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La Tirana

Summary:

En su mundo —más oscuro de lo que las murallas de su mente pueden esconder— los problemas se revelan para quien preste oído a sus voces.
Mientras uno se quiebra en risas desbordadas, el otro en silencios de ira.
Y, sin embargo, tal vez ambos habitan bajo la sombra de los mismos fantasmas.

Notes:

Aviso de Contenido
(Rating / Warnings)

Contenido sensible: El fanfic a continuación incluye lenguaje soez, descripciones gráficas de violencia y temáticas que pueden resultar ofensivas para el lector, como la representación negativa de estereotipos dañinos.

Canon Divergence: historia donde se desvía del canon original para crear sentido a la historia de este fic.

Songfic
Leer bajo tu propia responsabilidad.

La historia es ficción y está dirigida a un público adulto. Se espera que tengan la madurez suficiente para reconocer que se trata de una obra de ficción y que su contenido no busca glorificar ni normalizar los actos aquí presentados.
Asimismo, por favor, mantengamos un ambiente respetuoso a la hora de expresar opiniones sobre los temas tratados.

Edición: @Miko_Eiko

Basada en el personaje de DC Comics.

Canción: Mon Laferte, Nathy Peluso - LA TIRANA

Sin más que agregar, disfruten.

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Chapter Text

La Tirana 

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Tengo problemas

 

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Summary:

En su mundo —más oscuro de lo que las murallas de su mente pueden esconder— los problemas se revelan para quien preste oído a sus voces.

Mientras uno se quiebra en risas desbordadas, el otro en silencios de ira.

Y, sin embargo, tal vez ambos habitan bajo la sombra de los mismos fantasmas.

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Tengo problemas de amor y no sé cómo curarlo.

 

Los reflejos del sol atravesaban con dificultad las persianas blancas y el vidrio blindado de las paredes de una oficina, reforzados después del “accidente” de su antiguo dueño, Lionel Luthor. Afuera, la ciudad se sumía en un caos bélico provocado por un metahumano cuyo cuerpo había sufrido extrañas mutaciones hasta asemejarse a una escultura viva: picos de piedra sobresalían de su piel y desgarraban sus prendas, reduciéndolas a jirones colgantes.

Los impactos de los escombros contra las calles frente al edificio retumbaban amortiguados dentro de la amplia habitación. Sobre esa sinfonía de destrucción se imponía el ulular de una alarma que instaba a los habitantes a huir. El caos se propagaba como fuego sobre gasolina cuando un grupo de hombres vestidos con trajes negros y gafas oscuras irrumpió con violencia, empujando la puerta hasta abrirla de par en par.

—¡Tiene que salir rápidamente!

Lex contemplaba el desastre con una expresión inmutable y permaneció en su lugar. Mientras sus trabajadores corrían en un intento desesperado por escapar, empujándose entre sí y a los guardaespaldas de su jefe, estos se mantenían con dificultad en su posición, como si lucharan contra las imparables ráfagas de un tornado.

 

Ese hombre no entiende,

no ve que también hay fragilidad en mí.

 

Uno de los hombres se acercó a paso rápido y extendió la mano para sujetar con fuerza el brazo de Lex y tirar de él. Permitió que su cuerpo fuera guiado por sus empleados, su mirada permaneció fija, en silencio, en la puerta del elevador al fondo del pasillo.

Era consciente de que pronto llegaría el misterioso salvador que ya había interrumpido en varias ocasiones diferentes sucesos sobrenaturales en Metrópolis y Smallville. Finalmente, lo abordaron en su vehículo negro con ventanas polarizadas.

Los minutos pasaron hasta llegar a un edificio alejado de la sociedad, oculto entre la maleza a unos metros de la carretera: un laboratorio clandestino.

Lex descendió con el mismo porte elegante e intimidante que su apellido exigía. Detrás de él, como un séquito, sus guardaespaldas se aseguraban de que nadie notara su presencia. Mientras, el vehículo renovaba su camino hasta ocultarse entre enormes cajas de madera.

