ella el criado—, ¿Podría cerrar el balcón? Los huéspedes podrían quejarse.
La mujer los miró sobre su hombro, sonriendo casi con arrogancia. Cerró las puertas sin decir palabra, y miró a ambos antes de asentir como despedida, dirigiéndose a lo que debía ser su habitación.
Aioria quedó pasmado. Quizá era el cansancio, pero mientras la dama pasaba a su lado, dejando tras de sí ese delicado aroma floral con algo similar al incienso, no pudo evitar recordar las historias que escuchaba de niño sobre hermosos espíritus del aire, mujeres de extraordinaria belleza, sabias y de carácter dócil…
Una sílfide.
Solo eso podía explicar esa presencia tan etérea, sutil y relajante que desprendía aquella mujer, tan fascinante que sus oídos no fueron capaces de registrar las primeras tres llamadas del criado que lo esperaba en la entrada de su habitación.
—¡Señor!—exclamó el hombre cuando no notó reacción alguna de su huésped.
—¿Qué decías?—preguntó Aioria, ligeramente avergonzado mientras su atención volvía al presente.
—Le decía señor— el criado suspiro con pesadez—, que si va a quedarse otro día, le sugiero que nos lo haga saber antes del medio día para apartar su habitación. El desayuno se sirve hasta las once, la comida hasta las cuatro, y la cena hasta las diez. Procure mantener su habitación lo más limpia posible, hay un cargo extra por el servicio de limpieza. ¿Tiene alguna pregunta?
—No—respondió sin pensar. Ni siquiera había escuchado la mayoría de lo que dijo.
—Comprendo, señor. Le deseo buenas noches, me retiro.
Aioria permaneció parado en la entrada de su habitación por un buen rato, extrañando el aire que acariciaba sus mejillas ahora que el balcón permanecía cerrado y su rostro ardía. Sentía que había sido embrujado, y aún así, no podía borrar la sonrisa en su rostro.
Esa noche soñó con esa mujer de cabellos como la plata y mirada orgullosa, dibujando con su mente esos fragmentos de su rostro que no había logrado ver con claridad. Había imaginado sus labios carnosos, su nariz pequeña y respingada, incluso logró escuchar su voz, dulce y melodiosa. Un sueño del que no hubiera querido despertar. Pero tuvo que hacerlo, porque de nuevo, el hambre lo levantó de la cama casi a patadas.
Bajó al comedor bien entrada la mañana, aún adormilado y tan adolorido como el día anterior. Alguna parte estúpida de su mente había pensado que una noche de descanso arreglaría mágicamente su lesión, pero mientras intentaba disimular su paso inestable, se dió cuenta de lo iluso que había sido.
Pero a pesar de esa insignificante incomodidad, pocas veces se le veía tan alegre como cuando tenía la oportunidad de pagarse un buen desayuno, y en esa ocasión, con una buena comida, poco escándalo a su alrededor, y una belleza a varias mesas de distancia, se sentía particularmente feliz.
La dama de la noche anterior, quien lo había deleitado con esos cabellos pálidos, estaba sentada junto a una ventana bebiendo una taza de té con tanta calma que él mismo sentía que su siempre agitado corazón se relajaba. Además, a la luz del día esos cabellos de plata se convertían en hermosas hebras de oro que caían con elegancia por sus hombros y cubrían una parte de su rostro, resaltando esas facciones más angulosas —pero igual de hermosas— de lo que había imaginado.
Sus ojos permanecían cerrados mientras degustaba su té, pero en el momento que los abrió, Aioria sintió la necesidad de pellizcarse para asegurarse de que no seguía soñando. Jamás había visto unos ojos tan hermosos, grandes, brillantes y de un azul tan claro que rivalizaba con el mismísimo cielo de las tierras donde había nacido. Tan hipnóticos que cuando sus miradas se cruzaron, un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza.
La extraña le sonrió de nuevo, no con coquetería como en algunas ocasiones le pasaba, sino con algo más, como si hubiera una especie de broma interna entre ellos que no lograba recordar. Y él no pudo evitar sonreír de vuelta.
Sin embargo, su atención fue reclamada abruptamente cuando en la mesa de al lado, un hombre arrastraba la silla estruendosamente para sentarse con pesadez, con ni siquiera una pizca de consideración por las personas a su alrededor.
Aioria le dirigió una mirada fúrica al recién llegado, aunque pronto quedó sorprendido cuando logró verlo a la cara.
—¿Milo?
El hombre levantó la mirada, sorprendiéndose tanto como él al encontrarlo ahí.
—¡Aioria!—exclamó emocionado, levantándose de su asiento para tomar el que estaba frente a su viejo amigo—. ¿Qué haces aquí?
—¿Qué más?—soltó con hosquedad—, vengo por trabajo.
—Qué casualidad, porque yo también.
Aioria finalmente se dió el tiempo de echarle un vistazo a Milo. Se veía extrañamente pálido, su cabello descuidado como pocas veces se permitía, su ropa desaliñada, y con heridas de batalla en las manos y antebrazos.
—Te ves jodido.
Milo río con acidez por su honestidad. Le parecía más irritante aún el saber que Aioria ni siquiera tenía la intención de sonar tan brusco como lo había hecho.
—Gracias, amigo. Y tú eres tan encantador como siempre.
—¿Qué mierda te pasó?
—Una putísima mantícora me pasó—escupió, incapaz de seguir conteniendo su frustración.
—Eso lo explica todo—rió mientras se metía otro bocado de comida—. Aunque pagan buen dinero por matarlas.
—Ese es el maldito problema. Me engañaron.
—¿Qué quieres decir?
Milo se cubrió el rostro con las manos, ahogando un gruñido casi animal de desesperación. Debía ser muy malo para no ser capaz de disimular su derrota como acostumbraba.
