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Habrá momentos suaves
Y tontas preocupaciones,
Ternura quieta
Cuando la tormenta acecha.
Nunca se había preocupado por alguien más, la mayoría del tiempo, eran los demás quienes se preocupaban de Satoru Gojo, de que el más fuerte estuviera implacable en cada misión, pulcro e impoluto. Cuando Suguru entró en su vida seguía sin preocuparse, al menos no demasiado, no porque no le importara, sino porque ambos eran los más fuertes, juntos, y Suguru era tan hábil como él, podía arreglárselas sin su presencia, incluso cuando no quería alejarse. Por eso, cuando una bomba de humo los ocultó entre colores grises por su increíble densidad, no se preocupó al perder la silueta de Suguru, después de todo, su energía maldita seguía siendo visible para sus seis ojos. Se volverían a encontrar, de eso estaba seguro.
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La marcha insaciable del reloj siempre lo hacía desesperarse, la espera lo estaba matando. Había pasado alrededor de una hora desde que se habían separado, algunos mechones rebeldes se pegaban a su frente por la acumulación de sudor y polvo. Las extremidades comenzaban a pesarle, pero no excesivamente, después de todo, era el más fuerte. Aún así, una punzada atravesaba su corazón por la extensa ausencia de Suguru, bueno, quizá (solo quizás) exageraba un poco. Habían tenido misiones separadas antes (aunque por supuesto, no le gustaban y no era lo mismo) que rompían su rutina, instándolos a distanciarse por uno o un par de días.
Para Satoru los días sin la risa de Suguru resonando en sus oídos eran días desperdiciados, días inexistentes que no se molestaba en recordar, días grises y aislados que no merecían ocupar un gran espacio en su mente. Su atención se centraba en sus misiones compartidas, en la colonia de Suguru colándose por sus narinas cada vez que se acercaba a él o cuando realizaba movimientos de lucha que dejaban un pequeño, pero adictivo, rastro de su olor.
Empezaba a impacientarse, Satoru no era precisamente conocido por tener una personalidad apacible como la de Suguru, sino por ser caótico y estridente, por querer las cosas “ahora ya” y no en un minuto más. Y en este momento, quería a Suguru de vuelta, le perturbaba no encontrarlo ni a él ni a su energía maldita cuando ya había derrotado y exorcizado la maldición que surgía del edificio abandonado en el que se encontraban.
Comenzó subiendo algunos escalones con una sensación extraña arremolinándose en su estómago, empezaba a oscurecer afuera y la brisa fría comenzaba a calarle los huesos cuando el subidón de adrenalina y actividad física habían abandonado su cuerpo. ¿Le habrá pasado algo?, algo malo, pensó fugazmente, pero descartó la idea. Suguru era fuerte.
—¡Suguru!, ¿estás por aquí? —preguntó al aire alzando su voz y la distancia entre sus cejas se contrajo cuando no recibió respuesta, cuando se dio cuenta de que, en efecto, el segundo piso estaba vacío. ¿Dónde se metió? ¿Será que no le enseñaron que no contestarle a los demás es sumamente descortés? Si esto es una broma, ¿dónde está el chiste?.
El edificio constaba de tres pisos, así que se apresuró a subir el siguiente.
Cada escalón parecía distanciarlo más que acercarlo.
Y cuando su vista se levantó sobre el último escalón, lo vio.
Suguru.
El cabello oscuro de Suguru caía sobre sus hombros, su peinado siempre pulcro se había desecho y ahora descendía sobre sus hombros como una cascada, parte de él escondía puntos de su rostro que impedían que Satoru pudiera inspeccionar sus gestos desde lejos.
—¡Suguru!
No hubo respuesta. El silencio lo asfixió.
La ausencia de ruido oprimía su pecho con una fuerza que jamás habría imaginado. Su corazón, que solía ser despreocupado y demasiado confiado, se encogió, se apretó con una intensidad que le impidió respirar.
No, no, no.
Satoru se apresuró a acercarse y las manos comenzaron a picarle, sus sentidos se agudizaron y su cuerpo completo entró en alerta, su respiración se descontroló, sus latidos acelerados retumbaron en sus oídos.
Lo siguiente que vió en la oscuridad le golpeó como una brisa helada.
Un destello rojo.
Desagradablemente familiar.
Extendiéndose por todas partes.
Demasiado tarde.
—Ey, ¿qué pasa?, Suguru… Responde —exigió, todavía incrédulo.
—Responde por favor, Suguru —susurró, suplicante y aterrado. Más aterrado de lo que había estado nunca.
Con el miedo latente sacudiendo sus arterias, demasiado fuerte. Dios.
