Chapter Text
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El cuarto estaba caliente, con ese aire pesado que se siente en verano, que se queda en la piel y obliga a dejar las cobijas al pie de la cama, desordenadas entre piernas enredadas y cuerpos que trataban de entrar en un colchón individual. La ventana estaba abierta, con la intención de que la brisa entrara y aliviara el calor, pero la cortina apenas se movía con esfuerzo, y cada pequeña ráfaga de aire fresco se sentía como un milagro. Los rayos del sol, tímidos en la mañana pero lo suficientemente fuertes para molestar, también se abrían paso en el cuarto, reflejando luz dorada en el suelo y en la cama, donde dos chicos estaban tirados, ajenos al mundo exterior.
Harry se removió, escondiendo el rostro entre las almohadas cuando uno de los rayos le pegó directo en la cara, sacándolo poco a poco del sueño pesado. Aún tenía el cuerpo dormido, aferrándose a los últimos rastros del sueño que seguían dando vueltas. Mantuvo los ojos cerrados, como si pudiera ignorarlo todo y volver a dormirse. No sabía qué hora era, pero estaba seguro de que era demasiado temprano para eso.
Intentó escapar del rayo incómodo, girándose sobre su costado y alejándose lo más que pudo. Pero claro, la cama era pequeña, individual, para nada pensada para dos adolescentes, por lo que, en su intento por alejarse, terminó casi pegado al cuerpo que seguía profundamente dormido a su lado.
Harry lo sintió sin siquiera abrir los ojos, no solo por el roce de su torso con el costado de Ron, sino por la calidez que transmitía su mera presencia.
Ron estaba completamente noqueado, probablemente porque anoche se habían quedado hablando y riéndose hasta tarde, o tal vez porque se sentía especialmente cómodo en ese momento. Harry no lo sabía, pero cuando abrió los ojos con esfuerzo —pues sus párpados luchaban por volver a cerrarse— lo encontró ahí, con el rostro pacífico.
Ron dormía boca abajo, con el perfil dado hacia él. Tenía el cabello rojizo desordenado, aunque Harry siempre decía que era más anaranjado, pero no importaba en ese momento. Sus ojos estaban cerrados, las pestañas largas y claras perfectamente quietas, mientras su piel estaba ligeramente sonrojada por la temperatura.
Harry se dio el tiempo de analizarlo, sin importar que el calor estuviera comenzando a hacerlo sudar, porque estaba concentrado en otra cosa. Otra mucho más importante.
Ron estaba lleno de pecas. Harry lo sabía desde que tenían once años y lo vio por primera vez, cuando había quedado maravillado por la cantidad de motas que una persona podía tener distribuidas por el rostro. Pero ahora, que tenían diecisiete y Harry lo conocía como la palma de su mano, sabía que no solo estaban en su rostro.
Estaban desperdigadas por todas partes, haciendo lucir su piel como una representación del cielo, con miles de estrellas y constelaciones que Harry siempre unía en su cabeza cuando Ron estaba distraído, como en este momento.
Las pecas bajaban por sus hombros, por su espalda, escondiéndose bajo la tela de su camisa desteñida, como si se ocultaran a propósito. Pero Harry no necesitaba verlas para saber que estaban ahí; las tenía memorizadas, y aun así, cada vez que lo miraba de esta manera, con esa cercanía, sentía que descubría algo nuevo.
Lo pensó, lo dudó. Y luego, contra su buen juicio, se acercó un poco más a él. Su frente rozó el hombro de Ron, sintiendo la calidez. Se acomodó con suavidad, permitiéndose los toques ligeros y el roce de piel contra piel. Seguía siendo caluroso, y esto no ayudaba, pero estaba bien por ahora, que todavía podía fingir que estaba dormido y se había acercado inconscientemente, ahora que no había nadie más que pudiera evidenciar cómo su rostro se sonrojaba por algo más que el calor, y cómo su corazón latía con algo dulce.
Se quedó un rato así, escuchando los pasos en el pasillo, cómo la casa comenzaba a despertarse y la familia grande empezaba su día. La casa de Ron siempre despertaba temprano; Harry ya estaba acostumbrado a eso, pues se había quedado las suficientes veces como para comprender su rutina. Y ahora, los ruidos que la primera mañana lo despertaron desequilibrado, hoy le sonaban naturales. Necesarios.
