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Dancing With The Devil

Summary:

❝ Manjirō Sano es el líder de Tokyo Manji, intenta abrirse paso en el mundo de la música con sus amigos y busca la manera de recuperar a Takemichi Hanagaki.

A través de un concurso se reencuentra con su hermano Izana Kurokawa, líder de Tanjiku, quien está decidido a demostrar que su sonido está por encima de todos.

Los hermanos se enfrentan en una dura competencia y como telón de fondo deben lidiar con la Asociación Alicia, un grupo elitista que contamina la ciudad con sus fábricas e intentará quebrar emocionalmente a los jóvenes que intentan alzar la voz en su contra.❞

« Te dije que estaba bien, pero estaba mintiendo.»

Chapter 1: Circle of friends

Chapter Text



❝ Cuando todo lo que tienes
es un montón de preocupaciones,
te ayudaré a llevar el peso,
solo quédate perdido aquí conmigo
no tenemos que decir nada.❞

Stay Lost With Me - Reed Pittman


04 de febrero en 2000; Hōkkaido

Rindō Haitani alguna vez fue un niño feliz. Si existe algo peor que no haber conocido nunca la felicidad, es haberla experimentado y luego perderla, su felicidad no fue algo de ensueño, no era digna de publicidad y desmedida, la suya fue una felicidad modesta, pero que alcanzaba.

El motivo de su dicha era su madre y su dulce voz, su hermano mayor con quien jugaba, la pequeña casa en la que vivían, la escuela a la que iba, el uniforme escolar al que siempre le hacía modificaciones, todos los libros que coleccionaba con pasión, las horas en el parque jugando a la pelota, el programa de música que daban los sábados y donde se apasionó por la banda Black Dragons, su cuarto compartido con Ran en el que siempre discutían por el orden, los pocos juguetes bien conservados, el cine un sábado al mes, la guitarra que veía a diario en la tienda de música a tres cuadras de casa, la alcancía en la que su madre dejaba dia tras días una moneda y esperar ansioso que fueran suficientes para comprar esa guitarra. Era una espera feliz. Jugar con Ran y crecer juntos y la risa de su madre cuando se jugaban bromas entre sí, viajar con su mamá en el último asiento del colectivo, los picnics que ella organizaba en el parque, las tardes de lluvia leyendo libros de héroes mitológicos que lograban grandes hazañas. Todo eso conformaba la felicidad de Rindō.

Pero un día, de manera casi imperceptible, sutil como un cambio de estación, algo empezó a cambiar. Su madre sonreía cada vez menos y sus rizos perdieron brillo, su ropa ya no estaba tan limpia, no había monedas en la alcancía ni nuevos libros, desaparecieron las tardes en el cine una vez al mes y la guitarra en la librería era cada vez más inalcanzable. Su felicidad se había vuelto translúcida, solo quedaban los juegos con Ran que nunca se apagaron.

Con el correr de los días su madre no solo no sonreía sino que ahora lloraba, tuvieron que dejar su modesta casa e irse a vivir a la de una amiga de su madre que parecía siempre estar enojada.

Fue entonces que un día su madre dijo que tenía que viajar porque se le escapaba el futuro y así, mamá se fue. Ella llamaba al principio una vez por semana, dijo que mandaría dinero, con un valor que valía más de lo normal, dijo que todos irían a vivir a otro lugar, uno donde siempre sería verano, un lugar donde todos volveríamos a sonreír, pero su madre no volvía. No mandaba dinero y dejó de llamar, con aquel frío cierre, Ran también se apagó y ya no era un niño.

La amiga que los cuidaba estaba cada vez más enojada y trataba muy mal a Rindō. Un día decidió organizarle una “cita” con una mujer mayor, cuando él solo tenía 11 años, y fue en ese momento donde Ran sintió odio por primera vez en su vida, llegando al punto de golpear a esa mujer para poder escapar. Con nada más que una mochila que tenía pocas cosas y ni siquiera contaba con sus propios documentos, subieron a un colectivo y viajaron muy lejos. Rindō no sabía a dónde estaban yendo, pero confiaba plenamente en Ran y lo siguió sin hacer preguntas. Llegaron a un lugar muy feo y donde hacía mucho frío, pasaron la noche en un parque oscuro con nada más que una sudadera para cubrirse ambos, y fue entonces cuando tuvieron que crecer de golpe, estirar la piel, saltar la niñez hacia una juventud imposible, y entre las cosas que pasaron esos días donde vivieron en la calle conocieron un lugar que marcaría sus vidas: Un orfanato.

