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Just between us, I remember it all too well

Summary:

La memoria de Gotak es un eco que no se desvanece: dulce y cruel, susurra secretos que él preferiría olvidar.

Recuerda cada latido del primer amor, cada palabra que aún arde como una herida abierta, cada momento.
Lo recuerda todo demasiado bien, y eso es tanto su don como su maldición.

"Solo entre nosotros, ¿la historia de amor te mutó a ti también?"

 

En español pero se puede traducir:)

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Gotak nunca pensó que se enamoraría a sus 17 años.

El amor era algo que existía por supuesto, pero no era un fanático de él. De vez en cuando lo veía en las películas o cómo idea de amor tenía a sus padres, que llevaban juntos desde la secundaria. No creía que le fuera a pasar a él.

Enamorarse sonaba aterrador, Gotak definitivamente no lo quería, tampoco lo buscaba.

Y mucho menos enamorarse de un chico.

Mucho menos de alguien como Yeon Si-eun.

Pero claro. Las cosas nunca salen como Gotak quiere y ahora..ahí estaba, completamente jodido, atrapado en ese pensamiento tan imposible de ignorar, mientras pensaba en el chico con la misma expresión seria de siempre, impecable como si absolutamente nada le afectara... aunque Gotak sabía que sí.

Sieun era alguien perfecto, dolorosamente perfecto.

Había pasado tiempo desde que se conocieron, aunque no era tanto.

Sieun se había convertido en parte del grupo casi sin querer. No era simpático, ni muy amigable, ni hablaba más de la cuenta.

En realidad, en un principio parecía que los odiaba. Que odiaba a todos.

Gotak lo conoció cuando lo defendió de Hyo-man. Ese idiota. Pensó que era un caso como los anteriores, normalmente no se entrometia en ello si Baku no estaba presente.

Bakú siempre incitaba a buscar la paz entre todos. A Gotak...le daba igual.

Pero cuando escuchó los rumores de que Hyo-man había ido tras el chico nuevo, bueno. Tuvo que intervenir.

En realidad, no planeaba hacer mucho pero cuando lo vio notó al chico. Se dejaba golpear. Esquivó un buen golpe de Hyo-man con astucia. Pero no atacaba.

No se veía frágil pero era pequeño, mucho más bajito que Gotak. Además...parecía no saber pelear.

¿No era justo, verdad? Entonces Gotak interfirió y lo defendió. Luego el chico nuevo se fue ayudando a otro chico que también parecía herido (Gotak ni siquiera le había prestado atención a que estaba en el suelo).

Pero ahí noto. Que aunque ese chico no fuera amigable ni hablara más de la cuenta.

Había algo en él. No lo sabía con exactitud pero lo hizo comportarse como idiota.

Ese algo que hacía que Gotak lo mirara mucho más de la cuenta.

Ese algo que lo atraía, que lo obligaba a prestarle atención, a suavizar la mirada, a exigir.

«Mírame, mírame. Fijate en mí» pensó en ese momento.

Quería que le agradeciera. Debería haberlo hecho. No esperaba que lo hiciera en el momento que sucedió pero hubiera sido lindo.

Ni siquiera una mirada.

Luego lo detuvo cuando este se iba. Sonaba como un idiota implorando un "gracias". Casi se molesto por lo poco agradecido que había sido el chico nuevo.

El suspiro como si incluso hablarle a Gotak le cansará. Su mirada sería, casi enojada.

—Gracias. ¿Contento?

Y luego se fue.

Definitivamente eso no dejó para nada contento a Gotak.

Pero por lo menos lo miró por unos momentos.

Luego las cosas mejoraron. Se disculparon luego del altercado en el callejón donde Sieun lo lastimó en el brazo con un bolígrafo y luego Baku llegó a salvarlos de Hyo-man.

Las cosas mejoraron. Pero Gotak no dejó de observar más de la cuenta.

Y lo peor de todo esto -o tal vez lo mejor- es que Gotak sabe el momento exacto en que todo cambió.

Lo recuerda todo demasiado bien.

Fue justamente en el momento de la pelea entre la Unión y Eunjang que pudo darse cuenta de lo que sentía.

Na Baek-jin estaba a punto de lanzarse, imparable como siempre, furioso, violento. Gotak iba a intervenir. Él nunca se echaba atrás. Jamás lo hacía. Baku estaba en el suelo y los de la Unión lo festejaban como si hubieran ganado la guerra. No podía permitir eso. Un paso, dos pasos...

A punto de arriesgarlo todo otra vez.

