Work Text:
3 de agosto, 07:30 AM
El 3 de agosto empezó como cualquier otro domingo.
El ventilador del techo zumbaba con desgano. La luz del sol, filtrada a través de las cortinas, dibujaba líneas pálidas sobre el suelo de parquet. Yoo Joonghyuk llevaba despierto más de una hora, pero seguía sentado al borde de la cama con el celular en la mano. Pantalla en negro. Sin notificaciones. Ni un solo mensaje de Kim Dokja.
No es que lo estuviera esperando. O al menos, eso era lo que se repetía. Pero ya había revisado el teléfono cuatro veces en los últimos diez minutos.
Se levantó sin apuro y caminó hacia la cocina. Todo en su departamento era limpio, funcional, práctico. Frío. Como él. El calendario marcaba su cumpleaños, aunque no necesitaba que se lo recordaran. Lo supo desde la medianoche. Desde que el silencio del celular se volvió más estridente que cualquier alarma.
Se sirvió una taza de café. Amargo.
No le gustaba así. Pero llevaba más de un año tomándolo sin azúcar. Por costumbre. Porque así lo tomaba Dokja. Porque se le había quedado en el cuerpo. Aunque no quisiera admitirlo.
Cerró la puerta del refrigerador con un poco más de fuerza de la necesaria. Tenía entrenamiento a las dos, una reunión con el mánager a las cinco. Nada especial. Nada que distrajera. Ni una cena, ni una invitación. Algunos fans lo felicitaron en redes durante la madrugada, pero no respondió. No tenía energía para fingir que le importaba.
Porque él no había escrito.
Kim Dokja. Ese maldito oficinista de humor seco, ropa sin gracia y una sonrisa rara que, sin embargo, era bonita de una forma injusta. Había sido una constante en su vida por más de un año y medio. Siempre aparecía al final de un mal día con dumplings en la mano. Siempre tenía algo sarcástico que decir desde el sofá, como si lo conociera de antes.
Y lo conocía. Lo suficiente como para doler.
Y eso era lo que más le jodía.
Había contado los días al principio. Un mensaje. Una excusa. Una provocación. Algo. Porque Dokja era así, impredecible pero insistente. Terco con las personas que quería. Pero no llegó nada. Solo más silencio. Mes tras mes.
Y Yoo Joonghyuk, con su orgullo maldito, con su absurda rigidez emocional, se había dicho que estaba bien. Que lo superaría. Que no necesitaba que nadie regresara. Tenía torneos que ganar. Rankings que mantener. Su carrera como jugador profesional no podía detenerse por un corazón roto. Él podía vivir sin él. Después de todo, lo había hecho durante años.
Hasta que hoy se despertó y se dio cuenta de que lo estaba esperando.
No era que lo extrañara. Era que lo necesitaba. Aunque todavía no supiera cómo admitir algo así en voz alta.
Se apoyó contra la barra de la cocina y miró su reflejo en la pantalla negra del celular. Siempre fue serio, callado, contenido. Demasiado guapo, decían algunos, como si eso consolara algo. Pero Dokja no se dejó impresionar. Le hablaba como a una persona común. Como si no estuviera rodeado de luces, cámaras y expectativas. Como si detrás de toda esa fachada solo estuviera Joonghyuk.
Y era el único que lo había tratado así.
Seis meses desde la ruptura. La pelea fue inevitable, como un choque anunciado. Dos personas incapaces de comunicarse fuera del sarcasmo y las indirectas. Dos hombres heridos pretendiendo estar bien. Uno demasiado orgulloso para pedir perdón. El otro demasiado cansado para seguir intentándolo.
Joonghyuk pensó que sería temporal. Un espacio. Un respiro. Que Dokja volvería con su típica mezcla de sarcasmo y resignación, diciendo “vine porque sé que no vas a celebrarlo solo, aunque digas que sí” .
Pero no volvió.
Y él tampoco fue a buscarlo.
No porque no lo quisiera. Sino porque no sabía cómo hacerlo.
Kim Dokja fue la única persona que logró meterse en su vida sin pedir permiso. Le hablaba aunque no respondiera. Sabía cuándo quedarse y cuándo callar. Dokja era... constante. Extrañamente cálido en un mundo que siempre había sentido demasiado frío.
Y ahora que no estaba, todo parecía insuficiente.
Pensó en escribirle. Un “¿cómo estás?” o incluso un directo “¿pensé que escribirías hoy?” . Pero no desbloqueó la pantalla. Porque si antes creyó que era demasiado pronto para hablar, ahora parecía demasiado tarde.
Y tenía miedo.
Miedo de que Dokja ya no lo esperara.
Se preguntó si al menos pensaba en él. Si al ver su contacto lo pasaba por alto por accidente. O a propósito. Si también estaba luchando con el orgullo. Si… aún lo quería.
Lo imaginó muchas veces apareciendo en su puerta, con una bolsa de comida y esa sonrisa suya, diciendo: “vine porque sé que no vas a celebrarlo como deberías” .
Pero esa fantasía ya se sentía vieja. Desgastada.
Joonghyuk bebió un sorbo del café, amargo como el día.
Y lo odió por no aparecer.
Y se odió por seguir esperándolo.
3 de agosto, 09:06 AM
El café seguía frío. No lo había vuelto a tocar desde hace más de una hora. El celular vibró cuatro veces seguidas.
Joonghyuk lo observó sin apurarse, como si retrasar el momento pudiera cambiar el contenido de las notificaciones. Las vio aparecer una a una, en la parte superior de la pantalla:
Jung Heewon: Feliz cumpleaños, Yoo Joonghyuk! Espero que tengas un buen día.
Lee Hyunsung: ¡Feliz cumpleaños, Joonghyuk-ssi! 🎂 🙇♂️ Si necesitas algo, avísame.
Yoo Sangah: Feliz día, Yoo Joonghyuk-ssi. Cuídate mucho hoy.
Lee Seolhwa: Felicitaciones, Joonghyuk-ssi. ¡Ten un día agradable!
El ícono del grupo estaba ahí: “café sin sentido ☕ + 9” . El mismo al que seguía perteneciendo Kim Dokja.
Pero él no escribió nada. Yoo Joonghyuk bloqueó la pantalla.
