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Heaven of your Heart

Summary:

Un viaje escolar a Japón, es todo lo que Ash no comprende que debe estar bien, lo toma porque todos a los que les importa (Max) realmente creen que podría ayudarle. Las cosas no están bien, no es un adolescente normal, no tiene las cosas que debería tener un adolescente. No se siente bien de ninguna manera. Pero, un chico en medio del viaje, un accidente, y todas sus dudas desenredadas con paciencia por sonrisas y pequeñas burlas hacen la diferencia.

[Songfic basado en la canción Heaven of your heart de The Dark Element]

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

If we met today what would you have to say
If anything at all
Would you come to me
Come asking where you know me from

Ash no sabía que volar podía ser tan complicado. Tampoco pensó que ir hasta Japón requeriría toda su fuerza de voluntad, así como aguantar las ganas de pedirle a Max que se retractara ante el comité organizador de los juegos de que realmente no estaba en condiciones de hacer todo esto. No puede hacerle eso a este pobre hombre que lleva tres años luchando con uñas y dientes por sacarlo del mundo en el que no debió entrar. 

En la escuela las cosas no son sencillas, pero son infinitamente mejores que en la calle o que con Dino Golzine. Ash ha logrado superar con eficiencia los baches de su educación formal, recuperar el tiempo perdido, así como avanzar hasta el último año, para que lo puedan recibir en una de las tres universidades con beca completa que se le han ofrecido, su único problema es el estrés postraumático y la desconexión emocional con casi todo. No ayuda que la gente igual se quede mirando cada tanto, recordando que su rostro es una cosa apetecible. 

La señorita Laurier, su entrenadora de puntería, es muy amable al respecto. Es una mujer enorme, 1.86, que fue parte de la marina y que respeta a los “reclutas firmes que no dicen más de lo que deben” y fue quien lo impulsó a inscribirse en esta aventura, solo porque el hecho de conocer otra cultura podría abrirle las posibilidades de apreciar cosas diferentes a América. Ella sabe de su pasado, tuvo que enterarse luego de que, en clase de educación física, el señor Miller le gritase “niñita bonita” en el campo, desencadenará un episodio y él lo golpeara, ganándose una detención. Los dos educadores lo miraron con más que pena después de que su trabajadora social hablara con ambos, el señor Miller ha dejado de ponerle apodos denigrantes a sus alumnos después de eso, lo que muchos le han agradecido, creyendo que se trató de algún tipo de amonestación por sus acciones; Ash no sería capaz de contarle a nadie de dónde viene su habilidad con las armas o su miedo tremendo a que los hombres mayores invadan su espacio personal. 

Así que, cruzando el Pacifico, con sus dos maletas bien revisadas por Jessica y un entusiasmado Michael, piensa que, a sus quince años, la vida ya es lo suficientemente dolorosa como para expandir eso a un lugar desconocido del otro lado del mundo. Lo único que encuentra divertido es que los asiáticos tienen un patológico control de las interacciones físicas, por lo que se podrá sentir más cómodo en grupos; si el viaje hubiese sido a otro lugar, como el sur de Europa o Sudamérica, sabría que está condenado. 

Lee lo que puede de El color prohibido (1)  mientras escucha el lento despertar del avión a su alrededor, queda menos de dos horas de viaje y quiere aprovecharlas al máximo. 

Cuando Max firmó su permiso de salida del país dos meses antes, como su tutor legal, le preguntó si quería tomar algunas clases de japonés, las cuales aceptó con gusto. max ha estado trabajando para una revista, un periodico y algunas publicaciones internacionales desde que ayudó a recuperarlo de la red de trata de personas y ayudó a servicios sociales con la localización de varios niños en condiciones iguales; Ash puede confiar en que los regalos que le daa vienen de fuentes legales, de trabajos claros. Además, desde que Griffin murió, después de tanto tiempo en coma, Ash siente que América es asfixiante, que la costa este es horrible, que las hamburguesas, los rascacielos y el tráfico se burlan de él. Max insiste en que después de la universidad, algo más de terapia, podría encontrar un camino, como hizo él luego de la guerra. Jessica ha hablado de enviarlo al extranjero, buscarle una beca fuera, algo más. 

―Mereces un mundo a tu medida, Aslan ―le dijo la mujer, la última vez que llevó a Michael a visitar a su padre―. A veces creemos que no merecemos más, o que es todo lo que podemos alcanzar, pero hay mucho, mucho más detrás de esta ciudad. 

Tal vez Japón sea algo. Lo pensó cuando se lo ofrecieron. Llamó a Jessica en lugar de Max, le preguntó si ella lo haría, si consideraba que tenía la suficiente estabilidad para volar con un grupo de chicos y dos maestros a participar en una competencia de colegiales. Ella lo había instado a hacerlo, a afirmarse dentro de sí mismo con opciones. 

―No importa si no ganas nada, ni siquiera si participas ―su voz sonaba fuerte del otro lado de la línea, intentando transmitirle toda su convicción―. Puedes mirar, encontrar algo, siempre es bueno tener una nueva perspectiva.

―Gracias, Jessica. 

―Cuidate mucho, Ash. 

And if I'd ask for you to come with me
When the music fades away
Would you smile at me, while saying
"Yes, but not today"

Ve a Okomura Eiji antes de conocerlo. En la mañana, cuando sale temprano para correr, lo ve en la pista también, está junto a un hombre mayor, de mirada fiera. Le está dando indicaciones de tiempo y de distancia. El chico mira a su mentor con una firmeza propia de los samuráis ―ahora que también se ha interesado en Akutagawa (2) puede ver su legado en todas partes―, asiente y después se desplaza hasta el marcaje inicial, junto con su vara de salto. 

A Ash nunca le han gustado los deportes, ni siquiera después de empezar a practicar uno, pero se queda allí, entre los cálidos rayos matinales, viendo como el cuerpo completo de un hombre hace su trabajo para dejar atrás casi 40 metros de pista en menos de 30 segundos y elevarse en el aire como un pájaro. La pértiga es tan delgada que parece a punto de romperse cuando se dobla para impulsar, y el chico se ve tan pesado, pero en lugar caer y morir, como teme Ash, su cuerpo es impulsado y su buena posición ―así como el medio giro sobre la barra―, le permiten suspenderse en el aire durante los segundo suficientes para que el sol matutino arranque destellos dorados de su cabello negro y espeso. Cae en el colchón sin rebotar. No hay sonido alrededor, no más que el canto de algunos pájaros y el sonido siempre presente de la ciudad. Ash no se puede mover, no puede echarse atrás, ni recordar porque está aquí. 

Quiere llorar, no sabe porqué. Su corazón se estruja, fuerte, una conmoción que llega desde el fondo de su alma. Antes de este momento, no sabía lo que era la libertad. 

Vuelve al complejo que le asignaron junto a sus compañeros y demás extranjeros, regresa a dormir. Sueña con un cuervo enorme, de alas imposiblemente oscuras que atraviesa un día nublado. 

Más tarde, cuando conoce a Ibe-San, amigo de reportajes de Max. Es un japonés alegre, mucho más expresivo que sus coterráneos, que lo acoge como un tío lejano que está feliz de servir como anfitrión a un sobrino rebelde. Es también él quien le presenta a Eiji. 

―Te va a caer bien, Eiji-chan es un prodigio como tú, aunque él lo es en el deporte ―comenta el hombre, mientras lo lleva a una de esas cafeterías estudiantiles tan estériles que hay en Japón―. Todos creen que el próximo año podría clasificar a los Juegos Olímpicos. 

Ash no quiere reírse, pero se da cuenta que él y sus compañeros están muy por detrás de los chicos que los reciben en este país. El señor Miller apenas espera que ellos puedan pasar a las competiciones estatales, nadie que conozca piensa en llegar a los Juegos Olímpicos ―nadie que conozca, hasta ahora―. Camina junto a Ibe-San escuchando sus ideas sobre la competición, las fotos que hará, le comenta sobre los reportajes que tiene planeados con Max una vez ambos consigan la financiación adecuada, a Ash le gustan ese tipo de aventuras, el año anterior conoció una reserva indigena gracias a uno de esos reportajes. 

―Mira, ese es Eiji-chan ―señala, hacia un adolescente sentado cerca de la ventana. Él levanta la mano y los saluda, tiene una sonrisa enorme. Es el mismo chico que vio entrenar en la mañana. 

