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spanish air (zoro & sanji one-shot)

Summary:

El verano en la costa mediterránea puede ser una postal perfecta o un infierno de calor y trabajo. Para Sanji, camarero en un bar-restaurante, es lo segundo: sudor, turistas y cigarros que saben a pausa desesperada. Y, entre eso, también Zoro.

Notes:

nota de la autora: hola!!! este es un relato corto de cuatro partes ʕ•ᴥ•ʔ mi objetivo con esta historia es hacer una radiografía del mediterráneo más allá del cliché turístico, mostrando tanto la belleza como la dureza de vivir el verano desde dentro, y no simplemente como visitante <3 dicho esto, espero que os guste.

Work Text:

I

Para los que tienen suerte, el verano es aire acondicionado, piscina residencial, cóctel con paragüitas, postal de algún destino europeo, Lisboa, Roma, incluso de uno no europeo, Kyoto, Oaxaca, Sanya, también conocido como el «Hawái de China», por esa tendencia humana a querer comparar absolutamente todo con todo. Como si hiciera falta. Como si lo más importante fuera el sitio, y no el tener unas vacaciones y dinero suficiente para pagarse un viaje a donde sea.

La verdad es que esa ciudad costera es igual que cualquier otra, masificada, hortera, llena de cemento. Para los no tan afortunados como Sanji, el verano es calor, mucho calor —ni en el Sáhara hace tanto, hijo—, una bandeja, la camisa del uniforme pegada a la espalda, el ventilador girando como si hiciera algo (pero en realidad no hace nada, solo remueve el aire caliente de un lado para otro) y una carta plastificada con imágenes de los platos, porque si no, los guiris no se enteran de una mierda, y a él no le apetece hablar inglés.

Salir cinco minutos a fumar es como un retiro espiritual en Rishikesh, cuna del yoga, y fumar, un ejercicio de respiración, casi como meditar.

Fumar es meditar y contar los días. Los días para qué. Para dejar de ver el verano desde la parte trasera del bar-restaurante, ese telón de teatro; para, con suerte, verlo llegar, al verano, a él, con su espada de bambú, su bolsa de Adidas y sus chanclas levantando polvo.

Una distancia prudente, suficiente para verse en la penumbra del callejón.

—¿Tienes un minuto para hablar conmigo? —pregunta Zoro, Zoro-verano, Zoro-solo-como-amigos.

Sanji suspira, lanza el cigarro de un capirotazo y le da la espalda.

—Estoy trabajando.

Regresa al interior, se arranca el paño de la cintura y grita dentro de él. Entonces lo ve, sentado en la mesa tres de la terraza, una camiseta de manga corta con un print y una frase estúpida. Le gustaría soltar ese conjuro que hace que los clientes den media vuelta y se larguen, la barra ya está cerrada, pero aún no es la hora.

De modo que camina hacia él. El aire tiembla con una promesa. Con una promesa de qué.

—¿Qué ponemos? —pregunta con su voz de camarero.

—Guinness.

Le pasa el comando a Franky, una montaña con camisa hawaiana y tupé de Danny Zuco, si Danny Zuco hubiese llevado el pelo azul en Grease. Se parece a Elvis Presley en su álbum «Blue Hawaii», Rock-A-Hula Baby. Mientras esperan a que el líquido negro como la melaza se asiente, Sanji tamborilea con los dedos y pasea la vista por los retratos de líderes revolucionarios y otros personajes célebres de España. Franky hace una observación:

—Tú estás superpillado —comenta.

Supercolgado
Superenganchado
Superapollardado

—Habéis vuelto a discutir, a que sí.

—Sí.

—No hay quien os entienda.

La verdad es que son como el perro y el gato. Hay un antagonismo animal que les hace acercarse el uno al otro y luego destruirse. Lo suyo es un canibalismo sexual, como esas cucarachas que se devoran las alas mutuamente para asegurarse una monogamia de por vida.

Usopp, el jefe de sala, ha puesto su playlist de música en español en aleatorio y suena Oye mi amor, una ironía cósmica de Maná. Zoro le espera sentado en la terraza, los brazos cruzados a la altura del pecho, la mirada ávida, de cazador, clavada en la suya. «Pero tú ya tienes otro / Un tipo frío y aburrido / Un tonto que es un reprimido / Eso no te pega a ti / No te va». Sanji se sienta frente a él y lo observa dar un largo trago hasta que el logo GUINNESS aparece dibujado en el vaso de cristal. A Zoro le queda un bigote de espuma.