Pero entonces, en medio del caos, sintió un roce casi imperceptible en el brazo. Tan suave que por un segundo pensó que se lo había imaginado. Pero era Sieun.

Sin pedir permiso. Sin decir absolutamente nada. Se interpuso entre Gotak y lo que estaba a punto de hacer.

Y simplemente... fue.

Se paró frente a Na Baek-jin como si no fuera nada del otro mundo. Como si un cuerpo magullado no doliera. Como si la fuerza bruta no significara nada para él. Y aguantó. No solo los golpes -que también-, sino con algo que Gotak nunca había visto antes. Una clase de valentía callada, obstinada. Un "no te tengo miedo" que no necesitaba gritarse para que se entendiera.

Y Gotak se quedó ahí parado, completamente inmóvil, observándolo.

Fue entonces cuando lo sentió. Ese tirón raro en el pecho, como si algo se hubiera desacomodado por dentro. No era admiración. Tampoco solo respeto.

Era algo más grande, más confuso.

¿Desde cuándo le importaba tanto lo que le pasara a Sieun? Es decir, claro. Le interesaba el bienestar de sus amigos.
Le preocupaba ver a Baku herido, le daba miedo que lastimaran a Juntae. Eso era normal.

Pero... ¿desde cuándo le costaba tanto respirar cuando veía a Sieun en peligro?

No lo dijo en voz alta. Ni siquiera lo pensó completamente. Pero ese fue el momento en que lo supo.

Sieun lo había tocado. Literalmente. Solo una roca. Y desde entonces era como si nunca hubiera dejado de hacerlo.

....

Ese día, camino al hospital, Gotak no podía sacar a Sieun de su cabeza.

Las heridas dolían, claro que lo hacían. Tenía el cuerpo como si lo hubiera atropellado un puto camión. Pero eso no era lo que lo tenía mal, para nada. Lo que realmente le apretaba el pecho era otra cosa. Otra persona.

Después de que lo atendieron -vendajes en los nudillos, una gasa sobre la ceja partida, el labio hinchado y una orden médica para revisar su rodilla pronto-, lo primero que hizo fue buscar a Sieun.

Lo encontró solo, sentado al borde de una camilla, con una bolsa de hielo en el hombro y varios moretones en los brazos. Su mano vendada, probablemente rota. Aun así tenía esa expresión de siempre: tranquila, distante, como si nada de lo que había pasado realmente lo tocara.

—Por qué lo hiciste?—preguntó Gotak sin rodeos. Sin saludar ni siquiera.

Sieun levantó la vista, lo miró sin sorpresa. Probablemente esperaba que apareciera tarde o temprano. Y obviamente Sieun sabía exactamente a qué se refería.

Simplemente se encogió de hombros. Cómo si no fuera nada importante.

—Por qué no me lo dejaste a mí?. Esa era mi pelea—insistió Gotak

Sieun volvió a encogerse de hombros y bajó la mirada.

—Fue un arreglo con Bakú. Si él caía, yo tenía que ganar tiempo hasta que se levantara.

Gotak frunció el ceño. No le gustó esa respuesta. Era demasiado fría, demasiado calculada e impersonal para explicar lo que había sentido en ese momento.

El silencio se extiende entre ellos por unos segundos.

Sieun carraspeó y, sin mirarlo, con la voz más baja y honesta que Gotak le había escuchado jamás, agregó:

—También... no quería que te hicieras más daño del que ya tenías.

Las palabras se quedaron flotando en el aire, pesadas, reales.

Gotak lo miró fijamente. Algo en su pecho se relajó. Sintió una calidez extraña, como si finalmente algo encajara en su lugar.

Y sin decir nada más, se quedó allí sonriendo. Una de esas sonrisas pequeñas, medio torcidas, que no muestran todos los dientes.

Sieun alzó la vista y lo notó, y por un instante —solo un instante— algo en su rostro también cambió. Muy sutil. Casi imperceptible. Pero estaba ahí.

Y aunque ninguno de los dos lo sabía todavía, ese fue el verdadero comienzo de todo.

Definitivamente Gotak jamás habría imaginado que ese seria el comienzo.

Luego de allí, fueron a comer juntos.
Para "celebrar la victoria" aunque Gotak sabía que Baku solo buscaba distraerse luego de la pelea con Na Baek-Jin.

El restaurante del padre de Baku estaba lleno del aroma grasiento y reconfortante del pollo frito. El bullicio de la cocina, el murmullo de las conversaciones y las risas del grupo crearon una burbuja de normalidad que parecía imposible después de la batalla a puñetazos contra la Unión.

