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1. Golpecito en la frente
El día en la tienda pasaba con relativa tranquilidad, es uno de esos raros días en que reina la paz. Ni siquiera los típicos asesinos que buscaban ganar la recompensa aparecieron. Lu y Heisuke aprovecharon para jugar cartas en ausencia del señor Sakamoto y de los clientes, mientras que Shin prefirió comenzar con el inventario.
Hasta que la campanilla de la entrada sonó, anunciando la llegada de un cliente. Shin se apresuró en llegar a la caja para atender. El saludo quedó en su garganta al notar de quien se trataba, obviamente tenía que ser Nagumo el que perturbara la paz.
Lo primero que noto el psíquico es que Nagumo tenía manchas de sangre en su abrigo, además de unos cuantos rasguños y heridas en su rostro. Era inusual verlo así, quizá hasta los tipos raros tienen un mal día.
“¡Hola!” Saludo el asesino con entusiasmo. “¿No está Sakamoto?” Cuestiono mientras buscaba a los alrededores en busca del nombrado.
“Sakamoto-san salió junto con su familia, dudo que regresen pronto.” Informo el rubio. “De todas maneras, ¿Qué diablos te pasó?” Shin frunció el ceño. “No puedes venir lleno de sangre, asustaras a los vecinos.”
Nagumo observó su ropa como si apenas se diera cuenta de su estado. “Ah, es cierto. Justo cuando venía a visitarlos, un grupo me atacó, supongo que me tomaron desprevenido” Dijo con diversión. “Bueno, supongo que me voy” Se encogió de hombros.
Antes de que pudiera irse, Shin lo detuvo. “Lu, cuida la tienda un momento” Fue lo que dijo antes de arrastrar al asesino hacia arriba. Por curiosidad, Nagumo se dejó llevar, quería ver qué haría el psíquico a continuación. Eso fue lo que lo llevó a estar sentado en la tapa del inodoro mientras que Shin buscaba lo que parecía ser un botiquín de primeros auxilios.
“Quítate el abrigo” Ordeno el rubio, Nagumo se quedó quieto sin entender. Shin rodó los ojos. “Lo pondré a lavar para quitar las manchas, no puedes andar por ahí cubierto de sangre”
“Pensaba tirarlo, siempre puedo comprar otro cuando los arruino” Se encogió de hombros el mayor. El ceño de Shin se frunció.
“¡Eso es un desperdicio de dinero! Podrías simplemente llevarlo a la tintorería o aprender a hacerlo tú mismo.”
Nagumo río ante la idea. “¿Qué eso no asustaría a los que limpien mi traje?” Finalmente cedió y entregó su abrigo al menor. Shin lo dobló con cuidado y lo depositó en el cesto de la ropa sucia.
Finalmente el psíquico comenzó a limpiar y desinfectar las heridas del asesino, aplicando ungüentos y vendas donde era necesario. A Nagumo le sorprendió la delicadeza con la que la trataron. aunque era verdad que rara vez salía herido, cuando se daba el caso, su compañeros o el mismo se aplicaban puntadas desordenadas.
Le pareció entrañable, y se preguntó si había aprendido esa delicadeza ahora que hay una niña a su alrededor. “Eres bastante bueno en esto, ¿No quieres ser mi enfermera personal?” Se burló el moreno.
Shin en venganza aplicó la curita que sostenía de manera brusca en su mejilla. “Preferiría que evitarás salir lastimado, se supone que eres de la orden.” Replicó malhumorado.
“Aw, te preocupas por mi” Nagumo se mofo, Shin se sonrojo en respuesta.
“¡Callate, idiota!” Se defendió el rubio, mientras tomaba el abrigo del moreno. Justo antes de salir, Shin lo miró fijamente, sin poder evitarlo soltó una pequeña risa. “Esa curita te queda bien”
Nagumo vio su reflejo en el espejo y entendió la gracia. Shin le había puesto una curita con dijes de conejitos que seguro pertenecían a Hana. Antes de que pudiera replicar o quitarla, Shin tincó su dedo en la frente, Nagumo se sobo el golpe con confusión.
“Ese es tu castigo por ser tan descuidado, asegurate de no quitarla” Dijo con una sonrisa burlona. “Ven mañana por tu abrigo” Fue lo último que dijo antes de salir, dejando al moreno con una sensación extraña en su pecho.
¿Qué fue eso?
Él podría simplemente quitarse la curita, no tenía por qué obedecerlo. Y aun así, fue incapaz de hacerlo. Suspiro, quizás lo estaba pensando demasiado.
…
Al día siguiente cuando fue a recoger su abrigo, trato de no mostrarse decepcionado cuando no fue Shin quien le entregó la ropa, sino Aoi y Hana, ya que el rubio se encontraba haciendo recados.
“Shin puso esmero en que quedará limpio, trata de no ser tan torpe la próxima vez” Comentó la mujer con una sonrisa amable.
“Así lo haré” Aseguró el asesino, recibiendo la bolsa de papel que le entregaban. El aroma florar del suavizante de telas se filtraba, muy diferente al olor sintético de una prenda nueva.
Sintió un leve tirón en sus pantalones y cuando bajó la vista noto que se trataba de la niña. Nagumo la miró con incertidumbre.
“Toma” Dijo Hana, extendiendo la mano. “Son las curitas favoritas de Shin-kun” Hana río, antes de despedirse del mayor.
Nagumo observó con interés el objeto entre su palma y sintió la sonrisa involuntaria se formaba en su rostro.
Así que curitas de dinosaurio, que lindo.
2. Tomar la mano
La siguiente vez que Nagumo se encontró con Sakamoto y su grupo fue 3 semanas después, justo en el festival Tenjin en Osaka. Nagumo decidió divertirse después de terminar su trabajo.
