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El torneo celebrado por el quincuagésimo aniversario del reinado del Rey Jaehaerys Targaryen había terminado con vítores y aplausos. Nunca antes se había visto, y probablemente nunca se vería, una justa tan grandiosa como la que protagonizaron los miembros de la Guardia Real: el Lord Comandante, Ser Ryam Redwayne, y su hermano jurado, Ser Clement Crabb. Se rompieron treinta lanzas, antes de que el mismísimo rey los nombrara a ambos campeones del torneo.
En definitiva, la mejor justa de la historia.
Mientras el banquete de clausura se llevaba a cabo, los ojos de todos estaban puestos en el Rey Jaehaerys y su familia —los presentes, al menos—, y es que nadie pasó por alto que, a pesar de ser un evento dedicado a celebrar el largo gobierno del rey, la mitad de su familia estaba ausente.
La reina Alyssane no estaba presente, pero sí su hija más joven, la Princesa Gael. La Princesa Rhaenys estaba presente, pero eso solo hacía más evidente la ausencia de su madre, la Princesa Jocelyn. El Príncipe Baelon, como Heredero al Trono, también estaba presente, junto a sus dos hijos, pero sin ninguna de sus hijas en ley.
Aunque las dos últimas tenían excusas muy válidas.
Se sabía comúnmente, que la Princesa Aemma apenas podía levantarse de la cama después del nacimiento de su hija, la Princesa Rhaenyra. Ahora, casi un año después, apenas había recuperado un poco de sus fuerzas, pero no las suficientes como para asistir al torneo o el banquete.
De forma parecida, Lady Rhea Royce, se encontraba en el Valle de Arryn, gobernando su territorio mientras se acercaba cada vez más a su fecha de parto. Por lo que viajar a la capital para el torneo habría sido imposible para ella. A pesar de que había muchos que salivaban ante la idea de conocer a la esposa del Príncipe Rebelde y enterarse si el hijo en su vientre era en realidad de su esposo.
La Princesa Gael Targaryen, hija menor del Rey Jaehaerys, se mordía el labio mientras miraba casi temerosa a su sobrino.
Ella y Daemon, a pesar de tener edades cercanas y haber pasado juntos su infancia, nunca llegaron a congeniar del todo. Para ella, él era demasiado enérgico y dispuesto a correr por todos lados; y para él, ella era demasiado aburrida y cobarde. Aun así, la princesa tenía una misión encomendada y Gael nunca quiso decepcionar a su madre.
Así que tomó valor y se acercó a su sobrino más problemático.
“¿En qué puedo ayudarte, querida tía?”. Preguntó Daemon, la princesa se obligó a no estremecerse o fruncir el ceño cuando escuchó su tono de voz aireado, signo de su ebriedad.
“Madre quiere hacer una visita a Runnestone, para acompañar a tu esposa en el nacimiento. No quiere que tu hijo o hija nazca lejos de la familia, pero entiende que le es imposible a tu señora esposa viajar a la Capital o a Dragonstone.”
Daemon hizo una mueca y por un momento, su mirada se tornó tormentosa. Gael trago saliva queriendo alejarse de él, incomoda. Su sobrino representaba todo aquello que su madre le advertía de los hombres, y Gael solo quería correr a los brazos de su madre cuando él le dedicó una mirada.
Al final, Daemon solo se encogió de hombros y se tomó su copa de vino de golpe.
“La abuela puede hacer lo que quiera. Nadie le cerrara las puertas del castillo en la cara, puede ir y venir a su antojo a donde lo deseé.”
Gael decidió tomarlo como un acuerdo y alejarse de inmediato.
Tal vez debería decirle al Rey que se sentía cansada e irse a sus habitaciones.
Regresaría a Dragonstone al día siguiente, con suerte.
Rhea sostuvo a sus dos hijos, sus primogénitos, con asombro. Tres días atrás, estableció con William, el maestre, el mayordomo y Daemon, lo que quería que sucediera si terminaba muerta dando a luz a estos niños.
Ahora estaba aquí y todo ese trabajo parecía inútil. Ella vivía y tenía a sus dos hijos con ella.
Un niño y una niña.
Su hijo y su hija.
Eran preciosos.
Pequeños, arrugados, ruidosos, y extraños. Pero hermosos y maravillosos.
Rhea creyó saber antes lo que era estar contenta, pero nada se comparaba con lo que sentía por estos niños en sus brazos.
“Es mi turno”, la voz de Daemon la sacó de su asombro y Rhea no pudo evitar mirar con molestia a su esposo.
Daemon había rondado la puerta de sus habitaciones durante todo el parto, junto a su abuela y su tía. Sin importar cuantas veces Rhea hubiera pedido que se fuera, irritada por todas las discusiones que la Reina tenía con su nieto, mientras ella sufría dando a luz.
Parecía que ni siquiera el nacimiento de sus hijos era suficiente para hacer que Daemon no fuera un incordio para todos. Rhea no quería a ninguno de ellos ahí, pero no tenía opción con Daemon, era su esposo y, le gustara o no, el padre de sus hijos.
“Si los dejas caer, te mato ”, declaró Rhea, mientras permitía que Daemon tomara en los brazos a sus hijos. El la ignoro, demasiado concentrado en sonreirle a los bebés y abrazarlos.
Rhea se obligó a no mostrar reacción.
No estaba segura de por qué la imagen de Daemon con los niños le daba una sensación cálida, aliviada. Tal vez, el hecho de que realmente no podría haber duda alguna de su legitimidad, a pesar de lo que los rumores más desagradables dijeran.
Rhea no se engañaba en la verdadera razón de la presencia de la Reina en su castillo.
La Reina quería comprobarlo directamente, quería saber si Rhea había sido capaz de engañar a la Familia Real y al Reino entero, teniendo bastardos. Rhea esperaba que todos los que murmuraron a su espalda sobre su falta de honor, se envenenaran con sus mentiras.
“¿Y ahora qué?”, preguntó Daemon horas después, cuando cada uno sostenía a uno de sus hijos dormidos.
Rhea sostenía al niño y Daemon abrazaba a la niña. Aún no habían escogido un nombre para ellos.
“Tenemos que lograr que sobrevivan” respondió Rhea, distraída por la forma en que su hijo dormido fruncía los labios.
Sus palabras le ganaron una fea mirada de su esposo, a lo que Rhea solo arqueó la ceja.
“Los bebés mueren todo el tiempo”, le recordó Rhea, reacia. “Hay una razón por la que a pesar de que mi madre trajo tres hijos al mundo solo yo he permanecido.”
Daemon abrió la boca, seguramente para soltar un comentario ingenioso, pero luego la cerró y centró la vista en su hija dormida. La miraba con tal ternura, que hasta entonces Rhea había considerado imposible para un hombre como él.
“Odio tener que darte la razón” dijo Daemon, sin mirar a Rhea. “Mi único hermano menor murió antes de que llegara a recordarlo y de mis sobrinos, solo Rhaenyra ha vivido.”
Rhea suspiró y se obligó a no preocuparse por ese historial.
Sus hijos no estarían entre esos números, Rhea se negaba a permitirlo.
Baelon abrazo a sus nietos con suavidad. Los pequeños en sus brazos eran un recordatorio de una época mejor, cuando sus propios hijos eran bebés y su familia estaba más unida que nunca. Los niños eran iguales a Daemon, completamente Valyrios, y tan preciosos que Baelon no podía sentir que su corazón se ablandaba.
Había temido —oh como había temido—, que los gustos de su hijo y su comportamiento hicieran que un día hubiera un pequeño de cabello plateado en alguno de los burdeles de la Capital. Admitía que fue una de las razones por las que presionó tanto a Daemon para casarse.
“Están creciendo tan rápido”, dijo Baelon, a su hija en ley.
Rhea Royce le dedicó una mirada indescifrable. Era un poco desconcertante ver a una mujer tan joven como ella con esa clase de seriedad. Aemma aún se ponía nerviosa cerca de Baelon, incluso si lo conocía de hace años y llevaba más tiempo casada con Viserys.
“Es una señal de que están sanos”, dijo tranquilamente Rhea.
Baelon asintió.
“Me recuerdan a mis hijos a su edad”, dijo Baelon, con una sonrisa algo irónica. “Eran adorables, antes de crecer”, por un momento Baelon, vio el destello de una sonrisa, algo pequeño y fugaz, antes que desapareciera.
“Puedo imaginarlo”, dijo la esposa de su hijo menor mirando a los niños. “Si se parecen en algo a mis hijos, eso sí.”
“Son idénticos a Daemon”, respondió el Heredero al Trono. “Realmente no he visto niños tan valyrios desde que nació Daemon.”
“ Son hijos de Daemon”, replicó Rhea con un tono inflexible. Baelon suspiró.
“Hubo un momento en que lo dudé”, admitió Baelon con cierta vergüenza, lo que le ganó una mirada llena de ira apenas disimulada de su hija en ley. “Fue claro desde el principio que ni Daemon ni tú estaban contentos por vuestro matrimonio. En la Capital lo notaron, de cómo ustedes se mantenían distantes y sabían de cada una de vuestras disputas. Daemon hizo todo lo posible para mostrar su descontento y no tardaste en responder, más que una pareja de esposos parecían dos ejércitos enfrentados, y por lo que sé, cuando vinieron aquí a Runnestone las cosas no cambiaron mucho. Así que fue difícil para mí, creer del todo que con una relación así, con tanto desprecio y resentimiento, Daemon y tú pudieran llegar a concebir”, habló Baelon, con sinceridad mientras esperaba una reacción de ella, una mirada avergonzada, quizás una disculpa o excusa, pero Rhea no le interrumpió. “Me disculpo. Nunca debí poner en duda tu honor y tu lealtad a tu matrimonio.”
Rhea suspiró.
“No, no debiste”, mirándolo directamente respondió, sin vergüenza o disculpas. “Yo no quería casarme con Daemon. Realmente no quiero estar con él ahora. Pero mi honor y principios me hacen imposible serle infiel. No lo amo, apenas lo respeto y francamente con esfuerzo lo tolero. Pero ante los ojos de los Dioses y la Ley es mi esposo, y ahora, también es el padre de mis hijos, estaré atada a él de por vida.”
Baelon sintió un poco de tristeza. En su juventud, soñó con que sus hijos encontrarán el amor en sus matrimonios. Serían tan felices como él y Alyssa, pero ahora parecía que había condenado a su hijo.
“Daemon es… único en muchos sentidos”, dijo finalmente Baelon. “Necesita alguien que lo guíe y le muestre el camino, que lo proteja de sus propias decisiones impulsivas. Está claro que mi padre y yo hemos fallado en ese caso. Si mi Alyssa estuviera aquí, tal vez las cosas serían diferentes, pero eso nunca lo sabremos. No te exigiré que lo ames o le entregues tu devoción, solo te pido que intentes ser su guía. Soy consciente de que lo que requiere, y es demasiado, lo sé bien, pero es mi hijo menor y no quiero verlo caer por culpa de su propio mal juicio. No lo hagas por su bien, pero como has dicho, es el padre de tus hijos y ambos estarán atados el uno al otro por el resto de vuestras vidas.”
Su hija en ley lo miró fijamente, esos ojos marrones parecían mirar directamente al alma de Baelon.
“Lo haré” dijo finalmente, para alivio del príncipe. “No por tu petición o por el bienestar de Daemon. Porque mis hijos merecen algo mejor que un príncipe rebelde y sin sentido como padre.”-suspiró con hartazgo. “No prometo nada, al final no importa lo que yo haga o diga, será Daemon quien decida su propio destino.”
Rhea entonces lo miró con un brillo de lo que casi parecía compasión en sus ojos.
“Aunque… tienes muy poca fe en tu hijo, Príncipe Baelon.”
Alyssane Targaryen no sabía qué pensar de la joven frente a ella. No, la mujer .
Había escogido a Rhea Royce para Daemon con la intención de asegurarse de detener el comportamiento salvaje de su nieto. Pero los resultados fueron… inesperados.
Los pequeños Aemon y Baela, —y Alyssane lloró un poco cuando escuchó los nombres de sus bisnietos—, eran todo lo que esperaba y al mismo tiempo, no, cuando organizó la boda entre Daemon y Rhea. Ninguno de los dos parecía estar cerca de siquiera agradarse el uno al otro, pero la reina no podía negar la devoción que ambos demostraron a sus hijos.
“Creo que ya he extendido mi bienvenida, querida”, dijo Alyssane a Rhea, mientras ambas disfrutaban la presencia de los niños en la guardería.
“Usted siempre será bienvenida en este castillo su alteza” respondió la esposa de su nieto en un tono plano. Si Alyssane fuera otra persona, seguramente creería en sus palabras, pero sabía mejor que eso.