Ron comenzó a moverse, y Harry cerró los ojos con más fuerza, deseando quedarse en ese momento un rato más. Tal vez, si seguía haciéndose el dormido, Ron no se alejaría. No por ahora, al menos.
Pero lo sintió estirarse, con dificultad debido a que él estaba ahí, ignorando el resto del colchón y el que se suponía que era su lado de la cama. Entonces, el brazo de Ron se extendió hacia él, empujándolo un poco para que se alejara, mientras murmuraba en voz baja algo acerca del calor.
Harry escuchó el movimiento, el roce con la sábana, los bostezos pesados, y pudo imaginarse cada momento: cuando Ron se arqueaba como un gato, cuando se sentaba en el colchón, luciendo desorientado y con el cabello enredado, cuando se frotaba el rostro con las manos. Podía estar seguro de que eso estaba haciendo, porque en todos los años en los que llevaba conociéndolo, había notado mil hábitos que guardaba con cariño en su cerebro. En su corazón.
Se sintió idiota de tan solo pensarlo, y de pronto sabía que tenía el rostro rojo. Porque la mente se le iba, divagaba a lugares donde no debía ir, imaginándose cosas que no debía imaginar. Era una tortura.
Entonces, como si fuera una broma terrible del cielo o una burla por parte de Ron, sintió su mano en el cabello, rozando apenas los mechones caóticos, organizándolos de manera superficial.
Harry no se dio la vuelta, sino que continuó con los ojos cerrados, relajándose poco a poco al sentir el tacto y cómo se hacía cada vez más profundo. Daba la impresión de que Ron dudaba en hacerlo, porque tenerlo ahí acostado lo hacía parecer más vulnerable, y él temía perturbarlo.
—¿Estás despierto?
Su voz lo tomó por sorpresa, pero hizo que su cuerpo vibrara. Era baja, dormida, y con un toque que Harry no pudo reconocer, pero que le recordaba a casa, a las tardes con pan dulce y té.
—Más o menos —murmuró, haciendo su mayor esfuerzo para sonar dormido. Aunque, pensándolo bien, no necesitaba fingir mucho. No había hablado desde que despertó, solo lo había mirado—. Está haciendo un calor inhumano.
Escuchó su risa, esa que podría confundirse con un suspiro, porque era ligera, perezosa. Luego sintió cómo retiraba su mano. Harry deseó que lo siguiera haciendo, que continuara acariciándolo un rato más, que pudieran quedarse solo ellos dos, pero sabía cómo funcionaban las cosas, así que supo que debía comenzar a moverse también.
Se dio la vuelta, quedando sobre su espalda. Desde ese ángulo, se dio cuenta de lo cerca que estaba Ron en realidad, de cómo tendría que mirarlo hacia arriba para encontrarse con sus ojos azules y, aun así, seguiría estando lo suficientemente cerca como para seguir detallándole las pecas. Era tan bonito.
Harry se pasó las manos por el rostro, disimulando el sonrojo que vino con ese pensamiento tan fugaz pero tan peligroso. Luego, cuando recuperó el valor para volver a verlo, le sonrió de manera vaga.
Ron seguía con el cabello desordenado, el fleco cayéndole de forma torpe sobre la frente, algunos mechones en direcciones graciosas. Tenía el rostro un poco hinchado, con la mejilla marcada por la almohada y, aunque objetivamente podría no considerarse el epítome de la belleza, para Harry era de las vistas más preciosas que había tenido. Tan cotidiana, hogareña y simple, pero tan preciada e importante.
—Deberíamos bajar a desayunar —dijo Ron, interrumpiéndose con un bostezo—, antes de que mi mamá venga y nos busque.
Harry asintió, murmurándole que tenía razón y otras frases cortas que apenas salieron, y que ni él mismo pudo registrar en su totalidad. Y aunque ambos accedieron, aunque sabían que debían bajar antes de que el desayuno se acabara o la casa se llenara aún más de ruido, ninguno se movió. Es más, Ron volvió a dejarse caer a su lado.
—En un rato, mejor.
—Sí, mejor.
Ninguno dijo nada más, pero ambos cuerpos se acomodaron casi por memoria, ocupando los lugares que ya sabían que les correspondían, encajando con el otro casi a la perfección. Era como una coreografía, perfeccionada por los años, por la confianza, por las cosas que no se dijeron pero que se sintieron.