Camina hacia él hipnotizado. Sabe que se saludan, sabe que están cerca. 

―Eiji Okumura ―se presenta, su acento es lindo. 

―Soy Aslan Jade Callenreese ―dice, como se ha acostumbrado a hacer en los últimos años.

―¿As… Asulan? ―repite el chico, dubitativo. Sus ojos oscuros se entrecierran buscando precisión, igual que hace él en el campo de entrenamiento. 

―Me puedes llamar Ash. 

Ashu… bien, aunque me gusta todo tu nombre. ―aunque tiene acento, su inglés es bueno. No le corregirá de nuevo su nombre porque está en un país extrajero y alguien se está esforzando en hablar su idioma, cuando no debería; además, le gusta como suena, como otra cosa, como un susurro. 

Ese día, comen juntos mientras Ibe-San los presenta y hace las veces de traductor cuando algunas cosas se pierden entre la interpretación de ambos. Ash aprovecha para practicar el japonés que ha estudiado, intentando no sonar grosero y apresurado cuando quiere comunicar las cosas. Eiji se ríe la mitad de las veces, explicando cómo podría caer en enormes confusiones si dice las cosas de aquella o tal manera. Se divierte. Ibe-San le elogia por haber hecho tanto con el idioma en tan poco tiempo. 

―Debía ocuparme en algo mientras esperaba el viaje ―responde, tratando de no pensar en la ansiedad. 

―¿Te gustan los idiomas? ―No sabe si es un tema cultural, o una actitud de Eiji, pero le agrada que no pregunte directamente sí estaba nervioso o había algo que le preocupase. 

―Sí, me gusta descubrir cómo piensa la gente de otras partes. ―Eiji sonríe, ocultando sus dientes detrás de su mano y los palillos que lleva en ella, como en las películas que vio antes de venir para practicar entender a los locales.

―Espero que te haya gustado todo hasta ahora ―dice, con calma―. A veces Tokio puede ser amenazante… casi no vengo, pero prefiero pasarlo en los distritos más calmados. 

―¿De dónde eres? 

―De Izumo.

Pasan el resto de la tarde haciendo que Ash pronuncie bien el nombre de la ciudad de Eiji, así como aprendiendo las mejores combinaciones de vegetales para las sopas calientes que piden cuando cae la tarde. 

It's funny how two strangers in time
Got lost in a moment
One perfect single night in our lives
The stars did align

Eiji no lo deja solo, lo espera fuera del centro de entrenamiento en que se alojan y lo acompaña para visitar algunos sitios cercanos dos días después. El ser turista en otro lugar es divertido, sobre todo cuando nadie te conoce. Ash se ofrece a pagar por el transporte de ambos, pero Eiji le dice que con su licencia estudiantil puede llevarlos varios tramos sin costo, ya que por ser parte del equipo nacional siempre le dejan llevar a un entrenador o acompañante. 

Ash está fascinado, aunque su nuevo amigo es mayor que él y se encuentra a puertas de la vida adulta más que él, se ve tan joven y fresco que podría compararlo un poco con Michael y su inocencia amigable. Extraña al hijo de Max ―al que se niega a llamar hermano, más por algún tipo de odio hacia sí mismo que por no considerarlo tal―, el chico siempre ha sido amable con Ash, ofreciendo a sus padres sin ningún tipo de rencor y acompañando sus malos días. 

Caminan por las calles abarrotadas Shibuya, sobre todo porque Eiji insistió en que todos van a Tokio a eso, aunque realmente solo es anime (que Ash nunca ha visto), gente disfrazada (que a Ash no le agrada mucho) y tantas personas como en el centro financiero de New York (que  Ash no tolera). Aun así, hace el paseo obligatorio de buen grado, observando cómo las personas parecen adquirir nuevas personalidades más relajadas cuando no están usando trajes corporativas o la reservada ropa japonesa que usan la mayoría. Los colores chillones, las expresiones más vivas, el ambiente más relajado, para la cultura con más tradición de organización y buen juicio, parece que también debe haber un escape y una forma de descontrol, aunque en sus propios términos y con sus propias particularidades. Hay algunas chicas que le ofrecen “pasar un buen rato” y “divertirse juntos” junto con tarjetas llenas de símbolos que apenas entiende… empieza a sentir asco nada más de tenerlas en las manos antes de que Eiji le diga: ―No es lo que crees, solo serán compañía mientras bebes una cerveza o un café. Pueden contarte chistes o hablar de lo que sea contigo ―explica―. Son como las geishas, solo que sin todos los rituales. 

Por temor a ofender, se guarda el comentario de que, hasta ese momento, también pensaba que las geishas eran prostitutas con maquillaje ornamentado. 

Es en ese momento que Eiji le pregunta si habría problema en tomar fotos. 

―¿Fotos? 

―Sí ―dice, sacando una cámara de su bolso―. Cuando no estoy compitiendo, aprendo con Ibe-San. Me gustaría tomar fotos de deportistas alguna vez, sobre todo si voy a los Juegos Olímpicos. 

Después de eso, es diferente. Eiji tiene su cámara apuntando a todos lados, haciéndole posar con una estatua de Hachiko, en las escaleras de un centro comercial ―que es más bonito de lo que podría admitir―, cerca de una calle con aspecto tradicional, pero que es solo fachadas, con algunos locales que venden comida callejera, en medio de un paso de cebra enorme. Se ríe todo el tiempo, sabiendo que resalta entre todas esta gente como un foco de luz gracias al color de su cabello y altura. Eiji intenta mantenerlo profesional, pero la mitad de las veces están más bien intentando que los demás no les pidan que se corran hacia otro lado porque estorban. Para esto, Eiji siempre se inclina, ofreciendo una reverencia y un “gomen nasai” con aspecto cuidado, Ash lo imita, cosa que parece dar a entender a otros japoneses que su mala conducta es culpa del extranjero sin cuidado. 

A Ash no le importa en realidad, no cuando Eiji sigue hablando sin parar a su lado. 

Cruzan hacia Yoyogi Park, una especie de Central Park japonés, gracias al cual descubre las bondades irrenunciables de un combini, en el que se abastecen de la comida necesaria para procurarse un picnic improvisado. Eiji traduce todo amablemente para él, incluso con las cosas que no necesita ayuda. No hablan de nada en realidad, no hay preguntas sobre su vida más allá de las habituales, en las que describe a Max y a Jessica, sin llegar a explicar porqué terminó con ellos. 

Eiji no lo necesita, solo le dice que es bueno tener un espacio correcto donde estar. 

Ese es solo su primer día, la siguiente semana, es un continuo pasear juntos, entrenar juntos y ver los deportes juntos. Compiten muchos chicos de muchos lugares de Japón, además de varios equipos internacionales de fútbol soccer (2) de lugares tan inusuales como Italia e India. Es divertido, se siente como un adolescente normal haciendo ese tipo de cosas, se siente menos inquieto, menos inseguro, más fresco. 

Tampoco es difícil confesar al cuarto día, después de una llamada que Eiji recibe de su casa, donde habla con tono cariñoso y anhelante, que su padre lo odia, que su madre huyó de casa y que su hermano murió hace un año debido a las secuelas de la guerra. Contrario a lo que espera, a una huída, a una suave, pero diligente despedida de sus sentimientos, su nuevo amigo japonés solo le ofrece una mirada  contemplativa y un: Siento que tuvieras que pasar por tanto solo. 

Por tanto, aún no le cuenta lo peor, pero Eiji ya lo mira con una comprensión que parece inadecuada, como si fuera fácil para él saber lo que hay detrás de sus muchas referencias a libros trágicos. 

In the heaven of your heart
Even silence was a friend of mine
In the meadows of our love we would run
And we would never fade away

Cuando Eiji se lesiona es Ash quien llora. Está entre la multitud del estadio, con algunos de sus compañeros y la entrenadora Laurier, quien se ofreció a acompañarlos mientras algunos más hacen turismo por el centro de Tokio. 