“Supongo que podemos fingir eso por ahora” -dijo Alyssane con una sonrisa irónica. Rhea permaneció en silencio. “Me iré con Gael junto con Baelon y Viserys.”
La reina había pasado años fuera de la Capital, pero quería pasar a ver a Aemma, el último regalo que le dejó Daella, y conocer finalmente a la pequeña Rhaenyra.
“Espero entonces, que su visita haya sido todo lo que quería y más, Su Alteza.” habló Rhea Royce mirándola con firmeza. “Le agradezco mucho por venir hasta Runnestone y preocuparse por mí y por mis hijos.”
Alyssane no demostró el repentino impulso de reír que sintió. Cualquier otro noble haría lo que fuera, incluso rogarle, para que ella y su familia permanecieran en su casa. Pero Rhea Royce, solo quería que todos ellos la dejaran en paz con sus hijos. Estaba claro que el único Targaryen que estaba dispuesta a sufrir de forma prolongada era Daemon, e incluso eso era precario, porque la pareja apenas y se soportaba la mayor parte del tiempo.
La reina aún tenía muchas cosas por decir. Una parte de ella —muy pequeña, pero persistente—, consideró la posibilidad de disculparse por no confiar en el honor ni la lealtad de Rhea Royce hacia su matrimonio. Quizás, tal vez, podría cerrar la brecha y deshacer cualquier mal sentimiento que Rhea tuviera hacia ella.
Pero al final, decidió irse en silencio y en paz.
Ya habían perturbado la tranquilidad de la Casa Royce lo suficiente.
Aemma intento no molestarse por los rumores o las miradas. A pesar de que había regresado a su ritmo habitual de antes del nacimiento de Rhaenyra, estaba claro que algo había cambiado.
Y realmente no había que ser muy astuto para entenderlo.
Los hijos de Daemon.
Gemelos de todas las cosas, un niño y una niña que eran primos de su hija. Aemma estaba feliz por Daemon, pero había una buena parte de ella que no podía evitar preguntarse:
¿Por qué?
¿Por qué Daemon y Rhea tenían suerte donde Aemma y Viserys no?
Aemma sabía que sus celos estaban mal. Esos asuntos eran cuestión de los Dioses y ningún hombre o mujer podía intervenir. Pero no podía evitar sentirse así.
Ahora la corte la miraba fijamente, murmuraban y se burlaban. Rhea Royce pudo embarazarse de gemelos en su noche de bodas, dirigió una fortaleza estando embarazada, dio a luz a dos hijos sanos y al pasar una luna, ya estaba de pie en sus deberes, como si nunca hubiera estado cargando el peso de dos vidas con ella. Todo fue perfecto, sin ninguna complicación, como si fuera fácil .
Mientras tanto, Aemma necesito guardar reposo en cama por la mitad de su embarazo de Rhaenyra, y aunque solo tuvo una hija, tardó casi un año en recuperarse.
Las comparaciones eran dolorosas.
Los primeros rumores de una plaga de escalofríos no pasaron desapercibidos. Algunos mercaderes, trabajadores de los puertos, un par de burdeles de dudosa reputación y uno que otro caballero sin nombre, no eran relevantes para la mayoría de los nobles. Casi cuarenta años atrás, los Escalofríos le dieron un duro golpe al Reino, pero cuando terminó la plaga todos asumieron que había sido un acontecimiento de una vez en la vida.
El Rey Jaehaerys, quien perdió a la mitad de su Concejo en esa plaga y a una hija, ciertamente así lo creyó.
Por eso, cuando el Gran Maestre Allar vino a informar en la reunión del Concejo Pequeño que durante la noche dos sirvientes y un caballero habían muerto de Escalofríos, el Rey solo sintió fatiga.
No pasó mucho tiempo para que las personas asustadas empezaran a abandonar la Capital del Reino. En cuestión de días la mayor parte de la corte encontró razones para volver a sus hogares mientras que la noticia corrió tan rápido como los cuervos podían volar.
Entonces con el pasar de las semanas empezaron a llegar las noticias desde los principales puertos del reino.
En Oldtown, el Alto Septon y su círculo íntimo se habían refugiado en la Hightower cuando, en menos de una semana, diez de sus adeptos murieron sin que los maestres pudieran hacer mucho. La seguridad del Faro demostró ser insuficiente, cuando tres miembros de la Casa Hightower fallecieron en rápida sucesión. Dos adultos y la pequeña Alicent de tan solo dos años.
Garlan Tyrell había hecho que su hijo, Leo, fuera a poner orden en sus puertos en nombre de la Casa Tyrell, pero la gente temerosa, apenas y le dejaba acercarse.
En Spicetown, la Casa Velaryon intentaba controlar la plaga antes de que saliera de sus puertos, mientras que Rhaenys Targaryen se refugió con su madre e hijos hasta Bastión de Tormentas, con la esperanza de que el legendario castillo fuera un lugar seguro para los miembros más vulnerables su familia. Debido a la temporada de tormentas que arrasaba, los puertos de los Baratheon eran los menos concurridos del reino lo que hacía que muchos consideraron el lugar el más seguro del reino.
Esta noción mostró ser equivocada, cuando Jocelyn Baratheon, la Dama Oscura, falleció en el transcurso de una noche.
En las Tierras de la Corona, al igual que la primera vez, la plaga recorrió toda la Bahía de Aguasnegras y sus islas, dejando a los señores casi indefensos ante la propagación rápida e indiscriminada. Ni siquiera Dragonstone estaba a salvo, y el castillo ancestral de la Familia Real se había sellado con la Reina y la Princesa adentro.
En las tierras de los ríos, Grover Tully buscaba poner en orden a sus abanderados, mientras que los informes de muertes y enfermos aumentaban.
Mientras que el joven Rickon Stark, viajó él mismo a Puerto Blanco y dirigió el control de la plaga junto a los Manderly con resultados en su mayoría positivos. Por lo menos, en el Norte ningún noble había muerto aún.
No se podía decir lo mismo de la gente común.
Tommen Lannister mantenía el orden lo mejor posible desde Castely Rock, pero ya se habían presentado casos de nobles muertos en Fair Isle. Y la enfermedad se estaba extendiendo por Lannisport más rápido de lo que el Señor del Oeste podía actuar.
En el Valle de Arryn, Yobert Royce había tomado medidas enérgicas para contener la enfermedad. El rumor decía que Lord Graffton se negó a escuchar las advertencias del regente y por eso su hermano, tío y sobrino murieron. Más tarde, el Señor de Puerto Gaviota culpó al Lord Protector y la discusión escaló a tal punto que terminó en puñetazos.
Y cuanto menos se hable de las Islas de Hierro, mejor.
En solo tres lunas, el reino entero entró en crisis.
Daemon suponía que tenían suerte. Cuando llegaron los primeros rumores de que los Escalofríos habían vuelto a Poniente, Rhea tomó cartas en el asunto para que Runnesport se preparara.
El puerto quedó casi paralizado, y se invitó a los pescadores a buscar una nueva fuente de ingresos en los campos. En aquel momento, Daemon la llamó paranoica, ahora ve que fue eso lo que los salvó de lo peor de la enfermedad.
Si bien en Puerto Gaviota, la situación estaba al borde de descontrolarse; en Runnestone, estaban considerablemente bien a pesar de todo.
En especial, cuando lo comparas con el resto del reino.
Los cuervos traían noticias tan oscuras como sus alas. Al igual que la primera vez, la enfermedad se esparció rápido y mataba sin importar la edad, la posición o el estatus. Todos eran vulnerables, pero era verdad que las mayores víctimas eran los niños y los ancianos.
Y era precisamente eso lo que tenía a Daemon y Rhea en alerta máxima.
Desde que empezó todo, los gemelos nunca estaban lejos de uno de ellos, ningún sirviente tenía permitido acercarse si no estaba limpio y ahora ya no dormían en la guardería si no con Daemon y Rhea en la cama de esta última.
Ambos podían ignorar la incomodidad de dormir juntos por el bienestar de sus hijos.
Rhea había trasladado la mayor parte de su trabajo a la estancia familiar, los sirvientes que venían a ayudarles eran pocos y los niños eran la prioridad. Daemon se encargó de supervisar a los guardias, y también de adquirir todos los gatos que pudieran.
Los maestres que sobrevivieron a la última plaga, habían postulado que la enfermedad era propagada por las ratas, por lo que Daemon ordenó que todo Runestone fuera limpiado de esas alimañas. Ya fuera cierto o no, el príncipe no se arriesgaría, no cuando de la salud de sus hijos se trataba.
Cuando Daemon volvió a ver a Rhea, se aseguro de darse un baño primero. Su esposa le había explicado que su difunto abuelo había notado que entre más limpios estuvieran los hogares, menos posibilidad había de que la plaga llegará a ellos.
No era raro encontrar a su esposa con los niños. Parecía que siempre que la buscaba, Rhea tenía a los niños cerca o en sus brazos, pero lo que sí era extraño era ver a Rhea pasearse por la habitación preocupada, como ahora.
“¿Qué sucede?” Preguntó Daemon, dándole un pequeño susto.
Ella se giró y lo miró con la misma preocupación de antes, casi parecía nerviosa.
“Noticias desde la Fortaleza Roja” dijo Rhea sombríamente.
Daemon sintió que su corazón latía más fuerte y una sensación que solo podía describir como pavor se apoderó de él. Ese tono solo podía significar una cosa.
“¿Quién…?” -Daemon sintió un nudo en la garganta pero se obligó a preguntar. “¿Quién murió?”
“...La Princesa Gael falleció hace tres días en Dragonstone”, respondió Rhea en voz baja.
Daemon se acercó a la cama y se sentó, con cuidado de no molestar a los niños, y soltó el aliento que no sabía que estaba conteniendo. Por un momento, temió por su padre y su hermano, y luego se sintió culpable por que era su tía —la última que quedaba— quien murió y él solo se alegraba que no fuera otra persona.
Daemon asintió a Rhea sentarse a su lado, el príncipe miró hacia su esposa y la vio morderse el labio, aún preocupada.
“¿Hay más?”, preguntó Daemon, a lo que Rhea asintió antes de sujetar su mano.
“La Reina… no manejó bien la muerte de la Princesa, se desplomó y tu padre fue a buscarla." Ante las palabras de Rhea Daemon se obligó a no reaccionar. “Está en la Fortaleza Roja, pero hay temor de que si no muere por la enfermedad… la pena de perder a su última hija termine con su vida.”
La relación con su abuela era complicada, llena de problemas y más. Pero ella había sido quién lo cuidó después de la muerte de su madre, y al final, quién más se preocupaba por él en toda su familia.
Inconscientemente busco consuelo en Rhea, quien lo abrazó y le dejó sujetarlo con fuerza. Él siempre había sido alguien dado al consuelo del tacto y Rhea nunca le reprochaba que lo buscara en ella.
No hablaban de ello, ninguno de los dos estaba listo para enfrentar su nueva cercanía y lo que podría significar. No ahora, cuando la situación era crítica y la vida de sus seres queridos no estaba asegurada. Pero era obvio que en esta situación, donde solo se tenían el uno al otro para apoyarse había provocado un cambio, aunque si era bueno o malo aún estaba por verse.
“¿Cómo está mi padre?”, preguntó Daemon finalmente.
“Hasta ahora no presenta síntomas de la enfermedad y todo parece indicar que está usando su nuevo puesto como Mano del Rey para mejorar las cosas” -dijo Rhea con voz queda, acariciando su cabello con delicadeza.
Daemon asintió y se obligó a no preocuparse más por ello.
Su padre era fuerte, una plaga no sería lo que terminaría con él.
Jaehaerys se sentó frente a su esposa. Nunca había visto a Alyssane tan frágil, no cuando fueron rehenes de Maegor, no cuando corrieron a Bastión de Tormentas, no cuando perdieron a su madre y hermanos, no cuando perdieron a sus hijos.
Pero ahora, era diferente.
En muchos sentidos, Gael había sido la esperanza de Alyssane. La única hija a la que pudo aferrarse, la única que le quedaba cuando los habían perdido a casi todos. Y ahora, esa esperanza se había ido, su niña de invierno ya no estaba y Jaehaerys temía que se llevaría a su esposa con ella.
“A veces no puedo evitar pensar que estamos malditos”, dijo Alyssane finalmente con voz ronca. “O tal vez más que una maldición, es un castigo divino el que estamos soportando.”
Jaehaerys se obligó a no flaquear.
“Nadie puede predecir como una plaga ataca. No es una maldición, ni tampoco un castigo” -dijo Jaehaerys deseando consolarla.
