Work Text:
Cuando Kevin vio por primera vez el cielo gris arrebolado y los diminutos, pero inconfundibles, copos de nieve bajando desde lo alto del cielo aquella mañana, allí fue cuando comenzó su emocionante inquietud por correr hacia afuera de la casa.
Era la primera nevada del año; no por nada su temporada favorita comenzaba a partir de allí. Como todo niño, ansiaba el momento en que sucediera. En ese momento, la calidez se convertía en algo diferente, tomaba un nuevo significado a distinción del que tenía en las demás estaciones. Era diferente el calor del sol de verano que el de las bebidas cubiertas de canela, de las fogatas en la chimenea, de los abrigos, gorros y bufandas que te hacen entrar en calor aun si el viento te escuece la cara. Eso y salir a corretear en grupo con tus amigos, armar muñecos de nieve, enormes batallas de bolas de nieve que te hacen entrar en calor. Para Kevin era quizá todavía más especial.
El problema era que, aun después de observar por la ventana cómo todo alrededor se inundaba de un blanco brillante muy prometedor, todavía debía esperar para ir a jugar sobre él porque Harry había dicho que “de ninguna manera te quedarás sin hacer tu parte de los deberes” y “de todas formas, ¿con quién piensas jugar afuera?”.
Ah, cierto. Después de echar otro vistazo afuera, pudo notar algo que no había considerado. En aquel barrio no había una sola alma afuera. Posiblemente ni siquiera había niños con quienes armar el bullicio, y ni siquiera podía saberlo, puesto que hacía apenas unos días que acababan de llegar al conocer el lugar. No había visto niños en ese tiempo entre los vecinos que los rodeaban. De hecho, no había visto muchas personas en general. ¿Habían salido a vacacionar desde antes? Podía ser.
Decidió no decepcionarse y logró negociar que, al terminar de realizar sus tareas, podría salir a jugar de todos modos. Y estaba muy bien con eso, pues mientras lo hacía y las horas pasaban, la nevada seguía cayendo amablemente sobre el patio, y los centímetros de nieve crecían constantes.
La casa tenía un porche amaderado, con dos asientos columpiándose del techo, realmente acogedores. Harry estaba sentado en uno de ellos mientras leía el periódico. Si levantaba la vista, sus ojos daban con el patio; y en él se hallaba todo el manto blanco y abollado sobre el que se levantaban no uno, sino tres muñecos de nieve, unas cuantas esculturas de animales más pequeñas, un intento de fuerte demasiado aplastado, una montañita con marcas de deslizamiento a un costado y un tapiz de ángeles de nieve en el espacio que restaba. Y, en uno de ellos, Kevin, recostado y completamente hastiado. Había tratado de ignorar el hecho de tener que jugar solo hasta que se le acabaron los recursos. Su único recurso, en realidad.
No es que no hubiera intentado algo mejor; hizo todo lo que se le ocurrió que podía hacer con nieve. Había incluso tratado de separar a Harry de su asiento, como lo pudo presentir, sin tener éxito.
— Si quieres congelarte los huesos, puedes hacerlo tú. — Dijo sin separar la vista del diario y sin que hiciera falta concluir su frase con: “pero yo no lo haré, en lo absoluto”.
— Pero, ¿qué más puedo hacer? Me aburro. ¿Tú no?
— ¿Entonces, entramos ya? — La pregunta venía acompañada de una ceja arqueada, pero aún sin mirarle.
— ¡Qué aguafiestas eres! ¿Te da miedo la nieve, o algo?
Harry solo le lanzó aquella mirada de ojos entrecerrados que, como bien sabía, usaba para regañarle. Bien, debía dejar de insistir antes que de verdad le obligara a entrar a la casa.
Kevin solo frunció el ceño y soltó un suspiro vaporoso al mismo tiempo que volvía a echarse de espaldas. Podría soportar unos minutos más estando aburrido; de todas formas, estaba completamente abrigado. No creía lo mismo acerca de soportar estar aburrido y encerrado.
La puerta de la casa sonó y un par de botas de nieve crujieron contra el suelo.
— Iré a la tienda. — Los dientes de Marv castañetearon al sentir el cambio de temperatura al salir. Hasta el momento no se había dignado a desocuparse de sus asuntos dentro de las cálidas paredes del hogar, pero por lo visto ahora no podía evitar los asuntos de afuera.
Harry respondió con un resoplido dando una rápida mirada de reojo, mientras Marv subía el cierre de su abrigo hasta el tope y se echaba a andar.
Kevin se apoyó sobre sus codos. Quizá podría ir con él a la tienda y desperezarse un poco. Pero cuando levantó la mirada para preguntar, vio que Marv ya se había detenido a medio patio, y lo estaba mirando a él. No, no solo lo estaba mirando, estaba haciendo una de esas muecas que se le plantaban en la cara cuando su mente maquinaba algo, mientras sus manos reposaban en los bolsillos del abrigo.