Aquel tampoco fue un buen lugar y poco a poco a Rindō le tocaba ver como su hermano mayor se volvía más desconfiado de los adultos y perdía el encanto por la vida. Un año más tarde aún luchaban contra la desesperanzas y durante el día, se escapaban del orfanato para pedir limosna con el fin de juntar dinero suficiente y alquilar una casa donde vivir juntos, con sus 12 años, Rindō creía que ese sueño era posible.

Fue entonces que en una tarde mientras pedían limosna se les acercó una mujer con la promesa de recuperar la felicidad pérdida. Les prometieron una casa, vivir con otros chicos, estudiar, y poder crecer tranquilamente como se merecen todos los niños. Fue así como llegaron a la Fundación del Sol, pero los pocos minutos de la edulcorada bienvenida del jefe la promesa de la felicidad recobrada se esfumó y pronto entendieron que la vida sería cara en la fundación, habría que pagarla pidiendo limosna, fabricando juguetes y robando. Les dijeron que eso era trabajar y que como ellos eran hombres tenían que hacerlo. 

También de aquella horrible casa acabaron escapando, solo que esta vez Ran tenía una mejor idea de cómo encarar la cruda realidad que les tocaba vivir donde los adultos eran tan inútiles que no podían cuidarlos como corresponde, si no había pedófilos asechando a su alrededor estaban los explotadores que buscaban dinero fácil o aquellos que veían en ellos una oportunidad para ser entrenados como matones. Rindō vio a su hermano meterse de lleno en cosas malas, incluso fueron a una correccional antes de que Ran cumpliera 15 años, fue allí donde conocieron a un chico con unos brillantes ojos púrpuras que solo abría la boca para cantar una melodía triste que iba acorde con sus sentimientos. Rindō y Ran se sintieron atraídos a Izana como polillas a la luz y, cuando él les sugirió la posibilidad de huir en busca de un mejor futuro, no lo dudaron y tomaron su mano.

Ya que los adultos le fallaron una y otra vez, ¿Por qué no aceptar la ayuda ofrecida por otro chico que, al menos, los acompañaría en su desgracia?

Para 2005, la familia de los hermanos Haitani, creció bajo el cuidado de Izana.


14 de enero en 1997; Sapporo

Kakuchō era, sobre todo, un chico simple, de 6 años, y resolvía todo con simpleza y evitaba los pensamientos complejos. Vivió varios años en la calle y, como los chicos que lo acogieron lo encontraron en la callejón de Kabukichō donde asesinaron a una prostituta, decidieron llamarlo de la misma forma, y más tarde lo modificó a “Kakuchō”, le dio a su nombre un toque personal porque odiaba asociarlo con un crimen tan horrible. 

Sabía poco de sí mismo. Solo que fue encontrado por un grupo de adolescentes con los que ya andaba en la calle cuando apenas tenía 2 años, y ya desde esa edad era consciente de que vivía en la calle.

Esa es su historia. Punto. Simple. No hay más.

Como se crió sin tener nada, no extrañaba nada y no lamentaba ninguna pérdida ni la ausencia de un padre o una madre, después de todo, ninguno de los adolescentes a su alrededor tenían padres. Su única presión era evitar a la policía o a los asistentes sociales que podrían llevarlo a un orfanato donde era bien sabido que le hacían "cosas malas" a los niños, aunque los chicos mayores nunca entraron en detalles. Por lo demás tenía la vida resuelta. Sobrevivir en la calle para él no era problema, resultaba simple, fácil cuando creciste ahí. Lo único que a veces lamentaba era no tener un nombre, él simplemente era Kakuchō y estaba bien, le encantaba ser quien era, era popular, querido y defendido por los más grandes. Ser Kakuchō también significaba tener mundo, ser el negociador, conseguía todo, el que se las ingeniaba con simpleza y de manera que ningún otro podía pensar, pero claro, no tenía nombre.

Todos tenían uno, aunque no lo usaban. Ruru se llamaba Haruka, Vajda se llamaba Shion, pero no le gustaba y prefería su apodo, estaba Kira que se llamaba Enji, estaba Dumpling que se llamaba Midori. Todos tenían un nombre, menos él.