Pero ahí estaban, apiñados alrededor de una mesa, con vendajes asomando bajo las mangas de las camisetas y moretones comenzando a florecer en sus pieles, comiendo como si no hubiera pasado nada.

Baku, con un ala de pollo en la mano y un moretón impresionante en la mejilla, señaló a Sieun con el hueso limpio.

—Oye, ¿nunca sales sin tu arma maestra, verdad?—dijo con una sonrisa burlona—. En serio, un bolígrafo. ¿Quién lleva un bolígrafo a una pelea callejera? ¡Solo tú, Sieunnn!

La mesa se estalló en risas. Juntae avanzando con entusiasmo, y hablando con la boca llena.

—¡Es cierto! Es como su espada de caballero o algo así.

Gotak, que estaba sentado justo frente a Sieun, al otro lado de la mesa, sonriendo y se encogió de hombros, jugando con su tenedor.

—Bueno, duele más de lo que piensan—comentó, su tono era ligero, pero su mirada se posó en Sieun—. Este tipo de aquí me llegó a rasguñar con uno una vez. Cuando nos estábamos conociendo.

Juntae casi se atraganta con su bebida.

—¡Sí, yo lo vi!—exclamó, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Fue increíble y algo aterrador...

Todas las miradas se volvieron hacia Sieun, que estaba sentado quieto, con las manos en el regazo y el plato casi intacto frente a él. Desvió la mirada hacia la ventana, como si el paisaje nocturno fuera infinitamente más interesante. Se mordió el labio inferior, un gesto tan sutil que casi pasa desapercibido.

—Yo...lo lamento por eso—murmuró, su voz era clara y baja, cortando a través de las risas.

La mesa se calmó un poco. Ya no había risas pero seguían sonriendo.

No era una disculpa grandilocuente, ni siquiera parecía particularmente afectada. Pero era sincera. Y en el mundo de Sieun, eso lo era todo.

Baku rompió la tensión dándole un golpe suave en el brazo no vendado

—Bueno, gracias al universo que ahora apuñalas a nuestros enemigos y no a nosotros—bromeó, y las risas regresaron, más suave esta vez.

Gotak no apartaba la vista de Sieun. La conversación fluyó a su alrededor, sumergiéndose en otros temas, en otras bromas. Era fácil, sencillo, cómodo. Como si las cicatrices y los vendajes fueran solo accesorios temporales, y no hay recordatorios de lo cerca que estuvieron de algo mucho peor.

Gotak dejó de comer; ya estaba lleno. O quizás era otra cosa que le cerraba el estómago.

Observó a Sieun, que estaba sentado al lado de Juntae, es decir frente a él.

Sieun no sonreía, no se reía a carcajadas. En realidad nunca lo hizo en el tiempo que se conocen.

Pero ahora observandolo bien, si había algo en sus ojos. Una ligera relajación en la tensión presente alrededor de ellos, un destello diminuto que reflejaba la luz cálida del restaurante. Era como un mar en calma, algo que Gotak nunca había visto en nadie más.

Jamás había conocido a alguien tan poco expresivo que, al mismo tiempo, pudiera decir tanto si uno solo se tomaba el tiempo de mirar detenidamente, observar los detalles.

Los ojos de Sieun se encontraron con los de Gotak por un instante, justo cuando Baku exageraba los detalles de la pelea. Y fue suficiente. No fue una sonrisa propiamente dicha, sino un destello en la mirada: una leve curvatura de los párpados y un brillo fugaz que desapareció tan rápido como había llegado.

Fue tan inesperado y tan genuino, que a Gotak se le cortó la respiración.

En ese momento, lo supo, fue con una certeza física: si, estaba perdido.

El tiempo se frenó, eran dos personajes observandose, detenidos en cámara lenta.

Su corazón comenzó a latir con demasiafa fuerza, ahogando el murmullo del restaurante. Gotak incluso temía que alguien más pudiera escuchar los latidos de su corazón.

El mundo a su alrededor perdió nitidez: los comentarios de Baku y Juntae, se convirtieron en un murmullo lejano.

Solo existía Sieun, silencioso, observando sus manos vendadas sobre la mesa.

La quietud era tan densa que Gotak podía casi escuchar su propia sangre corriendo.

Notó, o quizás lo imaginó, un tenue rubor en la punta de las orejas de Sieun, acentuado por la luz cálida que pendía sobre ellos.
¿Que estaba pasando?. La tensión se volvió tan palpable que necesitó escapar. Se levantó de golpe, y el chirrido de su silla rasgó el silencio de su cabeza como un grito.

