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La lluvia golpeaba con suavidad los vitrales verdes de la sala común de Diasomnia, tiñendo la luz con un resplandor esmeralda. El silencio reinaba entre los muros góticos, roto solo por el leve crujido del fuego y el susurro del papel al deslizarse entre los dedos de Malleus. Sentado con porte regio en el sillón más amplio, sus ojos se paseaban con atención por cada línea escrita con tinta escarlata, como si la carta que tenía en manos contuviera un secreto del mundo antiguo.
—Así que finalmente ha llegado... —murmuró, con una tenue sonrisa dibujándose en su rostro normalmente impasible—. La Noche de San Juan... Y una representación conmemorativa, ¿eh? Me parece fascinante. —sus ojos centellearon— ¿Qué clase de obra es?
De pie a unos pasos, Thanael, aún con restos de nerviosismo en el rostro, se inclinó levemente, pues le habían advertido de no ser grosero o terminaría a las brasas por haber ofendido al príncipe del Valle de las Espinas. A su lado, Silver se mantenía erguido y sereno, mientras Sebek, cruzado de brazos, o le quitaba la mirada de encima al segundo visitante, uno que usaba unas alitas para cubrirse parte del rostro.
—Es... una tradición que Dark Mountain Academy se encarga cada cincuenta años —respondió Thanael—. Montamos una representación para conmemorar la guerra entre humanos y demonios... aunque —bajó la voz con cierta vergüenza—, sinceramente, no creo que vaya a estar a la altura de las expectativas.
Malleus ladeó el rostro, curioso. —¿Y por qué lo dices? Si es algo tan único, no debería tomarse a la ligera.
Thanael tragó saliva, pero antes de que pudiera responder, el chico que le acompañaba se aferró al brazo del pelinegro como si su vida dependiera de ello. Era Hipnel, temblando visiblemente bajo la intensidad de Sebek.
—¡Porque somos horribles! —exclamó, sin rodeos—. No tenemos experiencia en teatro... ¡todos los ensayos, salvo la música, han sido un desastre! ¡Un desastre total!
Una carcajada ligera resonó desde el rincón. Lilia, recostado despreocupadamente sobre el respaldo de un sofá, observaba la escena con los ojos llenos de nostalgia.
—Vaya, parece que eso no ha cambiado nada —comentó con una sonrisa traviesa—. Recuerdo la primera vez que vi esa representación... ¡Hubo un incendio a mitad del segundo acto! En la siguiente, el actor que hizo de Rey de la Montaña se cayó por las escaleras y terminó enyesado hasta el cuello.
—En nuestro caso —interrumpió Thanael—, el accidente fue con el General del ejército humano... se cayó de su caballo en el último ensayo. Fue bastante... lamentable.
Silver frunció el ceño. —¿Y por qué no le piden ayuda a Ojito-senpai? Son familia, ¿no? Él suele involucrarse mucho en representaciones.
Thanael suspiró, mirando el suelo. —Lo he considerado... Pero... Shamato es uno de los tres talentos bendecidos por más de una musa. Es difícil imaginar que alguien como él quiera involucrarse con un elenco que no sabe actuar ni pararse derecho en el escenario.
—¡Hay que rendirnos! —gimió Hipnel, el miedo ya lo ahogaba y eso que Sebek solo lo estaba observando manteniendo distancia— ¡Nos vamos a hundir en la vergüenza!
—Qué lástima —comentó Lilia, cruzando una pierna sobre la otra—. Tengo entendido que el príncipe regente solo va a salir del castillo para esta ocasión...
Malleus alzó una ceja, interesado. —¿Y por qué motivo?
—Durante la guerra entre demonios y humanos, el príncipe fue envenenado, igual que varios miembros de la realeza, incluyendo al rey, que no sobrevivió. —relato brevemente—. El príncipe ascendió al trono, pero desde entonces... ha permanecido enfermo. Su cuerpo nunca se recuperó por completo del veneno. Rara vez sale de su lecho, y menos aún del castillo.
—Desde entonces... —añadió Hipnel en un susurro—, cada aparición pública es contada. Y esta es la única que ha autorizado en años.
Malleus permaneció en silencio unos instantes, sus ojos reflejando la luz verdosa del fuego. Sentía cierta familiaridad con el asunto de nunca salir del castillo, y aunque nunca había convivido con esa parte de su familia, con el lado de su abuelo paterno, quería mantener una buena relación familiar con la Familia Real de Bald Mountain.
Alzó la mirada hacia Hipnel y Thanael, con una determinación solemne en su voz. —Entonces no permitiré que este evento sea un fracaso. Yo mismo me haré cargo de que la representación sea perfecta. —sonrió, teniendo algo en mente—. Una verdadera evocación de la guerra, una que recuerde el valor de los Doce Príncipes y lo que se perdió en aquel conflicto.
Hipnel lo miró con la boca abierta, pero rápidamente fue a esconderse detrás de Thanael cuando Sebek entrecerró a penas los ojos, le tenía pavor a las hadas de vuelo nocturno.
—¿De verdad... nos ayudarás? —pregunto Hipnel. Jalando su brazo para que Hipnel ya lo soltara.
