Chapter Text
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Diez años.
Eso era lo que había pasado desde que la guerra terminó, desde que Hogwarts ardió, desde que todo lo que conocía colapsó en una mezcla de escombros, gritos y nombres tachados en el registro de la vida. Diez años desde que el apellido Malfoy dejó de significar algo más allá de un juicio pendiente y miradas de reojo.
Draco no podía decir que había huido porque lo suyo no fue una fuga, fue una necesidad. Respirar lejos del humo del Ministerio, de los pasillos llenos de fantasmas, de la presión que todavía lo quería moldear en algo que ya no era.
Francia le ofreció anonimato y él lo tomó con ambas manos.
Terminó su último año allá, en Beauxbatons, donde los profesores no lo veían como un Malfoy sino como un estudiante transferido con ojeras profundas y una extraña obsesión por no mirar a nadie a los ojos. Allí, entre nieve, acentos distintos y costumbres extrañas, Draco descubrió algo que nunca pensó que le interesaría: la docencia infantil.
Porque sí, había algo mágico—y no del tipo con varita—en enseñar a los más pequeños. En ver cómo deletreaban su primer "Lumus" o sumaban con caramelos encantados. No todo tenía que ser duelos y pociones letales, también existía la magia en enseñarles a compartir, a jugar sin hacer daño, a comprender el mundo antes de entrar a uno como Hogwarts, que podía tragarse hasta al más valiente.
Así que se quedó, cuatro años más.
Estudió pedagogía mágica con la obstinación de alguien que por primera vez estaba haciendo algo solo por él. Aprendió sobre desarrollo cognitivo, métodos de enseñanza lúdica, neurodivergencias, incluso cómo adaptar la magia a niños con necesidades especiales. Se convirtió en ese tipo de persona que su yo de diecisiete años se habría burlado sin piedad. Y no le importaba.
Pero no fue fácil, durante esos años, enfrentó la soledad más absoluta. La culpa por abandonar a su familia, el rechazo interno por la sangre que corría por sus venas, y la lucha constante contra la sombra del pasado. Los primeros meses en Francia los pasó casi en silencio, encerrado en libros y cavilando sobre si alguna vez podría ser más que el hijo del hombre que amaba el poder y la política.
Hubo días en los que extrañó Hogwarts. No la escuela, no la guerra, sino la posibilidad de ser otro, de tener un lugar donde pertenecer sin sentir que debía esconderse o luchar por respirar. Pero sabía que jamás podría volver atrás, y que tenía que construir su propio camino, aunque eso significara hacerlo solo.
Cuando regresó a Inglaterra, no fue para reencontrarse con viejos fantasmas, sino para empezar de nuevo. Ya no era el chico de rostro afilado y ceño arrogante. Era un hombre de veintitrés años con una carpeta de proyectos, un título universitario y una decisión que sorprendió hasta a su madre: abrir la primera escuela mágica infantil del país.
La escuela la fundó con parte de la fortuna familiar, sí, pero el sueño era suyo. Llevaba cinco años dándole forma, día tras día, como quien cuida un fuego pequeño en invierno.
La llamó Academia Nouvelle Aube.
Un nombre bonito, elegante, pero cálido. Un sitio donde los niños mágicos de 5 a 10 años pudieran aprender a leer, escribir, sumar, lanzar su primer hechizo básico... y sobre todo, a convivir, a pensar, a sentir.
No importaba si eran sangre pura o mestizos. Draco no preguntaba esas cosas, le daban igual.
Él amaba a los niños. Punto.
Y amaba también la vida tranquila que había construido alrededor de ese proyecto. Hoy ya tenía veintiocho años, vivía en un apartamento encima de una panadería, tenía un hurón llamado Spaghetti que a veces se colaba a las clases, y un horario cargado de juegos, talleres y papelitos llenos de dibujos infantiles con crayones mágicos. Sus días eran predecibles, suaves, buenos.
Y le gustaban así.
Porque sí, había logrado construir algo más que una escuela.
Había construido un hogar.
