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Sabia, incluso desde el principio que era peligroso. Tan lleno de potencial y poder, de no haberlo convertido en Robin, habría hecho el mal.
La costumbre es lo más difícil de extinguir. En cierto modo, porque al igual que la maleza, esta se aferra a la existencia sin importar que tan poca agua o atenciones se le brinden. No requiere cortesías y se esmera en prosperar aun en los más inhóspitos paramos.
Jason, es un ser de costumbre.
Uno moldeable, por lo que alcanza a averiguar. Lo nota a los pocos días de traerle de vuelta a la mansión, y estudiar su comportamiento, patrones, palabras –las dichas y las que no-, así como de servirse del deleite que es sostener en sus brazos la grácil figura del, en otra vida para uno, alguna vez su pupilo.
Los resultados se dan como señales imposibles de perder, pero no difíciles de alterar. Empieza, con atender un desgarrador grito a mitad de la noche, persuadiendo al joven hiperconsciente de mudarse a la seguridad de su cama, a la que Jason vuelve una y otra vez desde ese momento. Sigue, con encaminar al chico a las cocinas una hora más tarde de lo habitual, después de envolverlo en actos de menor inocencia, y sentarlo a su lado, convenciéndolo de compartir el desayuno en una ocasión, para no tener que volver a repetirse. Continua con una prueba, irrumpiendo la tarde en que Jason limpia diligentemente sus armas, para invitarlo a su estudio a leerle un rato, y encontrarse a la siguiente semana a la misma hora con el joven esperándole en la habitación.
Pese a la rareza y el conflicto de desconocer el motivo detrás del vacío, Bruce no niega que lo disfruta. Tampoco se contiene de usarlo. Inicia con pequeñas sugerencias aquí, un par de acciones allá, y culmina con motivos que jura son necesarios si planean construir el futuro que ambos desean. No habrá daño, se diría, el cambio no siempre era malo.
Sin embargo, aun contra sus mejores esfuerzos, todavía quedaba una parte de Jason que no lograba alcanzar. No llegar a ello estaba resultando absurdo y al mismo tiempo, entretenido.
Jason disfrutaba de mantener su riguroso ritual de entrenamiento al alba, uno del que Bruce se había asegurado ser su única audiencia. Cada madrugada, observando desde la puerta cerrada al balcón y cubierta en gran parte por cortinas, sus ojos desvelados seguirían la silueta ágil y veloz de Jason en su tarea por destrozar los jardines. Uno, dos, tres arbustos morirían al ser partidos a la mitad por certeras patadas; cuatro rosales colgarían sin rosas después de someterlos a la furia de sus puños, y cinco metros de césped recién podado se arruinarían entre practicar saltos y derrapes.
Es todo un espectáculo del que Bruce se sirve.
En silencio, contemplaría la siempre brutal e incontrolable fiereza de los movimientos destinados a matar. Y seria bajo esa luz, que Jason no podría evitar parecerse más y menos a su propio recuerdo de Jay.
Bajo esa imagen, Bruce era monstruosamente consiente de sí. Nunca se conocería mejor que cuando estaba con Jason. La avaricia y necesidad llegaban a dominarlo, manteniéndolo en las sombras hasta su regreso.
Gracias a ello estaba llegando a la conclusión de no ser un buen hombre. No cuando en verdad lo valía, porque de serlo, habría aplaudido la destreza de Jason, lo motivaría a continuar su camino y encontrar nuevos retos. Le ordenaría a Alfred que lo sacara de la ciudad y le enviara a donde no pudiera alcanzarlo. No pretendería cambiarlo. Ni buscar encaminarlo de vuelta a la senda que hace tantos años había trazado para él.
...
“¿Tendrás una noche divertida?”
El siguiente ataque de Jason flaquea, se desvía demasiado bajo para registrarse como una amenaza. El movimiento le descubre el franco derecho y regala una ventaja de segundos en los que Bruce acierta un conjunto de golpes que terminan por definir el combate. Tres movimientos extra y la espalda de Jason impacta la colchoneta en una sólida caída.