Y entonces, decidiendo ser valiente y tragándose los nervios, repitiéndose que solamente era Ron y que no sería la primera vez, Harry se acercó más. Ambos estaban acostados de lado, con el rostro frente al otro. Estaban tan cerca que sus torsos se rozaban por encima de las camisas de pijama. Tan cerca que podía sentir la respiración caliente de Ron tocar apenas su piel.
Se aclaró la garganta antes de hablar.
—¿Te molesta que esté tan cerca? —su voz fue vaga, como si temiera la respuesta. Pero no le sorprendería, no con ese clima.
—No. Me molesta el calor —Ron rió apenas, y Harry lo sintió, como si el sonido le hubiese tocado la piel—. Pero tú estás bien, puedo sobrevivirlo por ahora. No mucho tiempo igual, comienzo a sudar.
—Tampoco quería estar pegado a ti mucho tiempo.
—Bien, entonces.
—Bien.
Ron lo rodeó con su brazo, y se sintió natural, correcto. Harry creyó que para eso habían recorrido todo ese camino: todos esos años de amistad y, luego, los meses con esa dinámica difusa que a veces sugería más. Todo eso para llevarlos aquí. A esta cama, a ese abrazo.
Y mientras la casa seguía despertándose, ellos seguían ignorando el mundo exterior. Después tendrían tiempo para desayunar. Y para explicarle a los padres de Ron por qué el colchón en el suelo —ese que había organizado con cuidado para que Harry durmiera ahí— estaba perfectamente intacto.
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A medida que pasaba la tarde, el sol se volvía más insistente, llenando toda la casa con ese vapor que se impregnaba en la piel. Era incómodo; daban ganas de quedarse tirados en la sala, bajo la frescura del ventilador que giraba con esfuerzo, tomando turnos entre todos los hermanos de Ron para acaparar el aire. Pudieron haber hecho eso, pero no lo hicieron.
En cambio, ambos caminaban por las calles, tratando de buscar estratégicamente la mayor cantidad de sombra posible. Por suerte, no era muy difícil, gracias a la cantidad de árboles.
La casa de los Weasley —la Madriguera, como la llamaban cariñosamente— no estaba del todo ubicada en las afueras, ni mucho menos en un campo, pero tampoco pertenecía al centro de la ciudad. Estaba un tanto retirada, en los márgenes, donde todo parecía un poco más lento. Las casas estaban más alejadas unas de otras, y había mucha más vegetación que en cualquier conjunto de departamentos en los que Harry había vivido con sus padres.
Sí, tenía sus desventajas, como la falta de transporte público y las calles más descuidadas, pero había algo encantador en el lugar, al menos a los ojos de Harry. Era tranquila, perfecta para una caminata bajo el sol, fingiendo que miraba los alrededores cuando, en realidad, lo miraba a él.
Ron, a su lado, iba muy concentrado en la paleta de helado que Harry había insistido en comprar. Al principio, Ron se había negado, como usualmente hacía cada vez que Harry ofrecía comprarle algo, así que tuvo que presionarlo un poco y medio arrastrarlo fuera de la casa, con la excusa de que ambos se estaban derritiendo bajo el calor. Y no era del todo una excusa, si era sincero. Estaba haciendo calor, quería una paleta, tenía a Ron. Los puntos se unen solos.
Así que ahora ambos regresaban de la bodega donde compraron las paletas, atendida por un viejito que siempre le preguntaba a Ron si tenía novia y le lanzaba indirectas acerca de su nieta. A Harry le divertía mucho ver a Ron sonrojarse y avergonzarse mientras trataba de hacerse el desentendido, pero, a ser sinceros, dejaba de darle risa cuando la nieta —probablemente de la misma edad que ellos— se unía a la ecuación. Cero gracioso, en su opinión.
Iría al punto: le daban celos. Era una sensación horrible, como si todo el estómago se le retorciera y esas cosas que se le hacían graciosas, de la nada, dejaran de serlo. No quería lucir enojado, pero se dejaba de reír y entonces se sentía ridículo. No tenía por qué estar celoso. No lo decía solo por el hecho de que fueran “solo amigos”, porque Harry sabía muy bien que, al menos de su parte, Ron no era solo un amigo. El problema era que no había sucedido nada, absolutamente nada, y aun así él se había puesto de todos los colores posibles. No quería quedar como loco.