—Voy a...a echar un vistazo a la nevera. A ver si queda ese postre que siempre tienes aquí—le dijo a Baku, con una voz que sonó un poco ronca, forzada.

Baku ni siquiera alzó la vista, absorto en la pantalla, vio un video con Juntae.

—Ah, sí, tráeme uno si es que quedan.

Fue una excusa débil, pero funcionó. Nadie lo cuestionó. Nadie, excepto Sieun. Sus ojos, esos ojos que acababan de desbaratar por completo a Gotak, se alzaron y lo siguieron con una intensidad silenciosa mientras se alejaba de la mesa, no hacia la cocina, sino hacia la parte trasera del local, donde las mesas estaban recogidas y las sillas descansaban boca arriba sobre los tableros, en la penumbra.

Gotak se detuvo junto a la puerta de salida de servicio, en un rincón tranquilo y mal iluminado donde se apilaban cajas de bebidas vacías. Se apoyó contra la pared fría, cerró los ojos y respiró hondo, intentando calmar el torbellino interno. El aroma a pollo frito era más rancio aquí, mezclado con el olor a detergente.

El casi imperceptible crujido de una suela contra el piso lo hizo abrir los ojos.
No necesitó volverse para saber quién era. Lo sintió en el aire, un cambio en la presión, una presencia silenciosa y familiar que se detuvo a un metro de distancia, junto a una pila de cajas, como si estuviera examinando una etiqueta.

No dijo nada. Sieun casi nunca dijo nada primero.

Gotak se volvió lentamente. Sieun estaba allí, de pie en la penumbra, la luz de un letrero de "Salida" verde bañando su perfil de un tono espectral. Lo miraba con esa calma desconcertante, pero había una pregunta tácita en la leve inclinación de su cabeza.

—¿Qué pasa?—preguntó Gotak, su voz un susurro que se perdía en la quietud.

Sieun se encogió de hombros, el movimiento casi imperceptible.

—Nada—murmuró. Y luego, después de una pausa infinitesimal—El ruido del video.

Era mentira. Gotak lo sabía muy bien.
El video casi no tenía volumen. Pero...era la excusa de Sieun. Su forma de estar allí, en ese rincón oscuro, sin tener que admitir que lo había seguido.

Se quedaron en silencio, un silencio denso y cargado que pareció extenderse por minutos. Desde lejos, se oyó la risa ahogada de Juntae.

—Lo de antes—dijo Gotak de pronto, sin poder contenerse, rompiendo el hechizo del silencio—. En la mesa. ¿Lo sentiste, verdad?

Sieun lo miró, sin pestañear. Ladeó la cabeza y respondió:

—Dije que lo lamento. No miento.

—No, no eso—Gotak hizo un gesto impaciente con la mano, pero en voz baja— Lo otro. Cuando me viste, cuando te quedaste viéndome.

«Por favor, di algo. No pude haber sido solo yo. Fue conexión, hubo tensión...debería ser mutuo. Tiene que serlo, por favor» rogó en su mente.

Sieun desvió la mirada, fijándola en las cajas de cerveza vacías. Gotak pudo ver cómo su garganta se movía levemente al tragar. El silencio se extendía, tan pesado que Gotak otra vez... casi podía oír el latido de su propio corazón.

Pero entonces, Sieun habló, tan bajo que fue poco más que un movimiento de labios.

—El postre... probablemente esté caducado.

Gotak sintió una punzada de frustración, pero también de un afecto tan intenso que le cortó la respiración. Era tan típico de él. Desviar. Evadir. Hablar de todo menos de lo que importaba.

—Sí—aceptó Gotak, jugando con el cuello de su abrigo, su voz también un hilo de sonido— probablemente.

Y entonces, Sieun hizo algo que le detuvo el corazón. Sin mirarlo fijamente, extendiendo su mano vendada y tocó levemente el vendaje que asomaba bajo la manga del abrigo de Gotak, en su mano, casi muñeca. Justo la mano que estaba levantada acomodando su abrigo.

Fue un contacto breve, apenas un roce de yemas de dedos contra la gasa, tan ligero que pudo haber sido accidental.

Pero no lo fue.

Gotak contuvo la respiración. El simple contacto, a través de las vendas, le provocó una descarga eléctrica que le recorrió todo el brazo.

