Chapter Text
El Señor Tenebroso cayó, y el lugar se quedó en silencio. Lo miré desde la esquina, oculto, junto con mis padres. Un alivio me recorrió la piel. Hasta que una voz me llamó. Estaba furioso, su comando de Alfa fue sorprendente. Mis padres se estremecieron, incluso yo lo hice. Lo cual era imposible. Nadie podía demandar nada a un omega dominante. Aún así mis piernas temblaron y caí de rodillas.
– Draco – demandó el alfa. Un simple alfa, ni siquiera dominante. Pero no importaba, mi cuerpo se estremeció ante el llamado, levanté la mirada, tenía miedo. Pero no a él, no realmente, si no al poder que tenía sobre mi. Porque no era la primera vez que lo experimentaba. Antes, cuando aún éramos dos simples estudiantes, me había dado una orden, y yo había obedecido sin dudarlo.
– Draco – Insistió. No gritaba, no lo necesitaba. Su comando de alfa era suficiente. Todos los demás se hicieron a un lado mientras avanzaba hacia mi. Se veía imponente, aunque era más bajo que los demás y su ropa estaba sucia y rota.
– Vengo a reclamar lo que me pertenece – le reclamó a mis padres. Sentí como mi madre clavaba sus uñas en mi hombro. Mi padre también se agarraba con fuerza del otro lado. Estaban sintiendo lo mismo que yo. Bueno, no lo mismo, mi cuerpo se estaba entregando, mi instinto de doblegaba porque sabía que él era mi alfa, yo le pertenecía. Pero para ellos, era puro control y miedo.
– Te dije que te haría mío cuando esto terminara – Esta vez se dirigió solo a mi. Su voz aún tenía el comando y se escuchaba molesta, pero solo yo podía notar el pequeño toque de dulzura en ella. Instintivamente levanté mi rostro e incliné mi cuello, dejando todo mi ser a su merced.
– Me perteneces – continuó, mis padres me soltaron, aun temblaban. Pero ya no había demandas en su voz, ya no estaba el comando de alfa, era diferente.
Se inclinó sobre mí, sus colmillos relucieron en la luz. Pude sentir como todos se estremecían a nuestro alrededor. Acarició mi cuello con su nariz, inhalando mi aroma, lamió mis glándulas y clavó sus colmillos en ellas.
El dolor fue instantáneo. Un escalofrío me recorrió y pude sentir como mi temperatura se elevaba. Una marca mal hecha siempre traía consecuencias, pero en ese momento, a ninguno de los dos nos importó. Su esencia se mezcló con la mía ahora no sólo olía a manzanas verdes si no se había mezclado con una esencia dulce, lo supe al instante, a tarta de melaza, a lo que olía él.
– Finalmente, eres mío – su tono de voz había cambiado, ahora se escuchaba derrotado, cansado. Recargó su rostro en mi cuello, disfrutando el aroma que ahora emanaba de mi. Se dejó caer de rodillas, sin apartarse de mi cuerpo.
– Finalmente… Draco… eres mío… finalmente… como lo prometí – dejé salir el aire que no sabía que estaba conteniendo. Todos nos observaban, mientras Harry se estremecía en mis brazos.
– Es verdad, cumpliste tu promesa, soy tuyo… todo ha terminado Potter, puedes tomar tu recompensa – Aquellos ojos verdes, que no sabía que me encantaban se fijaron en mí, una pequeña sonrisa apareció en su rostro. El silencio empezó a desaparecer a nuestro alrededor, pero yo solo podía ver ese rostro sucio, cansado, pero con una pequeña sonrisa de triunfo.
– Todo ha terminado.
Tardó un poco en levantarse. Estaba seguro de que su cuerpo había tenido tanta adrenalina desde que la batalla había empezado que ya no podía moverse. Yo fui quien se levantó primero, ayudándolo. No dudó en recargarse en mí.
La señora Pomfrey intentó revisarlo, pero se negó, me miró con esos ojos de cachorro que un alfa jamás debería poner, pero me quebró al instante.
– Yo me encargaré – le dije a la mujer. Rodeándolo por la cintura.