Uno con aroma a café recién hecho y galletas de mantequilla recién horneadas, especialmente en el salón de profesores, que funcionaba como un santuario de caos organizado. Ahí, entre tazas encantadas que se rellenaban solas y suspiros de docentes agotados, se respiraba el corazón mismo de la escuela.
La gran mesa central estaba un desastre controlado: pergaminos apilados sin orden, plumas encantadas flotando con pereza por el aire y un tablero flotante que lanzaba mensajes en colores neón con un toque de sarcasmo: "¡Inicio de ciclo escolar! ¡A no perder la cabeza (otra vez)!"
—Lo digo desde ya —bufó Theo Rosier, lanzando un pergamino sobre la mesa—. Si alguien sugiere que hagamos otra coreografía de bienvenida con varitas de colores, me largo. Lo juro. Esta vez sí me voy a enseñar Herbología a algún pantano.
Tenía el cabello negro peinado con un esfuerzo que gritaba "me desperté así", siempre vestido como si acabara de salir de una boutique parisina, aunque estuviera rodeado de témperas mágicas y mocos con patas. Alto, delgado, con una expresión perpetua de "estoy por quejarme, prepárense", era el tipo de profesor que parecía no tomarse nada en serio... excepto a sus alumnos.
Y a Draco, a su manera.
Se conocieron en París, durante los años universitarios, y desde entonces Theo había sido una mezcla de amigo, enemigo natural de la monotonía y cómplice profesional del sarcasmo.
—Nadie te obligó a hacer el split el año pasado, idiota —soltó Isla Montagne, bajita, energética, y con voz de quien ha gritado por años sobre "usar bien la varita, ¡NO ASÍ!"
Ella tenía el cabello rizado recogido en una coleta que parecía tener vida propia, ojos oscuros y brillantes como si estuviera siempre a punto de lanzarte un hechizo... o una verdad incómoda. Usaba túnicas prácticas, llenas de bolsillos, algunas manchadas de tinta o brillantina encantada, y caminaba con la autoridad de alguien que no pedía permiso para existir.
Draco la había conocido el mismo año que a Theo, en una clase de pedagogía mágica en la Universidad. Isla había levantado la mano para corregir al profesor a los tres minutos de iniciada la clase, Draco la había odiado en ese momento. Tres días después, estaban compartiendo café y quejas sobre el elitismo académico.
Isla nunca se fue, ni de Francia, ni de su vida.
Y aunque ninguno de los dos lo admitía fácilmente, habían seguido a Draco hasta Inglaterra cuando él decidió abrir la Nouvelle Aube. Lo siguieron porque creyeron en él, incluso cuando él no estaba tan seguro de sí mismo.
—Era para los niños —masculló Theo, indignado.
—Lo hiciste para impresionar a la mamá de Rufus Montgomery. —Isla se cruzó de brazos—. Que, por cierto, ni te miró.
Draco, apoyado con elegancia en el borde de la ventana, levantó su taza de té con una ceja arqueada. El sol de la tarde le rozaba el rostro, acentuando su piel pálida y los rasgos angulosos que el tiempo solo había afinado. Su cabello, largo hasta un poco más abajo de los hombros, estaba recogido como siempre en un moño bajo, sujeto con un palillo de madera oscuro que parecía más un gesto estético que una necesidad práctica. Algunos mechones sueltos se escapaban cerca de las sienes, dándole un aire descuidadamente calculado.
—¿Pueden dejar de flirtear como adolescentes o tengo que recordarles que en tres días llegan 70 criaturas mágicas menores de diez años?
Silencio y un suspiro colectivo.
—¿Y este año sí vamos a tener más de cinco niños que no confundan a los Bowtruckles con lápices encantados? —preguntó Isla, dejando caer su carpeta de planificación sobre la mesa con un golpe sonoro.
Draco sonrió, apenas. Una sonrisita seca, pero genuina.
—No lo creo, pero ese es el punto, ¿no? Enseñarles que el mundo no se los va a comer si se equivocan. Aunque se coman accidentalmente a una mascota del aula.
—¡Una vez! —gritó Theo desde la otra punta—. Una sola vez confundieron el sapo con una rana caramelizada, no era necesario recordarlo otra vez.