—Me contrató el alcalde de un pueblo miserable a unos ochenta kilómetros de aquí. Me prometió diez monedas de oro por la cabeza de la mantícora, la maté como me lo pidió, aunque la hija de puta me alcanzó con su cola y me envenenó. ¿Y sabes qué dijo el muy desgraciado? ¡Qué solo quería que la capturara, no que la matara!
—Mierda.
—¡¿Quién mierda quiere una mantícora viva?!
—¿Qué pasó entonces?—preguntó el castaño, comenzando a interesarse por su historia.
—Me dió solo tres monedas de oro y unas ocho de plata. Pero ya sabes cuánto cuesta el maldito antídoto. Me quedé en ceros de nuevo.
—¿Y no le dijiste nada?
—Lo intenté, pero llamó a sus guardias para que me expulsaran del pueblo— suspiró antes de sumirse en su silla con cansancio—. Estoy cansado de vivir así… arriesgamos la vida todos los días y no pueden darnos ni siquiera un trato digno.
Una parte del corazón de Aioria, una muy pequeña, se compadecía de su amigo. No hace mucho se había cumplido un año desde la muerte de su maestro, quien había sido una especie de padre para Milo. El maestro de Aioria había sido su hermano mayor, y no podía evitar comparar el dolor de su amigo con el que él sentiría de perder a su hermano.
Pero eso no podía decírselo.
—Pide algo de desayunar, me acaban de pagar.
Aunque había otras formas de demostrar su camaradería.
Sabía que Milo lo rechazaría —conocía de sobra ese enorme orgullo suyo—, pero después de unos minutos, aceptando que no tenía dinero ni siquiera para comer, aceptó la oferta de Aioria a regañadientes.
—Sabes que te lo pagaré— le dijo antes de comenzar a comer.
—Sí, sí, lo que sea.
Permanecieron en silencio por varios minutos mientras Milo comía, minutos que Aioria aprovechó para desviar la mirada en dirección de la hermosa sílfide junto a la ventana.
Sus miradas no se volvieron a encontrar hasta que ella se levantó de su mesa, caminando con parsimonia hacia donde él estaba. Aioria tragó saliva con nerviosismo, pensando que quizá se acercaría a él, pero la bella dama solamente se pasó de largo, dirigiéndose a la salida de la posada.
—¿Quién es ella?—dijo Milo sin rodeos.
Su vista había estado en su plato en todo momento, y aún así, parecía que no se le había escapado ni un solo detalle de ese momento tan fugaz.
—¿De quién hablas?—intentó fingir inocencia.
—A mí no me engañas. Conozco esa cara.
Aioria suspiró derrotado.
—No lo sé. No la conozco.
—¿Seguro? Por la forma en que la mirabas parecía como si la hubieras elegido para ser la madre de tus hijos.
—¡No digas tonterías!
Milo tornó los ojos ante su arranque antes de seguir comiendo.
—¿Qué le ves?—preguntó, echando más leña al fuego.
—¿Te quedaste ciego? Es hermosa.
—Ni siquiera la ví, pero caminaba como si fuera la encarnación de una divinidad. No entiendo por qué te gustan las mujeres arrogantes. Incluso tu hermano reprueba tu tendencia a morder más de lo que puedes masticar.
—¡Ella no es…!— se detuvo de repente, dándose cuenta de que empezaba a alzar la voz—. No la conoces.
—¿Y tú sí?
—No—respondió, desviando la mirada—. Pero siento… siento que tal vez le interese.
—Bueno, eres atractivo, no veo por qué no. ¿Ya le hablaste al menos?
—...No.
—¿Por qué?
—Hay algo en ella que no se siente de este mundo… es como si fuera… no lo sé, una sílfide.
Milo se mordió la lengua, intentando no soltar uno de sus habituales comentarios sarcásticos. Aioria le había invitado el desayuno, después de todo. En alguien debía caber la prudencia.
—Ese corazón tuyo, siempre tan apasionado. Espero que un día puedas hacerlo arder por amor y no por ira, amigo mío.
Aioria tenía intenciones de refutar, pero sabía que cuando se trataba de Milo, era difícil ganarle en un enfrentamiento verbal. Optó por cambiar el tema.
—Dices que vienes por trabajo. ¿De qué trabajo hablas?
—Escuché que una familia rica está buscando un cazador. Aparentemente la cita era ayer, pero pienso preguntar por ellos y buscarlos en su mansión.
—Yo digo que busques otro, porque lo acabo de tomar.
—¡¿Qué?!
—Es en serio.
—¡Entonces déjame ayudarte! ¡Repartimos las ganancias!
—¿Cuándo has visto que dos cazadores trabajen juntos? A la mierda, Milo. Búscate otro monstruo. Necesito dinero.
—¡Y yo también!
—Así funciona el negocio… y lo sabes.
Esa mañana se separaron disgustados como en muchas otras ocasiones. Observó a Milo partir hacia el sur, en busca de otro lugar donde pudiera ofrecer sus servicios. Aioria suspiró, deseando en el fondo que la mala racha que arrastraba su amigo desde hace meses finalmente terminara.
Una vez que Milo se fue, se dispuso a rentar un caballo para evitar caminar demasiado, llevándolo a la ciudad para preguntar acerca de la mansión de los Coleman. Los locales parecían renuentes a darles la dirección, incluso había cierto desagrado cada que mencionaba el nombre de la familia, pero después de insistir lo suficiente, finalmente llegó a su destino cuando caía la tarde.
Sin embargo, tan pronto observó hacia donde se encontraba la mansión, no pudo evitar pensar que era una conspiración de los dioses.
—Mierda.