“¡Mierda!” Jason maldice con dificultad bajo el peso de su antebrazo reteniéndolo en el suelo. Pelea durante unos segundos más antes de soltar un resoplido y tapiar en la colchoneta. “Aun lo tienes en ti, B. Sigues siendo toda una jodida molestia.”
Murmura con pereza el joven desde su posición tendida en el suelo, haciendo un esfuerzo por recuperar el aliento y evitar estremecerse al sentir el arrastre inesperado de sus dedos en la piel expuesta del bajo abdomen, donde la camiseta se le ha alzado hasta revelar el contorno de un par prominente de costillas.
Jason ya no es tan delgado como lo era antes de su muerte, ahora su cuerpo es el de un adulto, compuesto por musculo graso y fuertes extremidades que le dan batalla durante sus prácticas. Tampoco es un lienzo en blanco que únicamente se tinta ante sus atenciones o esfuerzos; sino que está cubierto por centenares de marcas, surcos y protuberancias, resultados de tareas o castigos impuestos por La Liga de los que Jason no hablar.
Aun así, cuando se trata de tocarlo, Bruce no puede encontrar motivos para detenerse.
Cada instante en el que consigue retener a Jason un segundo más del que sería apropiado, es un segundo más de euforia para su maltrecho corazón. Olvidar las muchas faltas de actitud por parte del mismo joven bajo sus manos, es más sencillo cuando podía tomar cuanto quiera de él.
“¿Quieres gastar tiempo? Al menos consígueme una maldita cama. Mi jodida espalda se atrofiará a este paso.”
Si el tono aburrido con el que Jason corta sus intentos por avanzar más arriba, justo antes de rozar la mansa curva de uno de sus pectorales, es por verdadero aburrimiento o un propósito diferente, no está seguro de lograr notarlo.
Arrastra innecesariamente, otra vez, la dimensión completa de su palma sobre el abdomen de Jay, deteniendo el pulgar encima de la v en su vientre y propinando una última caricia al hueso antes de apartarse e incorporarse con fluidez de vuelta a toda su altura, extendiendo de paso una mano que Jay observa tumbado.
Por el tenso minuto en que Jay no hace intento por tomar su ofrenda; Bruce se sorprende a si mismo esperando que no lo haga, ansiando una mueca infantil, gruñido, palmada, encogimiento malhumorado, o un desliz de carácter, algo simple, incluso inocente por lo que pueda reñirlo. Una pequeña reprimenda por los viejos tiempos. Un corto regreso a lo que hacían, antes. Porque no existía nada que alterara y amainara más rápidamente a Jason que las palabras de desaliento y represión en los momentos adecuados, justo cuando el éxtasis del combate aun latía con fuerza y lo único que importaba era la victoria.
Termina con un sabor amargo e inconforme en la boca cuando la mano del otro por fin se decide por sujetar la suya. Casi se atreve a creer que Jason no lo dejaría ganar tan fácilmente. Tensa los músculos, aguardando el principio de alguna jugarreta e intento por tirar de él y empezar otra ronda de combate, pero el tirón jamás llega, y para cuando lo nota, Jason ya está de pie a su lado, sacudiéndose el polvo de los pantalones metódicamente y cruzando el hangar lejos del área acolchonada en dirección a las duchas.
Bruce podía aceptar que había cierto grado de comicidad en el nuevo comportamiento desinteresado y calculador exudando de Jason, eso considerando lo obstinado e impaciente que alguna vez fue, quizás bajo otros términos llegaría a disfrutarlo, pero en el presente solo le dejaba una aflicción desconsolada que luchaba por sacudir fuera de su pecho.
La lista de diferencias del antiguo Jason y su nueva versión reencarnada se hacía más larga a diario; faltaba esa energía acelerada, vivas e incansable, así como el espíritu impaciente por probarse ante los conflictos más desafiantes y retar hasta lo impensable los límites de su propio cuerpo, uno de los grandes conflictos por los que en su momento colmó de sermones al adolescente. En parte, por miedo. Miedo de en lo que llegaría a convertirse si no lograba controlarlo, y miedo, de en lo que su ambición por complacerlo lo transformaría.
Todo en lo que su primer Robin se había rendido.