—Sí —respondió Malleus con una sonrisa amable—. Será mi regalo personal. Para honrar a la familia de mi abuelo... y para traer algo de alegría a quien ha pasado demasiado tiempo en la sombra.
***
El cielo de la tarde se teñía con tonos violáceos mientras las escobas surcaban el aire en medio de las practicas de los de tercer año. El viento acariciaba los cabellos de los estudiantes que flotaban a distintas alturas sobre el campo de vuelo, corrigiendo posturas y afinando maniobras bajo la atenta mirada del profesor Vargas.
Sobre todos ellos, de pie con absoluta estabilidad sobre su escoba, Malleus parecía más una figura esculpida por los cielos que un estudiante más. Su mirada no buscaba al frente, sino que escudriñaba las alturas, hasta que encontró lo que buscaba: un estudiante de Ignihyde colgando de cabeza sobre su escoba, con el cabello cayéndole hacia el vacío con total despreocupación.
—Unmei —llamó, su voz profunda como un eco sobre el viento— ¿Puedo hablar contigo un momento?
—¿Es por lo de la Fiesta de San Juan? —preguntó el castaño sin cambiar su posición invertida, girando los ojos hacia el príncipe.
Malleus asintió, descendiendo apenas para quedar a su altura. —Así es. Me gustaría contar con tu ayuda. He escuchado sobre tu talento, y lo que hiciste durante la recreación del natalicio del Ministro del Invierno el año pasado fue... excepcional.
Shamato sonrió, girando lentamente sobre su eje hasta quedar sentado correctamente sobre su escoba, con los pies colgando.
—¿Excepcional? A mí solo me gustan las tragedias. Y lo que hice fue más que nada un capricho. Reinterpreté el amor imposible del Ministro por la Reina del Polvillo... aunque a nadie pareció gustarle el final.
Los había separado, respeto la verdad de aquella historia que las hadas del jardín poseían, en donde un Ministro se había enamorado, un amor que lo llevo a perder una de sus alas y con ello... tuvieron que separarse, alejarse por el bien y seguridad del otro.
—Aun así —replicó Malleus con firmeza—, fue hermoso. Capturaste la esencia del sacrificio. Y eso es justo lo que quiero que el público sienta en esta ocasión. El peso de los Doce Príncipes. El dolor de la guerra. Que comprendan cuán devastadora fue aquella era.
Shamato alzó una ceja, balanceando su escoba ligeramente. —¿Estás seguro de eso? La guerra en Bald Mountain y la que estalló en el Valle de las Espinas ocurrieron al mismo tiempo. Sería... delicado representar una sabiendo que... ya sabes el porque.
—Lo sé. —la voz de Malleus era más baja ahora, más personal—. Mi abuelo fue el treceavo príncipe, su fallecimiento... —no continuo, detuvo sus palabras para no desviarse del tema—. Yo no estuve presente, claro... Pero sé que cada batalla tuvo su propio final. Y quiero que todos recuerden el poder de la Familia Real de Bald Mountain. Tanto poder... que incluso un príncipe envenenado aún conserva su trono.
—Pequeña corrección. —Shamato levantó un dedo—. El príncipe regente de Bald Mountain sigue ostentando su título, sí, pero el trono lo gobierna su tío: el cuarto príncipe. El regente solo conserva su posición como símbolo... pero hace años que no puede reinar con plenitud.
Malleus asintió con calma. —Aun así... esa imagen es importante. El símbolo de resistencia. Quiero mostrar eso. ¿Puedo contar contigo?
Shamato lo observó unos segundos en silencio. —De todos modos iba a ir. También fui invitado por un familiar a la Fiesta de San Juan.
—Perfecto —dijo Malleus, relajando los hombros ligeramente, como si se quitara un peso invisible— ¿Necesitas algo?
—Aparte de toneladas de paciencia... —respondió Shamato con un suspiro teatral—. Un nuevo General humano. El anterior... bueno, ya no puede cabalgar ni un burro. ¿Crees que Silver aceptaría el papel?
Pero Malleus negó lentamente, y por primera vez en la conversación, sus labios dibujaron una media sonrisa distinta.
—Tengo un mejor candidato. Quiero que vengas más tarde a Diasomnia. Esto ya no será solo una representación escolar... Vamos a transformarla en una colaboración entre academias.
Shamato se quedó en silencio por un segundo, entre intrigado y divertido. —¿Una colaboración, eh? ¿Y quién va a dirigir semejante monstruo de producción?
—Tú —respondió Malleus, girando su escoba hacia arriba—. Tú, Unmei. Porque esta vez no será una simple tragedia... Será un legado. Uno que recordarán por otros cincuenta años.
Y con eso, Malleus ascendió, dejando tras de sí un remolino de viento y gravedad. Shamato, aún flotando, hizo su cuerpo hacía atrás y luego hacía adelante, como balanceándose con enorme animo.
—Oh, genial... Ese papeleo si que valdrá la pena.
