Actions

Work Header

1990

Summary:

—Deja de hacerte el misterioso, carajo —explotó, lanzándose hacia adelante, cerrando la poca distancia que quedaba entre ellos. Sus torsos se tocaron, obligando a Óscar a retroceder un paso, la curva de su espalda chocando contra el alféizar, doblándose incómodamente para no clavarse el cemento. —¿Qué? ¿Qué es lo que te pasa? ¿Por qué no podés disfrutar como una persona normal, eh? 

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Buenos Aires, 1990. Quinto año. 

Casa de Matías, donde las fiestas más quilomberas ocurrían. Casi la mitad del curso las frecuentaba, y como los padres salían del país todos los fines de semana, contaban que en la casa de Mati se iba a armar una linda. Siendo William este tipo de persona desenfrenada, además de un buen amigo del dueño de casa, estás fiestas le venían como anillo al dedo. El británico era uno de esos fiesteros sin arreglo que, sin importar como estuviera, apenas llegaba el viernes y ya estaba pensando en hacer alboroto. Por supuesto, a escondidas de sus padres, quienes nunca aprobarían este tipo de comportamiento tan poco estructurado de parte de su hijo menor. 

Faltaba poco para terminar el año, el último año, y más de uno estaba estresado. Terminar el colegio. Cumplir 18 años. Aquello significaba dejar atrás la adolescencia y todo lo que esta traía consigo. Will todavía no quería aceptar que dentro de poco dejaría la escuela, el único escape sano de sus problemas, para meterse de lleno en la vida adulta. Estudiar abogacía, trabajar, independizarse… Las exigencias de sus padres, lejos de darle fuerza para seguir adelante, solo le daban ganas de alcoholizarse. No quería ser un adulto, aunque muchos de sus vicios fueran de uno. 

Ese sábado, un día tan caluroso que parecía verano, ocurrió lo esperado: Apenas William tocó la entrada, divisó botellas de cerveza en una mesa cercana y se lanzó a tomar. Aunque al principio solo había alcohol, un loquito apareció con cosas raras, y bueno… ¿Quién era él para negarse? Especialmente cuando se encontraba en un momento tan vulnerable, y la mejor manera que tenía para ahogar su angustia era beber como un desquiciado.

Con cada minuto que pasaba, llegaba más gente. Todos tomaban, consumían algún tipo de sustancia, y pronto, el ambiente se tornó insoportable… Al menos para alguien sobrio. Sin duda, el único moderado en esa casa no era otro que Óscar Vargas. Era evidente por su actitud que no se encontraba allí por voluntad propia. No solo porque el rubio era conocido por su responsabilidad, sino que se hallaba ausente, con esa típica expresión estoica que denotaba disgusto fija en el rostro. ¿Qué hacía allí entonces? Claramente había sido arrastrado. 

Desde una ocasión, donde todo el grupo se emborrachó y casi chocan el auto, Óscar se convirtió en el encargado de cuidar que ninguno causara un desastre. Cómo sabía que nadie les iba a hacer el aguante, de mala gana terminó aceptando. Sin embargo, si se hubiera imaginado el garrón que se iba a pegar estando rodeado de borrachos, se habría negado sin dudar. El ambiente era demasiado ruidoso que se volvía casi insoportable. 

Llegó un punto donde un grupo pequeño de personas—entre ellos, Matías y William—decidiendo bajar un cambio, se juntaron a hablar tranqui a una habitación apartada, lejos del barullo. Óscar fue arrastrado por Matías en un intento de incluirlo, pero este se mantuvo igual de serio y estructurado que siempre. Se sentó en un rincón sin decir o hacer nada y los demás se olvidaron rápidamente de que estaba allí. Por casi dos horas, el rubio soportó el fuerte olor a marihuana, las anécdotas inventadas seguidas por risas estridentes que le taladraban los oídos. 

Hasta que no pudo más. 

Las ventanas cerradas acumulaban el humo en el techo, cargando tanto el aire que apenas se podía respirar. Los ojos le picaban, tenía la boca seca, y a pesar de no haber fumado, comenzaba a sentirse somnoliento. Era como si toda la paciencia se hubiera esfumado de su cuerpo. Estaba harto de ser el que siempre pagaba los platos rotos. Irritado, se levantó de golpe, ignorando las miradas nubladas que lo seguían mientras se dirigía hacia la puerta. Hasta William, quien hasta ese instante presumía sobre la cantidad de minas que se comía en una noche, se cortó. 