De todas las personas a las que les preguntó por el camino, ni una sola había mencionado que la mansión estaba en la cima de una colina. El viento helado lo golpeaba en la cara solo de mirar hacia arriba, no quería imaginar cómo se sentiría en la cima.
Había un claro sendero que atravesaba el bosque que se extendía hasta la residencia, y la verdad era que el dolor punzante en su rodilla lo hacía sentirse inclinado a tomarlo, pero sus años de entrenamiento como cazador lo convencieron de seguir sus instintos. Así, con todo el dolor de su corazón, tuvo que desviarse para comenzar a caminar en medio de los árboles.
Sus sentidos se agudizaron tan pronto se internó en el bosque, escaneando el suelo en busca de pisadas antinaturales, olfateando el aire intentando detectar algún animal, o mirando entre las copas de los árboles por algún pequeño monstruo que deseara saltarle a la cabeza.
Pero no había nada. O el monstruo se había esfumado o tenía una forma muy peculiar de andar, porque incluso los espectros dejaban rastros que delataban su presencia.
Examinó el terreno durante horas, intentando abarcar lo más posible mientras le rogaba a su pierna que cooperara con él un poco más, pero naturalmente, el agotamiento tenía que cobrar su factura. Un paso en falso y tropezó con la raíz sobresaliente de un árbol sin tener tiempo siquiera de poner las manos, terminando con la cara estampada en el suelo.
—¡Carajo! ¡Maldita sea!—vociferaba mientras intentaba levantarse, pero su cuerpo parecía rebelarse en su contra.
Se acercaba otra ronda de maldiciones cuando de pronto, una elegante mano apareció ante sus ojos, aparentemente intentando ayudarlo. Aioria parpadeó varias veces, confundido, pero el aroma que lo rodeaba era familiar… flores e incienso.
—Soy pesado, no podrás levantarme—dijo en un tono mucho más suave del que solía utilizar, comenzando a sonreír sin darse cuenta.
Sin embargo, solo escuchó un largo suspiro antes de que esa delicada mano se deslizara debajo de sus costillas, girándolo sin esfuerzo hasta que quedó recostado en el suelo.
—¡Qué mier-!
Pero las palabras quedaron atrapadas en su boca cuando se encontró de nuevo con su hermosa sílfide, mirándolo desde arriba con esos tenues rayos de sol que bañaban su cuerpo. Sus cabellos dorados caían sobre su rostro, como aislándolos del mundo exterior para que solo pudiera ver esa cara de ensueño y esos ojos hipnóticos que lo hacían sonreír como idiota. Ni siquiera se dió cuenta del enorme sonrojo que se esparcía por su rostro.
—El golpe debió dejarte tonto—rió su hermosa sílfide.
Era tan hermosa cuando sonreía.
Pero… ¿por qué su sílfide tenía una voz tan grave?
De pronto, la neblina en su mente comenzaba a dispersarse. ¿Cómo es que no se cuestionó antes esos rasgos demasiado angulosos para ser de una mujer? ¿Ni esos hombros amplios aún debajo de esa ropa tan holgada? ¿O su estatura casi tan alta como la suya?
Su sonrisa se desvaneció de inmediato.
—¿Quién diablos eres?—soltó sin un ápice de la suavidad que antes había usado.
La leve sonrisa burlona del extraño también desapareció de su rostro, cambiando a una expresión de absoluta indiferencia.
—¿Para qué quieres saber eso si parece que mi mera presencia te disgusta?
El extraño ignoró la mirada que se clavaba en su rostro, limitándose a escanear el cuerpo del cazador sin ningún tipo de reserva. Después, mientras Aioria permanecía demasiado anonadado como para hablar o moverse, colocó una de sus manos sobre la rodilla lesionada del cazador, arrancándole un gruñido de dolor.
—¡¿Qué estás haciendo?!
—Cállate y déjame hacer mi trabajo.
Aioria, como siempre, estaba dispuesto a luchar con uñas y dientes para alejar a ese hombre que lo trataba tan bruscamente, pero cuando comenzó a sentir una extraña calidez emanando de esa delgada mano, se quedó sin palabras. Era como si la sensación recorriera toda su pierna, aliviando el dolor en sus tensos músculos y en particular, en esa fisura que le causaba tantos problemas.
—¿Eres…— dejó salir un suspiro de alivio mientras el dolor disminuía— un monje o algo así?
—No—respondió sin interés—. Sólo sé un poco de magia blanca.
—¿Vas a arreglar mi rodilla?
—Tanto como pueda. No soy sanador.
Aioria decidió quedarse callado mientras el extraño trabajaba su magia, observando atentamente la forma en que esas cejas rubias se fruncían en concentración. Por su esfuerzo parecía que usar magia de curación escapaba de su experticia.
—Oye— lo llamó después de unos minutos—, ya en serio… Mi nombre es Aioria. ¿Tú cómo te llamas?
El rubio gruñó con fastidio.
—Shaka. Ahora cállate.
El flujo de energía que recorría su pierna de pronto se volvió más intenso, convirtiéndose en un ardor que comenzaba a quemarlo.
—¡Agh! ¡¿Qué ocurre?!
—Por eso te dije que te calles… pierdo el control si me desconcentras.
Puesto de esa manera, Aioria decidió hacerle caso finalmente, cerrando la boca hasta que Shaka terminó de tratar su lesión varios minutos después.
—Bien, está listo—dijo Shaka, limpiando el sudor que se acumulaba en su frente con la mano—. Pero ten cuidado, no aseguro haber soldado el hueso de la misma manera que lo haría un sanador.
Aioria se levantó apenas escuchó la primera frase, flexionando su rodilla con asombro mientras el otro hablaba. El dolor había desaparecido casi por completo, y no sentía ningún impedimento para moverse. En verdad estaba casi como nuevo.