La competencia de Eiji no está dentro de lo que sería unos juegos de colegiales normales, pero dan acceso a todos los del centro para poder pavonear a sus estrellas juveniles en camino a la grandeza. A Ash se le llenó el pecho cuando varios de sus compañeros señalaron que el chico guapo al que habían visto con él era uno de los favoritos, preguntando cómo había conocido a alguien así y porqué nunca mencionaba a las personas geniales con las que estaba relacionado —seis meses antes, la cara de Max estuvo en todos lados por uno de sus reportajes de guerra y su colegio enloqueció porque era el hijo de un periodista de verdad, no como esos que solo presentan noticias—. No le gusta pavonearse, ser visto, aunque esta no parece una manera inadecuada de serlo, pues pone al día a todos ellos con los múltiples logros de Eiji, sus campeonatos nacionales e internacionales y los rudimentos del deporte que ha aprendido tanto de su nuevo amigo como de los cientos de artículos que ha consumido solo para demostrar que puede interesarse en otras cosas —Eiji—. 

Obviamente, tienen que ver primero a todas las demás figuras menos prometedoras, más jóvenes y menos talentosas. Uno a uno se deslizan nombres que olvidará en menos de dos días, todos irrelevantes. Siente su propio pulso agitarse, de la manera en que lo hacía cuando debía correr entre los callejones para conseguir algo de comida. Se sienta ahí, esperando en cada una de las salidas ver el cabello negro, algo crecido que destaca entre todos los demás, preparando su acto final. Cuando por fin lo hace, en una tarde algo calurosa, con los rostros llenos de emoción y la pista limpia, Ash se siente intimidado, pequeño y algo roto, nunca ha visto este tipo de emoción por nadie que conozca, no de forma positiva. Tampoco se ha fijado tanto en alguien, en cómo cada uno de los músculos de sus piernas se flexionan para dar impulso a sus zancadas, la manera en que su vista no se despega del frente y sujeta su vara con precisión. 

Escogió uno de los lugares bajos frente a la pista para poder ver todo en primer plano. Luego se arrepentirá de ello, pues las imágenes que obtiene lo persiguen por semanas. 

Eiji llega a la marca, se impulsa, pone la vara en su sitio, va hacia arriba. El palo se retuerce, se gira, parece a punto de romperse… es normal, siempre es así… solo que sí lo hace, se rompe, pero Eiji ya tiene suficiente altura y empuje, pareciera que seguirá su trayectoría sin mayor contratiempo, pero no es suficiente, el impulso se pierde, cae sobre la vara traversa, la rompe también; cae, cae, cae, sus pies primero que el resto de su cuerpo. Hay un crack seguro, un grito. El viento sopla, hay sol sobre sus cabezas. Ash solo escucha el grito, el grito desgarrador de Eiji que lo obliga a saltar desde las sillas hasta la pista, superando la barrera sin dificultad, sin hacer caso de la gente que le grita en inglés y japonés, mientras ve a los equipos de socorros correr. 

Eiji grita, grita mucho, se revuelca sobre el colchón. El entrenador también vocifera, algo sobre la ineptitud de los preparadores de equipos y que por favor atiendan a su alumno. Ash no tiene tiempo de apreciar cuanto comprende ahora del japonés. Llega junto con los paramédicos. Lo que ve lo enfurece. El tobillo de Eiji está salido hacia un lado, un hueso blanco resalta entre la sangre y la piel rota, solo un extremo pequeño, pero visible. 

Debe doler mucho. 

―¡Ash! ―él lo está mirando, sus ojos oscuros más preocupados por él que por el golpe.  

Se detiene a mitad de una frase, seguro de que no es su lugar, ni su momento. Escucha a sus compañeros, así como al señor Miller llamando para que vuelva. Sus propias lágrimas ciegan su visión, tiene tanto miedo por Eiji, se siente tan inútil. ¿Y si Eiji no puede volver a saltar jamás? No ha hecho nada, pero siente que es su culpa, tal vez le contagió algo de su horrible suerte, la que llevó a Shorter y a Bones a morir demasiado pronto en una correccional. 

―Niño ―dice un hombre en japonés, un paramédico―. Debe darnos espacio, tenemos que sacar al chico de aquí. 

―Eiji ―pronuncia, dando un par de pasos atrás, ve como examinan el pie y suben a su amigo a una camilla rígida con cuidado―. Eiji, lo siento. 

―No hiciste nada, Ash ―trata de consolarlo, con la voz estrangulada por el dolor―. Fui torpe, sabía que no debía saltar sin más preparación.

―Yo…

Quiere decirle algo más, pero se lo llevan sin esperar a que su corazón se calme. ¿Qué puede decir u ofrecer? ¿Qué hay allí en él que importe y que no sea solo una carga para Eiji? Quiere justificar su arrebato, el golpeteo sin freno en su pecho, el anhelo desperdigado que sólo puede comparar con los días de sol en Cape Cod con la hierba alta y el mar suave. 

―¡Aslan! ―el señor Miller está a su lado, sus enormes manos blancas lo sujetan por los hombros―. ¿Estás bien? 

El viejo, enterrado, nauseabundo recuerdo de su niñez vuelve con fuerza. No ayuda mucho que el entrenador tenga hoy una horrible camiseta de béisbol de un equipo japonés. Vomita en la pista antes de poder escuchar qué es lo que le están diciendo. 

But the fault was in our stars
And some things are not meant to last
And only pictures on our walls in our halls
Remind me of the years we shared somewhere
And I'm still there

Resulta que la salud mental en Japón es algo deficiente. Ni Max ni Ibe-San consiguen una cita con alguien que realmente parezca comprender lo que implica el trastorno de estrés postraumático debido a la violencia sexual, o que se vea genuinamente comprometido por hacer algo al respecto. Ash espera hasta una hora adecuada en Estados Unidos y prefiere conectarse a la madrugada para una videollamada con la psicóloga que lo atendió en servicios sociales cuando lo rescataron. Ella lo escucha atentamente, con calma, se preocupa por recordarle que nada de lo que diga podrá hacer que lo juzgue con dureza. Le cuenta con calma su experiencia de los últimos días, incluida su expectación tortuosa por volar y enfrentar todo esto. Ni siquiera va a la competencia para la que se supone que viajó. Le cuenta sus encuentros con Eiji, la manera en que el chico lo hizo sentir bienvenido y seguro, aun sin tener que contarle nada, la forma en que lo miró cuando cayó, más preocupado por las emociones de Ash que por su pie. 

―Me siento tonto ―dice―. No sé porqué salté a la pista, ni porqué me preocupa tanto. 

Se había sentido extremadamente inútil. Tonto. Pero también había sentido la infantil idea de protegerlo, de hacer algo, de evitar su dolor. No quería ver a Eiji sufriendo, no quiere verlo en el hospital si no tiene nada con que palear su pena. 

―Ash ―la voz de Angelica es dulce, suave, sabe que preguntará algo difícil. Incluso con la señal inestable de internet, puede reconocer el cuidado―. ¿Has pensado que podrías sentirte atraído por los hombres? ¿O por las personas? Nunca demostraste mucho interés en las relaciones, normal con tus antecedentes, pero eso no quiere decir que no puedas querer a las personas y sentirte atraído por ellas. 

La sonrisa de Eiji se desliza en su memoria, su ceño fruncido al mirar por la cámara y ajustar la toma. Eiji, con sus fuertes piernas empujando hacia el cielo. Además del estremecimiento en su pecho, hay un ligero picor en algún sitio sin determinar. Ha tratado de pensar en los demás como algo ajeno, sin importancia, que deben tener que ver algo con él, pero que no son importantes ―aunque ni Max, ni Jessica, ni Michael puedan caer en esa descripción―, cada vez que por error ha pensado en cómo pasará su vida, la idea de una pareja ha sido descartada. Le molesta que lo toquen, que lo miren, que le coqueteen: las chicas, los chicos, la gente mayor. Excepto, que Eiji no ha hecho eso, le ha tomado fotos con una naturalidad amistosa, no lo ha tocado jamás y le llama “ashu” con una reverencia divertida. 

―Gracias, Angelica. Pensaré en eso. 

No solo lo piensa, lo mastica en su insomnio mudo. Lo devora por dentro, deja que se arrastre  junto con las horas. tic tac, tic tac. Mete la mano bajo sus pantalones de dormir, la habitación blanca y clínica no le ayuda. Intenta pensar en algo, lo que sea y saber si existe en él esa chispa ansiosa que envidiado y odiado en otros tantas veces. Por años pensó que tal vez simplemente era diferente, que sus traumas y su propia personalidad lo ponían lejos de las personas a las que el sexo o el romance eran para prestarles atención; pero aquí está, tratando de ver si se puede masturbar con la cara de un chico al que ha visto un puñado de veces. No puede. Ni siquiera puede tener una erección como es debido. Tampoco puede dejar de pensar en él, de querer abrazarlo. 