Sieun retiró la mano de inmediato, metiéndola de nuevo en el bolsillo como si se hubiera quemado. Su expresión no había cambiado, pero la línea de sus hombros estaba un poco más tensa.

«¿Él también lo sintió?» Pensó, otra vez.

—Deberíamos volver—dijo Sieun, su voz un fantasma de sonido.

—Sí—Fue todo lo que Gotak pudo articular.

Sieun se dio media vuelta para irse. Pero entonces, Gotak encontró las palabras, impulsado por el valor que le daba el roce fantasmal en su brazo y por la necesidad desesperada de que aquello-lo que fuera que acababa de pasar-no terminara ahí, en la penumbra de un almacén.

—Oye, Si-eun

Sieun se detuvo. Se volvió solo lo justo, su perfil recortado contra la luz verde del letrero.

Gotak tragó saliva. Las palabras le salieron toscas, urgentes, sin el filtro de la razón.

—La próxima vez que peleemos...no te pongas delante de mí—Hizo una pausa, buscando cómo expresar el nudo de emociones que tenía en el pecho—. Si te vas a interponer, que sea para pelear juntos. ¿Bien?

No era una orden. Era una súplica. Una confesión torpe de que la idea de Sieun luchando por él, pero sin él, le resultaba insoportable. Que prefería mil veces el peligro compartido que la seguridad solitaria.

Sieun lo miró desde su perfil, un largo momento de silencio donde solo se escuchaba el zumbido de la nevera. Evaluó la crudeza de la petición, la emoción que había detrás de las palabras mal elegidas. Y entonces, ascendiendo. Una sola vez, firme.

—A tu lado—dijo, y la palabra flotó en el aire entre ellos, un pacto mucho más íntimo y peligroso que cualquier estrategia.

Esta vez, cuando Sieun se deslizó de regreso hacia la luz de la mesa principal, Gotak no lo siguió de inmediato. Se quedó en la penumbra, con el eco de esas tres palabras ardiéndole en la piel.

A tu lado.

Una sonrisa lenta, amplia y genuina, le estiró el labio partido. No se movió hasta que el corazón dejó de martillarle en los oídos.

Finalmente, regresó a la mesa con las manos vacías, habiendo olvidado por completo el postre, pero habiendo encontrado algo infinitamente más dulce y aterrador.

....

Había risas rebotando por toda la cancha de básquet, discusiones sobre quién había ganado qué ronda, el sonido de zapatillas chirriando contra el cemento y el eco metálico de la pelota golpeando el aro una y otra vez. Baku seguía jugando como si les fuera la vida en eso, mientras Juntae sonreía y trataba de seguirle el ritmo.

Gotak, en cambio, se alejó hacia el extremo más silencioso de la cancha. Con su pelota de básquet bajo el brazo, buscó con la mirada.

Sieun estaba ahí, a unos metros, sentado en el último escalón de la grada. Bastante apartado del ruido. En la sombra, como siempre. Solo, pero no completamente desconectado. Lo observaba todo con esa calma suya, como si no estuviera involucrado pero igual supiera exactamente qué pasaba con cada uno.

Gotak se acercó sin hacer mucho ruido. Se dejó caer a su lado con un suspiro, dejando la pelota rodar hasta sus pies. Se quedaron así un momento largo, en silencio.

—No te gusta jugar con nosotros, ¿verdad? —preguntó Gotak sin mirarlo directamente, solo de reojo.

Sieun negó con la cabeza.

—No me gusta perder.

Gotak irritante. Desvió la mirada hacia la cancha. Sus amigos ni siquiera se habían dado cuenta de que se había ido.

—Ah. Pensé que solo Baku era tan orgulloso como para no jugar antes que perder conmigo.

—Tampoco eres tan bueno.

—¿En serio? Entonces juega contra mí.

—Preferiría no humillarte.

Gotak se rió, sabiendo perfectamente que jamás pasaría eso. Aunque Sieun había mejorado un poco, aún era pésimo jugando básquet.

El silencio volvió, pero no se sintió incómodo. Era un silencio compartido, un espacio propio que habían tallado a un costado del bullicio.

Gotak le dio una patada suave a la pelota y esta rodó unos centímetros más lejos. Después se estiró hacia atrás y apoyó los codos sobre el corto muro de cemento.
Miró hacia arriba. Las nubes se movían despacio por el cielo.

—A veces me pregunto cómo terminamos todos juntos—murmuró.

Sieun se encogió de hombros.

—Solo sucedió.

Gotak soltó una risa corta.

—Contigo las cosas siempre "solo suceden", ¿verdad?