Una vez dentro, Lex se acercó a la mesa central del enorme almacén. El lugar era tenue, con luces bajas que generaban un ambiente frío y misterioso. Predominaba un diseño clínico, con paredes grises, máquinas y vitrinas de cristal reforzado. Todo tenía la apariencia de un archivo privado, ordenado de forma meticulosa. Era su colección personal, que iba desde piezas de tecnología kryptoniana hasta artículos recuperados durante sus investigaciones.

Era su refugio y su obsesión. La encarnación de su creencia de que el “hombre del mañana” debía enfrentarse al “alienígena”. Aquel lugar era la prueba tangible de la verdad que custodiaba; reflejaba su necesidad de descubrir, catalogar y, en última instancia, controlar lo que Clark fuera realmente.

No, sabía lo que era: un mentiroso que se creía moralmente superior para decidir el destino de la Tierra.

 

Amiga, te entiendo tanto
Es un problema infernal

 

La noche había caído sobre Gotham como un manto pesado. Sus calles, estrechas y llenas de callejones y túneles, eran ideales para que los villanos se escondieran o actuaran en secreto. Edificios antiguos convivían con estructuras modernas, pero todo mantenía un aire sombrío y decadente, como si la ciudad siempre estuviera al borde del caos.

En la oscuridad húmeda de un callejón, unos zapatos de vestir marrones chapoteaban sobre los charcos que se formaban entre los adoquines. A lo lejos, las bocinas, las sirenas y el eco de pasos resonaban en las calles principales. Por encima de todo, los rascacielos parecían vigilar a los transeúntes, proyectando sombras largas y amenazantes.

De pronto, una luz brillante iluminó el final del callejón. Al otro lado de la calle se alzaba un enorme edificio de estilo gótico, cuyos pináculos, arcos y detalles ornamentales proyectaban sombras dramáticas bajo las luces blancas de las lámparas de la vereda. El contraste entre las zonas lujosas y los barrios degradados era extremo.

El Joker se detuvo, ocultando su figura en la penumbra. El silencio no era absoluto; a su espalda se percibían las respiraciones entrecortadas de sus secuaces.

—Quiero que preparen la fiesta. El tiempo corre.

El grupo se desplegó con la fuerza de un tornado. Las calles fueron arrasadas por enormes vehículos modificados. Los gritos no se hicieron esperar, ni el estruendo de los objetos siendo destruidos.

 

A mí me pasa igual, a nadie hicimos mal

Y, aun así, nos tratan de tiranas

 

La reunión benéfica —con un ambiente tan sofisticado como petulante— fue abruptamente interrumpida. El Joker caminaba entre las mesas con la elegancia de un gato: cada paso parecía improvisado, aunque cada movimiento estaba calculado para sembrar el caos.

—Perdonen la demora; mi invitación, posiblemente, se perdió en mi correo.

Varios criminales ocultos tras máscaras de payasos o caricaturas grotescas de Batman amenazaban al público, obligándolo a permanecer en sus asientos. El personal del espectáculo había sido reemplazado sin contemplaciones —el hombre de las luces yacía en el suelo, manchando la alfombra— de inmediato, las lámparas se atenuaron hasta dejar el lugar sumido en la tenue luz de las velas.

—Por favor, no se levanten de sus asientos. No merezco sus aplausos.

El público, enmudecido por el miedo, observaba a aquella figura caminar por el centro de la sala hasta subir al escenario. Allí, empujó a la presentadora; la mujer rodó por los escalones y su falda brillante se extendió tras ella como las alas de un ave herida.

—¡Aplaudan!

El grito resonó entre jadeos de terror y fue seguido por aplausos tímidos. Sus palabras eran crueles, pero teatrales: detonaciones que no mataban, aunque sí aterraban; explosiones de confeti mezcladas con pólvora; mensajes pintados con sangre simulada.

Frente a él, la penumbra iluminada por las velas era un cielo invertido: cada llama, una estrella sobre un rostro en pánico. Desde lo más profundo de su ser, una sensación de poder lo inundaba. Gotham entera se rendía a su voluntad; cada vela encendida era un foco que iluminaba su espectáculo macabro.

 

¿Y qué hago si yo solo quiero amar?

 

Un día desperdiciado por los estragos entre el metahumano y Superman. Lex no era un hombre de rutinas; quizás en el pasado había buscado desesperadamente nuevos retos que delataran su valía ante los demás, pero con el paso de los años comprendió que ya no necesitaba eso. Era suficiente.