Un día pasó lo más temido: estaba durmiendo en el interior de una galería cuando cayó la policía con un asistente social y lo llevaron a un juzgado, desde allí fue transferido a un instituto de menores y del instituto de menores a un orfanato, y de ahí lo hubieran trasladado a otro instituto si no hubiera usado su inteligencia. Planeaba escapar del nuevo orfanato al que lo enviaban y estaba escalando el muro para saltar cuando una voz lo detuvo en seco. 

Kakuchō recuerda con claridad aquel día de nieve de sus tiernos 8 años, donde conoció a Izana Kurokawa de 12, resultaría imposible olvidar aquellos ojos púrpuras y la sonrisa ladina en sus labios. 

—¿Por qué estás escapando?

—Odio este lugar.

—Um —Izana desde aquella posición le extendió la mano —¿Alguna vez escuchaste un piano?

En la calle no hay cosas como un piano y fue debido a su curiosidad que aceptó la mano extendida, aunque si se lo preguntaran dentro de 10 o 20 años, hubiera buscado cualquier razón para poder aceptar la mano de Izana. Se bajó del muro y juntos fueron hasta un pequeño cuarto donde había instrumentos que la supervisora no les dejaba tocar, su primer contacto con un piano fue mágico en muchos sentidos, pero nada se comparaba a los sentimientos que explotaron de su corazón cuando escuchó la angelical voz de Izana tarareando una canción improvisada.

No sabía si lo que sentía era admiración por verlo cantar o por la música, pero decidió quedarse en el orfanato durante 8 meses y fueron los 8 meses en los que fue más feliz solo por la compañía de Izana, que le enseñaba todo lo que necesitaba saber sobre el piano y la música, incluyendo una de sus bandas favoritas: Black Dragons. Pasaron todo ese tiempo uno junto al otro imaginando que estaban en un enorme escenario frente a un gran público, y entonces Izana tuvo que irse porque alguien de su familia biológica lo estaba reclamando y, entre lágrimas, se despidieron con la promesa de volver a cantar jutnos si algún día en el futuro volvían a verse,

Sería en 2003 cuando sus caminos volvieran a cruzarse en una correccional, y a partir de ese momento juró que nunca volvería a separarse de Izana, incluso si aquel chico ya no era el mismo que conoció hace tantos años.

No mucho después de salir de la correccional, uno de esos nuevos compañeros de calle se acercó con una pregunta curiosa. 

—Tu nombre es raro —Dijo Rindō en un intento de acercarse al nuevo miembro de su familia, así era como los llamaba Izana, no eran una banda sino una gran familia.

—Es el nombre de una calle.

—¿No sería mejor elegir un verdadero nombre?

—Por ahora estoy bien siendo Kakuchō.

Con una determinación inusitada para un niño de 14 años, se negó a recibir un nombre cualquiera. Él estaba seguro de que su madre, al dar a luz, le había puesto uno, y solo usaría un nombre el día que descubriera el suyo, por muy imposible que pareciera eso.


20 de octubre en 1995; Isla de Jeju

Muchas veces las personas se convierten de adultos en lo opuesto a lo que fueron en su niñez. Ese fue en el caso de Muchō Yasuhiro, que sería algún día un joven valiente, decidido y fuerte, la antítesis del niño frágil, temeroso y vacilante que era a los 8 años.

Había nacido en un paraíso natural que se ha reconocido como una de las 7 Nuevas Maravillas de la Naturaleza, cerca de un pueblo perdido en el norte. Su familia era pobre, más allá del eufemismo “humilde”, mucho más que eso, y muy numerosa, eran ocho hermanos, y en una familia tan grande, los débiles de la manada deben espabilarse o quedar rezagados. Muchō no tenía muchas luces, pero contaba con un aliado: Su hermano Osanai.

Osanai parecía más débil, era más pequeño de cuerpo, más flacuchento, pero era muy despierto. Ambos tenían una unión inquebrantable. Él ayudaba a Muchō a atravesar uno a uno todos sus miedos, los cuales eran muchos, en especial cuando se trataba del campo de ortigas. 

Para ir desde la casa hasta el arroyo podían tomar el camino largo, que les demandaba unos 30 minutos a pie, o cruzar el campo vecino en 5 minutos. Claramente el atajo era más cómodo, salvo por el hecho de que el campo vecino estaba lleno de ortigas, enormes y más altas que ellos. Rozar apenas una hoja de aquellas hojas gigantes significaba ardor e hinchazón en las piernas y en los brazos, pero Osanai tenía un secreto y Muchō se negaba a creerlo:

—Si no respiras, la ortiga no lastima.