– Estoy cansado Draco, quiero dormir – susurró a mi lado, asentí lentamente y empecé a caminar. Era difícil. Siempre había sido bajito con un cuerpo flacucho. Pero los dos estábamos heridos y cansados. Pensé en llevarlo a su sala común, pero la idea de subir escalones me pesaba demasiado. Bajarlos sería más fácil. Así que no dudé en guiarlo a las mazmorras, a mi propia sala común.
La gente se acercaba a nosotros, pero Harry hacía una seña para despedirlos con una sonrisa, mientras más nos alejabamos del gran comedor más solos estábamos.
Cuando llegué a mi habitación lo dejé caer sobre la cama. Soltó un pequeño suspiro. Le quité las botas y dejé su varita sobre la cómoda a su lado, junto con la mía. Agradecí que a los omegas nos dieran habitaciones privadas. Me desplomé junto a él y usé mis pies para descalzarme.
Se acercó a mí y empezó a besarme, su aliento apestaba y no pude más que alejarlo.
– Soy tuyo Potter, pero necesitas una ducha antes – una risa escapó de sus labios. – Llevo meses huyendo.
– Entonces serán dos duchas.
– Quiero hacerte mío – se quejó, llevando su mano a mi entrepierna.
– Te detesto tanto – me quejé. Pero algo en mi interior se calentó, no pude evitarlo. Puse los ojos en blanco y me senté sobre él, en su abdomen. Comenzando a quitarse la ropa. Al principio fue lento, pero mi cuerpo lo necesitaba, lo deseaba, así que, cuando intenté quitarle a él la suya, parecía más un momento desesperado.
– Yo lo haré, pero si no te pones duro Potter, créeme, te dejaré y buscaré a Nott. – La furia invadió su rostro.
– Draco, me perteneces – me reclamó, de nuevo usando la voz de comando. Pero ya no funcionaba, no me estremecía como antes, y mi cuerpo no tembló, simplemente comencé a mover mi cadera, rozando mi trasero con su miembro. No tardó mucho en reaccionar.
– ¿Sabes que eres un imbécil? – le pregunté mientras terminaba de quitar mis pantalones y abría la cremallera de los suyos. Dejando al descubierto su miembro.
Ni siquiera lo dudé, levanté mi cadera y llevé la punta a mi entrada, Harry me tomó por la cintura y, mientras yo bajaba, empujó su cuerpo contra el mío. La penetración fue instantánea, profunda, dolorosa y excitante. Necesitaba ese dolor, y lo disfruté.
Harry empezó a moverse, yo imité su ritmo. Mi respiración se aceleró, el dolor seguía, pero ahora el placer empezaba a nacer en mi vientre, excitación y deseo. Moví las caderas a mi propio ritmo, Potter estaba muy cansado para hacerlo, podía verlo, un pequeño jadeo escapó de mi boca, mientras él llamaba mi nombre y gruñía con fuerza. Su miembro me llenaba, empezando a tocar aquel punto que me volvía loco, apenas rozándolo, mientras su miembro golpeaba a todos lados con fuerza y brutalidad, entonces mi interior se calentó, Harry gimió con fuerza y yo me detuve sorprendido y decepcionado. Se había corrido en mi interior.
– Maldita sea Potter – lo miré con furia, pero ya se había dormido.
– Nuestro primer beso fue horrible, y ahora nuestra primera vez también. Debes compensarme. – le reclamé aunque estaba seguro de que no me escuchaba.
– Solté un bufido y me dejé caer ante su lado. Realmente necesitaba una ducha. Aún así abracé su cuerpo, no tardé mucho en dormirme también.
Mi vida siempre había sido buena. Tenía unos padres que me amaban, éramos ricos y yo venía de un linaje de sangre pura impecable. Lo cual demostré cuando me manifesté como omega dominante.
En el mundo existen alfas, betas y omegas, pero solo en el mundo mágico existen los dominantes. Un rasgo importante que solo se ve en familias de sangre pura, si hay un pequeño rastro de sangre sucia en tu ser, es imposible ser dominante.
Así que, a los 14 años, cuando finalmente me presenté como omega dominante lo supe, el mundo estaría a mis pies.