Hasta compró un Yukata para la ocasión, le gustó que fuera de tonalidades rojizas y doradas para ocultar la sangre por si algún asesino se aparecía, incluso pudo ocultar una katana en su cintura.
“Oh, Sakamoto, que casualidad encontrarte aquí” Saludó radiante el asesino. “Veo que vinieron todos juntos como familia, aunque es extraño que no me llegara la invitación” Comentó ladeando la cabeza.
Sakamoto decidió ignorarlo, acostumbrado a su personalidad molesta, y los demás siguieron su ejemplo, menos Shin que se quedó cerca. Solo así Nagumo noto que usaba un Yukata azul con patrones de zigzag. Le quedaba bien.
“Ni se te ocurra usar esa arma que tienes escondida” Le advirtió el psíquico.
“Me portaré bien” Aseguró sonriendo con la inocencia de un ángel.
Shin se quedó dubitativo unos momentos, como progresando si decía la verdad, hasta que decidió seguir su camino, con Nagumo pisándole los talones. “¿No deberíamos alcanzar a los demás?” Comentó el asesino, observando a la familia perderse en la multitud, noto que la mujer mafiosa le alzaba el pulgar en signo de aprobación al rubio.
Shin se puso un poco nervioso y le enseñó el dedo del medio a su amiga. “Nos reuniremos todos juntos en el templo para ver los fuegos artificiales, así que está bien” Informó el psíquico, mientras se acercaba a un puesto de máscaras y tomaba una en forma de demonio. “Esta es igual a ti” Se burló el menor.
Nagumo imitó su acción tomando una con apariencia de gato. “Y esta es como tu, un pequeño gato arisco, tímido e impulsivo.” Dijo picándole la mejilla para aumentar la molestia del rubio.
Shin le dio un manotazo, (aun así se llevaron ambas máscaras.) El rubio se colocó la máscara de demonio en la nuca, mientras que Nagumo se la coloco la de gato en un lado de su rostro.
Nagumo admiro todos los puestos de comida y dulces que hay alrededor, por su profesión, terminaba siendo muy selecto con la comida que no estuviera empaquetada o que no haya supervisado él mismo la preparación.
Un puesto de manzanas rojas llamó su atención, el psíquico lo noto y no dudo en comprar una. “Es una manzana acaramelada, ¿Acaso no la has probado?” Dijo con extrañeza.
“¿Qué tal si están envenenadas y sucumbo a un sueño eterno?“ Cuestiono con dramatismo, analizando la manzana con escrutinio. “¿Shin-kun será el valiente príncipe que me despertara de mi letargo con un beso de verdadero amor?” Nagumo habla revoloteando sus pestañas encantadoramente.
Shin se puso rojo de la molestia y le proporcionó una mordida a la fruta. “¡Ya comprobé que no esta envenenada, así que ya cómela, idiota!” Exclamó furioso, acercándole la manzana a la boca.
Nagumo sonrió divertido, inclinándose un poco para dar un gran mordisco. El dulzor del caramelo y la acidez de la manzana era un equilibrio completo, ahora entendía porque les gusta tanto. La dinámica se mantuvo puesto tras puesto, pues cada que el asesino detenía su mirada en los dulces que llamaban su atención, Shin lo compraba y lo probaba como si se tratara de un catador experto, después le ofrecía bocados al mayor como si se tratara de un bebe dando sus primeras probaditas.
La noche transcurrió entre bromas, comida, dulces y juegos para conseguir premios, que por más que estuvieran alterados, Nagumo siempre fue capaz de ganar todos. Shin se preguntó qué es lo que haría con la bolsa de premios que no hace más que agrandarse. La campanita dio anuncio a otro juego superado. Si seguía ganando, probablemente terminarán colgando un cartel anunciando su prohibición para jugar.
Esa vez el asesino eligió un peluche en forma de un dinosaurio color verde, a Shin le pareció muy bonito. “Ten.” Dijo sin más, extendiendo el peluche al psíquico y tomándolo por sorpresa. “Te gustan los dinosaurios, ¿No?” Explicó el mayor.
Shin asintió conmovido, no esperaba que supiera sus gustos, ni que le fuera a regalar algo. “Gracias” Murmuró avergonzado, abrazando el peluche como si temiera perderlo.
La primera explosión de los fuegos artificiales les llamó la atención, rápidamente Shin sacó su teléfono para comprobar la hora. “Mierda, los fuegos artificiales están por comenzar” Shin tomó la mano del asesino. “¡Tenemos que correr!” Aviso, antes de emprender camino a toda velocidad hacia su destino.
Nagumo noto la calidez y la suavidad de la mano del contrario, además de lo pequeña que era en comparación con la suya. Sintió un tirón en su estómago, como una serie de pequeños golpes; le resto importancia, quizás la comida si estaba envenenada después de todo.
“Oh, lo lograron chicos” Saludo Aoi con alegría. “Los fuegos están por comenzar.”
Shin apenas logró recuperarse cuando el cielo se iluminó con un rojo intenso, seguido de un estallido ensordecedor que anuncia la llegada del espectáculo. Una cascada de chispas doradas desciende lentamente, creando una atmósfera mágica. Los colores se mezclan y se transforman, un azul profundo da paso a un verde esmeralda, y el espectáculo continúa con un estruendo que retumba en el pecho.
Y mientras todos observaban el cielo explotar en colores, Nagumo no pudo dejar de observar el firme agarre del rubio de la unión de sus manos, pues Shin no lo soltó ni cuando llegaron al templo. Alzó la vista para observar el rostro de su contrario, notando que sus ojos brillaban con asombro y tenía una gran sonrisa en su rostro.
Ambos permanecieron así, tomados de la mano bajo el cielo que se ilumina en colores, y entonces Nagumo consideró que los gatos también pueden ser cariñosos.
