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Cuando el reloj de Fourth inicia, está siendo tomado a cuatro patas por un cliente en su cama chirriante. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, con el corazón desplomado en su pecho y los ojos como dardos, echó un vistazo a los números marcados en su brazo izquierdo, soltando un gemido roto que escapó de su garganta. Todavía seguía mirando el reloj con un temor silencioso, hasta que el cliente entró en él, deslizando su miembro resbaladizo y dando a Fourth, un golpe en su trasero de forma juguetona.
Varios minutos después, el cliente (el cual Fourth no estaba interesado en tomar en cuenta, porque en realidad, el chico tampoco le preguntó cómo se llamaba como para que gritara su nombre mientras lo tomaba) luego acomodó su ropa en su cuerpo, mirando alrededor del departamento de un desnudo Fourth, con ojos curiosos. Fourth extendió la mano y su cliente parpadeó como si acabara de recordar que tenía que pagarle por el momento, sonriendo y asintiendo con la cabeza en señal de aprobación, como si Fourth fuera el mejor polvo que había tenido (porque probablemente lo era).
El reloj en su brazo parpadeaba hasta que trece números marcaron 0001:00:0:06:34:01 (años, meses, días, horas, minutos, segundos) y se quedó mirándolo fijamente, con los ojos clavados en sus brazos, como si estuviera tratando de memorizar los números, dividiéndolos en su mente, así que, incluso si la almohada amortiguaba su cabeza y cerrara los ojos, él podría verlos detrás de sus párpados y el sueño agitado. Suspiró cuando la puerta se cerró de golpe; el cliente había caminado vacilante y Fourth no iba a mentir en decir que no estaba angustiado por si el cliente pudiera pedir otra ronda. Así que el golpe de la puerta, resultó un gran alivio.
Pero tan pronto como el alivio llegó, se disipó, removiendo todo su ser. Porque de alguna manera, el miedo y la ansiedad atrapaban su corazón mientras se movía de un lado a otro sobre la cama; las sábanas impregnadas de suciedad, se aferraban al sudor de su cuerpo engominado, las tablas del suelo crujían bajo sus pasos cautelosos.
Había un espejo justo al lado de la puerta de su dormitorio, ligeramente manchado con huellas dactilares y polvo, incluso así, aún podía ver sus facciones claramente si miraba más allá de la suciedad. Su cara estaba demacrada, sus pómulos sobresaliendo debajo de la piel pálida. Había una capa de sonrojo de cuando el hombre estuvo golpeando dentro de él. Mordió sus labios, envolviendo sus brazos alrededor de su cuerpo desnudo, dejando escapar un suspiro en silencio mientras se daba cuenta de que ésta era la forma en la que se vería por el resto de su vida.
Se dio cuenta que no envejecería más; las líneas de su cara nunca dejarían de ser las mismas, el joven capturado por siempre dentro de un marco único de tiempo, congelado como si estuviera bajo un hechizo, o un poderoso encanto eterno.
Pasó los dedos por su pelo, el color de cada hebra se veía como si nunca pudieran tener el gris de las nubes, en los tiempos de duro invierno. Se dice que él parecía a la realeza, la imagen de un príncipe de hielo con ojos altivos, casi inexpresivos.
Los clientes lo adoraban, peleaban para ver quién estaba dispuesto a pagar la mayor parte del tiempo que podían por su compañía. Esta noche, el joven que lo tomó, pagó seis horas –el doble de lo que normalmente se debería pagar.
Fourth pasó sus dedos sobre sus mejillas, observando débilmente el temblor de sus manos.
Dejó caer los brazos a cada lado, abriendo y cerrando los puños para detener el temblor de sus manos.
—Esto es ridículo,— susurró. Le molestaba la situación. Le molestaba cuán absolutamente aterrorizado podía llegar a estar.
Cumplir veinticinco por primera vez estaba lejos de ser una enormidad pero de alguna manera, por alguna razón Fourth sintió algo que congeló su interior. Saltarse la cena no era tan mala idea después de todo, porque Fourth habría vaciado el contenido de su estómago y habría sido un desperdicio de recursos.
El agotamiento no quiso alejarse de su cuerpo, escabulléndose en sus propios poros, como si estuviera tratando de tomar posesión de su ser. La sensación no era del todo extraña, sino casi familiar. Sin embargo, Fourth se sentía especialmente agotado esta noche. El inicio de su reloj tomó espacio en su mente y no deseaba más que sujetarse de nuevo a su cama, agarrar las sábanas bien pegadas a su silueta y ahogarse en un merecido descanso.
Sin embargo, tenía a alguien a quien debía visitar, Fourth acababa de recordarlo.
Rápidamente, rebuscó algo de ropa antes de recordar que necesitaba una ducha.
Desesperadamente, dejó caer sus hombros agotados dirigiéndose al baño y encendió el agua, asegurándose de que la temperatura caliente estuviera graduada de forma correcta, antes de asear rápidamente su cuerpo para dejarlo pulido y limpio.
Se las arregló para ponerse ropa, un par de pantalones deportivos y una sudadera ligera color gris, que encontró en el suelo de su departamento. Desbloqueó la puerta y rápidamente salió del lugar, pero no antes de echar una mirada al reloj en su brazo. Corrió hacia la calle vacía, completamente desierta, veía las fachadas de las tiendas protegidas por un muro de barras de metal. Los postes de las calles iluminaban todo de un cálido color naranja, alumbrando el camino delante de él, mientras sus pies tocaban el cemento sólido. Luchaba contra una ola de dolor y cansancio que estaba cerca de engullir todo su ser. Pero su cuerpo no debía renunciar a él, no ahora, cuando alguien lo necesitaba tanto.
Fourth ya tenía el camino trazado cuidadosamente en su memoria, había pasado por aquí más veces de las que podría contar en su corta vida.
No muchos lograban vivir más allá de sus primeros veinticinco y Fourth probablemente debería estar agradecido de haber sobrevivido durante tanto tiempo – aunque realmente no lo estaba.
Continuará...