La opresión en su pecho se agudizó y le dolió, físicamente, una punzada de dolor lo atravesó.
Silencio.
No hubo nada más que silencio.
Suguru no respondía.
Y eso lo aterraba mucho más que la sangre.
No, esto no está pasando.
Esto no puede estar pasando.
No a él.
Sus piernas se movieron instintivamente y en un segundo ya estaba arrodillado frente a él. Suguru permanecía recostado contra un muro olvidado, su rostro, siempre amable, demasiado tranquilo lo alteró.
Verlo inmóvil y rodeado de sangre, con manchas ya secándose alrededor de su ropa y rostro era algo que jamás imaginó. Esto no puede estar pasando, somos los más fuertes.
Cuando el olor a acre se coló entre sus respiraciones pesadas, se sintió como un golpe duro en el pecho.
Un golpe de realidad.
Por el amor a Dios, Suguru, ¿qué demonios intentabas hacer?
No, esto no es su culpa, no debí perderlo de vista.
SuguruSuguruSuguru.
Sin perderse más en el tiempo, Satoru se apresuró a tomar sus signos vitales.
Sus dedos temblorosos encontraron su muñeca, pulso débil. Bien.
Respiración lenta, pero al menos respiraba y eso le permitía respirar a él también. Satoru exhaló como si llevara horas sin hacerlo y susurró algo más: —Al menos estás estable… Necesitamos ir con Shoko.
Satoru Gojo era el más fuerte.
Claro que sí.
¡Pero todavía no dominaba el teletransporte a larga distancia! Y mucho menos con alguien más.
¿¡Qué se supone que debo hacer!?, las preocupaciones rondando su cabeza no se callaban y necesitaba pensar rápido. Se mordió el labio con fuerza, concéntrate, concéntrate.
El transporte que debía recogerlos no llegaría pronto y a juzgar por la sangre de Suguru derramándose por sus costillas, amenazando con alcanzar el uniforme de Satoru, necesitaba actuar, ahora.
Sus brazos se movieron mucho más rápido que sus pensamientos, en una fracción de segundo, ya estaba levantando su cuerpo, cargándolo con delicadeza y con el miedo quemando cada una de sus entrañas, su pulso se aceleró, a diferencia del de Suguru, que parecía apagarse y consumirse como una vela que lleva demasiado tiempo esperando.
Tiempo era lo que ahora mismo necesitaba.
Le temblaron las piernas, no por el peso, sino por el desafío que tenía enfrente. Tengo que teletransportarme con Shoko. Ahora.
Rápido, por favor, funciona.
Cerró los ojos, intentando concentrarse, intentando visualizar a Shoko, la escuela y el ala médica, tratando de liberarse del bloqueo mental.
Su respiración se volvía difícil con cada segundo, pronto sus dedos temblaron.
Sus ojos se cristalizaron.
No puedo, no puedo…
La frustración le quemó, ardió con pensamientos hirientes, pero todo se desvaneció cuando un movimiento, no suyo, le hizo abrir los ojos.
—Sabía que me encontrarías —fue apenas un susurro, demasiado cansado, extremadamente débil, áspero. Suguru mantenía sus ojos entrecerrados y le brindó una sonrisa tranquila a Satoru, presionando sus labios y también el dolor hacia su interior.
—No, no, no, Suguru, ¡no cierres los ojos! —Mierda Suguru, por una vez en tu vida, hazme caso. La conciencia, la poca vitalidad que quedaba en Suguru se desvaneció. Aquellos ojos azules, grandes, casi desenfocados y llenos de pánico fueron lo último que vio.
Suguru se lamentó por hacerlo sufrir.
Perdóname, Satoru.
No podía hacer nada, estaba siendo un completo inútil.
Suguru no se merece esto.
Y de pronto, ya no estaban en el edificio abandonado.
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Cuatro horas.
Cuatro horas pasaron cuando Shoko finalmente salió de la sala donde había estado sanando a Suguru.
240 minutos que se habían sentido como un siglo.
Había logrado teletransportarse, no sólo a sí mismo, sino que además a una larga distancia, pero ahora, eso parecía lo de menos.
Ni bien visualizó el ala médica sus palabras brotaron a gritos descontrolados.
—¡Shoko, necesita ayuda, está sangrando! —sus manos ahora estaban manchadas de rojo, el olor metálico intenso impregnaba el lugar y Satoru no sabía cuánto más podría soportar.
—¿Qué diablos pasó? —fueron las únicas palabras de Shoko antes de encargarse de él.
—¿Se pondrá bien? —preguntó con un sonido tembloroso. Satoru desconoció su propia voz.