“Oh, pero lo es” dijo Alyssane cerrando los ojos y derramando lágrimas. “Los Targaryen hemos sido demasiado arrogantes. Tu y yo fuimos los peores, creímos que nuestros Dragones nos hacían invencibles, que por eso estábamos por encima de los dioses, y ahora, nuestros hijos están pagando por ello.”
“¿A qué te refieres, Aly?” Preguntó Jaeharys, queriendo llorar también y sin poder hacerlo porque ya no le quedaban lágrimas.
“Aegon “El Conquistador" creyó que podía ir contra todas las leyes naturales. Se casó con una hermana y después con la otra, eso los provocó, Rhaenys Targaryen es solo huesos en donde sea que esté ahora.” dijo Alyssane con amargura. “Ninguna de ellas, ni Rhaenys, ni Visenya, le dio a Aegon un hijo sano. Nuestro padre era débil físicamente y la mente de Maegor estaba rota.”
Jaehaerys abrió la boca para replicar, pero ella no le dejó hablar.
“Nuestro padre hizo lo correcto al casarse fuera de la casa Targaryen, tal vez por eso él y nuestra madre lograron que la mayoría de nosotros viviera más. Pero luego casó a nuestros hermanos. Y todo se arruinó. La Fé se rebeló, nuestro padre débil como era, murió, y nuestra madre no pudo hacer nada mientras Maegor tomaba el trono y nos encerraba… mientras mataba a Aegon y a Viserys.”
Jaehaerys trago saliva, el dolor de las pérdidas pasadas de sus hermanos, aún era doloroso.
“Eso sucedió por la deslealtad. El reino era joven, muchos aún recordaban lo que era ser reinos separados. Y como dijiste, Maegor estaba loco, ambicionaba el trono y no le importaba ser un asesino de parientes. No es una maldición, sólo una mala situación” -dijo Jaehaerys a lo que ella soltó una risa amarga.
“Rhaena se casó con Aegon, le dio dos hijas” dijo Alyssane con dolor. “Una terminó en la Fé, sin nunca volver a ser solo su hija y la otra tomó a Balerion y regresó medio muerta de las ruinas de Valyria.” Jaehaerys sintió su corazón latir con fuerza, los destinos de sus sobrinas eran otra carga que le pesaba el corazón. “Rhaena murió sola y nosotros…” Alyssane suspiró: “Nosotros empeoramos todo.”
“¿Por qué dices estas cosas, Aly?”
“Vimos el pasado. Y aún así, fuimos contra todo consejo y nos casamos cuando nunca debimos haberlo hecho.”
Jaehaerys sintió como lo apuñalaban, sus ojos se llenaron de lágrimas.
“¡No digas eso!” Soltó el rey enojado, Alyssane solo le dedicó una mirada ausente.
“Fuimos en contra de nuestra madre. Fuimos en contra de los Dioses y eso nos trajo la desgracia. Trece hijos, trece , a quienes llevé en mi vientre por tí, porque te amaba… y he tenido que ver las cenizas de todos menos tres. Nuestra única hija que vive nos odia, a Vaegon, le importamos poco, y Baelon es el único que sigue aquí.” Alyssane resopló amargamente. “Nos creimos Dioses Jae… y condenamos a nuestra línea, ahora estamos malditos, malditos a envejecer y ver morir a nuestra familia. Hermanos, hermanas, hijos, nietos… no importa, todos morirán antes que nosotros. Por qué nos convencimos de que tener dragones nos ponía por encima de los Dioses.”
Las manos de Jaehaerys temblaron.
“Somos Targaryen, somos los últimos vestigios de Valyria, nosotros no respondemos-”
“Somos Targaryen, sí, pero solo somos hombres y mujeres”, le interrumpió Alyssane con acritud. “Sangramos tan rojo como los Velaryon, como los Lannister o como los Stark. Tan rojo como el sirviente o el campesino. Y morimos tan fácilmente como cualquiera de ellos. Una enfermedad, una espada, una caída, un cuchillo, un veneno, todo puede matarnos tan fácilmente como a los demás. ¡¿Dónde estaba esa supuesta supremacía cuando mis hijos morían antes de crecer?! ¡¿Dónde estaba cuando mis hijas murieron después de dar a luz?! ¡¿Dónde estaba para Aemon, Viserra, Maegelle… para Gael?!”
Jaehaerys negó con la cabeza.
“¿Qué quieres de mi, Alyssane?” Preguntó el rey con amargura. “No puedo cambiar el pasado. No puedo acabar con nuestro matrimonio. Eso no devolverá a nuestros hijos.”
“Hace mucho que dejé de esperar cosas de ti…” dijo Alyssane simplemente. “Estoy vieja y cansada. Solo cuento los días para encontrarme con el Extraño y tal vez, si los Dioses tienen piedad de mí, poder encontrarme con mis hijos e hijas.”
“Entonces ¿por qué, Alysanne? ¿por qué me dices esto?” Preguntó el monarca cansado y rendido.
“No lo sé. Tal vez solo quería desahogarme… tal vez quería lastimarte y que te sintieras aunque solo sea un poco como yo lo hago.” Alyssane negó con la cabeza. “Solo espero no estar para cuando nuestros bisnietos crezcan y puedan recordarnos.”
Jaehaerys la miró sorprendida.
“Ya arruinamos a nuestros hijos”, dijo Alyssane. “Los condenamos, y luego hicimos lo mismo con nuestros nietos. Rhaenys está más separada de la familia que nunca, le robaste su herencia y la excluimos, algo que Aemon no nos perdonará. Viserys y Aemma están obligados a vivir a nuestra sombra, repitiendo nuestros errores y solo sufriendo por ello. Y Daemon, oh Jae, obligamos a Daemon a casarse con alguien que no quería y básicamente lo desterramos con nuestra decisión”, Alyssane soltó otra risa amarga, “...Lo mejor para Laenor, para Laena, Rhaenyra, Aemon y Baela, y para cualquier niño o niña que venga después, es que ni tú ni yo estemos cerca para arruinar sus vidas.”
Y Jaehaerys, no pudo rebatir las crueles palabras de su esposa, solo dejándole destrozado el corazón.
Rhea solo pudo mirar con pena como Daemon se lamentó cuando la noticia de la muerte de su hermano les llegó.
El cuervo llegó en medio de la noche y el maestre los despertó con alarma, notando el sello real y el hecho de que estaba marcado como urgente. Ver a Daemon derrumbarse fue terrible, ver el momento exacto en el que perdió la alegría y todo lo que lo unía en sí.
Rhea solo pudo abrazarlo, intentando sostener sus piezas, y le dejó llorar en su hombro.
A la mañana siguiente cargó el vuelo hasta la capital, para que él pudiera despedirse de su hermano. Rhea y los niños no podían acompañarlo, no cuando la Capital estaba llena de enfermos, pero Daemon tenía que despedirse de Viserys, su hermano mayor.
Cuando regresó, Daemon estaba hecho un desastre.
Rhea le permitió llorar durante siete días, le dio una habitación aislada donde tomó todo el vino que quería, donde nadie le molestó que llorara, gritara o rompiera cosas. A veces, ella entraba e intentaba convencerlo de comer y lavarse.
Pero en el octavo día, lo obligó a ponerse sobrio nuevamente. No permitiría que Daemon se matara por el vino y dejara huérfanos a sus hijos, que la dejara sola. Viserys Targaryen estaba muerto, pero se condenaría a sí misma si permitía que el duelo se llevara a Daemon también.
Rhea soportó lo peor del llanto de Daemon en esos días. Lo abrazó con fuerza y le brindó todas las palabras de consuelo que podía. Le quitó el vino y resistió su mal temperamento para luego, limpiar sus lágrimas con sus propias manos y dejarlo esconder la cabeza en su hombro para que llorara más.
Lo ayudó a ponerse de pie, para que volviera a sí mismo por su bien y el de los hijos que compartían.
Y Daemon hizo lo mismo por ella, cuando tiempo después, su adorado primo William perdió su batalla contra la enfermedad.
Daemon estuvo a su lado cuando temblorosamente y con lágrimas desbordando de sus ojos rojos, escribió la carta que enviará a Nido de Águilas. Daemon la sostuvo, cuando los huesos de William eran colocados en las criptas, y limpio las lágrimas de Rhea que caían por sus mejillas.
Daemon la abrazó en las noches frías, cuando el dolor de la ausencia de su primo no podía distraerse con el trabajo. La escuchó cuando contó sus recuerdos de la infancia y luego contó los suyos con Viserys.
Ninguno admitiría, pero estas pérdidas los acercaros. Ahora eran compañeros en el dolor; sabían cómo se siente perder a su mejor amigo, ambos entendían el vacío que deja un hermano.
A los cinco meses del regreso de los Escalofríos a Poniente, las muertes se contaban en cientos. Los más afectados eran, por supuesto, la gente pequeña y aquellos cercanos a los puertos. Pero para este momento, la nobleza de los Siete Reinos ya empezaba a sufrir por la plaga.
Desde caballeros, señores, herederos, damas y jóvenes hijas, e incluso un Príncipe y una Princesa. El Extraño no tenía escrúpulos, y tomaba sin clemencia alguna.
Pero había una esperanza.
Y es que los maestres notaron que por terrible que fuera, esta plaga no era tan devastadora como la anterior y todo indicaba que estaba por desacelerarse.
Los habitantes de los Siete Reinos sólo podían rezar para que fuera cierto.
Cuando empezó el año 99 AC., Rhea sintió que podía respirar de nuevo.
Los maestres que sobrevivieron, acordaron que la plaga estaba por llegar a su fin y Rhea estaba más que aliviada. Aún así, no dejaría a sus hijos sin atención hasta que no estuviera segura de que estarían a salvo.
Algo en lo que afortunadamente Daemon no la contradijo.
Rhea había empezado a dejar atrás algunas de sus medidas más estrictas, por ejemplo, ahora había vuelto a dar paseos con sus hijos por el Bosque de Dioses. En el camino de regreso a sus habitaciones, Rhea no pudo evitar la punzada de dolor que sintió al ver los pasillos de su castillo casi vacíos.
La plaga también los había golpeado.
Rhea se obligó a no pensar en William y en cuanto lo echaba de menos.
Varios de sus guardias y sirvientes habían muerto por la plaga, pocos se habían recuperado y las personas temían salir e incluso hablar entre ellas. Afortunadamente, nadie más de su familia se había visto afectado por la enfermedad, aunque había llegado a temer lo peor cuando se enteró de que la enfermedad alcanzó al Nido de Águilas.
Todo el Valle de Arryn, contuvo el aliento cuando la Casa Arryn fue golpeada. Pero Jeyne Arryn estaba ilesa, gracias a los Dioses, pese a que Arnold Arryn fallecio. Un hecho por el que Rhea se sentía particularmente satisfecha.
Cuando Rhea llegó a las habitaciones con sus hijos, se dispuso a alimentarlos y luego ponerlos en sus cunas para dormir. Estaba alimentado a Aemon cuando Daemon entró de prisa —sin llamar, como siempre— y apresuradamente Rhea intentó cubrirse los pechos.
Daemon tenía un brillo salvaje en su rostro y se podría decir que hasta frenético.
“Corlys está muerto”, anunció su esposo a lo que Rhea parpadeo sorprendida.
“¿Qué?”, preguntó desconcertada, separó a un Aemon ya dormido de ella y lo colocó en su cuna. “¿Cómo?”
Daemon miró a Rhea con el mismo brillo salvaje en sus ojos amatistas. Rhea sintió un extraño escalofrío, ese brillo normalmente los llevaba a hacer otras cosas.
“Una turba” explicó Daemon, casi como si él mismo estuviera sorprendido. “Spicetown fue duramente golpeada por la plaga, la gente pequeña lo culpaba a él y a sus barcos por traer la plaga, creían que sus marineros la trajeron de tierras lejanas y cuando lo vieron en los puertos se volvieron contra él. Corlys, sus guardias y su hermano Vaemond, murieron allí y luego otra turba más grande se fue en contra del castillo. Rhaenys tuvo que volar en Meleys para salvarse a ella y a sus hijos, y dispersarlos.”
Rhea tragó saliva, era una forma horrible de morir.
También evidenciaba lo peligroso que era la indiferencia de los nobles ante el sufrimiento de sus súbditos. Las plagas, las sequías, las hambrunas, todas eran razones para que la gente se volviera en contra de sus señores, pero parecía que aún lo olvidaban.