Para Muchō eso era absurdo y seguía haciendo el camino largo, aún cuando Osanai le demostraba saltando entre las ortigas que, si no respiraba, la planta no lo lastimaría.

Una tarde de verano estaban jugando en el arroyo y Muchō tuvo una sensación, como un animal que presenta un peligro antes de que sobrevenga, él siempre fue puro instinto y ese día sintió que todo cambiaría, y para siempre. Al volver a casa tomaron el camino largo, pero Muchō sintió que tal vez esa era la última chance que tendría de hacerlo entonces miró a su hermano, en quien confiaba más que nadie.

—¿De verdad la ortiga no arde si no respiras?

—Te lo juro, ya me viste, ¿No?

—¿Yo… solo tengo que pasar sin respirar?

—¡Si! Respira hondo, aguanta el aire y corre. No sientas miedo.

Muchō lo miró, esas eran las palabras mágicas que lo marcaron para siempre: «No tengas miedo». Si Osanai lo decía, no puede ser mentira, era hora de superar lo que le impedía hacerle frente a ciertas cosas. Pasaron por debajo del alambrado y se pararon al borde de las ortigas, intercambiaron una mirada cómplice, contuvieron el aire y empezaron a correr, corrieron unos 100 metros hasta llegar a un claro y volvieron a respirar. Saltaron emocionados por lograrlo y volvieron a tomar aire para regresar, así fue como atravesaron el campo de ortigas, solo deteniéndose para respirar un poco y volver a correr. 

Al llegar a la casa se encontraron con varios hechos extraños. El primero, en el patio de la casa estaban un señor y una señora muy bien vestidos, el segundo, la madre de ambos estaban con la cabeza gacha y con una expresión más o menos compungida casi llorando, y lo tercero, sobre una mesa había un televisor, lo que acababa siendo lo más raro. No tuvieron tiempo de festejar porque antes de abrir la boca su padre, siempre severo, les informó que Osanai se iría con los señores ya que lo iba a adoptar una familia de la capital, y no dijo nada más. 

Los hermanos se miraron y sus corazones se estrujaron a la par, desgarrados por el dolor y la rebeldía, pero nadie se atrevía a discutir con su padre. Muchō pensaba que no podría sobrevivir sin su hermano y como ambos apenas tenían 8 años, no sabían decir que no. 

Mucho estaba sentado en el fondo dándole la espalda a la partida de su hermano y fue entonces que Osanai se acercó, le dijo que lo dejaran ir a la ciudad juntos y despedirse allí, el menor asintió y fue calladamente hasta el auto de los señores bien vestidos, que le abrieron la puerta con una sonrisa y él subió. Cuando se cerró la puerta, el auto arrancó y Muchō se alarmó porque Osanai no había subido, miró por la ventanilla y vio que lo saludaba con una gran tristeza en el rostro. La mujer bien vestida giró y sonriente le dijo:

—Así que eres Osanai.

—No, ese es mi hermano mayor.

—Bueno, un hijo de Nobutaka era el pago y eso tenemos, es lo mismo. ¿Cómo te llamas?

Aún con 8 años y sus pocas luces, Muchō comprendió lo que estaba ocurriendo: Osanai, su hermano, el que no le tenía miedo a nada, se había asustado, lo asustó la idea de ser adoptado, de dejar el monte y la familia, y por miedo lo había mandado a él en su lugar. Su hermano, una parte de sí mismo, lo había traicionado, y su familia lo había entregado a cambio de un televisor… en blanco y negro.

Así fue su vida a partir de ese día: en blanco y negro. Su mutismo desconcertó a la familia adoptiva y nunca se adaptó, la nueva madre terminó rechazándolo y los días en esa casa fueron un infierno, hasta que se escapó con la ingenua esperanza de encontrar el camino hacia su isla. Vago por la ciudad y por la vida, conteniendo el aire, como en un campo de ortigas y desde la traición de Osanai, su otra mitad, ya no pudo confiar en nadie. 