***
El reloj antiguo de madera marcaba las cuatro de la tarde cuando el silencio de la oficina del director de Noble Belle Collège se vio interrumpido por una risa llena de emoción. Los ventanales proyectaban sombras largas sobre el suelo de mármol, mientras el director sostenía entre las manos una carta escrita con delicadeza y sellada con dos emblemas inconfundibles: la espina y el cuervo.
—¡Esto es extraordinario! —exclamó al levantarse de su silla con renovada energía— ¡Jamás imaginé que se gestaría un proyecto de este calibre! ¡Y no solo desde Dark Mountain Academy... también desde Night Raven College! ¡Una colaboración entre academias mágicas tan influyentes! —se giró con emoción hacia los dos jóvenes frente a su escritorio— ¡Esto es histórico!
Los ojos del director brillaban mientras alzaba la carta abierta con ambas manos.
—Y lo mejor de todo —continuó— es que el mismísimo Príncipe del Valle de las Espinas y el "Trilogista del Destino" estarán a cargo. ¡Y quieren colaborar con nosotros!
A unos pasos, Rollo Flamme esbozó una sonrisa tan forzada como pulida. Sus labios apenas se curvaron, pero su mirada seguía fija en un punto invisible más allá del marco de la ventana.
—Un honor... sin duda —murmuró, en voz baja.
A su lado, Clopin, que hasta ese momento permanecía en tenso silencio, dio un pequeño respingo al escuchar el tono de su presidente estudiantil. Tragó saliva y forzó una risa nerviosa, respondiendo rápidamente.
—Bueno, no es la primera vez que colaboro con Shamato, director... ya sabe cómo es él, siempre con ideas extravagantes. Pero creativas, claro, muy creativas...
Sin previo aviso, el director rodeó con los brazos a ambos jóvenes desde atrás, atrapándolos en un gesto afectuoso pero incómodo.
—¡Oh, por favor, no sean modestos! Esta es una oportunidad para aprender, para divertirse... ¡y para representar el arte en su forma más pura! Esta obra será vista por príncipes, embajadores, historiadores... ¡y ustedes serán parte de ella!
Rollo se removió ligeramente, ocultando la rigidez de sus hombros con una falsa compostura. Su voz sonó más seca que antes. —¿Y por qué habría yo de celebrar algo así?
—Porque —dijo con entusiasmo— el mismísimo príncipe del Valle de las Espinas ha solicitado personalmente que seas tú quien dé vida al General del ejército humano. Dijo que confía en que solo alguien como tú podría encarnar a quien enfrentó a los demonios con fe inquebrantable.
Los ojos de Rollo centellearon, pero no de alegría. Fue como si cada palabra le hubieran echado sal en una herida que no terminaba de cerrar. Sus labios se apretaron... un instante más y quizás habría hablado de más, de no ser por Clopin.
—¡Director! —interrumpió, con una risa forzada pero eficaz— ¿Está bien que vayamos algunos días? Quiero decir... si Rollo y yo vamos con algunos estudiantes, ¿quién se encargará la Corte de los Milagros y la disciplina?
El director soltó a los jóvenes al mismo tiempo, dando unos pasos hacia el ventanal mientras entrelazaba las manos tras la espalda. Sabia y reconocía lo fundamental que ellos dos eran en la escuela, pues Clopin desde que había restaurado la Corte de los Milagros había puesto al colegio muy por encima de Royal Sword Academy, las solicitudes de ingreso habían aumentado un 3%, y contaban con un nuevo financiamiento para el Club de las Artes Sagradas por parte de la empresa Mnemósine, todos los estudiantes le seguían fielmente, su ausencia, como otras veces en las que estuvo fuera de la academia, se vería muy marcada; mismo caso para Rollo que era el presidente Estudiantil.
Pero confiaba en el Vicepresidente Estudiantil, en el resto de estudiantes que conformaban desde sus inicios la Corte, y quería que al menos una vez Rollo se divirtiera en un intercambió estudiantil, fuera un chico más visitando nuevos lugares sin preocuparse por dirigir al resto.
—Todo está siendo preparado para que partan mañana mismo a Bald Mountain. No se preocupen por la escuela. Yo me encargaré de todo aquí. —se giró para mirarlos con una sonrisa tranquilizadora—. Confío en ustedes. Vayan y pongan en alto el nombre de Noble Belle Collège. Y recuerda, Rollo... —añadió, con una mirada más seria—, diviértete.
Rollo no respondió. Espero estar fuera de la oficina del director para tomar a Clopin de las ropas, arrinconándolo contra la pared, mostrando su enfado, disgusto e indignación al tener que ser parte de una obra con demonios, auténticos demonios.
—¡¿Por qué me eligieron a mi?! —cuestiono, tirado una vez más de las ropas del bufón—. Sabes perfectamente que no me involucro con repugnantes y viles seres como los de ese lugar de mala muerte.
—Rollo... te lo juro —tomo de los brazos al albino—. Yo no sabia nada, me tomaron pro sorpresa igual que a ti.
—Pues vas hacer algo para que me saquen de esa obra —amenazo, tomando con mayor fuerza las ropas—. O en verdad, Clement... voy hacer que ardas en la hoguera junto a los vagos de tu estúpida corte.