Esta vez Sieun giró un poco la cabeza para mirarlo. El sol le daba justo en el perfil, marcando una línea de sudor que le bajaba por la sien. No dijo nada. Pero tampoco apartó la mirada.

Gotak tragó saliva. Había algo en ese momento, algo en la forma en que lo miraba. Una tensión suave, nada agresivo, nada ruidoso. Como cuando sabes con cierta seguridad que pronto va a llover pero todavía no cae ni una sola gota.

—Hoy estuviste de buen humor—dijo Gotak, bajando la mirada a sus propias manos, se sintió extrañamente nervioso—. Hasta hiciste bromas.

Sieun hizo una mueca apenas visible. No parecía molesto. Más bien... ¿avergonzado?

—No lo repitas

—¿Qué? ¿Que tienes sentido del humor?

Sieun le dio un codazo muy leve, sin fuerza, como un empujón para que se callara. Gotak se río por lo bajo.

—No lo digo para molestarte—agregó, ahora más serio—. Es...bastante agradable verte así.

Sieun parpadeó, y sus dedos, que estaban quietos sobre sus rodillas, se crisparon casi imperceptiblemente. No respondió. El silencio volvió, pero esta vez se sintió más... cargado. Como si algo importante quedara flotando entre ellos y ninguno supiera todavía cómo agarrarlo.

—Gracias... creo.

—No hay de qué. Me gusta esto—dijo Gotak, sin mirarlo, volteando hacia cualquier lado menos hacia Sieun—. Estar aquí. Así. Es reconfortante, ¿no?

Sieun avanzando muy despacio. No dijo nada más.

Pero tampoco se movió.

Y Gotak pensó que, viniendo de alguien como Sieun, quedarse ya era suficiente.

....

El silbato del profesor cortó el aire como un cuchillo.

—¡Divídanse en equipos! ¡Vamos, rápido!

Era una mañana húmeda y la clase de educación física había terminado en el gimnasio por culpa de la llovizna que golpeaba las ventanas. El profesor decidió que jugarían básquet.

Algunos protestaron por el calor que emanaba la humedad del día. Otros se entusiasmaron.

Gotak, como siempre, estaba listo desde el primer segundo. Era de los mejores de la clase. Siempre le había gustado el deporte.

Se movía con una facilidad natural, encestaba sin esfuerzo aparente, daba órdenes con un tono que nadie se atrevía a discutir. Baku estaba en su equipo, lo que solo aumentaba la ventaja.

Sieun, en cambio, se limitó a seguir al resto sin mucho entusiasmo. No era torpe, pero tampoco disfrutaba estas clases. Tomó su lugar sin protestar, y cuando le tocó estar en el equipo contrario al de Gotak, solo susspiró resignado.

El partido comenzó.

Gotak estaba en su elemento.
Sieun, definitivamente no.

En la primera jugada, la pelota rebotó directamente hacia él. No reaccionó lo suficientemente rápido. Le dio en las manos y se le escapó al suelo. Gotak contuvo una sonrisa desde el otro lado de la cancha, mientras algunos compañeros se reían sin maldad.

—¡Vamos, Sieun! ¡Concéntrate!—gritó el profesor.

Sieun apretó los dientes. Cuando levantó la cabeza, Gotak ya estaba ahí, acercándose para marcarlo en la siguiente jugada.

—Todo bien, estrella?—dijo con una sonrisa que no era del todo burlona, ​​pero tampoco completamente inocente.

—No me hables—murmuró Sieun, impidiendo mirarlo.

—No puedo evitarlo. Estás justo frente a mí —respondió Gotak, bajando la voz lo suficiente para que solo él pudiera escucharlo.

Siguieron jugando. En cada cruce, en cada disputa por la pelota, terminaban demasiado cerca. Chocaban hombros, se miraban por una fracción de segundo de más y luego fingían que no pasaba nada.

Pero pasaba. Y los dos lo sabían.

En una jugada, Sieun intentó interceptar un pase y terminó perdiendo el equilibrio, cayendo al suelo otra vez. Esta vez Gotak se acercó inmediatamente y le ofreció la mano.

—No hace falta que te lastimes cada vez que jugamos.

Sieun no ayudó la mano. Se levantó solo, sacudiendo la camiseta húmeda de sudor.

—No necesito tu lástima.

Gotak mantuvo la mano extendida un segundo más, después el bajón pero no se alejó.

—No es lástima—dijo en voz baja, lo suficiente para que solo Sieun pudiera escucharlo—. Cuando te caes... me preocupa la verdad.