—Límpiate —le dice, empujando el servilletero hacia él.

Pero el practicante de kendo sonríe y se pasa la lengua por el labio superior, un gato limpiándose y refrescándose con su propia saliva.

Solo se ven en verano. Sin embargo, el trece de abril, de madrugada, Sanji recibió un mensaje del chico que decía «Feliz Día Internacional del Beso». Asumió que estaba borracho y enviando mensajes al azar, y no respondió.

—¿Qué pasa? —quiere saber Sanji.

—Quiero hablar las cosas.

—Todavía me queda una hora para el cierre. No tengo tiempo para chorradas.

Indiferente, Sanji le extiende la mano, una palma que aún no ha recibido un rayo de sol. De mala gana, Zoro le da un billete arrugado. Sin decir nada más, el camarero acepta el dinero y regresa al cabo de un rato con las vueltas. Ahora suena De Música Ligera, de Soda Stereo.

—No quiero que estés así conmigo —dice Zoro—. Ese hombre y yo no somos nada.

Sanji es mayor que Zoro —diez años, para ser exactos—, por lo que tiene un bagaje más sólido (ha vivido más, de lo mejor y de lo peor) que el chico, quien a sus veinte aún está descubriendo quién es; todo indica que un guerrero de las espadas.

—Nosotros tampoco, por lo visto.

—Es diferente.

—Un día —Sanji levanta el meñique, envuelto en una tirita risiblemente infantil, las únicas que encontró en el botiquín del restaurante, cuando se cortó con un cristal—. Un día desde nuestra última pelea y ya te habías ido con él.

—Solo estuvimos un rato. Y nosotros no
estamos saliendo.

Ahí está la cosa. Son dos seres espléndidos y brillantes, dos tíos pasándoselo bien y a veces no tan bien, pero cuando se trata de definir su relación, se pierden. Aunque no se miran como amigos (eso sería imposible), tampoco lo hacen como novios, porque que quede claro: novios no son.

No es amor, es sexo.
No es gay, es europeo.

Bajo la luz cálida del bar, la piel de Zoro toma un tono broncíneo, un héroe homérico envuelto en su armadura. Sanji lo observa juguetear con su brazalete de cuero trenzado.

—Tenemos algo, ¿no?

—Sí, claro. —Eso Sanji no lo puede negar. Hoy tienen algo, pero mañana es posible que no, que no sean nada, y al día siguiente puede que sí, que vuelvan a ser algo. En ese algo habita una playa nocturna, bañadores con estampados desvaídos, heridas en el paladar después del sexo oral, frutas dulces, frutas amargas.

Si lo de ellos no es una cita, entonces es una asamblea.

Es matar el tigre y tenerle miedo al cuero.

Están juntos, hay un problema, se reconcilian y vuelta a empezar. Como el sol: sale, se oculta, y al día siguiente vuelve a salir. Pues algo así. Cíclico. Tranquilizador.

—Vamos a dormir juntos hoy —propone Zoro, mágica solución— y hablar las cosas.

—No puedo, mañana me toca abrir.

Zoro empuja la silla hacia atrás y recoge la bolsa y su espada. Su mirada es verde, una hermosa ave de América a punto de sacarle los ojos, una malaquita, si uno se pone poético, susceptible de rajarse y de rajarle la cara.

—Que te den.

—Muy bien.

—No me vuelvas a llamar ni escribir —le advierte, apuntándole con el mango de la espada—. Yo aquí, intentando hacer las paces contigo, y tú con esa cara de gilipollas. Venga ya, pero quién te crees que eres.

—No me pongo de ninguna manera.

Y verlo ahí, sin inmutarse, recostado en la silla, con el pelo rubio revuelto y los dos primeros botones de la camisa abiertos, como si estuviera en una película francesa, hace que a Zoro le suba un calor, un ramalazo de ira, por el pecho. Zoro santo-soldado, Zoro sin-etiquetas. A continuación, la afirmación definitiva, numinosa, que hacen que estén una semana o más sin hablarse. Grita:

TÚ Y YO NO SOMOS NADA

II

Una herradura de arena, rodeada por altos acantilados. Las olas humedecen los guijarros pulidos de la orilla, y Zoro tiene el impulso de coger uno y lamerlo, como si fuera un grano de palomita sin estallar al fondo de una bolsa.