3. Abrazo
Shin agradece tener su telepatía la mayor parte del tiempo, le es fácil prevenir los ataques de los enemigos, puede ayudar a los clientes de la tienda a encontrar los productos, se comunica más fácilmente con Sakamoto y en general su vida es más sencilla.
Sin embargo, en esa ocasión no puede estar más arrepentido de poder leer la mente. Pues justo en vísperas decembrinas, la cantidad de gente transitando, las luces brillantes, el bullicio general y pensamientos erráticos hace que le duela la cabeza.
"Creo que la terminé antes de navidad. No quiero conocer a su familia. Le regalaré unos calcetines. Qué frío hace. Odio la nieve."
Todos los pensamientos de las personas se escuchan como una televisión que pasa de canal rápidamente, nada tiene sentido y todo hace ruido de fondo. Odiaba los momentos en que ni siquiera podía oír sus propios pensamientos. Pero él tenía la importante misión de conseguir decoraciones para la señora Aoi, después de todo Hana tenía que decorar bellamente para que Santa se sintiera feliz cuando fuera a dejarle regalos.
Así que se negaba a renunciar. Se abrazó a sí mismo, el frío comenzaba a filtrarse en su ropa. Y la migraña comenzaba a aumentar, provocando náuseas. Shin camino a tientas con los ojos cerrados, tratando de buscar un lugar silencioso y con aire para poder respirar.
De pronto sintió como si empezara a caminar sobre las olas del mar, una mente tan callada y serena. Lentamente sus pies lo fueron guiando como si el canto de una sirena lo atrajera al fondo del océano, pero no le importaba si podía estar en paz aunque fuera unos momentos. Sin darse cuenta se aferró a una persona como si se tratara de un ancla, aunque era raro que no despertara su instinto de peligro.
Suspiró relajado, concentrándose en la intrigante mente. Era como si flotara en el océano, con la suave marea y sol bañando su cuerpo; el dolor de cabeza y las náuseas desaparecieron.
“¿Shin?” Preguntó Nagumo confundido, no esperaba que el rubio saliera de la nada y se aferrara a él como un Koala.
Noto que estaba pálido y que fruncía el ceño. No fue un abrazo firme ni consciente. Fue algo automático, instintivo.
Nagumo se quedó quieto, sorprendido por la repentina cercanía. Podía sentir la tensión en el cuerpo de Shin, su respiración lenta, se negaba a abrir los ojos.
“¿Tanto frío tienes, Shin?” Intentó de nuevo, y pareció funcionar, pues el psíquico fue abriendo los ojos de apoco.
Cuando su mirada lo enfocó, no pudo evitar suspirar aliviado. “Debí suponer que eres tú” Dijo el rubio como si fuera lo más obvio del mundo. “Es solo que me abrume con todos los pensamientos de las personas, ya sabes que son épocas caóticas.”
Shin pegó su oreja al cuerpo del más alto. “Sin darme cuenta me terminé aferrando a la tranquilidad de tu mente, nunca había estado tan contento de no poder leer tus pensamientos. Así que permite que me quedé así unos minutos más”
Dicho esto, el psíquico dejó caer su peso sobre el cuerpo del hombre, abrazándolo por la cintura para tener más equilibrio. Nagumo se quedó quieto sin saber qué hacer, podría simplemente empujar al chico e irse, pero la otra parte de su cerebro le decía que devolvería el abrazo. Sin embargo sus brazos se mantuvieron en sus costados y trató de no mover ni un solo músculo para comodidad del psíquico.
Se sintió como cuando un gato se acurruca en tus piernas y no puedes moverte para no interrumpirlo. Después de lo que parecieron horas, Shin finalmente se separó, solo así Nagumo recordó que estaban en invierno.
“Ya me siento mejor” Shin dijo. “¿Te interrumpí demasiado?”
“Hm. De hecho ya terminé mi trabajo del día.”
“Oh, entonces si no tienes nada que hacer, acompáñame un rato. Te invitaré unos bollos de carne cuando termine de hacer las compras” Comentó con tranquilidad, emprendiendo su camino como si ya supiera que Nagumo no se negaría y que lo seguiría.
Su intuición fue correcta. A Nagumo Le pareció extraño que alguien quisiera pasar tiempo con él por voluntad. Ni siquiera los miembros de la orden se juntaban normalmente, al menos que se tratará de trabajo.
Shin se mantuvo cerca en lo que realizaba sus mandados, ocasionalmente se distraía observando las vitrinas de distintas tiendas, y emocionándose con el gran árbol de navidad que hay en la plaza principal. Como prometió, su parada final fue la panadería, donde compró los bollos y un pastel navideño que compartirá con su familia.
Buscaron una banca para disfrutar su comida, el rubio incluso compró un par de latas de café caliente de la máquina expendedora.
El pan sabía bien y estaba caliente, al mismo tiempo era suave y crujiente, de seguro volvería después a comprar más de esos bollos.
Nagumo observó por el rabillo del ojo al rubio, sus pestañas tenían algunas cuantas partículas de nieve y sus mejillas estaban sonrojadas por el frío, además de que estaban infladas por la cantidad de comida que ingería. Shin podría ser una mezcla de un gato y una ardilla, el pensamiento lo hizo sonreír.
“¿De qué te ríes?” Murmuró malhumorado, adivinando que el asesino se burlaba de él.
“Sabes que nadie te quitará tu bocado, no es necesario que comas con tanta ansia. Terminarás engordando como Sakamoto” Comentó burlón.
“Oye, no metas a Sakamoto-san. La apariencia no importa, él sigue siendo genial” Defendió el rubio.
Nagumo le dio otro mordisco a su bollo, restándole importancia al tema. “Bien, bien. No diré más”
Finalmente terminaron su bocado. Nagumo sacudió la nieve de su chaqueta, estaba a punto de despedirse cuando el menor lo detuvo.
“¿Tienes planes para Nochebuena?”
