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La lluvia fría de principios de otoño no paraba de caer. Para Sakura, ese sonido monótono contra la chapa del techo era la banda sonora de su vida. Se encontraba encogido en el rincón más oscuro del cobertizo, una estructura pequeña, sucia y olvidada al fondo del jardín de la casa de su tío. No era un hogar; era el lugar donde lo escondían. El viento silbaba a través de las rendijas de las paredes de madera podrida, colándose con una humedad gélida que se le metía en los huesos. Él rodeaba sus piernas flacas con los brazos, intentando conservar un poco de calor con su vieja sudadera raída, pero era inútil. El frío dentro de él era mucho más profundo.
A sus pies, tirada como un trapo, yacía su mochila escolar. La tela estaba rasgada en un costado, manchada de lodo y algo que olía agrio y dulzón a la vez, como leche podrida. No necesitaba abrirla para saber lo que había dentro: los restos de su almuerzo, pisoteados y mezclados con el contenido de un bote de basura que unos niños mayores le habían vaciado encima en el camino a casa. Podía olerlo, ese aroma a desecho se le había impregnado en la ropa y el cabello. También podía sentir el dolor punzante en sus costillas, donde lo habían empujado contra los casilleros con fuerza durante el recreo. Un moretón nuevo, de un violáceo intenso, se estaba formando en su pómulo, un dolor sordo y familiar bajo el ojo. Su labio partido latía con cada latido de su corazón, y al pasar la lengua podía sentir el pequeño corte y el sabor metálico de la sangre que ya se había coagulado.
Las palabras de los demás aún resonaban en su cabeza, un eco que no se apagaba ni en silencio. "Monstruo". "Asqueroso". "¿Por qué no te largas de aquí?". Eran frases que escuchaba todos los días, tan comunes como el sonido de la campana de la escuela. Le habían escrito "Fenómeno" en su pupitre con un marcador indeleble esa misma tarde, y la profesora, con una mirada de fastidio, le había dicho que se encargara de limpiarlo él mismo. Se frotó los ojos con fuerza, con los nudillos sucios y llenos de pequeños cortes y arañazos secos, secando cualquier rastro de humedad que pudiera haber asomado. Llorar era lo peor que podía hacer. Si lo veían, solo empeoraría todo. El llanto era un lujo que no podía permitirse; cada lágrima siempre había sido usada en su contra como prueba de su debilidad.
Su único "refugio" era este cobertizo infestado de humedad. Olía a tierra mojada, a madera vieja y a moho. En invierno, el aire se hacía tan frío que podía ver su propio aliento, y en verano, el calor se volvía sofocante y pesado. Su tío se lo había asignado a regañadientes después de que Sakura, defendiéndose una vez más de unos bravucones, había provocado una pelea frente a los vecinos. "Quédate aquí. No salgas. No causes más problemas. No arruines nuestra imagen con tu aspecto", le había escupido con desprecio, agarrándolo del brazo con tanta fuerza que luego le dejó un moretón en forma de dedos. Sakura obedecía. Se hacía pequeño, conteniendo la respiración cada vez que escuchaba pasos cerca del jardín, intentando volverse invisible, parte de las sombras y el polvo. Su cama era un montón de mantas viejas y delgadas extendidas sobre el suelo de tierra, que nunca lograban impedir que el frío del suelo se trepara por su espalda.
Su cabello, ese color que todos miraban con tanto odio y que le había valido los primeros golpes que recordaba, estaba oculto bajo una gorra vieja, descolorida y con el borde deshilachado. La visera baja le tapaba la mayor parte de la frente y las cejas. Su ojo ámbar, el que más parecía molestar a los demás, a veces lo cubría con un parche viejo que le provocaba comezón, no solo para esconder el color, sino para evitar mirar a la gente, para que no vieran el miedo que a veces se asomaba y que él se negaba a reconocer. Se sentía como un error, un secreto sucio que todos querían mantener oculto y del que se avergonzaban.