—¿A dónde vas sin mí, rubio? —preguntó, arrastrando las palabras.  

—Afuera —respondió sin titubear, saliendo de la habitación y cerrando la puerta con demasiada fuerza.

¿Qué carajo le había picado ahora?, pensó William, sintiendo una punzada de molestia. Como siempre, responsable, controlado e impasible. ¿Acaso no podía soltarse? ¿Disfrutar un rato? Le daban ganas de agarrarlo por los hombros, sacudirlo hasta hacerlo reaccionar. 

A veces olvidaba que Óscar siempre había vivido como un adulto atrapado en el cuerpo de un niño. No lo entendía en absoluto, pero aun así sentía la extraña necesidad de averiguar el porqué de aquel ceño fruncido. Con esa seguridad etílica que solo él podía tener, se irguió, chocándose con la diminuta mesita de café y haciendo caer el frasco medio vacío donde habían traído la hierba.

Alguien, seguramente el dueño, protestó. —¡Eh, cuidado! —William ni siquiera lo escuchó.

Detestaba esa necesidad obsesiva de siempre mantener el control. La incapacidad de Óscar para soltarse y vivir, de despreocuparse al menos por una noche, despegarse de aquella fachada impasible de una vez. En otro momento, probablemente se limitaría a burlarse, pero ambos ya no eran esos pibes de primer año que solo se odiaban. Lo admitieran o no, la relación había cambiado demasiado. Porque la verdad era que, aunque en teoría no se soportaban, eran inseparables. ¿William de mal humor después de una pelea estúpida con Florencia? Se la agarraba con Óscar. ¿Feliz después de aprobar raspando matemáticas? Festejaba… con Óscar. ¿A quién recurría cuando se bajoneaba? A Óscar. De alguna forma u otra, se las arreglaba para hacer girar todo en torno al joven. ¿Por qué? Simple. Porque Óscar Vargas, con esa falsa indiferencia suya, era el único que lo acompañaba. 

No es que su comportamiento fuese distinto de repente. Óscar era Óscar, todo lo contrario a él: serio, siempre elegante, —de alguna forma, aunque su ropa estuviera gastada de tanto lavarla—, intelectual, moderado. Las conversaciones serias entre ellos eran inexistentes, siempre interrumpidas en discusiones o provocaciones que acababan en silencios eternos. Sin embargo, para William aquello fue convirtiéndose poco a poco en un cálido abrazo. A diferencia de los otros, él no juzgaba sus vicios ni su necesidad casi obsesiva de contacto. No le imponía, no esperaba nada de él ni lo miraba decepcionado como todo el mundo. Tal vez discutían mucho, aquello era innegable; la mayoría de veces ni siquiera porque realmente difirieran, sino por mera costumbre. Pero a pesar de todo, era el único que lo aceptaba en silencio, acostumbrado ya a su insolencia. O al menos eso interpretaba él. 

Una vez afuera, lo divisó sentado contra el alféizar de la ventana que daba al garaje, sosteniendo un cigarrillo encendido entre sus labios. Porque sí, ni siquiera él se había salvado de la tentación de un buen puchito en momentos de estrés. Bajo la luz de la luna, el agotamiento del joven era notable. Sus ojeras resaltaban más, pero aun así no lograron opacar la brillantez de sus hebras doradas, dándole un aspecto demasiado tentador. No pareció inmutarse ante su presencia. En el instante que escuchó el sonido de la puerta, adivinó de quién se trataba. Lo miró de reojo por unos segundos, antes de volver a observar fijamente nada en particular. Imperturbable, pensó William y se acercó sin dudar. 

—¿Vos… fumando? ¿Desde cuándo?

El rubio se encogió de hombros. —Nada extraño considerando los mononeuronales con los que me junto.

Desde que lo conocía, Óscar demostraba aversión total a todo ese tipo de cosas. Pocas veces lo había visto disfrutar de una cerveza o encenderse un cigarro sin estar bajo la usual presión social del grupo. —Increíble—se burló, olfateando ruidosamente—¿Red Point? ¿En serio gastas plata en esa cagada?

—Se lo robé a Diego —respondió indiferente, su tono salió más seco de lo normal, ausente de sarcasmo que siempre le dirigía a él. 