El moreno lo observó curioso, no esperaba esa pregunta. “Creo que saldré del país hasta finales de año” informó el asesino. “¿Puedes creer que nuestro jefe sea tan cruel para no respetar los festivos?”
Shin hizo una mueca, pero rápidamente se recompuso. “Entonces supongo que tendré que adelantarlo.”
Asakura rebuscó entre las bolsas que tenía, hasta que dio con el objeto en específico que buscaba. “Inclínate un poco” Ordenó, y así hizo el asesino.
Sintió algo cálido envolver su cuello. Se trataba de una bufanda negra larga. “Es en agradecimiento por ayudarme hoy, pensaba dártelo en navidad pero no tiene sentido esperar tanto.” Dijo con timidez, agradeciendo que por el frío su cara ya estuviera roja.
Nagumo sintió un escalofrío a pesar de estar abrigado, miró el trozo de tela con extrañeza. No recordaba cuándo fue la última vez que le dieron un presente.
Shin se acercó aprovechando su estado y le proporcionó otro abrazo. “Feliz navidad y año nuevo” Dijo con suavidad, separándose del hombre. “Es mejor felicitarte de una vez, trata de regresar en una sola pieza y de seguir siendo molesto el otro año”
Rápidamente Shin tomó sus cosas, prácticamente huyendo del asesino, ni siquiera le dio tiempo de reaccionar.
Nagumo se quedó observando en la dirección en la que partió el más joven. Un pensamiento cruzó por su mente, si hubiera devuelto el abrazo, probablemente Shin no tendría oportunidad de escapar.
4. Caricia
En momentos como ese, Nagumo considera seriamente jubilarse. Su cuerpo le exige que descanse tras ser la tercera noche sin dormir, ser miembro de la orden es más desventaja que ventaja, siendo que tenían que ser ellos los que evitaran que los aficionados se salieran de la raya.
Lo único aceptable es la gran suma de dinero que ganan al año, además de lo divertido que es su trabajo; después de eso, no encontraba el atractivo. Quizá por eso Sakamoto no tardó en acoplarse a la vida mundana, una vida más sencilla en la que no tenía que preocuparse de que lo atacaran al dormir, o que lo traicionaran sin más.
No debería quejarse tanto, ya que esa es la vida que eligió.
El sol de la tarde bañaba las fachadas de los edificios, proyectando largas sombras sobre el asfalto. A cada paso, la pesadez de sus articulaciones rogaba clemencia, se sentía como si lo atropellara un camión. Sus pies lo llevaron a un parque cercano, al menos descansaría unos 5 minutos antes de ir a la oficina central a realizar su informe.
No esperaba encontrar a Shin sentado en una de las bancas, por lo que podía observar, estaba solo. Ahora que lo pensaba, últimamente se terminaba topando con el psíquico, fue como si una fuerza extraña buscará que ambos se encontraran.
Nagumo se dejó caer a un lado del rubio, asustando al rubio en el proceso. “Hey, Shin.”
Shin lo miró mal tras recuperarse del mini paro cardiaco. “Debería ponerte un cascabel” Sus brazos se cruzaron y su ceño se frunció. “Ha pasado un tiempo”
Ahora que lo dice, tiene razón. Han pasado cerca de dos meses desde que se vieron.
“Los profesionales no tenemos un horario fijo, ni muchas vacaciones” Comentó con dramatismo. “El jefe no tiene piedad. No he dormido en tres noches, ¿Sabes?”
“Te ves terrible, deberías ir a dormir.” Sugirió el rubio, en sus ojos se notaba la preocupación.
“Aún tengo que dar mi informe” Dijo con pesar. “Esperaba descansar unos buenos cinco minutos.”
“Entonces…” Comenzó el rubio, debatiendo mentalmente si hablar o no. “Te prestaré mi regazo” Murmuró en voz baja, desviando la mirada para evitar que el asesino vea su sonrojo.
Nagumo parpadeó, ligeramente sorprendido. No porque la idea le molestara, sino por lo directa que había sido la petición. Shin no era precisamente alguien que se permitiera momentos de vulnerabilidad. Con un brazo, el rubio lo terminó poniendo en posición, haciendo que se dejara caer pesadamente en su regazo de Shin.
Soltó un suspiro largo y profundo. Sus ojos, normalmente agudos y alerta, estaban cansados, con ojeras marcadas por noches sin descanso.
Shin le lanzó una mirada de soslayo. Ahora permanece en silencio, perdido en sus pensamientos. A pesar de su cómoda posición y del cansancio, no se sentía capaz de ni siquiera dormitar, no cuando estaba tan expuesto. Shin pareció darse cuenta, por lo que procedió a acariciar su cabello y tararear.
Nagumo se puso tenso, no esperaba un tacto tan íntimo.
“Aoi-san hace esto cuando Hana no puede dormir, pensé que te serviría.” Se apresuró en explicar, quitando la mano de su cabello rápidamente como si se quemara. “Disculpa si te hice sentir incómodo” Dijo con tristeza, mirándolo con arrepentimiento.
Nagumo sintió una opresión en su pecho. No le gustaba ver la mirada cohibida del rubio, fue como patear a un pobre cachorrito. “Esta bien, solo me sorprendí un poco. Puedes seguir” A pesar de su aprobación, Shin se quedó quieto unos momentos, pero regresó a su actividad inicial.
El calor que irradiaba era reconfortante, y por primera vez en días, sus músculos comenzaron a relajarse. Sus párpados se volvieron pesados, como si estuvieran cubiertos de una fina capa de arena. Los grillos hacen dueto con la canción de cuna que Shin entonaba. Sus pensamientos se van desprendiendo al ritmo de las suaves caricias en su cabello, como hojas llevadas por una brisa. La respiración del asesino se vuelve más lenta, cada inhalación y exhalación es un pequeño remolino que me sumerge en un mar de tranquilidad.
