Work Text:
(zenosyne.
la sensación de que el tiempo corre más rápido)
Las manos de Dazai recorren lentamente la madera, hasta encontrar las de Chuuya con una facilidad sorprendente. Su mano derecha se cierra sobre la izquierda de su compañero, mientras con la otra se deshace del guante que la cubre. Es un movimiento deliberadamente lento, y lo tira a un lado una vez está afuera.
La presión sobre la mano de Chuuya se vuelve más débil, hasta que es un leve roce, una mano debajo de la suya. Su otra mano flota sobre un pequeño espacio, recorriendo su piel, desde el codo hasta la punta de sus dedos; y aunque en ningún momento lo toca, Chuuya siente la electricidad que recorre su cuerpo, cierta calidez que hay entre los dos y un leve cosquilleo, que ignora al tratar de quitar su mano.
Ante la insistencia de Chuuya, Dazai aprieta la mano un poco más, con la firmeza necesaria para mantenerlo en su lugar y la suavidad suficiente para que su compañero no proteste.
En silencio, su pulgar acaricia los dedos de Chuuya, trazando círculos y líneas; parece que Dazai graba los detalles en su piel en la suya, hasta la más pequeña irregularidad. Poco a poco, la mano de Chuuya pierde su anterior tensión y despacio, se cierra alrededor de la de Dazai, que solo detiene el movimiento de su pulgar por una milésima de segundo, como para mostrar sorpresa por su repentina acción.
Tararea una canción por lo bajo y al cabo de un minuto, Chuuya se encuentra a si mismo siguiendo el ritmo en su cabeza y moviendo los labios sin producir algún sonido, a medida que recuerda la letra.
—La mano de Chuuya es muy pequeña —comenta Dazai, interrumpiendo sus pensamientos, Chuuya no contesta, concentrado en lo que no puede ver en la oscuridad de la noche mucho más allá de la silueta de Dazai.
—La mano de Chuuya es delgada —vuelve a decir después de un rato—, pequeña, delgada, delicada, frágil. Es como un ave. La puedo romper si aplico la suficiente fuerza.
—¿De qué demonios estás hablando?
—De tus manos, Chuuya. Son pequeñas, frágiles y delicadas; pero no son suaves.
Chuuya se pregunta si Dazai habrá bebido o fumado algo extraño, no sería la primera vez. Sin embargo, la forma en que la mano de su compañero sostiene la suya, la seguridad de sus palabras y la forma en que sus ojos se fijan en los de él, le dicen que no, que no ha consumido algo fuera de lo normal. Lo que Chuuya está viendo en este momento es solo Dazai siendo Dazai. No le desagrada, tampoco le agrada; es una mezcla caótica de sentimientos: un poco de cariño, algo de odio, otro poco de exasperación y una pizca de otra cosa más, cuyo nombre conoce, pero no quiere mencionar.
Entonces, decide que también quiere mover su mano, y su movimiento no es suave ni delicado, no es reminiscente al soplo de una brisa, ni a la calidez del verano. Chuuya es un poco más seco, sin llegar a ser brusco; parece como si su mano buscase algo más e intenta encontrarlo bajo la manga del abrigo de Dazai, mucho más allá de sus vendajes, en los rincones más inhóspitos de su piel, donde las cicatrices abundan y los pequeños vestigios de dolor se hacen más evidentes.
—¿De dónde salen tantas cicatrices? —pregunta, más para sí mismo. Dazai se encoge de hombros, porque ambos conocen la respuesta y decirlo en voz alta en este momento es innecesario. Mientras Chuuya se deshace de los vendajes, ninguno habla, pero ambos piensan en lo mismo, lo saben por la delicadeza de sus movimientos, la lentitud de sus reacciones y la falta de miradas.
—Desperdicio de vendajes —murmura Chuuya, no hay odio, ni resentimiento en su voz. Es un tono neutro, tranquilo; producto de la costumbre.
—Depósito de sombreros —responde Dazai, también por costumbre.
Chuuya no se molesta en quitar el resto del vendaje, vuelve a tomar su mano y cierra los ojos, escuchando la respiración a su lado, acompasada con la suya.
—No te duermas, Chuuya. Ya casi va a amanecer —dice Dazai un minuto después. Chuuya se pregunta cómo ocho horas pasaron tan rápido y decide tomarse su tiempo antes de hacerle caso.