Así que lo había empujado hasta el fondo de su mente, tratando de disimular, pero se comía la paleta con un poco más de agresividad de la necesaria. Ron lo notó, por supuesto, porque Harry no era el único que miraba al otro cuando estaba distraído. Y, por desgracia o por suerte, aunque Harry fuera bueno ocultando lo que sentía, Ron había aprendido a leer los pequeños detalles hace años.
Ron lo observó de reojo, con una idea bastante clara de lo que pasaba. No dijo nada al principio; solo sonrió, fingiendo estar muy concentrado en comerse su paleta. Luego, cuando se cansó de hacerse el desentendido, se acercó un poco más a Harry, lo suficiente como para que sus brazos se rozaran.
—¿Estás molesto?
Su tono tenía un deje de diversión, como si no se lo estuviera tomando del todo en serio. Harry lo sintió de inmediato y frunció el ceño, sin devolverle la mirada, con los ojos fijos en el camino frente a él.
—Estoy bien.
Ron no se rió de vuelta, pero Harry sabía que no era porque de pronto creyera que el asunto era grave. Ni siquiera él lo creía. Era una estupidez. Aun así, Ron no se burló.
Harry apretó el palito de madera con más fuerza, como si así pudiera disimular mejor lo que estaba sucediendo. Porque ahora no solo era la sombra de los patéticos celos injustificados, sino también el hecho de que Ron sabía, y que sabía que Harry sabía que sabía. O algo así. Se perdió un poco mientras lo pensaba.
—Sabes que no me interesa en nada, ¿no? Tipo, es linda, claro. Pero no la conozco. Y no tengo ganas de que ese señor sea mi suegro, la verdad.
Harry ni siquiera lo miró, sino que continuó comiéndose la paleta en silencio. Se preguntó si de verdad Ron creía que eso ayudaba. Es decir, no lo hacía peor, pero sin duda no era tan reconfortante como el pelirrojo seguramente había esperado que fuera. Y para colmo, ahora Harry estaba con aún más vergüenza, porque lo había expuesto en voz alta. Habría preferido que se quedara como un acuerdo mutuo, en vez de prácticamente decirle que sabía que Harry estaba celoso por una cosa tan, tan mínima.
—¿Por qué lo mencionas? —le preguntó, mirándolo por primera vez en un rato.
Y esta vez se arrepintió, porque era más difícil fingir que no entendía de qué hablaba cuando la luz del sol le daba ese aspecto tan lindo, cuando estaba sonrojado por el calor, cuando sus pecas se notaban más y tenía el ceño ligeramente fruncido, mientras chupaba la paleta de limón como si no tuviera nada mejor que hacer, como si necesitara mantenerse ocupado. ¿Por qué la pidió de limón, de todos modos?
Ven, se distrae.
Ron se encogió de hombros.
—¿Qué? No lo dije con mala intención, no es nada raro. Solo que… bueno, tú sabes, ¿no?
—No, no tengo ni idea —respondió Harry con obviedad—. Te estás trabando.
Ron murmuró algo más, pero Harry no logró escucharlo bien. Le extrañó, porque estaban lo suficientemente cerca como para haberlo oído. No solo sus brazos se rozaban, sino que, de vez en cuando, sus dedos jugaban con los del otro, como si estuvieran probando si estaba bien. Pero ninguno hizo el siguiente movimiento, ninguno lo confirmó; solo lo dejaron estar, como una presencia que no se aleja.
—Es que… no sé —volvió a hablar Ron, alejando por fin el brazo para rascarse la nuca. Harry extrañó el contacto—. No quiero que tengas una idea equivocada.
—¿Por qué tendría una idea equivocada?
Ron dejó de caminar. Harry siguió unos pasos más, hasta que se dio cuenta de que, en serio, no pensaba avanzar. Frunció el ceño, se detuvo y giró para verlo. La paleta comenzaba a derretirse, deslizando gotas dulces por su mano. En otra situación, se habría disgustado, pero ahora estaba medio pasmado, mirando a Ron.
La fuerza de la mirada de Ron lo dejó un poco descolocado, porque no solo lo estaba mirando: lo estaba detallando. Harry lo notaba por cómo su expresión facial —mucho más fácil de leer que la propia— lo delataba. Con los ojos azules abiertos, el rostro aún más sonrojado que antes, la boca fruncida y la expresión preocupada.
