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Había sido una noche ajetreada para el joven periodista. Tras cubrir la ostentosa gala organizada por uno de los magnates más influyentes de la ciudad, lo único que Clark anhelaba era regresar a su apartamento y hundirse en su cama.
Sin embargo, pronto se dió cuenta que sus deseos no serían escuchados aquella noche. Henry, uno de sus colegas, había conseguido entradas para el after party de la gala en una discotecas más lujosas de la ciudad; un lugar en el que personas comunes como ellos solo podrían soñar con asistir.
A regañadientes, Clark aceptó acompañarlos, más por presión social que por gusto propio.
Él era de esos chicos raros que encontraban placer en quedarse en casa, sumergidos en un buen libro, en lugar de perseguir la tan aclamada vida nocturna.
Porque, si de dobles vidas hablamos, el ojiazul tenía una mucho más interesante y peligrosa como el héroe de Metrópolis, Superman.
La discoteca estaba llena de gente haciendo cola frente a la entrada, mientras la música retumbaba tan fuerte que se podía sentir incluso en la acera. Henry, seguido de tres jóvenes más y con Clark sujeto del hombro como si temiera que escapara, avanzó hasta la puerta. Allí, dos hombres imponentes vestidos con traje negro, custodiaban la entrada.
“Tengo invitaciones para mí y mi grupo.” Dijo Henry, extendiendo la tarjeta a uno de los guardias. “Cortesía de la señorita Laurent.”
El hombre examinó la tarjeta y luego nos recorrió con la mirada, de pies a cabeza, antes de girarse hacia su compañero, unos metros más allá, que sostenía un walkie-talkie.
No quise escuchar lo que decían, pero a veces me era difícil controlar mi super audición.
“Si, entendido, jefe.” Dijo el hombre.
Regresó a donde estabamos esperando y abrió la puerta, dejando que se filtrará el ruido.
“Pueden pasar.”
Henry y los demás saltaron y gritaron por la emoción, antes de apresurarse a entrar, casi empujándose unos a otros para cruzar el umbral.
Por dentro era aún más asombroso, lleno de luces doradas y neón que bañaban las paredes de espejos y columnas de mármol pulido. En la pista, todos se movían al ritmo de la música, demasiado cerca unos a otros, como si no hubiera un mañana.
Camareros impecablemente vestidos portaban bandejas con copas altas y destellos de burbujas; algunos clientes apenas tomaban un sorbo antes de abandonarlas en cualquier superficie, mientras que otros vertían toda la bebida en su interior.
Pese a sus diferentes comportamientos, ninguno de ellos vestía algo que se pudiera considerar casual o simple.
“¿Vieron el vestido de esa chica?” Preguntó uno de los chicos, intentando hacerse oír por encima de la música.
“Estoy seguro que ese vestido cuesta más que el alquiler de mi departamento.” Respondió otro riendo.
“¿Alquiler? Amigo, ese vestido es de diseñador.” Intervino William, alzando una ceja. “Debe costar más que mi carro.”
Para Clark, la bulla era ensordecedora pero hacía lo mejor por adaptarse lo más rápido posible. En ese momento se preguntaba seriamente porque había aceptado acompañarlos.
“Anímate, Kent.” Dijo Henry, dándole una palmada en la espalda. “Iré por unos tragos.”
“¿Cómo los vas a pagar?” Preguntó Clark.
“Ah, ahí está lo bueno.” Henry levantó en alto la tarjeta de invitación con una sonrisa triunfal. “¡Todo está pagado!”
Los demás gritaron emocionados, como si hubieran ganado la lotería. Clark también río, contagiado por la emoción de sus colegas, y aunque no fuera su ambiente, intentaría disfrutar con ellos.
Así las horas fueron pasando, uno por uno de ellos fue desapareciendo entre la multitud, perdiéndose en el baile y la bebida gratis. El joven periodista al encontrarse en soledad prefirió regresar a casa pero antes fue a dejar su vaso en el bar.
“Gracias por la bebida.” Agradeció el rizado, dejando el cristal en la barra.
“Pero si aún no te he invitado nada.” Replicó una voz a su costado.
Clark giró la cabeza y se encontró con un par de ojos azules tan intensos que parecían brillar bajo las luces del lugar. El joven, que parecía tener su misma edad, se acercó a la barra y pidió dos bebidas.