Las diferencias entre Richard y Jason eran obvias, lo fueron desde ese primer encuentro. Donde Richard entregaba confianza, Jason le rechazaba con sospecha. Donde Richard denotaba agilidad nata, Jason compensaba con esfuerzo y vigor. Donde Richard vacilaba, Jason arremetía. Donde Richard esperaba redención, Jason confrontaba realidad.
Verlo fue simple. Jason fue duro, más de lo que cualquier niño debía ser, tal vez por conocer la peor cara de Gotham. Había llegado a él endurecido; ya fuera por haber sido criado en las calles o la vida antes ello. La más clara diferencia entre sus dos alguna vez Robin, era la predilecta de Bruce; Jason estaba hecho para la guerra.
Una guerra que el joven libraba mucho antes de conocerse. Y después, la guerra que adopto bajo su estandarte.
Jason estaba listo para ello. Bruce lo había notado en la dureza de su mirada la noche que lo encontró; aun con la tierra, suciedad y el aceite cubriéndole la cara; era innegable. Un hambre ardía en el interior del chico que no tenía nada que ver con su estómago vacío, sino con el deseo del cambio.
Jason lo entendió; sus métodos, la preparación, la atención al detalle; se dejó guiar justo como exigió ser escuchado. Insubordinado en ocasiones, sí, pero al mismo tiempo un recipiente tan lleno como vacío, dedicado a una lucha por la que invariablemente tenían tanto que perder y poco por ganar.
Jason era un soldado. Su soldado. Siempre ingenioso e intrigante. Ese era él. Su chico. Bello, preparado, y perfecto. Pensó sin aliento. Que Dios lo maldijera si no era hermoso.... y letal.
‘...Sus actos como Robin son resultado del dolor y de la furia no resueltos. Es un peligro para sí mismo. Un peligro para nuestra misión...’
Algunas veces, cuando cerraba los ojos, Bruce aun podía ver el resentimiento y traición en la mirada que Jason le había dedicado antes de correr y huir de la mansión. Como un tonto había decidido retener el papel de Robin lejos de las manos de Jason, y como un estúpido, creyó que eso sería suficiente para detenerlo, para salvarlo. No lo fue, y por eso...
“Pescaras un resfriado si te quedas parado allí, viejo.” La voz de Jason corto la línea de sus pasamientos, sin delatar ninguna emoción en su tono. “Debes cuidarte, B. No voy a darte sopa en la boca ni a frotar pomada en tu pecho si enfermas. No seré tu enfermera.” Continuo el joven en un murmuro, concentrado en ajustar los seguros de su manga revestida en kevlar contra los de sus guantes. Tapando cualquier punto débil en el trecho de sus muñecas.
Bruce lo observo desde el otro lado de la cueva, sus ojos no perdieron la figura vestida y en movimiento de Jason, deteniéndose con más que aprensión en el blindaje gris y sin sello cubriendo el pecho del otro.
Verlo es un llamado a la realidad, un golpe a la pared de los recuerdos de hace una vida -figurativa en su caso y literal en el de Jay-, es la colisión de la fantasía en la que se ha convencido que puede vivir; en la que ni Jay o él han cambiado y recuperar sus días pasados solo es cuestión de tiempo y paciencia.
Era sencillo convencerse de ello cuando antiguos patrones y comportamientos surgían en las ocasiones más espontaneas y se materializaban de vuelta para tomar su correspondiente lugar en la ecuación de sus existencias. No sería sorprendente encontrar a Jason acurrucado o distendido leyendo en la biblioteca o cualquier espacio que le resultara cómodo. Tampoco lo seria verlo deambular por los pasillos con Alfred, sumergidos en toda clase de conversaciones, que evitaba espiar. Menos aún el hallarlo en la cueva estudiando sus casos abiertos y dejando conjeturas escritas para su revisión en los archivos. Creer que algún día todas las piezas caerían devuelta a su sitio, lo libraba del ataque y carga de la duda.
“Me vendrían bien unas cuantas de tus bombas de humo, ¿te importa si las tomo?” Jay habla por encima del parloteo de sus propias cavilaciones internas, ganando de nuevo su interés.
“Saldrás esta noche.”
