Work Text:
Su vida y su muerte son mi más grande fracaso. Cargare con ello como con todo lo demás.
El juego cambia. La estela de sangre y destrucción que la guerra contra Red Hood deja a su paso se dispersa como niebla de la noche a la mañana. Se lo lleva todo. Incluyéndolo a él .
La capucha es historia.
Es el rumor que corre cuando las grandes pilas de escombro que decoraban las calles son recogidas. Cuando el hollín, los vapores de las alcantarillas reventadas y los residuos del fuego inundan los cielos y se mimetizan con el smog de las fábricas en un mal chiste. Cuando no queda nada, nada que demuestre que las últimas semanas suceden. Cuando nadie lo niega. Cuando se dan el lujo de olvidar.
El miedo, propagado cual pólvora en cañón, flota del bajo mundo y reduce en soplo la advertencia del mal mayor al murciélago, la amenaza real a quienes con cada operación egoísta por hacerse de poder someten a yugo todo habitante indefenso del pobre agujero podrido que dignan a llamar hogar.
Solo entonces, las ratas se arrastran fuera de las cloacas.
Traficantes de drogas, criminales y proxenetas mayores desaparecen, no hay cuerpos o huellas que seguir. Los que quedan captan el mensaje, mantienen un perfil bajo, lejos de las escuelas e infantes del callejón del crimen, regresando a antiguos puestos, con cantidades de mercancía limitadas, de calidad discordante al acostumbrado. En un golpe, Park Row es el único sitio que no cae a pedazos.
Las vigías, parecen ser dispensables. Un único encapuchado sigue recorriendo las inmundas calles de Gotham. Batman, sin compañero, ni perseguidor, desquita contra criminales de baja índole, meras sobras de un pez más grande, frustraciones enterradas y nuevas nacidas del conocimiento.
Es lo que queda. Bruce acepta las pesadillas que no terminan, y las abraza desde las tinieblas como buenas amigas cada noche que vuelven a atormentarlo. Se amolda a una normalidad en la que escuchar murmullos de un casco rojo, aun si son pistas que lo llevan a callejones sin salida, es mejor que no escuchar nada en absoluto. Se aferra, con insana ambición, a los rastros difíciles de ocultar, difíciles de encontrar, los que se tuercen y guarda en secreto por temor a equivocarse. Pero, por sobre todo, anhela .
Es una vez envuelto en la oscuridad de la cueva; cuando los que permanecen se escabullen para sobrellevar los restos agrios de sus apresurados duelos e imponer distancia de su malsana obsesión; que él regresa al principio del caos, y anhela la respuesta. El tiempo es un lujo que ya no desperdicia; no en la ilusión de encontrar un fantasma muerto hace mucho, no en la mentira de recuerdos sonrientes contaminados por hollín cubriendo la dentadura de un juvenil chico lacerado, no en la fantasía del compañero corriendo a sus espaldas deseando transformarse en él, ni siquiera en la locura de vislumbrar al hijo que nunca dejaría de amar.
Todo eso se había acabado hace mucho, y ahora, la meta quedaba en el único anhelante deseo de encontrar los restos del espectro dañado de lo que alguna vez había sido Jason Peter Todd , y hallar el modo de retenerlo en sus brazos. Mucho cambiaria cuando lo encontrara, porque lo haría, tardase lo que tardase, y una vez de vuelta, nadie se lo llevaría de nuevo.
...
“Señor, no planea salir esta noche, ¿o sí?”
La desaprobación es palpable, con Alfred siempre lo ha sido. Las palabras le traen recuerdos de una época en la que no era más que un muchacho conflictivo y demandante. Más demandante. Constantemente buscando un motivo o señal en la distracción de la banalidad y cuerpos voluptuosos, tan centrado en sus aventuras fugaces y cuanto caos podía causar como heredero de la dinastía Wayne antes de ser un problema, para detenerse y notar el gran daño al que sometía al viejo inglés. Sus miradas, la decepción y el cansancio acumulado y escondido bajo la usual severidad, jamás lo olvidaría.
Bruce, si de algo estaba seguro, es de no haber sido un niño fácil. Demasiado egoísta, demasiado antipático, demasiado asustado. El miedo de ser una carga, un deber para el viejo mayordomo lo había llevado a buscar su aprobación al igual que a retar su infinita paciencia. Y el término de su adolescencia lo tornaría más tranquilo.