Esa cala, el lugar de los lugares; su boca, una caverna, corazón, fogón en el que se van calentando las palabras de las que luego se arrepiente, la otra vez no quise decir eso —confiesa, con la frescura de un vergel—, tú y yo si somos ALGO. La boca de Zoro también es el lugar en el que Sanji recibe acogida, detrás de las rocas, en el que hurga con sus dedos y con su lengua.

—Por qué me quiero comer las piedras —pregunta Zoro, con voz monocorde, la vista perdida en el horizonte.

—Tu cuerpo anhela alimentos ricos en minerales —Sanji le dibuja una forma simple con el dedo en la espalda desnuda—. Seguro que te falta un montón de hierro y de zinc.

El chico tuerce el cuello como un pájaro, mirando al rubio con esa expresión de molestia y confusión por no haber entendido nada pero tampoco querer reconocerlo.

—¿Qué has dibujado?, ¿una flor?

—Muy bien.

—A ver, otra.

Sobre su trapecio con forma de hacha, Sanji dibuja una línea vertical oval y luego dos círculos en la parte inferior.

—¿Qué? ¿Me has dibujado una polla?

Frente al mar, se pueden ver sin la necesidad de mirarse cara a cara. El rostro del mayor espejea, plateado, como una salina; Zoro, con su pelo verde, recuerda a una serpiente con plumas, una suerte de serpiente-ave. Unas veces son dos animales, otras dos niños salvajes, pero siempre la misma pareja afortunada.

En ocasiones, a Sanji Zoro le parece un guerrero de una civilización desconocida, pero solo es del Norte, de ahí que beba y coma como un animal. El camarero solo sabe que durante el año vive con su tío Mihawk (un nombre fastuoso), que es cetrero.

Una vez, Zoro le mandó por WhatsApp una foto de él con el brazo extendido y una pequeña águila posada sobre su grueso guante. Animales como aquellos podían alcanzar hasta trescientos veinte kilómetros por hora en picada de caza, convirtiéndose en un puta bala viviente, le explicó. Zoro es ese tipo de chico al que le gustan las cosas veloces y fuertes, Fórmula 1, las artes marciales, los animes de peleas.

Salvo eso, nada más se sabe sobre él. Sanji no conoce las palabras que usa a diario, cuando no está en su ciudad, cómo suena su voz en aquella lengua, si suena diferente. Lo ve a través de los colores primarios de su bandera. Ya queda poco, por no decir nada, del chico que conoció hace dos veranos en el mismo restaurante; lo sabe cuando lo ve salir del agua, envuelto en su nuevo cuerpo, más ancho, más fuerte, con la oreja como un colador.

En el camino de vuelta en coche los apartamentos de hormigón se amontonan, unos al lado de otros, como dientes cariados. La Manga del Mar Menor (o como lo llama Sanji, del Mal Menor) es una lengua de tierra con la curvatura característica de la hoja de una katana, que separa el Mar Menor del Mar Mediterráneo.

Sanji conduce con las ventanillas bajadas, una mano al volante y otra con el cigarro. Así, con la camisa de algodón enrollada hasta los codos, los antebrazos fuertes, el reloj de cuero, parece un vaquero de las publicidades de cigarrillos Marlboro. Todo es nostalgia fabricada y simulacro, piensa, los anuncios descoloridos de Coca-Cola, de inmobiliarias, de parques acuáticos, de Pringles (como Zoro, «Irresistibles. Deliciosas»); los carteles de festivales de música, deteriorados en muros de piedra; las heladerías, con su tipografía retro, que le hacen querer pasar tiempo de nuevo con su abuelo.

Su abuelo, Zeff, abrió el restaurante a sus treinta, la edad que tiene él ahora, hace treinta y siete años. Lo obligó a salir del agua y a ponerse a trabajar en el negocio familiar, con apenas dieciséis, y desde entonces todo ha sido así. En la carta figuran clásicos como gambas, ensaladilla, merluza, arroces caseros. Un puerto seguro para turistas y locales. A Sanji lo único que le interesa es que la gente coma bien y al de un rato se vaya.

Fue en los descansos laborales cuando empezó a fumar. A partir de ahí, una sucesión de momentos (después de una comida, con el café; en la playa, frente al mar; en el balcón, por la noche) hicieron que ya no lo pudiese dejar. Devorador, consumidor, echa fuego por la boca como un animal legendario, lo sostiene entre el dedo índice y corazón; Zoro observa el humo ascender, como una hoguera en una aldea tipi, desdibujarse con el paisaje gris de esa pequeña Rusia.