Podría fingir que no le importaba. Que eran saludos sociales, automáticos. Que ni siquiera esperaba nada más. Pero el hueco entre las felicitaciones —el espacio donde él debería estar— era más ruidoso que cualquier palabra escrita.
Hace un año, Dokja le había enviado un mensaje a medianoche exacto. Solo una línea:
"¿Quién se atreve a cumplir años sin permiso? Espero que tu día sea tolerable, idiota."
Joonghyuk lo había leído tres veces, sin saber si reír o insultarlo. Ese día, Dokja apareció por sorpresa con una bolsa de sus bollos favoritos y una caja pequeña con una cinta mal puesta. Lo vio desde la ventana de su departamento, parado ahí, con su chaqueta del trabajo todavía puesta, medio despeinado y sonriendo como si estuviera seguro de que lo dejarían entrar.
Y lo dejó entrar.
Ahora, el pasillo estaba vacío. El celular, también.
Yoo Joonghyuk se recostó en el sofá, con un brazo cubriéndose los ojos. No iba a llorar. No sabía llorar. Pero había un peso en su pecho que se parecía demasiado a eso. Llevaba meses arrastrando esa sensación. Esperando que algo, alguien, rompiera el silencio.
Y por eso había empezado a ir a las reuniones.
Al principio, fue casualidad. Una cena con el grupo. Luego una salida rápida por el cumpleaños de Lee Hyunsung. Después, una reunión en la cafetería de siempre. Nada especial. Nada que no pudiera evitar. Pero fue. Joonghyuk, que siempre se excusaba, que solía decir “tengo partida” o simplemente ignoraba el mensaje, empezó a decir que sí.
Porque, en el fondo, pensó que él aparecería.
Pensó que Kim Dokja lo vería allí. Que se encontrarían por accidente. Que habría un momento de tensión, una conversación forzada, una oportunidad. Pero no. Cada vez que Joonghyuk confirmaba asistencia, Dokja enviaba un mensaje breve al grupo:
Kim Dokja: Esta vez no podré ir, lo siento.
Siempre así. Seco. Impersonal. Y dolorosamente claro.
Era como si lo evitara. Como si su sola presencia fuera algo de lo que había que mantenerse lejos. Como si... lo hubiera superado.
Jung Heewon lo miraba con compasión, como si entendiera. Y eso lo enfurecía más. Lee Hyunsung hablaba con más suavidad de lo usual. Y Yoo Sangah, siempre tan cortés, evitaba mencionar a Dokja como si fuera una palabra maldita.
Solo Han Sooyoung era cruel con intención.
—No nos mires con esa cara de perro pateado, Yoo Joonghyuk. Lo tuviste. Lo hiciste llorar. Y ahora lo quieres de vuelta como si nada. ¿Esperabas qué, exactamente? ¿Un final feliz de novela barata?
Cada vez que lo decía, todos se quedaban en silencio. Y él solo apretaba los dientes. No porque estuviera en desacuerdo. Sino porque no sabía cómo defenderse. Porque, en el fondo, tenía razón.
Lo había dejado ir.
Y ahora no sabía cómo recuperarlo.
3 de agosto, 10:57 AM
El celular vibró de nuevo. Un sticker. Heewon. Después otro. Sooyoung. Un dibujo feo de una torta incendiándose. Hyunsung mandó una foto vieja del grupo en el karaoke. Todos sonriendo, incluso Dokja. Sangah escribió algo más, deseándole “salud y descanso” .
Kim Dokja seguía en línea.
Pero no escribió nada.
Yoo Joonghyuk se quedó mirando la pantalla por varios minutos. Lo pensó. En serio lo pensó. Escribirle algo. Mandar un simple “ gracias ”. O un directo “ ¿vas a decirme algo hoy? ”. Algo patético. Humano. Dolido.
Pero no lo hizo.
Porque había esperado demasiado tiempo. Porque ahora no sabía si su silencio significaba herida o indiferencia. Y porque no podía soportar la idea de descubrir que, tal vez, ya era irrelevante para él.
Así que solo apagó la pantalla, una vez más, y dejó que el día siguiera pasando.
Sin mensajes. Sin sorpresas. Sin Kim Dokja.
3 de agosto, 12:23 PM
El celular vibró con dos mensajes más.
Kim Namwoon: ¡Iremos más tarde, no te hagas el amargado hoy, capitán! Jihye quiere emborracharte, yo solo quiero pastel.
Lee Jihye: Tsk. Ni sueñes con huir. Mia también viene. ¡Tendremos una celebración a lo grande!
Joonghyuk suspiró por la nariz, apenas un movimiento. Apagó la pantalla. No respondió.
A veces se preguntaba si estar rodeado de gente que lo conocía demasiado bien era una bendición o una tortura.
Kim Namwoon era insistente, irreverente, molesto como siempre. Lee Jihye había madurado, pero seguía cargando ese tono afilado que solo reservaba para los que quería. Y Mia era una niña brillante, sensible. Ahora vivía en Jeju con Namgung Minyoung, su mentora, y solo venía a la ciudad de vez en cuando.
Y aún así, todo eso —todos ellos— no lograban llenar el espacio que Kim Dokja había dejado.
Porque Joonghyuk, por más que fingiera, no podía pensar en otra cosa. No hoy. No con el estómago vacío de palabras, con la garganta cerrada de orgullo. No con la memoria acosándolo cada vez que miraba hacia el rincón del sofá donde él solía sentarse, doblando una pierna bajo el cuerpo, tecleando en su laptop mientras le lanzaba comentarios sarcásticos sobre sus streams.
Donde fue que empezó todo.
Minosoft había contactado con su agencia para una colaboración. Un nuevo videojuego, algo de RPG por turnos, con un modo historia decente y buena dirección artística. Buscaban promoción. Streamers, jugadores profesionales, reseñas. Nada que le interesara especialmente. Él rara vez aceptaba ese tipo de cosas.
Pero su manager le insistió. "Es una buena oportunidad para mejorar tu imagen" , había dicho.
Así que fue.
La reunión era en las oficinas de Minosoft. Piso catorce, diseño moderno, demasiado blanco. Entró con cara de que no quería estar ahí, porque no quería estar ahí. Hasta que lo vio.
Kim Dokja.
La primera impresión fue… confusa. Cabello negro oscuro, un poco desordenado. Rostro pálido, ojos de estrella, gafas sin montura. Vestía como alguien que no dormía mucho y tomaba más café del que debía. No hablaba demasiado. Al principio, pensó que era otro asistente más, un técnico o un programador de fondo.