Se metió en problemas, en muchos problemas, y terminó rodando por institutos y reformatorios, ya por 2003 con 16 años, el miedoso Muchō se había convertido el puro resentimiento y ya no le tenía miedo a nada, solo a la correccional, un reformatorio especial para niños y jóvenes problemáticos. Al final fue un robo, una pelea callejera, un policía y la intervención de un asistente social lo que lo dejaron en las puertas de la Correccional Pública de Tokio, era un adolescente que estaba preparado para enfrentarse a los peores delincuentes de la ciudad y escapar cuanto antes de ese lugar. 

Tenía mucho resentimiento y odio acumulados cuando llegó, pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su habitación debido a las constantes peleas con otros internos, una pelea en particular lo llevó a que lo cambiaran de cuarto y su camino se cruzó con personas muy llamativas. Así fue como conoció a un chico con unos profundos ojos púrpuras y una voz que parecía hipnotizar, fue Izana quien a base de algunos puñetazos y una forzosa intervención lo enderezó en el camino, o algo así, por otro lado estaba Kakuchō que no solía hablar demasiado pero era astuto como nadie y capaz de crear instrumentos a base de basura, luego estaba el pequeño Haitani tan divertido como peligroso y un maestro de las líricas de rap, y finalmente conoció a Ran Haitani, un chico rubio de cabello largo y ojos perturbados, que con el tiempo se convertiría en su hermano, esa mitad que perdió el día que Osanai lo traicionó.

Y un par de años más tarde conocería el amor, aunque si le hubieran dado a elegir no lo habría hecho, porque no hay nada más tedioso que estar con una persona histérica y que necesita que constanemtente le reafirmen que lo quieran. Nadie puede elegir de quién enamorarse, ¿No?


25 de marzo en 1994; Fukuoka

—La vida es una rueda, rueda con ella —Le decía siempre su madre, o tal vez se le dijo una vez, pero a Shion se le quedó grabado a fuego. 

Él no entendía lo que su madre quería decirle y en ese momento no sabía usar metáforas, por eso imaginaba la vida de verdad como una gran rueda de auto. Esa frase era una más de las tantas cosas que no le cabían en la cabeza a pesar de que se las repetían, pero lo aceptaba. No comprendía la infinidad de rituales y tradiciones que preservaba su familia y para cuando preguntaba siempre había una única respuesta:

—¿Porque tenemos que honrar a los árboles?

—Porque somos especiales.

—¿Por qué cantamos a las estrellas?

—Porque somos especiales.

—¿Por qué el abuelo parece llorar cuando canta? 

—Porque es especial.

—¿Por qué no puedo jugar con otros niños? ¿Por qué se ríen de mí en el colegio? ¿Por qué tengo que bailar así? 

—Porque eres especial.

—¿Por qué papá y el tío pelean tanto? ¿Por qué tienen cuchillos? ¿Porque gritan y los niños van a la mesa de madera? 

—Porque somos especiales.

Ser especiales lo explicaba todo, y sin saber por qué se sentía orgulloso de serlo. No sabía lo que significaba, pero su madre lo decía con orgullo y su padre también, sus abuelos, tíos y primos gritaban y cantaban con orgullo a las estrellas y a la naturaleza. Todos le aplaudían cuando bailaba y le escribía una canción a las fuerzas que estaban más allá de su comprensión. De esa infancia solo hay recuerdos de tacones repiqueteando en la tabla y el olor de las rosas, la cera brillante y ese canto que parecía ser un llanto. Somos especiales y con orgullo. 

Al cumplir los 8 años llovió, por eso no podía salir. Su madre cantó canciones, cantaron y bailaron en la sala durante mucho tiempo, y su papá le regaló una cámara de video, ambos lo filmaban mientras bailaba y cantaba a la constelación de Orión y le pedía a las estrellas por un año de paz, en ese momento ignoró la expresión de tristeza en el rostro de sus padres. 

De pronto se oyó un grito, luego más y más. 

La sonrisa de su madre se desvaneció y fue reemplazado por el miedo, en un movimiento rápido fue escondido debajo de la mesa que contaba con un largo mantel y le hizo prometer que no saldría por nada del mundo de su escondite, Shion vio los zapatos de su padre y los de otro hombre, había olor a cigarros y más gritos. Se tapó los oídos e incluso de esa forma pudo oír el grito desgarrador de alguien, su padre cayó y su madre también. Había sangre y dolor cuando el hombre apagó su cigarro en el piso y se marchó. 

Se mantuvo oculta hasta que horas más tarde su tía lo encontró sentado en medio de los cuerpos de sus padres, totalmente en shock.

Todos lloraban y gritaban, lamentándose en el entierro de sus padres, sus familiares sanguíneos y no sanguíneos realizaban tanto juramentos como maldiciones y plegarias, muchos ancianos estaban vestidos de negro.

Para aquel entonces tenía que vivir con otra tribu, y Shion no lo entendía y la única explicación que recibió fue la misma de siempre: «Somos especiales». Fue a la tribu de Tenjō, no pasó desapercibida y los adultos le dedicaron miradas de lástima, y fue una prima quien le dijo la verdad apenas al llegar: Tenjō era violento y cruel, no dudaba en usar a los jóvenes para sus propios beneficios. Por obra del destino, un milagro o quizás una maldición, un juez vino a buscarlo y le dijeron que lo iban a llevar a vivir a otro lugar, que ya no tuviera miedo porque Tenjō no podría hacerle nada. Lo llevaron a un orfanato donde no lo dejaron cantar sus canciones ni usar su ropa, ¿Por qué? Porque no son especiales. La vida en el orfanato no fue buena y tampoco las familias que intentaron adoptarlo, pasó por más de ocho familias y ninguna fue la indicada, no fue hasta en 2004, cuando decidió escapar de aquel lugar en busca de otro donde pudiera ser él mismo sin que nadie lo juzgue que su vida cambió de manera irreversible.

Llegó hasta Roppongi, estaba durmiendo en la plaza cuando escuchó a dos hermanos realizando una interpretación de rap improvisada y, atraído por la música fue a verlos, junto a ellos había otros chicos que los apoyaban con sus líricas, Shion apreciaba la buena música y cuando escuchó a Izana cantar solo pudo pensar en una cosa: Él es especial.

Sin dudarlo por un segundo se acercó a ellos, aunque eso significara interrumpir el momento musical, y se presentó como la persona más especial que ellos van a conocer en sus vidas. Los demás eran escépticos, pero fue Izana quién con sus hermosos ojos púrpuras le preguntó si sabía algo de música y cuando Shion hizo una demostración de baile y cantó algunas estrofas, obtuvo su visto bueno. Lo invitaron a vivir en un pequeño departamento donde juntos intentaban salir adelante, todos eran niños de la calle que se cruzaron por azares del destino y sobrevivían dándose apoyo mutuo, con la promesa de Izana de encontrar un escenario lo suficientemente grande para su magnificencia.

Y ese día llegaría en 2006.


4 de julio en 2002; Tokio

El día que cumplió 15 años, Izana supo que no crecería mucho más que la altura que había alcanzado, le tocó ver con ansiedad como sus compañeros y compañeras habían pegado el esperado estirón, pero él no, y está seguro que nunca lo pagaría. En lugar de acomplejarse y compadecerse hizo algo que le salvaría la vida: empezó a reírse de sus desgracias, aunque Izana odiaba sonreír. Se reía de su baja estatura, se reía de su vocabulario escaso, de su trágica niñez, del suicidio de su hermano, del día donde su madre lo dio en adopción con solo 5 años, aquella vez que fue separado de su hermana, y así siguió sonriendo mucho. Aunque no tenía motivos para sonreír y nunca esperaba volver a encontrarlos. 

Sabía que fue abandonado en una parroquia en la que vivió a partir de los 5 años, poco después de que su hermana Emma fuera llevada por la familia de su padre biológico a Japón, sus pocos años en la parroquia fueron buenos, recordaba al cura con algo parecido al cariño porque siempre lo había tratado con respeto, pero un día él no estuvo más y tuvo que irse a un orfanato del Estado.

A los 6 años llegó por primera vez un orfanato, pero no sería el último, desde esa edad hasta los 8 años estuvo yendo de un lugar al otro, hasta que Shinichirō Sano fue a buscarlo, alguien que se reconocía como su hermano biológico y exigía su custodia, para Izana obtener una familia fue un sueño, en especial cuando podía volver a ver a su hermana. Aunque continuaba con un temperamento complicado debido a sus malas experiencias, traumado por una vida de abandono donde siempre exigía respeto y si alguien no se lo daba, se convertía en una furia capaz de golpear e incendiar el lugar donde estaba. Le dolía tanto su soledad, el cúmulo de abandonos que había tenido que soportar, le dolía el desamor, le dolía estar enojado, y estaba furioso con el mundo, por eso pegaba, golpeaba lo que estuviera en su camino antes que siquiera poder pensar en ello. 