La rutina era siempre la misma: una huida rápida y silenciosa de la escuela, esquivando miradas, empujones y las piedras que a veces le lanzaban, para correr y encerrarse en esta prisión de madera podrida. El suelo de tierra estaba frío y húmedo bajo él, pero era un malestar menor comparado con el vacío constante que sentía en el pecho, una sensación pesada de saber que no importaba a dónde fuera, nunca sería bienvenido. No esperaba nada. No soñaba con nada. Solo se dedicaba a aguantar. A pasar un día más, y luego otro, en una sucesión interminable de golpes, insultos y una soledad que era su única compañía constante. Miró a través de una grieta en la pared, viendo cómo las gotas de agua resbalaban lentamente, arrastrando consigo pequeñas partículas de tierra. Por un instante, se preguntó si alguna vez algo o alguien limpiaría toda la suciedad y el dolor que lo cubrían, o si siempre estaría así, solo y manchado. Suspiró, un sonido cansado que se perdió en el repiqueteo de la lluvia, apoyó la frente en sus rodillas y cerró los ojos, dejándose llevar por el sonido, sin creer realmente que el día siguiente pudiera ser diferente, pero con la tenue y obstinada determinación de un niño que, a pesar de todo, aún seguía respirando...
Los días seguían igual, una rueda sin fin de golpes, insultos y una soledad que le pesaba en el pecho como una losa. Sakura ya casi no esperaba nada diferente. Su vida era esconderse, aguantar y tratar de pasar desapercibido. Pero en medio de esa rutina gris, algo pequeño empezó a cambiar. Un sonido. Un raspado suave, casi ahogado por el viento, que se repetía algunas tardes junto a la pared de madera podrida de su cobertizo. Al principio, Sakura se quedaba quieto, conteniendo la respiración, pensando que eran ratas o que solo era su cabeza jugándole malas pasadas. Pero el sonido no se iba. Era tenaz.
Movido por una curiosidad que le nació desde un lugar que creía muerto, se arrastró con cuidado hacia una de las grietas más grandes de la pared. Se movía como un animalito asustado, listo para huir al primer signo de peligro. Se asomó con un solo ojo, manteniendo el resto de su cuerpo en la sombra.
Allí afuera, en el suelo de tierra húmeda, estaba la fuente del ruido. Un gato. No era un animal grande ni impresionante. Era más bien pequeño, de pelo blanco y negro como si se hubiera revolcado en carbón, y con unos ojos verdes enormes que lo miraban fijamente. Estaba rascando la tierra, completamente concentrado en su tarea. Sakura se paralizó. Todo en él le gritaba que se escondiera. Que todo ser vivo, fuera humano o animal, solo traía dolor. Se preparó para ver al gato salir corriendo o, peor, para que se lanzara contra él con garras y dientes.
Pero el gato no hizo nada de eso. Dejó de rascar, levantó la cabeza y lo miró. Directamente a los ojos. No había miedo en esa mirada. Tampoco había agresividad. Solo una curiosidad tranquila, como si estuviera preguntándose qué hacía ese niño triste escondido en la oscuridad. Por primera vez, Sakura no se sintió juzgado. Solo visto. Su corazón comenzó a latir muy fuerte en su pecho, una mezcla de miedo y de una emoción nueva y frágil que no sabía nombrar.
Con una torpeza que le dolía, Sakura se sentó en el suelo frío, frente a la rendija. Mantenía una distancia que él creía segura. El gato, en vez de huir, se limitó a observarlo un momento más. Luego, se estiró con una elegancia innata, arqueando el lomo de una manera que a Sakura le pareció tan graciosa que un sonido le escapó de la boca: algo entre un suspiro y una risa ahogada, áspera por falta de uso. El animal volvió a mirarlo, y luego, para total sorpresa de Sakura, se acercó. No de un salto, sino con pasos lentos y cuidados, olfateando el aire como si estuviera evaluando el olor a tierra y tristeza que Sakura debía despedir.
Se detuvo justo al otro lado de la madera, tan cerca que Sakura podía ver cómo le temblaban los bigotes. Con un valor que no sabía que tenía, y con el brazo temblando, extendió la mano. Sus dedos, delgados, sucios y llenos de moretes y arañazos secos, se asomaron por la grieta. Esperaba el golpe, el dolor agudo de un mordisco, el rechazo que siempre llegaba. El gato se quedó quieto, observando la mano intrusa. Luego, se acercó un poco más y olfateó sus nudillos con su nariz fría y húmeda. Sakura contuvo el aliento.