Pero luego Dokja tomó la palabra.
Y ahí fue distinto.
Habló del juego con un nivel de detalle que a nadie parecía importarle. De los sistemas de decisiones ramificadas, de cómo querían explorar la narrativa más allá del gameplay. Lo hizo con esa voz baja pero firme, como si supiera que nadie lo escuchaba, pero aún así se negaba a simplificarse. No vendía el producto. Lo presentaba como si lo amara. Como si creyera en él.
Y Yoo Joonghyuk... lo escuchó. De verdad lo escuchó.
Cuando terminó, alguien hizo un chiste. Algo sobre cómo el juego necesitaba "un jugador carismático" que le diera vida. Todos se rieron. Todos menos él. Y Dokja.
Kim Dokja solo lo miró y dijo, sin sonreír:
“No creo que Yoo Joonghyuk necesite carisma prestada. A veces solo basta con jugar bien.”
Fue una frase simple. Pero lo desconcertó.
No porque fuera un cumplido, sino porque era sincero. Crudo. Como si lo hubiera estado observando antes de hablar.
Después de esa reunión, empezaron a hablar más. Se contactaron por correo, luego por Discord. Siempre profesional, siempre con la excusa del proyecto. Pero había algo más. Comentarios fuera de lugar, frases sarcásticas, silencios compartidos, risas contenidas. Lo que empezó como una colaboración terminó en conversaciones hasta pasada la medianoche, juegos cooperativos mal sincronizados, y una noche, sin previo aviso, Dokja se presentó en su puerta con un paquete de comida y esa forma tan suya de decir: "Estaba cerca. Nada importante."
Y nunca se fue del todo.
Hasta que lo hizo.
3 de agosto, 01:19 PM
Joonghyuk parpadeó. El café seguía allí, intocable. Los mensajes en el grupo habían cesado.
El cursor seguía parpadeando debajo del último sticker de Sooyoung. Kim Dokja seguía en línea. Pero no escribió nada.
Afuera, el cielo se empezaba a nublar, como si el verano dudara de sí mismo.
Dentro, Joonghyuk cerró los ojos por un momento y se preguntó —por primera vez sin evasivas— qué se supone que debía hacer con el lugar exacto donde Dokja solía estar. No en el departamento. No en el grupo. Sino en él.
Porque estaba ahí. Y no sabía cómo dejar de buscarlo.
Afuera empezaba a lloviznar. No lo suficiente para llamarlo lluvia, pero sí para nublar los cristales del ventanal. El tipo de clima que Joonghyuk odiaba. Ni seco ni tormentoso, solo gris. Inestable. Como si el cielo también estuviera conteniéndose.
Era estúpido. Dejarse arrastrar por el clima. Por recuerdos. Por ese nombre que no podía decir en voz alta.
Una nueva notificación brilló en su celular, apenas un pequeño resplandor en la pantalla oscura. Joonghyuk no la abrió de inmediato. Lo sabía con solo ver el nombre.
Han Sooyoung: ¿Todavía soñando con que Kim Dokja se aparezca en tu puerta como en esas películas de mierda que nunca admites que ves, o vas a mover tu trasero perfecto y hacer algo por una vez?
Joonghyuk exhaló lento. Tecleó.
Yoo Joonghyuk: Te voy a bloquear.
La respuesta llegó en segundos.
Han Sooyoung: Adelante. Pero bloquearme no va a cambiar el hecho de que estás esperando algo que ya no llega. Y tampoco va a devolver a Kim Dokja. Aunque claro, nunca fuiste bueno pidiendo perdón. O amando. Solo eras bueno estando. Y ni eso haces ahora.
Dejó el celular boca abajo.
Sintió un vacío raro en el pecho, como si algo no se hubiera dicho pero igual estuviera allí, marcando el ritmo de su respiración. A veces, las verdades de Sooyoung dolían más por lo que callaba que por lo que decía.
No respondió.
Por otro lado, recordó. Recordó cómo las señales estaban ahí.
Estaban desde antes de que Kim Dokja dijera palabra alguna esa noche.
Ese mes, Dokja había hecho tres sugerencias para salir: un festival de cine, una cafetería nueva en Hongdae, una pequeña exposición de arte digital organizada por el Museo Metropolitano de Arte.
Y Joonghyuk las rechazó todas.
— Estoy ocupado.
— Hay mucha gente.
— No me interesa.
Cada vez que decía no, Dokja solo asentía. No insistía. Pero su sonrisa se iba apagando un poco más.
Y cuando llegaba la madrugada, Dokja se conectaba a Discord con su estatus en invisible. A veces Joonghyuk podía oírlo reírse bajito por los audífonos desde la habitación contigua. Otras veces, solo escuchaba su voz en tono monótono, grabando ideas para una propuesta interna en la empresa.
Joonghyuk no decía nada. Él no sabía cómo decir algo.
Pero pensaba en hacerlo. Siempre pensaba en hacerlo.
Esa noche, Dokja llegó empapado por la lluvia.
Dejó su abrigo goteando en el perchero y se pasó la mano por el cabello con cansancio.
— Hoy casi me duermo en la sala de reuniones —dijo, como quien lanza una cuerda para iniciar una conversación.
Yoo Joonghyuk, desde la cocina, respondió sin girarse:
— Podrías dormir más si no te quedaras hasta las tres en Discord.
— Ah. Es cierto. Gracias, mamá.
Silencio.
— ¿Sabes que este fin de semana abren una galería en Mapo? —intentó Dokja mientras abría el refrigerador— Tiene una instalación basada en videojuegos antiguos. Incluso hay una zona de simulación en 16-bit. Podríamos ir.
Joonghyuk se apoyó contra la encimera.
— No me gustan esos lugares.
— Dijiste lo mismo de la feria gastronómica china y al final te gustó.
— Era diferente.
Dokja cerró la puerta del refrigerador sin tomar nada.
— Claro. Todo es diferente cuando yo no lo propongo.
Joonghyuk no respondió. Minutos después, estaban sentados en la sala. El televisor estaba encendido, pero ninguno de los dos lo estaba mirando. Solo compartían el mismo aire. El mismo espacio.