No cuando el asunto de Batman le lleno la cabeza en sueños y prácticamente se volvía una segunda vida que consumió más tiempo que la primera. Evitar caer en patrones destructivos no fue una verdadera opción hasta... Dick .
Otro huérfano por tragedia. Aun así, Richard brillaba. Como una luciérnaga iluminando la soledad, acaparando enteramente la atención con su luz. Tenerlo le hizo la vida sencilla, y a la vez imposible. Alfred no le daría descanso, sin importar que tan concentrado estuviera en el chico, puesto que sus expectativas de crianza solo se acrecentarían con cada que error que cometiera.
Bruce no tenía idea de cómo tratar a un niño, eso y sentir que lo único que compartían era el dolor de la perdida lo llevo a cruzar vidas. Un compañero. Es temporal. Alfred no lo creyó ni por un segundo, los conocía a ambos demasiado bien como para no ver el camino al que se estaban dirigiendo.
Termino justo como esperaba; con Dick dejándolos. Otra vez esa mirada estaba puesta en él, retándolo a hacer algo al respecto. Y lo hizo. Patrullo más duro que nunca, cuantifico Wayne Enterprise, regreso a las galas, aparento, se esmeró en mantener seguro Gotham, encontró a...
“Uno de los candidatos a fiscal desapareció hace tres días, quien lo inicio no ha dado pruebas de querer negociar. Debo reunirme con Gordon.” Como para ilustrar el punto, aun sentado frente al computador, se ajustó la capucha antes de incorporarse y evitar al mayordomo en su camino al vehículo.
“Si es tan importante, ¿debo suponer que llevara refuerzos? ¿Tal vez, el joven Tim lo acompañara?” Dijo con serenidad el viejo mayordomo, sin molestarse por tener que alzar la voz ante la distancia evasiva impuesta por Bruce.
Es un golpe, uno bien asentado por el que prácticamente gruñe en respuesta y detiene su marcha pese a no tener que pensarlo, no en realidad . Decir que estaba evitando al chico era vago viniendo de él, en su lugar se había propuesto olvidarlo, quizás esperando que su indiferencia le hiciera dimitir y encontrar su propio camino lejos del peso de la capucha. Por su seguridad. Por...
‘¡Me remplazaste, Bruce! ¡ROBIN ERA MÍO!’
Mentira. No lo haría, jamás podría. Susurro en un ruego esa voz al fondo de su mente que cada día sonaba más desesperada.
“Entonces el maestro Richard. Es apropiado, está arriba, le pediré que baje...”
“¡No!” Para variar, el clamor de su voz solo despierta a un dúo de murciélagos que aletean con furia lejos de sus cabezas, y detienen de inmediato el resto de las palabras de Alfred. El silencio que le sigue a su imprudente negativa es algo antinatural, sin embargo, no resulta ser un verdadero trabajo encontrar la fuerza e hilo de su voz de nuevo. “No necesito a Richard, Alfred. No esta noche.”
Y es justo eso, ¿no? La forma en que la última parte se torna en un susurro malintencionado, cómo se retrae un rugido al fondo de su garganta, la clara aversión al cambio de planes es la evidencia que delata sus verdaderas intenciones.
Estúpido y descuidado.
No tiene que dar la vuelta y encarar a Alfred para saber que el rostro del hombre se ha descubierto. Apostaría que, de miedo, y decepción .
“¿Maestro Bruce?” La realización es un arma de doble filo, impulsa al anciano a sus espaldas a seguir sus pasos y encararlo, asentando un peso duro y aplastante en sus entrañas, por la fría mirada en sus ojos. “…No ira a... no hoy, ¿cierto?”
No es obtuso, ni se ha perdido lo suficiente en la fantasía para alegar descuido. De ser así, ¿quién le creería? ¿Olvidar este día? ¿Lo que representa? Una noche como esta lo marco a él y al resto de la familia hace siete años. Nunca podría olvidarlo. No el dolor. Ni el peso del cuerpo inerte en sus brazos. El fracaso...
‘El volverá, Señor. Lo hará cuando esté listo.’
Fueron las palabras ofrecidas en quedo consuelo después del desastre causado por el regreso a la vida de su oveja negra. No una pregunta, no una opción, y sin duda no una respuesta. Aun si las circunstancias han cambiado, no es suficiente. Y la noche está corriendo.