Ninguno dijo nada, pero Ron parecía debatirse entre soltar lo que pensaba o no. En si valía la pena decirlo en ese momento o no.
Harry comenzaba a irritarse, porque se sentía ridículo, solo de pie ahí, con una paleta medio derretida, bajo el sol, mientras Ron decidía si hablar o no. Ni siquiera recordaba por qué estaban teniendo esa conversación. El calor lo hacía todo más lento, más pesado, y, en general, Harry nunca había sido paciente.
Claro, los celos. Por eso estaban ahí. Qué idiota.
—¿Quieres decir algo? —le preguntó Harry, en tono un poco más suave de lo esperado, creyendo que tal vez solo necesitaba un empujón.
Pero Ron no respondió, así que Harry rodó los ojos.
—Muévete, hace calor.
Harry estuvo a punto de caminar de nuevo, incluso se dio la vuelta, cuando la voz de Ron lo tomó por sorpresa.
—Es que no quiero que pienses que me interesa alguien, porque no es así.
Harry volvió a girarse sobre sus talones. Creyó que se veía un poco chistoso, pero probablemente nada era más gracioso que su expresión ahora. Se sintió congelado y, por un segundo, pensó que todo iba a resolverse ahí, en medio de la acera, bajo un árbol que luchaba por darles sombra y paletas con colores casi radioactivos.
—Me interesas tú —volvió a hablar Ron, en voz más baja y con el rostro encendido—. Lo sabes… ¿no?
¿Lo sabía? Es decir, lo pensaba. Lo había sentido en innumerables ocasiones: cuando Ron lo miraba un poco más de lo que debía, o se reían como si fueran los únicos en el mundo. Lo había notado cuando, en clases, siempre buscaban excusas, pequeñitas razones para estar más juntos, para volver a ese estado en el que todo se detenía para bromear, decir palabras torpes de aliento o simplemente estar cerca.
Lo había sentido cada vez que se quedaba en casa de Ron, cuando lo incluía como si fuera natural, cuando ignoraban el colchón improvisado que los señores Weasley ponían en la habitación para que Harry durmiera, y terminaban en la cama individual y estúpidamente incómoda de Ron.
Lo había sentido cuando se enojaba, cuando se ponía triste, cuando quería ignorar a todo el mundo menos a él. Cuando cerraba los ojos y Ron venía a su cabeza, como si estuviera tatuado en su memoria.
Pero nada de eso daba señales claras de que Ron sintiera lo mismo, que no solo eran delirios suyos. Entonces, ¿lo sabía?
¿Lo sabía cuando Ron lo miraba como si fuera lo único que importaba? ¿Cuando se ganaba castigos por escaparse solo para ver a Harry? ¿Cuando lo apoyaba más que nadie? ¿Cuando lo abrazaba, lo tocaba, lo miraba de esa forma tan intensa y tímida al mismo tiempo, como si se sintiera demasiado torpe como para hacerlo durante demasiado tiempo? ¿Lo sabía ahora, que lo tenía ahí al frente, luciendo preocupado y sincero?
Sí, creía que sí. Lo había sabido por un buen tiempo.
—Sí —dijo por fin, y pudo ver cómo Ron exhalaba casi de forma exagerada. Su postura se volvió más cómoda y la sonrisa tonta volvió a su rostro.—A mí me gustas. ¿Lo sabes, no?
Ron pareció pensarlo, pero no lo hacía en serio, pues rápidamente asintió.
—No eres tan disimulado como crees. —Ron rió, y fue contagioso, como siempre suele ser. Tenía ese efecto en él—. También me gustas.
Harry rodó los ojos de nuevo. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces lo hizo hoy, pero lo hacía de forma casi inconsciente, como si así pudiera fingir tranquilidad, cuando en realidad su corazón latía de forma vergonzosa y estaba sonriendo tanto que le dolían las mejillas. Culparía al calor, aunque creía que no tenía mucho sentido. Decidió volver a hablar, porque tal vez así se vería menos idiota.
—Lo entendí a la primera.
—Bueno, quería que estuviera claro. Ya sabes, sin confusiones o cosas así.