Sieun lo miró entonces. Solo un segundo, pero fue suficiente para que algo pasara entre ellos. Algo que no tenía que ver con básquet ni con educación física.

Gotak sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ¿Por qué había dicho eso? Era verdad, pero sonaba a... otra cosa. Algo que no se dijo en medio de un partido. Luego Sieun desvió la vista y se alejó para ocupar su posición.

El juego continuó, pero el ambiente había cambiado.

Las bromas eran las mismas. El sudor también. El ruido de las zapatillas contra el piso seguía igual. Las gotas de lluvia seguían azotando los vidrios, encerrándolos en esa burbuja de calor y tensión húmeda.

Pero entre ellos dos, cada mirada, cada roce accidental, cada palabra intercambiada pesaba un poco más.

Como si hubieran cruzado una línea invisible y ya no podía fingir que no había pasado nada.

.....

El ventilador giraba perezoso en el techo, apenas moviendo el aire pegajoso de la tarde que se colaba por la ventana entreabierta. La casa estaba sumida en un silencio pesado y cálido, solo roto por el zumbido eléctrico del aparato y el murmullo lejano de algún programa de televisión que se había quedado prendido en otra habitación.

Gotak estaba tirado boca arriba en la colchoneta vieja, con el celular abandonado sobre su pecho y la espalda pegada al piso fresco. Sieun estaba sentado un poco más lejos, en el borde de la cama, finciendo revisar unos apuntes en una carpeta abierta sobre sus rodillas. Pero hacía rato que no pasaba página.

No hablaban mucho. Tampoco hacía falta.

Gotak estiró las piernas con una leve queja y bostezó exageradamente.

—En serio vamos a estudiar o solo vas a mirar papeles esos como si fueran a revelarte los secretos del universo?—preguntó, volviendo la cabeza hacia Sieun.

—Estoy pensando—respondió Sieun, sin levantar la vista de los apuntes.

—Ajá. Claro. Pensando en cómo evadir mis preguntas—Gotak sonriendo, juguetón.

Sieun puso los ojos en blanco, pero una esquina de su boca se curvó casi imperceptiblemente. No dijo nada más, y Gotak se sintió satisfecho.

Pasaron varios minutos en silencio. Gotak dejó el celular a un lado y cerró los ojos, fingiendo dormir. En algún momento, sintió el leve cambio de peso cuando Sieun se recostó finalmente en la colchoneta, lo suficientemente cerca como para que sus brazos se rozaran con cada respiración.

Gotak no se apartó. Contuvo la respiración y terminó de seguir dormido.

Podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo de Sieun. Su respiración era demasiado pareja para estar realmente dormido.

Cuando por fin abrió los ojos, giró la cabeza con lentura. Sieun yacía a su lado, con un brazo cubriendo parte del rostro, pero su cuerpo estaba relajado, la tensión habitual de sus hombros había desaparecido.

Gotak lo observó en silencio, sintiendo cómo su corazón latía con un ritmo acelerado. No quería que el momento terminara.

Se le escapó una sonrisa suave, íntima.

Sieun se mueve ligeramente. Se giró de lado, y su brazo desnudo rozó el de Gotak. O contacto fue breve, pero a Gotak le pareció una descarga eléctrica.

Contuvo la respiración. Permaneció completamente quieto.

—¿Estás despierto?—la voz de Sieun era ronca, cargada de sueño. Sus ojos se abrieron lentamente y se encontraron con los de Gotak.

—No—respondió Gotak, sin apartar la mirada.

Sieun emitió una risa baja, casi un bufido.

—Supongo que duermes con los ojos abiertos, entonces.

Gotak sonrió.

—Y tú te duermes en casas ajenas sin permiso. Qué descortés.

—¿Permiso? ¿Qué eres, un dictador?—Sieun retrucó.

—Mi casa, mis reglas—dijo Gotak, riéndose un poco—. No, es broma. Puedes usar mi cama si quieres estar más cómodo.

—Tu cama es incómoda—replicó Sieun, sin moverse.

El silencio volvió, pero esta vez era diferente, más espeso. El zumbido del ventilador parecía amplificarse.

—Supongo que debería cambiar el colchón... —comenzó a decir Gotak, pero se detuvo al notar que Sieun lo miraba de una manera intensa—. ¿Qué?

—Me estabas mirando antes, hace un momento—dijo Sieun, su voz era suave pero clara. No apartó la mirada.

Gotak se sintió atrapado.