—¡Increíble! Gracias, Shaka. Te debo una.
—Lo sé—afirmó—. Cuando llegue el momento, me serás de utilidad. Hasta entonces, no te mueras.
Aioria se sintió irritado tan pronto esas palabras salieron de su boca. Tenía una forma de hablar tan condescendiente que tenía ganas de cerrarle la boca a golpes. Pero Shaka lo había ayudado demasiado, no le quedaba más que tragarse su enojo.
—Como digas—masculló—. ¿Qué haces por aquí, de todos modos? Hay un monstruo cerca, no es seguro que estés aquí solo.
—Ah, eso— comenzó a caminar por el rincón de bosque en el que se encontraban, analizando el lugar con esos ojos tan agudos—. No te importa.
—¡¿Qué?!
—Lo que estoy haciendo aquí no te interesa. Ya te ayudé, métete en tus asuntos.
—¡Escucha, niño bonito!— lo tomó por el frente de su ropa— ¡Si el monstruo decide venir a cenarte, no te salvaré! ¡¿Oíste?!
—¿Y crees que gritando entenderé mejor tu punto?
Aioria lo soltó de inmediato, casi avergonzado con sus acciones, lo que en realidad lo hizo enojar más. Se acercó a un árbol y decidió descargar su ira con un puñetazo que hizo crujir sus nudillos.
¿Cómo pudo creer que ese cretino era una bella sílfide? Ni siquiera Milo lo irritaba tanto como ese hombre. Era como si conociera las palabras exactas para hacerlo enfurecer.
Se dió la vuelta para confrontarlo, pero cuando lo buscó con la mirada… Shaka ya no estaba.
Por un instante se alarmó, desenvainando su espada de la cintura por si el monstruo decidía atacarlo. Su respiración se profundizó, sus músculos se tensaron mientras buscaba a su alrededor… pero no había rastro de Shaka ni del monstruo.
Llevado por una creciente incomodidad, continúo con su búsqueda por los alrededores de la mansión, sin bajar la guardia ni un solo segundo mientras el sol comenzaba a ponerse en el horizonte. Dentro de poco, el monstruo saldría a cazar.
Buscó durante horas hasta que se dio cuenta que estaba comenzando a caminar en círculos. La frustración lo hacía perder la concentración en sus alrededores, por lo que aprovechó la poca mente despejada que le quedaba para tomarse un momento para calmarse y pensar en su siguiente movimiento.
Pero entonces, mientras la oscuridad bañaba el bosque, observó una tenue luz bajo sus pies, casi imperceptible. Aioria se arrodilló lentamente, alcanzando a escuchar una especie de murmullo que parecía venir de debajo de la tierra. Se agachó de inmediato, poniendo su oreja contra el suelo, y al pasar los segundos, lo escuchó de nuevo.
—¡Shaka!
Sin pensarlo, clavó su espada en el suelo, activando lo que parecía ser una trampa que lo hizo caer por un agujero de varios metros de profundidad hasta una pila de tierra que amortiguó el golpe.
—¡¿Qué haces aquí, imbécil?!—soltó Shaka tan pronto lo vio caer detrás de él.
Aioria se levantó bufando, sacudiendo su ropa y su cabello para sacarse toda la tierra que podía mientras avanzaba hacia el otro hombre que lo miraba con reprobación.
—Vine a salvarte— tosió un poco, intentando escupir la tierra que entró a su boca con el impacto—. Malagradecido.
Shaka volvió a soltar una de esas risitas burlonas que tanto irritaban al cazador.
—¿Lo que dijiste que no harías?
—Maldita sea, Shaka—gruñó, intentando contener su enojo—, ¿siempre eres tan fastidioso?
—Solo con quiénes lo merecen—respondió, dándole la espalda para comenzar a caminar por un sendero oscuro.
—¡¿A dónde crees que vas?! ¡Es peligroso, no podemos ver nada!
Sin intenciones de continuar la discusión, Shaka comenzó a murmurar un encantamiento hasta que una pequeña llama surgió de entre sus dedos, iluminando lo que parecían ser una serie de cuevas interconectadas.
—¿Qué es todo esto?—preguntó el cazador, anonadado.
—Eso es lo que intentaba averiguar.
Ninguno de los dos se volvió a cuestionar la presencia del otro cuando comenzaron a caminar hasta donde convergían todos los túneles. Se miraron con confusión cuando descubrieron que había demasiados como para explorar cada uno de ellos en una sola noche. Necesitaban decidir qué hacer, pronto.
—Shaka, ven aquí— lo llamó el cazador mientras se asomaba por la entrada de un túnel—. Ilumíname.
El rubio se acercó sin objeciones, alumbrando cada rincón alcanzable, pero parecía que el túnel se extendía por varios metros. Era casi imposible distinguir qué habría al final.
—Esto no fue cavado por un humano—afirmó Aioria mientras palpaba las paredes de tierra—, y lo que sea que lo haya hecho… debe ser bastante grande.
—¿Sabes qué es?
—Empiezo a hacerme una idea.
Shaka tenía una nueva pregunta en la punta de la lengua, pero de pronto, Aioria le cubrió la boca con una mano mientras le hacía señas para que guardara silencio. El cazador caminó silenciosamente hacia uno de los túneles, invitando al otro a seguirlo mientras ignoraba su evidente mirada de disgusto.
—¿Escuchas eso?—preguntó Aioria en un susurro. Shaka negó con la cabeza—. Hay alguien abajo.
Shaka ni siquiera había terminado de entender a qué se refería cuando Aioria se internó de lleno en el túnel, avanzando con velocidad hacia lo que sea que hubiera escuchado. Suspiró de nuevo y comenzó a seguirlo.