“Entonces enviaré nuestras condolencias a la Princesa Rhaenys”, dijo Rhea con un suspiro. No conocía a Lord Velaryon, pero un hombre como él, con su leyenda y legado, merecía algo mejor que morir por una turba furiosa. Rhea no quería pensar en cómo debía sentirse la Princesa Rhaenys al haber perdido a su esposo y tener que criar sola a sus dos hijos pequeños.
En ese momento y para asombro de Rhea, Daemon se acercó y la besó con fuerza demoledora antes de empujarla hasta la cama. En un parpadeo, la Dama de Bronce olvidó donde estaba y que estaban haciendo, Daemon tenía la habilidad de hacerle perder el rumbo, pero cuando se separaron para respirar Rhea recuperó la lucidez.
“¿Qué sucede?”, preguntó la dama mientras jadeaba, su esposo pasó a besar su cuello.
“Sere Rey”, declaró Daemon y Rhea contuvo el aliento por algo más que solo los besos de Daemon.
Era cierto.
Con Corlys Velaryon muerto, su hijo Laenor era el nuevo Señor de las Mareas. Al mismo tiempo, Viserys también estaba muerto y no dejó hijos varones. Por lo tanto, Daemon era el Heredero del Príncipe Baelon, si se seguía la primogenitura masculina y Rhaenyra era dejada de lado como una vez fue la Princesa Rhaenys.
Pero aún así.
En ese instante, Daemon volvió a besarla y Rhea perdió el hilo de sus pensamientos.
La lucidez volvió a reinar horas más tarde, con un Daemon cansado y dormitando a su lado, nuevas marcas se escondían bajo su vestido. Increíblemente, sus hijos no despertaron, y Rhea soltó un suspiro de alivio.
Apartó el cabello del rostro de Daemon y luego lo beso tiernamente en los labios. Él no despertó, pero a Rhea ni le importó demasiado. Cuando se sentó a redactar su carta de condolencias a la Princesa Rhaenys, la declaración anterior de Daemon regresó a su mente.
Rhea nunca pensó que sería Reina, ni siquiera cuando se casó con un miembro de la Familia Real, pero, pensó mirando a Daemon, si era la Reina de Daemon entonces la idea no era tan preocupante.
Si estaban juntos entonces…
Todo estaría bien.
A mediados del año 99, la Ciudadela envió un mensaje a los Siete Reinos. La plaga había terminado. Y si bien, en la mayor parte del reino celebraban, en la Fortaleza Roja el luto nuevamente llenaba sus pasillos.
La Reina Alyssane, la Buena Reina, había fallecido mientras dormía pacíficamente la noche anterior a que los cuervos de la Ciudadela anunciaran el final de la plaga. Fue el primer funeral al que podían asistir todos los miembros restantes de la Familia Real.
La Princesa Rhaenys y sus dos hijos llegaron en Meleys, el Príncipe Daemon llegó con su esposa e hijos desde el Valle e incluso el Archimaestre Vaegon salió de la Ciudadela para darle una última despedida a la Reina. Mientras que en la Capital, los esperaban el Rey Jaehaerys, el Príncipe Baelon, la joven viuda Princesa Aemma y la aún pequeña Princesa Rhaenyra.
Sería el reencuentro más triste entre aquellos pertenecientes a la Familia Real. Los presentes hablaron de cómo el Príncipe Baelon abrazó con fuerza al único hijo que le quedaba y a los hijos de éste, mientras que la Princesa Aemma y Lady Royce compartieron palabras suaves y un breve saludo. El mismo Rey sería quien al final ordenaría a su Verminator encender la pira de su esposa, mientras que en los cielos Silverwing le rugía a Poniente el luto por su jinete.
Y el reino despidió a su Reina.
El testamento de la Reina Alyssane se leyó en privado, con solo su familia y personas más allegadas presentes para ello. Aemma se mantuvo lejos de las charlas atendiendo a su hija. Lo último que quería era escuchar eran más condolencias y declaraciones de apoyo tácito.
Parecía que desde que Viserys murió, era lo único que otros tenían para decirle.
Aemma no era tonta, sabía que ese apoyo no era por ella. Se trataba de aquellos que buscaban enfrentar a su hija, su pequeña Rhaenyra, contra su tío Daemon con la esperanza de que eso hiciera que Daemon no llegara al trono.
Querían convertir a Rhaenyra en la segunda Rhaenys.
Aemma sabía que su Padre en Ley ya había decidido hacer de Daemon su Heredero. Pues él era el único hijo que le quedaba y el único que había dado continuidad a su linaje. Por mucho que le doliera, no se podía negar que Aemma había fallado en su deber, al tener solo una hija y ni un solo hijo.
En ese punto, su mirada se desvió a Rhea, Daemon y sus hijos. Se veían como una familia perfecta, con sus hijos perfectos y sanos con sus títulos y futuros intactos.
Mientras tanto, Aemma estaba en el limbo. Su esposo estaba muerto y así lo era la mayor parte de su familia paterna. El Nido de Águilas le pertenecía a Jeyne Arryn, de cinco años, y a Yobert Royce quien era el padre de Rhea.
No había lugar para Aemma y su hija allí.
Hubo una vez, no hace mucho tiempo, en que las personas miraban a Aemma y veían a la futura Reina. Cuando el Príncipe Baelon Heredara el Trono, Viserys pasaría a ser el Príncipe de Dragonstone y más tarde, sería el Rey. Con Aemma a su lado, serían los padres de hijos e hijas que llevarían a la Casa Targaryen a la grandeza.
Ya en este punto, esos sueños no eran diferentes a los otros fantasmas que rondaban la fortaleza.
Podía notar cómo la gente se congregaba alrededor de Rhea Royce desde que llegó. Como la adulaban, como recalcaban lo maravillosos que eran los gemelos y lo parecidos que eran a Daemon, como buscaban su favor.
La envidia era un pecado, Aemma lo sabía, pero no podía evitar sentirla con todo su ser. No podía entender como los Dioses podían ser tan injustos como para quitarle su destino y dárselo a alguien menos digno.
El testamento de la Reina fue otro golpe.
En la superficie, parecía que su difunta abuela había sido equitativa con sus parientes, pero mientras que Aemma, Rhaenys y sus respectivas hijas heredaron mucho en joyas y vestidos, todo ello era vacío cuando lo comparamos con lo que recibió Rhea. Más que joyas y riqueza, Rhea recibió símbolos, cosas que aquellos que sabían mejor entendían que declaraba a quien consideraba la difunta Reina como su sucesora.
Aemma no quería admitir que en el fondo esperaba que su abuela fuera diferente. La Reina se había indignado cuando Rhaenys fue pasada por alto. Aemma había tenido la esperanza que defendiera la herencia en nombre de su hija. Pero parecía que al final, la Reina Alyssane prefirió a Rhea Royce y sus hijos por encima de Aemma y su hija.
Más tarde, Aemma se hallaba en el Bosque de Dioses cuando se encontró con una compañía inesperada.
“Ser Otto”, saludó al consejero. Después de todo, había sido un buen amigo de Viserys.
“Permíteme expresar mis condolencias, Princesa, el Príncipe Viserys será extrañado y aquellos que lo conocimos llevaremos el peso de su ausencia con nosotros.”
Los ojos de Aemma se llenaron de lágrimas pero se obligó a no flaquear.
“Gracias Ser, permítanme expresar mis condolencias a usted, por sus hijos” -dijo Aemma abrazando más a su hija.
Otto Hightower había perdido un hermano menor, varios primos y su segundo hijo junto a su única hija por la plaga. Aemma no podía imaginar su dolor.
“Agradezco la amabilidad, Su Alteza”, dijo el caballero. “Perdonará usted mi impertinencia Princesa, pero con riesgo de ofenderla, le pregunto: ¿Tiene algún plan para los derechos futuros de su hija?”
Aemma resistió el impulso de quejarse.
“¿Qué derechos, Ser?”, preguntó Aemma con ironía. “Rhaenyra será para Daemon lo que Rhaenys es para Baelon. Mi abuelo dejó claro su deseo de que la línea al trono sea llevada por la primogenitura masculina y yo solo tengo una hija.”
“Descubrirá, Su Excelencia, que tiene usted más que eso” -respondió Ser Otto, y a pesar de que sabía que no debería, Aemma escuchó.
Rhea había vuelto a Runnestone con el conocimiento de que llegaría el día en que tendría que despedirse de su amado hogar en algún punto en el futuro. El Príncipe Baelon había sido claro en su deseo de que Daemon fuera su heredero, lo que significaba que llegaría el momento en que serían Rey y Reina.
Solo pensarlo le hacía doler la cabeza.
Nunca quiso el Trono o la Corona.
Solo quería la comodidad de Runnestone; y ahora, todo parecía indicar que tendría que entregarlo a uno de sus hijos.
Las cosas habían cambiado muy rápido, tanto que ella no sabía que debía hacer para no derrumbarse. Por un momento, su mano fue hasta su vientre plano y un profundo suspiro la invadió.
No había querido hacer públicas sus sospechas en la Capital, no cuando la situación era tan delicada. Pero ahora que estaba en Runnestone, en su hogar, el Maestre ya lo había confirmado.
Estaba embarazada.
El pensamiento no fue tan aterrador como podría serlo tiempo atrás. Este niño se sentía casi como una recompensa, una esperanza , que a pesar de la plaga y la muerte, aún existía luz y vida en este mundo.
Rhea ya lo amaba, su hijo, su tercer bebé, e incluso si todavía no podía sentirlo ya lo adoraba tanto. Este pequeño príncipe o princesa.
Aún no le había dicho a Daemon, seguía en la Capital porque debía aprender a ser el Heredero al Trono, pero volvería en unas semanas. Tiempo suficiente para que Rhea pensara en una forma de darle la feliz noticia.
Esperaba que compartiera su dicha.
La parte lógica de su mente le decía que no debía preocuparse, pero ella y Daemon nunca hablaron sobre tener más hijos. Ni siquiera hablaban sobre cómo siempre encuentran la manera de terminar en la cama. No hablaban de los besos intencionados, ni de su creciente cercanía.
Iban a tener que hacerlo, y pronto.
En el año 100, el Reino había recuperado su antiguo ritmo casi en su totalidad. El comercio volvió a fluir en los puertos, los castillos nuevamente bullían de actividad y las ciudades ya no eran imagenes tristes y desoladoras.
Incluso así, los cambios traídos por la plaga se hicieron notar. Especialmente en la Casa del Dragón.
El nuevo Señor de la Casa Velaryon, la más rica y poderosa de los Siete Reinos, no era más que un niño de apenas seis onomásticos.
La Guardia de la Ciudad de Desembarco del Rey, estaba ahora bajo el control del Príncipe Daemon, quien además se preparaba para tomar el lugar de su difunto hermano como el Heredero.
Esto último inquietaba a muchos miembros de la nobleza. Había quienes veían al Príncipe Daemon como alguien demasiado inmaduro para un cargo así; otros señalaban su —ciertamente bien ganada— mala reputación como su principal defecto. La Corte recordaba perfectamente la razón por la cual el apodo del príncipe era el de Rogue Prince .
En el Valle, Rhea Royce se preparaba para recibir a su próximo hijo, quien al nacer recibió el título de príncipe, al igual que sus hermanos mayores. Mientras tanto, nuevas alianzas y uniones se llevaban a cabo en la Corte del Rey Jaehaerys Targaryen.
La más polémica de ellas era, por supuesto, el compromiso firmado por la Princesa Rhaenys y la Princesa Aemma, en el que prometían en matrimonio a sus respectivos hijos. Quienes las apoyaban tenían un objetivo en mente: hacer de esos pequeños niños rey y reina.
Ni el Rey Jaehaerys ni el Príncipe Baelon estaban contentos con esta unión. Pero, al final, para evitar que se convirtiera en un verdadero conflicto, el rey y el heredero al Trono cedieron al compromiso.
Incluso cuando el Príncipe Daemon, visiblemente herido por la exclusión. Propuso que la Princesa Rhaenyra fuese confiada a él como pupila. Le fue negado.
Las tensiones de la corte eran palpables, y los susurros de alianzas rotas y lealtades cambiantes cobraban fuerza. Parecía inevitable escoger bandos. Entonces, fue una carta de Lady Royce la que, en contra de todos los rumores de su matrimonio desdichado, logró calmar el ánimo del príncipe. Después de ello, Daemon no protestó más.
Sin embargo, los otros hombres de la Casa Targaryen no se quedaron de brazos cruzados. La Princesa Aemma perdió de repente su rango como la mujer más influyente de la corte y la fortaleza. El poder le fue entregado a Lady Royce, a pesar de que esta se encontraba en Runnestone, muy lejos de la Capital del reino.