“Él no está muerto, Alfred. No guardare luto cuando esta allá afuera.” Su voz atruena en estruendos contenidos, furiosos y cansados.
Ya no queda tiempo, ni posee la capacidad de sentirse avergonzado. No cuando el escuchar que Richard había vuelto a la mansión después de casi un año desde su última riña, justamente esta noche, solo podía significar una cosa. ¿De verdad se habían rendido? ¿Podrían vivir con la verdad frente a sus narices y no hacer nada? ¿Era el único al que aún le importaba? ¿El único que aún lo amaba?
“Pero, Señor, ¡no estará hablando de...!” La calma en Alfred por fin se había extinguido, descubriendo la angustia por lo que a dichas alturas ya debía saber saldría de su boca.
“Le he dado espacio, justo como querías, Alfred.” Dice al tiempo que toma un profundo respiro, conteniendo bajo una expresión sombría sus propias dudas y angustia ahora que por fin ha llegado el momento. “Pero el tiempo se acabó. Ten lista su habitación, regresa a casa esta noche.”
Al precio, que sea, necesario.
...
Seguirle la pista a quien no desea ser encontrado es una ardua labor. Un trabajo hecho para un alma celosa, codiciosa y de egoístas intereses. Son meses de laboriosa vigilancia en su mayoría insatisfactoria; a expensas de ocultar cualquier avance, avistamiento espontaneo y diminutos deslices a sus allegados; lo que le consigue un patrón, y con ello, una dirección.
Esta le lleva a las profundidades del centro de Gotham, hasta un edificio abandonado y parcialmente demolido; con techos y paredes ennegrecidas de humedad, los primeros tres pisos de escaleras colapsadas y tuberías silbantes.
Bruce estudia la estructura en terreno seguro, y contraria a su apariencia decrepita no es frágil. Uno de sus ganchos clava las garras dentro del ladillo y le permite deslizarse al interior del lugar por una ventana rota del cuarto piso.
Cristales crujen bajo sus botas al impacto, y si no fuera Batman, pasaría por alto los espacios vacíos de material punzante. Lo reconoce como una alarma camuflajeada, no destinada a cualquier intruso, sino para los que pueden escabullirse sobre tejados en el silencio de la noche.
No hay señal de movimiento en la planta superior, no se disparan luces estroboscópicas que le bloqueen la vista, tampoco hay humo paralizante, ni balas cruzan el rellano en advertencia o ataque. Ya no se apremia, así que espera unos segundos antes de subir con sigilo, escalón por escalón, sorteando las tablas más podridas a favor de mantener tan oculta como puede su llegada.
El corredor del quinto piso es un mundo diferente. Carece de suciedad y la precariedad de las paredes se esconde bajo brillantes capas de pintura, el hedor de los callejones adyacentes casi imperceptible a la altura.
Avanza con paso ligero, observando las claras señales de vandalismo demasiado antiguas o profundas para remediar. Solo una puerta conserva, o bien fue dotada, con un picaporte en las correctas condiciones, no está astillada en los bordes y la base metálica junto al cristal de la mirilla brillan como recién pulidas.
Bruce sujeta la perilla en un agarre firme y calculado, no dejándose sorprender cuando el plomo cede limpiamente hasta el fondo.
No hay cadena sujetando la madera al umbral. No hay trampa a centímetros de la entrada que detone bombas. No hay Red Hood esperándolo con un arma cargada listo para volarle la cabeza. No hay violencia inmediata, solo luz, silencio, y esencia de canela en el aire.
Llenándose los pulmones en grandes inhalaciones, y rompiendo la calma del tenuemente iluminado ambiente con el impacto de su marcha, se adentra a la casa segura, al territorio desconocido de... Jason .
Estancia, comedor, cocina y cama, encuentran la forma de embonar en el reducido cuadro que es la habitación y, aun así, dejar suficiente libre como para lucir espacioso. Es... Encantador, a su propia manera. Austero, del tipo arraigado por años de no poseer nada más que a sí mismo, y doméstico, sin duda una consecuencia adquirida de cierto viejo mayordomo ingles entusiasta del té y la buena literatura.