El trecho que recorrieron parecía interminable, como si el túnel atravesara toda la colina, pero cuando comenzaban a sospechar que todo se trataba de una ilusión, finalmente lo encontraron: el final del túnel, y recargado sobre el muro, un cadáver.
Aioria salió disparado hacia él para averiguar lo que había pasado, con Shaka detrás de él para alumbrar su camino. El cazador se acercó lentamente al hombre, observando la enorme herida en su abdomen, la piel abierta y sus órganos completamente visibles. Se lo habían comido vivo.
En su vida había visto innumerables escenas como esa—incluso peores—, pero el horror, la desolación y la desesperanza que sentía nunca desaparecían. Miró el rostro del hombre con tristeza, intentando encontrar más en él que las innumerables heridas que casi lo hacían irreconocible.
Pero de pronto, la boca del cadáver se movió.
—E-Es…— la voz del hombre sonaba tan áspera que era difícil descifrar lo que decía.
Aioria se echó para atrás por la sorpresa, pero la mano de su acompañante sobre su hombro lo hizo volver su atención a él.
—Creo que lo reconozco—dijo Shaka, mirando fijamente lo que quedaba de aquel hombre moribundo.
—¿Quién es?
—Usted… es… cazador.
Ya lo recordaba. Fue como un balde de agua fría sobre su cabeza. El muchacho de la posada.
Se acercó de nuevo a él, revisando con desesperación lo que quedaba del joven mozo, intentando buscar la forma de ayudarlo.
—¡Niño!— lo tomó de la mano con fuerza, intentando mantenerlo despierto— ¡¿Qué ocurrió?!
—Ya no… ella…
Sus pulmones parecían silbar cada vez que intentaba articular una palabra, sus facciones contrayéndose por el dolor. Ni siquiera había terminado la frase cuando el muchacho comenzó a toser sangre estrepitosamente, sus ojos llenándose de terror al comprender lo que le estaba ocurriendo.
Tan rápido como pudo, Aioria tomó uno de sus brazos y lo colocó sobre su hombro, intentando levantarlo.
—¡Aguanta, niño, te sacaré de aquí!
Sin embargo, la mano de Shaka se posicionó sobre el pecho del joven, deteniendo sus intenciones. Entonces, antes de que Aioria pudiera preguntar lo que hacía, comenzó a recitar alguna especie de hechizo desconocido para los oídos del cazador.
Una luz pálida comenzó a brillar en donde su mano hacía contacto sobre el joven, y como si tirara de un hilo, comenzó a atraer esa luz con su mano hacia afuera de su cuerpo. El mozo comenzó a convulsionar, sus ojos llenándose de lágrimas mientras el cazador intentaba descifrar lo que ocurría.
Entonces, el cuerpo en los brazos de Aioria perdió todas las fuerzas, dejando de respirar.
—Tú…— sus ojos furiosos se fijaron en la expresión indiferente de Shaka— ¡Lo mataste!
Dejando caer el cuerpo, se lanzó directo hacia Shaka, dispuesto a impactar sus puños en su bello rostro de una vez por todas, pero a pesar de su aparentemente frágil constitución, esquivaba cada uno de sus golpes con facilidad.
—Sí, lo maté— soltó una carcajada que resonó en las paredes del túnel—. Arranqué su alma de su cuerpo para acabar con su sufrimiento. ¿Cuál es el problema?
—¡Pudimos salvarlo!— sus golpes se detuvieron, su rostro cambiando de la rabia a una profunda impotencia—¡Pudimos…! Pudimos hacer algo.
—¡No seas ingenuo, Aioria!— le alzó la voz por primera vez—. Míralo bien, ¡Míralo y dime que tenía salvación!
—Eres un hombre cruel, Shaka.
—Se llama misericordia. A veces es más gentil ofrecerles una muerte digna que dejarlos agonizar para “salvarlos”.
—¿Y quién eres tú para decidir eso?
—No necesito la autorización de nadie. Actúo bajo mis propios principios. Igual que tú.
Aioria apartó la mirada de esos ojos que parecían ser capaces de mirar hasta su alma. Estaba molesto con Shaka, por la forma despiadada en la que actuaba, pero sobre todo, con él mismo por haber esperado algo más de él. Pero la culpa era solamente de él por siempre esperar lo mejor de las personas —o al menos, eso decía Milo.
Shaka, completamente ajeno al desorden que había generado en la mente del cazador, pasó a su lado para comenzar a analizar de cerca las paredes de tierra a su alrededor.
—Tenemos que irnos— lo llamó al notarlo aún sumido en sus pensamientos.
—No—dijo con voz contenida, haciendo de lado su enojo para concentrarse en lo que estaba haciendo allí—. Aún no he encontrado al monstruo.
—El monstruo ya comió, no volverá hasta que sea invocado de nuevo.
—¿Invocado?
Shaka se acercó de nuevo al cuerpo del muchacho que yacía sin vida en el suelo, levantando una de sus manos para mostrarle a Aioria la marca que había sido tallada en su piel.
—No tenía eso cuando hablé con él ayer—dijo Aioria con confusión.
—Es una marca de sacrificio. Lo ofrecieron deliberadamente a lo que viva aquí abajo. No volverá hasta que se le ofrezca uno nuevo.
Aioria se tensó de pies a cabeza solo de imaginar que alguien era capaz de algo así, y Shaka pareció adivinar rápidamente lo que pasaba dentro de su mente, interrumpiéndolo antes de abrir la boca.
—Antes de que empieces a hablar de la justicia y los principios quebrantados de la humanidad, tenemos que salir de aquí.
—¡Yo no iba a…!
—¡Arriba!—señaló el rubio—. Hay una trampilla, podemos salir por ahí.