No se molesta en responder la pregunta capciosa; no sabiendo que Jason tomaría lo que quisiera, ni molestándose en inquirir algo claro; no cuando al ver el panorama completo, podía distinguir el casco de Red Hood descansando en el tablero, y parte del hangar de armamento saqueado y guardado en una maleta de lona junto al ordenador.
Iba a ser una de esas noches. Resolvió en medio de un gran y frustrante suspiro, por fin decidiendo bajar de la plataforma para entrenar y acercarse al joven que terminaba de revisar con abierto interés sus restantes equipos.
“Sabes cómo es. Debo aparecer de vez en cuando, si no esas basuras empezaran a enloquecer con toda clase de estúpidas ideas. Y cuando eso pasa, nunca se sabe que tanta sangre necesito regar para hacerlos volver al ruedo.” Declaro el joven con convicción y cierto grado de diversión, dándole una mirada por encima del hombro que se detuvo un buen minuto en la extensión de su pecho, donde descansaban con rigidez sus brazos cruzados. “¡Jesús...! ¡Era una estúpida broma, anciano! No matare a nadie.”
Tal vez no hoy. Bruce muerde la mordaz contradicción y permanece de pie detrás de Jason, estorbando como un muro en el camino del otro cuando por fin da la vuelta.
“¿Ahora qué? ¿Vas a quedarte parado allí como tonto toda la noche? ¿Estas tratando de imponer orden? ¿No puedo salir sin tu permiso?” Jason se burló de él en un bufido, recorriéndolo una última vez con sus verdosos ojos escrutadores, antes de empujar contra su hombro, creando un pequeño espacio por el cual rodearlo y dirigirse hacia el computador.
“Puedes.” Concede después de lo que se siente una eternidad. No significa que me guste. Se ahorra las palabras, en parte porque sabe que su rostro no escatima el esfuerzo de expresarlo, y porque Jason se tensa como si lo hubiera escuchado.
Una maniobra infantil, incluso para sus estándares.
“¿Vas a decirme cual es el maldito ‘pero’?” Jason murmura, cualquier rastro de calma o paciencia fuera de su voz, remplazada por un tono severo y exigente.
Al menos eso parecía no haber cambiado. Su Jason jamás tuvo tiempo que perder en una discusión, que esta versión del chico tampoco lo tuviera era casi un alivio. Bruce, sinceramente, lo prefería así. Razón suficiente para evitar andar en círculos.
“Pero.” Comienza, dando la vuelta sobre sus pies y siguiendo como una sombra el camino de Jason, acercándose lo suficiente para asir con rudeza el antebrazo del joven, y obligarlo a confrontar de frente su presencia. “Si vas a vigilar, preferiría que lo hicieras conmigo. A mi lado.”
Agrega lo último como una ocurrencia tardía —de la menor importancia—, en vez de un pensamiento puro que se intoxicó desde que Jason puso un pie en la cueva.
“Claro que lo harías.” Jay masculla de vuelta, sin perder el ritmo y soltándose de su agarre con un tirón. “Es una lástima que ya no sienta el deseo de correr tras de ti con mallas y una capa brillante. Casi una pena que ya tenga otros planes.”
Siendo quien es, para Bruce mantener una expresión estoica e indiferente es parte de su naturaleza, es tan sencillo como respirar. Jason es un contrincante digno, su rostro no delata mayor intensión que las que sus palabras confiesan. Pero es suficiente, suficiente para que solo le tome un minuto medirlo y llegar a la única conclusión posible.
“Planeas reunirte con alguien.”
“Más bien una visita sorpresa.” Jay lo corrige desviando su atención, optando por empezar a recoger el equipo seleccionado y tomando su casco de la consola, apoyándolo en la seguridad de su costado. “Ya sabes, de las que empiezan con una explosión en la cara del idiota que trata de robarme territorio, y que termina con toda su maldita mierda en montones humeantes. Esa clase de visita.”
La voz de Jason se torna peligrosa hacia el final, sin embargo, cuando regresa su mirada a él, un brillo astuto y extasiado le cubre los ojos, y el principio de una sonrisa jovial fuerza las comisuras de sus labios hacia arriba. Es, sin duda, otra clase de burla, pero no puede encontrar una razón para que le importe.