El mobiliario es modesto y antiguo por uso. La mayoría parece haber sido seleccionado para ejercer más de una función. Entre ellos destaca un corto librero rebosante de tomos al lado de la cama, con la altura ideal para ser una mesa lateral y de noche, que colinda con un sofá de dos plazas desgastado.
Dentro del cuero y kevlar, todo su cuerpo quema en ansia. Soltando los ocultos broches de seguridad se deshace de la capucha, dejándola colgar tras su cuello. No quiere usarla, no aquí. Sin la lente interfiriendo el cuarto se torna nítidamente profundo, nada concomitante al alumbrado, sino a la realización del momento.
Los guantes le siguen, salvo que estos los abandona a su suerte, dejándolos caer al piso. Y entonces lo toca todo. Siente las texturas, abolladuras, motas de polvo, sondea cada superficie y objeto con confianza. Recorre la aparente cocina; jugueteando con los cajones y alacenas, contando cuchillos, frascos, platos, tazas, toda lata y pizca de alimento resguardado.
Toma nota de los detalles, deteniéndose a ratos, meditando interrogantes ante avistamientos de pequeños descuidos del día a día. Contempla que tanto le molesta o que tan entrañable le resultan cosas como; que la mesa en la que Jason parece comer esté cubierta de aceite para armas, que solo tres quintos de la estufa funcionen con una flama baja, que las medicinas y elementos de suturas estén a la mano en una caja sobre el mostrador, que la mitad de los libros reunidos en su pequeño mueble sean títulos que leyeron juntos, que un cuchillo de caza permanezca oculto bajo la única almohada... que la cama aun esté tibia.
“Detente.” La orden es silenciosa, justo como la aparición del joven a sus espaldas. “Vas a levantarte, y salir por donde entraste, o te juro que meteré una bala en ese duro cráneo tuyo, Bruce.”
De las cosas que creería lo harían sentir aliviado, el ser amenazado por su antiguo pupilo no era una de ellas, aun así, después de todo lo vivido, ¿quién era él para entenderlo? Sintiéndose libre y audaz como no lo había sido desde su última colisión, se permite retar la amenaza tomando asiento en la cama. El colchón, o tal vez sea la base, cruje mientras el seguro del arma en las manos de Jason desaparece en un hostil chasquido. Nada que no esperara.
“De verdad necesitas una lobotomía, Bruce.” Proporciona Jason junto a una risa estrangulada, carente de gracia. “Lo que sea que busques, ¡no estoy de humor para...!”
“¿Sabes? He tenido tiempo para pensarlo, y era así como imaginaba que sería tu vida... si no me hubiera metido en el camino.”
La tensión que su confesión deja en el aire podía cortarse sin esfuerzo. Es endeble, sin la menor densidad a la cual aferrarse como si fuera una broma. Los deja contemplando el vacío que han creado en la habitación; con Jason sujetando el arma por instinto hacia nada en específico y a él envolviendo los dedos entre las hebras sueltas del edredón.
“Perdona el deja vu, pero es justo así.” Continua, sin creer que sea su voz la que suene tan bajo. Casi, apaciguante. “Un pequeño departamento en el centro.” Bordea con la punta del pulgar la hendidura en la almohada. “Calor de hogar tras la puerta.” Apoya ambas manos en el borde con un apretón. “Comida suficiente para una familia en la alacena.” Se incorpora con calma calculada. “Una vista a la mejor parte de la ciudad.” Hace un punto recargando una mano en el marco de la ventana, viendo al exterior. “A ti, saliendo de Crime Alley, directo a una vida... prospera.”
Se ahoga con fuerza por un malestar cercano a las náuseas naciendo desde el fondo de su estómago. Claro que lo hace, y no es el único. Como en su juventud, Jason acompaña el momento igualando el desconsolado jadeo, por motivos diferentes, si la risa hueca y mal intencionada que explota del joven aclara las perspectivas.
“Claro, porque vivir en un edificio parcialmente demolido es lo que todo adulto responsable debe hacer, ¿no, Bruce? ¡No hay mejor lugar para asentarse!” Jason r ecrimina molesto, blandiendo la pistola de un lado a otro en movimientos frenéticos. “¡Bien! Que dulce de tu parte es confirmarme que incluso si no era parte de tu cruzada, mi destino terminaba aquí, viviendo en la basura, ¡maldita porquería de ciudad!
