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Se miraron como cuando eran niños y no entendían lo que sentían, como cuando no podían ponerle nombre a todas esas cosas que pasaban por sus cabezas. Eran superdotados, sí, pero eran niños al fin, y había cosas que no sabían si querían entender aún. No como ahora, cuando todos esos sentimientos se habían intensificado de una forma exponencial, dejando al descubierto sus corazones en una desnudez que superaba la intimidad.
Los recuerdos que habían compartido juntos era lo que hacía que la vida que habían llevado valiese la pena, que se sintiese mucho más humana que lo que el mundo entero había esperado de ellos. Desarrollaban sus intelectos como si de máquinas se tratase, pero aquello que guardaban muy dentro de sus almas era lo que les devolvía su humanidad, su libre albedrío, sus ganas de vivir.
“¿Por qué me miras así?” Se podía leer en los ojos azules y gélidos que se clavaban en las esmeraldas contrarias de quien ni siquiera necesitaba palabras para entenderle, quien le daba su respuesta más elaborada con una simple sonrisa que el rubio sentía que le calaba los huesos y atravesaba su pecho como una daga embadurnada con el más dulce de los venenos.
Sentía que no lo merecía, que no merecía a ese ser tan perfectamente devoto, su más firme cable a tierra cuando sentía que todo se iba al diablo. Eso era Matt.
Se preguntaba cómo una persona tan pura y tan impoluta había acabado a su lado. Cómo con todas esas maravillosas cualidades y moralidad, había terminado por caer por alguien como él, obsesionado con la victoria y con su maldito complejo de inferioridad.
Lo veía y era increíble, era hasta injusto cómo no lo bajaba de su alto pedestal a pesar de las cosas horribles que había hecho a lo largo de su vida, de su forma de sentir y de pensar, de justificar todas sus obras en pos de resolver un caso que parecía no tener pies ni cabeza. A pesar de sus pecados, podía verse en el reflejo del de cabellos rojizos con un halo rodeando su cabeza cual santo.
“El infierno no existe, quédate tranquilo.” Eso era lo que él le había dicho, y aun así Mello se sentía arder en llamas y no precisamente por verse condenado. Lo amaba y eso despertaba en él tantas dudas y contradicciones con sus creencias, que ni siquiera podía pensar. Pero, ¿Para qué molestarse a esas alturas? De la única manera en la que podría llegar a sentirse merecedor del infierno era si llegaba a permitir que algo le sucediera a Matt por su culpa.
No podía dormir de solo pensar en que podría dar un paso en falso y la vida que tanto quería proteger se viese afectada. Se maldecía de solo imaginar que Matt podría llegar a morir por su culpa, y, por las decisiones que estaba tomando, todo apuntaba a que aquello tenía altas posibilidades de suceder.
Sintió los fríos dedos del hacker sobre los propios mientras la gélida brisa nocturna desacomodaba sus cabellos de la manera más grácil y delicada. Los escalofríos que descendieron desde su nuca por su columna vertebral le hicieron sobresaltarse, pero no se apartó del contacto. Era Mail, devolviéndolo a la tierra de los vivos solo con sostener su mano.
Sabía que podía pedirle que muriese en ese momento por su causa y él lo arriesgaría todo. Era injusto.
—Deja de pensar tanto por una vez Mells. Estoy contigo, con todo lo que eso implique.
“…con todo lo que eso implique.”
Se mordió los labios con fuerza y dirigió su vista a la luna llena que los iluminaba en la azotea de aquel edificio de mala muerte, como si el cielo les estuviese cediendo una última y espectacular vista, como una burla.
El humo del cigarrillo que llevaba en los labios Matt, se atravesó entre las estrellas que el rubio miraba, envolviéndose sobre sí mismo en intrincadas y efímeras formas que se borraban con el tenue soplo del viento. ¿Así era como debían ser sus vidas? ¿Así de rápido debía terminarse todo?
—Matt…
Fue rotundamente interrumpido por un par de labios juntándose con los suyos, provocando que su corazón volviese a latir como si de un desfibrilador se tratase. Los fríos dedos ajenos sostuvieron su rostro con solemnidad, dejando caer la nicotina. Le extrañaba… las manos del de ojos verdes siempre habían sido cálidas, pero haría se sentían heladas. Estaba nervioso, pero el beso no era el motivo, no. Luego de tantos años juntos, era imposible que esa fuese la razón. Matt tenía miedo.
“No quieres morir.”
“Pero lo haría de todas formas…”
Se sentía horrible, se sentía como la peor de las blasfemias arrebatarle la vida de esa manera a quien menos lo merecía. No sería mejor que Kira ni aunque lo llevase a la horca con sus propias manos, no si esas mismas manos estaban manchadas con la sangre de Mail.
Lo tomó de la cintura, de una manera protectora, una intimidad que nada tenía que ver con el sexo. Mello probó esos labios con calma y deleite, dejando en aquel beso todo lo que alguna vez había sentido por él, como si estuviese despidiéndose de algo, de todo. Matt contenía las lágrimas que se acumulaban bajo sus párpados cerrados, sentía esa despedida también.
