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—Lo lamento, señora Kiramman —expresó Violet, con voz gélida. Parada en medio de la estancia—. Pero no puedo casarme con Caitlyn.
El anuncio fue tan arrepentido, que ni siquiera Cassandra Kiramman, afanada concejala de Piltover pudo disimular su asombro.
Caitlyn abrió los ojos de forma desmesurada, iba bajando las escaleras cuando escuchó la voz de Violet. Del asombro dejó caer el florero que sostenía entre sus manos, las carmelitas quedaron regadas por el suelo, las mismas que Vi le envió hace unos días, para aprobar su último examen universitario; ella sabía cuan difícil había sido, cuanto había estudiado y esforzado.
La voz dramática de su madre intentó inútilmente detener a Violet, pero cuando cruzó a paso firme hacia la puerta de la casa, se detuvo unos segundos a contemplar a Caitlyn, erguida sobre los peldaños como un espectro. Los hombros fuertes de Vi estaban tensos, al igual que sus orejas lobunas sobre su cabeza.
Violet era una mujer bestia, criaturas con apariencia humana, pero con rasgos marcados de animales, por lo tanto, sus sentidos sensoriales y fuerza están ultra desarrollados que un humano común . Caitlyn poco conocía de ellos, en la escuela eran muy pocos estudiantes con estas características. Era fácil identificarlos, su aspecto los delataba. Tenía el recuerdo de miradas despectivas y comentarios mordaces. Jamás pensó en menos de los hombres bestias, pero tampoco hizo el intento de oponerse al trato discriminatorio de sus compañeros de clases; no quería involucrarse. Por otro lado, su madre, no mostraba una actitud negativa hacia ellos, pero no la vía interesada en políticas que aludieran al movimiento hombres bestias: la no discriminación ni exclusión de esta raza, recluida principalmente en la ciudad subterránea de Zaun.
Por ello fue una genuina sorpresa cuando su madre la comprometió con la hija adoptiva del tío Vander, Violet, una mujer bestia con rasgos lobunos. Caitlyn la recordaba pequeña y enojada, siempre con moretones y un peinado alocado, el cual le recordaba a una gallina. Desde ese entonces los encuentros entre ambas fueron recurrentes, si bien, no asistieron a la misma escuela, siempre estaban juntas.
Caitlyn le enseñó a leer y escribir, ya que con vergüenza Vi le admitió, que no era muy aplicado en la escuela. Las primeras cartas que Caitlyn recibió, fueron burdas, con la letra grande y poco legible, pero entendió cada palabra.
La puerta se cerró de un portazo, y apareció enseguida Cassandra, igual de sobrecogida que ella.
— ¿Qué paso? ¿Caitlyn, cariño, acaso te dijo por qué quiere romper el compromiso? —preguntó atropelladamente la mujer.
—No, madre—. Aunque lo intenté, no pudo evitar que se le quebrara la voz. Con la vista fija en las flores bajo sus pies, apretó los puños con fuerza. —No lo sé.

Caitlyn no tenía amigas. No pertenece a ningún grupo social de Piltover. Pero quienes se acercaban a ella, intentaban inútilmente subirle el ánimo, la mayoría eran comentarios despectivos hacia Violet—: No te angusties, querida. Ya conocerás a otra persona, una más apropiada para ti y tu posición.
Cassandra intentó comprometerla con el hijo de otra familia Piltoviana acomodada. Pero con la amenaza de enlistarse como ejecutora, su madre no volvió a sacar el tema. Se dedicó a murmurar entre dientes, ¿Qué era peor, una hija soltera o una hija ejecutora? Por supuesto que ejecutora; la soltería, no la mataría, quizás el aburrimiento, pero confiaba en la mente brillante de su hija, algo se le ocurriría.
Caitlyn siguió asistiendo a la universidad, bebiendo café en la cafetería aledaña al campus universitario de Ciencias Políticas. Escuchando el mismo podcast de historias de miedo. Viendo la serie que dejó a medias por falta de tiempo. Caminando las mismas rutas que hacía de la universidad a su departamento de soltera. Solá.
Esa noche era el baile de invierno. Una fiesta frívola y carente de sentido para Caitlyn, pero había comprado un vestido porque iría junto a Violet. A ella le gustaban los dulces de azúcar cristalizada, siempre los servían en la fiesta, dispuestos en las mesas de muchos colores.
—Solo por unos caramelos ¿quieres ir a esa horrible fiesta? —dijo arisca, Caitlyn. Se volteó de su silla giratoria a ver a Violet, recostada boca arriba en su cama, sosteniendo contra su pecho uno de sus muchos peluches. Arrugó la nariz por el desorden que había causado.
