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El pez y la luz

Summary:

Mateo y Pedro discuten por unas sandalias. Para Pedro fue una falta de respeto; para Mateo, una forma de poner orden.
Mientras el conflicto crece, Mateo recuerda un pez de madera que talló en su infancia, símbolo de consuelo en medio del ruido.

Por primera vez, intenta explicar cómo funciona su mente. Pedro no lo entiende del todo, pero escucha. Y ese pequeño puente, hecho de honestidad, lo cambia todo.

Notes:

El recuerdo lo sostiene, y lo empuja a algo poco común en él: dar un paso hacia el otro.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:


El día comenzó con el cielo despejado, el sol en lo alto, pero Mateo no confiaba en él.

La luz podía cambiar sin previo aviso: podía esconderse detrás de una nube, curvarse bajo las ramas, o simplemente desaparecer durante una tormenta. El mundo era impredecible, con variables, un desorden con orden. Y ese pensamiento le provocaba una tensión en el pecho, como si llevara una cuerda enrollada alrededor de las costillas.

Estaba sentado en una piedra cerca del campamento, escribiendo meticulosamente en su tablilla los acontecimientos del día. Cada letra es precisa, cada espacio exacto, o al menos eso intentaba. Al parecer, escribir sobre sus piernas, encorvado, bajo el sol, con tierra entre los dedos, no era lo mismo que estar en su antiguo hogar, con su mesa hecha a la medida, con la altura y distancia adecuadas para que sus brazos descansen, con una silla recta pero no menos cómoda y alejado de toda distracción.

 El ex recaudador de impuestos solo se limita a suspirar y negar con la cabeza, no tenia sentido recordar lo que ya no tenía, lo que nunca fue suyo. Ahora tenia más, todo por Él .

Sintiéndose extrañamente más animado, procedió a seguir con su escritura.

Fue entonces cuando Pedro gritó.

—¡¿Qué haces con mis sandalias?!

Mateo se estremeció ante el sonido, sus puños se encerraron y se movieron cerca de su pecho, encorvándose al tal punto de sentir su mentón rozar con la línea del cuello de su túnica. Era un reflejo involuntario, puesto es práctica desde su niñez, cuando buscaba pasar desapercibido, especialmente en aquellos días cuando su padre llegaba después de un mal negocio con un cliente, donde su mal humor infestaría su hogar como de si una plaga se tratase.

Lentamente levantó la mirada, observando como Pedro se acercaba, su andar fuerte, sus brazos tensos que se movían con cada paso que daba, siempre en una posición defensiva, listo para saltar a una pelea. Y tal vez lo estaba, si el pequeño vistazo que le dio a su rostro no se equivocaba, cejas fruncidas, una mueca en sus labios, ojos encendidos por la molestia.

En momentos como este, Pedro le recordaba mucho a su padre.

Un pensamiento desagradable que no dejaba de rondar en su cabeza.

—Estaban mal orientados respecto al sol —sus palabras fueron claras, pero su mandíbula tensa le impedía hablar con rapidez — La luz no alcanzaba la parte interna. Las reubiqué para que se secaran correctamente.

Sus ojos pasaban de los pies de Pedro a las sandalias expuestas al sol a unos pocos pasos de ellos. Las habías notado cuando despertó, siempre el primero de todos en levantarse, simplemente vio un problema, sandalias mojadas, y una solución, moverlas para un secado rápido.

Pedro bufó, una risa incrédula cargada de algo más cruel.

—No me importa el ángulo del sol, Mateo. Me importa que no toques mis cosas sin preguntar. ¿Acaso no piensas?

Lo vio acercarse, vio como tomaba las sandalias y las agitaba en el aire, vio como su boca se movía, pero no captaba las palabras, solo sabia que Pedro, como el hombre impulsivo que era, comenzó una disputa, tal vez sobre respetar las cosas ajenas, tal vez sobre la importancia de preguntar antes de actuar. No estaba seguro, el solo sabía que el hombre estaba gritando.

Mateo parpadeó una vez, dos veces. Muy despacio. Sintió que el aire se volvió más denso. Una opresión invisible empezaba en el centro de su pecho. Era demasiado. Demasiadas palabras, demasiado volumen, demasiada energía sin forma. Le costaba respirar.

Y fue entonces cuando recordó.


Tenía ocho años. La vida era más sencilla y su visión del mundo más limitada.

La madera olía a humedad, y bajo la mesa, el mundo era más estrecho, más seguro. Su padre discutía con un vecino en la otra habitación, los gritos atravesaban las paredes, deslizándose en su cuerpo como arañas invisibles. Mateo se había llevado las manos a los oídos, pero no era suficiente.

En su regazo, un pez de madera.

Lo había tallado con paciencia, usando un cuchillo pequeño que su madre no sabía que había tomado. El pez tenía una aleta dispareja, una cola demasiado redonda, y un ojo negro pintado con hollín. Pero era suyo. Silencioso. Incomprendido, justo como él.

Mientras los adultos discutían sobre deudas, dinero, cosas que aún no comprendía, Mateo hizo nadar al pez en el aire, como si pudiera llevarlo lejos, muy lejos, hacia un río que no existía.

"El pez no gritaba. Nadaba. Siempre en silencio”

Ese fue el primer objeto que amó.


Pedro seguía hablando, aunque las palabras no eran registradas por su cerebro. Eran solo masa sonora, como el rugido de las olas del mar.

Aún podía sentir al pez de madera entre los dedos.

—¿Me estás escuchando, Mateo?

Esta vez, Mateo no se escondió. Dio un paso al frente.

—Lo que hice tuve lógica. Pero no tuve tu permiso.

Pedro se detuvo. Su boca seguía abierta, pero no salió ningún sonido. No esperaba eso.

—¿Eso es una disculpa? —preguntó Pedro, sin sarcasmo.

—Es una afirmación que reconoce tu incomodidad. Y mi error.

Pedro bajó la sandalia.

—Eso… eso es lo más parecido a una disculpa que has dicho desde que te conozco —su cuerpo se relajó, su voz más calmada.

Mateo resistió el impulso de suspirar de alivio.

—¿Es suficiente?

—Casi —dijo Pedro, cruzándose de brazos —Pero ¿por qué hiciste eso? ¿De verdad fue por el sol?

Mateo lo miró por fin a los ojos. Fue incómodo, pero necesario.

—Cuando las cosas están fuera de lugar, mi mente... no está bien. Es como si estuviera atrapado en una habitación con muebles invisibles. Cada objeto fuera de sitio me empuja hacia una pared. Pero si coloco las cosas como deben estar… puedo respirar.

Pedro se frotó la cara. El silencio entre ellos no era cómodo, pero tampoco hostil.

—Eso suena… agotador.

Mateo bajó la mirada.

—A veces lo es. Pero también veo cosas que otros no ven.

 —¿Cómo qué?

—Como la forma en que tu sombra se curva cuando caminas contra el sol. El cómo tus pasos dejan patrones sobre la tierra. Es... armonioso. Como si estuvieras hecho para moverte en caos, y yo para recordarlo.

Pedro lo miró sorprendido.

—Nunca pensé que alguien pudiera decir algo bonito sobre mis pies.

Y luego, para sorpresa de ambos, comenzó a reír. No una risa burlona, sino una verdadera, que lo soltó por dentro.

Mateo no río. Pero en su mente, el pez nadaba en círculos suaves. Ya no bajo la mesa. Ahora, bajo la luz del sol.

Y esa luz, aunque inestable, por un instante… no le daba miedo.

Notes:

Mi primer fanfic del fandom. Espero les guste. :)