Acostado boca arriba con la mirada fija en el techo de su habitación, recordaba sus acciones pasadas como si fuera una película, las conversaciones con aquellas personas molestas cuyo único objetivo era verlo caer. Estaba atrapado en sus recuerdos, reviviendo sus traiciones y fracasos. Eso demostraba que, a pesar de su fachada de hombre frío, el dolor del pasado aún lo marcaba.

Apretó con fuerza las sábanas de seda hasta sentir un entumecimiento en los nudillos y las yemas de los dedos. El silencio de la habitación lo volvía etéreo; sentía que existía, pero no ahí, no en ese mundo.

Otra vez el dolor. Todos lo lastimaban, todos lo pateaban cuando estaba en el suelo, todos lo miraban y lo juzgaban.

Clark lo miraba con traición —la única persona cercana a él se había convertido en su enemigo— Lana, con el temor de un cachorro maltratado —no lo veía como a un hombre, sino como a un monstruo al que había que temer— Jonathan Kent, con desprecio —rechazándolo, alejándolo de la moralidad y restregándole la familia que Lex nunca tuvo— Lois, odio con desconfianza —la mirada de la justicia que siempre lo investigaba, la confrontación directa y sin ambages—.

 Y su padre, Lionel... él ni siquiera lo miraba. Su propio padre lo había tratado como si fuera invisible, negándole por completo la validación y el amor que todo hijo busca.

Pero, aun así, en medio de ese torbellino, destellos de una cuestionable sabiduría aclaraban sus ideas sin delicadeza. La más profunda de todas era una certeza: nadie podría amarlo.

Nadie amaba a Lex. Y Lex solo podía amar lo que esa ilusión de amor le hacía sentir.

 

No lo entiendo, si es tan fácil admirarte

 

Una risa estridente y desquiciada resonó con potencia gracias al micrófono, retumbando entre las paredes de ladrillo húmedo. El sonido fue tan perturbador que incluso los oficiales más endurecidos se detuvieron por un instante alrededor del edificio, mientras acordonaban la zona.

Adentro, su rostro maquillado contrastaba con la noche. La sonrisa roja pintada en sus labios parecía demasiado amplia, demasiado viva, demasiado alegre para ser real. Era impredecible y extravagante, con su cabello verde y ropa colorida que recortaba su figura contra el brillo blanco de los focos en la tarima.

—¡No se pongan tan serios! Juguemos a adivinar.

Sacó el micrófono de su soporte y bajó con la elegancia cómica de un presentador de un programa de trivia. La luz lo seguía con una exactitud casi ensayada.

—Adivina, adivinador. ¿Quién falta? ¿Quién llegará?… ¿Quizás alguien vestido de negro para la ocasión? ¿Caerá del techo o entrará por una ventana?

El silencio prolongado que siguió provocó un pequeño temblor en su sonrisa.

—¿Dónde está? ¡¿Dónde está el hombre que se oculta entre las sombras?!

 

Amiga, no hay hombre que se atreva
Esta es nuestra condena

 

Estaba consumido; no dormía. ¿Cómo podría hacerlo?

La habitación no era solo un lugar de descanso, sino un reflejo de su mente: calculadora, elegante y peligrosa. Las paredes estaban cubiertas por estanterías de madera oscura y vitrinas de cristal que guardaban piezas de arte, documentos antiguos y objetos extraños. Cada elemento parecía colocado para recordar quién era el dueño de aquel espacio.

El ambiente estaba impregnado de una calma tensa. Lex no hablaba; pensaba. Calculaba. Su mirada fija parecía atravesar el techo para unirse con el vasto cielo estrellado, como si su mente se desdibujara hasta convertirse en un tablero de ajedrez personal contra el mundo… con Clark Kent como rey.

El sonido más fuerte en la habitación ya no era su respiración, sino el latido de su propio corazón, que aumentaba como un tambor marcando el inicio de algo nuevo. Entonces, de pronto, se levantó de la cama. Sus movimientos eran lentos, deliberados, casi robóticos.