Hasta que Kim Dokja, sin razón aparente, lo dijo:
— ¿Tú crees que esto va bien?
Yoo Joonghyuk desvió la mirada del televisor.
— ¿Esto?
— Nosotros.
— No veo qué está mal.
— Ese es el problema —dijo Dokja con una risa amarga—. Que no ves nada. Ni lo bueno, ni lo malo. Solo… estás.
Joonghyuk frunció el ceño, girándose por fin para mirarlo.
— ¿A qué te refieres?
Dokja se encogió de hombros.
— A que hace semanas que estás ausente. Estás aquí, pero no estás. No hablas. No preguntas. No dices si estás bien. No dices nada. Solo existes cerca de mí como si eso fuera suficiente.
Joonghyuk apretó la mandíbula.
— Siempre he sido así.
— Lo sé. —Dokja lo miró con cansancio—. Y pensé que podía vivir con eso. Que podía con tus silencios. Pero Joonghyuk… ya no sé si estoy en una relación contigo o si solo compartimos el mismo espacio cuando no estás transmitiendo o entrenando.
— Estás exagerando.
— ¿En serio? —la voz de Dokja subió apenas—. ¿Cuándo fue la última vez que me preguntaste cómo me sentía? ¿Qué pasaba en mi trabajo? ¿Si estaba bien?
Joonghyuk bajó la mirada, sin respuesta.
— Siempre estás ahí, pero siento que me muero solo.
Esas palabras calaron más hondo de lo que Dokja pensó. Porque no fueron dichas con rabia. Fueron suaves. Cansadas. Casi con resignación.
— ¿Por qué no me lo dijiste antes?
— ¡Te lo dije! —exclamó Dokja—. Te lo dije muchas veces. Solo que tú lo ignoraste. Porque mientras no haya gritos, no hay problema, ¿no? Pero este vacío, esta… distancia constante. Es como hablar con una pared que respira.
Yoo Joonghyuk cruzó los brazos.
— No sé qué quieres que haga.
— Que actúes como si me quisieras. Que me lo digas, aunque sea una vez. Que no me mires con esa cara de piedra como si siempre estuvieras a punto de irte.
— Nunca pensé en irme.
— Pero nunca pareces querer quedarte.
El silencio cayó como un ancla. Pesado. Definitivo.
Kim Dokja respiró hondo, y su voz bajó, temblando apenas.
— Yoo Joonghyuk… estoy cansado de no saber si esto significa algo para ti.
Joonghyuk apretó los puños.
— No soy bueno con las palabras.
— Lo sé. Pero eso no te exime de intentarlo.
Entonces lo vio: el momento exacto en que Joonghyuk se replegó. Se encerró en sí mismo. Volvió a ese estado hermético donde nadie entraba, ni siquiera él.
— Tal vez necesitas a alguien que lo sepa hacer mejor —murmuró Joonghyuk, sin mirarlo.
Fue el golpe final.
Kim Dokja parpadeó, como si no creyera haber escuchado eso de verdad.
— ¿Eso crees?
Joonghyuk no respondió.
Y entonces Dokja lo entendió: No era que no lo quisiera. Era que no sabía cómo pelear por él. Y supo que él tampoco podía soportar eso.
— Entonces deberíamos terminar —dijo Dokja, con voz baja—. No somos compatibles.
Joonghyuk sintió que algo se derrumbaba dentro de él, pero no se movió. No dijo “no” . No dijo nada.
Dokja recogió su bolso sin hacer ruido.
— Esto me está doliendo más de lo que me está haciendo bien.
Joonghyuk vio cómo cruzaba el umbral de la puerta. Y no supo por qué no se movía. No supo por qué su garganta estaba cerrada. Solo supo que cuando se quedó solo, el silencio se sintió más espeso que nunca.
Y aún así, no lloró. No gritó. No reaccionó.
Solo se quedó ahí. Inmóvil. Como siempre.
Y es así como una relación que apenas había sobrevivido al año, se terminó.
3 de agosto, 04:21 PM
Horas después, los timbres sonaron en secuencia. Primero Lee Jihye, con una caja de decoración que parecía más grande que ella. Luego Kim Namwoon, cargando comida como si estuvieran preparando un banquete de veinte personas. Y por último, su hermana.
La última vez que la vio había sido hace dos meses. Se había hecho más alta. Más callada. Tenía una expresión más severa, casi igual a la suya. Le recordaba a sí mismo, y eso lo incomodaba.
— ¡Feliz cumpleaños, maestro! —dijo Lee Jihye, obligadamente animada. —No vas a arruinar esto, ¿verdad?
— Por lo menos finge gratitud —bufó Kim Namwoon, dejando las bolsas sobre la mesa. —Hemos cruzado media ciudad en hora pico con globos. Globos, hyung. ¿Tienes idea de lo humillante que es eso?
Joonghyuk no respondió. Se limitó a cruzarse de brazos mientras los miraba moverse por su departamento como si fuera su casa.
Mia, sin decir mucho, comenzó a ordenar cosas. Sacó platos, limpió la mesa, conectó el parlante. Todo con movimientos firmes, silenciosos, eficientes.
El ambiente se volvió extrañamente cálido. Y eso lo hizo sentir… peor.
Porque le hacía recordar a él. El tiempo viviendo juntos, las sonrisas, el calor, la comodidad… y la discusión.
Finalmente, soltó en voz baja, como quien deja caer una piedra en un lago:
— Todo esto es una estupidez.
Jihye se detuvo justo cuando colgaba una guirnalda. Namwoon alzó las cejas y le lanzó una mirada rápida. No dijeron nada. Pero lo pensaron todo.
Y Mia, que había estado tragándose palabras durante meses, finalmente lo dijo.
— Estoy harta.
Joonghyuk alzó la vista. Mia lo miraba fijamente, la mandíbula apretada.
— Estoy harta de que actúes como si nadie más estuviera intentando. Como si solo tú hubieras perdido algo. Como si fuéramos idiotas por querer animarte. Porque claro, todo esto es una "estupidez", ¿no? ¿Por qué celebrar algo si no está ese calamar?
— Mia —advirtió Joonghyuk, frunciendo el ceño, pero Mia no retrocedió ni un paso.
— ¡Sí, calamar! Porque eso es lo que es. Flaco, raro y con ojos tristes. ¿Pero sabes qué? Al menos él hablaba. Al menos él intentaba. Y tú... tú solo te sentabas ahí, esperando que te leyeran la mente, como si alguien tuviera tiempo para eso.