Los ojos son las ventanas del alma. Bruce no era afecto a esas frases –pese a ser la poesía una de las preferencias artísticas de Alfred-, solo las tomó por cursilerías baratas con las que encantar a las modelos y esposas de sus competidores cada que su posición de coqueto empedernido era puesta en duda. Nada las deleitaba tanto como lo hacía el escucharlo hablar de lo que podía ver en sus ojos. En muchas ocasiones, no mentiría, se había vuelto creativo y dependiendo de su humor, incluso vulgar; de la clase que causaría una mirada escandalizada de Alfred, y que le haría llevar a ocho de cada diez mujeres a la cama.
Su indulgencia al creerlo se debía a que nunca permanecía tan interesado como para explorar su significado. Claro, como Batman, confrontaría las miradas escurridizas y miedosas de los criminales, empujándolos a tal punto en que les fuera imposible tratar de engañarlo. Ahora, suponía, que su error no solo había constado en dirigir su mirada a los ojos equivocados, sino en no estar preparado para lo que podría encontrar si de verdad se dedicaba a ello.
Los ojos de Jason siempre han sido llamativos, de un verde oscuro con tintes de azul claro que bajo la iluminación adecuada parecían brillar, pero no lo hacían en realidad, no de un modo fulgente y fantasmal, no como una réplica exacta al color del Pozo de Lázaro.
Bruce puede contar con los dedos de una mano los momentos que en estos días marcan una clara diferencia entre el antiguo Jason y esta nueva forma de existencia que ha vuelto a él como una maldición disfrazada de milagro. Pero cuando suceden, no existe la duda de que lo ha perdido. Bruce supone que verlo, con ese fuego verde envolviéndole los iris, torna este en uno de esos momentos.
“¿Saldrás como un Señor del Crimen esta noche?” Cuestiona cuando logra pasar el nudo alojándose al fondo de su garganta ante la visión, sin perder la forma en que Jay cruza las azas de la bolsa en diagonal a su pecho y gira las llaves de su moto antes de empezar la marcha rumbo al vehículo.
“¿Y tú como la justicia con orejas de murciélago?” La mofa de Jason se vuelve extraña de escuchar bajo la voz distorsionada por el casco, y a penas audible por sobre el rugido del motor cuando Jay enciende la motocicleta. “No te preocupes tanto, viejo. No voy a destruir tu ciudad, aún estoy en ella, ¿no?”
Jason no espera su respuesta, y para el caso, tampoco cree poder formular una. La forma del joven y las luces de la moto, junto al rumear del motor al acelerar se pierden a la distancia, y sumen la cueva en un silencio apremiante.
Tiempo y paciencia. Así era, ¿no?
Bruce es consciente de permanecer, quizás por demasiado tiempo de pie y entumecido, antes de decidir dirigirse a las duchas. Es mientras que el agua caer sobre cabeza y hombros, escurriendo a través de los ángulos de su cuerpo hasta el desagüe, que no solo llena su cabeza con la lista de preparativos a considerar para sus propias rondas nocturnas, sino con las nuevas series de aptitudes decadentes y fuera de control que Jason le ha mostrado esta noche.
Es claro que el ataúd que ha construido para enterrar los recuerdos restantes del chico que alguna vez amo como un hijo, esta astillado y podrido al fondo de su mente. Atacado sin descanso por el más grande de sus males.
El ansia y deseo de control, aun lo envenena. El ansia, por tomar a Jason y manejarlo hasta tornarlo masilla entre sus manos, moldearlo en el ser perfecto que sabia podía llegar a ser. El deseo, por encaminarlo con la fuerza de su voluntad devuelta al camino que ya había trazado para él hace tantos años.
“Paciencia.” Repite al tiempo que cubre sus rasgos y ajusta el manto del murciélago a su alrededor. “…Paciencia.” Susurra al vacío espectro silencioso de la cueva, a los rincones helados enfriándole la piel, a lo más recóndito de su consiente, para recordarse, que con el tiempo…
...Todo, volvería, a su lugar.
...