El cazador analizó con cuidado la tenue luz que venía desde arriba, a unos metros del suelo. Quizá con unos golpes podrían abrirla. Rápidamente sacó su espada de la vaina, entregándosela a Shaka en las manos antes de arrodillarse frente a él.
—Sube a mis hombros, quizá puedas alcanzar la trampa con la espada.
Shaka no dijo nada antes de hacer lo que se le pidió, intentando mantener el equilibrio mientras Aioria lo levantaba con facilidad.
—Dioses, eres muy ligero.
—Ya entendí que eres muy fuerte— se burló mientras se estiraba con la espada en mano, comenzando a golpear las tablas de madera que cubrían la salida.
Mientras lo hacía, cubría sus ojos para que la tierra que caía desde arriba no afectara su visión, pero cuando dió el último golpe, las tablas se vinieron abajo, así como un montón de tierra que lo hicieron perder el equilibrio, inclinándose hacia adelante hasta ser atrapado en brazos del cazador.
—¿Estás bien?—murmuró Aioria con una evidente preocupación en su voz.
Dejó a Shaka sobre el suelo e intentó retirar toda la tierra de su rostro con cuidado, pero parecía que algo había entrado a sus ojos. Se acercó más a él para examinarlos de cerca, pero en cuanto esos párpados se abrieron, se encontró de nuevo con ese cielo despejado que lo hacía quedarse en blanco. Su corazón se aceleró, la temperatura en su rostro aumentó, todo en él parecía reaccionar en sobremanera a esos ojos hechizantes de Shaka, haciendo que le fuera difícil moverse.
—¿Qué ocurre?—habló en voz baja al notar el rostro de Aioria tan cerca del suyo.
Escuchar de nuevo su voz pareció devolver a Aioria a la realidad. Se alejó de inmediato de él, molesto de nuevo consigo mismo por su reacción.
—Ya que estás bien, ven acá. Te doy un impulso.
Shaka contuvo la risa ácida que se aproximaba a sus labios y enfocó su vista en las manos unidas del cazador, comprendiendo su plan. Se apoyó en uno de los hombros de Aioria mientras apoyaba su pie en sus manos para ser impulsado de un movimiento hacia el hueco encima de ellos. Cuando alcanzó la orilla, usó toda la fuerza en sus brazos para lograr salir de ahí.
—¡Bien, ahora súbeme!—gritó Aioria desde abajo.
—¿Sabes qué?— se asomó Shaka por el agujero—. Estoy tentado a dejarte ahí.
—No puedes ser tan hijo de puta— Aioria lo miró, desafiante.
Shaka lo miró de arriba a abajo con arrogancia antes de desaparecer de allí sin decir nada.
Aioria se quedó completamente pasmado. En verdad lo dejó.
Tardó varios minutos en sobreponerse a su incredulidad, pero de nuevo, la ira fue lo único capaz de obligarlo a reaccionar, incitándolo a buscar la manera de salir —no sin soltar otra ronda de maldiciones antes de eso—. Debía recordar salir con una cuerda para su próxima misión.
Sin embargo, cuando estaba dispuesto a volver por el túnel para buscar otra salida, notó cómo una cuerda caía desde arriba, al mismo tiempo que una cabellera rubia se asomaba de nuevo.
—Vamos, ya puedes subir—dijo Shaka, como si no hubiera estado a punto de matar a Aioria por la rabia.
—¡¿A dónde demonios fuiste?!— le reclamó mientras comenzaba a ascender por la cuerda.
—A buscar algo para subirte. No tengo un tronco tan largo para alcanzarte desde aquí.
Cuando Aioria finalmente estuvo afuera, luchó contra el impulso de estrangular ese delgado cuello con sus propias manos, enfocándose en el nuevo escenario en que se encontraban: los establos. Así debió ser como el chico cayó en la trampa.
—Debo buscar más pistas— se dijo a sí mismo mientras se incorporaba.
—No seas tan cabeza dura— Shaka lo detuvo antes de que saliera a seguir explorando el lugar—. Todos en la mansión están durmiendo. Si alertas a alguien, nos sacarán de aquí con palos y piedras, incluso pueden entregarte a la guardia.
—Tengo una misión que…
—Puedes hacerlo mañana, cuando ofrezcan a alguien más para alimentar al monstruo.
Aioria lo pensó seriamente, pero cada vez sonaban más razonables las palabras de Shaka. No encontraría al monstruo esa noche, y mientras no pudiera hablar con los habitantes de la mansión, no podría descubrir lo que estaba pasando.
Hizo una mueca de frustración antes de comenzar a caminar a la salida, Shaka detrás de él. No se volvieron a dirigir la palabra mientras caminaban por el sendero que descendía hasta la parte más baja de la colina, donde Aioria había dejado su caballo.
Se miraron con incomodidad unos instantes, Shaka dispuesto a darse la vuelta y emprender su camino de regreso, pero Aioria no pudo evitar detenerlo desde el caballo.
—Sube. Vamos al mismo lugar de todos modos.
Shaka no dijo nada, solo tomó la mano de Aioria y montó detrás de él todo el camino hasta la posada, en completo silencio.
Cuando llegaron a su destino, le agradeció al cazador antes de bajar del caballo, dirigiéndose a la entrada del establecimiento.
—¡Oye!— Aioria se apresuró detrás de él, deteniéndolo antes de entrar—. Quieres… ¿Te invito a cenar algo?
—¿Cómo dices?— alzó una ceja con genuina confusión.
—Escucha… me ayudaste el día de hoy. Al menos… Déjame invitarte algo.
—Gastas tu dinero con mucha indulgencia, para ser un cazador.