El bartender se encargó de prepararlas con elegancia y, finalmente, procedió a servirlas frente a los dos caballeros.
“Aquí tiene, señor Wayne.” Dijo el bartender.
Clark abrió los ojos, sorprendido.
Ese nombre cualquiera podría conocerlo, Bruce Wayne. El mismísimo multimillonario de Gotham acababa de invitarle un trago… y estaba sonriéndole.
Sin saber qué decir, el rizado se quedó con la boca entreabierta.
Bruce sonrió de medio lado, acercándose lo suficiente para que su perfume fuera percibido. Luego, levantó suavemente el mentón del periodista con dos dedos y cerró su boca.
“Cuidado, no dejes que entren moscas en esa cara tan linda.” Bromeó el multimillonario.
“Ehmm… Señor Wayne… yo…” Balbuceó Clark, sin apartar la vista.
“Oh, llámame Bruce, por favor.” Interrumpió, bajando la voz.
“Yo… Ya estaba por irme, señor Wayne. Gracias por la invitación pero…”
“¿Irte?” Bruce arqueó una ceja, con una sonrisa traviesa. “No puedo creer que te quieras ir cuando la diversión está a punto de empezar.”
Clark sintió un calor incómodo subirle por el cuello.
“No suelo quedarme mucho en este tipo de lugares.”
“¡Perfecto! Haz de esta una excepción… por mí.” Replicó Bruce, inclinándose un poco más hacia él. “Después de todo, no tienes a Bruce Wayne invitándote una copa todos los días… o, quién sabe, tal vez empiece a hacerlo.”
El multimillonario deslizó una de las copas hacia Clark, rozando sus dedos.
“¿Cuál es tu nombre, señor periodista?” Preguntó, llevando su propia copa a los labios.
“Clark Kent.” Respondió él, intentando no apartar la mirada.
Bruce sonrió.
“Clark…” Repitió lentamente, como si saboreará cada letra. “Me gusta…”
El joven reportero no sabía dónde esconder su rostro sonrojado, sobre todo con el rostro del pelinegro tan cerca.
“¿Y qué hace alguien que no suele frecuentar estos ambientes… aquí?” Preguntó Wayne.
“Unos amigos me trajeron.” Comentó, rascándose la nuca.
“Que buenos amigos… me pregunto cómo habrán hecho.” Cuestionó el multimillonario con una media sonrisa, rozando nuevamente sus dedos, como si lo hiciera sin darse cuenta.
“Un-uno de ellos tenía un contacto q-que le dió una invitación.” Balbuceó, evitando su mirada por un instante.
“¡Vaya! Debería estar agradecido con esa persona. Si no fuera por él o ella, no habría deleitado mis ojos de esta manera.”
Clark carraspeó, sintiendo cómo el calor le subía al rostro.
“¿Deleitado?”
“Claro.” Dijo Bruce, acortando aún más la distancia. “Usted Sr. Kent, me parece demasiado interesante como para dejarlo escapar.”
Clark soltó una pequeña risa, más para aliviar la tensión que por el comentario en sí, aunque sus mejillas lo delataban.
“¿Interesante para… para pasar el tiempo?”
Los ojos azules de Bruce brillaron con picardía mientras su sonrisa se ensanchaba.
“Si, el tiempo.” Susurró, rozando con lentitud el dorso de su mano. “Y me encantaría que decidiera quedarse y darme la oportunidad de conocerlo mucho mejor.”
Clark ladeó una sonrisa tímida, bajando la vista un instante antes de volver a mirarlo.
“Bueno, primero debería beber este trago.”
“Por supuesto.” Aseguró Bruce, alzando su vaso.
Ambos llevaron la bebida a sus labios, sin apartar la mirada el uno del otro.
“Por el gusto de conocerte.” Dijo Bruce al terminar, dejando el cristal sobre la barra.
El rizado imitó su gesto, bebiendo hasta la última gota antes de dejar el vaso junto al de él.
“Lo mismo digo, señor Wayne.”
Bruce sonrió de medio lado, acercándose lo suficiente como para que Clark pudiera sentir el calor de su respiración. Con un dedo, tocó suavemente la punta de su nariz antes de negar con la cabeza.