Su vida era dura, triste e injusta, no tenía motivos para reír y, como le habían dicho tantas veces, era un niño indeseado, se lo había terminado creyendo y estaba convencido de que tenía una sonrisa horrible, por eso cada vez que algo le daba risa se tapaba la boca.

Fue Shinichirō quien le enseñó una forma de canalizar esa ira a través de la música, le regaló una guitarra acústica de color púrpura como sus ojos y le pidió que siempre sonriera, que si lo que buscaba era el amor con desespero, quizás debería convertirse en un idol que sonríe todo el tiempo y recibe el amor de cientos de personas. Se dejó llevar por la mágica música y su relación con sus hermanos comenzó a mejorar, aunque continuaba siendo un poco distante en ciertas ocasiones, se esforzaba por salir de su caparazón.

Por desgracia, aquella felicidad no le duraría más que un par de años. Su hermano Shinichirō brillaba con tanta fuerza que fue incapaz de ver la oscuridad que había tras su sonrisa, su repentino suicidio lo llevó a escapar de la casa, muy lejos del dolor y los recuerdos, lo único que llevaba consigo era la guitarra púrpura y una mochila con un poco de ropa y un cuaderno lleno de canciones que esperaba nunca volver a cantar.

Varias veces le preguntaron Izana por qué acabó en la correccional y en cada ocasión daba una respuesta diferente: robo a mano armada, peleas en vía pública, posesión de droga, prostitución, destrucción de un auto, y jamás daba la verdadera respuesta, en ciertas ocasiones simplemente decía que no necesitaban saber por qué estaba en ese lugar, solo debían ser conscientes de que estaba ahí y punto. En la correccional se reencontró con Kakuchō, un niño inocente que conoció en uno de los muchos orfanatos en los que pasó y como él claramente no sabía lo que le estaba pasando, no sintió pena la hora de pedirle cantar una canción en honor a su reencuentro.

Izana se negó los primeros días porque no le apetecía volver a estar en contacto con la música luego de lo que sucedió con su hermano, pero la insistencia de Kakuchō pudo ablandar un poco su corazón cuando le dijo: 

—Tu voz fue lo que me salvó hace tantos años, siempre esperé volver a oírte.

¿Y para qué negarlo? Se estremeció.

Fue entonces que volvió a cantar, poco a poco su voz fue atrayendo a otros chicos problemáticos que vivían en la calle, que fueron abandonados o traicionados por los adultos que debían protegerlos, Izana mismo se sentía como alguien que fue abandonado por la persona en la que más confiaba, no le quedaba más alternativa que encontrar su propio camino, su propia familia y su propio sonido, quería asegurarse de que esta vez no perdería ninguno de ellos.

A sus ojos Ran era un niño que buscaba desesperadamente convertirse en adulto, Rindō otro niño que vivía en la luna y tenía un talento natural para el rap, Kakuchō se convirtió en su amigo más íntimo y confidente, también en un experto en la composición musical, Muchō tenía varios sentimientos reprimidos en su interior que cuando explotaban en forma de canción o una danza atraía todas las miradas y Shion, aunque al principio le parecía un chico bastante peculiar, pronto pudo haber por qué se consideraba a sí mismo tan especial incluso cuando tenía tanta mierda a sus espaldas, bailaba y cantaba para algo más grande que todavía no comprendía, a veces incluso llamaba a su atípica familia, “tribu”. Para el 2005 consiguieron una estabilidad extraña, pero que servía para ellos y pasaron días y noches enteras alrededor de una mesa intercambiando ideas de canciones, Shion les enseñaba a bailar y bromeaban de todo y nada.

No fue hasta diciembre de ese mismo año, en la presentación de Navidad donde vieron por primera vez a las bandas New Black Dragons y Tokyo Manji, que quedaron absortos por sus sonidos, y en Izana nació el ardiente deseo de superarlos.

Quería demostrarles a todo el mundo que Tenjiku era la mejor banda de todos los tiempos y lo haría siguiendo el consejo de Shinichirō: Sería un idol, con su sonrisa falsa y dispuesto a recibir el amor de todo el mundo, superaría a Manjirō Sano y Yuzuha Shiba, el supuesto descendiente del famoso Shinichirō Sano y la supuesta heredera del nombre de la banda de punk más popular de los 2000. Sabe que lo logrará porque nadie amaba más la música que él, lo demostraría siendo un idol de la banda más famosa de todos los tiempos.

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