Respiró hondo, pero las palabras seguían saliendo.
— ¿De verdad crees que no se veía venir? ¿Que ibas a actuar como un robot todo el tiempo y que nadie se iba a cansar? Tu personalidad es de lo peor, oppa. Eres seco, impaciente, gruñón, testarudo, y emocionalmente más cerrado que un cofre sellado con siete malditas llaves.
El silencio en la sala se volvió denso.
— ¡Y lo peor es que tú ni siquiera lo ves! —continuó—. Lo único que te salva es que eres guapo. ¡Eso es lo único tolerable en ti!
Joonghyuk entrecerró los ojos, pero seguía en silencio.
— Si no fuera por tu cara, ni tu sombra se quedaría contigo. Y ni eso le importó a Dokja-ajhussi. Se quedó. Hasta que ya no pudo más.
Lee Jihye parpadeó, boquiabierta. Kim Namwoon se quedó inmóvil, sin saber qué hacer.
Y Mia, al final, bajó los brazos, con el rostro enrojecido por la rabia y la voz finalmente temblando.
— Pero claro, nosotros somos los estúpidos por seguir viniendo. Por seguir queriendo que estés bien. Aunque no quieras que nadie lo esté si no es él.
El silencio fue absoluto.
Solo se oía el ventilador girando lento en la esquina de la habitación.
Y por primera vez en meses, Yoo Joonghyuk no supo qué decir.
Mia respiró hondo. Los ojos brillaban, pero no lloraba.
— Y sí. Tal vez Kim Dokja fue un idiota por irse. Pero si lo hizo... fue porque no le dejaste otra opción.
Lee Jihye bajó la mirada. Kim Namwoon se metió las manos a los bolsillos, incómodo. Nadie dijo nada más.
Yoo Joonghyuk sintió un hormigueo en los dedos. No era rabia. No era culpa. Era algo más cercano al eco de una verdad que ya sabía, pero que nadie se había atrevido a decirle a excepción de Han Sooyoung, pero a ella la detestaba.
Hasta ahora.
3 de agosto, 05:14 PM
La puerta del cuarto de invitados se cerró de golpe. Un portazo sin grito, pero con todo el peso de un "ya no puedo más" .
Joonghyuk no se movió.
Ni cuando escuchó a Mia correr el pestillo. Ni cuando Jihye dejó los globos a un lado y se sentó en el sillón con un suspiro derrotado. Ni cuando Namwoon, incómodo, comenzó a guardar los platos que habían sacado.
Nadie hablaba. Pero no era el tipo de silencio cómodo. Era el que venía después de algo que se rompió.
— No le hagas caso —murmuró Lee Jihye, finalmente—. Solo… ella te quiere, ¿sabes?
— Es su manera de preocuparse —añadió Kim Namwoon, sin mucha convicción.
Yoo Joonghyuk miró el piso.
— Tiene razón —dijo.
Ambos se quedaron quietos.
Jihye levantó la vista, como si no creyera haberlo escuchado bien.
— ¿Maestro…?
Yoo Joonghyuk se sentó en el borde del sofá. Apoyó los codos en las rodillas. Se pasó una mano por el rostro. No sabía cómo empezar. No sabía si quería.
Pero las palabras salieron, despacio. Crudas.
— No lo vi venir —confesó, sin mirarlos—. Pensé que… que si solo me quedaba quieto, si le daba espacio, iba a volver.
— ¿Te refieres a Kim Dokja?
Asintió.
— Después de la última discusión… me dijo que se sentía solo —continuó—. Que yo estaba ahí, pero no estaba . Que todo lo cargaba él. Que hablar conmigo era como gritarle a una muralla que te mira sin responder.
Jihye apretó los labios. Namwoon bajó la mirada.
— Y tenía razón —dijo Joonghyuk. Su voz era baja, firme. —Yo... nunca supe cómo decirle que me importaba. Solo me aseguraba de que no le faltara nada. Lo escuchaba. Resolvía lo que podía y cómo podía. Pero nunca le dije nada. Ni una vez.
— ¿Nunca? —preguntó Namwoon, con el ceño fruncido.
— Ni "te extraño". Ni "te quiero". Ni siquiera "quédate". Cuando se fue, lo único que pude decirle fue "haz lo que creas mejor".
Jihye soltó una risa triste.
— Maestro…
— Porque pensé que si me dolía, significaba que era real. Y no quería… no quería aceptarlo. Que lo quería. Mucho más de lo que sabía explicar.
La garganta le ardía un poco, pero no lo mostró. Yoo Joonghyuk nunca lloraba. Ni siquiera cuando el mundo le pesaba. ¿Cuánto tiempo lo había aguantado…?
— Me acostumbré a tenerlo cerca. A sus mensajes a las tres de la mañana. A que me mandara memes horribles cuando estaba en transmisiones. A que se quejara del tráfico mientras me llamaba. Y ahora... todo está en silencio. No hay nada.
Ambos discípulos se acercaron.
— ¿Y por qué no lo buscaste? —preguntó ella—. ¿Por qué no le dijiste esto?
Yoo Joonghyuk la miró, por primera vez.
— Porque al principio pensé que era muy pronto. Que tal vez necesitaba espacio. Y ahora…
—hizo una pausa, tragando saliva— …ahora siento que ya es muy tarde.
Nadie respondió.
Porque en el fondo, todos habían pensado lo mismo.
— No hay nadie en la puerta —agregó, casi en un susurro—. Y no va a tocar.
Y eso fue lo más cerca que estuvo jamás de decir que estaba roto.
Joonghyuk no recordaba la última vez que había hablado tanto. Menos sobre sí mismo. Sobre lo que dolía.
Jihye lo miraba como si acabara de decir que tenía cáncer terminal. Tenía los ojos abiertos, los labios fruncidos, las manos entrelazadas como si no supiera qué hacer con ellas.
Namwoon, en cambio, solo lo observaba. Serio. Tranquilo. Con una sombra de comprensión que no había mostrado en todo el día.
— Ok… —murmuró Jihye, al fin—. Entonces… haz algo .
Joonghyuk levantó una ceja, sin responder.