El mensaje que el Rey, el Príncipe Baelon y el Príncipe Daemon querían enviar era claro. No habría lugar de honor o poder para la Princesa Aemma, ahora que le había dado la espalda a los deseos implícitos del rey y el resto de su familia.
A Rhea le costó mantener la compostura mientras miraba a su padre. Pero se obligó a mantener la cabeza fría y pensar racionalmente, si gritaba o perdía los estribos entonces le daría la razón a su padre.
“Ysilla es una Royce de Runnestone”, dijo Rhea con los dientes apretados. “Pertenece aquí. Con sus ancestros y su familia, merece conocer sus raíces.”
Su padre mantuvo la mirada fría y casi… condescendiente .
“Jeyne Arryn necesita compañeras, e Ysilla estará mejor en el Nido de Águilas que aquí. Tú no puedes hacerte cargo de ella, tienes dos hijos pequeños y un tercero en camino. Tienes que dirigir Runnestone y manejar los asuntos de la corte real desde lejos. Ya he tomado una decisión Rhea, y no me llevarás la contraria.”
Rhea apretó los dientes y lo fulminó con la mirada.
“¿Desde cuando te preocupas por la carga que llevo?”, escupió Rhea, amarga. “No pareció molestarte antes. Si vas a llevarte a mi prima, la única que me queda en este mundo, entonces ten la decencia de ser sincero sobre tus motivos.”
“No tengo por qué explicarme ante ti, Rhea”, declaró Yobert Royce. “No importa que cosas hayan pasado en los últimos años, ni qué posición puedas llegar a ocupar en el futuro. En este momento, ¡ YO sigo siendo tu padre, sigo siendo el Señor de Runnestone! y tú, RHEA… ¡ME DEBES OBEDIENCIA!”
Ante su último grito, Rhea no pudo evitar asustarse y dar un paso atrás. De repente, el mareo la atacó, con fuerza, sus extremidades le pesaban y su vista se nublo.
Perdió la conciencia mucho antes de tocar el suelo.
Daemon llegó a Runnestone apresurado y listo para buscar a Yobert Royce y decapitarlo.
Tenía el ceño fruncido y los puños apretados. No estaba nada contento, estaba furioso , al enterarse de que su padre en ley había disgustado tanto a Rhea, que su esposa terminó desmayada.
Al bajar de Caraxes, encontró a todos nerviosos y se enteró de que el Lord Protector del Valle ni siquiera tuvo la decencia de quedarse a ver si su hija estaba a salvo, simplemente regresó al nido de águilas sin despedirse.
La audacia.. .
Afortunadamente, Rhea y el bebé en su vientre estaban bien. Aunque, como precaución, Rhea tendría que guardar reposo en cama hasta el final de su embarazo.
“No fue tan grave”, argumentó Rhea, mientras Daemon maldecía al padre de su esposa por todos los infiernos.
“Te desmayaste, Rhea.” replicó Daemon, haciendo que su esposa suspirara. “Estas a dos lunas de dar a luz.”
Daemon realmente no podía entender por qué lo defendía. Yobert pudo haberlos matado, a ella y su bebé, y Rhea seguía siendo molestamente leal a su padre. Debía haber un límite en la piedad filial.
“Deja de dar vueltas y ven a sentir al bebé. Tu llegada lo puso activo”, ante las palabras de Rhea, Daemon olvidó su furia. Cuando se sentó en la cama al lado de su esposa, no tardó en colocar su mano en su vientre. De inmediato sintió un golpe y no pudo evitar la risa que se escapó de sus labios.
Esta sensación era incomparable, Daemon lamentaba mucho haber perdido la oportunidad de sentirlo con los gemelos.
“¿Cómo está la capital?”, preguntó Rhea suavemente. Daemon resopló, un poco de su irritación anterior volvió con fuerza.
“Aemma ha decidido vivir en Driffmark, su excusa es que quiere que Rhaenyra crezca con su prometido y llegue a amarlo, tal y como ella amo a Viserys” se quejó el príncipe.
Pensar en Aemma lo hacía sentir furioso. Una parte de él aún estaba incrédula ante el recuerdo de que la esposa de su hermano, los había traicionado tanto. Aemma se había unido a Rhaenys para oponerse a Daemon y su padre. Estaba más que claro que buscaban el Trono, si no para Rhaenys, entonces para sus hijos, tomando la herencia de Daemon —y la de sus propios hijos— en el proceso.
“Suena como toda una canción romántica, ¿no se casó con Viserys a los diez y uno?, recuerdo bien que vivió en el Nido de Águilas hasta los diez onomásticos. Me pregunto cuándo, exactamente, creció conociendo a su prometido y enamorándose de él” -dijo Rhea con un toque de ironía que hizo que Daemon sonriera un poco.
“Es una estúpida tontería” dijo Daemon. “Quiere estar allí para que ella y Rhaenys puedan planear en mi-, nuestra contra”, Rhea tarareo de acuerdo. “No entiendo a Aemma, si tanto quería que la sangre de Viserys fuera a sentarse en el Trono, ¿Por qué demonios no nos busco?, Rhaenyra y Aemon podían casarse.”
Rhea suspiró.
“Aemma se siente sin propósito ahora que Viserys no está.” dijo Rhea con suavidad. “Tienes razón: un matrimonio entre nuestro Aemon y su hija se aseguraría de que la sangre de tu hermano siga en el trono, pero no le daría lo que desea.”
Daemon miró a Rhea con curiosidad, intrigado.
“Aemma quiere ser relevante.” continuó Rhea, sin dudar. “Antes, eso lo tenía asegurado por el simple hecho de que algún día ella y Viserys serían reyes. Pero ahora todo ha cambiado. No quiere ser solo la madre de la esposa del Heredero. Quiere ser recordada. Una alianza con Rhaenys… que sus hijos lleguen al Trono, sus nietos gobiernen… le devolvería un lugar en la historia, eso la hará ser recordada.”
Daemon miró a su esposa sorprendido y un poco dudoso. A decir verdad, desconocía la profundidad de las intenciones de Aemma, y Rhea lo había adivinado desde la comodidad de su cama en Runnestone.
“Aemma nunca fue así antes” dijo Daemon finalmente.
“Nunca tuvo la necesidad. Pero la pérdida hace cambiar a las personas… y las mujeres, en especial, somos realmente complicadas cuando se trata de nuestras familias,” dijo Rhea, en una mezcla de amargura y calidez. “Aunque eso te sorprenda.”
Ante sus palabras, Daemon no pudo hacer más que asentir.
“Creo que… estoy empezando a entender” murmuró, antes de inclinarse y besarla.
Rhaegar Targaryen vino al mundo gritando y sin saberlo, cimentando en la mente de la mayor parte del reino, la idea de que su padre sería Rey algún día. Después de todo, era el segundo hijo varón, y la prueba de que sus padres podrían tener muchos más hijos.<<<<<<
Un hecho que se haría cierto en el transcurso de los próximos años.
Rhea estaba en su solar cuando la noticia de la muerte de su buen padre los alcanzó.
De inmediato, mandó a llamar al mayordomo y puso en orden sus asuntos en Runnestone, tratando de irse lo más rápido posible a la capital.
El viaje en barco tomó solo unos pocos días y sus hijos, aunque molestos por el constante movimiento, lo soportaron. Rhea llegó a un Desembarco del Rey de luto, y tuvo el desagradable honor de encontrarse con la nueva Mano del Rey, Otto Hightower.
Rhea no le dio importancia a las palabras venenosas del hombre y se centró en lo más importante.
Daemon.
Encontró a su esposo tal y como esperaba: ebrio, triste y desconsolado. Rhea podía entenderlo, mejor que la mayoría, y afortunadamente, ya había hecho esto una vez antes.
“¡LARGO!” Le ordenó Daemon con voz ronca, sin voltearse para reconocerla. “¡Ya dije que me dejaran solo!”
Rhea suspiró, triste.
“No voy a hacer eso” dijo acercándose.
“Rhea…” murmuró Daemon, un poco sorprendido antes de mirar la copa de vino llena hasta al borde “...¿p-por qué estás aquí?”
“¿Dónde más estaría?, era el abuelo de nuestros hijos. Era tu padre… no puedo estar en otro lugar que no sea a tu lado.”
Rhea vio como los ojos de Daemon se llenaron de lágrimas, soltando un suspiro entrecortado. Estaba claro que el dolor de perder a su padre lo estaba inundando.
“¿...Los niños?” Preguntó su esposo, casi como si apenas los hubiera recordado de repente.
“Dormidos en la guardería” respondió Rhea. Se quedaron en silencio por un tiempo.
“¿Por qué.. por qué duele tanto ?” preguntó Daemon, sonando casi desesperado.
Rhea lo abrazó con fuerza, dejando que él llorara sobre ella mientras murmuraba palabras de consuelo en su oído. Al final, Daemon debía llorar a su padre, y Rhea se aseguraría de que pudiera hacerlo en paz.
Ella era su esposa, después de todo.
Los siguientes días fueron duros y sombríos. Daemon tomó la muerte de su padre incluso peor que la muerte de su hermano, pero Rhea no estaba dispuesta a dejarlo derrumbarse. No ahora, ni nunca.
Rhea lo abrazó, le secó sus lágrimas, lo apoyó y, cada mañana, le recordaba que debía levantarse. Al principio, fue duro, pero poco a poco logró que Daemon saliera de la cama. Tuvo que recordarle que su familia necesitaba que fuera fuerte y sus hijos lo extrañaban, pero al final lo logró. La incertidumbre en la corte, el futuro del reino y la necesidad de cuidar a sus hijos le devolvieron las fuerzas, y se recuperó más rápido.
Finalmente, Daemon volvió a ser él mismo, con más determinación que antes.
Estaba decidido a convertirse en el Heredero al Trono y en el futuro, el Rey.
Para eso, no podría mostrarse ante el reino como un hijo debilitado por duelo. Así que guardó su pena y la liberó solo en privado, su esposa no tenía problemas en ser quien escuchó sus quejas y calmó sus preocupaciones, tampoco le negó el consuelo físico cuando lo necesitaba. En consecuencia, Rhea no fue tan cuidadosa como debería haber sido a la hora de prevenir un embarazo.
En realidad, no fue cuidadosa en absoluto.
La muerte del Príncipe Baelon fue algo… lamentable. Habría sido un buen Rey, pero Otto la consideraba necesaria a pesar de todo.
Mientras Baelon Targaryen viviera, las posibilidades de que Daemon Targaryen subiera al trono eran demasiado altas y Otto no tenía el poder necesario para acabarlo.
Ahora había una oportunidad.
Otto había presenciado con sus propios ojos cuán frágil era el equilibrio del reino. La plaga había dejado en evidencia las deficiencias que arrastraba la dinastía Targaryen.
Por eso sabía, lo sabía con completa certeza, Daemon solo les traería más desgracia.
Otto tenía claro cuál era su objetivo: evitar que Daemon Targaryen se convirtiera en el Heredero al trono y arrastrara a los Siete Reinos a su fin. No era una tarea sencilla, no cuando el Príncipe contaba con buena parte del reino de su parte y a su pagana esposa moviendo los hilos tras él. Solo tenía que ser más inteligente.
Era preferible ser gobernado por los pequeños Laenor Velaryon y Rhaenyra Targaryen, —o más bien, por sus madres— que tener que arrodillarse ante Daemon. Por eso Otto hizo uso de todo el poder e influencia que acumuló como la Mano del Rey para asegurar aliados en contra del príncipe.
Una tarea que se le estaba dificultando.
Rhea Royce había llegado del Valle a despedir al Príncipe Baelon, pero se quedó a dirigir la Capital como si ya fuera la Reina y la Fortaleza Roja le perteneciera. La mujer no escuchaba una palabra de Otto, hacía lo que quería sin interrupciones. Incluso tuvo la osadía de ir hasta el Rey y pedirle que volviera a sus funciones habituales, ignorando que el rey aún lloraba a su hijo.
Y como si eso no fuera suficiente, Rhea Royce había tomado el mando de la corte. Convocando reuniones, compartiendo copas y palabras con los nobles que permanecían en la Capital. Otto conocía la táctica: una forma de reunir aliados para su esposo e hijos.
Además, se debía sumar el hecho de que la mujer no ocultaba lo fértil y prolífico que era su matrimonio. Llevaba a todas partes a sus tres engendros, mostrando su aspecto Targaryen a todo el mundo y tampoco tenía la decencia de ocultar su nuevo embarazo.
Podía reconocer una estrategia cuando la veía.
Lady Royce se vendía a sí misma y a su esposo como el futuro del reino. Aquellos que podían asegurar la siguiente generación. Si Daemon ganaba esta carrera, sería el rey y sus hijos después de él. En cambio, si ganaba la Facción de las Viudas —como algunos ya los llamaban—, tendrían una larga regencia a manos de dos mujeres, con un rey y reina aún infantiles cuyo futuro no estaba asegurado.