Violet ascendiendo, sin quitar la vista de las estrellas pegadas al techo. Ella misma las había puesto ahí, ya que no le gustaba dormir completamente a oscuras, y Caitlyn no podía dormir con una luz encendida.
—Puedo comprarte las que quieras —dijo Caitlyn—, no necesitamos ir para conseguirlas.
—Pero no será lo mismo, me gustan esas.
Grabó esa conversación mientras estaba sentada frente a su tocador, observaba el vestido de gala colgado. Limpio y planchado.

La última Gota, es el nombre el bar restaurante del padre de Violet. Debido a los contantes viajes diplomáticos de Vander, Vi se hizo responsable de administrar el lugar. Si bien, prefería el taller mecánico, reparando y aceitando engranajes, no le disgustaba el trabajo en la cantina. El último tiempo, necesita de cualquier actividad que pudiera distraerla.
No estaba segura, cómo iba a informarle a su padre, la decisión de cancelar el matrimonio. Vander estaba muy esperanzando en ello. Lo visualizó como una forma de hacerla sentar cabeza. Poco sabía que esa era la razón. Caitlyn y Violet, eran de mundos demasiado opuestos.
Powder cruzó de lado a lado trapeando, moviendo la cola a su paso. El piso constantemente estaba pegajoso por bebidas derramadas y escupitajos. Ese era el trabajo de Vi, cuando apoyaba a su padre, pero ahora que no estaba era el problema de Powder. Al menos no le encargaba los baños, pero usualmente lo usaba como amenaza para mantener a la adolescente arraya.
— ¿Qué basura estás escuchando, Powder? Apágalo, ya —exigió Vi, malhumorada mientras limpiaba una garza de vidrio con un paño limpio.
—Claro que no, hermanita —respondió con tono irónico—, pero podrías contarme qué mierdas pasó con tu prometida, ¡ ups! Ex prometida.
—No es asunto tuyo.
—¡Ya lo sé! —rezongó, con tono irritante—, pero al menos podría explicarme. ¡No entiendo! Te veías tan enamorada y feliz por este matrimonio…
La puerta se abrió haciendo sonar la campanilla, pero debido al volumen de la música Violet que estaba de espaldas a la puerta no escuchó.
—Sí, estaba feliz de casarme con Caitlyn. Pero, somos realistas, Polvo. Un matrimonio arreglado, ¿realmente nos hará felices a ambas? Los beneficios son muchos, demasiados, pero ¿qué gana Caitlyn de todo esto? Ella merece encontrar su propia felicidad, y no es conmigo a su lado —argumentó con voz átona, sin fuerzas.
—Eso no te corresponde a ti decidirlo —resonó la voz firme y severa de Caitlyn.
La música se detuvo atropelladamente por Powder, que desconectó la rockola . Dejó caer el cable desenchufado y con una sonrisa incómoda, corrió a fuera del local, cerrando la puerta de sopetón. Abandonando a Violet que no dejaba a ver a Caitlyn parada frente a la barra. Parecía un ciervo encandilado por la luz de un coche.
Casi al instante Vi, salió de su estupor, frunciendo el ceño.
— ¿Qué haces sola aquí? —dijo, soltando el trapo con descubierto sobre la barra—. No puedes venir hasta aquí, mucho menos sola. Llamare a…
—No tienes el derecho—. Interrumpió a Violet, dejándola sin hablar por un momento.
—Cait—. Vi quería razonar con Caitlyn, hacerle entender los peligros de Zaun, pero no la dejó.
—Perdiste todo derecho conmigo cuando me dejes.
—Caitlyn, creo que no es el momento ni el lugar…
—Hablaste con mi madre, pero no conmigo, me enteré porque te escuché desde las escaleras, y vienes a decirme qué no es el momento, eres una hipócrita —. Estaba realmente enojada, tanto que le dolía todo el pecho y los hombros, intentando mantenerse erguida.
—Caitlyn, ¿podemos hablar más tarde? —. Aun había algunos clientes en el lugar, pero se quedaron en absoluto silencio, encogidos en sus asientos. Casi todos eran clientes frecuentes del bar, conocían a sobre a la hija de Vander, pero nunca habían visto a la novia de esta.
—No, ya te escuché —dictaminó seca—, ahora vas a escucharme mí.
El ambiente era tenso. Ni siquiera el grupito bullicioso sentado al final del local, hizo el más mínimo ruido. Violet podía percibir la ira en el aroma de Caitlyn.
—Sabes qué es lo más frustrante? —. Por un momento, la voz de Caitlyn se quebró—. Que no tengo palabras para describirte como me siento.