Entonces, el pequeño animal emitió un sonido. Un ronroneo bajo, grave y vibrante que Sakura sintió más que escuchó. Acto seguido, el gato frotó su cabeza con suavidad contra los dedos extendidos del niño.
Una sensación cálida y eléctrica le recorrió el brazo hasta alojarse en algún lugar profundo de su pecho, en un sitio que había estado vacío y helado durante tanto tiempo que ya creía que era parte de él. Era una caricia. Suave. Sencilla. Sin maldad. No había golpes. No había insultos. Solo el roce aterciopelado de un pequeño ser vivo buscando, tal vez, un poco de calor. Por primera vez en años, Sakura no se sintió repugnante. No se sintió un monstruo. Bajo la mirada tranquila de aquellos ojos verdes, se sintió… aceptado. Una sonrisa tímida, torpe y temblorosa, como si no recordara cómo hacerlo, se dibujó en sus labios partidos. Se quedaron así un largo rato, el niño tras la madera y el gato al otro lado, compartiendo un silencio que valía más que todas las palabras crueles que Sakura había tenido que escuchar. Cuando el felino finalmente se dio la vuelta y se perdió entre la maleza, Sakura se quedó con la mano aún extendida, la piel de sus dedos conservando el fantasma de un calor que, por primera vez, no se apagó con la llegada de la oscuridad...
La vida de Sakura, antes plana y gris, de pronto tuvo un motivo para girar. Las tardes ya no eran solo el preludio de otra noche fría; se convirtieron en la cita que más esperaba. Después de conocer al pequeño gato blanco y negro, al que empezó a llamar "Nube" en su cabeza por una mancha borrosa en el lomo, Sakura descubrió que su soledad ya no era absoluta. Nube volvía con una constancia que le parecía un milagro, casi siempre merodeando el cobertizo a la misma hora, maullando suavemente frente a la rendija como saludando a un amigo. Y Sakura, con un corazón que aprendía a latir sin tanto miedo, siempre estaba ahí, esperando.
Fue Nube quien le presentó a los demás. Sakura aprendió rápido que los gatos no siempre están solos. Formaban una colonia dispersa que vagaba por los callejones y patios traseros del vecindario. Una tarde, mientras compartía un mendrugo de pan duro que había guardado de su escasa comida con Nube, dos pares de ojos brillantes aparecieron entre la hierba alta, mirándolo con desconfianza pero también con hambre. Era una gata joven, delgada y de pelaje gris atigrado, y un macho más grande, anaranjado y con la nariz llena de cicatrices de viejas peleas. Sakura se quedó helado, conteniendo el aliento, seguro de que su presencia los ahuyentaría para siempre.
Pero Nube actuó como un puente. Se levantó, se acercó a los nuevos felinos y se frotó contra ellos, ronroneando con un sonido que parecía decir "está bien". La gata gris, a la que Sakura llamaría después "Niebla", fue la primera en animarse. Se acercó con la cola alta pero la punta nerviosa, olfateando el aire alrededor del niño antes de aceptar el pedazo de pan que él le tendía con una mano que no podía dejar de temblar. El gato naranja, "Zorro", fue más difícil. Se quedó al borde de la maleza durante varios días, solo observando, hasta que la calma de los otros y la promesa de comida vencieron su cautela.
Sin casi darse cuenta, Sakura se encontró en el corazón de un pequeño mundo felino. Su cobertizo, ese lugar de castigo y frío, se transformó lentamente en un refugio compartido. Los gatos entraban y salían con una libertad que a él le envidaba, acurrucándose en los rincones menos húmedos, durmiendo sobre su delgada y gastada manta o simplemente haciéndole compañía en silencio. Aprendió a conocer sus caracteres: la curiosidad juguetona de Nube, la calma observadora de Niebla, la actitud desconfiada pero leal de Zorro.
Y, sin proponérselo, comenzó a aprender de ellos. De manera instintiva al principio, y luego con una admiración consciente, empezó a copiar sus comportamientos, adoptando sus costumbres como una nueva forma de existir.
