Work Text:
i came to say goodbye and we won't meet again
Nunca se aprende a empezar una despedida y Yoshida tampoco será la excepción.
En otra línea temporal le hubiera apetecido apuntarse a teatro, pero en esta se tiene que conformar con lanzar piedras contra su ventana e imaginarse una balada romántica de acompañamiento. Como en una de las tantas películas con las que Denji se quedaba dormido — era parte del encantado. No va a poder confesarse bajo su ventana con flores, nerviosismo, y un manto estrellado; unas pizzas mojadas tendrán que valer por esta ocasión.
El rubio le recibe con sus orbes hundidos en los miles de horrores que le persiguen desde su último encuentro. Un bucle que se continuará repitiendo cuando Yoshida ya no esté. ¿Y qué puede ofrecerle él más allá de un refresco y una cena a medio descongelar? Y se mantendrá como el gesto más bonito que alguien le haya brindado a ese pobre diablo.
Tantas lunas se ha dormido con las frases que le dedicaría que, como una fábula onírica, se han esfumado todas.
Al fin y al cabo, las veces que han hablado nunca se han dicho nada. Tampoco esperaba que le escuchara. ¿Alguna vez te quedaste con el eco de mis palabras? Solo recuerdo tu mirada perdida en la calle abarrotada, absorto en una vida que jamás te pertenecería. Y yo frente a ti intentando mantener una conversación que a ninguno nos importaba. Y eso ha sido lo más cerca que he llegado a estar de ti.
De nuevo, la estampa se repite y el más pequeño se atiborra a su última cena mientras él habla sin parar en un baile de vivencias que borbotean de su garganta. Un monólogo al aire que no espera que llegue a cuajar; pero que, si una sola idea lo hace, habrá valido la pena sobrevivir hasta ahí. El dolor lo compensa el saber que me mantendrás como fino hilo en un rincón de tu mente.
Así que habla y habla y habla y no dice porque no es la ocasión. Y Denji escucha agua llover entre bocados y sorbos y no es más que ruido blanco su intercambio, pero espero que te ayude a dormir.
Yoshida no es nostálgico porque para serlo primero tendría que haber experimentado un aprecio que extrañar. Sin embargo, hoy llegaría a entender lo que es la morriña. No alcanzará a brindar un soporífero discurso en su boda enumerando las anécdotas que solo conserva él. No creo que recuerdes mi número y es cuanto menos presuntuoso considerarnos más de uno cuando siempre he sido yo. El espejismo de un chico que nunca llego a existir y yo. Pero nosotros no.
Su hora está cerca y la muerte llama a su puerta. El reloj en la pared avanza como cadena perpetua. ¿Habrá valido la pena tanta pena? Nunca lo sabrá. Lo único que le entristece es no volverle a ver. Su presencia era una condena desde el momento en que apareció en este mundo y, aun así, la pureza de Denji le ayudó a olvidar su tormento por una fracción de segundo. Jamás se ha dado el lujo de soñar, pero, de haberlo hecho, se tintaría del color de sus ojos canela.
La historia se cuenta así. Un día lluvioso... No, espera. Mejor un día nublado. Vuelven de clase caminando y, de repente, empieza a caer una tromba de agua y no tienen paraguas por lo que se esconden en un portal a esperar que amaine. Denji tiene frío porque está empapado y entonces él le pega a su cuerpo y el joven se sonroja. Sus cabezas se acercarían buscando el calor ajeno y, sin quererlo, el roce de sus labios sería inevitable. El rubio se quedaría rojo cual tomate y se iría corriendo a pesar del aguacero y de su reprimenda. Y a la mañana siguiente faltaría al instituto porque acabaría enfermo y él tendría que ir a llevarle unas medicinas, los deberes, y algún que otro beso de regalo.
Qué bonita es la vida cuando no te toca vivirla. Una tormenta enfurecida golpea contra los cristales de un aula que jamás reconocerá. Cuántas cosas se le escapan por el camino. Un baile de fin de curso, ver un elefante, un grupo de amigos con el que acabar fatal, un kebab asqueroso con la borrachera de las seis de la mañana, quitarse las muelas del juicio, el océano, sacarse el carné de conducir, un abrazo que por fin le libere de todos sus miedos. Pero es mucho pedir.
Se muerde la lengua a mitad de su discurso y las pestañas de Denji abandonan su festín para observarle de reojo ante su silencio. Y, ¿qué le respondería si le propone robar un coche y huir? A dónde sea, hasta que nos maten. A las Vegas, nos casamos, nos arruinamos y nos fusilan en el puto desierto. Cualquier cosa sería mejor que lo que les espera. Dos tristes chicos que nunca llegarán a conocerse por completo. El aroma de mi colonia ya no te devolverá a mí mientras que ese cabello rubio tuyo será el epitafio de mi tumba.