La diatriba despectiva continua. Alterando sus palabras en imaginativos insultos que Jason se dirige hacia sí mismo. Bruce solo observa de reojo el arma flotante, preparado para arrancarla de la mano del otro si llega a apoyar un dedo en el gatillo.
“...porque lo sabes todo, ¿no? ¡El gran Batman! Pues no lo haces, si así fuera lo mejor para ti habría sido dejarme en donde me encontraste. Cuantos problemas te hubieras ahorrado de ser así.”
Jason termina, sonando derrotado, con la vista fija en las líneas visibles del símbolo del murciélago plasmado en su pecho. El joven frente a él parpadea dos veces antes de cerrar los ojos un momento y soltar un suspiro a la vez que prácticamente arroja la pesada pistola sobre la única mesa.
“Adelante, dilo. ¿Por qué nos engañamos? Por eso estas aquí, hoy. Termina de clavar el puñal. Solo suelta toda tu mierda sobre mi ahora y no vuelvas a buscarme. Acaba de una maldita vez.”
El tiempo parece detenerse en lo que Bruce da la vuelta. Ambos se encaran, contemplando al otro en toda su altura. Por primera vez en meses, vuelve a ver a Jason. No está usando su traje de Red Hood, no está usando ropa en absoluto, nada más que una solitaria toalla abrazando sus caderas. Gotas de agua bajan de sus hombros y le recorren el pecho hasta el nudo en el frente, y esa una vista, de la que se queda prendado. Tal vez demasiado.
“Logre que la caldera funcionara.” Jay, se da el lujo de llamarlo Jay sin que lo sepa, responde la pregunta sin formular, abriendo y cerrando los puños, inseguro de que más hacer. “No iba a desperdiciarlo solo porque eres un maldito entrometido. Uno debe ordenar sus prioridades, si no... ¿Qué... qué crees que haces?”
Bruce no está seguro. Sus piernas le manejan, lo hacen cruzar la habitación en cinco largas zancadas y plantarse justo frente a Jason con deliberada lentitud. Están tan cerca que sus respiraciones se combinan, tomando parte del aliento del otro, sosteniéndose la mirada con el calor floreciendo a su alrededor.
El familiar cosquilleo que ha estado sintiendo en las puntas de los dedos desde antes de entrar al cuarto vuelve. Quema. Lo entiende. Quiere tocarlo. Sentirlo, apretarlo y magullarlo de maneras inimaginables. ¿Es real? ¿El hombre frente a él es real? El calor que expide parece confirmar esa parte. ¿Pero lo es? Su mente ya ha jugado con esta fantasía más veces de las que puede tolerar. No es suficiente verlo. Quiere pruebas.
¿Cómo reaccionaría Jason si apoyara una palma en su hombro? ¿Se apartaría? ¿Y si fuera en un brazo? ¿Le reconfortaría? ¿Saciaría alguna emoción contenida? ¿Para ambos? ¿Qué tal si fuera en su pecho? ¿Temblaría? ¿De miedo? ¿Ansia? ¿Y si... bajara más? ¿Riña? ¿Gritos? ¿Miedo? ¿Furia? ¿...Diría su nombre?
Los nudillos hacen contacto. Chocan en un delicado encuentro contra los de Jason, y se sirve del fervor que la sensación de piel con piel le provoca. Le toma poco más de un segundo cansarse de su propia restricción y volverse codicioso .
Oh, Alfred estaría muy decepcionado.
Su mano da vuelta, los dedos se deslizan sobre la muñeca de Jason, el pulgar le traza las azuladas venas, le cuenta el pulso en calma y solo entonces, sube. Delinea el musculo creciente, siente su fuerza y poder, recorre con las yemas los surcos de cicatrices mal cuidadas, todas ganadas en esta nueva vida de la que no conoce nada. De la que no es parte.
“¿Qué haces, Bruce?” Jason cuestiona, de nuevo, en poco más que un susurro.
Las verdaderas interrogantes del joven parecen permanecen atascadas en su garganta. ¿Por qué estás aquí? ¿Qué planeas? ¿Por qué no me dejas tranquilo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué quieres?
“Vine a llevarte.”
Eso rompe el encanto. La mano de Bruce es expulsada de un manotazo, un paso de distancia vuelve a ser la barrera entre ellos y los ojos de Jason se encienden, no en una metáfora relacionada con la amargura marcada en el aun bello rostro de Jay, sino que se encienden. Brillan . Verdes, poderosos y oscuros. Una energía extraña lo envuelve, dándole una apariencia sobrenatural. Lo hace lucir etéreo. Peligroso.