Encontró un consuelo extraño en los espacios pequeños y oscuros, como hacían ellos. Se sentía mucho más seguro escondido bajo una pila de cajas vacías o en el rincón más escondido del cobertizo que a la vista de todos. Descubrió que le gustaba trepar. Subía con una agilidad que ni él mismo sabía que tenía al techo inestable del cobertizo o a las ramas bajas de un árbol cercano, desde donde podía espiar el mundo sin ser visto, como un gato vigilante desde las alturas. Incluso su cabello, ese rasgo tan odiado por todos, empezó a parecerle menos un castigo cuando notó cómo se erizaba, igual que el pelaje de Zorro cuando se enfadaba o se sentía amenazado, como una corona de espinas hecha de pura alerta.
Aprendió el valor de quedarse quieto y observar, de mirar el mundo durante horas con una paciencia felina, captando detalles que antes le pasaban desapercibidos. Su equilibrio mejoró mucho, y sus movimientos se hicieron más fluidos, más silenciosos, un entrenamiento sin querer que, sin que él lo supiera, estaba construyendo al luchador que sería después. Pero sobre todo, aprendió el lenguaje del cariño sin palabras. Aprendió que a veces, la compañía más grande era la que no necesitaba hablar, la que se demostraba con el simple hecho de estar ahí, con el calor de un cuerpo pequeño recostado junto al suyo en las noches heladas, con el ronroneo grave que se convirtió en la música de su pequeño y frágil mundo. Por primera vez, Haruka Sakura tenía una manada. Y por primera vez, en mucho tiempo, no se sentió completamente solo...
La rutina con los gatos se había convertido en el único consuelo real de Sakura. Las mañanas en la escuela seguían siendo un infierno de empujones, insultos y golpes, pero ahora tenía algo que lo mantenía en pie: la promesa de la tarde, de regresar al cobertizo y sentir el suave roce del pelaje de sus amigos contra su piel. Sin embargo, una tarde de primavera, esa frágil paz se rompió. Nube, que siempre era el primero en recibirlo con un maullido alegre, no estaba en su puesto. Una punzada de miedo, fría y familiar, se clavó en el pecho de Sakura. Dejó caer su mochila, que olía a leche agria y lodo seco, y se arrodilló para buscar con urgencia en los rincones oscuros de su refugio.
Allí, en el rincón más escondido, sobre un amasijo de trapos viejos que hacían de cama, encontró a Nube. Pero no era el gato juguetón de siempre. Respiraba con dificultad, jadeaba, y se movía de forma extraña, inquieto, dando vueltas y lamiéndose con una ansiedad que Sakura reconoció al instante. Eran quejidos bajos, cargados de un dolor que le partió el alma. El corazón le latió con fuerza contra sus costillas, donde aún le dolían los golpes del recreo. ¿Estaba enfermo? ¿Se estaba muriendo? La idea de perderlo, de que su único rayo de luz se apagara, lo aterrorizó más que cualquier patada que hubiera recibido.
Con manos que le temblaban, Sakura intentó acariciarlo, pero Nube se apartó con un bufido raro, no de enojo, sino de confusión y sufrimiento. La desesperación lo inundó. No podía llevarlo a un veterinario; no tenía dinero, y solo de imaginar la mirada de desprecio de un adulto ante su petición, se le cerraba la garganta. Menos aún podía pedirle ayuda a su tío; eso sería una condena segura, más violencia y que alejaran a Nube para siempre. Se sintió completamente impotente, paralizado por la cruda realidad: era un niño solo, sin nadie, sin herramientas para ayudar a quien más quería.
Se sentó en el suelo de tierra, helado, viendo cómo la respiración de Nube se hacía más pesada, sintiendo que cada gemido del animal le taladraba el alma. Las horas pasaron y la luz del día se fue yendo, metiendo el cobertizo en una oscuridad llena de terror. Sakura no se movió. Se quedó ahí, en vela, sus ojos disparejos fijos en su amigo, ofreciendo su simple presencia como el único consuelo que podía dar. Rezó en silencio, con una desesperación que le ardía por dentro, prometiéndole a cualquier fuerza del universo lo que fuera con tal de que Nube viviera.