—No lo sé Satoru, espera afuera.
Y Satoru esperó, con la impaciencia carcomiendo sus huesos, con su pie golpeando el piso ansiosamente y restregándose los ojos por no haber llegado antes. Las palabras de Suguru seguían en su mente, la imagen aguada de él intentando brindarle una sonrisa también se impregnaba a él.
Somos los más fuertes.
Casi dudó de sus palabras, porque Satoru ahora tenía la certeza de que era el más fuerte porque lo tenía a él.
Esas fueron las conclusiones a las que había llegado en la primera hora, cuando decidió que no podía seguir sentado, quieto, respirando ansiedad.
Decidió ordenar su habitación, volver acogedor el lugar donde lo recibiría. Tendió la cama que había dejado olvidada por la mañana, levantó sus libros del suelo y buscó recetas para cocinarle algo en lo que Suguru despertaba, porque, iba a despertar, ¿verdad?
Tenía que despertar.
O se volvería loco, completamente loco.
Cuando Suguru despertó, Shoko se encargó de contarle brevemente lo que había pasado.
—Estaba histérico, nunca lo había visto así, se teletransportó contigo —añadió, sin tapujos.
—¿Estás diciendo que Satoru nos teletransportó hasta aquí? ¿a ambos? —Suguru no pretendía sonar hiriente o incrédulo, estaba impresionado. —, pero aún no puede —ciertamente, eran habilidades que Satoru apenas dominaba, su boca se movió intentando articular más palabras: —¿cómo?
—Él puede cuando se trata de ti —respondió Shoko con simplicidad. Con una obviedad que siempre pareció estar ahí.
Cuando Shoko volvió con Satoru para informarle que las cosas habían salido bien, su mente dejó de procesar el resto de lo que sea que estuviera diciendo sobre cambios de vendaje y gasas y cosas de las que se ocuparía después.
La presión en su pecho se desvaneció.
Respira, está vivo.
—Está consciente, preguntó por ti apenas despertó, me dan asco, puedes pasar, pero no hagan asquerosidades aquí.
—Gracias Shoko, eres increíble, te debo una —fue lo único que ofreció antes de colarse dentro rápidamente.
—Me debes más que una.
Pero Satoru ya no escuchaba, todavía necesitaba ver a Suguru por sí mismo, oír sus respiraciones y contar sus latidos.
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Las cosas casi volvieron a la normalidad.
Casi. Después de un regaño por parte de Yaga, claro. No habían enviado a Suguru a otras misiones por su condición actual y Satoru se quejó para quedarse con él, argumentando que necesitaría a alguien durante su recuperación.
Yaga cedió.
Poco después Shoko le entregó a Satoru un paquete de gasas limpias, le lanzó cinta médica y una advertencia: —Debes cambiarle el vendaje, no sé cómo lo harás porque Suguru es un malcriado cuando quiere, pero tendrás que hacerlo.
—Sí, doctora —respondió, haría lo que fuera, con su nulo conocimiento, pero con mucha voluntad.
—No lo dejes moverse demasiado, se hace el fuerte pero además de dolerle, hace que su curación sea más lenta —fue lo último que le indicó antes de marcharse.
Suguru no esperaba visitas en su habitación esa noche.
No, claro que no.
Pero tampoco le sorprendía que el impoluto cabello de Satoru se adentrara en su habitación sin permiso y sin tocar.
Suguru yacía en su cama, leyendo algún manga de la colección de Satoru. El cuello ancho de su pijama caía sobre uno de sus hombros, revelando parte del vendaje que se extendía por su clavícula. Miró por encima del manga que estaba leyendo y escudriño a Satoru.
—Shoko me dio esto —señaló, mientras se acercaba con los vendajes nuevos y la cinta entre sus manos.
—Puedes dejarlos en mi mesa de noche-
La interrupción abrupta de Satoru lo dejó a media frase: —Tenemos que cambiar tu vendaje, no puedes hacerlo solo.
—Lo haré, no te preocupes. No hace falta que lo hagas tú —respondió, quitándole peso, como si no tuviera una enorme herida abrazando sus costillas. Como si no le doliera respirar y cualquier movimiento o estiramiento. Últimamente se arrepentía al instante de cualquier intento de levantarse o de querer alcanzar algo. Se sentía mal consigo mismo por no ser capaz, así que, aunque se arrepentía cada vez de cada movimiento, se tragaba el dolor cuando tenía Satoru cerca, reemplazandolo por una sonrisa desgastada.
Para su desgracia, Satoru no era tan tonto. Procuraba dejar agua y analgésicos en su mesa de noche y le daba de comer. Se mantuvo despierto durante la noche, procurando estar alerta por si escuchaba a Suguru quejarse o intentar levantarse.