“¿Sí? ¿Y a donde será? ¿Blackgate? Arkham no lo creo. Estaría muy cerca de tu psicópata favorito, dudo que te arriesgues a la opción.”
Aun si el rostro de Jason no cambia de una expresión indiferente y osada, Bruce nota el nerviosismo apenas oculto por la proximidad. Sabe que la mano del chico más cercana a la mesa se contrae en espasmos inseguros o tal vez en un tic por haber abandonado su ancla antes de tiempo. Sopesando las opciones. Preparándose a actuar. Luchar.
“A casa.” Declara Bruce, claro y serio.
Decir que el joven luce aturdido es poco. Cautela, precaución y furia se abren paso en dicho orden.
“¿Que, ahora tienes alguna clase de juego enfermizo con los términos? ¿Se supone que llame hogar a la maldita prisión en la que me encierres? Vete al carajo, Bruce. Saldré más rápido de lo que tardan en perder la llave y cuando lo haga iré tras de ti, ¡podrás darte por muerto!
La burla e injuria de promesas a acciones violentas solo hacen que Bruce quiera tocarlo aún más. Quiere llevar las manos al cuello del otro y apretar, no para restringirle el aliento, sino para sentirlo tragar. Ese poder en sus dedos. El poder de tener a Jason.
“¿Como al hombre que has secuestrado? Si es que solo fue eso.” Un parpadeo y observa el fuego en los ojos de Jay desvanecer con sus palabras.
No es miedo lo que suplanta ese extraño resplandor, podría tomarlo por reserva, pero vacila demasiado cerca del sometimiento. El entendimiento de que una negativa llena de maldiciones no será suficiente, ni de que correr le llevará a alguna parte. Bruce puede ver la derrota y aceptación, prácticamente dispuesto a recibir el golpe final de su siguiente oración.
La euforia le abraza. Control. ¡Lo tengo! Grita la parte retraída y brutalmente hambrienta en su interior. La que ha sobrevivido por mera fuerza de voluntad y la ilusión de este momento. No comete el mismo error al romper la fantasía demasiado pronto, se permite disfrutarla.
Jason no reacciona físicamente al observarlo apartarse y regresar a la invasiva revisión a sus pocas pertenencias. Puede sentirlo tragar una réplica mordaz que seguro piensa; empeoraría cualquier resolución a la que Bruce vaya a atenerlo, y espera. Solo puede esperar. Reuniendo una paciencia que nunca antes a poseído. Todo por él. Es dulce.
“Lo habrás escondido bien si te encárgate por completo, espero.” Dice, escrutando un tablero escondido tras el solitario cojín del sofá.
Intenta que suene como una ocurrencia tardía, pero no es capaz de eliminar la dureza arraigada en su voz por años de combate. Las palabras junto al tono se le quedan grabadas en el paladar. No es algo que se esperara escuchar salir de la boca de Batman, menos de Bruce Wayne. Sin embargo, puede reconocerse en el fondo. ¿Cómo quién? No está seguro.
“¿Esperas?” Murmura Jason, confusión real tiñéndole el tono. No tiene que verlo para saber que se está moviendo más cerca del arma.
Con los dedos ocupados, analizando la textura callosa e irregular de una pieza de ajedrez que parece dar alusión a un caballo, es fácil para Bruce deducir que Jason no estaba preparado para recibirlo, pero que sin duda fue advertido.
Descartando el arma, que es seguro debe llevar a todos lados, no estaba sorprendido por encontrarlo en su... ¿departamento? No, al contrario. Espero a que estuviera cómodo y distraído, poniéndose en una situación vulnerable al tenerlo a su espalda antes de emboscarlo. Pero él lo ve todo. ¿Quién sería si no?
A Jason nunca le gusto el café; una vez, justo después de una patrulla particularmente difícil, Bruce le ofreció una taza solo porque no dejaba de verlo, el chico se había apartado y corrido fuera de la cueva tan rápido que no pudo más que quedarse donde estaba, Alfred tuvo que hablar por Jay en la mañana. Jason no disfrutaba del café porque le recordaba el frio paralizante de las calles de Gotham. El dolor de las extremidades agarrotadas por permanecer horas en vela hecho un ovillo. Los sacrificios que realizo en la obscuridad de los callejones por conseguir un poco de esa mezcla caliente y repulsiva que le lleno el estómago pero que nunca lograba arrancarle un sabor aún más repulsivo de la boca.