Cuando amanece, está a primera hora en el hospital. Es frío, blanco e impersonal como los hospitales en todo el mundo. 

La madre de Eiji lo saluda primero, una mujer bajita, menuda, con la misma sonrisa cortés. También le habla en inglés, con consideración. Dice que se llama  Mayumi (4) y que trabaja como traductora, de allí conoce a Ibe-San y a Max. 

―¿Cómo lo conoce?.

―A veces hago traducciones aquí de lo que tu padre hace en América ―comenta, mirándole con unos ojos enormes y frescos―. Estudié inglés en el bachillerato y luego estudié literatura. Pero no es una carrera con muchas salidas. Empecé a trabajar como intérprete. Cuando Ibe-San se presentó para trabajar en América como corresponsal, le ayudé a preparar su curriculum. 

Eso lo hace sentir más cómodo, menos invasivo, menos extraño. La mujer lo deja entrar en la habitación, poniendo el ramo de flores que le entregó en una mesa cercana. Son gardenias (5), que encontró en una floristería muy bonita al final de la calle y fueron las únicas que le llamaron la atención en medio de un mar de colores. ¿Por qué llevaría tanto color a una situación tan parca? Eiji está dormido, el ligero flequillo cae sobre un rostro iluminado por un sol mañanero tenue y pacifico… los recuerdos que tiene Ash de los hospitales son agotadores y lo enojan, como lo han enojado siempre las preguntas directas de las enfermeras preocupadas. Se lamento ahora no haber venido a ver a Eiji antes. 

Se sienta en una silla al lado de la cama, en una mesa auxiliar hay un libro, un teléfono que reconoce como el de su amigo y un folleto que habla sobre la recuperación motriz. 

―Tuvieron que operarlo, tuvo una fractura y una fisura ―dice Mayumi, de pie al lado de la cama―. Anoche estaba muy enojado, después de salir de la sala de operaciones. Arrojó algunas cosas. 

La idea de que Eiji se pueda enojar lo aterra, las personas tan buenas solo se enojan por las grandes cosas. 

―¿No va a poder volver a saltar? 

Mayumi-san mira a su hijo con ternura y pena, esa clase de miradas que seguro solo las madres son capaz de dar. El blanco aséptico del lugar solo enmarca esa expresión. 

―Quizá en algunos años, cuando su tobillo pueda volver a sostener esa presión, pero las competiciones se han acabado para él. 

Ash no sabe qué decir, no sabe si tiene que llorar, gritar, reír o decir algo reconfortante. ¿Qué clase de cosas puede decir alguien que no tiene realmente idea de nada? 

―Llamó ayer temprano, sabes, me ha contado todos estos días sobre su nuevo amigo americano, estaba muy emocionado de que lo vieras saltar por primera vez. 

Entonces la culpa lo recorre desde más adentro, desde esa mirada robada una semana atrás en el campo de entrenamiento, desde ese deseo y admiración plagados de culpa que lo tienen sentado en esa silla.

―Ash… ―la voz de Eiji es débil desde su almohada―. No la escuches, siempre me quiere avergonzar. 

If we met today and you would know
Just where it all could lead
Would you pass me by
Or would you take a chance with me

―¡No te puedes mudar a Japón porque te enamoraste de un muchacho! ¡Tienes quince años!

―No me quiero mudar, solo quedarme un poco más ―pide, con angustia, sin atreverse a decir nada de la segunda parte del reclamo. 

Max se comporta ahora más como un padre, menos como todas esas cosas que ha jurado ser siempre: un amigo, alguien fácil de tratar. Ash no sabe como manejar esto, nunca ha tenido un padre y Max, aunque se ha esforzado, es tan bueno que no merece ser el padre de Ash. Del otro lado de la línea, lo imagina con el teléfono móvil apretado, en altavoz, meciéndose el cabello con algo de insistencia, igual que cuando no sabe bien cómo continuar una frase importante de sus reportajes, como aquel día en que debió escribir con paciencia, palabra a palabra la declaración jurada al juez sobre lo que sabía de Ash, Griffin y Banana Fish. Aún recuerda que contó seis cigarrillos en media hora, junto con tres tazas de café y la rabia imbuida en la fuerza con la que sujetaba el lapíz. 

―Solo dos meses, Ash. Solo dos meses. Hablaré con Ibe-San, vendrás con él cuando nos veamos para la exposición en New Jersey. 

La exposición es un reconocimiento a algunos de los fotoperiodistas y periodistas de investigación del New York Herald en el que Max e Ibe-San contarán con una sala dedicada a sus más importantes colaboraciones, sobre todo las de ámbito internacional. Es la primera vez que Max recibirá un verdadero pago moral por haberse parado frente a tantas balas ―literales y ficticias― con tal de conseguir que las personas de las que está reportando no salgan heridos ―niños abusados, madres solteras, pandilleros, migrantes, prostitutas―. Si Ash algún día logra ser la mitad de entregado a algo de lo que es su padre adoptivo con su carrera, se sentirá el hombre más afortunado del mundo. 

―Gracias, Max ―lo dice en serio. No sabe a quien más agradecer por todo, por la vida y la oportunidad de vivirla que tiene ahora. Max ha hecho por él más de lo que su estupido padre ha podido y mucho más que los servicios sociales. 

―Agradece cuando estés de vuelta, muchacho ―regaña, en un tono amable―. No te vayas a ir, Michael se enojará mucho si no te encuentra en tu cuarto como prometiste. Le inventaré algo. Y si logras echarte un novio, traelo para cuando vuelvas. 

La idea de que Max ni siquiera esté preguntando si en verdad le gustan los chicos sino que lo aliente, le hace pensar que tal vez para su no-padre, las cosas sean más evidentes que para él mismo. Y se siente tonto. También extrañamente alegre, el tipo de alegría divertida que le ha faltado por tanto. Mira el teléfono un rato, la foto de él paseando por Yoyogi Park lo interroga, es una bonita puesta en escena con luces cálidas y él mirando el horizonte; Eiji la tomó en un descuido y se la envió por mensaje. 

Recoge algunas de sus pertenencias que están regadas por el pequeño cuarto. Apenas cabe una cama y una mesa auxiliar, y el baño que es diminuto, sus compañeros lo llaman entrenamiento para el cuerpo de marines, Ash escupe y espera nunca tener que llevar un uniforme; no después de ver en donde terminó Griffin. Limpia como hábito de desintoxicación propio, como el intento de poner en orden lo que dentro no encuentra solución. Cuando termina, no queda nada más que sus pensamientos menos escabrosos. 

Es entonces que sale al pasillo, donde sus demás compañeros lo miran con misericordia, esa que solo debería estar reservada para los altares en las iglesias. Angelica, la capitana del equipo de tennis ya le dijo ayer que conocía un buen programa terapéutico online si requiere acompañamiento, no supo si se lo ofrecía para él o para Eiji, pero le agradeció brevemente y se fue. Nunca se habían hablado y espera no tener que volverla a enfrentar nunca, pues sus claros ojos grises parecían ver su pena tan honda. Ahora, algunos de ellos levantan la mano, le ofrecen una sonrisa o le desean suerte… el único que se atreve a decir algo real es Nikky, un niño de trece años afroamericano que tiene el talento para disputar un puesto en el equipo masculino de básquet.

 ―Llevale un bubba tea ―dice, poniendo un vaso cerrado en su mano―. Son muy populares en Asia, este es de matcha. Dile que las lesiones no son lo último en la vida de un deportista. Mi madre no pudo ir a los nacionales de atletismo hace veinte años por una lesión, pero hoy es médica especialista en trauma. 

―Gracias, Nikky.  

―No hay de que. 

Con el té en su mano y algo más de confianza, toma el tren que debe llevarlo hasta su destino. No le toma más que treinta minutos de carretera y una caminata de cinco. Los avances de la operación son buenos, el médico de cabecera dice que con el cuidado adecuado nunca tendrá problemas de movilidad. Eiji ve eso como una derrota, Ash también lo vería así, Ash se ha sentido como una derrota desde hace mucho. 