Caminó sin rumbo fijo, explorando la habitación con la mirada perdida, hasta detenerse frente a un espejo de cuerpo entero en la esquina más alejada. Lex Luthor era más que un hombre: era la encarnación de la ambición, un arquitecto silencioso de secretos y conspiraciones, rodeado por un aura de genialidad que se confundía peligrosamente con la locura.

 

Esto no va de competencia
Quiero alguien seguro y con experiencia

 

—¿Dónde está el murciélago?!

El teatro comenzaba a desmoronarse, dejando paso a la horrible mirada de la desesperación. Sus planes no podían fallar; se había tomado el tiempo, su mente creativa había ideado un espectacular encuentro, pero ahora estaba solo. Tan solo como solo puede sentirse alguien rodeado por una considerable multitud de rehenes.

Giró sobre sí mismo, buscando la familiar oscuridad del traje del hombre que siempre interrumpía sus ideas. El mismo que lo atrapaba, lo humillaba y, si tenía suerte, le propinaba un golpe directo al rostro, subiendo la tinta de su labial hasta su pómulo en una mancha difuminada.

 

Amiga, no hay hombre que se atreva
Esta es nuestra condena

 

—¡Joker, ríndete de una vez!

No. No era así como debían desenvolverse las cosas. Batman era quien debía irrumpir, atravesando alguna parte del edificio con su dramática —y, a su juicio, estúpida— forma de fingir ser un héroe. Alguien que no temía enfrentarlo. No como ese policía que le apuntaba con un pulso tembloroso.

No necesitaba mirar alrededor para saber que sus inútiles secuaces ya habían sido reducidos por la policía, mientras los rehenes corrían hacia la entrada, desesperados por alcanzar la libertad.

Pero no era un idiota: un Joker prevenido valía por dos. Con tranquilidad, dejó caer el micrófono y levantó las manos.

—Oficial, me entrego. No puedo luchar contra la fuerza de la ley— dijo en una burla descarada, mientras avanzaba lentamente hacia el oficial.

—¡Quieto!

La advertencia era innecesaria. Sin que nadie lo notara, un leve gas incoloro comenzó a escapar de las rejillas de ventilación. Fue demasiado tarde cuando policías y criminales percibieron el aroma dulzón que impregnaba el ambiente.

Era un plan que solo el Joker conocía.

—¡Retirada!

Gritó el oficial, pero no pasaron ni dos segundos antes de que los cuerpos uniformados se desplomaran, muertos junto con los hombres del Joker. Con la calma de un hombre que pasea bajo la lluvia, él esquivó los cuerpos como si fueran simples charcos mientras mantenía la respiración.

 

Quiero a alguien que me ame de verdad
Con urgencia, un hombre que me pueda ver
Tal como yo soy

 

No era un alcohólico empedernido, pero el vaso con coñac es un peso que equilibraba la escasez de su cordura y de su buena voluntad.

Sentado en un sofá individual en la recepción del lugar que el resto de las personas llamaba su hogar, ya no utilizaba su pijama de seda, ahora vestía pulcramente un traje negro.

Lionel había muerto, ya no era parte de su vida. Pero aún conservaba un cuadro, no era Lionel, el lugar no poseía ningún retrato de ellos, frente a él solo había un marco que debería poseer alguna obra de arte, pero estaba vacío y en el centro un pequeño espejo.

—Tenías razón, padre. El amor es una debilidad. Ya no me importa si me miras o no. Porque yo… por fin, te veo a ti. Y veo lo pequeño que eras.

Mientras las palabras resonaban en la habitación vacía, una quietud desconocida se apoderó de él. No era paz, sino el silencio final de una herida que, por fin, dejaba de sangrar. Ya no necesitaba ser validado. En ese momento, con el marco vacío como testigo, Lex Luthor se convertía oficialmente en el “hombre de acero”.

 

Quien tenga la suerte de ver tu belleza criminal
Será su completa obsesión, nunca va a querer marcharse

 

Fue una noche terrible, pero no permitiría que lo sucedido afectara su estado de ánimo. Con su sonrisa habitual, salió por una puerta trasera destinada a los empleados.

Un callejón oscuro y húmedo lo recibió, cobijando su figura y facilitando su escape. Pero, como toda rosa, aquel instante sintió sus espinas.

—Tardaste mucho, Batsy— su voz era una burla cantarina —Rompes mi corazón.