Después de eso Bruce dejo de beberlo, primero en presencia de Jason y luego por completo. No fue sencillo. La necesidad por permanecer despierto lo llevo a aceptar la alternativa. Té. Caliente o frio, siempre cargado. Jason si disfruto de ese, en una versión menos fuerte. Probaron todas las opciones y ambos descartaron como imbebible exactamente la misma. Assam .
Si el juego de ajedrez le hablara, si le contara todos los secretos que guarda Jason en este espacio que reconoce como suyo , ¿qué le diría? ¿Delataría al traidor en sus filas? Incluso si no es complicado deducir quien fue, no puede evitar que punce.
Eso explicaría todo, ¿no? Porque, sin importar el tiempo o caos en la ciudad, el anciano nunca lució nada más que resuelto con los meses. Porque no detecto ojeras por noches en vela. Porque no había peso invisible sobre sus hombros. Porque la línea tensa que habían sido sus labios desde su primera aparición como Batman se transformaba en pequeñas curvas, calculadas para casi ser meras alucinaciones en su presencia. Porque parecía estar llevando con mayor propiedad no conocer el paradero del miembro una vez perdido y ahora vivo.
Estúpido y descuidado.
¿Por qué Alfred le haría tal cosa? ¿Qué excusa además de adorar a Jason como un abuelo a un nieto tendría para defenderse? ¿Cuánto tiempo se había guardado esto para sí? ¿Tomaban el té juntos? ¿Discutiendo el clima? ¿Literatura? ¿Cuán estúpido estaba siendo por tardar tanto en encontrarlo?
“¿Lo hiciste?”
Se las arregla para evitar que la amargura del razonamiento lleve su voz a una gravedad desencadenante. En cambió regresa el tosco juego al sofá, solo que ahora lo deja a plena vista. Otra pisca de ironía expuesta. De haber sospechado y notado los patrones, seguir a Alfred fuera de la mansión pudo haberle ahorrado mucho tiempo y autoflagelación.
“¿Qué haces aquí, Bruce?” Cuestiona de nuevo, el chirrido de las patas de la mesa al arrastrarse casi consumiendo el murmuro.
Bruce lo toma como una afirmación. Es una respuesta tan buena como cualquier otra. Vuelve la vista al joven, ya con el arma de regreso en sus manos, solo que, ahora sostenida hacia el suelo, frente al nudo de la toalla. La imagen enciende una emoción terrible y privada en él. Otro anhelo.
“Te lo dije. Vendrás conmigo, a casa.”
Observa a Jason razonarlo. Caer en la sinceridad de lo que dice. Da por hecho. Declara. Ordena.
“¿Por qué carajo haría tal cosa?”
Porque no existe opción. Es lo que piensa. Se lo guarda, justo como se guarda el deseo de arrancarle el arma y arrastrarlo afuera. Arrastrarlo todo el camino hasta la cueva. Hasta la mansión. A su habitación.
“Porque eres mi hijo.”
Le raspa la garganta tener que forzar la oración fuera de su sistema.
“No lo soy.”
No duele del modo en que debería. Del que esperaría. Escucharlo solo lo hace un poco más real. Es lo esperado. Lo previsto. Lo que debía ser. Lo que es.
“Entonces, por lo que puedes ser. Podemos ser.” Murmura lo último como si fuera una plegaria, con calma y una devoción que solo los verdaderos condenados profesan al caos.
Tan maldito como se siente, permite que Jason sopese sus palabras. Que las repita las veces necesarias en su mente, que las estudie y desmiembre; justo como los cuerpos de quienes está seguro Jay a secuestrado desde su regreso para demostrar su posición como nuevo Señor del Crimen . Preocuparse por ello ya no se distingue en su lista como una prioridad. Y si es sincero tal vez nunca más lo hará. Depende del ahora.
Los restos de la calma tan fríamente calculada desde el inicio de su encuentro se le pierden del rostro a Jason. “No sé de qué mierda hablas.”
