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San Miguel de Tucumán, 1814
Por la ventana del carruaje, Guido observaba cómo poco a poco iba llegando a su destino. Para ser sinceros, nunca había estado en Tucumán antes. Pero a través de los reveses del ejército pudo aprender que la provincia en la que estaba por entrar era de clima árido y seco, pero con fuertes temporadas de lluvia qué dificultaban la marcha de la tropa. El viaje en sí le había resultado largo y aburrido, maldiciendo el no poder leer uno de sus libros debido a su estúpida debilidad de marearse tanto en los coches como en los barcos. Su padre, que comerciaba con fragatas, le decía que nunca podría seguir sus pasos así. La repentina parada del carruaje lo salvó de perderse en ciertos pensamientos sombríos, por lo que rápidamente bajó para agarrar su equipaje, pagarle al cochero y ponerse en marcha. Alquilaría un caballo en los alrededores para llegar lo más rápido posible. Mientras cabalgaba repasaba sus objetivos mentalmente: el general Ocampo lo había mandado para colaborar todo lo posible en la reorganización del Ejército del Norte. Primero pensó que esto sería bajo órdenes de Belgrano, pero casi a último momento corrió la noticia de que lo reemplazaría un militar extranjero, recién llegado ¡Se preguntaba cómo podría acabar eso!
***
Cuando por fin llegó a donde estaba asentado el desgraciado ejército, lo recibió un pequeño chico que debía de ser el mensajero de Belgrano, y rápidamente le fue a notificar de su llegada a su superior. Belgrano inmediatamente lo mandó a llamar y así Guido entró a la tienda de campaña donde se encontraba, al parecer charlando con otra persona. Pero no tuvo tiempo de registrarla porque Manuel lo recibió con un cálido abrazo y unas palmadas en la espalda, diciendo:
–A pesar de su corta edad, este muchacho es ya un viejo amigo. Estuvo del lado patriota con nosotros desde los primeros inicios de la revolución. Tiene muy buenas luces, mejores que las mías, le aseguro.
Guido se sintió entre avergonzado y orgulloso. No todos podían jactarse de haber estado involucrados en los sucesos de Mayo que llevaron a la destitución del virrey extranjero. Decidió presentarse y estrechar la mano de aquel que estaba ahí, que recién empezaba a observar mejor.
–No necesito que me halague, señor. Si tengo buenas luces, mis acciones deberán demostrarlo. Me llamo Tomás Guido, soy secretario del general Ocampo y vengo para ayudar con la recuperación del ejército, mucho gusto.
La mano que extendió el extraño era morena y firme, con callos qué atestiguaban un constante entrenamiento militar. Contrastaba mucho con su propia mano, blanda y blanca, los únicos callos siendo producto de agarrar tanto la pluma. Fue subiendo su mirada hasta llegar al rostro del otro (¡Era alto!) E inmediatamente quedó cautivado con esos ojos negros, profundos y alertas. Sentía como que irradiaban un calor que le subía por todo el cuerpo. Sintió un Deja-vu, pero todavía no sabía porqué.
–El gusto es mío, Guido, yo también vengo con similar objetivo. Soy José de San Martín, y vengo a reorganizar las tropas para sacar a los godos de este bello continente.
Se le notaba cierta tonada española, así que lo de “extranjero” era cierto ¿Qué hacía un español peninsular peleando contra su propia gente? ¿No sería este un espía? Se quedó pensando en su nombre, le sonaba demasiado. Era, era…
–¡Pero, que bruto que soy! ¡Usted es el esposo de mi primita Remedios!-- Con tantas cosas pasando políticamente, no había tenido muchas oportunidades de pasar el tiempo con familiares. Belgrano reprimió una sonrisa.
–¿Entonces se conocen?-- San Martín parecía entre sorprendido y avergonzado, seguramente por no recordar a Guido entre todos los invitados de su boda allá por el 1812.
–Sí, recuerdo un poco la cara de usted, había venido a darnos la bendición.
–Pues mire en qué circunstancias nos reencontramos.
Guido empezaba a recordar la boda, y especialmente al novio. Al principio, cuando solo había oído de él, no entendía cómo su primita había tirado por la borda a su pretendiente prometedor, un muchacho de unos veinte años con un gran futuro en el comercio, por un treintañero extranjero que apenas conocía hace unas semanas. Primero lo atribuyó a que las muchachas siempre preferían casarse con peninsulares, pero una vez que lo vio en persona, entendió un poco. El hombre tenía una especie de magnetismo, un aura de dignidad que provocaría qué hasta el más orgulloso se arrodillara ante él y le jurará fidelidad. No era algo racional, porque no lo conocía realmente, era más bien la impresión que dejaba en uno. Remedios debió de sentirse así. Volvió al presente al escuchar a San Martín hablar nuevamente.
–Espero que juntos podamos ayudar a que la América sacuda el yugo español qué la tiene cautiva, cuento con sus servicios.
–Igualmente, señor.-- Belgrano dio por terminada la presentación.
–Bueno ¿Qué le parece si le ponemos al día, Guido? Hay muchas cuestiones que solucionar.
–Por supuesto, no hay tiempo que perder.
–Vamos entonces.
Y así pasaron lo que restaba del día intercambiando opiniones y discutiendo cuál sería el mejor plan de acción, especialmente a lo que respectaba el objetivo de llegar a Lima, que cada vez parecía más imposible. Al caer la noche y dar la sesión por cerrada, Guido se encontró preguntándose dónde es que iba a dormir ¡No lo había pensado! Por suerte, Belgrano rápidamente aclaró sus dudas:
–Guido, no me gustaría que duerma con los soldados. Va a usted ser muy importante en el desarrollo de la campaña, y como el Coronel San Martín me va a reemplazar como cabeza del ejército–El aludido pareció querer protestar ante la afirmación, pero dejó que el otro siguiera su discurso- Creo que sería beneficioso que se mantengan cerca desde ahora. Dormirás en su tienda de campaña.
Guido se sobresaltó por un instante, recordando la última vez que tuvo que dormir con un hombre, pero por suerte Belgrano agregó, seguro leyendo su expresión:
–No se preocupe, hay un camastro para cada uno. Eso nos podemos permitir, al menos.
Guido suspiró aliviado, a San Martín parecía darle igual una u otra cosa. Claro, tendría cosas más importantes en su mente, menos debilidades…
Después de despedirse de Belgrano, ambos partieron hacia la tienda en la que dormirían. Había un silencio incómodo entre ellos, San Martín no parece muy hablador, pensó. Y al parecer, tampoco tenía planeado dormir en el camastro. Estuvo casi toda la noche en su escritorio, mirando mapas y haciendo cálculos. Guido se sentía un poco vulnerable al ser el único que estaba en camisón. Antes de irse a dormir, aventuró una pregunta:
–¿En qué está trabajando, Coronel?-- San Martín no se volteó.
–Es un secreto, por ahora, en algún momento se lo diré.
Mientras se acostaba en la cama, Guido pensó en que este tal San Martín era un hombre lleno de secretos, secretos que a él le gustaría descubrir.