Apenas terminó la frase, giró para encararlo, pero un golpe seco, duro como el destino mismo, lo arrojó contra el suelo.

 

Esta vez, no me voy a conformar

Te mereces un amor de verdad

 

—Se acabó, Joker— la voz de Batman era un rugido sordo, una amenaza tallada en piedra —Volverás a donde perteneces.

—¿A tu lado?— una sonrisa obscena se extendió en su rostro pálido, desafiante.

El silencio se apoderó del lugar, roto solo por el jadeo del payaso.

—Estás podrido, Joker.

—¡El mundo está podrido, date cuenta!— escupió él, con una energía repentina —¡Y tú! Tú también lo estás. Es solo cuestión de tiempo… ¿Cuánto pasará hasta que lo admitas?

—¿Qué quieres demostrar? ¿Qué el mundo es tan horrible como tú?— replicó Batman, sin alterar su tono —Estás solo, y terminarás de la misma forma.

—¿Solo? ¡Qué idiota!— una carcajada le sacudió el pecho —No estoy solo, Bats. Te tengo a ti. Y pase lo que pase— añadió, con una calma súbita y funesta —Terminaremos juntos. Ya sea en una hermosa habitación acolchada… o en un callejón como este— abrió los brazos en un gesto teatral, abarcando la miseria que los rodeaba.

Para el Joker, el caos era el gran igualador, la fuerza que reducía a cenizas los planes, las moralidades y las frágiles estructuras, demostrando que todos estaban a un mal día de la locura. Pero al fijar su mirada en la oscuridad inmóvil de la máscara, vio una verdad que lo frustraba hasta la rabia: Batman estaba al borde del abismo, pero se aferraba a su código como a un salvavidas, negándose a hundirse con él.

—¿Quizás otra muerte de algunos de tus estúpidos niños disfrazados de héroes te haga camb…?

El puño impactó en su mejilla con un golpe potente interrumpiendo su frase.

—Eres un…

Y otro más. Batman estaba de mal humor. Pobre Joker.

No recordaba haber dicho nada para enojarlo… O quizá sí. Pequeños detalles, cosas insignificantes… aunque nada reciente.

La lucidez comenzaba a desvanecerse. Solo escuchaba el roce de la tela del traje del hombre sobre él y un leve crujido cuando este dejó de moverse.

—Bat…man.

Las manos del murciélago se aferraron al cuello de su camiseta verde, levantando su torso unos centímetros del suelo, antes de empujarlo con violencia. Su cabeza se estrelló de nuevo contra los adoquines.

La risa estalló. Eso siempre molestaba a Batman, y esta ocasión no fue la excepción. Pero… ¿realmente podía enfadarlo más de lo que ya estaba?

Los golpes se reanudaron. Joker ya no reía con la misma fuerza, y el sonido siguió disminuyendo hasta que el último ruido fue una tos ahogada, como si su cuerpo exigiera escupir todos sus pecados. Todo terminó con una inhalación gorjeante que nunca llegó a completarse.

El silencio reinó por unos segundos en el callejón.

 

—…Joker?

 

Tengo problemas de amor

Yo ya no voy a llorar, aunque digan que soy mala

 

El reloj marcó las seis de la mañana. Lex estaba nuevamente en su oficina; no había dormido.

En el centro, un escritorio imponente de caoba brillaba bajo los rayos matutinos. Encima, papeles ordenados en pilas exactas convivían con su laptop que proyectaba gráficos, mapas y datos en tiempo real. Tras él, Lex permanecía erguido, impecable en su traje oscuro, con una copa de coñac en la mano, observando cada línea de información con la frialdad de un depredador que analiza a su presa.

El ambiente estaba impregnado de una calma tensa: el zumbido suave de la laptop y su respiración creaban un ritmo hipnótico, casi ritual.

—¡Lex!

La voz lo sacó de su concentración. No lo oyó entrar. En otro tiempo, ese silencio sobrenatural, la forma en que Clark podía materializarse en su espacio, habría desatado en él una tormenta de paranoia y obsesión. Ahora, apenas merecía un latido de sorpresa. Lentamente, giró su silla, pero sus ojos no abandonaron la pantalla hasta que la última línea de código fue procesada. Finalmente, alzó la mirada hacia Clark.

