Chapter Text
I
Japón – Era Meiji
Reo caminó desde el castillo hasta el río. Cuando llegó, Nagi estaba en el lugar habitual, bajo el enorme sakura donde Reo lo había encontrado hacía varios años, cuando todavía eran unos niños.
Para su sorpresa, Nagi no estaba recostado, con los ojos cerrados, dormitando. A Nagi no le gustaba nada que requiriera esfuerzo. Esforzarse era lo que más evitaba en la vida.
A menos que fuera por Reo. Por Reo, Nagi hablaba, olvidaba su aburrimiento y flojera para jugar en el río y los campos de arroz; por Reo, Nagi incluso cantaba. Cuando ambos estaban cansados, después de un día entero de correr por el bosque, se recostaban bajo su árbol, con el sol hundiéndose en el horizonte, la brisa moviendo las ramas sobre sus cabezas. Tomados de las manos, cantaban.
La voz de Nagi era baja y suave; la de Reo, brillante y clara. Juntos, tejían melodías que ellos mismos inventaban, canciones que los hacían sentir conectados, invencibles. Una vez, Reo le preguntó a Nagi si podía sentir la vibración que salía de su pecho, viajaba a través de su brazo y se mezclaba con la vibración del pecho de Nagi, fluyendo entre ellos, fuerte, ininterrumpida.
Nagi lo había sentido.
Ese mismo día, Reo le había contado sobre los guardianes de la barrera.
Estaban recostados sobre el pasto, con el río murmurando cerca, los pétalos de sakura cayendo lentamente como nieve. Los dedos entrelazados.
Reo giró la cabeza, sonriendo ligeramente.
—¿Quieres escuchar una historia? ¿Una real? ¿Como las que nos cuentan en el castillo?
Nagi abrió un ojo, poco impresionado.
—Las historias son mucho trabajo.
—Esta no lo es —Reo insistió, su voz juguetona—. Es un cuento de hadas. Sobre voces.
Eso llamó la atención de Nagi. Se volvió ligeramente hacia Reo.
—¿Voces?
Reo asintió.
—Dicen que hay una barrera entre nuestro mundo y el mundo de los demonios. Nos mantiene seguros, es invisible como el aire. Pero no se mantiene fuerte solo porque sí. Necesita… canto. Voces especiales que, al unirse, completan la barrera.
Nagi resopló una risita, volviendo a acostarse sobre su espalda.
—¿Y qué? ¿Esos guardianes cantan todo el día? Suena muy cansado. Voy a tomar una siesta.
—Algunos creen que es un honor —Reo continuó; su voz ahora era seria—. Los guardianes son elegidos, atados al templo de por vida. Sus voces se convierten en la barrera entre nosotros y los demonios. Sin ellos… —hizo una pausa, los ojos fijos en las ramas sobre su cabeza—. Sin ellos, el mundo se caería a pedazos.
Nagi guardó silencio, pero no su silencio habitual. Se volvió a mirar a Reo, posando la mirada en sus labios, en cómo el aire parecía tomar forma a su alrededor.
—Si eso es verdad —murmuró—, tú serías uno. Tu voz… es hermosa. Clara, como el río. Podría escucharla para siempre.
Reo se ruborizó, mirando rápidamente hacia otro lado, aunque estaba sonriendo para sí mismo.
—No digas esas cosas —murmuró—. Harás que me olvide de que es solo una historia.
Por un rato, nadie habló. La brisa cambió de dirección, llevándoles la ligera esencia de retoños floreciendo y tierra húmeda. En la distancia, las campanas del templo resonaron, suaves, persistentes, como un eco de otro mundo.
Esa historia se convirtió en la favorita de Nagi. Hacía que Reo se la contara al menos una vez al día, y eso hacía que la vibración de la que Reo hablaba se sintiera más real.
Una noche, Nagi escuchó sin querer a las chicas mayores de la aldea hablando de algo similar: una oleada de sangre que recorría su cuerpo cuando los samuráis jóvenes y fuertes caminaban por los campos de arroz. Amor, ese fue el nombre que le dieron a ese sentimiento. Eso es lo que sientes cuando has decidido que quieres pasar el resto de tu vida junto a alguien, dijeron.
Así que Nagi concluyó que era amor lo que sentía por Reo. Y si amabas a alguien, habían dicho las chicas, te casabas con esa persona y vivían juntos, por siempre.
Esa era la razón por la que Nagi no estaba desparramado en el pasto cuando Reo llegó. Estaba de pie, muy derecho, los hombros tensos, usando sus mejores ropas.
Cuando Reo lo alcanzó, ladeó la cabeza sonriendo.
—¿Y esto? ¿Acaso vas a conocer al emperador?
Nagi no devolvió la sonrisa. Sus manos estaban escondidas tras su espalda y sus ojos color miel, usualmente adormilados, estaban fijos en Reo de una manera que lo hacía sentir calor en las mejillas.
Entonces Nagi le mostró las flores: un puñado de naturaleza salvaje, brotes de ciruelo temblando en ramitas delicadas, retoños de canola brillante, tréboles con las hojas aún húmedas, unas cuantas violetas asomándose tímidamente entre ellas. Los tallos estaban atados con un pedazo de tela vieja.
Los ojos de Reo se abrieron en sorpresa, pero estaba halagado.
—Son hermosas —le dijo mientras lo abrazaba sin pensar, respirando la esencia de las flores y el río.
Pero cuando Reo lo soltó, Nagi tragó saliva, sostuvo su mano y dejó salir:
—Es una promesa. Cuando seamos mayores, nos casaremos.
