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˚ ˛˚˛˚| 田田|門| ˚ ˚
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El atardecer pintaba todo un espectáculo, las nubes parecían más esponjosas que de costumbre con sus tonos rosados y anaranjados tan cálidos como si fuera el betún de un pastel delicioso.
¿Estás seguro de que quieres acompañarme?
Ciertamente no sabía cómo responder a esa pregunta mientras terminaba de ajustar las agujetas de sus tenis deportivos de bonito color verde, un regalo de su adorable novio en su cumpleaños. —No puedo dejar que te diviertas tu solo —. Toma con delicadeza esa mano que se extiende para ayudarle a ponerse de pie.
—Puedes quedarte a leer un poco.
—No, además creo que me hará bien a mi salud, el estrés me está consumiendo y creo que acompañarte a caminar puede despejar mi mente.
Realmente ese hobbie de su amado no era tan de su agrado y siempre rechazaba acompañarlo a sus caminatas por la mañana por la manzana aunque ahora no era el caso. Odiaba se levantó temprano aunque sus colegas lo veían como alguien sumamente responsable.
Sin su excepcional novio, se hubiera quedado dormido su primer día de trabajo.
—De igual manera si te cansas sabes que cuentas conmigo —.En un toque de arrogancia le mostró sus bíceps tan bien formados.
Esta vez esperaba fuera algo diferente, las mantas de la cama no cubren su cuerpo, no hace frío y el sol está despidiéndose del día. Su caminata puede ser perfecta. —No quiero llevar nada sobre mi espalda, así que lleva mi botella de agua, mi vida.
Para el moreno escuchar ese pequeño apodo era estar en la gloria, solo que el español no siempre lo utiliza para referirse a él cuando está frente a las demás personas.
—Bien, hora de irnos.
No sabe si debe estar convencido, la última vez que lo acompañó a montar a caballo, casi termina en el suelo. Por fortuna, Aioros sabe como controlar a los equinos y se pasó de un caballo a otro para controlar a aquel bonito andaluz que sentía su miedo reaccionando de tal manera.
Salen de la pequeña cabaña que su cuñado les prestó para que pasaran sus vacaciones lejos del bullicio de la ciudad y así pudiera controlar un poco ese estrés que detonaba su pésimo carácter en la oficina.
—Me alegra que hayas podido acompañarme. —. Lo dice con esa maldita sonrisa que le quema el corazón. —Siempre había querido esto, tomarte de la mano mientras la naturaleza nos rodea —. Gran e impresionante galán que es al tomar su mano y depositar un beso sobre el dorso de su mano, ¿Cómo no puede estar enamorado de un hombre así?
Todos sus días juntos parecen una eterna luna de miel.
—A veces siento que en mi otra vida debo hacer algo muy bueno, para poder merecer un amor tan natural e intenso como el tuyo —. Sabía que esto era contraproductor, por esta razón no lo acompañaba. Aioros tiende a distraerse y caminar más lento para estar a su par.
—Quizás salvaste a la humanidad y Athena te ha premiado conmigo.
Nuevamente los dioses griegos llegan a los labios de su amado, el griego ama su cultura, está orgulloso de su país natal y se lo presume cada vez que puede, sobre todo su fascinante mitología, adora escucharlo hablar por horas de los dioses griegos como un señor de la tercera edad contando sus anécdotas de joven una y otra vez.
—Athenea, ¿qué puede hacer para unir corazones?
—Premía a sus guerreros, te lo he dicho.
—Confiemos más en Afrodita y en su hijo en pañales.
Sus palabras le sacan una gran risa al castaño. —Shura, te lo he dicho. Eso es mercadotecnia, Eros no tiene esa figura.
—Cupido la tiene.
—Es la contraparte romana.
—No vamos a iniciar una discusión por eso, ¿Verdad?
—Obvio no, no si puedo usar a ambos para justificar mi amor por ti.
El aire de los árboles cobija sus mejillas, pero ni eso hace que el calor se vaya de ellas, en parte por la caminata y la otra causa por las dulces palabras de su amado.
Continúan caminando, Shura observa la naturaleza y cuando ve algo de su agrado suelta la mano de Aioros para tomar alguna foto.
—Ten cuidado, hay hierbas que pueden ser irritantes para la piel.
—Lo sé, Aioros. Cuando estaba en España vivía en una comunidad rural, sé que debo ser cuidadoso.
Pequeñas flores silvestres se llevan toda su atención al igual que el canto de los pajaritos, parece demasiado entusiasmado y comprende porque a Aioros suele gustarle tanto ese paisaje natural que desde que llegaron la semana pasada a estado explorando.
—Cuando era niño junto con mis padres solíamos acampar en la punta de la montaña. Hace tanto de eso.
—Si un día quieres que lo hagamos podemos organizarnos mejor.
—Las estrellas son hermosas por la madrugada, estoy seguro de que te encantará.
Sus manos otra vez se entrelazan, ambos adoran ese pequeño toque íntimo de sus manos unidas, tan único y especial con el que pueden decirse muchas cosas.