—Sí hace falta —replicó Satoru—, vamos, levanta tu camisa —el ceño de Suguru se frunció, no esperaba que viniera a exigirle a su propia habitación, a darle indicaciones como si no pudiera cambiar un vendaje por sí solo, después de todo lo que había pasado, Suguru quería encogerse sobre sí mismo, no volver a ver el pánico en los ojos más azules que había visto. No puedo preocuparlo más —. No me mires así, no voy a romperte más de lo que ya estás.
—Satoru, de verdad, estoy bien —mintió. Era un mentiroso y no se lo perdonaba, pero tampoco podía perdonarse por no ser el más fuerte junto a Satoru.
Satoru lo miró a los ojos y sostuvo su mirada, fue casi suplicante. Algo dentro de Suguru se derrumbó, pero no lo suficiente.
—Por favor —pidió con suavidad. Suguru se derritió en su voz y por fin cedió.
—Está bien —admitió, quitándose la camisa del pijama con lentitud, con un atisbo de inseguridad, dejando ver el vendaje completo que envolvía su torso, marcándose entre sus abdominales. Se sintió débil, el dolor era un recordatorio constante de que tenía que mejorar.
Satoru se concentró en su tarea, retiró las gasas viejas con extremo cuidado, como si el mínimo error pudiera quebrar algo de Suguru que no podía ver. Suguru fingía no sentir dolor, pero los seis ojos de Satoru no dejaron escapar ni un solo gesto, ninguna de sus quejas silenciosas pasó por alto. Por el contrario, el más pequeño indicio de dolor que se dibujaba en el rostro de Suguru hacía que los movimientos de Satoru se volvieran más suaves y que su respiración se contuviera.
—Tienes suerte de que mis maravillosas manos estén tocándote ahora, no sabes cuantas de mis admiradoras desearían estar en tu lugar —quiso bromear, pero su voz tembló y lo traicionó. Se volvió a concentrar en su tarea con un rostro más preocupado que bromista de lo que pretendía.
—El que tiene suerte de estar tocándome eres tú —susurró, con una sonrisa cómplice en sus labios, queriendo decir mucho más de lo que aparentaba.
—Créeme que lo sé —respondió Satoru, con una sinceridad que le cortó el aire. El ambiente se volvió un poco denso. Suguru sabía a lo que se refería. —. No me asustes así de nuevo —pidió.
—Intentaré no hacerlo —confesó Suguru. No podía prometerlo, de esto se trataba su trabajo, el riesgo era parte de esto y no era algo que estaba bajo su control, al menos no siempre. No cuando se trataba de Satoru, de protegerlo.
—Aún no me has contado qué pasó exactamente… —Suguru suspiró, sabía que Satoru preguntaría tarde o temprano. Personalmente prefería más tarde que ahora.
Suguru carraspeó antes de poder hablar: —Me distraje en medio del caos, eso es todo —no mentía, pero era una verdad a medias. No podía decirle que su momento de debilidad fue cuando Satoru desapareció de su vista. Que la nube de humo había logrado instalarse en sus pulmones… Que al parecer, una de las maldiciones podía manipular sus sentidos.
—¿A qué te refieres? —no estaba seguro de si esa respuesta tan vaga podía satisfacerlo. En realidad, estaba seguro de que no. Apretó la mandíbula y sus manos se tensaron: —, necesito saber qué demonios pasó, Suguru.
Suguru apartó la mirada, exhalando con dificultad, la garganta se le secó.
—No lo sé bien —habló con duda, con el miedo todavía presente —, el humo que nos separó… no era normal. Tú tienes el infinito para protegerte de él, pero yo…
Los recuerdos golpearon fríamente la cabeza de Suguru. El humo denso, oscureciendo todo a su paso, asfixiándolo y de pronto, voces aparecieron.
Voces desgarradoras, dolorosamente familiares. El corazón le latía con tanta fuerza que sentía que escaparía de su pecho. No dudó en actuar, corría mientras intentaba llegar a una voz herida y llena de dolor que era inexistente, acercándose a la visión de un Satoru que en realidad no estaba ahí, pero que se instalaba como memorias firmes, como si de verdad hubiera pasado.
Lo vio y se sintió real.
Tan real que dolía.
—Me confundía, escuchaba voces, la tuya por sobre las demás, pedías ayuda y juraría que estabas detrás de mí —hizo una pausa dolorosa antes de poder continuar: —pero no lo eras, te veía y luego ya no estabas.
