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Rouge, mon sang tourne à l'envers

Summary:

Enjolras y Combeferre eran un equipo. Eran, porque Combeferre cayó. Y de pronto Grantaire entra en la ecuación y le da la vuelta a todo lo que Enjolras creía saber.

Chapter 1: Prólogo

Chapter Text

Todo había empezado una noche de junio. Hacía calor, más del habitual para aquella época del año. Lo recordaba porque eso era lo que había hecho que Ferre saliera a la calle, por su culpa. Y ahora no había manera de volver atrás.
Enjolras miraba sin ver la carretera por la que conducía. Mal hecho. Pero había sido entrenado para reaccionar rápido, y vio la sombra en la calzada antes incluso de que se moviera. Frenó en seco, calculando que le quedarían, aproximadamente, cinco segundos antes de chocar con aquella figura. Cuatro y medio.
Evaluó sus opciones. Si no se desviaba, arrollaría al desconocido. Parecía una persona, pero era difícil, si no imposible, asegurarlo. Tal vez fuera un animal y, de acelerar en vez de frenar, le hiciese un favor a la evolución. Pero no podía arriesgarse. Incluso si se trataba de un Enemigo, lo más probable es que, por el tamaño de aquél y la velocidad que llevaba su coche, acabaran ambos muertos. En su caso, para siempre. En el caso del Enemigo… Enjolras tensó la mandíbula y apretó las manos sobre el volante.
Tres segundos.
Segunda posibilidad. Esquivar a la figura y tratar de mantenerse en la carretera. Ahora podía ver que era un hombre, corpulento. Parecía desorientado. Sorprendido de verse en una carretera. Si empezase a girar ya, tal vez no se desestabilizaría. Descartó la idea inmediatamente. Iba demasiado rápido, perdería el control. Malditos fueran estos coches modernos con los que acelerabas sin enterarte.
Un segundo.
Tercera. Dar un volantazo y rezar por no matarse. Pero el rubio no era de los que rezaban.
Medio.
Cuarta y última idea. Frenar más, apretar los dientes y marcar el número de emergencias.
Cero.


***

No había bebido tanto aquella noche, de verdad que no. Lo justo para sentirse razonable. Tal vez le habían echado algo. De cualquier manera, ya era tarde para arrepentirse, porque estaba en medio de una carretera comarcal, tendido en el suelo después de ser atropellado. Menos mal que el conductor había frenado (casi) a tiempo.
O tal vez no, porque el rostro del que se inclinaba sobre él era de todo menos humano. Parecía un ángel sacado de un libro de colorear para niños de catequesis. Aquellos rizos rubios a la luz de los faros del vehículo enmarcaban unas facciones dignas de una escultura de mármol. Era un dios, un adonis. Apolo reencarnado. Al final iba a resultar que había ido al cielo. Él, que siempre pensó que acabaría en lo más profundo de las calderas de Pedro Botero.
―¿En qué estabas pensando? ―preguntó la aparición. Grantaire lo comprendió entonces, al ver en su gesto una fuerza capaz de desatar el apocalipsis. Era un ángel exterminador.
―Llévame contigo, querube, y no preguntes más. Acaba tu cometido.
―¿Estás bebido?

No podía creerlo. Un borracho. Se había jugado la vida por salvar a un borracho. Le dieron ganas de volver a subir al coche y atropellarle de verdad. Rematarlo, para que no sufriera. El hombre, que seguía tendido en el suelo, pareció tomarse el asunto como una broma. Le ayudó a incoporarse, arrugando la nariz. El hombre apestaba.
―He bebido, sí, un poco ―contestó el hombre, riendo. Enjolras tenía la certeza de que se estaba burlando de él.
―¿Y te parece bien? ¿Te ríes? ¿No sabes que has estado a punto de causar un accidente? Apareciendo así, de repente. Si no hubiera sido yo quien conducía…
―Ya, ya, ya. Pero eras tú ―y si hubieses sido otro, pensó Grantaire, no habría tenido importancia. Ahora ya nada tenía importancia salvo su dios particular―. ¿Quién eres tú, por cierto?
―Enjolras ―respondió el otro, con brusquedad.
―¿Enjolras…? ¿Enjolras, qué? ¿Algo más?
―Enjolras.
―Muy bien, de acuerdo. Yo soy Grantaire.
―¿Y a mí qué?
―Me ofendes.
―Tengo mayores preocupaciones ―murmuró Enjolras, tendiéndole una mano para ayudarle a ponerse en pie. Si tantas ganas tenía de hablar, dudaba seriamente que tuviera ninguna lesión grave. Grantaire pareció maravillarse ante aquella mano, pero, finalmente, la tomó, y se encontraron ambos frente a frente. Enjolras se dio la vuelta para volver a su vehículo, ignorando la sensación que habían dejado en él aquellos profundos ojos marrones―. Voy hacia París. Si quieres te llevo. Si no, procura buscar una ruta lejos de la carretera.
Se sentó en el coche y volvió a encender el motor. A su derecha, el hombre, Grantaire, ya se estaba abrochando el cinturón de seguridad.
Iba a ser un viaje muy largo.