Work Text:
LA FUERZA DE UNA PROMESA
El aire pesado y quieto de la noche se sentía como un manto opresivo, como si fuera un presagio de lo que estaba a punto de ocurrir. La ciudad, que antes vibraba con una vida efervescente, ahora era un cascaron vacío, silencioso y roto. Izuku se levantó de su cama por quizás décima vez. Simplemente no podía dormir. Cada fibra de su ser estaba en constante alerta, anticipando la tormenta que se avecinaba. La guerra. La inminente confrontación final contra Shigaraki lo tenía impaciente, no por la pelea mismo, sino por la incertidumbre de no saber si iba a ser capaz de hacer lo que se había propuesto. Con un suspiro agotado, se puso una chaqueta, decidiendo que un paseo nocturno por los alrededores de los dormitorios de la UA, ahora convertida en un búnker, era mucho mejor que seguir dando vueltas en la cama sin sentido alguno.
Caminó sin rumbo fijo, con la mirada perdida en las sombras que proyectaban los escombros acumulados, con el simple propósito de calmar la marabunta de sus ideas. Cuando llegó a un pequeño mirador improvisado sobre un montículo de tierra y restos de concreto, se detuvo en seco, sorprendido. Porque no estaba solo. No había sido el único que había tenido la misma idea. Sentado al borde, con las rodillas recogidas y la cabeza apoyada en ellas, estaba Katsuki Bakugo. El rubio ni siquiera se inmutó al notar su presencia, lo que ya era una señal de lo profundo que estaba su ensimismamiento.
—¿No puedes dormir, Deku? —La voz de Katsuki era áspera, como siempre, pero carecía de su habitual filo explosivo. Reflejaba más bien solo cansancio, puro y duro.
Izuku se acercó con lentitud y se sentó a una distancia prudente de su amigo de la infancia, ahora su rival y compañero en la primera línea. Aún le resultaba extraño que después de tantos años por fin hayan aclarado sus diferencias, aunque eso no evitaba que a veces continuaran teniendo diferencias. — No. No puedo. Siento que, si cierro los ojos, me perderé algo importante. — Confesó, sintiendo el familiar nudo de ansiedad en el estómago. Un nudo que se había formado desde antes de huir de la UA y que solo crecía con cada día que pasaba. A veces se preguntaba si iba a poder con todo, si iba a ser capaz de cumplir con las expectativas que todos parecían tener de él y sus poderes.
Katsuki relajó un poco su postura y miró hacia el horizonte, donde las luces distantes de lo poco que quedaba de Musutafu titilaban con melancolía. — Qué mierda de situación. Yo tampoco podía dormir. —Murmuró, su mirada clavada en la destrucción silenciosa.
Permanecieron en silencio por lo que pareció una eternidad, solo interrumpido por el leve murmullo del viento frío. Izuku lo observaba de reojo, apreciándolo como si fuera la primera vez. Por primera vez en mucho tiempo, Katsuki no estaba en guardia. Había una vulnerabilidad cruda en su mandíbula apretada y en la tensión de sus hombros. La preocupación de la guerra los había cobijado con la desesperación de unos niños que habían tenido que madurar con extrema rapidez.
—Kacchan...
— Cállate, nerd. No quiero escuchar tus estúpidas palabras de ánimo. Sé lo que tengo que hacer.
— No pensaba animarte, Kacchan. — Se defendió Izuku, sin borrar su habitual amable sonrisa y mirada amable. — Solo iba a decir que, sin importar lo que pase, voy a estar a tu lado. Vamos a ganar esto. Juntos.
Katsuki bufó, pero en lugar de explotar, giró su cabeza para poder mirarlo directamente. Sus ojos carmesí, normalmente ardiendo con ira o determinación, ahora reflejaban una complejidad que le partió el corazón a Izuku. Era miedo mezclado con una rabia impotente. Unos sentimientos que Katsuki nunca dejaba ver.
— Siempre tan optimista, Deku. — Exclamó con aparente enojo, pero el veneno no llegó a sus palabras. Izuku rio con suavidad sin que pudiera evitarlo, bastante acostumbrado a los cambios bruscos de su amigo.