Reo lo abrazó una vez más, esta vez fuerte, y le dio un tímido beso en la mejilla que hizo que ambos se ruborizaran intensamente.
—¿Hablas en serio? —preguntó.
Nagi asintió.
Se sentaron junto al río, tomados de las manos y en silencio. Hasta que el sol bajó.
II
Cuando Reo llegó de regreso al castillo, lo encontró en caos.
Dos sirvientes estaban en su habitación, doblando ropas con precisión. Un baúl de madera abierto como si se fuera a tragar todo.
Bachira y Chigiri, sus hermanos, ya estaban en la sala de reuniones. Una habitación elegante donde se celebraban los consejos y donde no se les permitía la entrada a menos que los llamara su padre, el señor feudal. Reo fue llevado ahí de inmediato.
Su padre estaba sentado en su lugar usual, presidiendo la reunión. Había también dos sacerdotes sintoístas y varios sirvientes.
—¿Qué está ocurriendo? —la voz de Reo resonó en la quietud.
Nadie le respondió de inmediato. Su padre levantó la mirada, los ojos negros y distantes.
—Nos vamos.
—¿Nos vamos? ¿A dónde? —Reo miró a sus hermanos; ambos miraban al piso. Era claro que habían estado llorando.
—Al templo —el sacerdote más viejo respondió sin verlo a la cara.
El mundo se sintió pesado como una piedra. Reo los miraba sin comprender.
—Nos han elegido —dijo Bachira—. Nuestras voces… juntas. Dicen que se alinean con la canción de la barrera.
Reo apretó los puños.
—¿Qué barrera?
—La que separa este mundo del mundo de los demonios —la respuesta fue simple, pero pesada. Chigiri estaba temblando—. Viviremos ahí de ahora en adelante. Entrenaremos como guardianes. La mantendremos viva.
—¡Pero es solo un cuento para niños! —gritó Reo, casi poniéndose de pie, pero al ver a su padre volvió a su lugar—. ¡Solo un estúpido cuento para niños!
—¿Y cuándo volvemos? —Reo preguntó, casi susurrando, cuando nadie respondió a su reclamo.
Sus hermanos no lo miraban.
Un sirviente cerró el último baúl. El sonido se sintió como un sello final.
Afuera, el viento cambió y llevó el aroma de los retoños del río. El pecho de Reo dolía. Pensó en la promesa que acababa de hacer, la que le hizo a Nagi bajo el árbol de sakura y, por primera vez en su vida, se preguntó si el destino sería tan cruel como para romper su promesa antes incluso de que empezara.
III
A la tarde siguiente, Nagi esperaba bajo el sakura del río, el lugar que siempre les había pertenecido. Pateó unas piedritas, mirando el camino. Reo iba tarde.
Nagi esperó.
El sol se hundió más, los pétalos siguieron cayendo.
Cuando las sombras comenzaron a extenderse, la impaciencia de Nagi se tornó preocupación. Tomó camino hacia la villa y ahí siguió el camino principal hasta que vio los techos del palacio. Fue ahí donde lo escuchó: música y risas salían de las grandes rejas.
Era una celebración por algo importante. Todo mundo parecía saberlo. Nagi captó retazos de conversación mientras la gente pasaba.
—Hay nuevos guardianes…
—Los eligieron por sus voces.
—La barrera estará a salvo por otra generación.
Nagi se congeló. Su estómago era hielo.
Guardianes. Voces.
La historia que Reo le había contado junto al río, mitad cuento, mitad profecía, Nagi la recibió como un golpe.
Aún podía escuchar la voz de Reo: “Voces especiales… atadas al templo de por vida. Sus voces se transforman en la barrera entre nosotros y los demonios.”
Y también recordó sus propias palabras descuidadas, las que había murmurado como si no significaran nada: “Si eso es cierto, entonces tú serías uno. Tu voz es hermosa.”
Ahora la historia no parecía un juego. Parecía una maldición.
—No… —Nagi murmuró, empujando entre la multitud—. No… no.
Siguió empujando hasta que pudo ver las paredes del templo. Guardias protegían la entrada.
—Está dentro, ¿cierto? —Nagi exigió, sin aliento—. Reo está aquí. Solo… déjenme…
—No puedes entrar —dijo uno de los guardianes—. El muchacho ahora le pertenece al templo.
El pecho de Nagi se tensó tanto que dolía.
—¡No! No pueden llevárselo. ¡No! —golpeó las puertas de madera con los puños, gritando el nombre de Reo hasta que la garganta le dolió—. ¡Reo! ¡Sal, Reo!
Por un largo momento nada ocurrió. Luego, la puerta se abrió y uno de los hermanos de Reo salió: era el del cabello rojo y bonito. Su cara se veía calmada, pero sus ojos estaban llenos de pena.
—Tienes que irte —le dijo tranquilo—. Reo es un guardián ahora. Serviremos aquí hasta el final de nuestras vidas. No volverás a verlo.
Las palabras hicieron más daño que un golpe. Nagi abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Se quedó ahí la noche entera, llorando y gritando el nombre de Reo, golpeando la puerta hasta que le sangraron los nudillos.
Dentro, detrás de las puertas cerradas, Reo estaba sentado en una esquina en penumbra del templo. Las paredes amortiguaban la celebración exterior. En su regazo tenía el ramo de flores salvajes, aún atado con el pedazo de tela. Los retoños de ciruelo se estaban marchitando, pero Reo se aferraba a ellos, presionando su rostro contra las flores mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
Bachira y Chigiri se sentaron junto a él, acariciando su cabello mientras las lágrimas caían.