Shura aún recuerda su desastroso primer encuentro, él simplemente iba caminando hacia la entrada de su universidad mientras un hombre con prisa derramó su café extremadamente caliente sobre su uniforme impecable. Recuerda cuanto le gritó y cada palabra que salió de sus labios como rabia.
Por azares del destino era su primer encuentro que los llevó a muchos más, la segunda vez como disculpa y de eso congeniaron bastante bien cómo para que después de un tiempo de frecuentarse tomarán la decisión de iniciar una relación formal, vivir juntos y después vino la postulación de Shura para la empresa de la familia de Aioros y Aioria.
Todo bastante bien, su vida había tomado un rumbo bastante ingenioso que le había brindado paz y felicidad. Los padres de Aioros eran un encanto y lo habían recibido con los brazos abiertos, si sus padres vivieran igual hubieran aceptado a Aioros al ver el maravilloso hombre que es.
Ambos se sentaron a la orilla del camino sobre una piedra, Shura respiraba de manera agitada, le costaba tanto y es que no era su fuerte tomar largas caminatas, iba al gimnasio solo tres veces por semana y no podía comparar ambas actividades físicas.
—Debiste decirme hace tiempo que ya estabas cansado.
—No te preocupes, estoy bien. Solo voy a tomar un poco de agua y descansar un poco.
Así fue, se hidrato y cuando estuvo dispuesto a seguir caminando, Aioros le limpió el sudor con una toalla que llevaba en su mochila.
—Tomemos una foto aquí y regresamos a casa, cuando estés más acostumbrados a caminar podemos regresar y hacer senderismo juntos.
Un besito en sus labios fue la caricia suficiente para que la terquedad de Shura dejara de manifestarse, porque en el fondo era demasiado orgulloso que no importaba si las piernas comenzaban a punzarle por caminar, él acompañaría a Aioros al fin del mundo si fuera necesario.
—Te amo, Aioros.
—¿Puedes gritarlo?
—Estás loco, no quiero que algún animal se sobresalte y nos persiga por hacer eso...
—Me basta escucharlo de tus labios una vez más.
Fue un toque de necesidad en medio de la naturaleza, Aioros se acercó lo suficiente a su cara que pensó en que lo besaría, pero solo fue únicamente para poder escuchar bien las palabras que saldrían de su boca. —Te amo.
—Yo también lo hago —. Susurro y capturó sus labios en un beso más intenso a diferencia del anterior.
Tomaron esa foto prometida que después inundaria sus redes sociales de ambos con alguna frase cursi o unos emojis que demostrarán afecto y cariño.
Posteriormente a ello decidió bajar, apareciendo los tintes nocturnos que comenzaba a tener el hermoso atardecer, hasta que una piedra en el camino fue suficiente para que terminará en el suelo con una rodilla raspada y la preocupación evidente de Aioros.
—Cada vez que te acompaño a hacer algo de lo que te gusta mi integridad física termina pagando las consecuencias .— Lo dijo con una sonrisa, había sido su culpa, debía ver dónde por caminaba.
—Tal vez tuviste mala suerte.
—Oh, dejemos ese tema por la paz porque siento que tú eres mi mala suerte, desde que nos conocimos me pasa algo.
Aioros se inclina un poco para que pueda subir a su espalda y eso es lo que adora de su novio, lo trata como un príncipe, de manera delicada y cálida.
—No vamos a caer juntos, ¿verdad?
—Espero que no, tu mala suerte no puede afectarme a mí.
—¡Aioros!
—Mañana haré lo que tú me pides así sea jugar ajedrez para compensarte.
—Suena interesante.
Cuando la noche por fin cayó y la luna salió, Aioros cura con gran suavidad y amor el raspón que el pelinegro se hizo en la rodilla, pone una curita con el dibujo de pequeñas cabras y besa de manera indirecta la herida, haciendo un compromiso consigo mismo de no poner en peligro a su hermoso novio.
—No es para tanto, no es como si fuera a morir.
—Todo lo que te pase para mí si es gravísimo, así sea un fantasma chocando contigo, mi amor.
—Eres irremediablemente mi mayor suerte en esta vida.
—Antes dijiste que era tu mala suerte, decídete un poco y luego me lo dices.
—Es que de algún modo debo culpar a alguien, no puedo aceptar que yo soy el de la mala suerte —. Sonríe tan maravillosa que Aioros siente que debe devorarlo a besos.
—Sabes... Hay algo que hacemos juntos que nos sale perfectamente bien y disfrutas de una manera increíble.
Sus intenciones son claras, sus fuertes y grandes manos acarician las piernas desnudas con grandes intenciones de escalar más lejos.
—La última vez la cama se quebró Aioros y eso si fue tu culpa, así que no exentes eso de mi amplia lista de desgracias.
—¿Me detengo?
No, no quería que se detuviera, al contrario su cuerpo había reaccionado demasiado bien a las travesuras de su amado. —Tomemos una ducha juntos, luego de eso haz conmigo lo que quieras.
Con esa condición le quitó los zapatos y lo llevó hasta el cuarto de ducha cargando, se tomaría el suficiente tiempo de alabar ese cuerpo español.