—Eso te va a joder la salud —le advierte.

—Ah, y darse de hostias con espadas no—se burla Sanji.

—Que puedes acabar con los pulmones hechos polvo, tío.

El rubio sonríe, coge una curva y el viento se cuela por la ventanilla, despeinándole el flequillo.

—¿Te he contado alguna vez que, de crío, casi la palmo ahogado?

—Pues ya podías haberte quedado allí.

—Fue en la playa. Mis tres hermanos se pusieron de acuerdo para tocarme los cojones. —Los vio acercarse hacia él desde diferentes ángulos, tres tiburones—. De la nada, sin más, empezaron a hacerme ahogadillas. Seis manos, unas en el hombro, otras en la cabeza, otras en las piernas. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo —Hablaba con la mano, agitando el cigarro verticalmente en el aire— Así, no sé ni cuánto tiempo.

Cada vez que salía del agua, cogía una bocanada de aire desesperada y les escuchaba partirse de risa. Hubo un momento en el que decidió dejar de luchar y se quedó ahí abajo, rodeado de un azul celeste, un sudario líquido, viendo las pálidas piernas de sus hermanos. Años más tarde, de adulto, escuchó una canción que decía que los colores solo eran el aura de nuestros recuerdos. Del color del espacio y del cielo claro, así recordaba su infancia.

—Y me ahogué. No recuerdo cuándo ni cómo me sacaron del agua. Echaba espuma por la boca, como un perro con la rabia. Seguramente perdí un montón de neuronas aquel día.

—Así te has quedado —bromea Zoro, acomodándose en el asiento del copiloto y mirando a su acompañante—. Pues no parece que le tengas miedo al agua.

—No lo tengo —reconoció el rubio—. Y ahora que lo pienso, habría sido una forma estética de morir, ya sabes, volver al mar, retornar a la madre, morir.

—Qué raro eres.

—Lo único es que, desde entonces, a veces me despierto con una sensación de asfixia. Incluso estuve un tiempo deprimido por eso. Después de que mis hermanos casi me mataran, la solución de mi madre fue mandarme a vivir con Zeff.

—¿Por qué hicieron eso? —pregunta Zoro.

—¿Qué por qué? —Sanji suelta una carcajada, como si no fuera obvio—. Joder, Zoro. Pues porque era maricón.

III

Y él cómo supo que era maricón.

Un club de artes marciales lleno de niños y hombres es lo que tiene. Todo empieza en el local: un viaje al pasado, con el enorme póster de Le Chinois de Jackie Chan y el suelo de vinilo con el kamon de Saito en honor a un clan samurái japonés del período Sengoku; en la entrada, sobre la cabeza de la recepcionista Tashigi, tres katanas ornamentales que siempre se quedaba mirando.

A lo que también se solía quedar mirando, quizás demasiado, era al chico que iba a boxeo. Luffy le recordaba a esos pequeños y raquíticos chuchos de la calle, siempre de algún color oscuro, por su descaro y su destreza. Un negativo en fotográfico de Sanji, porque Luffy era joven, enclenque y moreno, todo lo contrario al camarero.

Despedía una ráfaga de desodorante Axe y tela sintética de sus camisetas de baloncesto cuando se desnudaba en el vestuario; el miembro de Zoro palpitaba con el reflejo espinal de una gallina decapitada, y tenía que quedarse sentado hasta que se le pasaba. Pensó que la manera en la que su cuerpo reaccionaba con la presencia de ese chico no era muy diferente al tic de la muerte de un animal.

Qué eran si no animales. Comían, buscaban placer, ritualizaban el apareamiento y la violencia. Normalmente esperaban a que se quedaran solos en los vestuarios, otras veces se quedaban en casa, cuando alguno de los dos la tenía libre, pero la pulsión era biológica. Y luego también saltaban, corrían, competían y se empujaban igual que dos cachorros, así que tampoco estaba tan mal. Claro que todo eso tenía que terminar en un momento. No era tan sencillo como volverse novios en aquel ambiente en el que a uno lo empezaban a llamar de todo si no acertaba un golpe, marica, nenaza, muerde almohadas, de todo. Normal que Luffy fingiese que solo eran amigos y hasta se echase novia, si, en el fondo, cuando estaban a solas él era un muerde almohadas.