—¡Sólo dime sí o no!—soltó sin intenciones de alzar la voz, pero comenzaba a sentirse avergonzado por no recibir una respuesta clara.
—No suelo comer tan tarde, pero te puedo aceptar una bebida en el bar.
Aioria reconsideró sus opciones. Él no era un ávido bebedor como otros cazadores que conocía. De hecho, su tolerancia al alcohol no era muy buena… pero prefería enfrentarse a un dragón antes de confesarle eso a Shaka.
—Está bien— se dirigió a la entrada con fingida tranquilidad, dejando la puerta abierta para Shaka—. Pide lo que quieras.
Había pensado en una solución de lo más sencilla: pediría una cerveza y la tomaría tan despacio como pudiera, tal vez incluso podía soportar dos, lo suficiente para que Shaka estuviera tan ebrio como para burlarse de él.
Pero era más fácil decirlo que hacerlo.
Shaka resultó ser un excelente compañero de tragos. No era muy hablador, pero sus comentarios inteligentes, y en ocasiones sarcásticos, aligeraban la extraña tensión que Aioria no podía ignorar desde la mañana. Sentía cierta tranquilidad a su lado, hablándole de sus anteriores misiones, los monstruos que había derrotado y sobre sus compañeros, siendo esto último lo que dio pie a que ambos pudieran burlarse un poco de ellos.
Así, para la media noche había bebido casi el doble de lo que había planeado, y el suelo ya comenzaba a moverse bajo sus pies. Y como para pisotear más su orgullo, se dio cuenta de que Shaka no parecía afectado en absoluto, aún cuando había bebido más que él.
—No puedo creer que aún no estés borracho—soltó con frustración, el alcohol ayudando a su boca a actuar más rápido que su cerebro.
Shaka lo miró con una sonrisa fastidiosa.
—¿Quién dice que no lo estoy?
—No lo pareces… para nada.
—En realidad, no me atrevo a levantarme de esta silla por miedo a caerme de espaldas.
Ambos se miraron brevemente antes de comenzar a reír como si estuvieran ante la mejor comedia de sus vidas. Ya no recordaban por qué reían, pero no podían parar, ni siquiera cuando un alboroto se desató detrás de ellos. Fue hasta que notaron una luz brillante a sus espaldas que finalmente voltearon para ver qué ocurría.
Al parecer, el abrigo de un hombre se había prendido en llamas mientras estaba parado demasiado cerca de la chimenea. Corría por todo el bar intentando apagar el fuego, contagiando el pánico entre todos los presentes, quienes se abarrotaban en la entrada del bar para poder salir de allí.
—¡Maldita sea, sabía que esto pasaría!—gritó Aioria mientras se levantaba de su asiento en dirección del hombre asustado— ¡Quítate el abrigo!
El hombre pareció escucharlo dentro de su pánico, luchando con su abrigo hasta que fue capaz de quitárselo y lanzarlo al suelo. Mientras tanto, Aioria corrió hasta la barra, gritándole al tabernero hasta que le entregó una jarra de agua en las manos que derramó sobre la prenda en llamas tan rápido como pudo.
El fuego retrocedió un poco, pero el líquido no fue suficiente para apagarlo por completo, así que, desesperado, se apresuró hacia una de las ventanas cerrada a piedra y lodo y la abrió con un par de empujones, regresó por el abrigo y lo lanzó hacia la delgada capa de nieve que había afuera de la posada, observando cómo se apagaba poco a poco.
Hubo un silencio sepulcral cuando todo terminó, algunos comenzaron a temblar cuando el aire frío de afuera irrumpió en el cálido bar. Parecía como si todos hubieran entrado en una especie de estupor luego de ese episodio tan estresante… al menos hasta que el hombre que se había incendiado inicialmente se acercó al rabioso cazador.
—¡Muchacho, elige lo que quieras beber!— pasó su brazo sobre su hombro con confianza— ¡Yo invito!
—¡Una mierda con eso!—bramó mientras se lo quitaba de encima—. Me largo antes de que todo el bar termine hecho cenizas.
Ignorando los vítores de todos los borrachos que celebraban su aparente acto de heroísmo, salió huyendo del lugar, desesperado por volver a su habitación. Sin embargo, tan pronto puso un pie en el primer escalón, recordó algo importante: había dejado a Shaka.
Se dió la vuelta de inmediato, dispuesto a ir a buscarlo, pero apenas dió un par de pasos cuando fue atraído de un jalón a lo que parecía ser una bodega, topándose de frente con él.
—¿A dónde crees que ibas?— le dijo con evidente indignación.
—Lo siento, ya no soportaba estar ahí— se excusó, pero la expresión dura de Shaka no se relajaba—. Me enfada saber que fueran tan descuidados y estúpidos.
—Y aún así los ayudaste… no tiene sentido.
Aioria se encogió de hombros, sin idea de qué más decir.
—¿Qué más se supone que hiciera?
—Eres bastante blando para ser un cazador—dijo Shaka con una ligera sonrisa que le puso los nervios de punta.
No sabía si era su tono, el efecto que tenía en él, o el simple hecho de que le señalara aquello que tanto había luchado por ocultar.
—No soy blando, es solo que tú no tienes corazón—soltó sin pensar.
Shaka pareció convertirse en una pintura, inmóvil y con una expresión tan indiferente que Aioria entendió de inmediato que eligió mal sus palabras. Ni siquiera pudo rectificarse cuando ese rostro tan sereno adoptaba una sonrisa torcida antes de reír con acidez.
—En verdad me enfermas—masculló antes de tomar el camino que había seguido el cazador para subir a su habitación.
Aioria repitió lo que acababa de ocurrir en su mente una y otra vez, intentando justificar todo lo que había dicho hasta ese momento. No era la primera vez que le decía algo así en su cara, pero sí la primera que lo hacía con tanta intención.