La oscuridad de la noche y las sombras de los contenedores estaban haciendo su parte al ocultarlo de los nuevos contrabandistas de Black Mask. Primerizos, imprudentes, descuidados y lentos. No los mejores atributos por considerar si estaba en el plan de los hombres salirse con la suya en los muelles de Gotham. Bajo su vigilancia.
Cajas de armamento común eran transportadas de dos en dos de un camión con las matrículas de Bludhaven y aseguradas en una camioneta blindada. Hasta ahora la noche solo había confirmado que Black Mask no estaba reuniendo armas para un nuevo intento de disputa contra los principales traficantes de droga por el control de sus territorios, ni el que aspirara a otra prueba de comercio internacional.
Bruce supuso que las armas se quedarían en Gotham, con Sionis y su gente, buscando la posibilidad de defenderse desde su trinchera en lugar de aventurarse a un ataque que no le aseguraba la victoria.
Todos sus informes con respecto a la actividad de Black Mask en las calles por lo general terminaban con una nota adjunta que ilustraba los productos de Sionis siendo volados hasta el cielo y bajas considerables entre sus trabajadores, lo bastante notables incluso entre sus secuaces para que las filas de interesados a unírsele bajaran de cientos a decenas.
El hombre a cargo de la operación se notaba inquieto. Observando a través de unos binoculares, Bruce siguió sus pasos zigzagueantes. Caminaba de un lado a otro sin rumbo, apenas dando la mínima atención al trabajo de sus compañeros. La negligencia, la visión absurda del claro, pero aparentemente no actuado descuido, era la única razón por la que aún no había descendido a detenerlos.
Necesitaba reunir información. Y si el comportamiento errático era una señal, diría que... Parecían, temer por algo.
La respuesta del ‘que’ llego con el sonido de un vehículo quemando llanta a gran velocidad y derrapando sin disminuir el ritmo desde la esquina opuesta.
El hombre al que vigilaba de cerca dudo en levantar el arma un segundo más de lo necesario, los otros corrieron, abandonando la mercancía a su suerte o se apretaron contra la primera superficie a su alcance que pareciera funcional al esconderlos del caos, y como en cámara lenta, Bruce vio fijamente al auto cruzar a toda marcha, sin disminuir la velocidad pese a ser el gran punto rojo a atacar, y del mismo lanzarse una figura cubierta de pies a cabeza a pocos metros de impactar contra el vehículo cargado de armamento.
Lo que siguió no fue una explosión pequeña. El suelo vibro y las réplicas se notaron hasta la distancia de su escondite. El fuego subió rápidamente en oleadas altas avivadas por la brisa nocturna. Y gritos heridos, encolerizados y dispersos se alzaron solo para ser acallados bajo el inconfundible clamor de la siguiente ronda de disparos.
Bruce se movió entonces hacia la refriega, por impulso, por convicción y deber. Corre al borde del contenedor y salta sin miramientos, extendiendo tras él su capa. Planea pocos metros hasta el siguiente borde metálico y de uno a otro avanza precipitadamente al encuentro desarrollándose cada vez más cerca.
Nota a un francotirador escondido a distancia segura, no exactamente un profesional, que logra disparar dos veces antes de llegar a él y, silencioso y eficiente, tomarlo desprevenido. Lo noquea y tomando ventaja de las sombras proyectadas por el furor de las llamas, desciende de un último salto al filo de la lucha.
Lo que encara son los momentos finales del injusto encuentro: Red Hood de pie, dándole la espalda en medio del desastre que son los restos del armamento fundido de Sionis, con los cuerpos dispersos -muertos o desmayados sería la duda- de los pobres ingenuos mandados a enfrentarse al diablo, dejados a exhibición. La imagen proclamaba un mensaje indiscutible.
Black Mask está acabado.
Otra guerra, ahora para roer los restos del imperio Sionis, se desataría pronto. Costaría mucho dinero, y tomaría muchas vidas.
Si el fuego no hallaba la manera de consumirse pronto, todos en la ciudad –todos los que sabían qué hacer con el gesto-, se enterarían. Un fuego como ese, solo podía extinguirse ahogándolo. Y para ahogarlo, debía ponerle las manos encima...
“¿A dónde crees que vas, idiota?”