— Habla con él. Ve a su trabajo. Escríbele. No sé, grábale un video, mándale una carta, envíale uno de esos camiones con café, cómprale un peluche de esos que odia. ¡Algo!
— No es tan simple.
— ¿Y seguir esperando sí lo es? —replicó—. Mira, maestro… No sé nada de relaciones, pero incluso yo entiendo que no se puede arreglar algo si ni siquiera lo intentas. A veces hay que hacer el ridículo.
— Ya hice el ridículo esperando seis meses —dijo él, seco.
Lee Jihye bufó.
— Pues hazlo con estilo, esta vez.
Kim Namwoon soltó una risa silenciosa desde su lugar, pero luego la borró. La atmósfera todavía pesaba, y él, que había estado callado hasta ahora, se inclinó hacia el respaldo del sofá y habló por fin.
— Kim Dokja tampoco está bien.
Joonghyuk giró la cabeza, muy lentamente. La expresión no cambió, pero el aire a su alrededor se tensó.
— ¿Qué?
Namwoon asintió despacio.
— No lo dice, claro. Es él. Ya sabes cómo es. Sarcástico. Irónico. Te hace pensar que todo le da igual. Pero... no está bien. No ha estado bien desde que terminaron.
— ¿Cómo lo sabes?
— He ido a visitarlo. —Namwoon lo miró fijo—. Desde que volvió a su apartamento. Pensó que estaría mejor así. Que el cambio le ayudaría. Pero nunca terminó de desempacar. Tiene tu chaqueta en una caja, ¿sabías?
Joonghyuk frunció el ceño.
— ¿Cuál?
— Una negra, larga. Del primer invierno que pasaron juntos. La que tú decías que estaba vieja y él se rehusaba a dejar ir porque decía que olía a ti.
Joonghyuk cerró los ojos un momento.
Lo recordaba. Había intentado tirarla dos veces. Dokja la rescató ambas.
— A veces se queda mirando el celular por horas. Nunca escribe. Solo mira. Y cuando lo llamo, se hace el tonto. Pero yo lo sé, hyung. No ha vuelto a salir con nadie. Apenas ve gente. Hasta dejó de ir a las reuniones.
— Las evitaba —murmuró Joonghyuk, como si al decirlo en voz alta recién lo entendiera por completo—. Siempre que supo que iba a estar yo, no iba.
— No porque no quiera verte —dijo Namwoon—. Sino porque creía que tú no querías verlo a él.
Lee Jihye se llevó una mano al pecho, visiblemente conmovida.
— ¿Ven lo que digo? ¡Esto es una tragedia romántica sin final! ¡Son un par de idiotas orgullosos atrapados en un drama de oficina!
— Cállate, Jihye —dijo Joonghyuk, sin fuerza.
— No hasta que hagas algo —respondió ella—. Porque honestamente, si ustedes dos no se arreglan, voy a tener que encerrarlos en un cuarto y no pienso alimentarlos hasta que se besen.
— Estoy considerando esa idea seriamente —añadió Namwoon, con una sonrisa cansada.
Yoo Joonghyuk los escuchó, pero no dijo nada. Sus manos estaban entrelazadas, sus codos en las rodillas. Parecía estar inmóvil. Pero en su interior, algo que llevaba meses enterrado empezaba a agitarse.
No era esperanza. No todavía. Pero sí era posibilidad.
Entonces, la puerta del cuarto de invitados se abrió con un leve chirrido.
Mia apareció en el umbral. Tenía los ojos un poco enrojecidos, pero su expresión era firme. Orgullosa, como siempre. Aunque esta vez, se notaba el esfuerzo detrás de su postura recta.
Joonghyuk levantó la vista, pero no dijo nada.
Ella tampoco lo miró de inmediato. Caminó hacia la sala en silencio, como si estuviera calculando cada paso. Jihye se apartó un poco, dándole espacio. Namwoon se cruzó de brazos, atento.
Mia se paró frente a su hermano mayor. Exhaló.
— Me pasé un poco.
Joonghyuk no respondió.
— Bastante, en realidad —añadió, bajando la mirada por un segundo—. Perdón, oppa.
Se sentó en el brazo del sofá, sin mirarlo directamente.
— No es que me cayera mal Dokja… —continuó—. Es más bien lo contrario. Me gustaba cómo era contigo. Cómo te hacía reír, aunque fuera esa risa silenciosa que solo yo sabía leer. Cómo te hacía enojar. Cómo te sacaba de la cueva.
Joonghyuk giró levemente la cabeza hacia ella.
— Y sé que ibas a hacer algo estúpido —dijo Mia, con una sonrisa amarga—. Que ibas a encerrarte, a no hablar, a dejarlo ir, como haces siempre que algo te asusta. Por eso me molesté.
La pausa fue breve, pero cargada.
— Porque nunca te vi más feliz que cuando estabas con él.
Joonghyuk la observó por un momento. No dijo nada, pero algo en su rostro se relajó apenas. Un agradecimiento implícito. De esos que no necesitan pronunciarse para saberse sinceros.
— ¿Ya se reconciliaron? —preguntó Jihye, medio en broma, medio esperanzada.
— Aún no —dijo Mia—. Pero voy a intentarlo. Voy a dejar de tratarlo como si no tuviera corazón.
— ¡Qué bueno! —exclamó Namwoon con una sonrisa— Ahora solo falta que Joonghyuk deje de actuar como si tuviera una de piedra y tal vez logremos una conversación entre dos humanos.
Jihye soltó una carcajada.
— ¿Lo ves, hyung? Hasta Namwoon está empezando a hablar como Han Sooyoung. El mundo se está acabando.
— Cállense —murmuró Joonghyuk, sin fuerza, pero no se levantó. No los echó. Ni siquiera frunció el ceño. Era su manera de decir gracias .
Mia se levantó con un suspiro largo.
— Bien, vamos a terminar de decorar antes de que se haga medianoche. Y si no sonríes al menos una vez, te juro que no vendré las siguientes vacaciones.
— Ya estamos aquí, mínimo que haya pastel —añadió Lee Jihye, recuperando la energía.
— ¿Pastel de chocolate? —preguntó Kim Namwoon, ilusionado.
— No, de soledad —respondió Mia, sarcástica—. Pero puede que quede algo de chocolate.
Rieron. No mucho, pero lo suficiente para que la habitación se sintiera menos pesada.