No había palabras, solo ojos entrecerrados. Kevin creía saber qué significaba eso. Entonces, lentamente movió su mano enguantada para enterrarla en lo que quedaba de nieve debajo de él. Si estaba en lo cierto, debía realizar un movimiento rápido, antes de que el otro lo hiciera, así que no despegó los ojos de Marv para no perderse el momento en el que este bajara al suelo para tomar su propio puñado. Pero no fue necesario hacerlo por mucho tiempo, porque mientras su mano comenzaba a realizar el movimiento matador, Marv sacó la suya del bolsillo.
En un parpadeo, Kevin tenía la cara helada y fruncida. Era como si Marv hubiese tenido su materia de ataque en el bolsillo todo ese tiempo. Probablemente, porque así era.
— ¡¿Qué?! ¡¿En qué momento?! — Se sacudió rápidamente y mandó a volar el puñado de nieve que había recolectado a toda prisa, la cual hizo un sonido de plop (muy satisfactorio) en el costado del hombre. La guerra se había declarado.
Una segunda nevada parecía estarse llevando a cabo a la par de la caída de los menudos copos en aquel patio, con la diferencia de que esta era más violenta y estaba dirigida a caer sobre dos personas que soltaban risillas al recibir su impacto. Ambos se agachaban casi a la par para crear municiones y lanzarlas contra el otro, al tiempo que se intentaban cubrir del chapoteo de nieve que seguía después de cada golpe.
Kevin llevaba ventaja en velocidad; con su altura no era necesario agacharse tanto para conseguir llegar al suelo, a diferencia de Marv. Aun así, el mayor se las ideaba para que cada impacto suyo fuese certero, llegando incluso a derribar el gorro de Kevin en cierto momento. Ante las dramáticas aclamaciones de “¿te rindes?, ¿ya tuviste suficiente?”, seguidas de “¡nunca!”, no era posible saber quién anunciaría su derrota primero.
Hasta que Kevin atrapó al bandido, acercándose cada vez más a las figuras armadas a un costado del patio. Figuras con un tamaño considerable para realizar un impacto mayor a los que hasta ahora había recibido.
— Espero que estés preparado, pequeño diablillo, observa mi golpe final…— Dijo Marv, mientras intentaba quitarle la cabeza a uno de los muñecos de nieve de Kevin. Una punzada de pánico cruzó por su mente por un segundo. Este iba a ser un golpe fuerte si no conseguía cubrirse. Y con ese pensamiento en mente, sus pies se movieron a toda velocidad hacia el otro lado del patio, donde se encontraba el fuerte. El aplastado y deforme fuerte de nieve que descartó de inmediato al ver la montañita que había hecho para jugar sobre ella, la cual rápidamente consideró como un mejor escondite momentáneo.
Apenas llegó al pie de la montaña, pegó un salto y se tiró detrás de ella, logrando cubrirse de Marv. Ocultó su cabeza al ras del suelo y tomó una gran cantidad de nieve, barriéndola hacia él con sus brazos. Acto seguido, formó varias hileras de pelotas tan rápido como sus manos enguantadas eran capaces de amoldarlas, se quitó la bufanda, ató un extremo a una rama del arbusto que delimitaba el patio con el de los vecinos y colocó los helados proyectiles de tres en tres sobre ella. Era una catapulta improvisada, pero al momento en que Kevin tiraba del otro extremo de la bufanda, funcionaba perfectamente, mandando a volar la nieve por sobre la montaña.
Kevin no podía evitar reír con gusto, mientras todas las municiones eran lanzadas al territorio enemigo, hilera tras hilera, luciendo un deslumbrante resplandor blanco antes de desaparecer tras la montañita. Al terminarse esa ronda de municiones, Kevin volvió a agacharse para preparar más, pero se detuvo al notar que él no estaba recibiendo nada. Ningún impacto ni palabra de amenaza. Marv ya debería haber mandado a volar la cabeza del muñeco de nieve para ese momento.
Se animó a asomar la cabeza por sobre la pila de nieve protectora, para descubrir que no había nadie más en el patio. En la entrada a la calle, Marv estaba hablando con un vecino. Los rumores de sus palabras ahora eran audibles para Kevin. Salió por completo de su escondite; la diversión ya había terminado. Lo más probable que sucedería a continuación era que el hombre tardaría una eternidad en su conversación, iría a la tienda y se olvidaría de su juego por completo.
No sin un suspiro de resignación, Kevin se rindió. Se dirigió al porche, arrastrando los pies, y se sentó en uno de los asientos, al lado de Harry.
La nevada parecía cesar. El viento arrastraba los últimos copos; seguía reinando la tranquilidad. Una inusual luz blanquecina hacía a la vecindad dar un aspecto etéreo. Aunque era pequeño, a Kevin no le resultó difícil admirar ese paisaje apacible. Aun así, imaginó que esa tarde sería diferente. En ese momento se imaginó aún más cosas divertidas que podría hacer. Pero toda su inspiración se cortaba al pensar en hacerlo solo. Nieve y más nieve era todo lo que había a metros y metros de distancia. ¿No podía disgustarle un poco, para no tener que sentirse así? Daba igual, quizá podía animarse desde ahí; tal vez podía ver algún ave o ardilla merodeando cerca, para distraer la vista.