La voz distorsionada de Jason, cortesía del casco rojo sangre en su cabeza, llego a él junto al ocasional chasquido de algo nuevo ardiendo. Hood no pareció notar su presencia, muy ocupado en alcanzar e inmovilizar al único hombre consiente que trataba de arrastrarse lejos pese a que una de sus piernas sangraba por haber recibido una bala.
“Deja de retorcerte, ¿no vez que es tu día de suerte?” La queja del hombre herido fue alta cuando Hood presiono la rodilla sangrante y se inclinó sobre él, muy cerca del rostro perlado por el sudor. “Tengo un mensaje para tu jefe, y tú, mi amigo, vas a dárselo.”
“...Por favor, no. No, él, él me matara... Si vuelvo solo, él...” Las suplicas que con poca reserva salieron del temeroso sujeto, se callaron bajo el clamor de un grito frenético, producto del cañón de la pistola de Hood atormentando el punto débil del hombre.
“¿Y crees mejor quedarte conmigo? Porque si es así estoy haciendo algo mal, y tendría que corregirlo.” La amenaza queda en el aire y la promesa de tortura solo acrecienta los gimoteos y suplicas decadentes del hombre desesperado. “Ahorra aliento.” Con el casco puesto la voz de Jason no suena más que mecánica y sombría, pero para Bruce es claro que bajo ello Jason no está más que aburrido. “Le dirás a Black Mask: ‘Se acabó. Sus negocios ya no son bienvenidos en Gotham’. Que lo tengan claro, esta es mi última advertencia.”
Hood incorpora al hombre asiéndole la ropa y le da un empujón por el que se tambalea.
“Corre, pequeña rata, corre.” Jason pronuncia la orden y da un disparo que vuela cerca de la cabeza del sujeto.
Ambos lo observan alejarse tan rápido como puede con una pierna renguearte, quizás agradecido en el fondo por la oportunidad de escapar, y perderse entre los grandes contenedores. Hood guarda el arma en la funda de su pierna y permanece estático por un largo rato, tan largo como un ser tan abrumador y repleto de energía como Jason podía permanecer voluntariamente en la pasividad.
“Para el registro, murciélago, use tus estúpidas balas de goma. Si alguno de estos idiotas está muerto, es toda su culpa.” El modulador no le da una impresión del humor o la falta del con la que Jason habla.
No es verdaderamente seguro que sea una invitación a abandonar el acecho silencioso, pero Bruce aun así lo toma como una apertura a hacerlo. Hace notar el ritmo de sus pasos, no se detiene hasta que las sombras de sus siluetas se alargan a la misma altura y la distancia que les separa consta del largo de uno de sus brazos.
Ponerle las manos encima sería muy sencillo, y condenatorio a la vez. No es por eso por lo que redujo la lista de posibles golpes a los que Red Hood podría sentirse atraído a dos opciones y después arriesgarse a la suerte de errar y terminar al otro lado de la ciudad. No es por eso. Las flamas en auge se lo recuerdan.
“¿Por qué?” La pregunta sale de él sin proponérselo, es queda y simple, pero a la distancia que les separa es casi acusatoria e indescifrable.
Es ambiguo, un sencillo y básico; ¿por qué? ¿Por qué... atacar en los muelles y no directamente a la base de Sionis de nuevo? Pocos se resistirían a la tentación de golpear directamente a un capo, los nervios ya desatados puede que incluso fueran mayores. ¿Por qué... mandar un mensaje donde ya no había espacio a la interpretación? El daño estaba hecho, el miedo se palpaba en el aire. ¿Por qué... correr en la ruda del hámster y detenerse para inútilmente volver a subir? ¿Que quedaba por ganar? ¿Que se le escapaba en ese ‘por qué’? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué...?
El corto silencio que escasea es la ocasión que guía las manos de Jason al borde del casco rojo sangre cubriéndole cabeza, y le hace desprender los seguros para retirárselo y encararle sin el.
“Por qué lo disfruto.” Jay aun usa el domino bajo el casco, así que sus ojos no se enfrentan, pero el peligro es más claro ahora, con una media sonrisa sardónica y un ceño fruncido torciéndole el rostro al joven frente a él. “Y si tu no consiguieras lo que quieres tan fácilmente tal vez lo comprenderías. Pero ser mimado es tu suerte, y esta es la mía.” Un corto gesto a su alrededor acompaño lo dicho. “Me pregunto si siquiera lo disfrutas.”