Shin es un nido acogedor, se sentía bien ser un poco malcriado.
El mundo se desvanece, dejando paso a un sueño sereno y silencioso.
“Descansa, Nagumo.”
5. Beso
Una noche bulliciosa cae sobre los callejones traseros de Shibuya. Luces de neón parpadean entre cristales mientras Shin corre jadeando, con el corazón a punto de salirse del pecho.
¡Van armados! ¡Y tienen silenciadores! ¿Por qué siempre silenciadores...? piensa, esquivando cajas de cartón amontonadas mientras tres matones vestidos de negro lo siguen.
Uno de ellos grita. “¡Detente, mocoso! ¡Sabemos que estás ahí!”
Shin gira en seco y se esconde tras un contenedor. Su respiración es agitada. Trata de concentrarse, pero las mentes de los tres criminales son un caos de violencia y órdenes de "eliminar al objetivo".
Cuando Sakamoto lo mandó a buscar información en el barrio vecino, supuso que sería pan comido. Sin embargo todo se fue al caño cuando dio con la base de unos sicarios de poca monta. Desde que lo pillaron, no han dejado de perseguirlo para silenciarlo.
De repente, alguien baja de un tejado con un salto ágil, aterrizando justo detrás del psíquico. Su silueta apenas es visible bajo la luz de luna. Es Nagumo que lo saluda en voz baja.
“Vaya, parece que la tienes difícil, Shin-kun” dice Nagumo, agachándose junto al rubio.
“Silencio idiota, o nos encontrarán” Lo regaña el menor, sin molestarse en sorprenderse por la presencia del asesino. Ya debería ser costumbre que salga de la nada.
“¿No sería más fácil matarlos en lugar de esconderse?” Sugiere Nagumo, casi preparándose para saltar a la acción.
Shin lo fulmina con la mirada. “No estamos matando a nadie esta noche. ¿Okey?”
“Aburrido” Se queja el alto, pero obedece.
Shin asoma la cabeza desde el contenedor, los ojos bien abiertos en busca de enemigos. Los hombres continuaron su camino, por lo que el rubio aprovechó y salió de su escondite. Tomara esa oportunidad para llegar a la zona más concurrida y mimetizarse con los transeúntes.
Por alguna razón, Nagumo lo siguió de cerca, probablemente porque no tenía otra cosa que hacer. Lo que no esperaba es que precisamente la zona en la que salieron, estaba llena de bares nocturnos, moteles y puntos de prostitucion.
Las parejas salen de los hoteles como si nada, mientras que las mujeres con escotes pronunciados ofrecían sus servicios a los más despistados. Además de la música energética y ruidosa de los clubes lo ensordecía.
Shin sintió sus mejillas calentarse, no estaba acostumbrado a ese tipo de lugares donde el sexo y la depravación se respiraba en el aire.
“Qué lindo eres, Shin. Se nota que aún eres joven e inexperto” Nagumo no desaprovecha la oportunidad de incomodar al psíquico. Se preguntaba qué tan lejos llegaría antes de que lo golpearan.
O si Shin se puede poner más rojo.
“Que tú seas un sin vergüenza no es mi problema” Reclama el que rubio. “Mejor vete si vas a seguir molestando”
“Eres tan malo, después de que te estoy ayudando, ¿Así me tratas?”
Shin sintió un tic nervioso en su ojo por el estrés, tratar con Nagumo puede ser más estresante que tratar con una base de sicarios armados.
Antes de que Shin pudiera decir más, percibió los pensamientos de los enemigos de antes. En pocos momentos los encontraron e iniciarán un tiroteo sin importarles herir a los civiles. Debe actuar rápido.
“Sígueme la corriente” Dice Shin.
Aprovechando la altura del asesino, Shin se pegó a la pared con Nagumo colocando sus brazos en su cintura para esconder al más bajo con su cuerpo. Shin decidió aprovechar la zona en la que estaban; sus manos se deslizaron suavemente hasta rodear su cuello, acercándose a su espacio, acortando la distancia. Sus ojos se encontraron por un breve instante, y Nagumo noto la vacilación en los ojos azules.
En el momento en que los sicarios se acercaron, Shin besó a Nagumo en la comisura de los labios. Sabía que desde un punto de vista externo, se verían como una pareja besándose en el calor del momento.
“Consigan una habitación, idiotas” Exclamó uno de los hombres, alejándose de la incómoda escena.
Shin se separó al instante en que estuvieron a salvo. Siente el calor extenderse por su pecho y cuello, estaba demasiado avergonzado como para mirar a Nagumo a los ojos. Pero era difícil escapar con el agarre de hierro de los dedos de Nagumo en su silueta. Estaba seguro que dejaría marcas.
“Ya se fueron” Avisó el rubio en voz baja. Shin intentó apartarse, pero el agarre de Nagumo no cedió. Su respiración se volvió más errática al sentir el roce de los dedos en su cintura, clavados como garras.
“Lo sé…” respondió Nagumo, casi en un susurro.
Nagumo inclinó el rostro, observando con detenimiento el rubor extendiéndose por las mejillas del más bajo. No era habitual verlo tambalear, y esa vulnerabilidad despertaba en él una extraña mezcla de diversión y desconcierto.
“Eres un pésimo actor, Shin,” murmuró con una media sonrisa, acercándose lo suficiente como para que el murmullo rozara su oído.
El corazón de Shin dio un vuelco. Alzó la vista por reflejo, atrapado en los ojos oscuros que brillaban con una diversión peligrosa.
“Cállate,” replicó con voz entrecortada, empujando con firmeza su pecho para librarse del agarre. Pero Nagumo se mantuvo inmóvil, un ancla inquebrantable.
El silencio que siguió se cargó de electricidad. Solo el eco distante y bullicioso del barrio les recordaba que todavía no estaban a salvo del todo.