Otto había hecho todo lo posible para limitar la creciente influencia de Rhea Royce, pero el propio Rey Jaehaerys parecía favorecerle y le impedía actuar en toda su capacidad. Su único consuelo, por ahora, era que Daemon Targaryen se encontraba lejos, asegurando aliados para su causa, y las acciones de Rhea se veían limitadas por la ausencia de su esposo.
Si Otto supiera que podía salirse con la suya, entonces organizaría un accidente que terminara con Rhea Royce y, de paso, con Daemon Targaryen. El problema era que la Guardia Real ya la consideraba la futura Reina, y la Guardia de la Ciudad era demasiado leal a Daemon como para no proteger a la esposa e hijos.
Al final, hizo lo que pudo para contrarrestar el creciente control de Lady Royce sobre la corte, pero no pudo impedir que hiciera alianzas a escondidas. La mujer era muy astuta y mantenía a sus aliados en secreto.
Pero Otto no caería sin luchar.
Los historiadores coincidieron en que “El Gran Concejo de Harrenhal” fue la decisión más acertada que el Rey Jaehaerys Targaryen podía tomar en medio de un momento tan tumultuoso como el que siguió a la muerte del Príncipe Baelon.
A pesar de la clara preferencia del Rey —quien deseaba que su nieto Daemon Targaryen lo sucediera—, lo cierto era que había demasiados factores que iban en contra de esa decisión.
El primero de ellos, su propia sangre.
Con sus dos nietas sobrevivientes, las princesas Rhaenys y Aemma, aliadas y decididas a hacer valer sus derechos en la sucesión, la posibilidad de una guerra entre los Siete Reinos era alta. Al final, el monarca eligió dejar la decisión en manos de sus súbditos, y permitió que los nobles de Poniente eligieran a su próximo gobernante.
En Harrenhal, se escucharon varias reclamaciones, la mayoría descartadas de plano y al final, todo se redujo a las dos facciones principales.
La primera estaba liderada por Rhaenys Targaryen y Aemma Arryn, y se basaba en el principio de herencia según el cual una hija heredaba antes que un tío. Por lo tanto, la princesa reclamaba el trono para sí misma y para su hijo, al ser la única hija del difunto Príncipe Aemon. Del lado de su causa, y reforzando su facción, estaban la Casa Baratheon, de la que descendía; la Casa Velaryon, en la que se había casado; y su prima Aemma, quien traía con sigo a la nieta mayor del Príncipe Baelon como futura esposa de Laenor Velaryon.
La segunda pertenecía al Príncipe Daemon, quien, como el único hijo superviviente del Príncipe Baelon, reclamaba la herencia de su padre. Además, tenía tres hijos y un cuarto en camino, lo que en teoría, garantizaba la continuidad de la línea de sucesión por al menos otra generación, algo que la facción de la Princesa Rhaenys no podía ofrecer. El príncipe contaba con el apoyo de la mayor parte de la nobleza tradicional, especialmente en el Vale, Riverlands, Westerlanders y algunos del Sur.
Con el reino dividido entre dos facciones y simplemente esperando la chispa que encendiera la guerra, la decisión del Rey Jaehaerys de dejar todo en manos del Gran Consejo fue vista por algunos de los más devotos como una inspiración divina.
La llegada a Harrenhal de Rhea fue recibida por muchos con alivio. Ella sabía que su presencia y la de sus hijos reforzaba la posición de Daemon, por eso no se molestó en fingir que no apoyaba a su esposo. Usaba un vestido rojo y negro con bronce que dejaba en evidencia su creciente embarazo.
Su cuarto hijo, si bien era inesperado, no era lamentado.
Daemon demostró cuánto, cuándo la recibió con besos íntimos y abrazos en la privacidad de sus habitaciones. Él había estado reuniendo aliados, hablando directamente con los señores mientras Rhea manejaba la Capital, por eso no había podido hablar con él sobre este embarazo más allá de sus sospechas iniciales.
Cuando sus tres hijos por fin descansaron de su largo viaje a Harrenhal, Rhea y Daemon se recordaron cuánto se extrañaron, cuánto habían añorado la presencia del otro.
Más tarde, envueltos en un abrazo entre las sábanas de seda, hablaron del futuro.
“He establecido el apoyo de varias casas del Vale y los Riverlands” -dijo Rhea, acariciando el pecho de Damon: “Pero tendrás un pequeño ejército de escuderos y coperos, tardaríamos algunas décadas en darles espuelas a todos ellos.”
“Bien”, murmuró Daemon antes de depositar un beso en su frente y otro en sus labios. “Nuestros hijos son príncipes y necesitan compañeros.” Rhea no pudo evitar sentirse un poco aliviada, cuando sus acciones fueron aprobadas. “Y yo he conseguido el apoyo de Stark”, Rhea levantó la vista sorprendida, el Norte había sido uno de los mayores defensores de la herencia de Rhaenys: “Un pacto, de Hielo y Fuego, si quieres ser poético: una hija para el heredero de Rickon, cuando lo tenga.”
“Solo tenemos una hija” señaló Rhea.
“Por ahora” respondió Daemon, ella lo miró con una ceja arqueada. “Rhea, esposa mía, si recuerdas, sé perfectamente lo mucho que te gustaría tener más hijos.”
Rhea se sonrojó. Aún no podía creer que hubiera sido tan descuidada como para dejar su diario privado al alcance de Daemon.
“¿Qué hay de los Lannister?”, preguntó a Rhea para cambiar de tema.
“Tommen quiere favores y acceso a la corte. Estoy pensado en un puesto en el Concejo Pequeño” respondió Daemon.
“Tiene hijos gemelos, podemos agregarlos a tu creciente número de escuderos para cuando sean mayores” -dijo Rhea.
“El Sur y la influencia Hightower es lo que me preocupa” dijo Daemon.
“Me gané a varios de ellos mientras trataba con Lady Tyrell a espaldas de su esposo, tendremos que encontrar algo para agradecerle junto con los Tarly” dijo Rhea. “Lord Redwyne explicó que de no ser su madre Hightower, probablemente estaría de nuestro lado.”
Daemon chasqueó los dientes.
“Grover Tully no querrá ser gobernado por una mujer, mucho menos dos”, murmuró su esposo: “Y Blackwood prometió seguirme. El problema es que los Bracken apoyaran al contrario solo para oponerse a los Blackwood, como siempre.”
“Déjales” respondió Rhea. “Los Mooton nos apoyan al igual que los Mallister.”
Daemon asintió. Las alianzas estaban hechas, ahora era cuestión de tiempo y paciencia, verá si fue suficiente.
Daemon sostuvo la mano de su esposa mientras se llevaba a cabo la votación en Harrenhal. Al principio, había estado furioso con su abuelo por no declararlo Príncipe de Dragonstone justo después de la muerte de su padre, pero había sido Rhea quién le explicó por qué el Viejo Rey no se arriesgó a nombrarlo heredero directamente.
Había sido amargo comprender cuán lejos llegarían sus primas por ver el trono en manos de sus mocosos. A Daemon nunca le interesaron los hijos de Corlys, pero Rhaenyra era su sobrina —la única hija de su hermano— y saber que tenía que verla como una posible rival por qué Aemma no pudo conformarse, era… doloroso.
Y ahora estaban aquí, los Siete Reinos iban a decidir quién los gobernará. Si Daemon, un Príncipe adulto con varios descendientes; o un par de niños, que no podían hacer nada sin sujetar la mano de sus madres.
Él sabía que tenía el apoyo de buena parte del reino, y Rhea traía consigo a la mitad del Vale, fuera de los que aún eran leales a los ancestros Arryn de Aemma. Grover Tully y sus súbditos seguirían a Daemon, porque era la mejor opción ante sus sobrinos. Había tenido que ir personalmente a tratar con Tommen Lannister y Rickon Stark, pero podía contar con sus votos y apoyo mayoritariamente. Sabía que Boremund Baratheon era una causa perdida, así que ni siquiera lo intentó, y fue Rhea quien se encargó de pactar con Lady Tyrell en secreto. Por más que Daemon hubiera preferido ir al Sur, pero el tiempo y la influencia Hightower se lo impidieron. Las Islas de Hierro estaban en el aire, aunque ese era un reino que Daemon no pensaba tocar.
Ahora solo debía esperar.
“Deja de preocuparte” dijo Rhea en voz baja, para que solo él lo escuchara.
“Nuestro futuro está en juego aquí” respondió Daemon en el mismo tono.
“Nuestro futuro son nuestros hijos ” -replicó su esposa, “y ellos están cómodamente dormidos en sus cunas. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos, solo queda por ver si será suficiente.”
Daemon le dio la razón con la mirada.
Al final la votación fue así:
Baratheon y todos los Stormlands apoyaron a la Facción de las Viudas. Al igual que la mitad del Vale, incluyendo la Casa Arryn, una razón más para detestar a Yobert —como si Daemon necesitará más—; Los Hightower, los Florent y la mitad del Reach también los siguieron; las casas Reyne, del Oeste; y Bolton, del Norte. De los Riverlands, los Vance y los Bracken; y medio reino más. Casi todos los Westerlands apoyaban a Rhaenys y Aemma, lo cual, no fue sorpresa pero tampoco placentero.
Por otro lado, Daemon obtuvo el apoyo de la otra mitad del Vale, gracias a Rhea y su esquemas al hacer aliados; los Stark, y casi todo el norte; los Tully y la mitad de los Riverlands; Tommen Lannister trajo consigo casi todo el Oeste; y Garlan Tyrrell —o más bien la esposa de éste—, junto a los Tarly, le entregaron la mitad del Dominio; los Celtigar, de las Crownlands, apoyaron a Daemon; y los Greyjoy, junto con las Islas de Hierro.
Al terminar, quedó claro quién fue el ganador.
Daemon sería el próximo Rey.
Cuando se dio el anuncio, Rhea suspiró aliviada y le dedicó una sonrisa que hizo imposible a Daemon resistirse: la besó, ignorando los aplausos y vítores de aquellos que los rodeaban.
Rhaenys necesitó todas sus fuerzas para no reaccionar. Ver a Daemon pavonearse orgulloso era suficiente para hacerle hervir su sangre, pero sabía que si perdía la compostura, perdería todo el apoyo que le quedaba.
Por un momento, agradeció no haber traído a los niños a la votación. No quería que Laenor presenciara esta farsa, donde más de la mitad del reino le arrebataba su derecho de nacimiento. Rhaenys miró a Daemon y sintió crecer su amargura.
Un muchacho rebelde y disoluto, un completo ególatra narcisista, ese sería el próximo rey. Todo porque tenía una polla entre las piernas y a los señores de los Siete Reinos no les gustaba la idea de que una mujer que no conocía su lugar , estuviera por encima de ellos.
Rhaenys había cedido, querían un hombre por Rey y así que les dio a Laenor, incluso aceptó que se casara con Rhaenyra, para que la sangre de los dos herederos anteriores se uniera. Y aun así, escogieron a Daemon.
Rhaenys solo contaba los días para que Daemon les fallara como su gobernante, porque lo haría y todos los que lo apoyaron terminarían lamentándolo profundamente.
Rhea tenía mucho trabajo ahora que iba a ser reina. Para empezar, debía organizar el manejo de Runnestone a larga distancia hasta el momento en el que Rhaegar creciera lo suficiente para hacerse cargo de su hogar ancestral; y tenía que reorganizar la Corte y la Fortaleza Roja, aunque la tarea demostró ser dura, tenía confianza en sus habilidades.
Daemon y ella se instalaron en lo que una vez fueron las habitaciones del Príncipe Aemon y, posteriormente, del Príncipe Baelon. Las habitaciones del Heredero y no mucho después, se llevó a cabo el juramento a Daemon como el Príncipe de Dragonstone.
Rhea estaba embarazada de su cuarto hijo y se agotaba casi todo el tiempo, pero aún tenía algo que hacer antes de dar por terminado el día. Así que, reuniendo todas sus fuerzas, entró al Bosque de Dioses seguida del Guardia Real que le asignaron por el día.
“Padre”, saludó Rhea tranquilamente, ignorando el impulso de preguntar por su bienestar o su salud, a pesar de que notó lo mucho que se apoya en su bastón últimamente.
La ira hacia él era más grande que la preocupación por su bienestar.
“Hija” -le devolvió el saludo Yobert Royce, con su habitual tono indescifrable. “He venido a despedirme.”
Rhea tragó saliva, nerviosa y tratando de ocultarlo.
“Entiendo, la Regencia de Lady Jeyne no puede esperar”, su padre asintió secamente.
“Normalmente, no me molestaría en explicarme, pero con las nuevas circunstancias, no se si nos volveremos a ver pronto y con mi salud como está y no sé si estaré vivo la próxima vez que tu y yo estemos en el mismo lugar.”
Rhea se estremeció ligeramente ante esas palabras. No le gustaba pensar en la muerte de su familia, ya había perdido a su madre, a los hermanos que no llegó a conocer, a sus tíos y a su primo. Solo le quedaban su padre, la pequeña Ysilla y ahora, sus pequeños hijos.
“Rodrik Arryn fue mi Señor y quien se ganó mi respeto” -dijo su padre en tono firme. “Se puede decir lo mismo de Elbert Arryn, por corto que hubiera sido su gobierno. Cuando me convertí en el Lord Protector de Lady Jeyne, juré que gobernaría como ellos lo harían hasta que fuera el momento de entregar el Vale a su legítima dueña. Por eso, mi voto no podía ser entregado a tu esposo, aunque seras mi hija. Porque no fui a ese concilio como el Señor de Runnestone, si no como el Regente del Vale, Elbert Arryn, si viviera, votaría por su sangre y esa era su hermana Aemma y la pequeña Rhaenyra.”
Rhea asintió.
Ella, lógicamente, entendía la posición de su padre, pero eso no calmaba el dolor del aguijón de la traición que sentía en su pecho cada vez que recordaba como su propio padre prefería a otros en lugar de ella. ¿Acaso ella no tenía también sangre Arryn? Su madre fue Lyssa Arryn, la Joya del Este, pero su padre parecía haberlo olvidado.
“Lo comprendo padre” dijo Rhea con un suspiró. “Pero espero que tú también entiendas por qué ni Daemon ni yo estamos contentos. Por ahora, seguiré en contacto contigo cuando del Vale y Runestone se trate, porque se que una división entre nosotros solo será una debilidad que nuestros enemigos explotarán.”
Su padre asintió y empezó a caminar para dejarla atrás. Entonces se detuvo y se apoyó en su bastón, su espalda se enderezó y por un momento, Rhea se sintió nuevamente como una niña de ocho onomásticos mirando esa misma espalda mientras le avisaban que se convertiría en la Heredera de Runnestone.
“No lo había dicho antes”, dijo su padre con firmeza. “Pero me alegro de que la votación saliera como lo hizo. No puedo afirmar que tu esposo será un buen rey, pero se con toda certeza que serás la mejor reina que alguna vez tendrán estos reinos. No hay una mujer en todos los Siete Reinos que pueda compararse contigo y creeme cuando digo, aunque no vuelvas a creer ninguna de mis palabras, que no haz hecho otra cosa que enorgullecerme, Rhea”, ella soltó un suspiró y se sintió temblar, sus ojos se llenaron de lágrimas y tomó todas sus fuerzas no derramarlas.
“Supe el día que naciste que estabas destinada a grandes cosas. Toda tu vida solo me has demostrado lo mismo. Así que, aunque mi posición y mi deber no me permiten decirlo abiertamente, quiero que sepas que tu padre te apoya y que la Casa Royce siempre será tuya y de tus descendientes, porque más que mi Heredera, tú eres mi mayor obra y legado, tú y solo tú, Rhea, eres mi mayor orgullo.”
Al terminar, su padre se fue.
Y Rhea se quedó allí, con el corazón latiendo desbocado y lágrimas que no podía derramar en sus ojos.
Rhea miró a Aemma con detenimiento. Tenía muchos sentimientos encontrados con respecto a la mujer frente a ella, pero el que predominaba más era la molestia.
Francamente, nunca fueron cercanas, incluso antes de que Rhea se casara con Daemon, Aemma estaba por dar a luz a su hija y después, apenas pudo salir de sus habitaciones durante varias lunas. En el tiempo que Rhea vivió en la Capital estando recién casada, nunca interactuó con Aemma y luego de que su padre se convirtiera en Regente, Rhea volvió a Runnestone y no miró atrás.
Luego, Rhea tenía a sus propios hijos y la plaga de qué ocuparse. Tanto así, que no fue hasta el funeral de la reina Alyssane que Rhea y Aemma se volvieron a encontrar y finalmente hablar, si a eso se le puede llamar una charla.
Y ahora estaban aquí.
“No se que quieres de mí” -dijo Aemma, con calma forzada. “Pronto volveré a Driffmark con Rhaenyra. No tengo nada que hacer aquí, Lady Royce.”
Rhea fingió no oír la amargura en su voz.
“Lo que quiero es simple, Aemma” respondió, colocando una mano sobre su vientre crecido. Estaba a solo una luna de dar a luz, y sabía cuánto le molestaba a Aemma verla en su rol de madre. “Calla los ladridos de tus perros, o me veré obligada a intervenir.”
“No sé de qué me hablas” -replicó Aemma, con fingida tranquilidad.
Rhea resopló.
“No insultes mi inteligencia y yo no insultaré la tuya. Sé que estás dolida por el estado actual de las cosas. Sé que me detestas… y, francamente, me importa muy poco. Pero a ti sí debería importarte lo que pase con tu antiguo séquito. Tú volverás a Driffmark, pero ellas siguen siendo damas de la corte y como esposa del Heredero, están bajo mi control”, Rhea vio como Aemma tragaba saliva, duro. “Te lo repetiré una vez más: haz que callen. Todos ellos. No quiero volver a escuchar un solo comentario de sus bocas… o habrá consecuencias.”
“Así que estás dolida por lo que otros dicen y quieres que haga tu trabajo sucio” habló Aemma, con burla. “¿Te molesta tanto la verdad, Rhea? No importa cuánto te vistas ni cuánto finjas, no estás a la altura para ser reina. No tienes lo que se necesita. Da igual cuántas veces le abras las piernas a Daemon o cuántos hijos le des.”
Rhea arqueo una ceja, pero no respondió. Solo la dejó hablar.
“¿Te crees muy especial?” resopló Aemma. “Pregúntate cuántos bastardos dejó Daemon en la Calle de Seda, entre las sirvientas de este castillo, en Dragonstone o Runnestone. Solo eres una más de las putas de Daemon, Rhea. Siento lastima por ti… y por lo que serás cuando te conviertas en reina. Cuando Daemon ya no tenga quien lo controle y te restriegue cada una de sus amantes a la cara-”
Rhea sonrió satisfecha.
“Gracias” dijo Rhea suavemente.
Aemma la miró, confundida.
“Gracias por confirmar que tú eres la fuente de los insultos y rumores”, añadió Rhea, observando a Aemma palidecer. “Te di la oportunidad de irte en paz. Solo tenías que callar a tu viejo séquito. Pero no, tenias que dejar clara tu… opinión.”
Rhea se burló.
“Creo que entiendes por qué no puedo darte un lugar en mi corte. Ni en mi Fortaleza.”
Le dedicó una última sonrisa.
“Espero que te guste mucho Driffmark. Porque me temo que será tu hogar permanentemente, de ahora en adelante.”
Rhea la dejó sola. Y sin palabras.
Días después, una vez la viuda del Príncipe Viserys se marchó con su hija, y Rhea se dispuso a poner en orden a la corte. Empezó por los seguidores y lamebotas de Aemma, las mujeres de su antiguo séquito. Un par de cartas puntuales a sus familias y de repente, la mayoría de ellas tuvo que dejar la corte por urgentes asuntos familiares, y las que quedaron, se encontraron con que el nuevo séquito de Rhea no les daba la bienvenida.
Con la reina muerta, sin princesas de sangre en la Capital y con Aemma ahora prácticamente exiliada a Driffmark, Rhea era la mujer de mayor rango en la Capital y la Fortaleza Roja. Por lo que si ella declaraba a alguien indeseable, la corte entera lo encontraba repulsivo.
Con los amigos del difunto Viserys fue incluso más fácil tratar. Daemon era encantador y solo se necesitaron unas pocas reuniones para que los hombres, maleables como eran, adoraran el suelo por donde pisaba el esposo de Rhea.
En la última luna del año 101 después de la conquista, Yobert Royce, señor de Runnestone, Regente y Lord Protector del Vale, moriría después de sufrir una larga caída por las escaleras del Nido de Águilas. No llegaría a conocer a su cuarta nieta, la Princesa Alyssa, que nació en la primera luna del año 102, ni mucho menos llegaría a ver a su hija convertirse en reina.
Daemon era el Comandante de la Guardia de la Ciudad, y al mismo tiempo, el Príncipe de Dragonstone y el Heredero al Trono. Su presencia en las reuniones del Concejo Pequeño ya no era una opcional, sino obligatoria, especialmente porque la salud del rey se debilitaba con el paso de las lunas.
Aunque Daemon encontraba tediosas aquellas reuniones, sabía que eran necesarias, Rhea había sido clara al decirle que, si iba a ser rey, debía aprender a gobernar correctamente su reino. Por eso asistía a cada reunión y soportaba la presencia de Otto y sus compinches.
Estaba más que seguro que su primera acción como rey sería nombrar una nueva Mano.
La reunión actual era particularmente importante; por eso Rhea estaba presente, al igual que su abuelo, quien a pesar de haberse sentido mal en los últimos días y haber permanecido en cama, decidió asistir.
“Wilmar Royce es hermano de mi padre, es cierto, pero fue exiliado hace mucho tiempo y tiene prohibido regresar al Valle de Arryn y a los Siete Reinos” habló Rhea con firmeza.
“¿Por qué?”, preguntó Otto Hightower con desdén.
Daemon tuvo que resistir el impulso de desenvainar su nueva espada, Darkfire , y cortarle la lengua.
“Las leyes de sucesión del Vale son claras: Una hija hereda antes que un tío. Wilmar no recibió con agrado que yo fuera nombrada como la siguiente Dama de Runnestone. Sus acciones pasadas llevaron a mi padre y a mis tíos a repudiarlo de la familia. Después de un duelo con mi difunto tío Robar, se estableció un acuerdo: si Wilmar perdía —lo cual hizo—, debía marchar al Norte y tomar el Negro. Pero decidió faltar a su palabra y huyó.”
Rhea hizo una breve pausa, sin apartar la mirada del Consejo.
“Tiempo después, regresó en secreto e intentó matarme. Obviamente fue detenido antes de lograrlo. Ni mi padre ni mis tíos deseaban cargar con la culpa de ser asesinos de parientes, así que, con el apoyo del difunto Lord Arryn, decidieron exiliarlo al Este. Ahora que mi padre ha muerto, Wilmar pretende reclamar derechos que jamás le correspondieron”
La historia de Rhea hizo que Daemon apretara los dientes.
¿Quién se creía ese tal Wilmar Royce?
¿Acaso creyó que con Yobert muerto podría volver y hacer lo que quisiera?
Runnestone le pertenecía a Rhea, y un día le pertenecería a Rhaegar. Daemon no pensaba permitir que un traidor sin honor intentara robar la herencia de su familia.
“Yobert fue claro sobre quien sería su heredero. Rhea será la Dama de Runnestone hasta el día que sea coronada a mi lado y ascienda como Reina. Entonces, Runnestone —junto a mis propiedades en el Valle– pasarán a manos de Rhaegar, de quien Rhea y yo seremos regentes hasta su mayoría de edad”, declaró Daemon, mirando a su abuelo y al Concejo Pequeño directamente a los ojos. “Wilmar Royce no es nadie para reclamar nada. Y si lo hace… entonces estará actuando como un traidor a la Familia Real.”
Luego de un prolongado silencio cayó en la sala antes de que su abuelo asintiera con solemnidad.
“Así sea” dijo el rey, dando por cerrado el veredicto: “Wilmar Royce deberá desistir de sus reclamaciones o será castigado.”
Daemon disfrutó mucho de ver a Otto apretar los dientes, furioso; pero disfrutó aún más tres días después, cuando alimentó a Caraxes con el cuerpo de Wilmar tras ignorar las advertencias sobre sus acciones y palabras contra Rhea.
Daemon disfrutaba de consentir a Rhea. Su esposa no solía pedirle mucho, pero Daemon encontraba satisfactorio entregarle regalos y verla usarlos: anillos, brazaletes, collares y tiaras. Rhea iba a ser Reina y merecía joyas que lo demostraran.
Las gemas favoritas de Rhea eran los zafiros, seguidos de las amatistas, razón por la cual Daemon gastaba mucho en los joyeros de la Capital para que le preparan los mejores obsequios a Rhea hechos con esas gemas.