Kuina, la única chica del dojo, era en cambio una marimacha, solo por llevar el pelo corto y practicar un deporte concreto. Tonterías, pensaba Zoro, y así supo lo que era. De modo que conocer su naturaleza le resultó sencillo; que el resto lo aceptara, eso sí iba a ser difícil. Y a él nunca le gustó complicarse la vida.

*

Con Sanji la cosa es diferente. Y no es por caer en el cliché. Es diferente porque el escenario es diferente; el clima es cálido y soleado, del color de una yema de huevo, y las comidas largas y con sobremesa, y a la gente del restaurante parece darle igual que ellos tengan algo. Y si algo sale mal, discuten o se enfadan, adoptan esa actitud flexible ante los problemas y piensan que mañana será otro día. Y mañana llega y Sanji, si tiene el día libre, lo lleva a una cala o a dar un paseo o simplemente a dormir la siesta.

Es diferente porque es sencillo. Porque Sanji no oculta su naturaleza, porque nunca ha tenido secretos con él. Porque la primera vez que lo invitó a su casa, le explicó la historia detrás de cada uno de los objetos, la vieja tabla de surf, las medallas y trofeos que ganó cuando practicaba taekwondo, y le dejó dormir en su cama y le preguntó qué le apetecía ser esa noche, si ser muerde almohadas o sopla nucas. Las dos cosas estaban bien. Zoro-sopla-nucas, Zoro-muerde-almohadas.

Lo complicado viene después. No después de las citas ni del sexo, sino después del verano, cuando cada uno está en una punta del país y solo pueden hablar por mensaje. Zoro no sabe cómo hacerle saber a Sanji que se acuerda de él durante todo el año, y no solo en verano, por eso a veces le manda mensajes y fotos, para que vea que se acuerda de él.

«¿Por qué me felicitaste por el Día del Beso?»

¿Cómo qué por qué? Pues porque se habían besado.

Lo que ya no tiene tan claro es que el camarero se acuerde de él cuando se marcha. Porque como le dijo un día, aquí cada uno tiene que hacer su vida y él ya tiene treinta y le gustaría casarse y, a poder ser, formar una familia.

—¿Con un hombre? —pregunta Zoro.

—Hombre, claro, con qué va a ser.

Como siempre, Sanji lo dice como si fuera lo más obvio del mundo, como si no hiciera falta explicarlo. Y eso, para Zoro, es como un jarro de agua fría, incómodo pero revelador. Takigyo, el ritual de la cascada. Porque Zoro todavía no sabe si quiere casarse, ni con quién. Sanji, en cambio, parece tenerlo claro. No porque sea un romántico empedernido (es un romántico, a secas), sino porque ha vivido lo suficiente como para saber lo que quiere. Y lo que quiere es estabilidad, alguien para antes y después del verano, que no desaparezca igual que el resto de turistas, porque él vive ahí, que a veces se le olvida; Sanji se pasa los trescientos sesenta y cinco días del año en esa ciudad, trabajando en el restaurante, y siempre se queja de que no hacen más que construir pisos y áticos y chalets para los de fuera, los ingleses y alemanes, como si un español con un buen trabajo y un buen sueldo pudiese pagarse un piso de un millón, joder, que eso son ciento sesenta y seis millones trescientas ochenta y seis mil pesetas.

Lo difícil, por lo tanto, no es ni aceptar la naturaleza propia ni encontrar el amor, es todo lo demás. Y si Zoro pudiera, si no fuera por su tío y los entrenamientos, porque tal vez el año que viene vaya a las nacionales, se quedaría ahí para siempre; hay algo salino, revitalizante y marino en ese aire que respiran. Sanji le explica que son las micropartículas de sal las que le aportan beneficios respiratorios, tú podrías tener este cielo y este mar todos los días, le dice, pero no es ni una invitación ni una queja, sino una forma de decir que a él aquel lugar también le pertenece. 

IV

Zoro menciona que se va pronto, sin especificar cuándo. De esa manera es más sencillo. Sanji sabe lo que viene después, pactos, promesas, juramentos («en Semana Santa vendré a verte», «te escribiré una carta, como se hacía antes»), para que al final todo quede en un par de mensajes de texto, «Feliz Año Nuevo», y una foto de un ave rapaz sin ningún tipo de contexto. Casi se encomienda a la Virgen del Remedio para sobrellevar eso un año más.