Por fortuna, el celular del asesino sonó, y solo así lo dejó libre. Shin sentía su corazón martillar en su pecho, agradece estar pegado a la pared porque en esos momentos no podía confiar en poder mantenerse en pie solo.
“Debo irme, el deber llama” Dijo con fastidio que apenas disfrazaba. Ni siquiera tenía ganas de responder esa llamada, pero necesitaba distancia. Demasiada. “Nos vemos después”
Muchas emociones cruzaban la mente de Nagumo mientras observaba la silueta de Shin desvanecerse a la distancia. La adrenalina del acercamiento aún le ardía bajo la piel, pero lo que más le incomodaba era esa punzada extraña en el pecho, ese vacío inesperado que lo dejaba inquieto.
No era rabia, no era simple frustración. Era decepción.
Decepción por haberlo soltado tan rápido. Decepción porque, aunque su instinto le pedía arrastrarlo más hondo, lo había dejado escapar con apenas unas palabras. Y lo más desconcertante: decepción por la separación misma, como si Shin fuera algo más que alguien de quien burlarse.
“ ¿Por qué? ”, pensó, con los dientes apretados. No tenía sentido. Él no debía sentir eso. Era un cazador, un asesino, un hombre que había aprendido a no atarse a nada ni a nadie.
Pero ahí estaba, lamentando que Shin ya no estuviera entre sus manos.
Quizá porque Shin no lo miraba como los demás. No con miedo absoluto, sino con esa mezcla de añoranza y desafío.
Era distinto. Y Nagumo, aunque no quería admitirlo, se estaba volviendo adicto a esa diferencia.
Lo sabía: la decepción no venía de la despedida, sino de la inevitable espera hasta volver a verlo.
Lo desconcertante fue:
¿Por qué lamentaba separarse de Shin?
+1
La luz del mediodía se filtraba entre los ventanales de la tienda Sakamoto, Shin aprovechó la ausencia del mismo para conversar con Lu y Heisuke en voz baja. No porque no confiara en él, sino porque le daba vergüenza hablar de su vida amorosa con la persona que más admira.
“Siento que avance un poco” Dijo con cierta ilusión. “Anoche casi lo beso en los labios” Recordar la escena hizo que sus mejillas se sonrojaran, y por más que quisiera a sus amigos, no les mostraría las marcas de los dedos de Nagumo en su cintura.
“¡Shin, eso no es un paso, es un salto!” Lo regaña la pelirroja. “Se supone que deberías conquistarlo poco a poco”
“A mí me parece bien” Dice Haisuke pensativo. “Lo mejor es que la bala sea directa”
“Un disparo directo en el pecho es mejor para acabarlo” Interrumpe Sakamoto, entrando al círculo de la conversación. El peli blanco se sentó en su habitual silla, justo a lado del rubio.
“Sakamoto-san. Eso va contra las reglas familiares” Expresa el rubio resignado a que su mentor escuche sus problemas amorosos.
“Es metafórico” Aclara, pero no convenció a nadie.
“De todas formas, ¿Qué fue lo que le viste a ese tipo?” Cuestiona Lu, cruzándose de brazos. “Es molesto la mayoría del tiempo y se burla de nosotros”
“Además de ser un asesino” Agrega Sakamoto.
“Es cierto que es un asesino, es un manipulador y nunca revela sus verdaderas intenciones.”
Shin lo sabía mejor que nadie. Lo había visto actuar, lo había visto mentir con una sonrisa en los labios, lo había visto matar sin un parpadear.
Y aun así…
Cerró los ojos y sonrió.
Lo que lo había atrapado desde el principio no era la violencia, sino esa energía impredecible que lo envolvía todo. La forma en que Nagumo convertía cualquier situación, por más mortal que fuese, en un juego. Esa risa que siempre parecía esconder un secreto.
Era imposible no sentirse atraído hacía alguien así, aunque supiera que estaba caminando directo al abismo.
“Me enamoré porque nunca sé qué esperar de él”, Dijo Shin, con un suspiro resignado. “Al principio me intrigaba no poder leer su mente, y ahora es casi un consuelo. Me recuerda que también soy humano”
“Eso fue muy cursi” Comentó Lu, aunque sonreía enternecida. La fase enamorada de Shin es una nueva faceta que nunca esperó ver en su amigo. “Deberías apresurarte y decírselo” Le animó la pelirroja.
“Aunque ya lo hizo” Sakamoto dijo, señalando a Heisuke que tenía demasiado tiempo callado para ser el mismo.
Shin siente palidecer, un escalofrío recorre su cuerpo y la necesidad de huir se instala en su mente como un instinto de supervivencia. Ahora que lo pensaba, Pisuke no estaba con él.
En segundos, la silueta del francotirador se transforma y da la bienvenida a la forma real de Nagumo con una sonrisa y mirada ilegible.
Antes de que Shin pudiera dar un paso, Nagumo se manifestó frente a él. “Me llevaré a tu empleado por un momento, Sakamoto-kun” Es lo que avisa, antes de sujetar al menor y ponerlo sobre su hombro como si de un saco de papas se tratara.
“Regresalo en una pieza o te mato” Amenaza el ex asesino.
Shin lo fulmina con la mirada, viéndolo como la mayor traición en su vida mientras se alejaban de la tienda . Sakamoto sabía que era Nagumo y aún así no dijo nada.
Al principio intentó zafarse del agarre, pero terminó desistiendo. Aunque consiguiera librarse, Nagumo lo volvería a cazar y sería mil veces peor. Por desgracia ya lo había visto antes perseguir a sus enemigos con la gracia de un gato jugando con un ratón.
El psíquico aceptó su destino, y escuchó tararear todo el camino a Nagumo alguna ridícula canción que se inventó. Quizá repasaba en su mente la forma en que lo iba a torturar por si quería atreverse a engañarlo.