Even in paradise
the sun sets at times…
Todo su cuerpo se sentía frío entre sus brazos, como si su alma se hubiese escapado de aquel recipiente… más bien, como si hubiese terminado por entregársela. No la desperdiciaría, para nada se atrevería a malgastar tal tesoro, debía hacer que valiese la pena a como diese lugar, y lo haría.
Quería sentir algo, sentir la victoria, sentirse en elegido, pero nada se compararía a sentirse elegido por él.
El resto de la noche lo pasó en vela por completo, no sin antes exigirle a Matt que durmiera un poco, necesitaba que descanse bien ya que conduciría demasiado, o al menos aquello era lo que le había dicho. El chico se había encerrado en la habitación a regañadientes, pero había caído dormido a los minutos por lo que había podido oír Mihael desde el living del lugar.
Dio un suspiro al ver el desastre de laptops y documentos esparcidos por doquier, envoltorios de chocolate, cajas de cigarrillos, latas de bebidas energéticas -y alguna que otra de cerveza- abolladas y lanzadas sin cuidado alguno al suelo, paquetes de frituras y envases de ramen instantáneo, colillas apagadas en cualquier lugar. Aquella pocilga no podría siquiera denominarse como habitable.
Para cuando terminó de poner algo de orden allí, los rayos del sol comenzaron a colarse por las persianas abiertas de aquel piso, dando justo con sus pupilas zafiro. El reloj marcaba las siete de la mañana, ¿En qué momento había pasado tanto tiempo?
Tomó los bolsos que había preparado con lo justo y necesario, dejando las computadoras encendidas, la pistola de humo y su Beretta sobre la mesa. Bajó las escaleras hacia el estacionamiento, despacio y sin prisa, con las llaves de Camaro entre sus dedos, tintineando ligeramente. Abrió la cajuela y echó los bolsos allí sin mucho cuidado, azotando sin querer la puerta al cerrarla.
Subir nuevamente al sexto piso había sido extenuante, pero no había hora opción, ya que ese maldito edificio solo contaba con un ascensor en eterna clausura. Abrió la puerta del apartamento y se sentó frente a una de las portátiles, tecleando con rapidez mientras miraba algunas cámaras de vigilancia de calles estratégicas que Matt había sido capaz de hackear.
Matt… continuaba dormido, debía despertarlo.
Se puso de pie dejando in documento de Word abierto en la computadora que estaba utilizando, caminando hacia la habitación. Se sentó en la orilla de la cama observando al pelirrojo respirando pesadamente, sus ojos cerrados con la más preciosa de las calmas, cuánto deseaba verlo siempre de esa manera…
—Matt, debemos irnos. —Esos ojos se abrieron despacio y con pereza, casi como cuando lo despertaba en Wammy’s para ir a clases.
—Hmm… Bien, solo… deja que me dé una ducha para espabilar…
—No hay tiempo, lávate la cara…
El pelirrojo se sentó en la cama con expresión preocupada mientras se calzaba las botas ante la repentina prisa del rubio y perfilaba hacia el baño. Al parecer el plan se había adelantado bastante, no tenían tiempo que perder.
—Ve a calentar el motor, llevaré lo demás. —Fue lo último que dijo Mello antes de que Matt obedeciera, tomando las llaves de los dedos del rubio, caminando con prisa hacia la puerta y bajando luego a donde estaba aparcado su coche… ni siquiera tendrían tiempo de decir adiós.
When we start to fall
When we start to fall
Mello echó un vistazo al lugar por última vez mientras tomaba su móvil y marcaba un número ya agendado, dejándolo sobre la mesa sin esperar a que la llamada fuese contestada, cerrando la puerta tras de sí.
Mail frunció el ceño extrañado al ver al rubio entrando en el carro, con expresión seria, su corazón había dado un vuelco, sentía un vacío extraño, imposible de describir.
—Te diré por dónde ir. —Su voz sonaba grave, imperativa, no pudo hacer otra cosa más que acatar la orden, acelerando al instante.
Habían dado un par de giros por las calles que deberían recorrer en unas horas, pero nada había pasado aún, Mello miraba por la ventana de forma calculadora mientras tomaba una mordida de su chocolate.
—Toma la ruta Matt, espero que ese idiota no arruine las cosas.
El pelirrojo bajó sus lentes a su cuello para mirarlo extrañado. —¿Qué sucede?
—Nos vamos al demonio, eso sucede.
—¿Qué?
—Solo cállate y conduce. —Una sutil pero perfecta sonrisa se dibujó en los labios del segundo sucesor de L, mientras Matt sentía que el aire se le escapaba de los pulmones.
It's like stars collide
inside of my mind
Is that love?
Is that love?
En una de las mesas del living del departamento que habían ocupado, reposaba una laptop abierta y encendida con un extenso documento de Word que iniciaba con una frase escrita en cursiva:
“Sigue las instrucciones y vete a la mierda.
-M.”
