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En lo vasto de las nieves, sobre las altas montañas, existía un reino que se daba por perpetuo. Conocido por formar hijos de duro temple y guerreros de hielo, este era un reino que fue forjado entre guerra y conflicto. En conquistas y derrotas.
Nadie había llegado jamás, en todo lo largo y ancho de su historia, a asediar sus altos muros. Pero ese día podría estar cada vez más próximo.
Montado sobre un corcel de gruesa y oscura crin, el líder de los rebeldes observaba el entorno gélido próximo a su asalto. El fuerte que asediaban era ya territorio directo del reino de escarcha, y tras meses largos de pura estrategia y matanza habían logrado penetrar al arsenal con menos resguardo de los siete que rodeaban el núcleo central. Había levantado el líder una de sus manos para ordenar que las catapultas se prepararan al igual que sus arqueros, pero aún se esperaba la diminuta probabilidad de que el comandante del fuerte eligiera son sabiduría e izara la bandera blanca, pues el ejército rebelde sobrepasaba con creces a sus propios números. Y, aún con un gran fuerte para refugiarse, estaban en clara desventaja.
Los segundos pasaron, los arqueros del fuerte uniformados de blanco no bajaron la guardia.
Eso era todo.
—Destrúyanlo.
La mano dio la dirección del disparo y la pólvora fue liberada. Entre el humo, la infantería de ropas grisáceas se abrió paso portando amplios escudos que los protegían de los disparos de las torres del fuerte enemigo. La caballería no se había movido aún, observaba desde el punto más alto el desenlace de su propia estrategia. El fuerte, siendo atacado por pólvora y roca comenzó a ceder su propio terreno pues los disparos estaban siendo dirigidos a las mismas torres que los atacaban, una a una iban mermando sus disparos.
La medida era justa y precisa, el ángulo ciego a cualquier contra. Las catapultas seguían intactas. Las fuerzas de blanco fueron obligadas a abandonar su primer sector defensivo cuando una de sus torres se desplomó por completo dejando caer solo piedra y escombros en el entorno.
Mientras la nieve se manchaba de hollín y carmín, los copos de nieve sucia se iban amontonando en los hombros del líder de aquella revolución, quien, a diferencia del resto de su ejército, portaba una armadura completamente negra que resaltaba en el entorno blanco. No tenía la menor intención de camuflarse.
Cuando el fuego se expandió a lo lejos, supo que era el momento.
Sin esperar ni ordenar, el jinete de negro se abalanzó a la batalla siendo seguido por el resto de sus fuerzas. La torre caída había dejado entre sus escombros una entrada colosal donde hasta los gigantes podrían hacerse paso con facilidad.
El resto fue historia.
Por aquellos tiempos el líder de la facción rebelde que azotaba el poderío de un reino había pasado de tener fama de demente a ser sinónimo de terror y crueldad encarnada. Los pueblos le respetaban o le temían, o ambos juntos. Era mejor morir de hambre y frío que terminar en medio de uno de sus ataques por lo que en realidad, más veces de las que no, los pueblos donde se armaban las contiendas ya estaban deshabitados.
Era la primera vez que realmente se llevaba a cabo la mayor carnicería, pues los soldados del fuerte no tenían a dónde escapar. Esta noticia llegó a la capital del reino con horror: los cuerpos fueron apilados y dejados incrustados en estacas alrededor de los escombros, el terreno completamente saqueado. Se habían hecho los rebeldes de un buen botín. Esto ya no eran habladurías, las propias gentes horrorizadas habían comenzado a armar revueltas en la capital exigiendo el honor de sus fallecidos. Pero no había nada qué hacer allí, el estado estaba teniendo un duro golpe que afrontar incluso a puertas cerradas.
Semanas más tarde, el líder de la facción rebelde observaba la noche nevada fuera de su campamento. Cerca de él se izaba una bandera de color añil que era sacudida por el gélido viento. Sus ojos claros se clavaron como estacas a la distancia, más allá de los bosques de ramas esqueléticas del siempre invierno. Allí. Donde no alcanzaba la vista, pero donde sabía que era el camino hasta el castillo de la ciudad capital.
Hermano…
Se acercaba una gran tormenta, el viento anticipaba. Los cabellos negros se arremolinaban al igual que la bandera expuesta.
Hermano.
Sus ojos, sus claros ojos estaban vacíos.
Pero no siempre había sido así. Los mismos ojos que ni siquiera se alteraban al enterrar un arma en otro ser, también habían podido reflejar la inocencia y la esperanza alguna vez. Como el cristalino claro cerca de donde alguna vez vivió, en esa cabaña rodeada de naturaleza y verdor donde junto a su hermano jugaba a intentar captar a los búhos dormidos en las ramas.
En esas mañanas donde la humedad estaba más presente y el rocío hacía denotar que era primavera, su hermano mayor se había trepado al árbol y sus cabellos, del mismo color claro de algunas manzanas, brillaba en medio de la maleza. La luz del alba solo hacía que reluciera más como si colocaran un halo dorado en su entorno.
—¡Rin! ¡Atrápalo!
La fruta madura cayó directamente en las manos del más pequeño, quien miraba expectante como su hermano escogía con maestría las que no habían sido picoteadas por las aves o invadidas por plagas. El aroma era especialmente dulce en esa temporada, Rin no pudo evitar darle una gran mordida a la fruta, pero se ganó una mirada de reproche de su hermano quien le había dicho que espere a que pudieran lavarlas. Así, con una canasta llena terminaron en el lago lavando diligentemente hasta la manzana que ya tenía medio corazón expuesto.
—Eres descuidado, qué haré contigo si enfermas. No tenemos medicina aquí.
Rin había asentido, mordisqueando la manzana que dejó a medio comer.
Su hermano había suspirado entonces, pero no lo había regañado más. Al final efectivamente le había dolido el estómago y su hermano fue a buscar unas hierbas medicinales mientras esperaba a que sus padres volvieran de cazar.
Esos fueron sus días más tranquilos y felices de su vida. Celosamente sellados en lo más profundo de su alma.
¿Por qué la vida tenía que cambiar?
No.
Por qué él tuvo que cambiar.
Estaba seguro que habría seguido ciegamente a su hermano hasta el fin del mundo, y quizá es que, de alguna manera, era justo lo que estaba intentando hacer. Si ese era el único modo en que podría enfocar la vista desdeñosa de su hermano sobre él una vez más… lo haría. Nada lo detendría.
El inclemente frío cortaba ya sus mejillas y labios, con la tormenta arreciando ya no podía verse ni a los bosques a la distancia.
El cuerpo que portaba tal gélida armadura negra dio media vuelta y regresó a su campamento.
Al final la bandera añil terminó soltándose de la asta con la fiera ventisca, fue llevaba más allá de la periferia y terminó sobrevolando el pueblo más cercano que ya asemejaba más a una villa fantasma. Con los pobladores habiendo decidido mudarse a la zona segura de la capital o habiendo dado fuga a las partes más inhóspitas y alejadas, allí solo los soldados del ejército real cubiertos de impoluto blanco habitaban la zona. Ya que no había quedado ni un superviviente del anterior asalto la tensión era clara en el ambiente, más de uno había permanecido pálido, y no solo por el frío, cuando fueron asignados a ser la siguiente defensa.
—Ya es tiempo.
Aparentemente se les había ordenado aprovechar la tormenta para infiltrarse en el campamento enemigo. Una idea más que arriesgada, pero a su capitán solo le quedaba seguir órdenes mientras las fuerzas con la que había convivido por mucho tiempo eran llevadas de su mano al campo de muerte.