En Hogwarts yo era como la realeza y no solo para los de Slytherin. No importaba cuanto quisieran ocultar sus reacciones en las otras cosas. Yo era mejor que ellos. Mis sentidos eran más finos, mi olfato, el control de mis feromonas, mi belleza, mi atractivo, todo estaba establecido para que yo brillará y resaltará. Era el beneficio de ser dominante.
Además, éramos superiores. Un alfa podía soltar su voz de comando cuanto quisiera o atacarnos con feromonas, pero éramos inmunes a ellos. Mientras que nuestras feromonas, podían volver loco a cualquiera, incluso a otro alfa dominante o a un beta. Yo estaba en la punta de la pirámide.
Hogwarts no había tenido otro omega dominante desde hace 30 años. Y solo habíamos 10 registrados en el mundo. Una especie única, en peligro de extinción y cotizada por todos.
No sabía que eso también sería mi perdición. Un año después, en el torneo de los tres magos, El Señor Tenebroso volvió. Y él también me deseaba.
Mi padre se adentró a sus filas de nuevo “debemos conocer a nuestro enemigo” me aseguró. El señor tenebroso siempre había sido nuestros ideales. Pero yo no quería pertenecerle, y mis padres tampoco querían entregarme. Nos costó mucho trabajo, pero al final llegamos a un acuerdo. Cuando Potter muriera, yo sería su premio bañado en oro.
Y yo temía, todos lo hacíamos. Se había instalado en nuestra casa y nos torturaba lentamente. Usaba la oclumancia y yo debía esforzarme en proteger mi mente, por mi familia y por mi alfa. Porque un alfa ya me había reclamado, y yo le pertenecía.
Fue en sexto grado. El señor Tenebroso me había encargado una tarea para mostrar mi lealtad, y yo debía cumplirla. Paseaba nervioso por los pasillos con la ansiedad en todo mi cuerpo cuando lo escuché. Me llamó y mi cuerpo se estremeció. Yo resistí y luché, yo era un omega dominante, nadie podía darme órdenes.
Pero su voz de comando resonó de nuevo, repitiendo mi nombre. No pude moverme, mis piernas temblaron y caí de rodillas.
Potter llegó junto a mi, estaba furioso, puso su mano en mi cuello, yo incliné mi rostro dejando al descubierto mis glándulas, me entregué por completo sin darme cuenta.
– Draco, tú me perteneces – me aseguró, hincándose frente a mi. Un alfa nunca haría eso, pero mostró sumisión conmigo, poniéndose a mi altura.
– Recuerda bien que tu me perteneces, no a Voldemort, solo a mí – asentí sin dudarlo.
– Debes ser fuerte, mantenerte a salvo, yo iré por ti. Te lo prometo, te sacaré de ese infierno y te haré mío. Pero tú debes mantenerte fuerte y esperarme. – mi cuerpo se estremeció pero asentí de nuevo.
– Eres mío – me repitió. – Solo mio, jamás de él – asentí de nuevo. Retiró su mano de mi cuello, rozó su nariz con mis glándulas y las lamió. Me estremecí ante su toque.
– Cuando mate a Voldemort te reclamaré, por que me perteneces. Serás mi recompensa – se levantó, aún furioso y se fue.
Yo le pertenecía a Potter desde hace mucho. Siempre lo había hecho, pero no lo sabía.
Le pertenecí en nuestro primer encuentro, cuando nos tomaban la medida para nuestra primera túnica, cuando ni siquiera sabíamos nuestros nombres.
Le pertenecí cuando le ofrecí mi mano en primer año, y él la rechazó por la comadreja.
Le pertenecía aquella vez en el bosque prohibido, en el club de duelo, en cada partido de quidditch. Cuando Hermione me golpeó en tercer año.
Le pertenecí en cada discusión, en cada pleito y cada sarcasmo, en cada aliento, en cada mirada, en cada segundo compartido. Le pertenecía de tantas formas y apenas me había dado cuenta. Yo era suyo, y él era mío.
No solo por su comando, pero agradecí que lo hubiera hecho, porque yo era un cobarde, y él me había dado fuerza. Incluso cuando me lanzó aquel hechizo que me tiró en el suelo y me desangró, incluso cuando la vida se me iba, yo le pertenecía. Incluso en ese momento sentí que morir por sus manos, era el mejor premio.