William frunció el ceño, confundido. —¿Qué carajo te pasa? 

—Nada. 

Obvio que no se comió el cuento. Lo conocía. Aunque el rubio era seco, siempre tenía esa pizca de ironía que tanto le picaba. —Ah, claro. Por eso te escapas como una nena y no me podés mirar a los ojos —insistió, su cuerpo inclinándose instintivamente hacia él, rozándole la rodilla con la cadera. —Decime. Estás raro. 

—¿Raro por qué? ¿Por hacer algo que hago siempre? 

—¿Siempre? —repitió, incrédulo. Sintió la necesidad de reprocharle, hipócrita de su parte, considerando que casi llegaba a fumar una cajetilla por día. El aspecto angelical de Óscar tampoco ayudaba. Nadie, al verlo a simple vista, se esperaría que hiciera algo tan… ¿Incorrecto? Como lo era fumar. Por primera vez pudo comprender a su padre. —No, no, eso no. 

—¿Entonces? —insistió, impaciente, dándole una calada al cigarrillo con una avidez casi desafiante, ignorando la cercanía entre sus cuerpos, aunque sin apartarse. —¿Qué me estás reclamando? 

Sin embargo, William no respondió a la provocación. Tal vez era por el alcohol, o tal vez finalmente había entrado en razón, cansado de esa farsa entre ellos. Ni siquiera él se entendía, solo sabía que era demasiado tarde para pensar en el orgullo. 

—Deja de hacerte el misterioso, carajo —explotó, lanzándose hacia adelante, cerrando la poca distancia que quedaba entre ellos. Sus torsos se tocaron, obligando a Óscar a retroceder un paso, la curva de su espalda chocando contra el alféizar, doblándose incómodamente para no clavarse el cemento. —¿Qué? ¿Qué es lo que te pasa? ¿Por qué no podés disfrutar como una persona normal, eh? 

La desesperación en su voz lo tomó desprevenido. Permaneció inmóvil, como hacía cada vez que el otro se acercaba demasiado. Nunca sabía que hacer, pero tampoco podía apartarlo como a los demás. Lo observó en silencio, sus labios entreabriéndose ligeramente por la sorpresa mientras contenía la respiración. No se atrevió a moverse ni para soltar el cigarro, que se consumía poco a poco entre sus dedos. Aquel movimiento no pasó desapercibido para el británico. Tragó saliva, clavando la mirada hambrienta sin disimulo sobre su boca. Aunque ninguno hablaba, ambos comprendían que habían llegado a un punto de no retorno. 

Embriagado por el alcohol y el roce en partes iguales, dio un último paso. Se coló entre sus piernas y sus manos se hundieron descaradas en su cintura. El aroma dulzón del perfume de William, fusionado con el olor a marihuana pegado a su ropa, lo hicieron arrugar la nariz. 

—¿Qué haces? Baja un cambio —protestó en vano el rubio, su voz cargada de una anticipación que no pudo ocultar. Su corazón latía tan fuerte que, por un momento, temió que él otro pudiera oírlo. 

Pero era imposible calmarse. No podía. No, no teniéndolo así. No cuando todo en lo que podía pensar era en tocarlo. El aire entre ambos se volvió eléctrico, casi irrespirable. William lo observaba fijamente, esperando un movimiento, alguna señal, algo que justificara lo que anhelaba hacer. Bastó con un mínimo roce, un pequeño estremecimiento de Óscar, para que toda esa tensión que habían intentado apaciguar por años finalmente explotara. 

Las manos, antes aferradas en su cintura, recorrieron todo su cuerpo hasta posarse en sus mejillas, acunándolas con una delicadeza que el rubio no había creído posible. La distancia entre ambos era inexistente, sus respiraciones aceleradas fusionándose con el vaho de la noche. Bastaba con inclinarse un poco más, apenas unos centímetros para despojarse de aquel orgullo y finalmente admitir—

William retrocedió, desorientado. El cigarro de Óscar, olvidado en su mano desde hacía rato, se había consumido por completo, la brasa quemándole la piel antes de que poder soltarlo. Y, como si el destino quisiera empeorarlo todo, la puerta que daba al patio se abrió de golpe, sin darles tiempo a recomponerse. Ambos se apartaron de inmediato.  

Casi. 

Notes:

ojalá procrastinar fuera un laburo

Series this work belongs to: