Chapter Text
Daba vueltas en su departamento como una calesita. Tanto, que podría hacerle un agujero al piso en cualquier momento.
Pero no podía evitarlo, sentía que los nervios lo consumían. La piel le transpiraba y el corazón le iba a mil por hora.
No fue hasta que un almohadón golpeó su cabeza que se frenó.
—¡Pará, pelotudo! Me estás poniendo re nervioso. Calmate un toque.
Agarró la almohada que Bauleti le había tirado y la volvió a acomodar en el sillón.
—¡Bueno! ¿Qué querés que haga? Estoy re nervioso.
—Quiero que te quedes quieto, corta. Por más que andes de acá para allá, el otro no se va a apurar.
Manuel respiró profundamente antes de dejarse caer en el sillón.
Pareciera que había pasado una eternidad desde la última vez que lo había visto, pero tan sólo habían sido unas semanas.
Las peores semanas de su vida, sin lugar a dudas.
—¿Qué te había dicho?
—Que a las tres de acá estaba. Y ya son tres y cinco. Capaz se olvidó o algo, pero no quiero ser re mil intenso y preguntarle.
Santiago suspiró —Son cinco minutos, boludo. Allá son como las diez de la noche, capaz justo está comiendo.
Manuel asintió, un poco nervioso —Si, puede ser.
—Bueno, te dejo sólo. Yo me voy a clavar una siesta.
—¿Eh? ¿No querés hablar con él?
—Otro día, mejor. Los dejo solitos a la parejita del momento.
Manuel sonrió un poco avergonzado —Dale, pelotudo.
—Nos re vimos.
Bauleti se fue, dejándolo solo en el living. El silencio era tan abrumador, que sentía que lo asfixiaba. Era una de las tantas cosas que producía Moski en él, incluso cuando no estaba a su lado. Un apego ansioso y una necesidad de tenerlo cerca todo el tiempo, que se potenció aún más con su partida a Dubai.
Moski producía muchas cosas en él, y a veces tan sólo deseaba tenerlo cerca para silenciar ese pensamiento y ansiedad constante en su cabeza.
Se dejó caer en la silla frente a su escritorio y cuando estaba por resoplar por décima vez en esa hora, la llamada entrante de Discord casi hace que se caiga de ojete al piso. Se puso los auriculares a la velocidad de la luz, se peinó rápidamente y se metió a la conversación.
Puso su mano sobre el mouse, dándose cuenta de lo transpirada que estaba, y atendió la videollamada.
—Ah bueno, nos pusimos coloraditas.
Con sólo escuchar la voz de Moski, su sonrisa creció rápidamente. Lo vio del otro lado de la pantalla, acostado contra su silla gamer y con una de sus piernas flexionadas sobre la silla. Estaba más lindo que nunca.
—¿Te gusta? —sonrió, risueño— Me lo hice para vos.
Moski sonrió suavemente —¿Ya vas a arrancar? Ni hola me dijiste.
—Bueeeeno, perdón.
—Igual te queda hermoso. Re facherito.
Manuel sintió que su rostro se acaloraba un poco —Gracias… Vos también.
—Si estoy igual que siempre, no seas mentiroso. ¿Todo bien, gordo?
—Igual, hace mucho que no te veo…
Moski sonrió nuevamente, o su sonrisa no había llegado a desaparecer en verdad.
—Algún día voy a volver. Pero ahora no, estoy bien acá.
—Está bien, vos quedate allá. Cuando vuelvas, ¿sabes qué?
Moski alzó una ceja —¿Qué vas a hacer, eh?
—Te voy a secuestrar, para que no salgas de mi casa.
Moski se rio. En verdad, no era necesario. Con que Manuel se lo dijera, ya se quedaría.
—Ahh mirá vos, que lindo lo tuyo. Capaz vuelvo entonces.
Una risita tonta resonó en la sala, sacándole una puteada a Bauleti que intentaba dormir plácidamente, sin la tensión constante de sus amigos.
Manuel sonrió, pero de a poco fue desapareciendo en medio del silencio que se había formado.