De un momento a otro, la tensión en el aire se transformó en algo diferente. Katsuki se inclinó hacia adelante con una rapidez que no le dio tiempo a Izuku para reaccionar. Una mano áspera le sujetó de la nuca y antes de que el pecoso pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, sus labios fueron sellados por los de Katsuki con fiereza. El beso fue tan explosivo y repentino como una de sus propias ráfagas. No fue suave ni dulce, sino demandante, desesperado, como un grito ahogado. Izuku sintió un remolino de emociones que lo dejaron por completo desconcertado: sorpresa, una familiar calidez que siempre había asociado a su amigo, y una punzada de algo más profundo que lo hizo jadear contra los labios de Kacchan. Tan rápido como el beso comenzó, este terminó. Katsuki se apartó, su respiración agitada y su rostro más rojo que sus ojos. No había rastro de su habitual burla, solo una verdad incómoda y brutal que se abría paso entre los dos.
— Escúchame, maldito nerd. — Mencionó Katsuki con voz baja y tosca, pero cargada de una seriedad absoluta. Izuku se estremeció ante la presencia del rubio, pero no con la sensación de pánico que le provocaba cuando eran niños, sino debido a una calidez que le provocaba que su corazón se acelerara demasiado rápido. — No digas ni una puta palabra ahora. No. Me. Digas. Nada.
Katsuki se puso de pie, mirando a Izuku, quien aún estaba aturdido, sentado, con las mejillas ardiendo y la mente en blanco.
— Vamos a sobrevivir a esta jodida guerra, ¿me oyes, nerd? Vamos a desmantelar a esos bastardos y luego... —Hizo una pausa, sus ojos brillaron con una resolución feroz. — Cuando el polvo se asiente y estemos de regreso, tú me darás una respuesta. Hasta entonces, ni se te ocurra morir.
Sin esperar una réplica, Katsuki le dio la espalda y se alejó con zancadas firmes, dejando a Izuku completamente solo con el sabor a pólvora y desesperación en sus labios. El pecoso se tocó sus labios con los dedos temblorosos. Su corazón latía con una velocidad frenética. Eso había sido una confesión, ¿verdad? Una confesión de Katsuki Bakugo, su amigo y rival. Lo que menos había esperado que pasara era precisamente eso. Y ahora Kacchan le había forzado a hacer una promesa. Una promesa a la que le tenía que dar una respuesta que ahora se había convertido en una carga tan pesada como la guerra misma.
El fragor de la batalla era ensordecedor. El cielo se había teñido de rojo y negro, y el suelo temblaba con cada impacto. Izuku se encontraba desesperado, un mal presentimiento creciendo en lo más profundo de su corazón mientras se acercaba con toda velocidad que el One For All le permitía. Encontrarse los aviones de los estadounidenses fue solo un alivio momentáneo. Que lo hubieran separado de Kacchan lo mantenía en un estado constante de ansiedad. Necesitaba encontrarlo cuanto antes. Y no es que desconfiara de sus poderes, sabía que Kacchan era muy fuerte, pero estaban en una gran guerra que podía terminar de la peor manera para cualquiera.
Cuando finalmente lo encontró, su mundo se detuvo. Kacchan. Su Kacchan se encontraba en el suelo, en medio de un charco de su propia sangre, el traje completamente desgarrado a la altura del pecho en donde un gran agujero carcomía todo a su paso. Su rostro estaba pálido, su pecho se movía a través de espasmos. Le estaban haciendo algo que no podía apreciar con claridad. No respiraba.
El aire se escapó de los pulmones del peliverde, la ira comenzando a carcomer su corazón. —¡Kacchan! — El grito se atoró en su garganta. Todo el miedo y la desesperación que había reprimido por semanas estalló como una supernova. No era el miedo a la guerra, era el miedo a la pérdida. La pérdida de un ser querido.
Se lanzó hacia él, ignorando los gritos de sus amigos y el propio Shigaraki que se burlaba de él. Nada importaba más que Katsuki. Incluso ignoró a Mirio que intentaba detenerlo y hacerlo entrar en razón.
