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Reo se miraba en el espejo mientras terminaba de arreglarse. Llevaba puesto un top negro ceñido que dejaba al descubierto parte de su vientre, acompañado por una minifalda del mismo color, con una abertura lateral que dejaba ver un poco más allá del muslo. Debajo, una malla negra translúcida cubría solo la parte superior de sus brazos, marcando sutilmente su figura. El conjunto entero resaltaba su cuerpo de forma provocadora y elegante, justo como quería verse esa noche. Radiante. Irresistible. Perfecto para Nagi.
Esa noche no era un aniversario, ni una celebración importante. Simplemente quiso sorprenderlo. Le llevó un ramo inmenso de flores de varios colores, y con una sonrisa tan suave como ilusionada, le pidió que se vistiera, que iban a salir.
No era la primera tenían una cita, llevaban ya dos años juntos. Se amaban tanto que incluso vivían juntos. La convivencia era cómoda, natural, como si fueran marido y mujer. Solo les faltaban los hijos, algo que seguramente tendrían en algún punto.
Reo lo besó antes de responder, dejando el ramo sobre la mesa. El brillo en sus ojos parecía competir con los pétalos. Caminó hasta su enorme clóset, dejando un rastro de emoción en el aire. Quería verse espectacular. Solo quería que Nagi se lo quedara mirando toda la noche, con la boca entreabierta. Aunque eso, en realidad, ya pasaba todos los días.
Mientras tanto, en la sala, Nagi se entretenía colocando el ramo en un jarrón con agua. Lo acomodó junto a los demás arreglos que adornaban la casa, entre los que destacaba, como siempre, Choki; su cactus, único en su especie.
Se inclinó hacia él y, sin querer, se pinchó el dedo.
—Auch… —. Susurró, y luego sonrió como un tonto enamorado—. Te prometo que cuando Reo y yo tengamos un hijo, te compraré también un mini Choki… ¿sí?
Apoyó la espalda contra la pared, bajando la mirada hacia el cactus como si fuera un viejo amigo. Sus ojos brillaban. Imaginaba su futuro con Reo; una casa más grande, niños correteando descalzos por los pasillos, risas llenando cada rincón. Una vida simple, pero perfecta.
—Quizá debería conseguirte un compañero, ¿no crees? Haré que Reo lo elija… Tiene buen gusto, y seguro que eligirá bien —. Siguió hablando con ternura—. Es tan hermoso. Lo amo tanto… A veces no puedo creer que me haya encontrado. Que se fijara en mí…
Se quedó en silencio durante unos segundos, absorto en su propio ensueño, hasta que escuchó el sonido de la puerta del baño abriéndose.
Y entonces, su corazón se detuvo un instante.
Reo estaba ahí, sonriendo coquetamente, con un maquillaje sutil, y ese rubor en las mejillas que ya no se sabía si era producto del maquillaje o puro sonrojo. Se quedó de pie, en medio del pasillo, quieto durante algunos minutos, esperando que Nagi reaccionara, se acercara o dijera algo.
Pero no hizo nada de lo anterior.
Solo se quedó mirando. Con los ojos abiertos, igual que la boca, recorriéndolo de arriba a abajo sin disimulo. Y no exageraba al decir que un delgado hilo de saliva se deslizaba por la comisura de su mentón.
—¿Nagi...? Y bien, ¿qué opinas? —. Preguntó Reo con una sonrisa, acercándose con pasos lentos, suaves y elegantes, hasta quedar justo frente al albino. Con una mano le cerró la boca, riéndose por lo bajo.
—Estás increíble… —. Susurró Nagi, con esa voz baja que solo usaba cuando se quedaba embobado. La que solo usaba con Reo. Lo miraba con esos ojos enormes, llenos de luz, como si Reo fuera lo único que pudiera reflejarse en ellos.
Llevó las manos a su cintura, acercándolo más, tanto que sus vientres casi se rozaban. Inclinó un poco la cabeza para que sus narices no chocaran, y justo cuando estaba a punto de besarlo, Reo puso una mano sobre la boca.
—Lo siento, cariño. Esta noche, nada de besos, ¿sí?
Nagi frunció el ceño y entrecerró los ojos, claramente molesto y confundido.