—Pfff, no. No seas tan narcisista—intentó bromear, pero su voz sonó menos segura. Baja la mirada—. Es que....te ves tranquilo. Y no es algo tan común. Es diferente a otras veces.

Sieun giró completamente hacia él, apoyándose en un codo.

—Entonces...me observas seguido—dijo, no fue una acusación pero se sintió como tal.

Gotak tragó saliva. Bueno, el no se echaba atrás nunca ¿cierto?. Entonces no había razón para que esa vez fuera diferente.

—Sí, lo hago.

—¿Que es lo que ves?

La pregunta flotó entre ellos. Gotak sintió un vuelco en el estómago. Tragó saliva, nervioso.

—No lo sé. Creo que... veo a alguien que parece cansado todo el tiempo pero sigue adelante. Alguien que... —Hizo una pausa, buscando las palabras correctas— que a veces baja la guardia. Y entonces se ve... más real, quizás. No sé, suena estúpido dicho en voz alta.

Gotak se rió incómodo, frotándose la nuca luego de decirlo.

Sieun lo miró por un largo momento, su expresión era inescrutable. Luego, sin previo aviso, le dio un codazo suave en el costado.

—Eres un idiota—murmuró, pero no había aspereza en su tono—. No digas cosas así.

Gotak irritado, aliviado por la reacción, pero luego se inclinó un poco hacia él.

—¿Por qué? ¿Te pone nervioso?

El silencio que siguió fue palpable. Sieun desvió la mirada por un instante, como si estuviera considerando negarlo, pero luego la clavó de nuevo en Gotak.

—Sí—admitió, con una honestidad que dejó a Gotak sin aire.

La palabra flotó entre ellos, simple y devastadora. Gotak sintió cómo su corazón se aceleraba. No apartó la mirada, incapaz de romper el hechizo. Sieun tampoco lo hizo.

El zumbido del ventilador se convirtió en un rugido lejano. Solo existían ellos dos, en ese espacio reducido, con la verdad palpitable en el aire cargado de la mediatarde.

No hubo una confesión monumental, ni manos que se buscaran, pero en ese cruce de miradas, algo cambió para siempre. El espacio entre ellos ya no era solo de amigos.

Y aunque ninguno supo cuánto tiempo pasó así, mirándose, Gotak sabía desde ese preciso momento que desde allí nada volvería a ser igual.

.......

El timbre del recreo sonó como una liberación. Gotak salió del aula, estirándose. El recuerdo de la tarde anterior aún fresco en su mente, una presencia cálida y un poco desconcertante en cada pensamiento. Al girar la esquina hacia el baño, se detuvo.

Ahí estaba Sieun, apoyado contra la pared como si lo esperara. Oh, tal vez no.
Con él nunca se sabía.

—Hey—saludó Gotak, acercándose. Su voz sonó un poco más ronca de lo habitual.

Sieun acercandose con la cabeza, una señal mínima. Sus ojos se encontraron con los de Gotak y hubo un destello de algo-recuerdo, entendimiento, nerviosismo- que pasó tan rápido que Gotak casi pensó que lo había imaginado.

—Olvidé devolverte esto ayer—dijo Sieun, alargando la mano. Era la carpeta de apuntes de Gotak.—Le agregé varios nuevos apuntes, te ayudará.

—Ah, cierto. Gracias.—Gotak la tomó, y sus dedos rozaron los de Sieun. Fue un contacto breve, seco, nada del otro mundo. Pero suficiente para que Gotak contuviera la respiración por una milésima de segundo.

—De nada—murmuró Sieun. Y entonces, antes de darse cuenta de la vuelta para irse, hizo algo. Una cosa pequeña, casi insignificante. Una esquina de su boca se levantó en lo que podría haber sido el borrador de una sonrisa. No hay disco duro ni un segundo.

Pero fue suficiente. Para Gotak, fue como ver un rayo de sol en un día nublado. Breve, pero innegable.

Sieun se alejó sin añadir nada más. Su silueta se disolvió entre la multitud.

Gotak se quedó inmóvil. Apretó la carpeta contra el pecho, como si de ella dependiera su equilibrio. El corazón le martillaba el esternón, incontrolable.

Y lo supo. Lo sabía bien en ese momento. Claro que lo hizo, simplemente la realización. Una confirmación de lo que ya sabía, de lo que ya veía venir.

Gotak incluso recuerda cómo se sintió.

Una certeza cálida y pesada que se le asentó en el estómago: nada volvería a ser igual. Y esa vez, supo también que eso era lo que quería.