—Clark— con una tranquilidad más cortante que cualquier grito

—Deja lo que sea que estás haciendo con tus empleados, no creas que nadie se enterara de que el pobre hombre que ataco el edificio no tenía relación con tus experimentos.

—Dentro de poco tengo una reunión.

Una frase simple que dejaba claro quién era el hombre ocupado, poco dispuesto a seguir con esa acusación. Era propenso a realizar pequeñas investigaciones con “voluntarios”, pero lo ocurrido ayer no tenía nada que ver con él.

Fue un movimiento borroso. Antes de que Lex pudiera parpadear, Clark estaba frente a èl, la seda de la corbata estrangulándole la respiración en un puño. La mirada de Clark era puro fuego, una acusación silenciosa. Pero bajo la furia, Lex podía ver el destello de una tristeza profunda, la pregunta no dicha de cuándo todo se había fracturado para siempre.

Lex, sin embargo, solo soltó un suspiro de fastidio.

—¿Acaso todo lo malo que ocurre en esta ciudad es culpa mía?

—Eres el centro de la mayoría— replicó Clark, sin ceder un ápice en su presión.

—¡Tú eres el epicentro de todos los míos!

El grito desgarró la compostura de la habitación, dejando solo la respiración jadeante de Lex. Por un instante que se sintió eterno, su postura se quebró: la máscara del hombre de acero se agrietó y su mirada reflejó, por fin, toda la ira reprimida y el dolor acumulado de una década.

Pero fue solo un instante. Un carraspeo. Un parpadeo. Y como si un interruptor se hubiera accionado en su mente, el dolor se retiró, la ira se congeló y la máscara de impasibilidad volvió a sellar su rostro, más fuerte que nunca

 

Tengo problemas de amor

Por ser mala, muy mala

 

Ya no recordaba otro sonido que no fuera el eco de los golpes, hasta que la oscuridad se desvaneció y dio paso a una habitación iluminada por luces frías, con paredes acolchadas y una reja que delimitaba el mundo exterior.

—¿Yo?... ¿Cómo...?

—Bienvenido— respondió con rudeza un carcelero apoyado contra la pared, junto a la puerta.

Vestía ahora un overol blanco como las vendas en su rostro, nada favorecedor desde su punto de vista. Aunque, si lo pensaba bien, las heridas eran un obsequio de Batman, y ese detalle lo aceptaba con un gusto molesto.

A cada lado de su celda se alineaban otras similares, ocupadas por criminales o por seres cuyas mentes eran demasiado peligrosas para vivir en sociedad.

El Manicomio de Arkham. El hogar, lejos del hogar.

 

Tengo problemas de amor

De soledad, por ser tirana

 

Hablar con Clark ya no era un hábito; hacía tiempo que se había convertido en escasos enfrentamientos cargados de recriminaciones y traiciones.

Esta era su última prueba, el momento de cerrar otra herida que se había negado a reconocer.

—Yo esperaba que todo fuera diferente— su voz era fría, pero con un dejo de amargura —Pero en la historia los grandes hombres y mujeres fueron traicionados por sus cercanos.

—No fue así, Lex— la voz de Clark sonaba cansada, como si ya hubiera tenido esta discusión mil veces —¡Siempre hay una oportunidad de volver!

—No la hay— lo interrumpió secamente —Tú decidiste matar lo que teníamos y enterrarlo en lo más profundo de este planeta. Yo... yo hubiera cuidado de ti. Hubiera amado tus defectos y corregido tus errores.

—Yo no soy tu responsabilidad— replicó Clark, con firmeza.

El silencio reinó en la oficina durante unos segundos que se hicieron eternos. Entonces, una sonrisa leve, fría y resuelta, se dibujó en los labios de Lex.

—Tenemos un destino juntos, Clark— dijo, la última chispa de luz en su mirada se extinguía, cediendo el paso a una aceptación gélida —Aunque sea de bandos diferentes.

Una súbita ráfaga de aire agitó los papeles sobre el escritorio. Clark se había marchado. Lex dejó que una sonrisa tan amarga como el sabor de su propia derrota se sellara en sus labios durante un instante, antes de volver la mirada a la pantalla y continuar con su trabajo.