Como ahora, al verla probarse el hermoso collar de zafiros que Daemon trajo para ella. Su esposa lucía un hermoso vestido blanco frente al espejo que, décadas atrás, habría escandalizado a su abuela si la viera mostrando los hombros. No parecía preocuparle que Daemon la acechara a sus espaldas; había algo especial en ver a Rhea vestida de blanco que hacía que Daemon perdiera la cabeza, por eso no dudó en encerrarla en sus brazos y hacerla jadear.
“¿Recuerdas nuestra conversación en Harrenhal?” susurró Daemon al oído de Rhea.
“Tuvimos varias” respondió Rhea, con una pequeña sonrisa y acomodándose en sus brazos.
“Sobre nuestros hijos, y como te encantaría la idea de llenar esta fortaleza con ellos” dijo Daemon, arrastrando sus labios por su cuello.
“Recuerdo algo así…” tarareó Rhea.
“Entonces, ¿por qué no practicamos para el quinto ahora? ¿qué dices?”
“Me encantaría” respondió Rhea antes de girarse a besarlo.
Las visitas de Aemma al Desembarco del Rey eran pocas, o más bien, nulas desde el Gran Consejo y que Rhea le exilió (extraoficialmente) de la corte. Aun así, su abuelo había convocado a toda la familia para celebrar un torneo que, muy probablemente, sería el último de su reinado.
¿El motivo de la celebración?
Rhea y Daemon esperaban a su QUINTO hijo.
Aemma no podía evitar la amargura que sentía cuando veía a Daemon y Rhea ser celebrados y rodeados de gloria. Se suponía que deberían ser Viserys y ella. Ellos eran quienes iban a tener la corona, pero ahora Aemma era casi una extraña en su propia familia y su hija no sería más que la Dama de Driffmark.
No debería ser así.
Pero los dioses escogieron a sus favoritos. Daemon se sentará en el trono y como decía Lord Otto, arruinaria el reino y Rhea Royce estaría expandiendo su influencia pagana y dando hijos impuros al reino y disfrazados de príncipes y princesas.
Cuando Aemma veía a esos niños, sentía tanta ira. Rhaenyra era mil veces más Targaryen que ellos, más hermosa que las hijas de Rhea, e incluso así, su hija terminaría siendo una princesa más del reino cuando debería haber sido la hija de un rey.
¿Cómo podría ser eso justo?
Mientras se alejaba de una de las tantas fiestas de jardín que Rhea organizó —seguramente solo para humillarla y de la que se veía obligada a asistir—, Aemma se encontró con Daemon, con quien no había hablado correctamente desde que se mudó a Driffmark con Rhaenys.
“Realmente deberías aprender a disimular mejor” dijo Daemon, en su habitual tono burlón.
“No sé de qué hablas Daemon”, respondió Aemma, tranquilamente.
“Tus celos, Aemma”, señaló Daemon: “Sé que la vida no ha sido fácil después de la muerte de Viserys. Pero no olvides que fueron tus decisiones las que te llevaron a donde estás.”
Aemma apretó los dientes con indignación, pero se obligó a no gritar: “Y tú no deberías olvidar que solo estás aquí por pura suerte. Sin esa plaga, no tendrías nada, porque todo lo que tienes le pertenecía a Viserys.”
Daemon soltó una carcajada escéptica.
“¿Te escuchas a ti misma?”, se burló Daemon. “No importa la razón; No importa si fue obra de la suerte, de los dioses o de los mismos Infiernos. Lo importante es lo que pasará ahora. Cuando muera el abuelo, lo que será más pronto que tarde, subiré al trono. Y cuando eso suceda, tú no volverás a ser bienvenida en Dragonstone, ni en este castillo, ni en ninguna puta calle de Kingslanding.”
Aemma jadeó.
“¿Te atreverías?”, preguntó Aemma, enojada. “Soy la esposa de tu hermano, la madre de tu sobrina, ¿estás dispuesto a ignorar eso?, ¿para qué?, ¿para complacer a Rhea?”, Aemma negó con la cabeza incrédula. “¿Qué pasó contigo, Daemon?, ¿qué pasó con el hombre que se preocupaba por la familia?”
Daemon puso los ojos en blanco.
“Me preocupo por mi familia: por mi esposa y mis hijos, por mi futura reina y el futuro de la Casa del Dragón”, Daemon la miró con burla, “Claro que voy complacer a Rhea, es mi esposa y la madre de mis hijos.”
Aemma estaba furiosa e incrédula.
“¿Qué tiene esa mujer que te volvió loco? ¿Qué clase de brujería tenía entre las piernas para ponerte así?”
Daemon dio un paso adelante, intimidandola. De repente, Aemma recordó que estaban solos y que nadie podría protegerla si Daemon la atacara.
“Agradece a la memoria de mi hermano que no te maté ahora mismo” dijo Daemon, amenazante.
Aemma tembló y lo miró aterrorizada, pero sobretodo, disgustada.
“Si Viserys pudiera verte, estaría decepcionado del hombre que eres ahora” dijo Aemma dando un paso atrás y antes de que Deamon pudiera responder, Aemma se marchó furiosa y temblorosa.
Rhea suspiró mientras cerraba la puerta de las habitaciones del rey y saludaba a la Guardia Real. El monarca había caído presa de la edad, había empezado a olvidar su presente y quedar atrapado en su pasado, con recuerdos atacándolo, reviviendolos a diario.
Esa tarde, habían sufrido un susto terrible al darse cuenta de que se había levantado y estaba intentando ponerse una armadura para ir a luchar contra Dorne en venganza por la muerte del Príncipe Aemon. Durante horas, Daemon y Rhea le ordenaron a los sirvientes que le siguieran el juego hasta que lograron que tomara leche de amapola y descansara, por fin.
Rhea encontró a Daemon en el Solar del Rey, encargándose del gobierno ahora que el monarca era incapaz.
“¿Cómo está?” -preguntó Daemon, sonando agotado.
“Duerme profundamente” respondió Rhea, antes de acercarse y sentarse en su regazo.
Daemon enterró la cabeza en su cuello y suspiró. Rhea acaricio su cabeza y lo beso en la sien para consolarlo.
“Morirá pronto” murmuró Daemon con voz queda. “Parece que estos últimos años solo traen muerte a mi familia.”
“Yo estoy aquí. Nuestros hijos también. Somos tu familia y te prometo que no moriremos pronto.” -replicó Rhea.
“¿Lo prometes?”, pidió Daemon. “Si te pierdo… enloqueceré, mucho más que mi abuelo, y terminaré como la segunda venida de Maegor, yo-”
Rhea lo hizo callar.
“Lo juro, permaneceré a tu lado Daemon, siempre” -prometió Rhea, antes de besarlo profundamente y con cariño. “Somos tú y yo, contra todos y todo… por nuestros niños.”
Daemon le correspondió el beso, aún más intenso, más feroz.
“Tú y Yo… solo tú y yo… para siempre” susurró Daemon, entre cada beso.
“...Para siempre” acordó Rhea.
Diecisiete días después del nacimiento de los príncipes Daemion y Daeron Targaryen, el Rey Jaehaerys, Primero de su Nombre, Rey de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señor de los Siete Reinos, Protector del Reino, pasó a manos del Extraño, después de un largo tiempo sin levantarse de su lecho.
Los últimos meses del rey no fueron sencillos, había empezado a olvidar donde estaba y desconocía a las personas que le rodeaban. Confundía a su nieto Daemon con sus propios hijos, a veces lo llamaba Aemon, y a veces Baelon. Lo mismo con sus bisnietos, a quienes llamaba por los nombres de sus hijos fallecidos, e incluso a la Princesa Rhea, que solía confundir con sus hijas, a veces era Alyssa, a veces Daella, Saera o Viserra y en algún momento, Gael.
El monarca también hablaba al aire, soñando despierto conversaciones enteras con su difunta reina. Algunos de los sirvientes y guardias escucharon algunas conclusiones preocupantes: sobre el reino, sobre la familia Targaryen.
Otras veces, el rey parecía atrapado en sus recuerdos, en los tiempos de Maegor, en los primeros años de su reinado, intentaba llamar al septon Barth o dar órdenes a su antiguo Concejo Pequeño.
Al final, el rey se encontró con el Extraño cuando su cuerpo se rindió y cerrando los ojos por última vez.
En el año 103 A.C. con dos y veinte onomásticos. Después de siete días del funeral del Viejo Rey, Daemon Targaryen fue elevado al trono.
A partir de entonces, fue conocido como: el Rey Daemon Targaryen, Primero de su Nombre, Rey de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señor de los Siete Reinos. Protector del Reino.
El Alto Septon posó la corona del Rey Jaehaerys sobre la cabeza del nuevo Rey, mientras que Daemon Targaryen elevó a su esposa con la corona que alguna vez le perteneció a la reina Alyssane.
Se invitó a todos los señores de los Siete Reinos a jurar lealtad al nuevo Rey, y la mayor parte de ellos respondió al llamado. Algunos más felices que otros, pero lo cierto era que no se había visto una coronación con tantos asistentes en la historia de la Casa del Dragón.
De inmediato, su hijo mayor, el Príncipe Aemon, de casi cinco días de nombre, fue nombrado Príncipe de Dragonstone y Heredero al Trono de Hierro. Mientras que su segundo hijo, el Príncipe Rhaegar, de tres onomásticos, fue nombrado Señor de Runnestone. Ambos eran demasiado jóvenes para gobernar sus respectivos asientos, pero solo los nombramientos calmaban mucho a las mentes más preocupadas.
La ceremonia fue hermosa, los nuevos monarcas resplandecían juntos. La mayor parte del reino suspiró de alivio, porque veían en ellos una esperanza para los Siete Reinos.
Empezó por el Pequeño Concejo.
Como prometió Daemon, su primera orden real fue enviar a Otto de vuelta a Hightower. En su lugar, nombró a Lyonel Strong como la Mano del Rey. Ahora era él quien tomaba las decisiones, quería dejar a Aemon un reino aún mejor que el que recibió. Su abuelo le heredó una corona rica y próspera, pero Daemon era ambicioso y aspiraba a la grandeza. Quería aún más y que su hijo tuviera todo lo que él tuvo… y más.
Lyman era bueno contando monedas, pero Daemon tenía una deuda que pagar a los Lannister por el Gran Consejo y nadie sabía mejor cómo manejar el oro que los leones de Casterly Rock; y Lord Redwyne sería un buen Maestro de Barcos hasta que Laenor Velaryon crezca lo suficiente para demostrar si es tan bueno con los barcos como una vez lo fue su padre. El resto del Concejo Pequeño permanece igual que el de su abuelo.
Además, sentaría a Rhea a su lado en cada reunión. Daemon sabía que no podría dirigir Poniente sin ella a su lado.
“Habrá muchos descontentos, si planeas tenerme en el Pequeño Concejo”, advirtió Rhea, mientras Daemon colocaba en su cuello un collar de acero valyrio con amatistas que había adquirido para ella. “Incluso tu abuelo.”
Daemon depositó un beso suave en su sien.
“Mi abuelo está muerto” respondió Daemon. “Como Rey, queda en mis manos decidir cómo organizar el reino ahora, y seamos sinceros, mi amor, te necesito a mi lado. Odio la política, odio tener que jugar con las palabras. A ti te divierte ”
Rhea se rió suavemente y Daemon podía sentir un fuego creciente en su pecho al verla sonreír.
Rhea no había querido tronos ni coronas, pero cuando aceptó a Daemon y también aceptó todos sus dones y regalos, sus defectos y problemas. Pese a todo, lo manejó con su habitual gracia y entereza.
Realmente, no había otra mujer como ella en los siete reinos.
La noche después de su primera reunión exitosa con el Pequeño Concejo, Rhea celebró con Daemon.
Bailaron sin música a la luz de las velas, se susurraban promesas al oído, rieron juntos, y entre besos, se contaron todos los planes futuros que tenían ahora.
Eran Rey y Reina , gobernaron los Siete Reinos, si alguien les hubiera dicho al inicio de su matrimonio que terminarían donde están, lo habrían tomado como un loco o mentiroso y ahora...
Eran monarcas.
Más tarde, una vez estuvieron en la cama de sus nuevas habitaciones, y se unieron apasionadamente otras tantas veces, con comodidad, con calidez.
“Te amo” susurró Rhea al oído, entre caricias y suspiros.
Daemon la beso con la calidez y suavidad que solo venia de todos los años compartidos
Aun así, Daemon era… Daemon. Sus besos y caricias tenían esa mezcla de ardiente deseo y ferocidad, con esa fuerza y locura que la intoxicaba y le hacían olvidar quién era y dónde estaba.
“Te amo” respondió Daemon en una promesa, un juramento que se prometían entre ellos.
