Work Text:
The heat felt different now. In Miami, it had been a backdrop to ambition, the humid air thick with the promise of tomorrow. Here, back in Caracas, it was just… heavy. A suffocating blanket of failure. Jayce’s thoughts formed in English —a guilty habit he should quit, it still felt like a borrowed tool, not quite his own— even as the city around him pulsed in Spanish. He stared out at the street from the porch, his mind still drifting across the Caribbean, replaying the final, quiet click of the lock on his failed forge. The sounds of the city, once the soundtrack of his life, were now a foreign noise, an irritating buzz he couldn’t tune out. He was an exile in his own home.
“Tío, ¿y ahora qué? Porque andamos pelando bolas y tú como si nada." Ekko leaned against the railing, his Spanish sharp as a knife. The kid had barely touched his Zulia beer, the condensation pooling around his restless fingers. “En Miami al menos la vaina ‘taba menos jodida, pero aquí…” He gestured at the street, where a group of teenagers laughed over a bluetooth speaker playing salsa remixes.
Jayce took a slow drag from his own bottle. He didn’t need to look at Ekko to see the judgment in his eyes, the same look Ximena gave him when he accidentally said "soda" instead of “refresco”
"It was not getting there, Ekko," he replied, clinging to the past like a shield. "We lost the forge. This... is where we start over."
Ekko se burló, dejando la botella con una expresión poco sorprendida.
"¿Start over?” Imitó con burla. “Deja la mariquera, chamo. Me tienes la cabeza como un bombo. ¿Quieres hablar en inglés? Fino, pero entonces págate el pasaje de vuelta. Estamos en Venezuela, habla en español".
Su mente se reinició y los pensamientos de Jayce cobraron sentido finalmente.
Su cabeza se estaba desviando demasiado al inglés, haciéndolo sentir arrogante por negar sus raíces.
“Verga, deja de creerte gringo." Ekko insistió. “Esa mierda se acabó".
“Coño, mala mía ahí vale."
Jayce suspiró, sus hombros hundiéndose. El inglés se le había pegado como un chicle en la suela del zapato, un hábito adquirido mientras intentaba ser alguien que no era. No era culpa de nadie, ambos estaban amargados. El sueño americano se les había vuelto una pesadilla de deudas y un taller de forja cerrado en un depósito polvoriento. Volver a Venezuela se sintió como una derrota. El calor pegajoso que antes era confort ahora se sentía como un ancla; la música a todo volumen de los vecinos que antes era vida, ahora era solo ruido.
La puerta de la casa se abrió de golpe. Ximena entró con la energía de un dinamo y un delantal mientras llevaba una bandeja.
“¡Muchachos! Me dejan esa tristeza que parece que se les murió alguien, ¿cómo se van a poner así en carnaval? La comparsa del barrio está por arrancar y andan diciendo que se les dañó una carroza. Muevanse pa’ayudar.”
Sin más que hacer, la siguieron. —no es como que hubiera algo que festejar de cualquier manera— La calle principal era un espectáculo de caos y color. No era la gaita de diciembre, sino el ritmo sincopado y vibrante de la música llanera lo que reventaba los parlantes. El aire olía a fritanga y los niños que corrían lanzándose bombas de agua. Las mujeres desfilaban con sus trajes típicos, y en el centro de todo, el problema era evidente. Una de las carrozas más grandes, decorada para parecer un Diablo Danzante gigante, estaba detenida, en silencio.
La música del resto de la comparsa seguía, pero la carroza estaba muerta, y los bailarines disfrazados de diablos sobre ella gesticulaban con impaciencia.
Alrededor de un panel lateral abierto, un pequeño grupo de hombres discutía a gritos.
Y en medio de ellos, tranquilo, Jayce notó a alguien.
Apoyado en un bastón de metal pulido, tan funcional como elegante, un hombre alto y delgado estaba arrodillado frente a un enjambre de cables. Tenía el cabello oscuro y revuelto, y una concentración tan absoluta que el caos a su alrededor parecía no existir. Con una herramienta en la mano, ajustaba algo dentro de la maquinaria, ignorando los gritos y las sugerencias inútiles.
Jayce, el ingeniero, el constructor, sintió un tirón, un problema que resolver.
Era el primer sentimiento claro que había tenido en meses. Se acercó, abriéndose paso entre los curiosos.
"Epa, parece que se les quemó un fusible… o algo más arrecho" dijo Jayce, su voz un poco ronca por el desuso del español conversacional.
El hombre levantó la vista, y sus ojos, agudos y analíticos, se encontraron con los de Jayce. En ellos había una ligera molestia.