—¿Qué pasa, gordo?
—No, nada, nada.
—¿Te pensas que no te conozco? Te cambió la caripela.
—Te extraño —admitió con honestidad, a pesar de haber dudado unos segundos—. Hasta extraño que me muerdas el brazo, hace mucho que no me duele.
Moski sonrió risueño —Yo también, Mernu. A vos y a Baúl. Pero esto es algo que tengo que hacer.
—¿Y cuánto tiempo te va a llevar? Si querés conocer gente o buscar otro laburo yo te puedo ayudar. No era necesario irse a la otra punta del mundo…
—Manu…
—Si, ya sé. Perdón. Pasa que me acostumbraste re mal. Ahora sin vos me siento raro.
Moski apretó los labios del otro lado de la pantalla, apoyando su cabeza sobre su rodilla flexionada. A veces le costaba creer la facilidad que tenía Mernuel para decir frases que parecían sacadas de una novela romántica.
—Y nada- Estoy todo el día re pajero, porque estoy en las nubes mal.
—Se te van a quemar las pocas neuronas que te quedan, colo. Tenés que estar activo para la pelea.
Mernuel soltó una risita seca —Ni arranqué a entrenar.
Moski se enderezó en su lugar —¿En serio me estás diciendo? ¿Sos pelotudo o practicas?
—Bueno gordo, qué querés que haga. Estoy re bajoneado.
—Yo quiero verte ganar, Manu. No quiero viajar hasta allá para ver cómo te noquean en dos golpes.
Mernuel se quedó recalculando, hasta que la mirada se le iluminó —¿Vas a venir a verme pelear?
—Y… No sé. Si no le pones gana, entonces no.
—Mañana mismo arranco, te juro. Pero me tenés que jurar que vas a venir.
—Obvio mi amor, te lo juro.
Manuel sonrió, encantado.
Si, definitivamente estaba encantado con Moski. Esa era realmente la mejor palabra para describirlo. No entendía qué tenía él, pero con solo oír su voz y verlo a través de una pantalla sentía una calma y una paz que era única. Como un aura pacífica que lo rodeaba con ternura.
Era el mejor amigo que la vida le podría haber dado.
—Dale, entonces te espero —respondió con una sonrisa—. ¿Qué hacías?
—Hace un ratito terminamos de cenar…
—¿No estabas sólo?
—Bana me acompaña a veces. Si no, estoy solo todo el día.
—Ahh… Claro, claro.
—Ya se fue hace poquito… Igual, es muy raro todo. Para mi, me quiere meter en alguna inversión medio rancia.
Mernuel rio —Obvio. Tiene toda la pinta. No le vayas a dar guita, nada.
—No, olvidate… Igual no quería hablar de eso con vos.
—¿Y de qué querés hablar, amor?
Moski sonrió con el apodo —Yo también te extraño. No quiero que pienses otras cosas. Lo que dije el otro día… Nada, fue una bronca que yo tenía y me la terminé agarrando con ustedes. Pero yo los amo. En especial a vos, no le digas a Baúl.
—Si, si, obvio. Te re entiendo y está todo re bien. A mi no me gusta estar mal con vos, no, no. Quiero que hablemos todos los días como antes.
—Porque antes vivíamos juntos, boludo.
—Bueno, con más razón. Creo que tengo un terrible apego ansioso con vos y me hace mal no tenerte acá. Por lo menos cumplime con las llamaditas, dale. Porfi, porfi.
El puchero que hizo Mernuel le produjo una gran ternura a Moski.
—Sos un malcriado vos… Dale, pero vos llamame mañana.
—Te amo, gordo. Sos lo más.
Moski se quedó viendo la pantalla, pensativo. Tal vez ese fue el gran motivo por el que se había alejado, y aún sentía ese cosquilleo tonto en el estómago. Necesitaba liberarse, para poder volver a Argentina como si nada estuviera pasando, pero era difícil.
—Yo también te amo, Manu —respondió sonriente, ocultando toda su revolución de emociones bajo una sonrisita chica.
Tal como siempre lo había hecho.