Fue en medio de esa agonía, con la cabeza nublada por el miedo, que un recuerdo lejano le vino a la mente. Algo que una profesora había mencionado en una clase de ciencias, hace mucho. Habló de los animales, de cómo las hembras... El pensamiento lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. Sakura contuvo el aliento, mirando con nuevos ojos los movimientos de Nube, su vientre contraído. No era una enfermedad. Era algo distinto. La confusión lo embargó, seguida de una oleada de pánico renovado. No sabía qué hacer. No tenía ni idea.
Empujado por un instinto que no sabía que tenía, Sakura se arrastró hasta el lado de Nube. Su voz, ronca y casi desusada, le susurró palabras torpes: "Tranquilo... todo va a salir bien... aquí estoy". Agarró el trapo menos sucio que tenía y un bowl con agua limpia. La noche cayó por completo, y el único sonido en el mundo fue el jadeo de Nube y los susurros temblorosos de Sakura, animándolo, limpiándolo, con una responsabilidad enorme y aterradora sobre sus hombros de niño.
La madrugada estaba pintando el cielo de un azul claro cuando al fin pasó. Con un último esfuerzo agotador, Nube dio a luz a dos pequeños seres, dos criaturas diminutas, ciegas y casi sin pelo que se movían con una fragilidad que le quitó el aliento a Sakura. El silencio que vino después fue total, solo roto por el maullido débil de los recién nacidos. Nube, exhausto pero calmado, empezó a limpiarlos con cuidado, y luego, alzando la vista, miró a Sakura. Fue una mirada larga, honda, llena de algo que traspasó la barrera del lenguaje. En esos ojos verdes, Sakura vio agradecimiento y una confianza absoluta.
Las lágrimas le bajaron por las mejillas sin que tratara de pararlas. No eran de dolor, sino de un alivio tan immense que lo estremeció. Con un movimiento instintivo, se acercó más, y Nube, frotando su cabeza cansada contra su mano, le presentó a sus hijos. Sakura extendió un dedo que le temblaba y uno de los gatitos minúsculos lo olfateó, haciendo un sonido que casi no se escuchó. En ese momento, arrodillado en el suelo de tierra de su cobertizo, bañado por la luz tenue del amanecer y rodeado del calor de su única familia, Sakura hizo una promesa. La voz le salió de un lugar profundo y serio que no conocía.
"Yo los cuidaré", susurró, y sus palabras sonaron a juramento en el silencio de la mañana. "No dejaré que nadie les haga daño. A ninguno de ustedes". Esa promesa era como una semilla plantada en lo más hondo de su corazón, una determinación feroz que empezaba a crecer, alimentada por el primer amor verdadero que había conocido...
Una nueva y dura rutina se apoderó de la vida de Sakura, una que giraba alrededor de un propósito tan claro que lograba opacar, aunque fuera un poco, la sombra constante de su realidad. Las mañanas en la escuela ya no eran solo un preludio de humillación; eran un obstáculo que debía superar rápido, una prisión de tiempo de la que tenía que escapar para regresar a lo que de verdad importaba. Su mente, antes nublada por la pura resignación, ahora trabajaba sin parar, incluso entre clase y clase. Mientras los otros niños le lanzaban papeles o le susurraban cosas crueles, Sakura repasaba mentalmente todo lo que había logrado aprender sobre el cuidado de gatitos recién nacidos, un conocimiento que robaba a escondidas en la biblioteca de la escuela, hojeando libros con la urgencia de quien tiene una misión.
Aprendió sobre cada cuánto debían comer, sobre el calor que necesitaban para no enfermar, sobre los sonidos de alerta. Cada dato nuevo era un arma más para él, una herramienta para cumplir la promesa que había hecho. Su determinación se volvió como una armadura. Los insultos ya no le dolían como antes; le resbalaban, porque por dentro guardaba el recuerdo de los cuerpecitos diminutos durmiendo contra el vientre de Nube. Las peleas, cuando pasaban —y pasaban, porque su sola existencia parecía enfadar a algunos—, las libraba con una ferocidad nueva, no solo por rabia, sino por prisa. Cada segundo perdido en una pelea estúpida era un segundo menos con su familia.