Traía consigo un bolso, el mismo que usaba en la escuela para llevar su ropa de gimnasia. Violet pensó que usaría este para golpearla en la cabeza, o quizás dejaría caer algunas pertenencias suyas, que había dejado con el tiempo en el departamento de Caitlyn. No esperaba que sacara el vestido de tul, que le había gustado que usara Cait en la fiesta. Ambas lo habían visto en vitrina, paseando por la ciudad. Era simple, pero esponjado y tenía diminutos brillos esparcidos por toda la falda. Nada que Caitlyn usaría, pero no dejaba de soñarla con aquel vestido.
—Lo compré, porque sé que te gustaba —dijo clara, pero empañada de tristeza—. Odio el tul, detesto que es tan pomposo, solo una chiquilla mimada y rica la usuaria. Pero a ti te gustan esas cosas, ¿no? Quería darte en el gusto. ¡Ni siquiera quería ir a esa fiesta insufrible!
Caitlyn, sujetó con firmeza la parte delantera del vestido, y con rabia contenida, desgarró la tela, rompiendo las costuras del tirón. Ambas manos se tornaron blancas por la fuerza que estaba usando para jalar de la tela. Vi la observaba pasmada, sin saber qué hacer. Cuando el vestido estuvo hecho jirones, lo tiró al suelo sucio y lo pisó.
—Así me siento, como ese vestido —dijo jadeante. La frente se había llenado de sudor, incluso perdiendo un poco la compostura tan recatada de siempre. —Respóndeme algo, ¿siempre te sentiste así? ¿Tan disgustada te sentías con ser mi prometida?
Violet meneó la cabeza. Lucía agobiada, incluso cansada. La postura siempre fuerte de sus hombros cayó, mostrándose más vulnerable a sus emociones.
—Cait, no es eso… Créeme que jamás quise hacerte un mal, yo…
—Entonces, ¿yo era la única estúpida ilusionada con este matrimonio? —espetó, golpeando con el puño la mesa de la barra, haciendo temblar los vasos esparcidos a lo largo.
—¡No, Cait, yo también quiero casarme! —. La situación se le había salido de las manos, pero ¿alguna vez estuvo bajo su control?
—Pero no conmigo.
—¡Ah! ¡Mar maldita! —Violet dio un brinco, saltándose de un lado a otro por encima de la barra, quedando frente a frente con Cait. —¡Eres tú! ¡Siempre has sido la mujer con la que quiero casarme!
—¡¿Entonces, por qué me dejaste?! —Lágrimas de frustración comenzaron a correr por las mejillas de Caitlyn, para ese punto había perdido todo control sobre ella. Se cubrió el rostro acongojado, soltando un sollozo. Violet soltó un rugido y mandó a todo el mundo a fuera. Los clientes rezagados no dudaron en salir veloces, el aroma a tristeza se había vuelto insoportable para los instintos de Vi, quien sacó toda su territorialidad de alfa. En las mesas solo los mejores y restos de comida quedaron. —… Pensé que me querías.
—¡Cait, te amo! —alzó la voz, rodeando a la omega en sus fuertes brazos, hundiendo su nariz en el cabello azulado de Caitlyn—. Pero tengo miedo, soy una mujer bestia, nací y me lloran en las calles de Zaun, muchas veces luché por sobras. Sé cómo la clase alta Piltoviana ve a los míos, no quiero que hablen mal de ti por estar casada conmigo.
Caitlyn empujó el pecho de Vi, poniendo algo de distancia para verle a la cara.
—Eso no te corresponde a ti decidirlo.
—Sí, tienes razón —alzó los brazos a modo de apaciguar los ánimos—, fue mi error, pensé que de esta forma te protegería.
Con su dedo pulgar limpio una lágrima solitaria de la mejilla de Caitlyn, que intentaba aguantar sus hipidos.
—Lo lamento —dijo con voz dulce, acariciando la mejilla mojada por las lágrimas de Caitlyn—, me habría encantado verte usando ese vestido.

Violet llevó a Caitlyn a su habitación. Había estado pensando en comprar una casa en la periferia de Piltover, pensando en la seguridad de Caitlyn, y que el tranvía hacia Zaun no quedaría tan apartado. Pero eso había quedado solo en trámites, cuando las dudas la embarcaron. Mientras tanto seguía viviendo en la casa de su padre.
Caitlyn jamás había entrado a la habitación de Vi. Respiro inhalando el aroma de Vi impregnado en cada rincón del lugar. El lugar estaba desordenado: la cama deshecha, la cajonera entreabierta, dejando ver un bóxer a punto de caerse, el cual Vi volvió un metro nerviosamente, cerrando la ventana entreabierta, ya que comenzaba a llover.
