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1.
El torneo celebrado en el año 98 después de la conquista por el quincuagésimo aniversario del reinado del Rey Jaehaerys Targaryen terminó entre vítores y aplausos que hicieron temblar los estandartes. Nunca se había visto, y probablemente nunca se vería, una justa tan grandiosa como la que protagonizaron los miembros de la Guardia Real: el Lord Comandante, Ser Ryam Redwyne, y su hermano jurado, Ser Clement Crabb. Treinta lanzas astilladas deleitaron a la multitud antes de que el mismísimo rey los nombrara a ambos campeones del torneo.
En definitiva, la mejor justa de la historia.
Mientras el banquete de clausura se llevaba a cabo, las miradas estaban puestas en el Rey Jaehaerys y su familia (los presentes, al menos). Las sillas vacías junto al estrado real gritaban más que cualquier ausencia, y nadie pasó por alto que, a pesar de celebrar el largo gobierno del rey, la mitad de su familia no estaba allí.
La reina Alysanne no ocupaba su sitio, pero sí su hija menor, la Princesa Gael. La Princesa Rhaenys estaba presente, pero eso solo volvía más evidente la falta de su madre, la Princesa Jocelyn. El Príncipe Baelon, como Heredero al Trono, también ocupaba su lugar junto a sus dos hijos, aunque ninguna de sus hijas en ley lo acompañaba.
Las dos últimas tenían excusas muy válidas.
Corría de boca en boca que la Princesa Aemma apenas se sostenía en pie tras el nacimiento de su hija, la Princesa Rhaenyra. Casi un año después, el color no había regresado del todo a sus mejillas y cualquier esfuerzo prolongado la dejaba agotada; asistir al torneo o al banquete habría sido una tortura.
De forma parecida, Lady Rhea Royce gobernaba su fortaleza en el Valle de Arryn con un vientre hinchado. Cada semana que pasaba, su fecha de parto se acercaba más; viajar a la capital era impensable. Aun así, muchos nobles salivaban ante la idea de conocer a la esposa del Príncipe Rebelde y averiguar si el hijo que cargaba era en realidad de su esposo.