El cobertizo se convirtió en su santuario. Sakura le dedicó horas a mejorarlo a escondidas. Consiguió una caja de cartón más fuerte y la llenó con todos los trapos limpios que pudo encontrar o robar de la lavandería, haciendo una cuna lejos de las rendijas por donde se colaba el frío. Su propia y delgada manta pasó a ser de Nube y los pequeños, mientras él dormía enrollado en su sudadera raída. La mayor parte de los pocos yen que le daban, y que a veces encontraba en el suelo del patio de la escuela, ahora tenían un solo destino: la tienda de mascotas al otro lado del pueblo, un lugar al que entraba con el corazón latiéndole fuerte, comprando la lata de comida más barata o un poco de leche especial con una seriedad que no parecía de niño.
Ver crecer a los gatitos se convirtió en el milagro que lo mantenía en pie. Los miraba por horas, fascinado, cómo pasaron de ser dos bultos ciegos y quejumbrosos a dos bolitas de pelaje con patitas tambaleantes. Uno, blanco como su madre pero con una manchita negra en la oreja, al que llamó "Oreja", era el más atrevido. El otro, una mezcla de gris y negro que le recordaba a la neblina de la mañana, "Bruma", era más miedoso, siempre pegado a los bajos de su madre. Sakura pasaba las tardes sentado en el suelo de tierra, quieto como un poste, dejando que Oreja trepara con torpeza por sus piernas flacas o que Bruma lo olfateara con una desconfianza que poco a poco se volvía curiosidad.
La felicidad que sentía en esos momentos era tan grande y nueva que a veces le apretaba el pecho. Era una felicidad callada y escondida, un tesoro que guardaba del mundo con toda su fuerza. Soltaba risitas bajas, sonidos roncos que ni él mismo reconocía, cuando Oreja se enredaba en los cordones de sus zapatos rotos o cuando Nube ronroneaba fuerte al ser rascada detrás de las orejas. Aprendió a entender cada maullido, cada movimiento, cada gesto. Ese lenguaje sin palabras se volvió su idioma principal, el único en el que se sentía seguro.
Vivía en un estado de alerta constante, pero también de una paz profunda. El más mínimo ruido fuera del cobertizo lo ponía tenso al instante, su cuerpo listo para ponerse entre el peligro y su familia. Pero adentro, rodeado del calor de los pequeños cuerpos y el sonido bajo de los ronroneos, encontraba una calma que nunca había tenido. El mundo exterior, con su crueldad y su indiferencia, se volvía lejano. El olor a tierra mojada y madera vieja se mezclaba ahora con el aroma dulce de la leche y el pelo limpio de los gatos, creando un olor que para Sakura era el de un hogar de verdad. Por las noches, acurrucado cerca de la caja, escuchando la respiración tranquila de los cuatro, se permitía creer, solo por un rato, que tal vez así podría ser para siempre. Que había encontrado, por fin, un lugar donde ser él mismo, un lugar que proteger y que lo protegía a cambio con el simple y enorme regalo de no estar solo. Era un paraíso débil, hecho de secretos y sostenido por la fuerza de un niño, pero era suyo, y por eso, Sakura luchaba cada día con una sonrisa callada tatuada en el alma...
La alegría era un bulto pequeño y precioso que Sakura llevaba con cuidado dentro del pecho, una luz que le daba calor contra las costillas mientras caminaba de regreso a casa. El día había sido especialmente largo, la maldad en la escuela más pesada de lo normal, pero todo eso se borraba por el triunfo que guardaba en su bolsa: dos latas pequeñas de comida para gatos de verdad, no sobras, no pan duro, sino algo comprado solo para ellos. Le habían costado todo el dinero que tenía para el mes, cada moneda, pero la idea de ver a Nube y a los gatitos disfrutándolo lo hacía sentir que valía la pena. Hasta los moretones nuevos en sus brazos le dolían menos. Una sonrisa rara y tímida se le veía en los labios mientras apuraba el paso, deseando cruzar la puerta del cobertizo y escuchar el ronroneo de su familia.
Pero al llegar, algo estaba mal. Muy mal. La puerta del cobertizo, que siempre dejaba un poco abierta para sus amigos, estaba completamente abierta. Un silencio extraño, pesado y feo, llenaba el aire del jardín. No se escuchaban maullidos de bienvenida, ni el ruido de las patitas contra la madera. Solo vacío. Un frío horrible le subió por la espalda y lo dejó paralizado. Dejó caer la bolsa con las latas, que cayeron al suelo con un ruido metálico que sonó demasiado fuerte en ese silencio.