El remordimiento por sus acciones crecía más y más, hasta que se volvió intolerable. Salió disparado detrás de Shaka, siguiendo de cerca esos largos mechones rubios hasta que lo alcanzó al final de las escaleras del primer piso, tomándolo del brazo para que no se fuera.
—Espera, Shaka—jadeó—. Yo no quise…
—No soporto a las personas falsas como tú—escupió bajo la mirada atónita del cazador.
—¿Falsa?
—Para ser alguien tan transparente con tus emociones, te gusta engañarte a ti mismo.
—¡Yo no…!
—Eres blando, Aioria— lo interrumpió—, y no lo digo como un insulto. No importa qué tan rudo intentes verte, todos son capaces de ver a través de ti. Por eso te tratan como un idiota, y esto sí lo digo como insulto.
—Y tú eres cruel y despiadado—dijo, devolviéndole el trato con la misma voz venenosa—. Te metes en los asuntos de los demás pero no eres capaz de mover un dedo por su bien.
—Lo sé— se rió en su cara—, pero no pretendo ser lo que no soy. En cambio tú… dime, ¿Cómo te lesionaste la rodilla?
—Acabando con unos bandidos, pero no sé qué tiene que ver eso con…
—¿Por qué un grupo de bandidos se molestaría en atacarte? No tienes más a tu nombre que una espada vieja y un abrigo hecho jirones. ¿A quién intentaste ayudar en el camino?
—No sé de qué hablas— evadió su mirada con incomodidad.
—Cuando venía de camino a esta ciudad, me encontré a un anciano y a su nieta a la orilla del camino. Por supuesto, me pidieron que los ayudara con algo de dinero. Eran comerciantes, pero les robaron toda su mercancía a excepción de un par de cajas y un caballo bastante alterado— Shaka se acercó a su rostro, buscando su mirada esquiva—... He escuchado que las patadas de caballo son muy dolorosas.
—¿Entonces me estás juzgando por intentar ayudar a alguien? No puedes ser tan...
—No, pero sí por ingenuo— lo interrumpió de nuevo—. Te engañaron. Todos ellos, incluidos el anciano y la niña, estaban coludidos. Así le roban a los viajeros de buen corazón… como tú.
—¿Cómo puedes saber eso?
—Porque yo no creo ciegamente en la bondad de las personas. Por eso no puedo soportar a quienes se engañan a sí mismos y terminan cayendo en las trampas de otros mentirosos que ven a través de ellos— tomó a Aioria del mentón para que lo mirara a los ojos—. Deja de mentirte, no te soporto. Acepta que eres blando, ingenuo.
Aioria sentía que cada una de las palabras de Shaka cosquilleaban su oído, adormeciendo su razón que ya se encontraba debilitada por el alcohol. Siguió con la mirada la forma en que sus labios se movían, enunciando cada palabra. Su corazón latía sin control, exacerbado por ese agradable aroma que lo rodeaba.
—Acepta… lo que en verdad deseas.
Deseo . Deseaba demasiado como para poder pensar con claridad.
La última palabra que abandonó los labios de Shaka pareció ser su señal para adueñarse de ellos, besándolo con tanta urgencia que el rubio se aferró a su camisa con fuerza, desesperado por respirar cada que Aioria se separaba lo suficiente de sus labios, pero sin la suficiente voluntad como apartarlo.
Aioria se sujetó rápidamente a su cintura, llevándolo lentamente hacia una de las paredes donde lo atrapó con su cuerpo. Sus besos eran feroces, casi iracundos. Mordía sus labios con posesividad mientras sus manos se deslizaban por su cuerpo sin refreno, buscando alguna forma de colarse debajo de su ropa.
Shaka se sentía mareado, quizá por el alcohol, quizá era la falta de aire, o quizá era el hombre que se tomaba demasiadas libertades con su cuerpo. Pero no pudo evitar sonreír.
—Al fin conozco…—jadeó cuando los labios de Aioria llegaron a su cuello— al verdadero tú.
Las cosas no hacían más que escalar en ese rincón de la posada, donde los besos ya no eran suficientes para contener el deseo que los consumía, y donde las manos encontraban caminos peligrosos que arrancaban de sus gargantas sonidos que amenazaban con delatar su ubicación.
Tuvieron que separarse, con un dolor comparable al de alejarse de una chimenea en una noche de invierno. No hubo palabra alguna, sin embargo, una sola mirada fue suficiente para acordar su siguiente movimiento.
El camino del primer al último piso de la posada parecía más un sueño lejano que algo que en realidad habían hecho a plena consciencia. Sus mentes estaban demasiado enfrascadas en la presencia del otro a su lado como para pensar en otra cosa.
Cuando la puerta de la habitación de Aioria se cerró, las fachadas finalmente se derribaron.
Aioria descubrió que todo lo que había imaginado de Shaka no era más que una ilusión… y no pudo estar más feliz por eso.
Sus cabellos no eran de plata, sino de oro, y no lucían tan hermosos flotando al viento como sí lo hacían escurriendo como agua por su almohada. Sus labios no eran coquetos y carnosos, ni su voz dulce y melodiosa; eran delgados, un poco resecos, y sabían amargos como las palabras que pronunciaban, pero al menos los sonidos que producían eran lo más encantador que había escuchado. Su cuerpo no estaba conformado por curvas encantadoras y suaves al tacto, sino por bordes filosos que lo cortaban cada que lo sostenía con fuerza, y aún así, no se atrevía a soltarlo.
Pero lo más contradictorio era que, a pesar de encontrarlo desagradable y no querer más que borrar esa sonrisa retorcida a golpes, lo había poseído con tanta ternura como jamás lo había hecho con nadie más.