La recepcionista lo deja seguir sin pedirle identificación, le dice que la señora Okumura salió para comprar algunas cosas, se demorará poco menos de una hora, pero Eiji está despierto y atento. Lo encuentra sentado, ya no en la camilla, sino en una silla de ruedas junto a la ventana, con el cabello recién lavado, unos lentes y un libro en su regazo. Es uno de los libros de Ash, que le dejó en su última visita. 

―No pensé que leer a un japonés traducido al inglés fuese tan terrible ―dice, cuando la enfermera los deja y Ash pone el té a su alcance. 

―¿Es muy mala la traducción? ―supone que sí, la mayoría de las traducciones de oriente son pésimas, 

―No ―los ojos de Eiji son imposiblemente negros, lo miran con culpa―. Es mucho más triste. Ustedes no tienen esas complicadas metáforas sobre la vida. La muerte es muerte y el dolor es dolor. ¿Sabías que no solo fue Mishima? Muchos de los escritores de la época terminaron suicidandose por razones parecidas.

―¿Eran gays de closet? ―intenta bromear, aligerar el ambiente.

―Estaban estupefactos ante cambios que no podían detener, así como a sus propios deseos. 

―Entonces, ¿ahora haces tu las metáforas profundas sobre la vida? 

―Idiota ―obtiene como respuesta, junto con una sonrisa que se oculta detrás del vaso de bubba tea. 

If we met today would I be wise
And do things differently
Or would I waste away
The best days I will ever see

Se muda a la casa del matrimonio Okumura al final de la semana. Van hasta Izumo, en un agradable viaje en auto que le permite ver la megalópolis de Tokio convertirse lentamente en agradables paisajes rurales que parecen una fantasía. Ryota-San es profesor, trabaja para la escuela secundaria a la que va Eiji, impartiendo clases de francés y literatura inglesa, conoció a la madre de Eiji en la universidad porque compartían clases. 

―Ella es la exitosa en casa ―dice, con una rara afectación que solo ha visto en Max, ese reconocimiento de que es su esposa la que tiene todo por demostrar y que no les molesta en absoluto―. Así que yo me ocupo de educar a los chicos.

―¿Chicos? 

―Tengo una hermana, Aiko ―Ash y Eiji van juntos en la parte trasera del coche, con Ash insistiendo en cargar la pierna lesionada de su amigo, asegurando que no le incomoda, no le importa y se está quedando para cuidarlo, así que no hay ningún problema―. Está con nuestra abuela, pero la conocerás pronto. Es ruidosa, no habla inglés, pero le gusta el francés. 

―Soy bueno en francés ―dice, imaginando a una pequeña versión de Eiji diciendo cosas graciosas en francés―. Mejor que en japonés.

―Tu japonés mejorará cuando vayas a la escuela ―dice Mayumi-san, sonriendo a través del espejo retrovisor―. La mejor manera de aprender un idioma es convivir con él. 

Ya habla bastante decente, con su obvio acento y aspecto es imposible que lo confundan con un local, pero no se pierde con las conversaciones ni con el metro. Pero parte del trato que hizo con Ibe-San, Max y Mayumi-san es que irá a la escuela en las mañanas para hacer los deberes y poner al día a Eiji. Habiendo demostrado ser bueno en casi todo en América, terminará la escuela el siguiente año junto con Eiji, en primavera; sólo que cada uno de su lado del atlántico. 

Ha intentado no fantasear con el futuro. 

Ya en la nueva casa, se instala en la habitación de invitados, poniendo sus escasas pertenencias y regalos en la cómoda que la señora Okumura ha organizado para él. El hogar es fresco, tradicional, con esteras de bambú y una plataforma en el patio para tomar el té, pero también con un televisor grande y una sala minimalista para recibir a las visitas o pasar la tarde. 

Su habitación está frente a la de Eiji, a quien ayuda a llegar a la cama y escoge para él un par de libros de la biblioteca del señor Okoumura que le parece podrían ayudarlo a distraerse. Cuando están solos, ser ellos es fácil. Hablan con frases mezclando inglés y japonés, se hacen bromas en doble sentido que son patéticas e intentan no hacer que la pierna de Eiji duela más, a pesar de que éste se mueve más de lo recomendado intentando que Ash le haga caso en lugar de observar sus mangas y la colección de figuras gundam. Es divertido hasta que Ash ve su propio nombre en una noticia, recortada a prisa de un diario Americano unos años atrás, Eiji la mantiene como separador de un manga cuyo nombre es demasiado largo para recordarlo. 

―La vi en los archivos de Ibe-San hace un año ―comenta Eiji, su voz pausada y temiendo su enojo―. Me contó sobre lo que pasó contigo… con la mafia. Pensé que eras muy fuerte para seguir adelante con todo lo que te pasó. Cuando me dijo que vendrías porque estabas participando del torneo, le pedí que me llevará a conocerte.

Ash mira su nombre una y otra vez, el títular imposible de olvidar “Niño encontrado en las redes de la mafia; Víctima de trafico y abuso sexual”. La idea de que Eiji siempre lo supo, siempre estuvo enterado de su pobre y patética existencia, de sus profundos dolores constantes, de la marca indisoluble que era ser quien había sido y quien trata de ser ahora es aterradora. Eiji es tan bueno, tan puro, tan encantador. ¿Por qué tiene que saber esas cosas horribles sobre él? Tiene ganas de llorar, pero no delante de Eiji, porqué tratará de consolarlo. 

―Fue hace mucho ―miente, fue hace tan poco, siente todavía esas manos viejas reptando su cuerpo―. Ya no es mi vida. 

Eiji, desde la cama, lo mira por un largo momento. Su ceño fruncido, tanto como cuando el doctor le comunicó que todo ejercicio físico quedaba descartado hasta dentro de seis meses. 

―Tu vida es tuya para hacer lo que quieras ―dice, ahora sí parece ser mayor que Ash, aunque su apariencia engañe―. Si dices que ya no te afecta, no diré nada. Pero… si alguna vez necesitas algo, a mi no me importaría ayudar. 

Una sonrisa completa, esas que da con la boca exageradamente abierta y sus ojos, de por sí pequeños, convertidos en dos rendijas diminutas. La luz que entra por la ventana le da un halo angelical aún más perfecto. Las mariposas en el estómago de Ash no dejan de moverse sin cesar. ¿Por qué tiene que ser tan malditamente lindo? ¿Por qué no permite que viva y respire tan cerca de él? Sabe que se está sonrojando, siente sus mejillas calientes, se esconde detrás de manga, fingiendo que lee unos signos demasiado pequeños para su miopía incipiente. 

―Gracias. 

―No hay de qué… aunque, ¿no sabía que te gustaban las chicas mágicas? 

El dibujo a blanco y negro de una muchacha haciendo giros extraños bajo una luz proyectada fue todo lo que necesitó para soltarse a reír. 

Tal vez ser descubierto por otros no es tan malo. No es tan aterrador que alguien más sepa quién eres, qué quieres, que miedos te susurran antes de apagar las luces.  No se siente mal tener una sonrisa al final de la melancolía, ni encontrar una pasión escondida allí también. Es difícil darse cuenta de cuanto ha curado en realidad, debajo de todas esas capas superpuestas de desidia y desesperanza. 

Viajar al otro lado del mundo se presenta más aterrador ahora que en el avión. Aquí ya no hay final en una pista de aterrizaje, ya no se calcula en la capacidad de entender o ser entendido, solo en la posibilidad de asumir sus propios sentimientos frente a la vida. 

―Tengo gustos eclécticos… además, estaba en tu estantería. 

―Son divertidos, mejor que los de deportes donde todos siempre llegan a la final. 

For each and every moment we shared
Don't think I'm not grateful
Amazing for how long you stood by
All my imperfections

Las escuelas japonesas son raras. Estrictas, limpias, ordenadas y con una jerarquía más llevadera que en América. Todos hacen parte de un club, pero el club no los condiciona de manera definitiva a algún tipo de segregación como está acostumbrado. Más bien, el consejo estudiantil funciona de verdad y hay gente haciendo cosas realmente complicadas como administrar presupuestos, gestionando con la comunidad y la institución, muy apurados en conseguir destacar para llegar a las mejores universidades. 