Las manos volvieron a moverse. Globos, un peluche de pez luna, luces en las paredes. No era una gran fiesta, ni algo digno de fotos para redes sociales. Pero era su pequeña resistencia contra la tristeza. Un recordatorio de que había cosas por las que aún valía la pena levantarse.
Joonghyuk, en silencio, los observó moverse por su departamento. Su hermana. Sus aprendices. Y pensó —con más claridad que en semanas— que aún no todo estaba perdido.
No si encontraba el valor para hacer algo.
3 de agosto, 08:48 PM
La celebración había terminado hacía horas. El pastel, apenas cortado. Las decoraciones, colgando torcidas. Mia dormía en el cuarto de invitados. Jihye y Namwoon se habían marchado después de asegurarse que no iba a encerrarse de nuevo en su caparazón.
Yoo Joonghyuk se quedó solo. Como tantas veces antes.
Frente a su escritorio, encendió el monitor, casi por impulso. No quería pensar más, pero tampoco podía dormir. Así que abrió Skyfields , el juego que había marcado el inicio de todo. El primer título que había jugado en colaboración con la empresa donde trabajaba Kim Dokja. El mismo juego donde, en una transmisión en vivo, él había hecho un comentario sarcástico, y Dokja respondió con un mensaje en pantalla que decía:
“Jugando como si no estuvieras enamorado del protagonista.”
Joonghyuk había resoplado, incómodo. Pero sonrió. Lo hizo de nuevo esa noche, con la misma expresión involuntaria.
Entró a su cuenta, retomó su partida vieja. Por curiosidad. Por nostalgia.
En el primer pueblo, donde normalmente aparecían NPC genéricos con diálogos tutoriales, algo cambió.
Un ícono dorado parpadeó en el mapa. Una misión secreta, no anunciada en ningún parche oficial.
Curioso, Joonghyuk caminó hacia la ubicación. Una pequeña colina. Una vieja biblioteca abandonada en el juego. Lugar donde, meses atrás, Dokja había mencionado en un mensaje: “Si alguna vez desaparezco, búscame allí. Siempre dejo cosas importantes entre los libros.”
Yoo Joonghyuk entró.
Una ventana emergente aparece tras la pantalla de carga.
[Evento único disponible: “Recompensa del Vínculo Silencioso”]
Solo se puede acceder si la cuenta tiene cierto número de interacciones con un jugador específico. [Jugador: The_Oldest_Dream001]
Yoo Joonghyuk no lo recuerda. No estaba allí antes. O tal vez lo estuvo siempre, escondido. Hace clic.
El fondo cambia a un paisaje nocturno dentro del juego. Un acantilado virtual con luces de linternas flotando en el aire. Una figura de píxeles, parecida al avatar de Dokja, está sentada al borde.
Cuando el personaje de Joonghyuk se acerca, comienza la escena automática.
“Hey. Si estás viendo esto, significa que aún juegas esto. O al menos... no me eliminaste del todo.”
[El avatar pixelado se ríe. Se rasca la nuca.]
“No sé si esto te va a gustar. O si lo verás algún día. Pero pensé que era justo dejarlo aquí. Porque nunca fui bueno para decir lo que importa cuando debía decirlo.”
“Te amo.”
“Y no en el sentido de esas cosas cursis de películas que odias. Te amo en el sentido en que aprendí a entender tus silencios. Te amo en el espacio entre tus respuestas monosilábicas. En cómo no sabías consolarme, pero me dabas tu abrigo. En cómo no sabías reírte, pero te quedabas escuchándome.”
“Sé que no somos fáciles. Sé que hablo demasiado, y tú… bueno, no mucho. Pero nunca te pedí que cambiaras. Solo quería que me dejaras quedarme. Que me dejaras entrar.”
[El avatar se pone de pie. Mira al cielo]
“Si esto es lo más cerca que puedo estar de ti ahora, entonces está bien. Solo quería que supieras... que fuiste lo mejor de mi vida. Aunque no sepas qué hacer con eso.”
3 de agosto, 09:20 PM
Joonghyuk se queda quieto. Ni siquiera se da cuenta de que sus manos tiemblan. No hay una misión que completar. No hay recompensas. Solo un mensaje. Un adiós, quizás. O una puerta.
Se puso de pie.
Caminó hacia la entrada, tomó su abrigo del perchero, las llaves del llavero con forma de pez luna y calamar que Kim Dokja le había regalado en su primer aniversario, y salió del departamento.
No pensó en qué hora era. No pensó si estaba despeinado o si tendría que explicar por qué no llamó antes.
Solo sabía una cosa: Ya era suficiente. Suficiente de esperar que Kim Dokja diera el primer paso. Suficiente de castigarse por lo que no dijo. Suficiente de ser un idiota.
Y si Kim Dokja no lo quería ver, si le cerraba la puerta en la cara, si ya era demasiado tarde…
Aun así. Iba a decirlo.
Porque lo había extrañado tanto, tanto, que cada noche lo llevaba en silencio como una herida invisible.
Y si eso no bastaba, al menos quería que lo supiera.
“Te extrañé.” “Te extraño.” “Te seguiré extrañando hasta que me odies o me abraces de nuevo.”
Yoo Joonghyuk bajó las escaleras de dos en dos. La noche era húmeda. Pero por primera vez en meses, el corazón no le pesaba.
Estaba yendo hacia él. El camino hasta el apartamento de Kim Dokja se sintió más corto de lo que esperaba.
Las calles estaban en silencio. El timbre de la entrada temblaba bajo su dedo.
Una parte de él esperaba que no estuviera. Que hubiera salido, que el destino lo protegiera de hacer el ridículo.
Pero entonces, la puerta se abrió.
Kim Dokja apareció con una camiseta gris gastada, el cabello revuelto y una expresión de incredulidad que se transformó en algo más contenido. Miedo, quizás. Desconfianza. Tal vez el eco de algo que alguna vez fue afecto.
Yoo Joonghyuk sintió que el aire se le atascaba en el pecho. Lo miró. No dijo nada.
Dokja fue el primero en hablar.
— ¿Perdiste algo?
No era sarcasmo. No sonaba cruel. Pero dolía igual.
— Sí —dijo Joonghyuk, sin rodeos, mirándolo fijamente.
Dokja entrecerró los ojos. Se cruzó de brazos y no se movió de la puerta.