Ambos se quedaron en silencio de nuevo. El calor seguía siendo incómodo, la calle seguía casi deshabitada, con solo unos cuantos perros caminando por ahí. Sin público humano, por suerte. La paleta de Harry seguía derritiéndose y la de Ron había pasado a la historia. Y seguían siendo ellos, porque técnicamente, nada cambió. Pero igual se sentía como si todo lo hubiese hecho.
Era un poco tonto, porque fue una conversación superficial. Nada de grandes gestos, declaraciones dramáticas, besos bajo la lluvia o drama. Solo ellos dos, Ron y Harry, bajo un árbol y el sol.
Harry volvió a comer de la paleta, aunque ya no es como que le quedara demasiada. Sentía la mano pegajosa, pero lo ignoró. Le hizo un gesto con la cabeza a Ron, para que comenzara a caminar de nuevo, mientras él volvía a darse la vuelta y se ponía en marcha.
Ron llegó rápidamente a su lado, empujándolo ligeramente con el hombro. Y Harry hizo lo mismo, hasta que uno de los dos —o ambos, porque Harry no estaba seguro de quién lo había iniciado— entrelazó los dedos con los ajenos. Por suerte, la mano que no estaba llena de paleta, pensó Harry.
Ninguno lo mencionó, solo siguieron su camino, cambiando de tema como si nada. Y sus manos seguían juntas, balanceándose ligeramente, como si así estuvieran destinadas a estar. Encajaban bien.
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Cuando Harry conoció a Ron, nunca esperó que terminarían donde estaban ahora. Pero debió suponerlo, porque desde la primera vez que lo vió, se enamoró de él.
Tal vez no de forma romántica, no como ahora, pero sí de manera sincera, que dolía en el pecho sin lastimar, que empalagaba y se mantenía en silencio, pero constante. Porque lo había amado desde el primer momento, porque pocas cosas en la vida eran tan sencillas como amar a Ron.
Habían discutido, dejado de hablar y no soportado, pero siempre volvían al otro. Porque unas cuantas veces desafortunadas no eran nada comparadas con todas las veces que amarlo se sintió como si fuera lo único necesario en su vida. Porque nunca lo había dejado caer. Siempre había sido él, de una u otra forma.
Harry creía que lo que tenía con Ron no podía describirse en palabras, porque no solo era el hecho de que le gustaba: era mucho más. Era fuerte, le recorría el cuerpo y le dormía en los huesos. Y tal vez estaba exagerando, porque tenía tan solo diecisiete y sus experiencias con el amor habían sido contadas, pero suponía que así se sentía el desear que alguien estuviera a tu lado toda tu vida. No le importaba si era exagerado, quería permitírselo, porque Harry no se permitía muchas cosas.
Ahora, ambos estaban en su cuarto de nuevo. La tarde comenzaba a transformarse en noche, y el calor había bajado poco a poco, dejando una brisa suave que acariciaba la piel.
Harry estaba metiendo las cosas en su bolso, pues sus papás pasarían por él dentro de poco y era mejor que estuviera listo. No quería irse, pero no va a mentir: extrañaba el aire acondicionado en su casa. Y no importaba, porque el lunes volvería a ver a Ron. Siempre podría verlo de nuevo, solo estaba a un llamado de distancia. No era el fin del mundo.
—¿Ya vienen por ti tus papás? —preguntó Ron, tirado en su cama, viéndolo arreglar sus cosas.
—Ajá, salieron hace rato. Llegarán como en diez minutos, supongo.
Ambos se quedaron en silencio de nuevo. Después de la tarde y la caminata con las paletas, no habían hablado demasiado, pero, contrario a los temores de Harry, no fue nada incómodo. Solo se habían basado más en presencia, en gestos, en pequeñas idioteces mientras pasaban tiempo con los hermanos de Ron. Había sido una tarde tranquila y ahora estaba cerca de llegar a su fin. Pero Harry no estaba triste, todo lo contrario. Tenía una sonrisa en su rostro, ligera, inconsciente.
Ron se sentó en la cama justo cuando Harry cerró el bolso, después de haber organizado todo. No se sentó junto a él, sino que se recostó en la peinadora. Ambos se miraron un rato, sin saber muy bien qué hacer ahora. Ninguno era bueno en las despedidas, pero tampoco tenían que despedirse todavía, porque los padres de Harry tardarían un poco en llegar, así que simplemente tenían que existir en silencio. Hasta que Ron lo rompió.