Cait caminó esquivando ropa tirada y el saco de boxeo colgado en medio de la habitación, para sentarse en la cama.
—Debes estar cansada, quítate los zapatos y ponte cómoda.
—No traje ropa para dormir —dijo Caitlyn, comenzando a quitarse los zapatos de tacón.
— ¿Quién usa ropa para dormir? —preguntó, pero sabía de los distintos pijamas que Caitlyn usaba, por lo que buscó en su cajonera una camiseta grande. Casi todas sus camisetas eran de telas suaves, por lo que no molestaría la piel de Cait.
—Toma, esto debería ser adecuado para…
Las palabras quedaron atoradas en su garganta, cuando al voltearse Caitlyn se había quitado toda la ropa, a excepción de sus bragas.
—Gracias.
Cait tomó la camiseta negra de las manos de Vi, vistiéndose con ella y cubriendo sus pechos desnudos. Se había quitado el sujetador a propósito. Habían dormido varias siestas juntas a lo largo de los años, pero jamás se habían tocado con intención sexual. Caitlyn quería ver si Violet realmente la anhelaba.
La nariz de Vi, se ensanchó. La vio cuadrar los hombros. Y apretar los labios, visualizando un colmillo asomarse. También se frotó la nuca. Y las orejas sobre su cabeza estaban iguales de tensas. Estaba nervioso.
—No vuelva a hacer eso —recalcó con voz ronca.
—¿Hacer qué? —preguntó, echándose el cabello hacia atrás, despejando su cuello blanco.
—Tentarme.
—No sé de qué hablas —susspiró, haciéndose la inocente.
—No te hagas la tonta, no te queda —gruñó viéndole con las pupilas contraídas—, sabes que te deseo. Te haría mía ahora mismo si pudiese.
Caitlyn estaba casi segura de que Violet siempre la miraba con esos ojos. Pero la satisfacción que sintió al escucharlo, sobre todo con ese tono tan huraño. Se mordió la punta de la uña del dedo índice, no con la intención de aparente coquetería, sino por nerviosismo.
—¿Y qué te detiene?
Violet resopló, cambiando de peso de una pierna a la otra.
—Siempre intenté ser lo más educada y respetuosa contigo, darte tu espacio, darte tiempo para que pudieses enamorarte de mí. Pero… ¡Ay, Cait! Siempre fuiste tan hermética con tus sentimientos que nunca estuve segura si me veías como algo más. Tenía miedo…a que…solo yo estuviese enamorada, y mucho más a casarme estando en una relación tan ambigua. No sería justo para ninguna de las dos.
—Así que esa es la verdadera razón —sopesó, maravillada por el descubrimiento.
Caitlyn cortó distancias entre ella y Vi, alzó sus brazos rodeándole el cuello y le plantó un suave y superficial beso. Los ojos de Violet la veían con genuino asombró.
—Yo también estoy enamorada de ti—hizo una pausa para respirar—. Quiero que seas mi esposa.
Caitlyn no era una mujer de sonrisa fácil. Tampoco suele sonreír como cortesía. Muchas veces Violet obsequio baratijas y dulces a Cait, no con un propósito real, solo le nacía darle cosas. Alguna vez pensó que después de tomarlas, examinarlas minuciosamente y brindarle un simplón—: gracias—, las tiraba, pero cuando entró por primera vez a la habitación de Caitlyn. Luego de embriagarse con el cremoso aroma a vainilla que desprendía naturalmente la mujer, pero que estaba concentrado en cada rincón del lugar, especialmente en la cama. Visualizó en una de las repisas del mueble, adornando frente a cada libro pulcramente limpio y alineado, un terrario con una suculenta, misma planta que había arrancado de por ahí y se la dio con las raíces colgando. Ahora era un hermoso terrario con piedras de colores. También estaba esa roca que pateo cuando iba de camino a buscar a Caitlyn a la universidad. Aquel te amo y te deseo, se sintió como cada cosa insignificante que Violet dio y Caitlyn guardaron con amor y cuidado.
Violet la atrajo hacia su cuerpo, tocó sus caderas y palmeó sus nalgas, amasándolas con algo de fuerza, pero medida. Se besaron con fogosidad, lamiendo sus labios y chupando sus bocas. Las manos de Vi se sintieron abrazadoras contra su cuerpo, pronto ya no resistiría más el calor. Se aparto del contacto de Violet por unos instantes para quitarse la camiseta y tirarla al suelo.