Eso, y están los vagos, delincuentes cuya mayor travesura es ir a fumar detrás de la escuela en los recesos y saltarse las clases extras para jugar billar y beber cerveza en algún tugurio escondido. No son nada como los chicos que se pasean con armas bajo la camiseta o los punk sin consciencia que asaltan a viajeros incautos en el metro. Aquí lo más rebelde que puede hacer una chica no es subirse la falda, sino dejarla caer hasta los tobillos (6) y sacarte el dedo medio si te acercas demasiado. 

A Ash no le importa. Algunas de las chicas le envían cartas o le ofrecen acompañarlo a su casa, interesadas por conocer al chico extranjero, pero se disculpa con cortesía: ―Hay alguien que me está esperando.

No es una mentira. Eiji está ansioso de saber que pasa con él cuando vuelve del colegio, le pregunta por sus amigos ―que le han ayudado a Ash con el japonés y las interminables fórmulas químicas― y por los proyectos de los clubes que tendrá que perderse. Aquí es realmente diferente, en casa cada quien decidía si prestaba atención a la clase o no, en Japón es su deber aprender algo incluso si el maestro no quiere enseñar nada ―cosa que no ha pasado aún―. 

―¿De verdad quieres estar aquí? ―Eiji está sentado junto a la ventana, igual que en el hospital, solo que ahora, su pie descansa en la cama, junto a los de Ash. Están frente a frente―. Puedes volver a América cuando desees, no creo que haya nada de divertido para ti aquí.

Un viento cálido mece las cortinas suaves, pone algo de rubor en las mejillas pálidas por el largo tiempo dentro. Aunque Aiko ya ha vuelto de la casa de su abuela, en realidad no pasa allí mucho más tiempo que sus padres y es la única que trata de insistir todavía con que Eiji salga un poco al jardín o la casi desierta calle del frente. Los demás, incluido Ash, han desistido. Mirará el sol cuando pueda ponerse en pie, es un límite que se ha puesto y nadie pretenderá romper a la fuerza. Un chico que sabe lo que sienten los pájaros al despegar del suelo, debe realmente sentirse frustrado sin poder movilizarse a sí mismo. 

―Estoy mejor aquí que en casa, además, solo serán unas cuantas semanas más ―la pared sobre la que se recuesta lo obliga mantener una postura recta, los ojos de Eiji están justo a su altura―. Realmente no tengo nada por lo que volver. 

―¿Y Max? 

―A Max solo le interesa que yo esté bien ―las palabras son pesadas, es una verdad que sigue incomodando―. Creo que ahora puede dormir mejor sabiendo que no estoy pensando en nada turbio. 

No en pistolas, no en dagas, no en el lento desvanecimiento hacia la nada. Ahora cree que podría pensar en el futuro como algo más que un negro agujero que lo succiona. Pueden ser largas tardes de té, suaves charlas con amigos, un libro ameno que no aterroriza a su subconsciente; el futuro puede ser un hogar y también la paz. Eiji sentado allí, mirándole con mimo, es mucho más de lo que pretendía hace unas semanas. 

―Me alegra que te guste pasar el tiempo con un invalido ―reniega su anfitrión, emitiendo un largo y casi espeluznante suspiro―. Sería más divertido si pudiese llevarte a conocer Izumo o te llevase a practicar tiro. 

Eiji ha hecho planes para ambos, para el próximo año. Le ha dicho como y cuando pueden ahorrar dinero, conseguir becas, organizar un plan. Ash no ha querido preguntar qué carajo significa eso, porque si la respuesta es simplemente “somo buenos amigos” sabe que se romperá por dentro. Solo asiente, dice que sí, que lo hará… que lo harán, que visitarán los templos, las universidades a las que aplicarán, que se sentarán para hacer cuentas y definirán el resto de sus días a través de decisiones precipitadas. Ash lleva cinco semanas en Japón, Eiji lo trata como si hubiesen estado juntos desde siempre. 

―Cuando estés mejor, ya dijimos que podrías llevarme a ver lo que quisieras. 

―¿Te molestan las multitudes? ―es tan abrupta aquella pregunta, que le hace detenerse a analizar cada una de las palabras. Nunca nadie, a excepción de su psicóloga, le ha preguntado por sus límites. 

―Me molesta la gente cerca ―acepta, evadiendo la mirada anhelante―. En general, me disgusta compartir espacio casi con cualquiera. 

Eiji sonríe, esa cosas confiada, astuta, pero no agresiva. 

―Me alegra entonces que me dejarás secuestrarte al otro lado del mundo. 

―Me quedé porque quise ―remata, con un intento de sonrisa―. No serías capaz de obligar a nadie a nada. ―Los chicos como Eiji crecen llenos de amor, lejos de los tugurios, seguros de que nada ni nadie intentará transgredirlos nunca. Incluso si no vuelve a saltar, Eiji no tendrá que sentirse un despojo humano, una basura, lo último que pudiese ser necesitado por alguien. A Ash le gustaría poder conservar un poco de eso para llevarlo a América con él―. La próxima vez, dejame que te lleve a donde yo quiera. 

La sonrisa, imposible de ser más brillante, se ensancha: ―Claro que sí. 

In the heaven of your heart
Even silence was a friend of mine
In the meadows of our love we would run
And we would never fade away

Resulta que ir a pedir por amor es una cosa común en Izumo. Eiji, aún con su escayola, lo guía por los senderos que llevan al templo. Las otras personas les abren paso con una mezcla de exasperación y felicidad que no ha visto antes en este país. ¿Piensan que van a pedir por ellos? Tal vez. 

Cuando le dijo a Eiji que solo tendría una semana más en Japón, pareció enloquecer un poco. Ibe-San dijo que desde que lo conocía, solo el salto lograba ponerlo tan enérgico y ya que llevaba más de un mes de reclusión en su casa, sus intentos de hacer algo significativo alegraron a sus padres más de lo que Ash pensó. La señora Okumura preparó todo para que pudiesen salir, incluyendo cancelar una sesión de traducción para un libro ruso, de manera que pudiese acercarlos en el auto. 

Aiko fue más directa: ―Si hubiera sabido que si Ash intentaba irse tú ibas a pararte, le hubiese hecho la vida imposible. 

La hermana de Eiji es como su padre, meditativa, amable y muy directa, agraciada y divertida. En clases, el señor Okumura es mucho más accesible que otros docentes, intentando conectar a sus alumnos con las culturas de las que vienen los libros que leen y las lecciones sobre artistas que aprenden; siempre con un dulce escondido en los cajones de su escritorio para algún alumno que necesite un poco más de energía.  

Ash va a extrañarlos a todos, de una manera en la que no está acostumbrado a extrañar, con la posibilidad de que en algún momento realmente podrá volver a verlos, o al menos contactarlos. Max ha prometido ayudarle con su visa, Ibe-San se encargará de que a ninguno le falten noticias del otro, el hombre está entusiasmado porque Eiji ahora dedica más tiempo a aprender sobre cámaras y composición, olvidando un poco su tobillo y sueños rotos. 

Ahora que el verano ha empezado, la cantidad de turistas y visitantes que caminan infatigables por las pasarelas, antes llenas de árboles de sakura y que ahora exhiben sus últimas flores, preparándose para un breve periodo de frondosidad, es casi escandaloso. La gente viene aquí de todas partes, para pedir salud, dinero, prosperidad, empezar un nuevo negocio, pero el más cotizado de todos los santuarios es el del amor, las personas viene a pedir por quien aman, por quien amaron y por quien esperan encontrar para amar. El Izumo Oyashiro (7) con su estilo tradicional, sus monjes amables y su portentosidad, hacen que alguien como Ash realmente se pregunte sí Dios, de alguna manera está escuchando cada una de esas plegarias venidas desde lo más profundo del corazón de las personas. ¿Si Ash le pidiese algo, también lo escucharía? Espera que sí, porque hizo todo el viaje hasta aquí y Eiji parece tan feliz, sentado en su silla de ruedas, señalando todo lo que se puede señalar y explicando lo que significan algunos de los símbolos dorados pintados en arcos, pilares y puertas. Japón es, como lo ha descubierto a la fuerza, mucho más como un pequeño microcosmos donde la realidad se mezcla sin metáforas con ideales milenarios. 

