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Eran las ocho de la mañana, y la habitación estaba en penumbra. El aire era tibio, cargado por el calor del verano, y Suguru se removió con pereza entre las sábanas. No quería levantarse. Sentía el cuerpo pesado, la piel cubierta de un sudor pegajoso y esa molesta incomodidad en el que el vientre le recordaba constantemente que sus gemelos crecían rápido.
—Tsk… —bufó, cubriéndose la cara con el brazo—. No quiero moverme.
Pero no tenía opción. Ese día debía atender a algunos “monos”, como llamaba con cierto desprecio a la gente corriente que buscaba su ayuda para librarse de maldiciones. Claro que él no se las comía: jamás haría algo que pudiera poner en riesgo a los bebés.
Se sentó con lentitud y le pidió a una de sus sirvientes:
—Ve a buscar a manami… dile que me ayude con esto —murmuró, tocándose la piel del vientre donde las estrías empezaban a notarse—. Ugh, qué molesto…
Manami llegó pronto, con toallas frías y una crema hidratante.
—No pongas esa cara, Suguru. —Se inclinó para aplicar la crema—. Es normal, estás cargando a dos pequeños.
—Normal o no, no me gusta —gruñó él, aunque no apartó la mano que Manami masajeaba con suavidad sobre su piel.
Desayunó con desgano y se preparó para recibir a los clientes. Ese día atendió a una chica que venía acompañada de su madre. La joven, con una sonrisa descarada, extendió la mano hacia su pancita.
—¡Ay, qué lindo! ¿Puedo…?
Suguru apenas se contuvo de apartarla de un manotazo. Si no fuera por mantener la imagen serena y carismática de líder de culto, le habría dejado claro que no toleraba invasiones de espacio personal.
—No, no es apropiado —dijo, con una sonrisa forzada que escondía su irritación.
Cuando por fin terminó la jornada, estaba agotado. Sacó su teléfono y llamó a Satoru dos veces, pero no obtuvo respuesta.
—¿En serio, Satoru? —murmuró molesto, tirándose en el sofá.
Horas después, Satoru vio las llamadas perdidas y supo inmediatamente qué significaban: su Omega estaba de mal humor. Lo llamó de vuelta, pero esta vez fue Suguru quien ignoró las llamadas.
A la mañana siguiente, a las seis, Suguru aún dormía profundamente, Mimiko al ver que Satoru se acercaba a la casa, salió a recibirlo.
—Está insoportable —le dijo en voz baja—. Se puso a llorar ayer… creo que son las hormonas.
Satoru sonrió con ternura y entró sin hacer ruido. Lo encontró dormido, con el ceño fruncido incluso en reposo. Se agachó, lo abrazó desde atrás y dejó un beso suave sobre su vientre
Suguru se removió y abrió los ojos lentamente.
—Vaya… todavía te acuerdas de tu esposa y de tu hijo —dijo con sarcasmo—. Pensé que me habías olvidado.
—No digas eso… sabes que tengo mucho trabajo —respondió Satoru, rozando su nariz con la de él.
—Pues yo también tengo que ayudar a esos estúpidos monos —replicó Suguru con una mueca.
—No es necesario. Yo puedo mantener a la familia… y a todos en la secta si quisiera.
Suguru bufó y apartó la mirada. Pero Satoru no se dio por vencido: ese día lo llevó a cumplir cada uno de sus antojos. Helado, ramen, dulces… todo lo que Suguru pedía, Satoru lo conseguía.
—Eres un glotón —bromeó Satoru mientras le pasaba un algodón de azúcar.
—No es mi culpa… —respondió él, con la boca llena—. Son tus hijos, así que también es tu culpa.
Al final del día, las piernas de Suguru estaban hinchadas y doloridas, así que regresaron a casa. Cenaron con toda la familia, en un ambiente tranquilo que les permitió olvidar por un rato el caos de sus vidas.
Meses después, los gemelos nacieron. Satoru guardaba una foto de ellos en un bolsillo secreto de su chaqueta, ya que nadie en la escuela podía saber de su existencia. Sin embargo, un día, mientras preparaba la cena para el pequeño Megumi, dejó la chaqueta sobre la mesa. Megumi, curioso, vio la imagen.
—¿Quiénes son estos bebés? —preguntó, sosteniendo la foto.
Satoru se agachó a su altura.
—Prométeme que no le dirás a nadie, ¿de acuerdo? —Megumi asintió en silencio.
Un mes y medio después, Satoru pidió a Suguru que dejara a Megumi conocer a los gemelos. No fue fácil convencerlo, pero al final aceptó.
Megumi llegó y los vio por primera vez. Eran gorditos, de mejillas rosadas, y tan adorables que incluso él sonrió
Satoru, viendo la escena, sintió que su corazón se llenaba.
—Tenemos una familia hermosa… —susurró, mirando a Suguru—. ¿Y si tenemos otro?
Suguru lo miró, incrédulo, y le pellizcó las mejillas.
—Por ahora es suficiente. Apenas tenemos veintidós años.
Satoru sonrió. A su lado, con sus hijos y su Omega, no necesitaba nada más para sentirse feliz.