La gente habla de la depresión post-vacacional, como si lo deprimente fuera que se ha acabado el verano, que ya no hay playa, y no que hay que regresar a la mierda de rutina y a la mierda de trabajo y a ver de nuevo a los mierdas de los compañeros de trabajo. En el caso de Sanji, que trabaja y tiene playa todo el año, la depresión post-vacacional es que Zoro, su Zoro, ya no está, y quién sabe hasta cuándo lo va a volver a ver. Carga con su recuerdo durante días, igual que un delfín o una ballena con su cría muerta, hasta que la rutina lo absorbe.

Lo peor de todo es que la última semana juntos es la mejor de todas, porque no discuten; los dos saben que todo eso se acabará pronto y que si malgastan los días enfadados o haciéndose la ley del hielo por tonterías entonces luego se arrepentirán, y en el fondo siempre se arrepienten. Zoro hace como que no pasa nada, aunque ya está contando mentalmente los días que le quedan (cuatro desayunos, tres noches con Sanji) y tiene la maleta medio hecha. Hay una tregua tácita entre ellos. No se lo dicen, pero lo saben. Es como esa conciencia del final de los animales enfermos o viejos, que se aíslan, dejan de comer o buscan lugares tranquilos cuando notan que su muerte se acerca.

¿Cómo se enfrenta Zoro al dolor? En kendo, con dignidad y presencia. Resistir, aceptar, trascender el dolor. Aunque uno entrena y entrena y entrena sin parar, para volver sus músculos más fuertes, y además se proteja, los impactos de la espada siempre duelen.

Sanji, por su parte, ha aprendido a recibir los golpes sin perder la compostura. A actuar sin juzgar, sin aferrarse. Echará un poco de menos a Zoro, por lo menos al principio, que alguien le deje la toalla hecha un desastre en el baño, que se atreva a insultarlo, que pille una rabieta y lo abandone por otro tío tras una discusión.

—¿Puedo preguntar quién era el hombre por el que me cambiaste durante veinticuatro horas? —Sanji le extiende la crema de sol por la nunca y por los hombros. Como es habitual, comparten sombrilla y toalla.

—Un cirujano —responde un relajado Zoro—. Tenía una clínica propia e invertía en arte. No sé, estuvo bien, pero al final me pareció un poco coñazo.

—Joder, pues igual hasta lo quiero para mí. ¿Cómo has dicho que se llamaba?

—Tú eres gilipollas —Zoro le da un amistoso golpe en el pecho—. No te pega un tío así.

—¿Y qué tipo de tío me pega?

—Pues uno como yo.

Cuando lo mira, a la sombra, con sus ojos verdes y ovalados, Sanji puede ver cómo sus pupilas negras se dilatan. Cuando ya no esté, Zoro solo hará una cosa: entrenar y entrenar, como si pudiera desprenderse de la saliva de Sanji, del tacto de Sanji, de los fluidos de Sanji, en su boca y en su cuerpo, a base de sudor. Cuando se trata del camarero todo se le queda adherido. Incluso esa absurda conversación sobre el cirujano, Trafalgar Law, se le quedará grabada para siempre, no por el cirujano sino por Sanji.

Zoro no avisa cuando se marcha, solo cuando ya está en casa, «ya en casa», escribe, y Sanji lee el mensaje y luego bloquea el teléfono. Las últimas veces adquieren dimensión entonces, el último beso, anda mira, resulta que aquel fue el último beso y él no lo sabía, y no le queda otra que volver a su rutina con la misma elegancia de siempre. Camisas abiertas, la pausa para el cigarro de cinco minutos. Franky y Usopp notarán un leve cambio en él, solo durante las primeras semanas. Y ese cambio solo confirmará que, efectivamente, Zoro y él son, o fueron, algo.

En la ciudad, sin embargo, todavía quedan algunos turistas. El francés le suena a un bisbiseo, excéntrico, nasal, gutural, como agua cayendo. El italiano es una canción. Los rusos, simplemente, no le hablan, y los alemanes parece que siempre estén cabreados. Entonces, en una de las mesas, distingue a una pareja; pronuncian muchas eses y ches y equis, y se da cuenta de que esa es la lengua de Zoro. Las palabras suenan igual que un fuego chisporroteando, y los recuerdos del chico saltan en destellos que muerden la oscuridad. La próxima vez que le vea le pedirá que le diga un par de palabras en su lengua.

La conversación termina y la pareja se calla, se agotan con la humedad. En este sitio siempre hay humedad en el aire, piensa el camarero, humedad de lágrimas en el aire. La pareja se levanta y el aire tiembla con una promesa, this spanish air, como les escuchó decir a un matrimonio inglés, 

con una promesa de qué.