―Debemos lavarnos las manos antes de entrar al templo ―pide Eiji, señalando una pequeña fuente a un lado de la gran puerta. Las personas se acercan allí para tomar agua con una cuchara gigante. 

Hace lo que le piden, empuja a su compañero hasta allí y él mismo tira el agua sobre sus manos, nota que los cayos una vez adquiridos por la práctica constante del salto se han estado desvaneciendo, no quedando más que pequeñas heridas en las palmas. 

En el camino, varias chicas los miran con sonrisas en la cara, algunas les dan saludos lejanos junto con chillidos agudos. Quiere saber si la vergüenza sube por su rostro tanto como lo está sintiendo. 

Dentro de la edificación, un monje les ofrece incienso, Eiji paga por él y por un amuleto. Allí no hay más que un altar en medio del recinto de madera, los monjes, con sus túnicas de colores, cantan salmos en una mezcla de japonés moderno y antiguo difícil de seguir, hay uno que se sienta en un costado tocando unas campanas claras que llenan el recinto de la energía que ha encontrado en las catedrales cristianas. Aquí no hay grandes vitrales, ni elaborados ritos, sólo él y Eiji arrodillados frente al altar, con fruta, comida, oro y más incienso. hacen sus reverencias con cuidado, sosteniendo las varitas que les corresponden.

«Sé que este no es mi país, ni mi religión. Supongo que un dios escucharía a alguien si está pidiendo por uno de los suyos. No vengo a pedir amor, ni matrimonio, que es su especialidad, pero Eiji necesita ayuda. Eiji merece más que un golpe y una carrera truncada antes de la mayoría de edad. Estaba feliz de venir aquí conmigo, así que mientras no pueda estar con él, me encantaría que lo cuidarás». Su propio Dios nunca le ha contestado, no ha sido más receptivo que la mayoría de dioses que conoce, ni que aquellos a los que solo ha tenido acceso en breves referencias a través del cine o la literatura. La divinidad, como la paz, son conceptos alejados de toda su realidad constante. 

Hace un par de reverencias más, deja el incienso en los soportes correspondientes. Eiko le dijo que debía comprar un amuleto, deja que el joven monje que los vende escoja el suyo y también uno para dejar en el cuarto de Eiji, escondido de sus ojos inocentes. Ash no confía en nadie, no cree en los hombres, ni en la vida, pero aquí está, rogando a una fuerza superior que haga algo por él que no se atreve a decir en voz alta. 

Debajo de las escaleras del templo encuentran un puesto de helados, una mujer local los prepara al instante con crema, frutas, matcha y otras cosas que Ash no está seguro deberían ir en un helado, o en un panecillo ―otra de las especialidades del lugar―, pero se deja llevar por el entusiasmo de su acompañante. La comida es mucho mejor cuando hay alguien con quien acompañarla, la vida es mucho más deseable si alguien le sugiere como deberían ser las cosas fuera de su atormentada mente; alguien que realmente sabe lo que es la felicidad y no solo algo insinuado en la literatura americana más disruptiva. 

―¿Qué comerás cuando vuelvas a América? ―pregunta Eiji, al sentarse bajo un árbol luego de dejar su silla a un lado―.  ¿Extrañarás la comida de Japón?

Mira el cielo limpio, las calles ordenadas, el árbol que se niega a perder sus flores en el verano; escucha las charlas apresuradas de las personas en la entrada del templo, así como sus campanas milenarias siendo tocadas con precisión; saborea lo último de su helado y huele la lavanda en la ropa que lavó Okumura-san. Siente el tacto de Eiji contra su muñeca, el leve apretón que ambos fijen que no está sucediendo.

―Voy a extrañar todo de Japón, Eiji. 

But the fault was in our stars
And some things are not meant to last
And only pictures on our walls in our halls
Remind me of the years we shared

El viaje es largo, se despide de Eiji en la casa y del matrimonio Okumura en el aeropuerto, ambos le piden que vuelva en cuanto pueda, que se cuide mucho y que les escriba con frecuencia. Promete hacerlo, sabe que tendrá que hacerlo. Ryota-san le ha empacado una guia completa de ofertas para una universidad en Tokio, así como fichas de aplicación y formatos de becas, le dijo que Mayumi-san se encargaría de traducir gratis sus documentos, que escribirían juntos una carta de recomendación al ministerio de asuntos exteriores si hacía falta para su Visa. 

Prometió pensarlo en serio, aunque ya esté calculando los gastos implícitos y las necesidades que tendrá si se muda definitivamente. 

Max es un asunto diferente, lo espera en el aeropuerto con Michael y Jessica, los tres lo rodean sin apuros en cuanto lo ven, preguntando por el viaje, las molestias, su estado de ánimo. Jessica incluso lo obliga a tomarse la temperatura para asegurarse de que no pescó ninguna enfermedad en el transcurso del viaje, ninguno menciona a Eiji de manera directa, pero las preguntas que lo implican están al orden del día: ¿Qué fue lo que más te gustó de Japón? ¿A qué lugar volverías? ¿Te divertiste? ¿Vas a extrañar algo? ¿Ibe-San cumplió su promesa de mostrarte las cosas interesantes que hay allí? No puede recordar ni siquiera el sabor del natto, que tanto odió en los desayunos, sin anhelar las tardes cálidas en la habitación de Eiji, con sus charlas llenas de referencias pop intercambiadas y secretos susurrados entre dientes. 

Mientras viajan en el desvalijado auto de Max, escuchando sobre los preparativos sobre la exposición, envía un mensaje corto que es todo lo que puede decir ahora: Llegué. Dos minutos después, a pesar de la diferencia en el horario, tiene una respuesta que es todo y nada a la vez: Me alegra saber que llegas bien. El emoji riendo es solo un intento de aplacar su nerviosismo. 

―¿Eiji está bien? ―pregunta Max, mirándole a través del retrovisor. Aunque amable, sabe que trata de evitar los daños.

―Sí, me dice que se alegra de que haya llegado bien.

―¿Y tu estas bien, Ash? ―es Michael, pegado a su costado comiendo cheetos, quien lo pregunta, sus ojos enormes mirándole con emoción. ¿Así miraba él a Griffin?―. Mamá dijo que estabas cuidando de Eiji porque Eiji te estaba cuidando también, ¿estabas enfermo? 

―Algo así ―responde, tomando un cheeto de la bolsa de Michael―. Siempre he estado enfermo, Mike. 

La respuesta no satisface a Michael, quien mira hacia la Nueva York que pasa por la ventana como si tuviera una pelea personal con la ciudad, o al menos con lo que su mente proyecta de la ciudad. Es tan incendiario como Max y tan meditativo como Jessica. 

―Michael, ya te dije que no molestaremos a Ash con esas cosas ahora ―recuerda Jessica, lanzándole una sonrisa amable de medio lado desde el puesto de copiloto―. Más bien cuentame, Ash, ¿fuiste el chico rebelde de la escuela japonesa? He escuchado que son muy estrictos. 

―No. En realidad obtuve buenas notas. ―Leyó muchos libros, aprendió técnicas de estudio rápido y, en verdad, no encontró encajar con los y las chicas ansiosos de cometer un crimen menor por desafío a sus padres―. Los niños asiáticos no saben lo que es un crimen. 

Jessica sonríe, rueda sus manos una sobre la otra. 

―Y tú eres un niño que sabe lo que es mejor para sí mismo. 

―Obviamente ―comenta con orgullo―. Aprendí japonés y llegué a N4 en menos de 6 meses. 

―Ash, ya eras impresionante antes de eso. 

La afirmación de Max es tan sencilla, tan real viniendo de un hombre que esquiva dos taxis y a un motociclista en medio del tráfico del medio día sin proferir ninguna maldición, que el aludido debe agachar un poco el rostro para ocultar el rubor incendiario que escala por sus pómulos ante tamaña osadía.

Cuando llegan a casa, hay pizza y algo de refresco de cola para darle la bienvenida, también un delicioso pay de arándanos que Jessica consiguió en una tienda muy costosa porque su cocina sigue siendo un asco. Su cuarto continúa igual, los libros que dejó a medias, el trabajo que nunca terminó para su clase de ciencias, los boletos para la exposición de arte oriental que no visitó en el museo metropolitano. Tenía toda una vida allí abandonada. 

Toma fotos de todo, las envía a Eiji: Resulta que tengo toda una vida sin ti. 