Bruce respira más de ese aire cargado de canela y vainilla , detecta ahora que tiene tiempo, llenándose los pulmones con ello. Bien . No está ejerciendo la suficiente presión. Decide al no verlo doblegarse, no en sumisión y aun menos en ataque. Debe ir más lejos. Romperlo .
¿No es lo que siempre hace? ¿Lo que le han discutido todos los jóvenes que alguna vez albergo bajo su ala? ¿No los lleva a todos al límite, exige más y luego los rompe? ¿No es para lo que es bueno?
Debería ser sencillo. Salvo por el hecho de que el hombre frente a él ya no es un niño hambriento; demasiado suspicaz para su edad, ni un adolescente resentido y temeroso de sus propios deseos nocturnos, no es un juvenil cuerpo inerte y embalsamado listo para su entierro. Pero es Jason. Es el inicio de una nueva reflexión, una que de haber tenido meses atrás, antes de su enfrentamiento final, lo habría cambiado todo. No es ninguna de las cosas que solía ser, no, pero es Jason. Es su Jason . Entero, dañado, triste y demacrado. Si. Pero suyo . Es lo que importa. Es lo que quiere.
“Lo haces. Y está bien, Jason. Tranquilo. Lo entiendo, ahora lo hago” Un miedo espeluznante es lo que florece del rostro contrariado de Jay, empeorando a cada palabra, titubeando entre cientos de emociones indefinibles. “Solo tienes que venir. Sígueme, y te daré lo que quieres.”
Lo entiende. Al menos espera creer que por fin lo entiende. No puede imponerse, no con esto, no entonces, no ahora y simplemente esperar lo mejor. Completa obediencia. Ambos han vivido lo suficiente como para ver que no todo es tan fácil. No sin un intercambio, uno que está exponiéndolo libremente a juicio. Uno del que no hay vuelta atrás.
“¡Detente! ¡Basta! ¡Maldito!” La furia llega, se mezcla con la desesperación, y es tan dulce como esperaba que fuera.” ¡Tú no sabes lo que quiero! ¡No puedes hacerlo!”
Oh, pero lo hace. Conoce el apetito insaciable y depravado de Jason. Las ilusiones que llenaron su pobre mente desde que tuvo la edad para fantasear y transformar los inocentes toques de aliento que Bruce le proporciono a perversos y sucios desvaríos. La codicia por más, más de una forma pecaminosa.
Lo conoce tan bien que duele, duele por ambos. Porque é l también lo ha sentido. No estaba bien entonces, puede que aún no lo este, pero ahora puede usarlo. Puede tomarlo y dar, por esta ocasión. Y las necesarias .
“No. No, no lo haces. Quiero al payaso. ¡SU MALDITA CABEZA!”
La recomposición es frenética. Jason alza a intervalos irregulares el arma, pero mantiene la vista en cualquier parte menos en Bruce. Por memoria bien podría darle un tiro limpio en la frente. Que no lo haya hecho, le dice lo que necesita escuchar.
“No puedo darte eso.” La línea fue trazada. Si es libre de elegir como condenarse por sus errores, será por algo más corrosivo que la venganza.
“Entonces no tienes nada que ofrecer. Ni nada más que decir. ¡Lárgate! ¡Ahora! ¡...ALEJATE!”
La mesa vuelve a chirriar, empujada y maltratada por la exasperación de Jason por imponer distancia entre sí mismo y el cuerpo en movimiento de Bruce. No es lo suficientemente rápido ni lo suficientemente agresivo como para terminar de usar el arma por lo que es en lugar de un precario escudo.
El artilugio se desprende de los dedos de Jason con el mero roce de las yemas de Bruce sobre sus nudillos y cae. El solitario golpe del metal contra madera se alza en el silencio, acompañando las respiraciones aceleradas del joven. Les permite un trecho de poco menos de un paso, y espera, ambos brazos abiertos y dispuestos.
“Está bien, Jason. Todo está bien. Te lo daré todo. Puedes tenerlo todo. Solo ven a mí. Quédate conmigo.” Ahora y siempre . Piensa, a la vez que lo recibe lentamente contra su pecho. Un arrullo gentil junto al arrastre suave de sus dedos en la espalda del joven lo funden en su pecho. Donde puede protegerlo, justo donde pertenece.
Oh, maldito sea. Se condena a sí mismo. Convencido de que este es un daño con el que puede cargar.