— ¡Midoriya cálmate! — Mencionó Mirio, mientras envolvía al peliverde con sus brazos con fuerza. — ¡Lo están atendiendo! ¡No desperdicies la oportunidad que nos ha brindado! ¡Aún no nos hemos dado por vencidos! ¡El estará bien, pero todo se vendrá abajo si te dejas arrastrar por el juego de Shigaraki!
El pánico inundó a Izuku. Quería quedarse con él. Quería envolverlo con sus brazos y sacarlo de ese infierno. Protegerlo con su vida de ser necesario. Su corazón le gritaba que salvara a la persona que amaba por encima de todo. Porque sí, su corazón ya había reconocido lo que su mente tanto se negaba a admitir. Pero entonces, la imagen del rostro de Shigaraki, la destrucción que lo rodeaba, y la propia voz de Katsuki resonaron en su mente:
“Prometiste que... íbamos a regresar”.
Si se detenía, si fallaba, el sacrificio de Katsuki y de todos los demás habría sido en vano. Su sentido del deber y el peso de sus convicciones se impusieron sobre su dolor personal. Con un gemido de pura agonía, se soltó del agarre de Mirio. Le observó tragándose el dolor y la impotencia.
—¡Por favor, resiste, Kacchan! ¡Tú también tienes que regresar! — Murmuró, la promesa en sus labios.
Activó el One For All, sintiendo cómo el poder fluía a través de él con una rabia renovada. Se convirtió en un rayo verde, alejándose del cuerpo inerte de su amigo, dejando a los otros héroes a cargo de la evacuación. Izuku tuvo que seguir luchando, cada golpe cargado con el terror de no saber si iba a poder cumplir con las expectativas de todos. La guerra continuó. La determinación de Izuku se volvió absoluta, fría, alimentada por el miedo y la necesidad de asegurarse de que habría un regreso al que ambos pudieran volver.
La primera sensación al despertar no fue de alivio, sino un vacío que le partía el corazón. después de haber pasado tantos meses intentando controlar un don que se le había sido asignado, no poder sentir ninguna de las presencias de los antiguos portadores, lo desgarraba de una manera que no había considerado cuando la idea de entregar el One For All surgió en su mente.
Izuku abrió los ojos, la luz blanca y aséptica del hospital sustituyendo al humo denso y al rojo de la batalla. El peso sobre su pecho era inmenso, no solo por el cansancio físico, sino por el conocimiento que le había sido transmitido: One For All se había ido para siempre. Todo ese poder, la herencia, la razón de ser del Símbolo de la Paz... solo quedaban las brasas débiles, un eco moribundo que desaparecería pronto. Y aunque no se arrepentía, el dolor de la pérdida se había instalado en su sistema.
En esos momentos estaba solo en la habitación, con el silencio ensordecedor de la derrota personal. El precio de la victoria. Se tocó los brazos, sintiendo una debilidad que nunca había conocido. Se sentía incompleto, mutilado. El temor no era por su futuro, sino por su utilidad. Porque, ¿qué se suponía que era ahora? Volvía a ser alguien que no poseía un don y eso de alguna manera le aterraba. La puerta de su habitación se abrió con un estruendo que rompió la quietud y le arrebató de sus pensamientos tan pesimistas.
—¡Deku, bastardo!
El corazón de Izuku se disparó, y una ola de alivio tan potente que lo hizo llorar le recorrió el cuerpo. Era Kacchan. Un Kacchan que debería de estar en reposo absoluto, pero que agradecía infinitamente volver a verlo. El rubio entró a la habitación con su habitual andar explosivo de energía, a pesar de que su brazo izquierdo estaba completamente vendado y en un cabestrillo, y se movía con una rigidez dolorosa que delataba las curaciones de esa herida fatal en el pecho, resultaba gratificante verlo moverse, respirar. Estaba pálido y demacrado, pero estaba vivo.
—¿Cómo te atreves a desaparecer así, estúpido nerd? —Katsuki se detuvo junto a la cama, malhumorado y con los ojos inyectados en sangre por el cansancio y la tensión acumulada. — Me despierto de la cirugía y lo primero que oigo es que el idiota noveno portador del One For All está…
Katsuki cayó de repente. Sus ojos carmesí analizaron el rostro de Izuku, notando la palidez, la quietud inusual y, finalmente, la verdad incómoda que flotaba en el aire.