Otra vez, como encandilada por aquellas dos masas blancas y llenas, Violet se lanzó a sujetarlas, besarlas y apretarlas entre sus manos. Succionó con ahínco un pezón, mientras mantenía el otro pecho aprisionado en su mano.
Caitlyn se sintió algo brumada por el contacto tan fogoso. Las manos y boca de Vi, no dejaban de acariciarla. Cuando sintió que una mano se deslizaba por su estómago hacia su vulva, entró en pánico. Empujó a Violet, queriendo poner algo de distancia entre ellas, pero al dar un paso hacia atrás, chocó con los lados de la cama, perdiendo el equilibrio y cayendo sobre la cama deshecha.
Violet apoyó una rodilla en el colchón, evitando que Caitlyn pueda cerrar las piernas.
—Que entusiasmo, Caitlyn—admiró, quitándose la camiseta—. Y yo, que quería esperar hasta el matrimonio—chistó, mientras se soltaba el cinturón—, ni modo, tendré que adaptarme. Todo por mi señora esposa.
—Que engreída —murmuró sonrojada—, aún no estamos casadas.
—Ah, detalles…—dijo, soltándose el sujetador deportivo. El torso de Violet se mantenía tonificado y admirable. Quizás la genética le jugaba un favor, ya que la mayoría de los hombres bestias lucían cuerpos esculpidos y estirados. —Después de la follada que te voy a dar, el matrimonio será una mera formalidad.
Vi alcanzó a Caitlyn por los tobillos, jalando de ellos para arrastrar el cuerpo esbelto y menudo por las sábanas, hasta el borde de la cama. Cait grito de la impresión, cuando Vi rodeó el rodeo por los muslos, manteniendo su cuerpo inferior levantado.
—¡¿Qué diablos estás haciendo?! —grito Caitlyn, tratando de mantener el equilibrio, aferrando sus manos a la colcha.
—Desenvolver mi regalo de bodas—comento casual, tirando de las bragas rosa pastel por las piernas hasta quitarlas. Caitlyn se estremeció, sofocada por la vergüenza cuando Violet olfateo su humedad en las suaves bragas de algodón. —Ya estás muy mojada.
-¡Si!
Gritó Violet cuando Cait, le dio una patada cerca de las costillas por desvergonzada.

Vander despertó de sobresalto cuando el teléfono, que conectaba directamente con la oficina de la alguacil de Piltover sonó de madrugada. «¿Qué narices paso ahora?» Pero quien habló a través de la línea, no fue Grayson, sino la voz alterada de la concejala Kiramman.
Se levantó de la cama con prontitud. No tenía idea de la desaparición de la señorita Caitlyn Kiramman, pero como había sido la prometida de Violet, le había tomado cariño como su futura nuera. Aunque ya no había propuesto matrimonio, la niña la conoció desde que era una cría, y jugaba un papel muy importante en la política Piltoviana. Era favorable encontrarla rápido y con vida.
Camino hasta la habitación de Violet, subiéndose los pantalones y metiéndose la camisa dentro. Abrío la puerta de sopetón, golpeándose esta contra la pared al azotarse.
—¡Violet, levanta el trasero! ¡La niña Kiramman está desaparecida!
Estaba por moverse y bajar las escaleras, para ir por su mosquete. Entonces, vio de reojo una característica cabellera lacia y azulada.
—Cálmate viejo, Caitlyn está aquí —rezongó somnolienta, rascándose la cabella. Tapándose el pecho desnudo con una almohada.
—Lo siento, tío Vander —murmuró Caitlyn, sentándose detrás de Violet para cubrir su cuerpo desnudo y lleno de chupones y marcas rosadas—. Olvide avisar en casa que vendría a ver a Vi.
Vander solo pudo sobarse el entrecejo, furioso con la idiota de su hija. Siempre fue muy consciente de lo impulsiva que era Violet, e intensa con las cosas que le gustaban, incluidas las personas. Cuando vio a su hija cabizbaja por la ruptura del compromiso, que ella misma busco romper, sabía que había sido un error. Además del dolor de cabeza y oído que le dejó la señora Kiramman.
Cerró la puerta con fuerza, haciendo remecer las paredes, y soltando de su lugar un cuadro con una fotografía de Violet con Powder. Soltó un profundo suspiro, pero terminó cuadrando los hombros y sacando el pecho.
—Bien, supongo que la boda sigue en pie —murmuró, bajando a la cocina con la idea de beber un café bien cargado.
«Sí, Violeta. ¿En qué embrollo te metiste ahora? Si antes no querías casarte, ahora no te quedará de otra. No tengo las pelotas ni las ganas de enfrentarme a la concejala. Ahí te ves».