Nuestro siguiente encuentro fue un año después. Había tres personas en mi sala. Ronald Weasley, Hermione Granger, y aunque su rostro estaba deformado y sus feromonas eran diferentes pude sentirlo. Yo le pertenecía a ese alfa. Era Harry Potter.
Por esa misma razón tuve que negarlo.
– No estoy seguro – respondí nervioso mientras miraba su rostro.
– Las feromonas de Potter no huelen así – insistí rozando mi nariz con su cuello, para que él supiera que lo había reconocido, que le pertenecían, y que cumplía mi palabra.
La mansión se volvió un caos. Hermione fue torturada, fingí perder mi varita y se la entregué a Potter. El señor tenebroso apareció, y tres segundos después, Potter escapó con un elfo y nuestros prisioneros.
Tuvimos que soportar la tortura de nuestro fallo, pero mi interior se sentía a salvo.
Nuestra siguiente reunión fue durante la batalla. Solo había hechizos, maldiciones e imperdonables. El mundo se deshacía, y yo solo podía pensar en encontrarlo, asegurarme de que estaba bien.
Nos encontramos en la sala de los Menesteres, había fuego maldito, él y sus amigos se elevaron en escobas. Yo estaba atrapado, iba a morir. Pero estaba bien. Porque solo le había pertenecido a él. Podía morir en paz… pero de nuevo su voz dijo mi nombre. Esta vez no como un comando, si no como un grito desesperado, ansioso, temeroso, volvió a gritarme, extendió su mano hacia mi, me sacó del lugar, y luego se fue.
Lo volví a encontrar después. El Señor Tenebroso estaba muerto. Mis padres estaban detrás de mí. Usó su voz de comando de nuevo, me llamó. Me reclamó, pero no era necesario, yo ya le pertenecía. Siempre había sido suyo.
Desperté con una caricia en mi mejilla. Hice una mueca, mi nido tenía un mal olor, pero de alguna forma, no me molestaba.
– Buenos días – Harry estaba sentado en la cama, observándome.
– Buenos días – susurré. Yo aun estaba desnudo, pero mi cuerpo estaba cubierto por las sábanas. En cambio Harry estaba vestido sobre estas.
– Vamos a quemar lo que sea que traigas puesto – le aseguré cubriendo mis ojos con mi brazo, el solo río.
– Tomaré las dos duchas, si me acompañas – me respondió mientras se levantaba.
– Toma una ducha, después compartiremos un baño – le dije sin moverme. El no dijo nada, pero su peso desapareció de la cama y un minuto después escuché el agua correr.
– ¿Crees que puedas prestarme algo de ropa? – me gritó desde el baño.
– Tendré que usar un hechizo para arreglarla, eres más bajo que yo – respondí con sarcasmo dejando salir una pequeña risa.
– No debes hablar de la estatura de un alfa.
– Soy un omega dominante, puedo hablar de los que se me dé la gana – le aseguré, levantándome de la cama en dirección al baño. Tomé una toalla y me senté en la taza.
– ¿Te gusta lo que ves? – me preguntó señalándose entero.
– Si, no está nada mal. ¿Quieres que lave tu cabello? – sonrió al instante.
– La ducha duró casi media hora, pasamos otra hora completa en la tina. Yo recostado en él. Podía sentir su miembro contra mi espalda, pero solo nos tocamos, besamos y mimamos hasta que mi estómago reclamó por comida.
– Vamos a comer. Se han organizado allá arriba. Hermione me mandó un patronus, nos están esperando. – Hice una mueca. Yo era un mortifago, no estaba seguro de si era bienvenido. Miré mi marca y solté un suspiro.
– Olvida el pasado Draco, ya eres libre y me perteneces, nadie se atrevería a decir o hacer lo contrario. Yo me encargo.
Subimos y comimos todos juntos. Los siguientes días fueron una mancha borrosa de eventos, pero en paz. Fuimos llamados a juicio. Quienes se entregaron tuvieron los primeros juicios y la mayor piedad. Mi padre obtuvo tres años en Azkaban, mi madre arresto domiciliario. Yo ni siquiera fui enjuiciado. Harry habló por mí, tomó responsabilidad, y después de despedirnos de mi padre antes de su sentencia, me llevó a su casa.