Desempaca sin afán, poniendo en las estanterías sobre su cama las cosas que trajo como souvenirs, incluído el amuleto del templo, que pone junto a la única fotografía de Griffin que ha podido conservar: la de su reclutamiento. Le cuenta en silencio todo lo que ha hecho, como se lo contaría a su hermano si estuviera allí. Eiji y Griffin se llevarían bien, se harían compañía en silencio, le gastarían bromas tontas.

Se lanza sobre la cama para ocultar de sí mismo la angustia mental que tiene por todo este asunto. Realmente no habló con Eiji de sus sentimientos, no quería imponer algo como eso a alguien que lo estaba tolerando en una racha de amabilidad creciente, además, es y sigue siendo más importante la recuperación de la operación que sus sentimientos confusos. 

Es Michael quien lo saca de su autoflajelo.

―Ash ―llama, desde el otro lado de la puerta, muy despacio, como si temiera algo―. Creo que los doctores están equivocados, no estás enfermo. Solo estás triste, también estaba triste cuando mis papás se divorciaron. ¿Crees que si vuelves con Eiji estás feliz?

Corre de la cama a la puerta, detrás del bloque de madera hay un niño que lo mira con un ceño fruncido por la concentración. Es el mismo gesto de Jessica cuando tiene una idea.

―¿Por qué preguntas eso? 

―Porque mamá está feliz viniendo a ver a papá, aunque se la pasa diciendo que lo detesta. 

Eiji contesta diez horas después a su mensaje: No te acostumbres a ello. Es tarde, Ash ya terminó de planear con Michael cómo reconciliar a Max y Jessica antes de que llegue navidad.

In the heaven of your heart

―¡ASH!

En los aeropuertos, ni en los lugares públicos, debería gritar de esa manera. En Japón, los aeropuertos son silenciosos, casi clínicos, pero esto no es Japón y a Ash realmente no le importa correr por todo el pasillo para encontrar a Eiji cuando lo llama. Han estado planeando el viaje por todo un año. Eiji decidió tomarse un año sabático antes de iniciar la universidad, Ash necesita hacer unas cuantas pruebas y planes antes de poder hacer algo con su vida sea en América o en Japón. No ayuda que en realidad ninguno de los dos haya alcanzado la mayoría de edad en sus países de origen. Gritar y correr por un aeropuerto no es tan grave. 

Lo ve entre la multitud como un faro, su brillante sonrisa, una bufanda azul, una maleta oscura que parece demasiado pequeña para los tres meses que planea quedarse. A Ash no le importa compartir toda su ropa si se queda con él. 

Se encuentran a mitad de camino, el aire está cargado y abruma a Ash. Ha crecido más en el último año y medio, es tan alto como Max, mientras que Eiji mantiene su estatura, ahora puede mirarlo hacia abajo. La sensación es divertida, al tiempo que intimidante. Eiji sigue siendo mayor, eso debería significar algo. No sabe qué decir cuando están tan cerca, hablan todo el día por mensajes de texto, se llaman los fines de semana en largas interpelaciones a las que alguno de sus tutores debe poner fin para que se vayan a dormir; tenerlo tan al alcance es diferente, ansiado, la emoción en la boca de su estomago le va a hacer decir algo tonto. 

―Hola… Eiji. 

Sumerge las manos en los bolsillos de su abrigo para tener algo que hacer con ellas. 

―Hola, Ash. 

Se ve tan agotado por el viaje como expectante, un bonito gorro tejido es lo que separa su cabello oscuro del frío exterior. Quiere apretujarse en sus manos, constatar con el tacto que está aquí, de cuerpo presente y no solo una de las horribles jugadas de su cerebro ante la ansiedad y la espera. 

―Vamos ―Eiji tira de la manga de su chaqueta, un gesto intenso, cercano―. Quiero que me muestres la ciudad de la que tanto te quejas. 

Echa a andar sin soltar a Ash. 

Es entonces que toma la delantera, desliza sus dedos contra los dedos de Eiji, su palma abierta lo espera sin resistencia. Ir de la mano convoca un ruido de tambores en su corazón, la emoción lo baña todo. Caminan juntos, tan cerca como es posible sin resultar molestos. No se miran, aunque sus manos no se separan. 

Mishima estaba totalmente equivocado en su búsqueda de una justificación para su miseria, en su intento de ocultar aquello que era innegable. Ash no podría vivir en ese mundo de profundo autoengaño, prefiere a Eiji. 

Notes:

(1) El color prohibido es una de las novelas de Yukio Mishima donde se aborda el tema de la homosexualidad y sus complejos matices en la sociedad tradicional japonesa. Mishima fue un escritor que en sus obras retrataba su lucha interna entre sus pasiones y lo que consideraba correcto para su país -era un nacionalista de derechas que deseaba que el Emperador recuperase poderes plenipotenciarios y se oponía a la occidentalización de japón-. Se casó y tuvo hijos, pero en sus novelas semi-autobiograficas, se revela su gusto por los hombres, su desprecio por el matrimonio y lo difícil que es para él ocultar esa parte en su vida diaria. Se suicidó a través del seppuku, quizá una de las figuras modernas de japón que lo usó con fines rituales. Creo que sería algo que Ash leería con toda certeza y que empatizaría con fuerza.
(2) Otro escritor japonés de la misma época, Ryunisuke Akutagawa, también muerto por suicidio ―esta vez sobredosis―. Nació de una madre que tenía psicosis y al parecer padeció de lo mismo durante su vida. Era más abierto al encuentro de occidente con japón, pero gran admirador de su propia cultura e historia, de sus relatos cortos es que más adelante Akira Kurosawa partiría para crear su obra maestra del cine: Rashomon. Sus cuentos son profundamente psicológicos y satíricos.
(3) Tuve que usar el término “futbol soccer” muy en contra de mi misma, solo porqué sé que para los Estadounidenses el fútbol es su fútbol con pelota en forma de la cabeza de Arnold.
(4) Mayumi que significa fuerza o gracia interior, fue el nombre de niña más popular en japón durante los 60 y 70, siendo muy apreciado dado el esfuerzo del país por reconstruirse. Para la edad de Eiji en el programa, su mamá (como la mía) debe ser de mediados-finales de los 80 y creo que dado que viene de un pueblo tan tradicional, tendría un nombre un poco “viejo”.
(5) Escribiendo este fanfic, descubrí que las gardenias tienen un significado especial en japón, ya que se asocian con los tableros de “go” y por lo tanto con el silencio y el respeto que se debe tener durante el juego. Pero, también significan amor secreto. ¡Y queda genial con el tema de Heaven of your heart! Yo solo las escogí porque quería simbolizar que para Ash todo lo que es blanco significa salud, cuidado y soledad, pero WTF? con la coincidencia. En fin, eso dio paso a que en mi head canon, la mamá de Eiji se huele todo desde el principio y está muy preocupada por todo el asunto.
(6) También pensé en ponerle de nombre a este fanfic Kuchinashi (gardenia) por ese significado.
(7) Las subekan o pandillas femeninas de los 70 y 80 japonesas en lugar de hacer sus faldas pequeñas (que ya lo eran) las alargaban hasta los tobillos y las decoraban con pines o bordaban kanjis en ellas. Aunque en su momento sí que llegaron a cometer crímenes reales, en la actualidad es más bien un estilo o una forma despectiva de llamar a los grupos de chicas con formas de vida más “relajados”. Esta fue una rebelión de las mujeres jóvenes de distintos lugares por hacer y ser tan fuertes como llegaban a serlo los chicos.
(8) Izumo Oyashiro: O templo mayor de Izumo, es un santuario que se supone existe desde la época de Amaterasu (diosa primigenia de la mitología Japonesa) y que está dedicado a Okuninushi, kami de la tierra y del matrimonio. Es uno de los templos más populares, visitados y realmente adorados entre los japoneses.

¿Por qué tardé casi dos meses en escribir esto? No tengo ni idea o, bueno, más bien tuve como tres ideas diferentes de como abordar la historia, los personajes, las cosas que iban sucediendo (en un principio iba a ser una divergencia canónica luego de la primera vez que deben esconderse juntos en la casa de seguridad.

Realmente disfrute/ms frustré escribiendo esto, pero lo adoré. Espero que ustedes también lo aprecien.

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