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El deseo de no sufrir de una insolación es tan raro, ¿no? De todos los miedos que puede tener un ser humano, el dañarse bajo un rayo de sol no es el más común. Tal vez un miedo superficial más absurdo del que sería la oscuridad o sombra, porque al final del día, estamos todos cubierta por ella, abrazados por la luz de la luna en medio de una penumbra. Todos buscamos esa oscuridad para reconfortarnos, una salida.
—¡Abel!—Fue espetado con autoridad, una voz melodiosa al final.—Por favor llama a tu hermano, la comida está lista.
Asintió de forma obediente antes de desaparecer del marco de la cocina para ir directo al jardín. Era una casa pequeña pero llena de naturaleza, naturaleza que la hacía lucir sombría desde ojos laterales.
Pero podía ser aun más oscura.
Ni siquiera recuerdo cuándo comenzó a parecerme una casa tan molesta, una casa tan fría y a la vez, llena de vida.
Tomé su mano y me dejé guiar al interior donde el calor de la cocina se expandía por cada rincón pero... Mi piel no se calentaba.
Con un abrazo lleno de complicidad, el esmeralda de sus ojos me brindó la calidez que no me provocaba ni el fuego directo de la chimenea.
La cotidianidad de ese hogar era perturbadora, el color amarillento de la luz y el olor a comida recién hecha... Eran tan monótonos que lo único que lograba siempre cautivarme era el color castaño de sus cabellos siempre alborotados, con esos matices que tendían a un rojo que nunca podría cansarme de admirarlos.
Mirarlo era ver un reflejo de mí, un reflejo que aunque el mío propio lucía tan escaso de encanto, en él todo parecía una obra perfecta.
—Hey... ¿Te sientes bien hoy? Tu mirada divaga más de lo usual.—Con una sacudida de las palabras que escribiría más tarde, miré hacia arriba con un rostro indiferente, la voz no era digna de mi escucha.
—Sí, sólo no dormí bien.
—Seguro te desvelaste viendo tus idioteces en la televisión otra vez.—Esa clase palabras dejaron de ser hirientes a pesar del tono con el que fueron escupidas.
—¿Idioteces? ¡Pero a mí también me gustan!—Respondió una voz más digerible, haciendo que mi corazón sonriera él mismo.—¿Entonces tienen algo de malo?
Sin poder defenderse del argumento de la estrella, la conversación llegó a su fin, sin afán de querer reavivarse mientras el ruido molesto de cubiertos contra la cerámica llenaban el vacío de las palabras.
Una vida arraigada a la rutina que se llevaba lo más despreciable de mi respiración a cada segundo en el que mis pulmones se hinchaban.
Despertar e ir a la escuela, perdiendo un ápice de cordura al mirar mi persona en el vidrio reflectante para la luz melancólica del baño; hasta que iba caminando por el asfalto, riendo de vez en cuando mientras Abel daba vida al sol que osaba quemar nuestras pieles.
—Oye, Caín.—Con voz melodiosa mientras alzaba la mirada hacia mí, comiendo de un trozo de pan de naranja recién horneado por mamá.— ¿Crees que podrías acompañarme a comprar un par de tennis nuevos? Saliendo de la escuela, claro.
—¿Gano algo a cambio de hacerlo?
—¡Pasar tiempo con tu hermano, duh!—La voz salió con obviedad mientras un brazo pesado caía en mis hombros de manera fraternal, con una risa adornando el momento.—Pero si tanto te molesta, te compraré un helado como propina.
—Espero que te alcance para un litro de cereza oscura.—Aunque mis palabras salían con molestia fingida, en el fondo mi corazón rebosaba de alegría.—Y tal vez otro de vainilla.
—No te quedes corto con tus exigencias.
Y bajo la promesa de más tiempo fuera de esa casa, el día en la escuela fue más llevadero pero tortuosamemte lento, contando cada segundo hasta que el timbre sonara, liberándome de otra carga behemente para sentirme liviano en su compañía.
—¿Qué tarea tienes?
—Ecuaciones y más ecuaciones.
—Pfff... Al menos sabes resolverlas, ¿no?
—Pero no tengo ni el mínimo de ganas de hacerlo. ¿No quieres ayudarme?
—Para nada.
—¡Caín!—Se quejó de forma casi infantil mientras se rendía y hacía un sonido de derrota que retumbó en su garganta. Provocando una risa burlona de mi parte para él.—No es justo, cuando eras más pequeño te ayudaba con tus tareas de matemáticas.
—Eran sumas y restas, nada que ver.—Refuté con burla en mi rostro antes de dar un empujón juguetón en su hombro.—No pretendo hacer tarea de un chico de diecisiete.
Abel se rindió finalmente antes de suspirar y comer de su paleta de frutos rojos, el jugo manchando sus labios carnosos hasta congelarlos y darles vida. Mirando de reojo, me burlé mientras admiraba de forma discreta su naturalidad y rasgos.
Siendo todo lo que yo no podía ser.
A pesar de ser tan parecidos.
En la soledad cargada de mi habitación, tomé el diario y comencé a escribir de nuevo, la tinta no deja rastro de mis pensamientos genuinos a pesar de que las palabras están naciendo una por una en las hojas pulcras.
¿Qué más debería hacer?