— ¿Qué haces aquí?
Yoo Joonghyuk tragó saliva. Sus manos estaban frías.
— Vi algo. En el juego.
Una pausa.
— Un evento oculto.
Kim Dokja no dijo nada. Pero Joonghyuk supo que entendía.
— Dijiste que me elegiste. Que me amaste.
— Fue hace mucho —respondió Dokja, bajando la mirada un segundo—. No sabía que aún estaba ahí.
— Yo tampoco.
El silencio entre ellos era el mismo de antes. Solo que ahora ardía.
Joonghyuk respiró hondo.
— Pensé que ibas a volver. Después de un tiempo.
Dokja levantó la vista. Su expresión era dura, pero los ojos… dolían.
— Esperé semanas. Meses. No dijiste nada. —admitió Joonghyuk, la voz baja—. Después pensé que era muy tarde.
— ¿Y ahora?
— Ahora creo que… no importa. Que si no lo digo, lo voy a seguir arrastrando.
Kim Dokja apretó los labios. Yoo Joonghyuk bajó un paso. No invadió el umbral. No se acercó más.
— Te extraño.
Dokja cerró los ojos. Joonghyuk vio cómo se tensaban sus hombros. Cómo su mandíbula se apretaba. Y cómo, por un instante, su cuerpo temblaba casi imperceptiblemente.
— ¿Por qué ahora?
— Porque fuiste lo mejor que me pasó —respondió Joonghyuk, sin dureza—. Porque dejaste algo para mí. Algo que no tenías que dejar. Y lo hiciste igual.
Dokja dejó escapar una risa breve. Triste. No era una burla, sino un reconocimiento.
— Eres tan idiota —dijo, casi en un susurro.
Joonghyuk asintió.
— Lo sé.
Dokja se apoyó contra el marco de la puerta. Miró hacia dentro, como si buscara una respuesta en sus propias paredes.
— ¿Qué quieres, Joonghyuk?
Joonghyuk respiró hondo.
— Quiero saber si puedo tener otra oportunidad. Para hacer las cosas bien. Para aprender. Para no quedarme en silencio esta vez.
Un silencio se extendió, pero no era frío. Kim Dokja lo miró. Largo. Honesto.
— No soy el mismo que hace seis meses.
— Yo tampoco.
— Tal vez no funcione.
— Pero tal vez sí.
Los dos quedaron quietos. Entonces, finalmente, Dokja retrocedió un paso. Dejó la puerta abierta.
— No prometo nada —dijo.
— No te estoy pidiendo eso.
Joonghyuk entró. Cerró la puerta detrás de él. El apartamento olía igual. A café viejo, a libros. A algo que siempre había asociado con “hogar” sin saberlo.
Dokja se sentó en el sofá. No dijo que se acercara. Pero Joonghyuk lo hizo igual. Se sentó junto a él. Sin tocarlo. Sin empujar. Solo ahí. Cerca.
Por primera vez en seis meses, el silencio no dolía.
Solo quedaba el espacio entre ellos. Pequeño. Inestable. Lleno de posibilidades.
Y por primera vez, Yoo Joonghyuk no temía lo que sentía por Kim Dokja.
18 de febrero del año pasado
La ciudad estaba envuelta en una de esas noches tibias de primavera, donde la brisa era suave y las luces parecían menos frías de lo normal. Joonghyuk lo recordaba con claridad porque Dokja insistió en caminar hasta su casa, incluso cuando él le había ofrecido tomar un taxi.
— Es más romántico así , dijo.
Una frase que Joonghyuk no supo cómo responder, pero que, de algún modo, se le quedó grabada.
Habían terminado de cenar en un restaurante pequeño, con manteles demasiado blancos y música de fondo que ninguno de los dos había escuchado. Kim Dokja había hablado mucho. De videojuegos, de trabajo, de lo difícil que era coordinar lanzamientos con programadores que no sabían hablar con humanos.
Y Joonghyuk lo había escuchado. Todo el tiempo. Sin interrumpirlo, sin apartar la mirada.
Sabía que esa noche algo iba a cambiar. Lo había sentido desde días antes, en los mensajes de madrugada que duraban hasta que el sol rozaba el horizonte. En los silencios cómodos durante las llamadas. En las pequeñas bromas que Dokja escribía en el chat cuando él estaba en vivo, solo para hacerlo sonreír sin que la cámara lo notara.
Al llegar al frente del edificio de Joonghyuk, Dokja se detuvo. Se giró hacia él. Parecía nervioso.
— Joonghyuk.
— Hm.
— ¿Puedo decirte algo sin que te asustes?
— Yo no me asusto.
— Ya, claro. Olvídalo, fue una mala forma de empezar…
Joonghyuk no se movió. Lo miró. Esperó.
Dokja bajó la mirada, tragó saliva, y luego la subió de nuevo.
— Me gustas mucho. Mucho más de lo que pensé que me iba a permitir. Y… me harías muy feliz si esto—esto que tenemos—se convierte en algo real. No soy fácil. Hablo demasiado. Me cierro de golpe. Pero si me dejas quedarme… yo también voy a cuidar de ti. Solo… no te vayas antes de tiempo, ¿sí?
Yoo Joonghyuk no respondió de inmediato.
Sus palabras no eran armas. No eran promesas vacías. Eran simplemente verdad. Y eso, en su mundo, siempre había sido más que suficiente.
Asintió una vez. Sencillamente. Con esa seriedad que parecía frialdad, pero que Dokja en ese entonces ya sabía leer.
— Entonces —dijo Joonghyuk—, quédate.
Y antes de que Kim Dokja pudiera decir algo más, lo besó. No con urgencia, ni con torpeza. Solo… con certeza.
Una mano sobre su cuello, y otra sobre su cintura. El mundo hizo silencio.
Cuando se separaron, Dokja tenía los ojos brillantes.
— ¿Eso fue un “sí”? —preguntó, con una sonrisa ladeada.
— Claramente.
Kim Dokja río. Una risa suave, cálida.
— Maldito seas por hacerme feliz así de fácil.
Yoo Joonghyuk no respondió. Solo lo miró. Y por dentro, prometió que nunca sería el primero en soltarlo.
No sabía entonces cuán difícil sería cumplir esa promesa. Pero esa noche ambos creyeron, sinceramente, que tenían todo el tiempo del mundo para cumplirla.