La risa se expandió entre todos.
Draco cerró los ojos un segundo, dejándose empapar por esa sensación rara: de pertenencia, de equipo, de calma.
Sí, había construido algo, algo real. Y por primera vez en muchos años... se sentía bien.
Abrió los ojos, se deslizó entre las mesas del profesorado y salió a los pasillos de su academia, seguido por sus amigos. Su equipo. Sus segundos al mando. Caminaban con ese aire de quienes ya lo han vivido todo —explosiones mágicas, llantos, risas, dragones dibujados que escupen purpurina—, pero aún así estaban listos para dar una última revisión antes del gran día.
Querían asegurarse de que todo estuviera en orden para recibir, una vez más, a esos pequeños seres con patas que volverían a llenar los pasillos de vida, gritos y crayones encantados. Después de unas merecidas vacaciones, la academia estaba a punto de volver a respirar.
Y afuera, la escena lo confirmaba: el sol matinal se filtraba por los amplios ventanales de la Academia, deslizándose por el suelo como un gato dorado y cálido.
El edificio, reformado de una antigua casa solariega al norte de Ottery St. Catchpole, había sido transformado completamente por arquitectos mágicos, runistas franceses y, por supuesto, Draco Malfoy con una libreta negra en la que había anotado cada detalle.
Nada de muros grises, nada de pasillos lúgubres.
La Nouvelle Aube era luminosa, amplia y... encantadoramente caótica.
El vestíbulo principal era alto, con un techo de cristal encantado que cambiaba según el clima: lluvia con arcoíris dibujados, atardeceres con estrellas que parpadeaban de verdad, nubes con forma de dragones durmiendo. Al cruzar la puerta, una suave melodía comenzaba a sonar, un tono musical que Theo había programado en una noche de insomnio y café de menta, convencido de que cada escuela mágica merecía tener banda sonora propia.
Cada aula estaba pensada para una actividad específica, decorada con tonos suaves pero coloridos, con rincones de lectura que flotaban, alfombras que cambiaban de forma según el juego, y pizarras que escribían solas cuando los niños hablaban en voz alta sus ideas.
Había una sala sensorial que Draco se había empecinado en diseñar personalmente: paredes suaves al tacto, sonidos controlados, luces que nunca eran demasiado brillantes. Una zona para niños que necesitaran calma, que sintieran el mundo de forma distinta. Él sabía que no todos aprendían igual.
Él lo había aprendido demasiado tarde.
En el jardín encantado, las plantas respondían a las emociones de los niños. Si estaban felices, las flores cantaban (a veces con un desafine entrañable). Si estaban tristes, un arbusto de hojas blanditas se abría para abrazarlos como una especie de sofá viviente. Draco no era particularmente fan de la botánica, pero había aceptado que si una planta podía consolar a un niño mejor que un adulto... pues bienvenida sea.
En el pasillo de los más pequeños había murales pintados por los propios estudiantes—literalmente—. Cada año, los niños encantaban sus dibujos para que se movieran en la pared: unicornios que bailaban, dragones que se tapaban los ojos al jugar a las escondidas, autorretratos con tres ojos y siete brazos que saludaban efusivamente a los que pasaban.
Draco nunca los corregía. ¿Para qué? Eran artistas en bruto.
—Esto se está viendo demasiado profesional —comentó Isla a su lado—. ¿Seguro que no quieres meter una clase sobre cómo ser un mocoso mimado de sangre pura?
Draco la miró sin detenerse.
—Ya lo hice diecisiete años, no necesito repetir el curso.
Theo soltó una carcajada desde el aula de encantamientos.
—¡Touché!
Draco apenas sonrió, pero la sonrisa estuvo ahí.
Todo estaba listo.
O casi todo.
Había algo en el aire, una de esas sensaciones raras, eléctricas, como cuando una tormenta se acerca pero el cielo aún está azul.
Como si algo estuviera por cambiar.
Pero Draco la ignoró.
Porque su vida, por fin, tenía sentido. Y nada —creía él— iba a romper esa calma.
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—𝓉𝒶𝓉𝓉