Las figuras que lograba apreciar siempre eran de Satoru, difuminadas en el humo. Se veía herido y angustiado y Suguru… Suguru corría a él sin parar, subiendo las mismas escaleras en bucle. Corría cada vez más rápido, con la esperanza de alcanzarlo, gritaba su nombre esperando respuesta, pero lo que recibía de vuelta eran gritos. Comenzaba a agotarse, pero no se rendía bajo ningún concepto, ni siquiera cuando las paredes parecían deformarse sobre él y continúo hasta que la figura que pretendía ser Satoru reveló su verdadera apariencia, pero lo cierto es que era demasiado tarde, se había dejado llevar por sus instintos y ahora no podía hacer mucho, no después de que la estúpida maldición se clavara en sus costillas.
Se sentía débil y avergonzado por no haberlo notado antes, porque sabía que era imposible subir tantos pisos cuando el edificio apenas tenía tres, pero el agobio se sintió tan real que supo que era producto del humo que había estado inhalando. No era la primera vez que lidiaba con algo similar, pero subestimó la capacidad de la maldición de alterarlo y dejarlo vulnerable.
Satoru escuchaba con atención, con la mirada entristecida.
—Yo también me asusté, mucho, no te veía por ninguna parte —confesó—. Cuando te encontré, pensé que había llegado demasiado tarde —admitió, con la voz llena de terror, recordando la sangre manchando su uniforme, su cabello despeinado y sus respiraciones lentas. La desesperación de ver como pierde a su único frente a sus ojos, sostenido por sus propias manos.
—No era mi intención asustarte —se disculpó honestamente Suguru.
Ambos estaban heridos, no por el otro, sino por el miedo de perderse entre sí. Suguru se envolvía en una culpa que no le pertenecía, la de no sentirse tan fuerte como Satoru, como si Satoru ahora fuera el más fuerte, sin necesitarlo, solamente dándole problemas con una estúpida maldición, algo evitable, algo demasiado tonto para ser verdad.
Satoru por su parte se comía la cabeza pensando en cómo no se había dado cuenta antes. De cómo dejó que la situación escalara tan rápido.
Suguru suspiró y para aligerar el ambiente, soltó: —Al menos ahora puedes teletransportarte a largas distancias —Satoru lo observó con un dejo de confusión —Shoko me lo contó.
—No quería aprenderlo de esa manera, pero ganar es ganar —sonrió.
—Entonces pronto ya no me necesitarás — asumió Suguru.
La mirada de Satoru se desesperó al escuchar semejante ridiculez. Lo necesitaba como el cielo a las estrellas. Lo necesitaba más que a sí mismo.
—No te desharás de mi tan fácil, Suguru, así que saca esa idea tonta de tu cabeza —hizo un pausa, pero al final decidió ser honesto: —, todavía te necesito, somos los más fuertes, ¿recuerdas?
—No Satoru. Tú eres el más fuerte.
—¿Acaso no lo entiendes? —la desesperación se filtró en su voz, sonando más irritado de lo que pretendía, hasta que completó su frase: —Soy el más fuerte porque te tengo a ti —los ojos de Suguru, sorprendidos y llenos de cariño le sostuvieron la mirada con una fuerza y ardor que jamás había sentido.
Suguru sería su perdición y Satoru lo sabía.
Lo supo desde el primer momento, desde que ese flequillo comenzó a invadir su mente por sobre lo apropiado. Y lo sabía ahora, cuando su mano se extendía con delicadeza para acomodar un mechón del cabello de Suguru tras su oreja.
Sus frentes se acercaron hasta encontrarse, lo suficiente como para sentir que se ahogaba entre las respiraciones ajenas. El corazón se le aceleró nuevamente con un calor diferente a cualquiera que había sentido extendiéndose por su pecho y pulmones. La presión en el pecho lo asfixiaba dolorosamente, quería más.
Quería cercanía. Sentirlo más.
Se quedaron envueltos en un silencio pesado. El ajetreo y ruidoso mundo se desvaneció. Como si ambos ahora se encontraran envueltos en una burbuja invisible que los separaba de todo lo demás.
Satoru se enfrentó a la necesidad de decir algo, pero su garganta seca se lo impidió. Temía romper su burbuja, alejarse cuando lo que ahora anhelaba y necesitaba era quedarse.
Suguru fue quien habló primero:
—Quédate conmigo esta noche —la tensión de los hombros de Satoru se desvaneció.
Sus manos inquietas, hablaron por él, encontrando las prolijas vendas que ya había terminado de acomodar desde hace rato. Una pequeña excusa para acercar su toque. Suguru se estremeció cuando rozó sus costillas.
—No planeaba irme.