—No quiero que te vayas. —No fue dramático, pero tampoco fue simple. Lo miraba con los labios torcidos, en una pequeña mueca, como si lo dijera medio serio y medio en broma—. Me gustó estar contigo hoy.
—¿Solo hoy?
—Sabes que siempre.
Y era cierto, porque estaban demasiado acostumbrados a la presencia del otro. En cualquier momento, por más liviano que fuese. Tal vez no se veían todos los días, pero se tenían presentes siempre, y eso importaba.
Harry entonces se acercó más hacia él, sentándose a su lado por fin. Quizás más cerca de lo necesario, haciendo que sus rodillas se rozaran, que pudiera verlo con más detalle. Ron lo miraba como en la parte, con esa intensidad que lo hacía temblar, preguntarse si quería decirle algo más.
A veces, Harry desearía saber qué pasaba dentro de la cabeza de Ron. Qué cosas pensaba cuando lo miraba. Pero, por suerte, los ojos de Ron eran lo suficientemente expresivos como para suponerlo.
Entonces, mientras lo observaba, la idea volvió a ocupar espacio. Llevaba semanas dando vueltas, esperando el momento. Pero nunca llegaba, porque siempre temía arruinarlo, que el instante no fuera el adecuado. Ahora, que Ron lo miraba como si estuviera tratando de tomar una decisión muy importante, Harry se dio cuenta de que, si no lo hacía hoy —cuando todo se había desarrollado como si ese fuera el final merecido—, entonces no lo haría pronto. Y si no lo hacía él, Ron probablemente tampoco lo haría.
Tragó saliva, removiéndose un poco en su asiento. Sintió una presión en el pecho, como si todos los sentimientos quisieran escaparse, y sus manos sudaban, así que se las limpió en el pantalón. Ron debió notar su nerviosismo, porque se rió apenas y se acercó más, tomando una de sus manos con suavidad y entrelazando los dedos con dulzura y cierta torpeza.
El estómago de Harry se revolvió. Asintió lentamente, como si estuviera pidiendo permiso, una señal de que podía hacerlo. Ron se la dio sin necesidad de palabras: también asintió.
Harry exhaló, como si no terminara de creérselo, y luego se inclinó hacia él, sintiendo la mano de Ron posarse con cuidado, de manera tímida, en su mejilla.
El primer contacto fue tan ligero que pudo habérselo perdido. Pero, en su defensa, todo le estaba temblando. Esto no era un beso con cualquier persona: era Ron, su mejor amigo de toda la vida. Ese pequeño momento cambiaría toda su dinámica. Aunque, en realidad, su dinámica venía cambiando poco a poco desde hacía semanas.
Ron lo acercó de nuevo, y esta vez el beso se mantuvo más tiempo. Fue dulce, un poco torpe, mientras buscaban cómo encajar con el otro, como si estuvieran descubriendo el camino poco a poco. Pero había algo en ello que lo hacía mágico, como si, por fin, después de meses mirándolo y regañándose internamente por desear más, pudiera tener aquello que tanto había deseado.
Y no fue como lo imaginó —porque sí, lo había imaginado—, pero no por eso fue menos importante. Todo lo contrario: fue sincero.
Y cuando se separaron, sus miradas volvieron a encontrarse. Lo primero que vieron fue esa mezcla de incredulidad y emoción, como si no pudieran terminar de procesar lo que acababa de pasar. Y, por supuesto, se rieron. Apenas unas pocas risas, más nerviosas que otra cosa, antes de desviar la mirada otra vez.
Ron medio lo empujó por el brazo, como siempre hacía cuando estaban jugando y Harry negó con la cabeza, mirando hacia el suelo un momento.
Y mientras el celular de Harry vibraba en la cama, con sus padres tratando de avisarle que ya estaban esperando afuera de La Madriguera, el mundo volvió a ser solo de ellos. Cuando Harry lo besó otra vez, con más confianza, pensó que no se habría imaginado ni en siete vidas que esto estaría pasando.
Con el sabor de los labios de Ron aún presente en su memoria, añadido a la colección de cosas que no podría olvidar acerca de él, Harry pensó que el amor que le tuvo desde la primera vez que lo vio a los once años —lleno de pecas y con el cabello rojizo brillante— había sido tan fuerte que no solo logró permanecer durante años, sino que se transformó en lo que era ahora. Y para él, eso era la prueba de que estarían bien.