— ¿Es cierto...? — Preguntó Katsuki, con su voz tosca reducida a un hilo. La furia desapareció, sustituida por una comprensión sombría.
Izuku asintió lentamente, sintiendo una punzada de vergüenza. —Sí, Kacchan. One For All se ha ido. Solo quedan... las brasas. Pronto seré un inútil de nuevo.
Katsuki se quedó en silencio por un momento, mirando a su rival, a su compañero, al hombre al que había besado y a quien amaba por sobre todas las cosas. Su labio inferior comenzó a temblar. El chico explosivo y orgulloso de pronto se desmoronó. Se volteó hacia la ventana, apoyando su mano sana contra el alféizar de una manera que intentaba ocultar la reacción, pero Izuku pudo escuchar el aire roto en su garganta.
— Mierda... —susurró, y un sollozo ahogado se escapó. Estaba llorando.
Izuku sintió una calidez familiar en su pecho, ese buen corazón que siempre lo impulsaba a consolar a otros, especialmente a Katsuki. Estiró su mano derecha, la única libre de cables y vendajes, y tocó suavemente la manga del pijama de Katsuki.
— Kacchan... mírame.
Katsuki tardó unos segundos en girarse, su rostro manchado de lágrimas y frustración apenas contenida.
— No seas un idiota, Deku. No llores por mí. —Izuku le estaba sonriendo, una sonrisa pequeña, cansada, pero completamente un sonrisa sincera que demostraba todo el cariño que sentía por él.
— No estoy llorando por ti, Kacchan. Estoy feliz porque estás aquí. — Le dijo, bajando la mirada un instante antes de volver a mirarlo con toda la seriedad y la verdad que podía reunir. — Estoy feliz porque sobrevivimos. — Izuku le extendió la mano, invitándolo a acercarse. — Kacchan, ¿recuerdas lo que me preguntaste aquella noche bajo las ruinas? Dijiste que te esperara, que te respondiera cuando todo acabara.
El rostro de Katsuki se contrajo, lleno de anticipación y miedo. Se acercó con cautela, estirando y tomando la mano del peliverde con cierto temor. — Sí, lo recuerdo, maldita sea.
— Bueno... la guerra terminó. El polvo se asentó. — Izuku sintió el peso de las semanas de agonía y el alivio de esa confesión. Su voz se volvió firme mientras su mano le daba un apretón suave a la del rubio de forma tentativa. — La respuesta es sí. Te amo y si no te importa mi condición ahora, si aún me quieres a tu lado, yo quiero estar a tu lado, Kacchan. Como lo que somos.
Katsuki se quedó inmóvil por un segundo, asimilando la respuesta que había creído que moriría sin escuchar. Luego, toda la compostura que le quedaba se esfumó en una llamarada de emoción.
— ¡Eres un maldito imbécil! ¡Una completa molestia! — Gruñó, pero se acercó y se dejó caer en el borde de la cama, sujetando el cuerpo de Izuku con su brazo sano, teniendo cuidado con los vendajes. Lo abrazó con una fuerza que, a pesar de su herida, era puramente Katsuki. Era protector, posesivo y desordenado. Izuku correspondió el abrazo, sintiéndose por fin completo, a pesar de haber perdido sus poderes.
Katsuki se separó solo lo suficiente para mirarlo a los ojos, con el carmesí aún brillante por las lágrimas. No dijo más. No usó palabras. Simplemente selló la respuesta de Izuku con un beso. Esta vez no fue apresurado ni desesperado, sino profundo y seguro. Un beso que era una promesa, el inicio de algo que siempre había estado destinado a ser, un lugar donde su conflicto se disolvía en la certeza de que siempre se tendrían el uno al otro.
—No me importa que ya no tengas un don. Me importas tú, idiota. — Susurró Katsuki al separarse, apoyando su frente contra la de Izuku, con una pequeña y muy rara sonrisa de alivio dibujada en sus labios.
Izuku sonrió también entonces, radiante, y sin rastro de aquella tristeza que lo había envuelto de repente. Habían sobrevivido. Habían regresado. Y ahora, por fin, podían tener un nuevo comienzo. Uno donde estarían siempre juntos.