Su tren de pensamiento fue detenido abruptamente mientras miraba hacia el patio vecino. Un impacto que provenía de la izquierda lo descolocó de sus sentidos, bañándolo en una materia fría que, ¿qué más podía ser, sino nieve? Con los ojos muy abiertos y la confusión a flor de piel, miró hacia la izquierda, buscando de dónde provenía el ataque. Pensó por unos instantes que había llegado del otro lado de la cerca de matorrales, pero allí solo se encontraba el deshabitado porche de la casa contigua y su inhóspito jardín.
Nadie ni nada a la vista, excepto Harry, quien también estaba, mucho más cerca, a su izquierda. Pero no podía haber sido él, porque en ningún momento había tocado el suelo nevado, que se encontraba a varios pasos de distancia. No podía ser, puesto que solamente leía el diario. Pero no lo hacía; Kevin observó con más cuidado. No podía ver su cara, puesto que las hojas del periódico la cubrían, como si quisiera ocultar su expresión. Más extraña aún era la forma en que las hojas mostraron un ligero temblor, o mejor dicho, sus manos y hombros lo hacían.
¡¿Se estaba riendo?! No lo podía creer. Y más importante aún, ¡¿qué rayos pasaba con esos bandidos y su nieve que salía de la nada?! Kevin se puso de pie indignado.
— ¡Tú me golpeaste!
Las hojas dejaron de temblar.
— ¿De qué hablas? — preguntó Harry bajando las hojas de su cara. Allí estaba su mirada seria otra vez. Pero Kevin pudo entrever unos toques de burla en ella. Podría ser divertido.
Kevin corrió al patio de nuevo y, en lo que pareció un solo movimiento, tomó un puñado blanco en su mano.
— ¿No piensas confesar, eh? — exclamó con aire teatral, mientras se acercaba a Harry y, al detenerse frente a él, sostuvo su mano en alto haciendo ademán de estar a punto de lanzarlo. El periódico del hombre cayó a sus piernas de golpe y un dedo amenazante apuntó al niño.
— No te atrevas.
La respuesta de Kevin fue mostrar una angelical sonrisa y estirar su brazo hacia atrás.
— Ah, ¿no? ¿Y por qué?
— Niño, ¿qué crees que va a pasar si lo haces?
Kevin se detuvo a pensar por un instante. ¿Preguntaba eso porque pensaba castigarle? No podía ser tan aguafiestas. ¿Solo por un golpe de nieve? Pero si se fijaba bien, su mirada ahora era severa. Era más que posible que lo hiciera. Por otro lado, él había comenzado. Harry había lanzado la nieve a sus espaldas. Estaba seguro, ¿no? Sí, muy seguro, casi completamente seguro…
Pero, antes de poder decidir si realmente lo estaba y que su mano se moviera, una estrepitosa lluvia pálida lo inundó de la cabeza a los pies; un escalofrío lo recorrió y el sitio en el que estaba parado se salpicó de la helada materia con la que había sido rociado. Miró lentamente hacia abajo, sin salir de su conmoción. La nieve que caía de él se escurría en el suelo formando un charco.
Una risotada salió desprendida, como si hubiese sido arrancada bruscamente, de la boca de Harry, lo que le hizo abrir los ojos aún más de lo que el sobresalto lo había hecho. Miró hacia atrás para encontrar a Marv sacudiendo sus manos triunfalmente, con una sonrisa en el rostro y un muñeco de nieve descabezado detrás de él.
— ¡Su cara! ¡Debiste ver—
¡Paf! Harry no tuvo tiempo de secarse las lágrimas que la risa le había ocasionado, antes de que su cara también quedase helada ante un golpe certero.
Kevin, una vez más, no tuvo el tino de ver el momento en el que Marv había recogido esa última bola, pero sí de descifrar el guiño que este mismo le había lanzado posteriormente. Así que ambos echaron a correr al campo de batalla, antes de que un enrojecido Harry se levantara de su asiento en su persecución, lanzando una algarabía de palabras que ninguno lograba entender.
— ¡Hey, usemos tu catapulta de antes! — dijo Marv con regocijo, tomando otra enorme cabeza de muñeco de nieve en sus brazos.
Ya no nevaba fuera; todo el vecindario se habría sumido en la más absoluta quietud de no ser por la tormenta congelada que se había desatado en aquel patio, producto de una de las más salvajes batallas que alguien había presenciado jamás. La primera de muchas, imaginó Kevin, cuando la risa de los tres era tan fuerte como el impacto de los proyectiles nevados que se estrellaban, desperdigaban y refulgían en el aire.
