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Ganji reconocía, en la presencia contraria, el atisbo de la muerte. Era quizá una profecía, una sobre su propio fin. El bateador ladea la cabeza como un gato, tratando de memorizar la mirada grisácea, tratando de capturarla en su mente, quizá como un último recuerdo o como la profecía proclamada que lo persigue desde que llegó a Inglaterra.
No sabe si está aterrado o maravillado. No sabe si temer o permitirse disfrutar de la presencia situada frente a si, incluso si el frio que adornaba los gestos contrarios congelaba sus dedos y opacaba la ira que le recorría las venas.
—Frederick. —llama, y hay cierta reverencia, cierta adoración en el tono. El anhelo por la muerte hace que busque, en cada persona, aunque sea un viso de esta. —¿Acabaras conmigo en esta partida?
La suplica está allí, queriendo que esta ronda sea la última. Deseando que la muerte le abrace de la misma forma en la que la traición se aferró a su cuerpo y a sus entrañas, amargando la poca esperanza que tenía por un futuro mejor.
Cuando se le escapa la pregunta de los labios le toma por sorpresa, ¿quién diría que podía sonar añorante? Ganji creía que en sus intentos infinitos por sobrevivir había perdido la capacidad de anhelar. ¿Quién diría que alguien con la muerte en la mirada sería el que despertara algo tan visceral en un muerto viviente?
Ganji quiere dejarse consumir. Y es quizá, justamente eso, lo que le salve y le de un atisbo de felicidad en sus últimos momentos de vida.
—¿Oh? —es la primera vez que el bateador nota algo parecido en el rostro contrario y se siente orgulloso de provocarlo. Casi como un devoto que, por fin, había hecho feliz a su dios, mismo que le había abandonado. —¿Acaso deseas morir tan… fervientemente?
Ganji se atora en sus peticiones. No sabe si lo que enciende su pecho es la necesidad de arrodillarse y besar las manos contrarias o el anhelo por evocar otra mirada así: vivaz y mordaz. En ese momento, Ganji duda si la muerte sea la respuesta, pues ¿cómo podría morir cuando este ser existe? En ese momento, duda sobre lo que quiere.
—Solo si es a tus manos. —admite, sin vergüenza. A estas alturas, cuando todo le ha sido arrebatado, ser honesto es lo único que le queda.
Frederick ladea la cabeza, solo un poco, como si estuviese contemplando un ser minúsculo, que por alguna razón se había vuelto digno de su atención y Ganji no sabe si sentirse halagado o insultado. Supone que, a manos de su deidad favorita, solo puede sentirse feliz de tener un poco de su atención; feliz de tener la muerte tan cerca.
Es por lo que sucumbe un poco y se acerca, rogando por contacto, por frio, por paz. Mira a Frederick y casi ruega de nuevo, ¿por qué? No lo sabe, pero asume que en su mirada esta la respuesta, pues el compositor toma su cuello y aprieta, solo un poco.
Ganji se siente un poco más cerca del cielo, en ese instante.
—Mhm. No. —musita. — No voy a… acabar contigo. —dice, y la entretención está justo ahí, en la capacidad de ser dios y verdugo. —A fin de cuentas eres solo mío, ¿no es así?
Y Ganji no puede hacer más que asentir, en reverencia.
