Work Text:
Ingredientes:
1 taza pescado deshidratado. *preferiblemente salmón, a Rin le gusta el salmón
½ taza de té negro.
1 cucharadita de vino blanco.
1 cucharadita de vinagre de manzana dulce. *cu-cha-ra-di-ta
1 cucharadita salsa de soya.
1 taza de arroz cocido. *2 o tres es mejor, Rin no se llena con poco
2 oz de salmón a la parrilla. *también podemos usar carne
3 Ciruelas encurtidas, sin hueso y picadas grueso. *usualmente usan solo una, pero a Rin le gustan, es mejor usar más
2 cucharaditas de cebolletas cortadas en rodajas finas.
Pimienta al gusto. *pero no tanta…
En una cacerola pequeña, combinamos el pescado deshidratado, el té negro, el vino blanco, el vinagre de manzana y la salsa de soya. Lo llevamos a fuego lento y lo dejamos mezclar mientras preparamos el arroz. Luego, en un recipiente pequeño (con capacidad para el arroz y el caldo) añadimos el arroz al vapor y vertemos la mezcla caliente de pescado deshidratado y té. Mientras se va surtiendo colocamos el salmón asado -o la carne asada, de no tener salmón- en el centro del tazón; luego las ciruelas picadas, y añadimos cebolletas cortadas. Dejamos calentar solo un poco y listo. No es necesario dejarlo mucho tiempo pues perdería sus beneficios para la salud. Este es el platillo favorito de Rin.
Tras terminar de leer la receta, Sae verificó que contara con todo lo necesario para poder prepararla, su despensa podría ser mejor… pero al menos tenía la mayoría de los ingredientes. Volvió a repasar nuevamente la guía, como si ya hubiera olvidado lo sencillo que era cocinarla para Rin. Cómo culparlo, él ya no tenía tiempo para cocinar.
Sus dedos rozaron las anotaciones que había hecho de niño sobre el libro, ya que él era el que más lo usó terminó rayándolo a como mejor le parecía. Era nostálgico.
Pero aún le faltaban las ciruelas. ¿Podría ponerse algo en la cara e ir a comprar por su vecindario como un simple mortal? Probablemente no… ¿Qué podría hacer? Despertar a Rin tampoco era una opción. Él estaba durmiendo como un bebé, hasta le había limpiado la saliva de la boca y recostado en mejor posición sobre la cama. Si demoraba mucho se despertaría y notaría que había reemplazado su propio cuerpo con la almohada.
Qué podría hacer…
—¿Quieres que las pida por ti, Sae?
La voz perezosa de Minze se escuchó sobre su cabeza. El minino solo movía la cola juguetonamente mientras lo observaba con sus grandes ojos sobre la alacena.
—Si puedes hacerlo, hazlo. Y deja de echar pelusa sobre mi cocina.
—Uy. Creí que habías pasado una buena noche, ¿por qué el mal humor?
El pequeño compañero solo estiró su cuerpo desperezándose, completamente familiarizado con su trato hosco más que con sus mejillas sonrosadas. De dos saltos terminó en el suelo y sus pupilas felinas parecieron estar escaneando en la red para dar con lo que le habían pedido.
—Quiero hacerlo antes de que Rin despierte.
Concluyó Sae en lo que comenzó a lavar el arroz.
Se recordó a sí mismo la primera vez que había preparado el favorito de Rin… entonces, todavía tenía que revolotear para poder alcanzar todo en la misma cocina de su hogar. Había hecho un desastre entonces, de allí que había comenzado a tomar nota tanto de las cosas que no debía hacer como de las que sí. Ahora quería que su hermano pudiera tener un buen despertar, por lo que no podía permitirse fallar en algo tan simple aún si llevaba años sin haber siquiera cocido un huevo.
Una vez más vio sus anotaciones. Diablos, ese libro de cocina era tan antiguo, ya entendía por qué había fallado tanto de niño… ¡En ninguna parte decía en cuánto tiempo debía hacerse cada cosa! Es como si esperara que solo un cocinero lo leyera, y él, por supuesto, no lo era. En el tiempo que había cocinado para su hermano las cosas solían resultar un poco pasadas de sal o de azúcar. Ni siquiera recordaba bien cómo se hacía el arroz.
Sae pasaba las páginas con cierta frustración por cada cosa sencilla que no había quedado almacenada en su mente. Claro, podría decir el más absurdo detalle en la curvatura de un disparo con el balón, pero no recordaba cuánta agua usar para que el arroz quedara glutinoso.