Las palabras de Jason no son más que una concesión vacía, burlada con el acelerado ritmo de sus dedos tamborileando contra el mando del arma asegurada en la funda de su pierna derecha. Bruce nota la intención de Jay, propuesto a dar la vuelta y alejarse del desastre que ha desatado una vez más en su ciudad, lo nota y no hace nada para detenerlo, simplemente lo observa tirar sin emoción de la cuerda invisible que los une, impidiéndole alejarse de verdad.
“A veces tengo la extraña sensación de que ya hemos estado aquí.” Los pasos cautelosos de Jay le llevan de un lado a otro sin alejarlo más de dos metros, inconscientemente aun al alcance de sus manos. “Es un maldito Deja Vu, los fragmentos son tan familiares. No puedo evitarlo, sé que corro en círculos, así como sé que no puedes evitar presionar y hacer de niñera.”
El juego de rodear el conflicto; de exponerlo, señalarlo, para avanzar un paso en respuesta y retroceder cuatro en protesta; es uno del que Jason ha hecho una competencia repleta de altibajos y obstáculos. Interminable e imposible de resistir.
Como si fuera posible el solo pensarlo.
“Se que no lo entiendes, nunca lo harás porque es tu naturaleza tomar y destruir. Promesas salen de tu boca, aseguras que obtendré lo que quiero al tiempo que aplastas mi dignidad, corriendo tras de mi como si fuera una mascota descarriada ante una puerta abierta...”
Bruce escucha la degradación y la ira, sintiendo el peso de dichas palabras empujándolo hacia Jason, guiándolo los pasos necesarios para extinguir la distancia entre ambos y asir con la menor rudeza posible uno de los hombros de Jay.
“¡No me toques, demonios!” Clama Jay sacudiéndose y apartando de un manotazo todo contacto. “¡No estoy huyendo! ¡He aceptado esta locura! Le abrazo cada noche, el mundo arde a nuestro alrededor mientras me observas, tan...” Las palabras parecen escapársele como el aliento. “...No es que importe. Si esta obsesión que compartimos no existiera, mi suerte te haría encerrarme. No puedes elegir entre tu ciudad y yo.”
No existe la elección. Es lo que Bruce diría, en consuelo, como una bandita cubriendo una herida.
“Y no tomas las malditas consecuencias, nunca lo haces.”
La insoportable conclusión de la que Jason no parece rehuir más no es una a la que sea ajeno, y lo menos que podría hacer es reconocerlo, pero Jason, su hermoso y condenado Jay, siempre ha sido inteligente. Un joven con alma desgastada, explorando el mundo a través de tinta y papel. Siempre escuchando, incluso cuando pretendía no hacerlo. Siempre sintiendo, temiendo el significado de esas mismas sensaciones. Nunca dispuesto a descubrirse el estómago, bajo el conocimiento de que a la menor duda sería apuñalado.
“Y esto es lo único que hay, ¿no? Nos permites no ser padre e hijo si eso me mantiene en tu radar.” Jason continua pese al sonido de sirenas acercándose a la distancia, sin duda sorteando el laberinto hasta el caos que representan. “Quien diría que el gran Batman sacrificaría tanto por la oportunidad de recuperar a su soldado.”
Y daría más, si eso significara tenerlo por completo, y no solo la fantasía. Bruce lo piensa, esperando que la culpa se adelante al vicio, pero no hay nada en su conciencia que le impida aceptarlo. Sabe que es cierto. Que de seguir esa línea el camino los llevaría de vuelta a la cueva; los arrastraría arriba, a la mansión, retorciendo en cientos de giros los pasos que han dado tras esos muros, cegándolos en la niebla más densa.
Lo sabe, y por eso no espera redención. Por eso abandonan la escena del crimen en una mimetización perfecta. En lo que los ha trasformado es lo único que importa. Es lo único que tienen. Y protegerlo para moldearlo otro día, lo acercaba a lograrlo... Si, ya lo veía claro. Paciencia y todo volvería a su lugar.