“Llámame Bruce… insisto.”
Clark sonrió.
Sin darse cuenta, ambos perdieron la noción del tiempo entre copas. Fue cuando el DJ cambió de canción, que Bruce tomó suavemente del brazo al reportero y, sin darle oportunidad de negarse, lo condujo hacia la pista de baile.
La pista vibraba bajo sus pies, siendo iluminada por las luces. La música marcaba el ritmo mientras ambos hombres bailaban entre la multitud. Al principio, Clark era el más torpe de los dos, pero gracias a las risas de Bruce pudo entrar en confianza.
Pronto, ambos se dejaron llevar, riendo entre sí, esquivando y girando entre decenas de cuerpos que se mecían al igual que ellos. Algunos con copas en alto, otros cerrando los ojos como si la música fuera lo único que existía.
Pero para Bruce y Clark, en ese momento, sólo existían ellos dos en esa pista.
Los mozos pasaban una y otra vez con bandejas repletas de copas, y Bruce no dejaba pasar ni una oportunidad de tomar la que estuviera más cerca. Clark comenzó a preocuparse por la rapidez con la que el multimillonario vaciaba cada vaso.
“Bruce, ¿estás bien?” Preguntó el reportero, alzando la voz por encima de la música.
“¡Nunca había estado mejor!” Gritó el pelinegro, eufórico, levantando los brazos como si hubiera obtenido un premio.
Clark estaba por decir algo más cuando las luces se apagaron. Un único foco iluminó al DJ, que se puso de pie encima de una mesa con un micrófono en mano.
“¡Un grito, mi genteeee!” Rugió.
Todos gritaron, incluyendo a Bruce, que en su emoción derramó un poco de su bebida encima suyo y en el suelo, sin dejar de reir.
“¡Ahora quiero a todos bien high!” Exclamó el DJ, señalando hacia el fondo. “¡Una bulla desde atrás!”
La música volvió a retumbar con fuerza, vibrando en cada rincón del lugar. El hombre regresó a su puesto, ajustó un par de controles y, en cuestión de segundos, el ritmo cambió por completo, dando pasó a Love Tonight en el remix de David Guetta.
El público estalló a su alrededor, sobresaltando un poco a Clark por el estruendo repentino. Pero el más emocionado de todos era Bruce, que lo sujetó con fuerza del brazo con sus ojos brillando bajo las luces intermitentes.
“¡Amo esa canción!” Gritó fuerte, con una sonrisa tan amplia que parecía imposible no contagiar.
Bruce le entregó su vaso a Clark y sin decir nada, se alejó entre la multitud. El periodista se quedó confundido, siguiéndolo apenas unos segundos después.
El millonario trepó con agilidad a la mesa donde antes estuvo el DJ, apoyándose en una estatua para impulsarse. Una vez arriba, comenzó a moverse al ritmo de la música, sin importarle nada más.
La multitud estalló a su alrededor, algunos lo grababan con sus teléfonos, otros aplaudían y gritaban su nombre, animándolo como si fuera la estrella principal de la noche.
Clark estaba seguro de cómo reaccionar, pero tampoco quería arruinarle la diversión al ojiazul. Así que decidió permanecer cerca, listo para intervenir en caso de que Bruce perdiera el equilibrio o algo saliera mal.
Y, tal como temía, Bruce perdió el equilibrio y trastabilló. Clark reaccionó en un parpadeo, usando su velocidad para atraparlo antes de que siquiera rozara el suelo.
El público estalló en gritos y silbidos.
El DJ, sin perder la oportunidad, tomó el micrófono.
“¡Eso sí que es un caballero en acción!” La multitud vitoreó. “¡Un aplauso para el héroe de la noche!”
Bruce, todavía en brazos de Clark, le lanzó una sonrisa ladeada.
El rizado no dijo nada, simplemente lo llevó fuera de la pista, abriéndose paso entre la multitud hasta encontrar el rincón más tranquilo. Con cuidado, depositó a Bruce sobre el sillón de terciopelo acolchado, asegurándose que estuviera cómodo.
“¿Estás bien?” Preguntó preocupado.
“Estoy más que bien.” Respondió Bruce con una sonrisa torpe, aún aferrado a la camisa del reportero. “Alguien me salvó esta noche.”