Después de lo que parecieron horas, Nagumo terminó su caminata; no esperaba terminar en una playa cercana.
El sol comenzaba a descender lentamente, tiñendo el horizonte de tonos dorados y anaranjados que se reflejaban en la superficie tranquila del mar. Las olas rompían con suavidad sobre la orilla, dejando un murmullo constante que parecía marcar el pulso del atardecer.
La brisa marina acariciaba la piel con un frescor ligero, trayendo consigo el aroma salado y el eco lejano de las gaviotas que regresaban a su refugio.
Nagumo finalmente lo bajó, no sin antes quitarle el calzado en un rápido movimiento. La arena, aún tibia por el calor del día, se deslizaba entre los dedos de los pies como un recuerdo efímero del verano.
Shin lo miró con confusión, y Nagumo pareció entenderlo, ya que respondió. “Supuse que te sentirías cómodo en el mar, la vista es buena” El moreno se dejó caer en la arena, sin importarle ensuciar su ropa. “Siéntate conmigo, Shin”
Y así hizo el rubio, pues no encontraba motivos para negarse. Nagumo en verdad tenía razón, la vista era sorprendente. “Es hermoso” Dijo, girándose para observar al asesino.
Descubrió que Nagumo ya lo estaba mirando, sonriendo con sinceridad. “Lo es”
Su corazón comenzó a latir como loco. Shin apartó la mirada con torpeza, sintiendo cómo el rubor subía a sus mejillas sin poder controlarlo. "¿Por qué me miras así?”, preguntó Shin al fin, sin atreverse a sostener la intensidad de aquellos ojos.
Nagumo no respondió de inmediato. Se limitó a hundir una mano en la arena, dejando que los granos se escaparan lentamente entre sus dedos. “¿Por qué crees?”
Shin tenía muchas posibles respuestas, podría tratarse de una broma cruel, pero a su lado egoísta le gusta pensar que no es así, que es todo lo contrario. Conociendo a Nagumo, si estuviera disgustado, se lo diría en la cara. Es por eso que no es capaz de mirarlo a los ojos, porque sentía que moriría de vergüenza.
“No pensé que fueras tan maquiavélico, mira que crear todo un plan para disparar a matar. En verdad me sorprendiste”
Y era verdad, tardíamente se dio cuenta que cuando lo miro, no pudo apartar su mirada.
Notó su cabello despeinado después de correr, la suavidad de su mano, el sutil aroma floral que siempre lo acompaña, lo cálido que se sintió su tacto. La forma en que sus cejas se fruncían cuando se concentraba. Su voz, que aunque se quejara, siempre tenía algo de preocupación detrás. Y su forma de pelear… torpe a veces, pero con agallas. Con determinación.
Justo cuando pensó que después de todo lo que ha hecho no podía tener un corazón, Shin le demostró todo lo contrario.
Latido. Nagumo sintió un latido tras otro martillar en su pecho.
No sabía en qué momento se le había salido de control todo. No era solo atracción, ni un capricho pasajero. Era esa incomodidad en el pecho cada vez que Shin lo ignoraba, esa necesidad de asegurarse de que estuviera bien, de que no se metiera en problemas. De que viviera.
Extrañandolo cuando no estaba cerca, añorando la próxima vez que se volvieran a ver.
“Pero funciono, ¿No?” Lo encaró el rubio, sonriendo sin más. Sus mejillas estaban sonrojadas como el rojo del atardecer, y sus ojos tan claros como el mar.
Fue injusto desde el principio, aunque hubiera tenido ventaja, Nagumo estaba destinado a perder.
“Si. Lo hizo” Nagumo lo tomó del brazo y lo atrajo hacia él. “Voy a besarte, Shin.” No fue una pregunta, más bien fue una advertencia de que si no lo alejaba en ese momento, no lo dejaría ir.
Y a Shin no podía importarle menos entregarse al abismo de la oscura mirada del asesino, estaba seguro de que si estaban juntos, nada podría salir mal.
Los labios de Nagumo rozaron los de Shin con una delicadeza que no coincidía en absoluto con la fama que cargaba a cuestas. Era un roce breve, apenas una chispa, pero suficiente para encender un fuego que ninguno de los dos se atrevía a apagar. El sabor de Shin era más dulce que cualquier golosina que haya probado antes, y la sensación mil veces más adictiva y emocionante que una batalla.
Era probable que jamás pudiera volver a vivir sin ellos.
...
Shin en verdad debió escuchar las palabras de advertencia que le dio el señor Sakamoto cuando le confesó sus sentimientos por Nagumo.
Sakamoto le había puesto una mano en el hombro y lo miró con una mezcla de preocupación y angustia. El canoso comparo su sentir como un padre que ve a su hija salir con un desgraciado.
Decidió respetar la decisión de Shin, y en caso de que saliera mal, seguro que su esposa entendería el porqué rompió la regla familiar.
Taro le dijo:
Nagumo puede ser terrible cuando se trata de sus emociones, en el peor de los casos, será una sanguijuela.
En el momento no entendió a qué se refería, pero ahora lo ve claro como el agua, pues Nagumo es demasiado cariñoso, rozando a lo pegajoso. Su forma de amar es intensa, absorbente, casi desbordante, como si necesitara estar siempre cerca de la persona que quiere.
Se aferra como si fuera la única tierra firme en un océano sin fondo. Como si fuera el sol que le calienta y la hoguera donde se quema.
En el primer momento que sus ojos se encontraban, las manos del asesino ya estaban sobre su cuerpo, ya sea con abrazos asfixiantes, besos hambrientos que no cesan, que muerde suave, y se aferra hasta dejar huella.
En el momento en que aceptó ir al departamento de Nagumo, fue como entrar a la boca del lobo. Perdió la cuenta de cuánto tiempo llevaban besándose, su boca le empezaba a arder. Sus piernas se sentían acalambradas por mantenerse en la misma posición en el regazo del moreno y su cuerpo se sentía caliente por cada roce de sus manos.