"¿Nube?", llamó, y su voz sonó áspera y llena de miedo, apenas un susurro.
No hubo respuesta.
Se lanzó dentro, sus ojos disparejos, acostumbrados a la oscuridad, buscando en cada rincón con una desesperación que crecía por segundo. La caja de cartón, la cuna que había preparado con tanto cuidado, estaba tirada en el suelo, los trapos limpios estaban esparcidos y llenos de barro de alguna pisada. Su manta delgada, la que les daba todas las noches, estaba hecha un bola en un charco de agua sucia. No había señal de ellos. Ninguna. El cobertizo había sido invadido, su lugar seguro destruido. El olor a tierra mojada y madera ahora olía a caos y a que ya no estaban.
Un grito se atoró en su garganta. Salió corriendo, con los pulmones ardiendo, buscando como loco entre los arbustos, detrás de los árboles, gritando sus nombres con una voz que se quebraba de pura desesperación. "¡Nube! ¡Oreja! ¡Bruma!". Solo el viento le contestaba, silbando entre las ramas como burlándose. El terror, un animal con dientes afilados, le mordía las entrañas. ¿Se habían ido? ¿Se asustaron? ¿Los habían...?
La figura alta y dura de su tío salió de la casa principal, cruzando el jardín con pasos fuertes y decididos. Su cara estaba roja de una rabia fría que Sakura conocía demasiado bien.
"¿Qué andas buscando, mocoso?", escupió las palabras, y su tono fue suficiente para que Sakura se detuviera en seco, el corazón latiéndole como si quisiera salirse del pecho.
"L-los... los gatos", logró decir Sakura, su voz temblando tanto como sus piernas. "¿Dónde están?"
Su tío soltó un gruñido de asco. "¿Esos animales asquerosos? Ya me cansé de sus maullidos y de su olor. Esto no es un basurero para que críes alimañas." Cada palabra era un golpe. "Ya me deshice de ellos. Para siempre."
El mundo entero se deshizo frente a Sakura. El sonido se apagó, reemplazado por un zumbido agudo en sus oídos. Veía los labios de su tío moverse, seguramente diciendo más insultos, más razones para su crueldad, pero ya no podía oír nada. Solo veía esa boca moviéndose, una mancha fea en una cara que era puro mal. La noticia, fría y brutal, le quitó todo el aire de los pulmones, dejándolo jadeante y vacío por dentro.
"...¡sucio e ingrato! ¡Después de todo lo que hago por ti! ¡Traes vergüenza a esta familia!", la voz de su tío finalmente logró filtrarse a través del zumbido, seguida de un movimiento rápido. Un golpe seco, un dolor explosivo en su mejilla que lo hizo tambalear y caer de rodillas sobre la tierra mojada. El sabor a sangre llenó su boca.
Pero el dolor físico no era nada. Una tontería. Un rasguño comparado con el vacío enorme que se abría dentro de él, un agujero negro que se tragaba toda la luz, toda la esperanza, toda la felicidad que había construido con tanto esfuerzo. Se quedó ahí, arrodillado en el barro, la mejilla ardiendo, mirando sin ver las botas de su tío alejarse.
Cuando por fin se quedó solo, algo se rompió adentro. Un sonido desgarrador, un quejido de animal que no parecía salir de un humano, se escapó de lo más profundo de su ser. Las lágrimas salieron a chorros, calientes y saladas, dibujando líneas en la suciedad de su cara. No lloraba en silencio como siempre. Estos eran sollozos brutales, que le sacudían todo el cuerpo, que le arrancaban el alma. Se arrastró hasta dentro del cobertizo, hasta el montón de trapos pisoteados que todavía olían a ellos, y se encogió ahí, en el suelo frío, abrazándose a sí mismo con todas sus fuerzas.