Y no se puede pedir más porque Dios dijo “la avaricia será pecado” y a mí me crearon para ser devoto de tus pasos.
Cuando le dice que ha venido a despedirse para no volverse a ver, Denji ni se inmuta. Tan poco le importa que pensarías, ha sido la única persona que se ha dignado a escucharle marchar. ¿Vas a saber acordarte de mí cuando ya no esté? Te dejo aquí nuestros recuerdos ordenados por si se te olvida quién fui. Añadí unos cuantos de cosecha propia por si quieres conservar la ternura que yo te atesoré. Yo solo he tenido ojos para ti. No sé si esto será amor, pero es lo más próximo a devoción que vislumbro. Cruzarme en tu viaje ha compensado esta existencia dolorosa. Vive por mí lo que yo hoy muero por ti. No me debes nada. Solo, si algún día te aburres, llámame. Me encantará oír tu voz.
Y si esta noche desaparezco, ¿qué quedará de mí? Nadie me va a soñar, nadie pensará en mí. Estoy gastando mis últimos minutos en intentar captar tu atención y, como siempre, caerá en saco roto. Tras esta madrugada, no habré existido antes, y eso estará bien, siempre y cuando tú recuerdes que un día un chico de pelo negro te dio de comer. Y tú, a cambio y sin saberlo, le diste una razón para seguir.
Las campanas anuncian mi hora y yo me tendré que ir. No he sabido cuidarte en cuerpo presente y me consume por dentro la incertidumbre de qué será de ti. Si no morirás en el instante que aparte la vista o cien años de martirio a tu alma marchitada o un futuro esperanzador en el que ya no tenga cabida porque te acostumbrarás al amor y mis gestos una vez sinceros quedarán reducidos a cenizas. Egoísta hasta el final, no seas ni muy feliz ni muy desdichado para que mi memoria pueda visitarte en los días apagados. Y que todas las pizzas frías de supermercado te sepan a azufre.
Con eso me voy satisfecho.
…
Tengo pendiente llevarte a una cafetería del centro. Sé que no te gusta el café, pero tienen unos dulces riquísimos. No te preocupes que pagaré yo. A ver si cuando se acabe el mundo hacemos hueco.
¿Me dejo algo en el tintero? Me reviso los bolsillos. Me voy sin llaves y, si se queda algo dentro, ya no hay marcha atrás ¿Hablo ahora o callo para siempre? ¿Qué más debería decirle? ¿Qué solo soy arrepentimientos? ¿Qué no regrese sobre mis huellas? ¿Qué le amaba hasta los huesos? Probablemente, así que al final articulo un suspiro.
La película que te despierta de la siesta en su tramo final, una emotiva despedida con la que no conectar y tus ojos humedecidos ante los créditos de una historia de la que jamás formarás parte. Siempre espectador, nunca protagonista. Pues vamos a darle el cierre que nuestro público se merece.
Una gran explosión y se baja el telón. Ni de puntillas alcanzaré a ser bomba, pero si el de arriba me ha dado algo es una onda expansiva que destruya todo a su paso. He aquí mi primera y última función.
¿Será la muerte como un abrazo? Sería el primero que reciba. ¿Me abrazarás ante de marcharme? Es para tener la referencia. Bueno, mejor no. Sé que, si me acerco, ya no me soltaré. Se supone que uno no elije su muerte, pero yo no me he alejado desde que te vi. Un abrazo y nos vemos. Un abrazo antes de dormir o dormir abrazados. Si la vida eterna es así, debí morir hace rato.
No te lo he dicho, pero gracias por hacerlo más llevadero. Esto lo entierro conmigo bajo tierra porque no lo vas a entender y yo voy a llorar si lo intento explicar. Suficiente tenemos con la que hay liada allí fuera. Parece que mis angustias se hayan evaporado hasta ennegrecer el cielo. Solo espero que, para cuando salgas, haya dejado de llover. ¿A ti también te duele la cabeza cuando hay nubes? Ya me lo dirás mañana, que ahora me queda poco tiempo.
Me voy a ir yendo ya. Te aviso cuando llegue a casa, ¿vale? Tú también, por favor.
…
No me olvides.
…
Espero que nos volvamos a ver. En cualquier sitio, aun en la distancia. Toparme contigo cuando tú sales y yo entro, lo que sea. Saber que no acaba aquí. Que hay algo más esperándome.
Ingenuo hasta el final, ¿no? Si es que me lo busco yo solito. Ahora sí, adiós.
…
Ojalá todo te recuerde a mí y te persiga para siempre como un fantasma.
…
Nada de lo anterior es reseñable y, aun así, he de marcharme de este mundo reflejado en tus pupilas o mi espíritu vagará con esa cuenta pendiente por la eternidad.
Y, antes de hacer volar su corazón en mil pedazos, le nace decir:
— Aunque este abismo te asuste, te espero al otro lado.