—¿Y eso a qué viene?—. Preguntó con dificultad, apenas pudiendo hablar por la mano que lo callaba.
Reo sonrió, señalando sus propios labios. Nagi siguió el movimiento con la mirada, tragando saliva con fuerza.
—¿No ves el lip combo que me hice? —. Dijo mientras mostraba sus labios carnosos, con un tono rosado suave al centro, delineado oscuro en los bordes, todo difuminado con precisión y coronado con una capa brillante de gloss.
Nagi sacó la lengua, dejando un poco de saliva en la palma de Reo, quien tuvo que apartarla entre risas para dejarlo hablar.
—¿Por esa tontería no me dejas besarte? Es injusto...
Reo puso los ojos en blanco, divertido. Apretó las mejillas redonditas, haciendo que ponga los labios en trompita.
— 𝘗𝘰𝘳 𝘧𝘢𝘷𝘰𝘰𝘰𝘳~...
Nagi bajó lentamente las manos, dejando que sus dedos se deslizaran por encima de la tela de la falda, acariciando por sobre ella el trasero regordete que casi se dejaba ver. Se inclinó de nuevo, buscando un beso, pero Reo volvió a detenerlo con la mano.
—𝘝𝘢𝘮𝘰𝘰𝘰𝘴, 𝘙𝘦𝘰𝘰…~ —. Insistió Nagi, usando su mejor cara de cachorrito.
Reo apenas y pudo resistirse a lanzarle un beso al aire.
—Lo siento, Sei. Es que me quedó muy bien para que…
—¿Para que lo arruine?
—No, a ver… sí, pero no —, balbuceó Reo, un poco nervioso al ver la sería cara de Nagi—. Cuando volvamos podremos besarnos todo lo que quieras, ¿sí?
—No. Me estás diciendo que no puedo besarte por... no sé... ¿unas cinco horas?
Nagi escondió la cara en el cuello de Reo, murmurando maldiciones entre dientes.
Reo sonrió, mientras acariciaba la espalda con una mano, enredó los dedos de la otra en su pelo esponjoso.
—Vamos, tesoro, no es para tanto —. Dijo, y lo atrajo fuera de su escondite con ternura.
Nagi frunció los labios en un puchero y desvío la mirada. Reo acercó su rostro, juntó sus narices en un beso de esquimal y lo rozó apenas, como si intentara calmarlo.
—Vámonos —. Susurró con dulzura.
Con algo de esfuerzo logró apartarse, ya que Nagi no lo dejaba ir. Caminó hasta el perchero, tomó una chaqueta corta y, al darse vuelta, Nagi seguía en el mismo lugar, inmóvil, como cubierto por una tristeza silenciosa.
Reo rodó los ojos, suspiró con fastidio y regresó. Le tomó las mejillas con ambas manos y depositó un pequeño beso en los labios fruncidos.
La cara de Nagi se iluminó al instante. Abrió los ojos y lo atrapó enseguida en un beso más profundo. Lo sujetó de la cintura mientras Reo rodeaba sus hombros.
El beso fue salvaje, como si llevaran semanas sin verse. Se escuchaban los ruidos húmedos y desordenados de sus bocas, y sus lenguas peleaban por invadirse la una a la otra. Solo se separaron cuando el aire empezó a faltar.
Reo sonrió con burla, y pasó un dedo sobre la boca de Nagi. Ahora él también tenía los labios pintados, pero el color estaba corrido, desbordado, como si se lo hubieran comido a besos. Que, técnicamente, era cierto.
—Te dejé todo embarrado. Ni quiero ver cómo está mi lip combo ahora…
Nagi lo miró con deseo. El diseño original se había mezclado en un color oscuro con toques de rojo, desbordado como si se lo hubieran comido.
—Yo creo que están perfectos.
El rostro de Reo se tiñó levemente de rojo al ver su expresión.
—Ya, ya. Voy al baño a arreglarme esto. Y cuando vuelva, espero que tú también estés listo—. Dijo, dándole otro piquito antes de marcharse.
Nagi lo siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo. Luego volteó hacia la ventana, donde Choki lo observaba.
—¿Viste? Tú también podrás hacer esto con tu esposa…