Clark rodó los ojos, intentando mantener la seriedad, aunque la curva de sus labios traicionaba una leve sonrisa.
“Ya no deberías beber más, es mejor que regreses a casa.” Comentó aún con un dejó de preocupación en la voz.
Bruce se inclinó hacia él, acercando sus labios peligrosamente a su oído.
“Sólo si tú me llevas… y te quedas.”
El periodista tragó saliva con fuerza, evidentemente nervioso, sintiendo como el calor subía por su cuello. Sus manos, que se mantenían en los brazos del millonario, temblaron levemente.
“Bruce… yo…” Murmuró.
El pelinegro lo interrumpió. Se inclinó y rozó su mejilla con un beso lento, tan cerca de la comisura que le erizó la piel.
“No aceptó no por respuesta.” Susurró, antes de recostar su cabeza en el hombro del reportero.
Las mejillas del salariado estaban tan encendidas que el rubor le llegaba hasta sus orejas, quedándose en esa posición por quién sabe cuánto tiempo.
En algún momento, Bruce se había quedado dormido, respirando con calma contra el hombro contrario, mientras su mano seguía aferrada a la camisa de Clark.
Sin esfuerzo, y con mucho cuidado para no despertar al hombre dormido, lo alzó en brazos al estilo princesa. El rizado caminó así, evitando las multitudes hasta salir de la discoteca, dónde aún a altas horas de la madrugada, seguía habiendo una larga cola en la entrada.
Clark frunció el ceño.
No tenía idea en dónde vivía exactamente el millonario y aunque lo supiera sería raro llevarlo a su casa sin que Bruce mismo se lo hubiera dicho antes. Y dejarlo a cargo de otra persona tampoco estaba en sus planes, al menos no en el estado en el que se encontraba. Así que sólo pudo pensar en llevarlo a su propio departamento.
Levantó una mano y detuvo el primer taxi que pasó. Para su sorpresa, le cobró un precio razonable pese a la distancia y la hora. El trayecto hasta el complejo de edificios donde vivía, transcurrió en un silencio tranquilo.
Al llegar, Clark pagó rápidamente y descendió del vehículo sin soltar al millonario, ajustando el agarre para que no se moviera demasiado. Caminó por el pasillo hasta su puerta, y ya dentro, empujó la puerta con el pie hasta cerrarla con un suave clic.
Con Bruce todavía en brazos, recorrió la sala con la mirada, debatiéndose entre dejarlo en el sofá o llevarlo directamente a la cama.
Su cerebro no había dejado de trabajar cuando sus piernas se movieron hasta su habitación. Se inclinó con cuidado para depositarlo sobre la cama, pero el agarre de Bruce no lo soltaba.
“Bruce…” Murmuró en un susurro apenas audible para no despertarlo pero sí persuadirlo de aflojar su mano.
Al ver que no daba resultados, decidió probar otra cosa. Inclinó su rostro hasta el dorso de la mano del millonario y depositó un beso sobre la piel cálida. Como respuesta, los dedos de Bruce se relajaron de inmediato, liberando la camisa del periodista.
Clark no pudo evitar sonreír con ternura al contemplar el rostro dormido del ojiazul.
Se quedó de rodillas junto a la cama, con los brazos apoyados en el colchón mientras su cabeza reposaba sobre este, admirando cada detalle del rostro de Bruce. Sin proponérselo, su oído se dejó guiar por un único sonido, el latido tranquilo y constante del hombre dormido.
El rizado cerró los ojos, disfrutando del compás.
Clark pensó que de todos los ruidos, voces y murmullos que había escuchado en el mundo, ese era, sin duda, el más perfecto y pacífico de todos.
Los primeros rayos del sol se filtraban entre la cortina de la habitación cuando el reportero se deslizaba entre sueños. Sin embargo, no hizo el menor esfuerzo por despertar.
Por primera vez en mucho tiempo, se sentía en paz… como si, sin darse cuenta, hubiera encontrado aquello que llevaba tanto buscando.
Y si al abrir los ojos tenía que enfrentarse a un nuevo enemigo… o simplemente a un Bruce con una resaca brutal, no le importaría. No, al menos, si volvía a recibir esa sonrisa que el millonario le regaló una y otra vez durante toda la noche.