Shin sintió un apretón en su trasero, por lo que rompió el beso y miró molesto a su ahora novio. “¡Oye!”
Nagumo sonrió con descaro, sin mostrar la menor culpa por la protesta de Shin. “¿Qué?” Dijo con voz ronca, sus ojos brillando con picardía. “¿Acaso no me dejas disfrutar un poco?”
Shin bufó, con las mejillas encendidas, y trató de bajarse de su regazo, pero las manos fuertes de Nagumo lo retuvieron sin esfuerzo. “¡Suéltame!” Reclamó, aunque su tono sonaba más nervioso que serio.
El moreno acercó su rostro de nuevo, apenas rozando los labios de Shin sin llegar a besarlo. “¿Estás seguro, Shin?”
El corazón de Shin se aceleró, no sabía si de molestia o de la forma en que esa voz grave vibraba tan cerca de su piel. Apartó la mirada, intentando recuperar el control de la situación, pero sus manos, temblorosas, seguían aferradas a la camisa de su novio.
Shin tragó saliva, intentando mantener la compostura, pero el calor en su cuerpo ya lo traicionaba. “Si, es en serio” Murmuró, aunque su voz carecía de firmeza.
Nagumo soltó una leve risa, grave y peligrosa, mientras deslizaba una mano por la cintura de Shin. “Tu cuerpo te contradice, Shin.” Susurró contra su oído, mordiéndole suavemente el lóbulo.
Un estremecimiento recorrió al rubio, quien cerró los ojos con fuerza para no soltar un gemido. Sus manos, que antes empujaban, ahora dudaban, y terminaron aferrándose con más fuerza a la camisa de su novio.
Nagumo lo notó y sonrió con satisfacción. Aprovechando el momento, lo volvió a besar, esta vez con mayor intensidad, devorando sus labios como si quisiera marcarlo, como si fuera suyo por completo. La lengua del moreno invadió su boca con hambre, arrancándole un jadeo ahogado.
Shin intentó apartarse otra vez, pero su cuerpo ya estaba entregándose; cada roce, cada caricia, lo encendía más. Nagumo bajó las manos lentamente, explorando, reclamando cada rincón con una seguridad que lo desarmaba.
“Eres mío.” Murmuró entre beso y beso, con una voz que lo hizo temblar aún más.
El aire entre ambos se volvió espeso, cargado de deseo. Nagumo no le dio respiro: cada vez que Shin intentaba apartarse, sus labios lo atraparon de nuevo, profundizando el beso hasta dejarlo sin aliento.
Las manos del moreno recorrían su espalda con firmeza, deteniéndose en la curva de su cintura para atraerlo más a su cuerpo. Shin podía sentir claramente el calor creciente entre ambos, y eso lo hacía estremecerse de vergüenza y excitación al mismo tiempo.
“Eres tan lindo cuando tratas de resistirte” Dijo Nagumo contra sus labios, su respiración cálida acariciando la piel húmeda de Shin.
Shin, con las mejillas encendidas, trató de reclamar algo, pero el gemido que se escapó de su garganta lo delató. Nagumo sonrió, victorioso, y aprovechó para deslizar sus besos hacia su cuello. Allí lo mordió suavemente, succionando lo suficiente para dejar una marca, un recordatorio visible de a quién pertenecía.
“¡Idiota, no dejes marcas!” Reclamo el rubio. “¡Mañana tengo que trabajar y todos los notaran!”
El moreno lo rodeó con sus brazos, sujetándolo con posesividad mientras lo inclinaba suavemente sobre el sofá. “Todos deben saber que me perteneces” Dijo el asesino, ascendiendo lentamente desde su ombligo, dejando marcas por la extensión de piel.
Shin sintió que en cualquier momento iba a colapsar. Cerró los ojos con fuerza, abrumado por todas las sensaciones.
“Espera…”
Los besos de Nagumo se fueron suavizando poco a poco, hasta detenerse en el hueco del cuello de Shin. Allí permaneció unos segundos, respirando hondo, como si también necesitara calmarse.
Shin, con el pecho agitado, abrió los ojos despacio. Lo esperaba todo menos esa pausa. Cuando levantó la vista, se encontró con la mirada oscura de Nagumo, intensa pero también cargada de algo más profundo: una dulzura que rara vez dejaba ver.
“Lo siento, no quiero asustarte” Confesó el moreno en un murmullo, apartándose apenas lo suficiente para acariciarle la mejilla con el dorso de la mano. “No sabes cuánto te deseo, Shin… pero más que eso, no quiero que huyas de mí.”
El psíquico se quedó inmóvil, sorprendido por esas palabras. El calor que lo envolvía no desapareció, pero se mezcló con otra sensación: un extraño nudo en el pecho, mezcla de ternura y vulnerabilidad.
Sus labios temblaron antes de poder responder:
“Yo… tampoco quiero huir.”
Nagumo lo miró en silencio, y luego lo estrechó contra su pecho, esta vez sin urgencia, solo con la necesidad de sentirlo cerca. La respiración de ambos se acompasa poco a poco, y Shin hundió el rostro en el hombro de su novio, escuchando los latidos acelerados que parecían latir al mismo compás que los suyos.
“¿Qué te parece si nos preparó la cena?” Ofreció el mayor, separándose lentamente de su novio.
“Eso me encantaría” Comentó con una sonrisa.
Asakura observó desde su lugar en el comedor como se movía ágilmente el hombre en la cocina, concentrado en la preparación misma y sonriendo complacido por cómo iba quedando.
En cuanto Nagumo sus ojos coincidieron, su sonrisa se enganchó y lo miró radiante. Casi podía ver su cola meneándose.
Nagumo también podría ser un enorme cachorro mimado.