La campanilla de la entrada de la casa sonó y Minze fue a abrir la puerta al repartidor, éste, casi acostumbrado a que ahora siempre lo recibieran pequeñas “mascotas” parlanchinas, sólo dejó el paquete y recibió de firma un sello de la pata del felino. La pequeña gata llevó entonces su recién adquirido tesoro en la boca mientras marchaba con gracia de regreso a la cocina, dejó el paquete sobre la mesa y observó casi con piedad a su compañero.
—¿Seguro que no quieres que te de una guía? La base de datos está llena de esta clase de cosas.
—No, yo puedo.
Solo debía recordarlo, no era tan difícil una vez tuviera los ingredientes de base listos.
Cuando Rin despertó un aroma familiar lo había envuelto, casi había pasado por alto que lo hubieran timado porque no era el cuerpo de Sae lo que estaba abrazando. Olía… ¿Olía a Arroz al té? Un aroma más que seductor para su estómago vacío a las ocho de la mañana. Sí que había dormido mucho más de lo usual.
Siendo guiado por el encantador aroma, Rin acabó en el umbral de la cocina viendo como Sae terminaba agregando las cerezas encurtidas antes de poner la tapa sobre su preparación.
—Huele muy bien…
Rin envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Sae, éste, que ya se había percatado de su presencia antes de su contacto, solo asintió.
—No falta mucho, puedes ir a sentarte.
—No quiero.
La modorra aún no dejaba a Rin por completo, podría dormirse allí mismo, apoyando su cabeza en el hombro de Sae.
—Vamos, pequeño hermanito caprichoso. Así no podrás comer correctamente.
—Eres un dictador…
Sae quitó sus manos de sí y lo arrastró a regañadientes a la mesa, le acomodó antes de ver como Rin dejaba caer su cuerpo sobre la mesa aún adormilado.
—Si tienes tanto sueño por qué te levantaste.
La respuesta de Rin fue ininteligible. Sae enarcó una ceja y acomodó a Rin para que pudiera hablar, de costado.
—No estabas en la cama.
Típico, estaba siguiéndolo otra vez.
—No es como si fuera a desaparecer o sí.
Aunque esta respuesta fue casual, Rin abrió los ojos de par en par observando a su hermano mayor. Aún no se había movido de su posición pero había despertado cual ave nocturna al sentir a su presa.
—Quién sabe…
—Rin.
—Es en serio. Quién sabe. Sueles desaparecer por las mañanas… Solo te marchas.
Sae echó un suspiro pero terminó sentándose junto a él mientras acariciaba sus cabellos.
—¿Eso temías?
Rin solo se limitó a seguir mirándolo desde su posición, aquellos ojos tan similares eran como un reflejo del otro y aún así Sae podría decir que era evidente que los de su hermano eran mucho mas hermosos.
—Uhmm…
“Lo tomaré como un sí”. Fue la respuesta mental de Sae antes de alborotar los cabellos de Rin y levantarse de la mesa a verificar que el desayuno ya estuviera listo.
Rin lo observó desde su posición, recostado a como estaba, Sae parecía más grande… la imagen de su hermano mayor siendo tan imponente como cuando él seguía siendo un niño. Sus esbeltas alas acoplándose perfectamente a su espalda como un manto de plumas delicado, no parecían dos pares, pero lo eran.
Sae terminó con dos cuencos en cada mano, dejando con cuidado uno al lado de Rin, quien, casi hechizado, se levantó olfateando el agradable aroma.
—Espero que te guste.
¿Y cómo podría no gustarle? Rin se sentía en el maldito cielo. Su hermano cocinó para él otra vez… Podría morirse ahí mismo.
Por su parte Sae aún no probaba lo que había hecho, pero ver a Rin comer con tantas ganas le abría el apetito lentamente. Se veía tan animado y feliz como solía recordarlo de pequeño. Su pequeño hermanito era realmente lindo a sus ojos, no había forma de que no despertara ternura –y algo más– en él.
Cuando Rin dejó el plato limpió frente a sus ojos lucía satisfecho, agradecido con la existencia misma de haber experimentado tal festín. Las mejillas de Sae habían terminado calientes solo de observar, pero miró a su propio desayuno tratando de aminorar el creciente sentimiento dentro de sí.
Entonces probó lo que hizo y sus ojos, desconcertados, se clavaron en Rin, quien seguía muy gustoso. Hasta le seguía agradeciendo la comida. Su mirada entonces buscó al felino, quien lo veía desde lo alto, como siempre, juzgándolo con esa actitud tan petulante (y tan familiar) suya.
“Yo te iba a buscar una guía, tú no quisiste”. Parecía decir.