Lloró por Nube, su primer y único amigo. Lloró por Oreja y su orejita negra temblorosa. Lloró por Bruma, la más asustadiza. Lloró por el calor de sus cuerpos pequeños, por los ronroneos que ya no escucharía, por la promesa que había hecho y que había roto de la manera más cruel. Lloró por su propia estupidez, por haber creído, aunque fuera por un momento, que podía tener algo bueno. Por haber confiado. La felicidad había sido solo un préstamo breve y el precio a pagar era este dolor que no se podía aguantar, esta soledad que ahora era mil veces más profunda y absoluta.
"Lo siento... lo siento... lo siento...", gemía una y otra vez, enterrando su cara en los trapos que iban perdiendo el olor de su familia, pidiéndole perdón a un amigo que nunca más volvería a ver. El paraíso frágil se había hecho pedazos, y solo quedaba el vacío, un eco interminable de su propia culpa y la certeza cruel de que, una vez más, había sido demasiado débil para proteger lo que amaba...
El sol de la tarde bañaba la terraza de la escuela Furin con una luz cálida. Sakura dormía profundamente, tendido de espaldas sobre la loseta tibia, en una postura despreocupada que solo adoptaba aquí, donde se sentía verdaderamente seguro.
"Oye, Sakura... ¿No crees que ya has dormido suficiente?" La voz de Nirei sonó cautelosa, como siempre, pero con ese tono entusiasta que lo caracterizaba. Se acercó vacilante, como si esperara que Sakura saltara de repente a atacar.
Suo, recostado contra la barandilla con su habitual aire despreocupado, sonrió con complicidad. "Déjalo, Nirei. Parece que por fin encontró un lugar donde puede relajarse de verdad". Su tono era relajado, casi burlón, pero sin malicia.
Fue Kiryu quien, mirando fijamente a Sakura, hizo la observación con su directividad característica. "Tiene razón. Mira cómo duerme. Parece uno de esos gatos callejeros que se acurrucan en los tejados".
Tsugeura, que estaba por terminar su sesión diaria de mancuernas, asintió sin levantar la vista. "Es cierto. Hasta su pelo se eriza igual que un gato cuando se enoja. Es bastante peculiar".
Las palabras, dichas en tono casual entre compañeros, resonaron en Sakura de manera inesperada. No le molestaron, pero despertaron algo profundo. Por un instante, la terraza de Furin se desdibujó. El calor de la loseta bajo sus palmas se transformó en el frío de la tierra de un cobertizo. Los rostros de sus amigos se difuminaron, reemplazados por el recuerdo de unos ojos verdes y confiados, una mancha blanca y negra, dos pequeños cuerpos diminutos amontonados...
Un vacío antiguo se abrió en su pecho. La pérdida. La impotencia. La promesa rota. Por un segundo, todo el peso de aquellos años solitarios cayó sobre sus hombros, y su expresión se apagó. El brillo combativo de sus ojos disparejos se nubló, opacado por un dolor que nadie a su alrededor podía comprender completamente.
Pero entonces, la realidad regresó. La voz de Nirei preguntando si estaba bien, la mirada tranquila de Suo, la presencia sólida de Kiryu y Tsugeura. Sintió el sol genuino en su piel, no el recuerdo del frío perpetuo. Miró a cada uno de ellos, a estos compañeros que se habían convertido en su manada, en su familia por elección.
Y entonces, sucedió. Un sentimiento nuevo y poderoso brotó desde las cenizas de ese antiguo dolor. Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios mientras un suave rubor teñía sus mejillas.
"¿Qué están mirando?", murmuró, desviando la mirada con su habitual gesto hosco, pero su voz carecía de la aspereza habitual.
Se puso de pie de un salto ágil, ajustando los guantes en sus manos. Miró a sus amigos, a su equipo, y en el fondo de sus ojos disparejos, donde un instante antes habitaba la sombra de un niño abandonado, ahora ardía una luz nueva.
"¿Vamos o qué?", dijo, y comenzó a caminar hacia las escaleras.
Mientras descendía, sus puños se apretaron con fuerza. La promesa que había hecho en el frío cobertizo resonó en su mente. Pero esta vez no era una promesa frágil hecha a un destino cruel. Era un juramento que se hacía a sí mismo.
"Esta vez... protegeré a mi familia".
Y el ronroneo del pasado, aunque siempre llevaría el eco de una tristeza profunda, se convirtió en el fuelle que avivaba el fuego de su determinación presente.