Hermione me dijo que yo podía elegir quedarme con mi madre, pero realmente quería estar con Harry. Cuando no estaba con él me sentía intimidado por el mundo, me volví silencioso. Pero cuando estábamos en Grimmauld Place volvía a ser yo mismo. El Malfoy arrogante, engreído y poderoso.
A Harry le gustaba, decía que no, pero amaba pelear conmigo, llevarme la contraria, reclamarnos con sarcasmo y después arrinconarme contra la pared, la escalera o cualquier superficie que me impidiera huir de sus besos y caricias, aunque realmente no tenía intención de hacerlo.
Dos semanas después de la caída del Señor Tenebroso volvimos a Hogwarts como parte del equipo de reconstrucción. Aunque Harry no lo quería, lo convencí de terminar nuestro último año, claro, si es que quería casarse conmigo. Así que teníamos que poner la escuela en forma lo antes posible.
Ambos dormíamos en mi habitación, las mazmorras no habían sufrido tanto daño. Éramos un grupo pequeño, no más de 50 personas, entre ellos la mitad de los Weasley, Hermione, los profesores y familias voluntarias. Estábamos desayunando, cuando quise matar a Harry por primera vez desde que empezamos a salir.
– Creo que Draco podría estar embarazado… – casi gritó. Todos lo escucharon, la mesa se quedó en silencio y todos nos miraron.
– No estoy embarazado – les aseguré con un susurro entre dientes claramente molesto por la atención, volviendo a mi sopa.
– Pero Draco, nosotros… – dejé la cuchara mientras todos nos observaban.
– No estoy embarazado Potter.
– Tienes fiebre, y náuseas… Y otros síntomas. Has estado tomando pociones para tus malestares – Todos nos miraban sorprendidos.
– Claro que tengo fiebre, y náuseas, dolor de cabeza, mareos, ascos, me marcaste a la fuerza Potter, estabas en modo “Alfa” y me marcaste a la fuerza, no me preparaste primero, solo me mordiste, son las consecuencias de una marca forzada.
– Tuvimos sexo… hemos estado teniendo mucho sexo – Mi rostro se puso rojo al instante. No podía verlo, pero lo sentía.
– Aún así, no estoy embarazado. Desde que dejamos Hogwarts he cuidado mucho ese asunto – algunos nos miraban con sorpresa, otros, sentían pena por mi. La mayoría reía.
– Pero la primera vez, me corrí dentro y…
– Por Merlín, maldición, no Potter, no estoy embarazado, me penetraste y te corriste quince segundos después, ni siquiera tocaste mi útero, así que no pudiste entrar en él y fecundar nada. No estoy embarazado. – el silenció nos inundó, Harry estaba sorprendido.
– ¿Tú no te corriste? ¿Tan malo fue? – escondí mi rostro entre mis manos soltando un gemido de desesperación. Hermione tuvo piedad de mí y cambió el tema. El bullicio de la mesa volvió, ahora al menos disimulaba sus miradas, el único que no despegó su vista de mi fue Harry.
– Draco, ¿tan malo soy? – hasta ahora susurraba. Ignoré a los demás y me recargé en su pecho escondiendo mi rostro. El no dudó en abrazarse.
– Eres bueno, muy bueno, y tu miembro ahhh, sabes hacer maravillas… pero en ese momento estabas cansado, ni siquiera te podías poner de pie. Es normal que tu desempeño no fuera el mejor, pero fue esa vez, solo esa vez. – Harry me acarició la espalda con cariño.
– Yo también estaba cansado, ni siquiera me masturbé para correrme, por eso no dije nada. Estábamos cansados.
– Me gustaba la idea del embarazo – me levanté al instante. Algunos nos observaron pero los ignoré, su rostro mostraba una gran sonrisa.
– Lo tendremos después, una gran familia, si quieres, Merlín me libre, pero será tan grande como la de los Weasley, tenemos el futuro para eso, no te apresures – la idea lo emocionó, la sonrisa en su rostro se ensanchó y me dio un dulce beso.
– Lo espero con ansias.