"Mucho peor," respondió, su acento denso, claramente eslovaco o de algún lugar cercano. "El amplificador principal tiene una sobrecarga en la etapa de potencia. Un diseño ineficiente y peligroso."
Jayce no pudo evitar sonreír.
"Me lo imaginé, soy Jayce."
"Viktor," dijo el otro, volviendo su atención a los cables. "Y estoy ocupado."
"Si me fijé, pero no eres de por aquí, ¿verdad? Tu acento no es precisamente de Caracas.”
Viktor resopló, una mezcla de risa y exasperación. "Una aguda observación."
"Bueno," dijo Jayce, apoyándose en la carroza, "yo sí soy de aquí. Más de aquí que la masa de una hallaca. Solo que… estuve fuera un tiempo. Intentando construir mi propio diseño en otro lado."
Eso captó la atención de Viktor. Dejó la herramienta y se giró para mirar a Jayce de verdad, sus ojos recorriéndolo de arriba abajo. "¿Y?"
“Y el diseño no pagaba el alquiler," admitió Jayce, el sabor amargo de la verdad en su boca. "Así que aquí estoy de vuelta. Tratando de entender todo este… ruido de nuevo."
Viktor miró a la comparsa, a los diablos bailando, a las Madamas riendo. "No es ruido," dijo, su voz más suave ahora. "Es catarsis. Celebran la vida con un estruendo ensordecedor para que la tristeza no tenga oportunidad de ser escuchada. Obligan a la alegría a existir a la fuerza. Es… una forma de ingeniería emocional muy eficiente."
Jayce se quedó en silencio, procesando las palabras. Este hombre, este tipo flaco con un bastón y un acento imposible, acababa de desarmar y explicar el alma de su pueblo.
El arreglo se dio en medio del caos enfocado de la calle carnavalera. Jayce se arrodilló junto a Viktor frente al panel abierto de la carroza del Diablo Danzante, el aire pesado con olor a electrónica recalentada, tequeños fritos y pintura en spray.
Adentro, un enredo de cables llevaba a un módulo de amplificador quemado el diagnóstico de Viktor había sido bastante preciso.
"¿Ves aquí?" Viktor señaló con un destornillador de precisión, su acento eslovaco cortando los remixes de salsa.
"El disipador es muy pequeño. Gestión térmica ineficiente. Como querer enfriar un volcán con un cubito de hielo." Golpeó los componentes ennegrecidos. "Toda esta etapa está…escoñetada.”
Jayce asintió, el ingeniero en él reconociendo al toque la falla en cadena. "Sobrediseño en la entrada, salida hecha con las patas. Recorte de esquinas clásico. Hay que puentear las pistas quemadas, cambiar los transistores de potencia... y quizás armar un disipador temporal." Escaneó la zona, sus ojos fijándose en una bandeja de metal descartada cerca de un puesto de fritanga. "¡Ekko! ¡Tráeme esa bandeja de metal!
Ekko, que los observaba con escepticismo desde unos pasos, puso los ojos en blanco pero fue corriendo, agarró la bandeja. "Coño ingeniero, parece que recordaste cómo hablar en español.”
Ignorando la pulla, Jayce agarró la bandeja. Con la guía rápida de Viktor usando su bastón pulido para señalar, Jayce dobló la bandeja hasta convertirla en un escudo térmico burdo pero funcional, anclándolo cerca del módulo dañado con la ayuda del hombre al lado de él. Sus movimientos se volvieron un baile silencioso: Viktor diagnosticando, señalando, manejando la soldadura delicada con manos firmes a pesar de apoyarse en el bastón para cambiar de posición. Jayce anticipaba necesidades, pelando cables, sosteniendo componentes.
"¿Un condensador de 100 microfaradios, 25 voltios?" preguntó Jayce, rebuscando en la caja de herramientas comunal que les prestaron.
Viktor ni levantó la vista.
"Sí. Y un disipador pequeño para el regulador de voltaje."
Jayce lo encontró, pasándoselo. Sus dedos se rozaron. El tacto de Viktor era fresco a pesar del calor, su concentración inquebrantable, pero Jayce sintió una sacudida —no eléctrica, sino algo más caliente— Captó que los ojos agudos de Viktor se fijaron en él una fracción de segundo más de lo necesario.
"¿Listo?" preguntó Viktor, cautín en mano.
"Listo," confirmó Jayce, sosteniendo el transistor nuevo.
