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La velada en Vauxhall prometía ser una de las más comentadas de la temporada. El aire nocturno, impregnado de flores y del murmullo de la multitud, estaba teñido de música, risas y destellos de linternas que colgaban como estrellas en miniatura sobre los jardines.
Penelope Featherington caminaba detrás de su madre y de sus hermanas, con el mismo vestido que su modista había adornado con lazos de un amarillo estridente, como siempre. A nadie le sorprendía que sus hermanas hablaran sin cesar de posibles pretendientes y de los bailes que esperaban esa noche. A Penelope, en cambio, le bastaba con observar. Le gustaba esconderse en la multitud, pasar inadvertida. Nadie la buscaba con la mirada. Nadie, salvo un par de ojos oscuros que, desde hacía algunos días, parecían seguirla más de la cuenta.
El duque de Hastings.
Simon no debería siquiera fijarse en ella. Podría elegir a cualquiera: damas deslumbrantes con sonrisas calculadas, hijas de condes y marqueses que ansiaban llevar su apellido. Pero mientras todos lo rodeaban con halagos, él la había visto. Una joven que se apartaba del bullicio, que observaba con una mezcla de timidez e ingenio escondido.
Simon había prometido mantenerse lejos de los juegos matrimoniales. La sola idea le recordaba las cadenas invisibles de su padre, su odio, su juramento de no dejar descendencia. Pero esa noche, los ojos verdosos de Penelope brillaban con una sinceridad que le resultaba más peligrosa que cualquier conspiración de madres casamenteras.
La música cambió a un compás alegre. Los Bridgerton entraron en escena, atrayendo inevitablemente la atención de todos. Daphne, radiante, bailaba bajo la mirada atenta de Anthony; Colin conversaba animadamente con un grupo de jóvenes, y Eloise, con gesto crítico, parecía cuestionar el espectáculo entero. En medio de aquella familia tan viva, Penelope se sintió aún más invisible. Con un suspiro, decidió alejarse.
Cruzó un sendero iluminado tenuemente por faroles de papel. El aire fresco de la noche acarició su piel, y con él vino una calma inesperada. Cerró los ojos, respirando hondo, disfrutando de un instante de soledad.
—¿Acaso huyes de la multitud, señorita Featherington?
La voz grave y suave la sorprendió. Abrió los ojos, y allí estaba él: Simon Basset, imponente incluso en la penumbra. La chaqueta oscura resaltaba sus hombros, y la media sonrisa en su rostro parecía guardar un secreto.
—Yo… solo necesitaba un respiro, su gracia —balbuceó Penelope, más roja que los faroles que colgaban del árbol más cercano.
—Curioso. Justo lo mismo que yo —respondió él, dando un paso más cerca.
Hubo un silencio. El viento agitó las hojas, y en ese instante, el bullicio del baile desapareció para ambos. Simon la miró, no como el mundo la veía, sino como si hubiera encontrado un misterio que necesitaba resolver.
Penelope quiso decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se le ataron en la garganta. Entonces, sin aviso, Simon inclinó el rostro hacia ella. El roce inicial de sus labios fue breve, un atrevimiento peligroso. Penelope se quedó inmóvil, los ojos abiertos de sorpresa.
El duque, en cambio, no se detuvo. La besó de nuevo, más profundo, como si toda la contención de años se liberara en un solo instante. Y Penelope, temblando, cerró los ojos y respondió. Primero con cautela, luego con una pasión inesperada, hasta que ambos se encontraron en un ritmo ardiente y compartido.
El corazón de Penelope latía con fuerza. El de Simon, con rabia y deseo, como si cada fibra de su ser quisiera más. No importaban las promesas, ni la sociedad, ni la imprudencia. En ese rincón oculto de los jardines, bajo el resplandor de la luna, todo lo que existía era ese beso.
Un beso que jamás debió ocurrir.
Un beso que lo cambió todo.