Sae dejó su cuchara y trató de tragar lo que tenía en la boca con todas sus fuerzas, pero esa cosa no era comestible y terminó tosiendo. Rin se preocupó y fue a acariciar su espalda. Sae lo veía como si él, su propio hermano, lo hubiera timado.
—¿Cómo pudiste comerte esto?
Rin no parecía entender a qué se refería.
—Que cómo te lo comiste…
—Tomé una cuchara.
Eso le ganó a Rin una patada.
—¡Pero es en serio! ¿A qué te refieres?
¿A qué se refería? ¡¿A qué se refería?! A que ese remedo de sopa sabía como que tuviera toda la sal del mar dentro, a eso se estaba refiriendo. Era indigesta, era terrible, cómo diablos se la había tomado.
—Ah. Eso. Pues sí estaba un tanto salado…
“¡¿Un tanto?!”
—Pero lo hiciste para mí… Creo que estaba tan feliz, que no lo noté hasta casi el final.
Sae escaneó su mirada en busca de alguna mentira piadosa, cosa que lo habría humillado, pero no había nada. No había absolutamente nada en Rin, además de pura verdad. Sae sólo pudo echar un suspiro antes de levantarse e ir a calentar la tetera, algo de té solo ayudaría a Rin a purificar su cuerpo.
—Ich-na… ¿Estás molesto?
—No contigo.
—Pero estás molesto.
Rin se aproximó a Sae, con cautela de no ser recibido por un codazo. Todo parecía bien así que terminó abrazándolo nuevamente por la espalda.
—La próxima vez seguro te gustará más.
¿En serio creía que se atrevería a cocinar otra vez en su vida? De cualquier modo ahí estaba Rin, poniendo ojos de animal indefenso e ilusionado, hundido entre su hombro y su cuello, rogando porque lo siguiera mimando con sus abominaciones culinarias.
Quién era él para negarse.
—¿Qué quieres que prepare la próxima vez?
Los ojos de Rin relucieron.
—Lo mismo, quiero más arroz al té, por favor.
—¿Es que no sabes comer nada más?
—Pero es mi favorito…
Sae terminó accediendo, como solía ser, lo único que pedía a cambio es que realmente le dijera si algo sabía bien o mal (cosa que Rin jamás cumplió) para poder mejorar. De cualquier modo su ya–no–pequeño hermano terminó arropándosele encima en el mueble de la sala, mientras observaban a comodidad como había comenzado a llover fuera. Aún seguían tomando el té, Sae insisitía, no quería ser quien causará enfermedades en Rin. Éste obedecía sin más. Aunque en uno de sus reclamos para que se levante y vaya a vaciar sus riñones, Rin fue especialmente testarudo en no querer soltarlo.
—Pareciera que cada que me pongo cómodo, solo quieres que me aleje.
—No idiota, solo quiero que vayas al baño.
Rin se negó. Sae insistió e insistió tanto que al final Rin terminó cediendo, al volver parecía haber tomado rencor contra el té que lo hacían tomar así que ya no había forma de que lo terminara.
—Eres un niño mimado.
—El único que me mima eres tú.
“Así que aguántalo”. ¿Le estaba diciendo?
Esta vez Rin intercambió sus lugares en el sillón, dejando a Sae descansar sobre sí. Parecía más que contento de sentir todo su peso encima, Sae al contrario tuvo que acomodar sus alas enmarañadas –y llamarlo bruto un par de veces– antes de por fin hallar comodidad en su pecho. El sonido de la lluvia era cada vez más fuerte, pero los latidos del corazón de Rin le distrajeron.
—¿Puedo cocinar contigo la próxima?
Sae levantó la vista, ah, otra vez esos ojos. Parecía que si se negaba le rompería el corazón.
—Haz lo que quieras, pero si sale mal tendré alguien más a quien culpar.
Música para los oídos de Rin. Sae creía que no había algo que no hiciera feliz, si eso los incluía a ambos en la ecuación, Rin podría hasta sacar la basura contento a su lado. Que mocoso.
Realmente era muy joven aún, muy tierno… muy vulnerable.
Sae volvió a acomodarse para oír su corazón, Rin había comenzado a contarle de la última espectacular novela de horror y misterio que leyera. Poco a poco el sueño llegaba a él, pues no había dormido casi nada, y sus ojos se cerraron de par en par. Otra vez el sonido de su corazón era más fuerte que todo. Como amaba ese sonido.
Cuanto amaba ese sentir…
No.
Cuanto amaba a Rin.
Sólo a Rin.