Trabajaron a la par, el despelote del carnaval convirtiéndose en un zumbido de fondo para ellos. El sudor le corría a Jayce por la frente, bajando por la sien. Notó un brillo similar en el cuello de Viktor, oscureciendo el cuello de su camisa sencilla. El caos vibrante que los rodeaba…la música, las personas girando, los diablos disfrazados esperando impacientes pareció alejarse, dejando solo el problema compartido, la concentración compartida y la inesperada conexión entre ellos.
Finalmente, Viktor conectó el último cable. Señaló el panel de control de la carroza. "Préndelo" Jayce accionó el interruptor principal. Un zumbido bajo vibró en la carroza, seguido de una oleada de sonido potente y claro cuando los parlantes gigantes del Diablo Danzante rugieron de vuelta a la vida, sincronizándose al pelo con el merengue que salía de los parlantes bluetooth. Un grito de alegría estalló de la gente y los bailarines esperando. Los diablos saltaron al toque, sus trajes elaborados sacudiéndose mientras retomaban el baile sobre la carroza ahora energizada.
Cayeron confetis, y la procesión arrancó de nuevo, tragada por la energía que botaba la comparsa. Viktor cerró con cuidado el panel de acceso. Se limpió las manos en un trapo y se apoyó fuerte en el bastón para pararse. Jayce se levantó a su lado, el regreso repentino de la celebración ensordecedora abrumándolo un momento después de tanta concentración.
"Gracias," dijo Viktor, su voz sobresaliendo del barullo. Su mirada analítica se suavizó un pelo al mirar a Jayce. "Manos competentes. Y una mente que ve las fallas en el diseño." Hizo una pausa, luego metió la mano en el bolsillo de su pantalón gastado.
Sacó una libretita pequeña, manchada de grasa, y un lápiz corto. Con trazos rápidos y precisos, escribió algo, arrancó la hoja y se la tendió a Jayce.
"Toma," dijo Viktor, su acento marcando la palabra simple. "Por si necesitas arreglar algo más que carrozas de carnaval. O... discutir diseños ineficientes." Había el más leve atisbo de algo más que profesionalismo en sus ojos –curiosidad, quizás, o un reconocimiento compartido del exilio.
"Estoy como consultor en las mejoras de la red eléctrica en Petare. Temporal, pero..." Dejó la frase en el aire.
Jayce cogió el papelito. Tenía un número de teléfono local, escrito con la letra angulosa y ordenada de Viktor. El corazón le martillaba contra las costillas, una sensación totalmente aparte del bajo que retumbaba en la calle. Miró el número, luego otra vez a Viktor. El calor se sentía distinto otra vez. No pesado por el fracaso, sino cargado de posibilidad.
"Yo... gracias, Viktor. Lo haré."
Viktor asintió con la cabeza, un gesto corto, casi imperceptible.
"Buena suerte con tu propio... reajuste, Jayce."
Dio media vuelta, su bastón marcando un ritmo constante en el pavimento mientras se fundía en la multitud de bailarines y juerguistas, desapareciendo al instante en el despelote de color y sonido. Jayce se quedó tieso, agarrando el papelito, el olor a ozono y soldadura todavía en la nariz, la sensación fantasmal del toque fresco de Viktor en su piel. El ruido del carnaval volvió a entrar en tromba, pero ya no le irritaba. Se sentía vibrante, vivo... esperanzador.
Miraba fijamente el punto donde Viktor se había esfumado.
"Epa," La voz de Ekko explotó justo a su lado, haciéndolo saltar. Ekko le echó un brazo sobre los hombros, sonriendo como loco y señalando con una malta medio vacía hacia la multitud que se alejaba. "Se te quedó el ojo cuadrado, chamo. ¿Viste al flaquito ese? Increíble que te dejó el número ahí panita, se te derritió el coco y todo." Ekko intentó quitarle el papel juguetón, pero Jayce instintivamente lo apretó contra el pecho. "Coño, déjame ver.”
Jayce sintió que se le encendían las orejas, más calientes que el sol de Maracaibo. Le dio un empujoncito a Ekko, y una sonrisa tímida finalmente le cruzó la cara. “Cállate la jeta, vale. Estábamos resolviendo la vaina." Pero la protesta le salió floja.
Bajó la vista al número manchado, luego otra vez hacia el caos vibrante y abrumador del carnaval , y por primera vez desde que volvió, el ruido no le sonó a ataque. Sonó a un ritmo al que tal vez, solo tal vez, podía volver a bailar. El calor seguía, pero ahora se sentía como una fragua y algo nuevo empezaba a tomar forma entre las llamas.
